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Resistance
por Maye Malfter
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Parte II
SHERLOCK
Now I've got nothing left to lose.
You take your time to choose.
I can tell you now without a trace of fear.
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Neutron star collision
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A tres semanas de la boda, con todos los preparativos listos y la cuenta regresiva activada, John se encontraba de vuelta en el 221b. Pero no de la forma que Sherlock hubiera preferido.
Los futuros esposos habían adquirido una pequeña casa de dos plantas a las afueras de la ciudad, en una tranquila urbanización llena de viviendas acogedoras y familias de foto de revista, con la idea de mudarse allí al regresar de la luna de miel. Casi cuatro semanas antes de la boda, John comenzó a llevar sus cosas a la nueva casa, pero habiendo dado el preaviso al casero, y con tantas cosas por hacer entre la ceremonia y los casos con Sherlock, John apenas y paraba en su propio departamento, por lo cual decidió mudarse temporalmente al departamento del detective.
La antigua habitación de John carecía de cama, y ahora servía de depósito para los experimentos a largo plazo de Sherlock. Sin embargo, ninguno de los dos pareció recordar ese detalle hasta el mismísimo día en el que John entregó las llaves de su departamento.
Mary le ofreció a John quedarse en su casa, pero para sorpresa tanto de Sherlock como de la futura señora Watson, John estaba testarudamente determinado a mudarse con Sherlock para "facilitar las cosas en las últimas semanas". Si Sherlock no conociera a John tanto como lo hacía, diría que estaba evitando a toda costa el tener que vivir con Mary.
—Puedo dormir en el sofá. No es para tanto —dijo John mientras caminaba desde la habitación de Sherlock hasta la sala.
Sherlock le había insistido en que dejara sus cosas en la habitación, pues si planeaba quedarse por varias semanas lo más sensato era colocar sus pertenencias en un lugar fuera de la vista. Esto sin contar con que, si Mary llegase a visitarles de improviso y el bolso de John aún estuviera en la sala, jamás terminarían de escuchar la épica reprimenda.
—El sofá es incómodo, John —señaló el detective, de pie junto a la ventana—. Además, no estarás aquí dos días ¿Pretendes que tu prometida me asesine por llevarle un novio con ojeras y tortícolis al altar? Suficiente tengo con que me eche la culpa de tu decisión de no irte con ella todavía.
—Tú no tienes nada que ver en eso y Mary lo sabe —explicó el doctor, apoyándose con ambas manos en el respaldo de su sillón—. La verdad es que prefiero quedarme aquí mientras todo termina. Ese departamento parece más un campo de batalla que otra cosa.
—Será mejor que tu futura esposa no te escuche decir eso —advirtió el detective, con una sonrisa burlona asomándose en sus labios.
—No lo hará —aseguró John, sonriendo también—, a menos que tú se lo digas.
— ¿Crees que traicionaría a mi mejor amigo, John?
—No realmente.
Ambos quedaron en silencio unos segundos, sonriéndose mutuamente, hasta que John rompió el contacto visual. John fue a la cocina a preparar un poco de té, mientras Sherlock sacaba la caja de su violín para dar mantenimiento al arco. El detective se sentó en su sillón con el arco entre las manos, aplicando resina de manera cuidadosa, para luego limpiar los residuos de polvo en la madera con un pañuelo especial.
Sherlock disfrutaba mucho al dar mantenimiento a las piezas de su Stradivarius, porque le ayudaba a pensar pero a la vez le permitía estar alerta de lo que pasaba a su alrededor. En este momento, su atención estaba puesta sobre cierto ex-soldado que daba vueltas por la cocina tratando de encontrar la caja de Earl Grey que él mismo había comprado esa mañana.
Muchas veces, Sherlock había fantaseado con tener a John de vuelta en el 221b. Tenerle de regreso, y que las cosas mágicamente volvieran a ser como eran antes. Sin embargo, la presente situación no podía estar más alejada de las infantiles fantasías que el detective se había permitido tener.
