ACLARACIÓN: El capítulo que subí ayer estaba incorrecto :P. Ese es el que sigue. Tuve una ligera confusión ^^U. Este es el correcto. Ojalá le dé amnesia xDD. Bueno, ahora sí, espero que les guste el capítulo. Jejejejeje... Lamento las molestias.
¡Hola! Yo de nuevo por estos lares. En primer lugar, quisiera aclarar un par de puntos. O, tal vez, explicarme un poco. Creo que en las respuestas a los reviews no lo hice muy bien, o no estaba en condiciones de hacerlo, y ahora que estoy más tranquila -porque sí, también me afectó enormemente escribir lo que ustedes ya han leído- quisiera que me dieran unos minutos para explicarme.
En primer lugar, lo de los mirones: el grupito de Karin estaba ahí completamente consciente de lo que iba a hacer. A nadie le pusieron una pistola en la cabeza y le dijeron: "mira o disparo", y tampoco lo amarraron a una silla y le abrieron los ojos a la fuerza. Muy por el contrario, todos planearon eso, en conjunto con Karin -la mente criminal, si quieren- y Kabuto -que a estas alturas todas odiamos. Y lo hicieron por una sencilla razón: están acostumbrados. Cuando humillas seguido a alguien, cuando golpeas la autoestima de alguien a cada segundo, todos los días, todo el día, te vas insensibilizando. Podrían ustedes decir que es inhumano ver una violación y quedarse de brazos cruzados, tan campante como si fuera lo más normal del mundo. No obstante, ¿cuántos/as de ustedes se admiran cuando, en la televisión, un/a asesino/a en serie mata a una cantidad x de personas, sin más motivos que porque se le paró el culo? No muchos/as, hay que admitirlo. Cuando éramos pequeños/as, tal vez. El mundo era bonito y colorido, y esas personas no hacían más que ensuciar la alegría de nuestras vidas. Pero, con el paso de los años, las desgracias se fueron haciendo tan comunes, tan corrientes, tan seguidas, que ahora no hacemos más que decir: "pobrecita" o "desgraciado, deberían cortarle los huevos", pero nada más. La sorpresa se esfumó, en algún punto del camino, y debo decirles que eso es lo que le sucedió al grupo: era demasiado normal. Sólo una broma más. Si, una broma de pésimo gusto, con consecuencias horrorosas, para quién sea, pero, en sus mentes, no es más que eso, una broma.
Eso, como primer punto. Ahora, algo que también suscitó mucho conflicto, fue la actitud de Karin. Sobre ella, sólo puedo decir que, cuando odias a alguien -realmente hacerlo, no sólo ese fútil resentimiento, que no afecta a nadie más que a nosotras mismas-, lo único que deseas es ver que se revuelque en el lodo, y te importa muy poco lo que le suceda en ese lugar. No te importa la humillación, ni sus sentimientos; ni siquiera el hecho de que, como nosotros/as es humano. Nada de eso importa, y nos dejamos llevar por nuestro instinto, quizá, primitivo, de hombre de las cavernas.
Creo que eso era todo, al menos con respecto a los conflictos. A las que les respondí, lamento si fue muy confusa, o soné algo... condescendiente al respecto. Es sólo que yo escribo las imágenes que se aparecen en mi mente, y estaba bastante... mal con el contenido del capítulo. De hecho, no pude tomar la computadora por algo así como una semana, algo que me tenía de los nervios. Simplemente, no podía, y aún cuando tenía el capítulo escrito, leerlo para editarlo me dejó, quizá, peor que antes. Por eso, también, el capítulo tiene más errores que de costumbre, que algunas de ustedes me mencionaron por ahí. Me disculpo por lo anterior y por los errores, no fueron intencionales, sino juegos mentales.
Ahora, a responder los reviews sin cuenta ^^:
ceci: Me alegra que te haya gustado. Actualizo, para que sepas, todos los martes y sábados, a la hora que sea xDD.
dell12: Eres una floja xDD. Si, tienes razón. Tengo grandes motivos para que eso sucediera, pero debo decirte que no me gustó más que a ti, realmente. Gracias por la corrección, la tendré en cuenta para los capítulos siguiente ;) Gracias por leer y comentar ^^
lala - chan: Todas esperaban que alguien la salvara, aparentemente. Lo consideré, sinceramente, pero después me dije que si Tenten había dado su palabra, Kabuto no la iba a dejar escaquearse así como así. Iba a suceder tarde o temprano, y antes de traumarme más a mí con la presión de tener eso sobre mi cabeza, preferí hacerlo rápido. Tú idea es muy buena, no la había considerado. Gracias ^^ Supongo que podría, dado que -prácticamente- fue su culpa, pero... tendré que conversarlo con la almohada xDD. Gracias, que tengas una feliz semana también :D Gracias por leer y comentar ^^.
