Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

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11. SANDOR

Sandor acariciaba el morro de Extraño, disfrutando de la suavidad del pelaje de su corcel de guerra. Era su mejor amigo, su único amigo, y de vez en cuando le gustaba ir a visitarle a los establos. Pero esta vez no estaba ahí para pasar el rato con su compañero de batallas. Estaba esperando a alguien y Sandor no era un hombre paciente.

Había pasado una semana desde que se enteró de que su esposa, su pajarito, pasaba las horas con otro hombre. No se había atrevido a preguntar si eran todos los días y si hacían algo además de hablar. El simple hecho de pensar que ella podía estar dejándose tocar por un atractivo caballero, le hacía perder los nervios.

Con el tiempo había llegado a aceptar qué era lo que le estaba pasando. Estaba celoso. Sandor se había fijado en ella casi desde el primer momento que se encontraron en Invernalia. Era apenas una mujer, pero le había llamado la atención de todas formas. Nunca había pensado en casarse ni tener una esposa, pero ahora que la tenía, aunque hubiese sido de manera obligada, quería que le respetara. Se estaba esforzando por ella, pero estaba seguro de que el pajarito no se daba cuenta de eso. Tampoco podía culparla después de lo que había pasado en su noche de bodas.

La relación con ella iba de mal en peor. Desde aquella noche en la que Sandor la había confrontado, apenas habían cruzado más de dos palabras seguidas. Él estaba lo suficientemente celoso como para no entablar conversación, -algo que por otro lado nunca se le había dado bien- y ella tenía demasiado miedo y odio dentro de sí misma como para querer relacionarse con él. Así que pasaban las noches en silencio, cada uno pensando en sus cosas.

Sandor necesitaba saber quién era el hombre que le estaba robando el tiempo con su esposa. Sabía perfectamente que sería alguien joven, apuesto y galán, un hombre salido de una de sus historias de caballeros. Aunque Sandor había intentado una y mil veces que la joven Stark espabilara y viera que la vida no era de color de rosa, ella seguía viendo la realidad deformada, como la cara de su marido, y esperaba a que un apuesto caballero la salvara de ese sufrimiento.

El caballo piafó justo en ese momento, haciendo que el antiguo perro del rey saliera de su ensimismamiento. Alguien venía. La puerta se abrió y un muchacho entró corriendo todo lo deprisa que podía y se detuvo frente a él, apoyando sus manos en las piernas mientras intentaba recobrar el aliento. Se había retrasado más de la cuenta, pero lo importante era que había llegado y Sandor esperaba que tuviera información que hiciese que la espera hubiera merecido la pena.

- ¿La has encontrado? -sabía que mandar a un mozo de cuadras detrás de su esposa no era algo de lo que sentirse orgulloso, pero a Sandor no se le había ocurrido un plan mejor así que ese tuvo que bastar.

- Sí, mi señor. -el joven se irguió y extendió la mano para que Sandor le pagara lo acordado. Cuando la moneda de plata estuvo en su mano, empezó a hablar. - La seguí con mucho cuidado de que no me viera, como vos me dijisteis. Iba en dirección al bosque de Dioses pero en vez de adentrarse por el camino, lo hizo a través del mismo bosque. Eso me asombró así que decidí seguirla con distancia de por medio. Llegó a un claro y la vi con otro hombre, mi señor.

- ¿Quién era ese hombre? -Preguntó Sandor, visiblemente nervioso. Era lo que no le había dejado dormir durante toda esta semana. Necesitaba saber el nombre.

- Eric Moss, mi señor. -dijo el chico sin atisbo de duda. -Cuido de su caballo también. Es más dócil que Extraño, sin lugar a dudas. Si queréis saber mi opinión, su esposa no hace bien viéndose con ese hombre. Siempre anda fanfarroneando por aquí y se cree más importante de lo que en verdad es. No es más que un Norteño de una casa menor. No tiene que actuar todo el rato como si fuera el mismísimo rey. No me cae bien, mi señor.

Sandor se quedó escuchando al mozo con atención. Es cierto que él tampoco tenía un carácter muy afable, pero sabía que ese chico trabajaba bien. Si no, no le hubiese dejado a cargo de su caballo. El nombre Moss le sonaba, creía haberle visto alguna vez intentando lucirse en el campo de entrenamiento con un penoso resultado. Los caballeros pomposos nunca llegaban a nada en las batallas y si la memoria no le fallaba, este tal Moss estaba más verde que una acelga.

Le dio un par de palmadas a Extraño y se dirigió a la puerta sin decirle nada al mozo, cuando estaba a punto de salir, se dio cuenta de algo y se detuvo un momento.

- Como alguien se entere de esto, te sacaré las tripas, chaval. Sabes que cumplo lo que digo.

Escuchó las negativas del muchacho aunque no se quedó a que acabara de hablar. Tenía que saber más acerca de ese hombre, pero debía ser discreto. Ahora al menos sabía dónde buscar, sabía quién era el que le había robado el tiempo con su esposa. Le estaba humillando y le odiaba por ello. Tenía unas ganas inmensas de matarle, pero sabía que no podía. Su pajarito jamás le perdonaría y no quería ganarse su odio eterno.

Por un momento se planteó demostrarle que él podía ofrecerle más cosas, pero luego se dio cuenta de la idea tan estúpida que era. No era más que el hijo menor de una casa también menor. Ahí estaba igualado con su contrincante, pero Moss ganaba en todo lo demás. No estaba deforme, era joven y sabía tratarla mejor que él.

Quizás debería dejarse de tonterías y permitir que el pajarito fuese feliz con quien ella quisiera. Estaba claro que ella no había elegido todo esto, era normal que alguien más se cruzara en su camino. No había hecho más que sufrir desde que había llegado a Desembarco, merecía algo que le hiciera sonreír, como aquella noche en la que descubrió todo. Cuando había entrado a la habitación, sus labios estaban adornados con una sonrisa sincera. Nunca había sonreído así para él y Sandor sabía que nunca lo haría. Quizás fuese hora de que el pajarito volara en libertad. Nadie podía darse cuenta de lo que estaba haciendo. Si el rey se enterase, probablemente decidiera castigarla y eso no podía suceder.

Sin embargo, una parte de él, -bastante grande a decir verdad-, quería encontrarse con Moss una noche en algún pasillo oscuro y clavarle su cuchillo en la barriga, sentarse a su lado y quedarse mirando cómo se desangraba sin remedio. No podía culparle de nada, ¿quién no iba a fijarse en una mujercita así? Sin embargo el rey se la había regalado a él y era muy difícil quitarle un hueso a un perro enfadado.

Iba tan inmerso en sus pensamientos que no se había dado cuenta de hacia dónde le llevaban sus pasos. Había salido del castillo y ya iba en dirección a la taberna en la que le gustaba beber. También había tomado una decisión: descubriría más cosas acerca del joven Moss antes de decidir qué hacer con él. Dudaba mucho que dejara que se quedase con la que era su esposa ante los Dioses que a su pajarito tanto le gustaban, pero si tenía que encerrar a su pajarito en el dormitorio o no dejarla salir sin alguno de sus hombres, quería saber si lo estaba haciendo por su seguridad o por los celos que ardían en el interior de Sandor.