John no había regresado para quedarse con él para siempre, ni mucho menos. La estadía de John en el 221b estaba condicionada a simples razones prácticas, como ahorrar tiempo en traslados y algunos otros motivos que para el detective seguían sin estar del todo claros. De igual manera, Sherlock no podía evitar sentirse internamente feliz de que John hubiese decidido mudarse temporalmente a la calle Baker. Podría tenerle 24/7 durante tres semanas completas, tres semanas en las que las cosas serían básicamente como fueran en el pasado. Por un corto periodo de tiempo podrían ser de nuevo él y John contra el resto del mundo, como siempre fue y como siempre debió seguir siendo. Y eso para Sherlock era más que suficiente. O eso quería creer.
El detective terminó de limpiar el arco de su violín al tiempo que John se preparaba una taza de té y regresaba al salón. John se sentó en su sillón, frente a Sherlock, y le sonrió mientras tomaba un sorbo de su infusión.
—Deberías dormir en mi cama —dijo Sherlock de pronto, haciendo que John casi se ahogara con el té.
— ¿C-cómo dices?
—Que deberías dormir en mi cama, John ¿Acaso estás sordo?
John paró de toser y tomó otro sorbo de té— No estoy sordo. Es sólo que me tomaste por sorpresa.
— ¿Qué tiene de sorprendente el hecho de que te ofrezca mi cama?
— ¿Todo? —Sherlock rodó los ojos.
—Tu antigua habitación ahora es un laboratorio. El sofá es demasiado incómodo como para pasar la noche en él y no hay ninguna otra opción a la vista. Mi colchón es lo bastante grande para acomodarnos a los dos sin problemas, tengo muchas almohadas y por supuesto también tengo otro edredón por si te molesta que compartamos el mío. Eso suponiendo que duerma en lo absoluto, ya sabes que dormir no es algo que practique a menudo. Habiendo dicho eso, me parece que ofrecerte mi cama es la opción más lógica. Tu ropa ya está en mi habitación, qué más da que tú lo estés también.
John terminó de beber su té y le sonrió abiertamente. Esa sonrisa que Sherlock tanto había extrañado durante esos dos años de ausencia, la que le había costado recuperar luego de su regreso.
—Si lo pones así, no parece tan sorprendente, no —aceptó el doctor.
—Mañana podemos buscar una mejor solución, si quieres —propuso Sherlock, de manera casual—. Pero ya se está haciendo tarde y no veo otra alternativa.
—Tienes razón, se está haciendo tarde —concedió John, mirando su reloj. El doctor se levantó del sillón y se desperezó, para luego dirigirse a la cocina y dejar la taza sucia en el fregadero—. Creo que me daré una ducha y luego iré a dormir ¿Prefieres algún lado de la cama más que el otro, genio? —preguntó. Sherlock se encogió de hombros por toda respuesta— Bien. Si hubieras dicho que preferías el izquierdo, te habría mandado a dormir con la señora Hudson —y acto seguido, John se dirigió al cuarto de baño, bajo la atenta mirada del detective.
...
Pasaba de la una cuando el detective decidió que tal vez era hora de descansar un poco. Cerró las tablas de excel en las que había estado trabajando y apagó la laptop, dejándola sobre la mesita frente a él. Se levantó del sillón, se desperezó y caminó hacia su habitación, arrastrando ligeramente los pies.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta. El detective empujó un poco, lo suficiente para que la puerta se moviera, y se recostó del marco para asomarse al interior mientras sus ojos se adaptaban a la falta de luz. Un bulto se diferenciaba en la oscuridad, en el lado más alejado de la cama, y Sherlock no pudo evitar quedarse mirando. John estaba boca arriba, con el edredón de Sherlock rodeando su parte media, los ojos cerrados y las manos a cada lado del cuerpo; a juzgar por lo regular de su respiración, estaba profundamente dormido.