javi hyuuga: Jejejeje... gracias por el halago. Como dije arriba, todas esperaban que alguien acudiera en ayuda de Tenten, pero entonces, habría tenido que posponerlo. ¿No crees que es mejor así? ¿No? ¡Ah! Entonces, tienes permiso para dañar mi propiedad privada -después de todo, las protecciones tienen que servir de algo, ¿no? xDD. Actualicé relativamente rápido, así que no te quejes (broma xDD). En fin, adiós, gracias por leer y comentar ^^
lezliee: ¡Qué bueno que haya sido una buena casualidad! Odio cuando son malas ¬¬ En fin, gracias por el halago, aunque no creo merecerlo :$ No te preocupes, seguiré adelante contra viento y marea. Okay, no xDD. Honestamente, cualquier idea vale, así que tíralas nada más xDD. En serio, sirve mucho saber qué esperan del fic, y si se sorprenden o no, es genial saberlo ;D. Estoy consiguiendo que todo el mundo odie a Karin xDD. Bueno, por algo se ha de empezar, ¿o no? Dicen que del odio al amor hay un paso... ¿o es al revés? No sé :P Gracias por leer y comentar ^^
Bueno, eso. Espero no haberlas aburrido mucho. Si lo hice, lo lamento u.u
Espero que este capítulo les guste más. No es, exactamente, lo que esperaban, pero me rehúso a cambiarlo. No, mentira. Pero creo que saqué lo mejor de mi cabecita ^^ Así que, tengan piedad. Nos leemos abajo ;)
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, sino a Masashi Kishimoto
Mi jodida vida
Capítulo XI
Nuevamente, me dirigía a mi cuarto. Aunque la diferencia entre el día anterior y el ahora era abismal. El día anterior, simplemente me sentía cansada; en cambio, ahora me sentía torpe, tonta, humillada y, sobre todo, sucia. Como si me hubieran tirado a un estanque de lodo con los puercos. Exactamente así me sentía, y lo único que quería era una ducha fría, cortarme y, si tenía suerte, desaparecer del mundo. Torcí el gesto al comprender que no podría hacer lo segundo, por más que quisiera. No, al menos, en mi cuarto. No, a menos que quisiera dos bonitas espectadoras, repitiéndome hasta el cansancio que lo que hacía no estaba bien.
Chasqueé la lengua. Ellas no entendían –aunque no me sorprendía, puesto que nadie lo hacía. Sakura no entendería nunca lo que era ser rechazada por todos, una paria de la sociedad elitista y clasista de ese lugar, comandado por la Reina de Hielo, porque ella era –según los rumores que habían comenzado a circular ya- la chica más risueña, divertida y graciosa de todo el mundo. Sin contar que era preciosa. Hinata tampoco lo entendería, lo que era sufrir por mantener tu identidad. Lo que era ser apartada de una manera frívola e insensible, sólo por esto o aquello, que no tenía verdadera importancia más allá, pero que en esos momentos, en esa edad, era horrible. Hinata no lo entendería, porque era en ángel enviado del cielo –o algo así había escuchado en el almuerzo- que venía a redimir todos los actos impuros de ese Internado corrupto, además de otorgar un placer inigualable en la cama. Sí, la institución entera estaba podrida.
Rechinando los dientes, abrí la puerta de mi habitación de un tirón, y la cerré con, quizá, demasiada fuerza. No me importaba. Sólo necesitaba un café y veinte años de terapia. Nada del otro mundo.
-¿Tenten? –escuché una voz, decidida pero agradable, que me hablaba desde un rincón del cuarto. Miré de reojo en esa dirección, y me encontré con Sakura acuclillada sobre algo que tenía una extraña forma, con un tarro de pintura a un lado, y una brocha en la mano. Su uniforme había sido reemplazado por unos pantaloncitos cortos de mezclilla, deshilachados a la altura de los muslos –que era dónde llegaban- y una polera de diversos colores, como si le hubieran echado spray encima, con el símbolo universal de la paz en el medio, de un brillante color morado. Tenía los pies descalzos, y su cabello estaba atado en una coleta. Enarqué una ceja, pero la ignoré. No deseaba hablar. Ni con ella, ni con Hinata, ni con el mismísimo Papa, al cual me parecía que tenía que empezar a dejar tranquilo.
Caminé hasta mi cama con la espalda envarada, tiré mi bolso debajo de esta, y me agaché para sacar el milagroso maletín. Bien, podía no hacerlo en mi cuarto, pero nadie decía que no podía hacerlo en otro lugar. Subiría por las escaleras de servicio, hasta llegar a la abandonada terraza de la torre norte, sacaría mi cuchillito y me cortaría de lo lindo. A la mierda con la ducha. Necesitaba sacarlo todo de mí, sangrarlo hasta que no quedara nada. Si tenía suerte, mi vida también desaparecería en el proceso. Si tenía suerte.
-Tenten, no me ignores –habló de nuevo Sakura, ahora más cerca. Estaba detrás de mí, podía sentir sus ojos esmeralda clavados en mi espalda, pero me rehusé a voltear. Necesitaba encontrar la cajita- ¡Joder, Tenten, deja las niñerías!
Me detuve en seco. ¿Niñerías? ¿Niñerías? ¿Yo estaba haciendo niñerías? Esbocé una sonrisa sarcástica. Yo, haciendo niñerías. No recordaba la última vez que había hecho algo de ese tipo. No recordaba la última vez que había visto la vida con los inocentes ojos de una niña. Hacía tiempo, demasiado ya, que había abandonado las niñerías, las tonterías de chiquilla idiota que no comprende el mundo. Desde hacía bastante que ya no tenía pizca de inocencia en mi, y no podía –no realmente- decir que estaba orgullosa de ello. Porque sí, me había hecho mucho más fuerte, pero me había dejado con un vacío interior.
Alcanzando finalmente la cajita, la tomé con fuerza entre mis dos manos, pegándola a mi cuerpo, como si fuera algo sumamente valioso. Y, para mí, lo era. Me levanté y erguí, quedando un par de centímetros por debajo de ella, aunque podía ver exactamente el centro de sus ojos verdes, llenos de algo que, al igual que con Hinata, no podía identificar, o tal vez sí, pero no quería. Porque se parecía demasiado a cómo debían ser mis ojos. Pero en la pelirrosa tenían un tinte incluso más desesperado que en su amiga ojiperla. Me preguntaba qué demonios habría sucedido, cuando recordé la noche anterior.
Cerrando herméticamente cada uno de los músculos de mi cara, alcé el mentón levemente.
-Déjame pasar, Haruno –ordené, encarándola fieramente. Lo que debí haber hecho desde un principio: encararla, para apartarla. Era la única forma, el único modo, que conocía para que me dejaran tranquila. Tenía que alejarlas, antes de que las piezas en mi cabeza se pusieran, nuevamente, en movimiento, y volviera a aquello que me había llevado, en primer lugar, a tener la necesidad de ese método. No quería eso -a pesar de entender que no tenía opción si volvía a suceder. No deseaba regresar a aquello, pues había resultado en un quiebre tal, que había cambiado todo mi mundo, y habría llegado al punto de hacer una locura –o un favor al mundo, como solía denominarlo en mis momentos más oscuros-, sin siquiera considerarlo más de una vez, si no fuera por la promesa que le había hecho a mi abuela. No debía olvidar la promesa.
Volví a mi realidad cuando sentí el jadeo ahogado de Sakura, quién aún no se apartaba. La miré con el ceño fruncido, a punto de empujarla para que se hiciera a un lado, cuando me percaté que no me estaba mirando. O, mejor dicho, no a mis ojos. Sino hacia abajo, pasando lentamente sus orbes verdes por las venas que se comenzaban a marcar, por las manos que no recordaba haber empuñado. De cualquier forma, ella seguía el recorrido de una particularmente sobresaliente, hasta detenerse en mi muñeca. Solté una maldición entre dientes, que provocó que alzara la vista, con los ojos desmesuradamente abiertos.
-E-Eso e-es… -tartamudeó. Rolé los ojos. En serio, demasiado tiempo con Hinata afectaba.
-Sí, es sangre.
Efectivamente, debajo de mis muñequeras negras salía un oscuro líquido carmesí –como los ojos de Karin-, en hilillos finos que se perdían entre mis nudillos apretados, cayendo como gotitas hacia el enmoquetado piso. Sakura siguió una, hasta que murió formando un perfecto círculo a un lado de mí. Como había predicho, el agarre de Kabuto había sido demasiado fuerte, demasiado agresivo, para que mis heridas –no cerradas- lo soportaran. Era únicamente lógico que esto sucediera. Por unos segundos, ninguna rompió el tenso silencio en el que nos habíamos sumido, ambas contemplando la gota roja en el piso. Luego, alcé nuevamente la vista, y empujé levemente a Sakura.