A medida que los ojos de Sherlock se acostumbraban a la oscuridad, muchos más detalles iban haciéndose distinguibles: el cabello de John, generalmente bien peinado, se hallaba en punta por haberlo secado con una toalla luego de la ducha; sus párpados cerrados se movían ligeramente, señal inequívoca de que se encontraba en la fase de sueño paradójico; los rasgos de su rostro, generalmente marcados y varoniles, ahora se hallaban suavizados, dándole una apariencia juvenil y vulnerable; los finos labios estaban ligeramente entreabiertos, también consecuencia del REM.
Todo el conjunto, desde su silueta recortada por las sombras hasta los reflejos plateados que la luz de la luna arrancaba de su cabello, absolutamente todo era extraordinario. John, en sí mismo, era la persona más extraordinaria con la que el detective se hubiera topado, y haberle conocido era sin lugar a dudas lo mejor que le pudo haber pasado a Sherlock en toda su accidentada existencia.
Conocerle a él, ser parte de su vida, haberle permitido a John formar parte de la suya. Dejarle entrar como nunca lo había hecho con nadie, mostrarse tal cual era sin temor de ser rechazado pues, por increíble que pareciera, John disfrutaba cuando Sherlock era simplemente Sherlock. Tener una persona en quien confiar sin pensarlo dos veces, alguien a quien extrañar, alguien a quien valiera la pena no olvidar jamás.
Y de repente, Sherlock lo entendió.
Entendió que reunirse para perseguir criminales ya no era suficiente, que tener una relación de mejores amigos ya no era suficiente; que conformarse, compartirle, no tenerle, nada era suficiente. Sherlock necesitaba más, quería más, y apenas en este instante era que se daba cuenta de cuánto.
Más tiempo juntos, sin ningún caso para distraerles de la compañía del otro. Más conversaciones cómplices, de aquellas en las que sólo ellos entendían todo lo que se decía o insinuaba. Más silencios compartidos, más mañanas tranquilas, más tardes de domesticidad, más noches viéndole dormir. Más de John. Todo de John. Y ahora, a solo semanas de la boda de John con esa mujer, ya era demasiado tarde para conseguirlo.
¿Era esto lo que Molly había tratado de decirle aquella vez en el laboratorio del Barts? ¿Lo que había tratado de advertirle?
La mirada de Sherlock por fin se apartó del hombre dormido en su cama, para acabar posándose sobre el par de trajes que colgaban de un gancho en la puerta del armario. Su corazón se encogió de manera dolorosa al tiempo que se daba cuenta de la magnitud de lo que acababa de descubrir, sobre todo dada la posición de Sherlock en todo este enredo. Él, de entre todas las personas, era el padrino en la boda de John y Mary. Él era el que debía asegurarse de que la boda fuese perfecta, de que los novios estuvieran relajados y felices, de que el novio llegara sano y salvo al altar. Y justo ahora se daba cuenta de que no podía hacerlo.
Había intentado convencerse a sí mismo durante todos esos meses de que esto era lo mejor para todos, de que era lo mejor para John, de que estar con Mary era la opción más sensata para el doctor, y de que todo estaría bien siempre y cuando John siguiera siendo su amigo.
Pero no estaba bien. No estaba ni remotamente bien, y eso hasta Molly lo sabía ¿Cómo es que él había tardado tanto en darse cuenta? ¿Cómo había llegado a este extremo, en el que John estaba en su cama, profundamente dormido, mientras él experimentaba epifanías sentimentales?
Sherlock se sintió repentinamente sobrecogido por toda la situación, su mente trabada en un solo pensamiento, su respiración agitándose cada vez más. Retrocedió un par de pasos antes de notar que se había movido de la puerta, giró sobre sus talones y se dirigió hacia la ventana del salón, tomando su Stradivarius en el camino. Se posicionó mirando hacia la puerta de su dormitorio, acomodó el instrumento entre su barbilla y su clavícula, sostuvo el arco en alto por unos momentos, cerró los ojos, respiró profundo, y comenzó a tocar una melodía improvisada.
Era una melodía triste y un tanto errática, con notas graves y alargadas seguidas de silencios breves y matizada con algunas notas bastante agudas. Era la melodía de su propia tragedia, la melodía de alguien que acaba de descubrir que lo que más quiere en el mundo está a punto de ser arrebatado de sus manos; de alguien que sabe que pudo haber tenido todo cuanto deseara, pero que lo arruinó por no distinguir lo que estaba frente a sus narices. El melancólico acompañamiento para su desdicha, la oda a su inmensurable estupidez.
Siguió tocando con los ojos cerrados, aislándose del mundo, sin prestar atención a nada fuera del violín entre sus manos. Las notas grabándose en su cerebro como si de un pentagrama se tratase, guardando la partitura para poder recordarla luego. "John", así se llamaría su nueva composición. La sílaba más perfecta del idioma inglés, la palabra que le permitía explorar los niveles más bajos de su registro vocal. El nombre del hombre a quién quería, y al que jamás podría tener.
No fue consciente del paso del tiempo, dejándose llevar por el sentimiento que amenazaba con tragarle entero si no lo exteriorizaba de alguna manera. Tocó hasta que sus dedos comenzaron a sentirse entumecidos, en reclamo al violinista por obligarles a interpretar una pieza tan intensa después de pasar más de dos años sin tocar prácticamente nada. Más notas agudas y alargadas se arremolinaron en un crescendo, bajando gradualmente hasta convertirse en susurros, débiles fantasmas de las notas anteriores. Y al final, un nuevo silencio, uno definitivo, uno que evocaba despedida.
Sherlock no abrió los ojos de inmediato, el eco de las últimas notas aún bailado en sus oídos. Respiró varias veces de forma consciente, sintiendo el recorrido del aire desde el éter a su alrededor, pasando por sus fosas nasales, senos paranasales, cavidades craneales, vías respiratorias y finalmente a sus pulmones. Respirar conscientemente siempre había servido para regresarle al presente, pues no hay nada más seguro y libre de cambios que el sendero que recorre el aire para surtir al ser humano del aliento de vida. Inspiró un par de veces más antes de abrir los ojos, y al hacerlo, los ojos azules y la sonrisa cálida de John lo estaban esperando.
John le sonreía con una mezcla entre somnolencia y admiración, seguramente despierto debido al pequeño concierto de violín del detective. Sherlock no supo que hacer, por lo que decidió no hacer nada. Retiró el Stradivarius del hueco de su cuello y dejó caer los brazos a ambos lados del cuerpo, sin apartar la mirada del objeto de sus cavilaciones.
—Eso fue muy hermoso, pero no me suena ¿Es nuevo? —preguntó John, aun sonriéndole. Sherlock le miró pero no dijo nada, demasiado aturdido aún por todo lo que estaba sintiendo.
Quedaron en silencio por un largo momento, la expresión de John cambiando de somnolencia a ligera preocupación en cuestión de segundos ¿Acaso la batalla interna de Sherlock era tan evidente como para que John se diera cuenta?
—Sherlock ¿Te sientes bien? Siéntate un momento.
John le quitó el violín de las manos, lo puso en la mesa junto a la ventana y guió a Sherlock hasta el sofá. Se sentó frente al detective, en la mesita de café, casualmente en el mismo sitio donde Mary se sentara meses atrás durante su primera visita al piso.
Sherlock apenas era consciente de lo que pasaba a su alrededor, medio sumergido en su palacio mental, tratando de racionalizar todo cuanto acababa de descubrir acerca de sí mismo. John le miraba sin decir nada, visiblemente preocupado ahora que ya habían pasado otros tantos minutos en el más completo silencio.
—Esto tiene algo que ver con la boda, ¿no?