-¿Q-Qué te sucedió? –inquirió, con voz ahogada. Bufé.
-No es tu puto problema.
La escuché soltar un gruñido.
-Tengo derecho a saber.
-No es cierto –y, realmente, no lo era. No tenía un puto pito que tocar en todo aquel asunto. No me había detenido en un principio, ni siquiera se había preocupado sobre lo que podría pasar en caso de que cumpliera mi promesa, y no vendría a decirme, a estas alturas del partido, que mierda tenía que decir o hacer. Nunca nadie lo había hecho, y no pensaba cambiar ese aspecto de mí misma. Ni en un millón de jodidos años. Llegué a la puerta y, de reojo, la observé nuevamente. Estaba de espaldas a mí, con los hombros encorvados, el cabello cayéndole sobre el rostro y las manos apretadas en puños, como si estuviera conteniéndose de chillar.
-Si es cierto, Ama –rebatió, con la voz rabiosa- Soy tu compañera de cuarto, y...
-No eres más que un estorbo, Haruno –interrumpí, sin pizca de remordimiento. Era verdad. Al menos, hasta cierto punto, era cierto. Me estorbaba. Entorpecía cada uno de mis objetivos, mi forma de ver la vida, mi forma de relacionarme con todos. Ella y Hinata, hacían eso. Estorbarme. Y, por algún motivo, necesitaba decírselo. Necesitaba sacarlo de mí, para alejarlas. Esa era la forma que tenía de hacerlo, lo que siempre había hecho, y esperaba que ella –ambas, de hecho- entendieran que no pensaba dejarlas entrar. Lo del día anterior había sido simple descuido mío. Lo de la madrugada había sido por fuerza mayor. Lo de ahora, sin embargo, era mi decisión, y se ajustaba perfectamente a lo que yo había establecido que sería mi relación –si es que podía llamarse así- con ellas. Tal y como yo necesitaba que fuera.
Tal y como yo no deseaba que fuera.
Abrí la puerta de un tirón y la cerré con un portazo igual al que había dado esa mismísima mañana. Las diferencias parecían abismales. Apreté nuevamente los dientes con fuerza, sintiendo otra vez la sangre, pero en mi boca. Todo había cambiado desde esa mañana hasta el momento actual. Absolutamente todo. Ahora, estaba más que decidida. Tenía que apartarlas. Les había dicho por las buenas, ahora sería por las malas. Después de todo, mi lema siempre había sido bastante cavernícola, por decir lo menos, y, también, siempre había funcionado. No veía razón por la cual con ellas no resultara igual. Tenía que resultar.
Caminando rápidamente hacia la dichosa puerta, pasé debajo de la cinta de aislamiento, para luego subir de dos en dos los escalones de los dos pisos siguientes. Me estaba impacientando. Podía sentir la anticipación del placer en mis venas, la sangre corriendo más rápido por ellas, acelerándome la respiración y los procesos mentales, también. Vi en un flash, como si estuviera a punto de morir –y la idea me tentaba demasiado en esos precisos momentos- las veces anteriores en que había hecho eso. El éxtasis, la paz, el equilibrio con todo lo que era. Podría, por supuesto, haberme drogado. Lo había intentado, de hecho, una vez; en una de las fiestas del Internado –dónde, aparentemente, sucedía todo lo determinante de la rutina diaria-, después del "incidente" –en primer año-, de alguna forma había conseguido un par de anfetaminas, sacadas de quién sabe dónde. En ese tiempo, tenía quince años, y las drogas constituían el paradigma de lo prohibido y vetado. Siempre me habían llamado la atención, pero nunca había tenido a mano las dichosas sustancias alucinógenas, que –según contaban- hacían llegar muy alto. En fin, esa había sido la primera vez, y no podía describir –ni en el momento exacto ni en el actual- la emoción que me invadió al sentir que, finalmente, había encontrado la forma perfecta para hacer que todo desapareciera. El método exacto para enajenarme de la realidad, y sólo sentir. Desafortunadamente, esto no había sido así para mí. Aparentemente, había tenido un "mal viaje", porque lo único que podía ver eran sombras que se cernían sobre mí, ahogándome y recordando cada uno de mis errores, además de todo lo que tuve que pasar con el divorcio de mis padres. También había una que se burlaba, otra que me violaba y una más, que ya ni recordaba que diablos hacía, pero si miraba… Miraba como me hacían todo ello, y no hacía nada por evitarlo. Ni nada por aumentarlo, tampoco. Era como la cámara de un cine. Fría, indiferente y completamente impersonal. Como si alguien estuviera grabando mi sufrimiento, mi horror, el terror que sentía por la tortura a la que me había sometido voluntariamente –porque debía admitir que nadie me había obligado a tomar las anfetaminas-, regocijándose en este. Y luego, recordaba una gran nada. Además de la sensación de que mi cabeza iba a estallar, que mis sesos iban a salir disparados en cualquier dirección, e iban a "redecorar" las paredes de esa gran nada en la que estaba sumida, como en las películas de terror con efectos tan malos que daba más risa que miedo verlas.