— ¿La boda?
Las facultades lingüísticas del detective parecieron regresar al fin a una relativa normalidad, permitiéndole a sus redes neuronales mandar impulsos electromagnéticos capaces de conseguir una respuesta por parte de los músculos y estructuras anatómicas relacionadas con el habla. En pocas palabras, al fin su cerebro decidió salir del aturdimiento que le impedía a Sherlock pronunciar palabra.
John le miró con simpatía y asintió. La mano con la que el doctor guiara a Sherlock hasta el sofá ahora se encontraba posada sobre su antebrazo, muy cerca de su muñeca. John suspiró, le miró a los ojos y comenzó a hablar.
—Sabía que debimos haber tenido esta conversación hace tiempo —comenzó, sus ojos azules directamente sobre los ojos claros del otro, su rostro semi oculto debido a la tenue iluminación de la sala, su mano aún cerca de la muñeca del detective—. Sí sabes que esto de mi boda con Mary no cambiará las cosas entre nosotros ¿verdad?
John hizo una pausa, como esperando que Sherlock respondiera, asintiera, o que al menos diera señales de haberle escuchado. El detective se limitó a observarle sin decir nada, y por falta de evidencia de lo contrario, John pareció tomar su silencio como carta blanca.
—Escucha —continuó—. Mary es… Mary es una mujer estupenda. Es divertida, inteligente, y está tan loca como para querer casarse conmigo a pesar de mis defectos —algo en la expresión de Sherlock debió haber cambiado con la mención de Mary, pues la mano de John se afianzó más firmemente al antebrazo del detective—. El punto es que me casaré en unas semanas, y tal vez parezca que todo terminó para nosotros, pero no es así. Te aseguro que aún podremos atrapar delincuentes y corretear de manera irresponsable por las calles oscuras de Londres. Me mudaré con Mary, pero entre nosotros nada cambiará, Sherlock. Seguiremos siendo amigos, yo seguiré ayudándote con los casos y tú seguirás siendo tan brillante como siempre.
Las palabras de John sonaban ajenas en los oídos del detective. Como cuando escuchas algo tantas veces seguidas que los sonidos comienzan a perder significado. Sherlock sabía que todo lo que estaba diciendo su amigo era cierto, John no tenía la más mínima intención de dejar de acompañarle en los casos por la simple razón de contraer matrimonio. Sin embargo, que John tuviera toda la disposición del mundo no sería suficiente para evitar lo inevitable, y Sherlock lo sabía perfectamente.
—Siendo honesto, esta es una de las razones por las que decidí quedarme aquí y no con Mary —prosiguió el doctor—. Compartir piso contigo otra vez, como en los viejos tiempos, atrapando criminales de la mejor calaña, salvando vidas junto a los del Yard, blogueando acerca de nuestras disparatadas aventuras… Algo así como una despedida de soltero alargada y algo distorsionada —John volvió a sonreír, pero Sherlock fue incapaz de reciprocar el gesto—. El punto es que las cosas seguirán siendo como siempre, Sherlock. Tú y yo seguiremos estando juntos, todo seguirá siendo como hasta ahora.
—John, yo-
Comenzó a decir Sherlock, para luego callar ¿Qué decir? ¿Qué hacer? John estaba tratando de convencerle de que las cosas seguirían siendo como antes, como siempre. Que a pesar de estar casado con Mary y vivir a las afueras del Gran Londres, la relación de ambos hombres permanecería intacta e incorruptible. Pero Sherlock sabía que eso era imposible, y por primera vez en su vida el detective deseó no saber lo que sabía.
Deseó no tener la habilidad de deducir en forma inversa, no ser capaz de inferir el resultado final a través de la observación de las acciones presentes. Deseó poder creer en todo lo que John le estaba diciendo, poder cegarse ante la realidad y confiar en que de una forma u otra la balanza se inclinaría a su favor. Pero lamentablemente su cerebro no estaba configurado de esa manera.
Sabía que ya nada sería como antes. Sabía que dentro de tres semanas estaría de pie frente al altar, viendo como la persona más importante para él unía su vida a la de otra persona. Sabía que ya era demasiado tarde para intentar detener la ceremonia. Y sobre todas las cosas, Sherlock sabía que todo, absolutamente todo era su culpa.
De no haber sido tan tonto como para abandonarle durante esos dos años, John jamás habría conocido a Mary. De no haber sido tan ciego todo ese tiempo, quizás se hubiera dado cuenta de lo que realmente sentía por el hombre frente a él. De haber sabido todo lo que hoy sabía, habría luchado para recuperarle.
Pero ya era demasiado tarde.
Sherlock bajó la mirada, incapaz de seguir viendo a John a la cara. Los ojos le escocieron y sintió como si una gran mano le estrujara los pulmones sin compasión. Una necesidad que no había sentido en mucho tiempo le sacudió de repente, y sintió ganas de hacer algo que no hacía desde aquella mañana de octubre en la que se lanzara al vacío desde una azotea.
Parpadeó varias veces para alejar las lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos, apenas consciente de que John le estaba llamando.
—Sherlock… —llamó John por segunda vez, su voz suave y gentil, su mano aferrando ahora la muñeca del otro— No tienes nada de qué preocuparte, de verdad.
John se acercó un poco más a Sherlock y le tomó del mentón, haciéndole subir el rostro, y Sherlock apenas pudo contener las impertinentes lágrimas que pugnaban por acumularse en sus ojos. Aunque a decir verdad, llorar frente a John no podía importarle menos. Había cosas más importantes que ocultar ahora que unas simples lágrimas, y John, con su calidez y comprensión, no se lo estaba poniendo demasiado fácil.
Algo en la posición en la que se encontraban le hacía sentirse repentinamente azorado, y fue sólo cuando John lamió inconscientemente su labio inferior que Sherlock pudo dar con la razón.
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—John, voy a besarte.
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Su propia voz resonó dentro de su cabeza, su mente evocando la escena como si de un proyector se tratase.
Esa noche había sido la cuarta noche en la que durmiera en la habitación de John, pues algo en la respiración calmada de otra persona cerca de él le ayudaba a conciliar el sueño y alejaba su mente de especulaciones referentes al supuesto asesinato de La Mujer.
Sherlock sabía que John lo miraba dormir, y también sabía que era demasiado cortés como para sacarle de su cama en mitad de la noche. Pero esa madrugada, la última, terminó de manera muy diferente a las anteriores. Esa madrugada Sherlock sucumbió ante la curiosidad despertada por haber estado expuesto a más material sexual en las últimas semanas que en la última década.
La aparición de La Mujer en su vida significó desenterrar muchas cosas que jamás pensó que tendría que usar de nuevo; sus instintos básicos, su propia sexualidad. Pero no de la forma que John seguramente pensaba.
Irene le recordó a Sherlock que incluso las personas más inteligentes pueden ser manipuladas por medio de sus sentimientos, lo cual quedó completamente corroborado muchos meses después, aquella mañana en el St. Barts cuando Moriarty le amenazara con asesinar a John si no se suicidaba. Y esa madrugada, en la habitación del doctor, Sherlock decidió besar a John para probarse a sí mismo que todas esas patrañas como el amor y los sentimientos estaban sobrevaloradas.
Sin embargo, Sherlock jamás contó con que John le correspondiera. John le besó de vuelta aquella noche, cambiando por completo su percepción del asunto y arruinando cualquier data proveniente del experimento. De igual manera, el detective atribuyó la responsividad de John a factores superfluos como su falta de pareja en ese momento, la hora de la madrugada en la que todo había ocurrido, e incluso el hecho de que Sherlock hubiese estado durmiendo con él todos esos días, por lo que el beso fue almacenado en la habitación al fondo de su palacio mental y el episodio jamás fue comentado de nuevo ni por uno ni por otro.