Sacudí la cabeza. Recordar aquello no servía de nada, excepto para aumentar la angustia que tenía en el pecho. Rechinando los dientes, volé el último tramo de escaleras, hasta llegar a la gruesa puerta metálica que daba a la terraza. Empujándola por la manilla, la abrí, y una ráfaga de aire me ahogó por un momento, levantándome la falda y desordenándome el cabello. Había olvidado que se formaban corrientes allá arriba. Cerré los ojos, esperando unos momentos, antes de dar un paso hacia delante, entreabriendo despacio los párpados. Finalmente, los abrí del todo, y examiné los alrededores con minuciosidad. Tenía que estar segura de mi soledad –física, obviamente, puesto que la otra era casi mi mejor amiga-, pues si alguien me descubría… no quería ni saber en qué lío me metería.
Asintiendo una vez con la cabeza, para mí, al comprobar que no había nadie, me acerqué al borde. La terraza consistía en un círculo del mismo diámetro que el hall, seis pisos más abajo, de piedra como todo en ese lugar, con una baranda también de maciza piedra, y que me llegaba a la cintura. Desde ahí se podían ver todas las millones de hectáreas que constituían el Internado, incluyendo el lago a un costado y las diversas canchas, que ahora estaban vacías. Si miraba más allá, por la derecha de dónde había entrado, podía distinguir el centro de la ciudad de Konoha, bullendo de actividad, cubierta por esa capa de smog foto químico que se formaba en la mayoría de las ciudades grandes. Y Konoha era jodidamente grande. También, forzando al máximo mi visión, alcanzaba a ver una de las mansiones que marcaban el inicio del barrio Alto. Con mayúscula y todo. Era una gran construcción de estilo greco-romano, con pilares, arcos y varias cúpulas pequeñas. También tenía algo de barroco, en los grabados sobre la entrada estilo Partenón. Y tenía un poco de gótico en las ventanas del último piso. No era fea, pero si algo sobrecargada, y aunque el color crema le quitaba un poco de ello, no dejaba de verse chabacano. Y todo eso lo sabía porque esa era la casa que mi madre había decidido regalarnos a mí y a Reika -cuando ésta cumplió los doce y decidió que estaba harta de la frivolidad de Lin y la desbandada vida de Shin-, llena a rebosar de empleados domésticos, que se encargarían de cumplir cada uno de los caprichos que se nos ocurrieran. Por supuesto, Lin jamás había contado con que ni mi hermana ni yo fuéramos caprichosas, ni mucho menos. Ciertamente, se había equivocado medio a medio en ese punto, pero no me importaba. Mientras Rei –como le decía a mi hermana- tuviera todo lo que necesitaba, por mí estaba bien.
Mordiéndome el labio inferior, pedí perdón, en silencio, a mi hermana. Ella sabía. Y yo sabía que ella lo hacía. Pero, por algún motivo, nunca habíamos hablado al respecto. Tenía la teoría de que Rei no quería tocar el tema, pues mientras éste permaneciera en las sombras, oculto, era como si no existiera, y no tenía que lidiar con él. Eso, según la filosofía de vida de mi hermana. Me aterraba pensar cuánta razón le encontraba, y cuánto se parecía aquel pensamiento al mío propio. Tenía que dejar de hacerlo, lo sabía. Por el bien mío, por el bien de Reika y por el bien de ambas. Pero no podía. Sencillamente, no podía. Era mi droga, mi heroína, mi forma de expresarme, mi forma de mandar todo al infierno, mi forma de decir que estaba harta de todo y todos, y también era, hasta cierto punto, mi forma de gritar pidiendo auxilio, aún sabiendo que éste jamás llegaría. Porque nadie nunca oía. Oh, sí. Por supuesto, la gran mayoría escuchaba –pues no pensaba discriminar a los sordos ni por asomo-, y todos lo hacían medianamente bien. Pero muy pocos oían realmente las palabras de los otros, y eso era lo que yo deseaba. Que alguien no sólo escuchara, pues eso podían hacerlo tanto Karin como Mahatma Gandhi, sino que oyeran la súplica con que estaban teñidas cada una de mis palabras, acciones y pensamientos. Aun sin yo quererlo, y tratando de evitarlo, estaba ahí, presente. Como un fantasma. Uno que venía a atormentar mis más oscuros sueños y mis más aterradoras pesadillas.