Y ahora, mucho tiempo después y en la peor de las circunstancias, la mente de Sherlock se empeñaba en hacerle recordar cada detalle: La sorpresa inicial, la intensidad subsecuente, la suavidad de sus labios, la experticia de sus movimientos, el sabor de su aliento, el aroma de su piel, su calidez. Todas esas cosas que ahora estaban destinadas a otra persona, cosas a las que jamás tendría oportunidad de acceder nuevamente. Algo más que estaba a punto de perder.
John se separó un poco de él, liberando su mentón y su muñeca. Estaba dándole espacio para pensar, para responder. Pero Sherlock no tenía otra respuesta.
—John, yo… Lo siento —dijo Sherlock por fin—. No puedo hacerlo.
— ¿Perdón?
No podía pensar, apenas podía respirar. Perdería a John para siempre, perdería todo lo que nunca se había percatado de que tenía. Perdería su mejor oportunidad de ser feliz, y todo por haber sido tan imbécil como para no darse cuenta antes.
—No puedo, John. No puedo hacerlo. Lo intenté, de verdad lo intenté. Pero no puedo quedarme inmóvil viendo como tú… Viendo como esto…
— ¿Acaso no has estado escuchando? Acabo de asegurarte que nada cambiará.
—Eso lo dices ahora, pero pronto verás que no es así. Nada será igual ¿Cómo podría serlo?
El pánico se apoderó de él, como si decir todo eso en voz alta lo hiciera más real. Nada sería igual. Todo cambiaría. Iba a perderle.
—Sherlock, sólo voy a casarme, no me voy del país ¿En verdad crees que me iré y no voy a regresar jamás?
—No lo creo. Lo sé.
Lo sabía, en verdad lo sabía. Le perdería. A John. A la única persona que de verdad importaba en el mundo, la única persona a la que había querido de esa manera. Al que ya nunca podría tener.
— ¿Cómo puedes saberlo? Y más importante aún ¿Qué es eso que intentaste y ya no puedes hacer?
—Lo siento, John. No puedo ser tu padrino.
— ¿Qué-?
Lo había intentado, pero esto le sobrepasaba. No podía pararse a mirar cómo todo cuanto quería le era arrebatado. No era capaz. No era tan fuerte.
—De verdad lo lamento, John. No tienes idea de cuanto lo siento. No puedo hacerlo. Aún estás a tiempo de buscar un reemplazo, o al menos eso espero. Alguno de tus otros amigos. Alguien que en verdad pueda estar allí para ti.
— ¿De qué estás hablando? No quiero a nadie más a mi lado. Tú eres mi mejor amigo. Eres tú a quien quiero conmigo.
—John, por favor no insistas. Yo… simplemente no puedo.
— ¿Cómo puedes decir eso? Después de todo lo que hemos pasado juntos. A sólo tres semanas de mi boda ¿Cómo demonios puedes decir que no puedes?
—Ya te dije que lo siento.
—Y yo ya te dije que no te entiendo.
—No hay nada que entender. Solamente no puedo hacerlo.
— ¿Por qué no puedes?
—Porque no puedo.
—Debe haber una razón.
—Es complicado.
—Tengo toda la noche.
—John, por favor, no insistas —Sherlock bajó la mirada de nuevo, apenas conteniéndose de salir corriendo del lugar.
—Voy a insistir hasta que me des una respuesta.
—No lo hagas.
— ¿Por qué no puedes acompañarme en el día más importante de mi vida?
—No sigas.
— ¿Por qué esperaste hasta hoy para decírmelo?
—No quieres saberlo, créeme.
—Por supuesto que quiero. Necesito saberlo, Sherlock.
—John-
—Sherlock… mírame —Sherlock alzó la vista y un nudo se apretó en su pecho. John le miraba desde el lugar, desconcertado y visiblemente dolido —Necesito entender, Sherlock. Por favor.
Y así, el último remanente de autocontrol que le quedaba desapareció por completo. Maldijo internamente por lo que estaba a punto de hacer, eliminó el poco espacio que le separaba de John, acunó su rostro entre sus manos, y le besó.
Los labios de John se sentían tal y como los recordaba. Cálidos, suaves, maravillosos. Sherlock sabía que lo que hacía estaba mal, que besar a John de nuevo era lo más contraproducente ahora. Pero no le importaba. Ya nada le importaba. En ese momento, con los labios de John unidos a los suyos, ya no tenía nada que perder.
Le besó de manera lenta, apenas atreviéndose a moverse, y notando que John no se movía en absoluto. Pero estaba bien, Sherlock no esperaba que el doctor, estando a punto de casarse, fuese demasiado efusivo. Sin embargo, el sólo hecho de que no le hubiera apartado ya era para Sherlock lo mejor que podía pasarle dadas las circunstancias. Podía vivir con haberle besado, aún si John no le correspondía. Sentir el aliento del otro una vez más, su respiración, su calor, aún si no era recíproco el sentimiento.
Unos segundos más tarde, Sherlock decidió que ya era suficiente. Ya era hora de salir de esta fantasía, de regresar a la realidad. Tomó el labio superior de John entre los suyos, sintiendo como el otro hombre reaccionaba ligeramente ante el movimiento. Sonrió para sus adentros, consciente de que eso era lo mejor que podía lograr en una situación así, y al fin reunió el valor para apartarse.
Se separó de John, abriendo los ojos de inmediato. Apartó las manos del rostro del otro y esperó un instante hasta que John abriera sus ojos también. Necesitaba mirarle, y que John lo viera. Necesitaba enfrentarse a esto de una vez y por todas. Tomaría la responsabilidad de sus actos y enfrentaría consecuencias, aferrándose internamente a lo que acababa de pasar como si fuera un bote salvavidas.
—John-
Fue lo único que pudo decir el detective antes de que los labios del mencionado se cerraran sobre los suyos. John le había tomado del cuello de la camisa y había eliminado de nuevo la distancia que los separaba, atacando los labios de Sherlock con fiereza, todo lo contrario al beso anterior. Le besó con hambre, con pasión, desactivando en Sherlock la capacidad de pensar, obligándole a solo sentir.
No obstante, una pequeña voz se alzaba sobre todo el barullo que era su mente. Una voz que le decía que esto no estaba bien. Que John estaba a punto de casarse y ser feliz. Que esto no debía pasar. La misma voz que le aseguraba que tan pronto el beso terminara, la burbuja de Sherlock se rompería y tendría que enfrentar de nuevo la realidad.
La realidad era que John estaba medio dormido, tal como aquella vez. La realidad era que John estaba enamorado de una mujer con la que se iba a casar, con la que iba a tener lo que siempre había soñado. La realidad era que ni este ni ningún otro beso harían que John abandonase a Mary tres semanas antes de la boda.
Y Sherlock no podía quedarse allí para verlo.
El detective colocó las manos sobre el pecho de John y lo hizo apartarse, y sin esperar a que el otro reaccionara, se levantó del sofá rumbo a la puerta.
— ¿Sherlock?
Escuchó detrás de él, pero no fue capaz de girarse. Si le veía de nuevo, no podría irse. Si le miraba otra vez, no tendría el valor de hacer lo correcto. Tomó su abrigo y se lo puso, enrolló la bufanda alrededor de su cuello y colocó una mano sobre el pomo de la puerta, sintiendo una punzada en el centro del pecho al hacerlo. Tenía que salir de allí lo antes posible. Debía hacerlo.
—Lo siento —repitió Sherlock por enésima vez, cada sílaba quemándole desde adentro. Abrió la puerta y desapareció tras ella.
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Notas finales: *Les pasa la caja de pañuelos, los pica para que comenten, se va*