Tal vez, eso era lo que había visto en el viaje frustrado de anfetaminas. La desesperación.
Acercándome al borde justo de la pared de protección, dejé el maletín en el suelo y me senté con la espalda apoyada en el muro y las piernas cruzadas, a lo indio, mientras desataba mi coleta y me hacía los chongitos que estaba acostumbrada a llevar los fines de semana, feriados y vacaciones. Tomando con ambas manos el cofre, introduje la contraseña, abrí la tapa y comencé la búsqueda. En cierta forma, me sentía como Indiana Jones. Encontrar el famoso hilito negro en ese espacio era un engorro y una joda, pero valía la pena. Oh, vaya que sí lo hacía. Afortunadamente, encontré el pedacito rápidamente, y lo tiré con impaciencia, sacando el cuchillo con delicadeza. Me detuve a mirar, embelesada, el reflejo del sol en la hoja, arrancando diversos colores, como en un prisma. Mi parte racional estaba analizando el fenómeno de la difracción de la luz, pero eso era sólo una parte. La otra había hecho que me quedara congelada, con el cuchillo en el aire, a la altura de mis ojos, abiertos desmesuradamente, y que abriera la boca en una perfecta "o", desconcertada.
Parpadeé, desconcertada de verlo ahí. ¿Cuándo había llegado? Estaba segura que no podría haber estado desde antes que yo llegara, pues había hecho mi reconocimiento del terreno –okay, sí, yo también me creía SWAT- con suma cautela, sin dejar nada no explorado. Sin embargo, no parecía haber otra explicación que un descuido caprichoso –de esos que no tenía- de mi mente, puesto que era imposible que fuera así de silencioso. No obstante, luego de un rato, me dije que sí, que podía ser silencioso. Después de todo, el día anterior nos había seguido con sumo sigilo, y ni siquiera Shino –que parecía tener oído biónico- había sido capaz de detectarlo. Toda una hazaña, claramente, la cual no estaba dispuesta a admirar. No, al menos, en esa situación.
Envarando la espalda, apreté los labios en una fina línea, borrando cualquier estúpida reacción que pude haber tenido, y cuadré los hombros. Él sólo me miró con frialdad, controlando de mejor manera sus expresiones que esa madrugada. No obstante, parecía preguntar con sus ojos por qué estaba haciendo lo que estaba haciendo. Eso no me molestaba –no realmente. Aunque no era asunto suyo, estaba en todo el derecho de preguntar qué demonios hacía en ese lugar, a esa hora y en esa posición, con un cuchillo que le vendría mejor a un cazador de la montaña que a la hija de una rica actriz –a pesar de que esto último él, obviamente, no lo sabía. No, no era tanto eso, sino el hecho de que parecía saber, de una forma u otra, que le preguntaría, hosca y parcamente:
-¿Qué coño haces aquí? –y estuviera cuestionando el motivo de mi tono. Todo esto, cinco segundos antes de que, siquiera, pudiera reaccionar. Lo cual me enervaba, pues me hacía sentir transparente, y eso era algo que yo, Tenten Ama –o lo que fuera a estas alturas-, me había prometido no ser nunca. Un libro abierto. Fruncí el ceño al ver que no contestaba, sino que sólo seguía con esa expresión de desinterés. Porque, y a pesar de tener la curiosidad tiñendo levemente sus ojos, se veía frío e impasible. Levantándome y cruzando mis brazos, repetí- Te hice una pregunta. Dime que mierda haces aquí, Hyuuga.
Neji, simplemente, bufó por lo bajo, desviando la mirada hacia la izquierda, viendo al sol esconderse y teñir todo de un color rosáceo que, aunque me sonara cursi hasta a mí, me parecía hermoso y tierno. Y sí, sumamente cursi.
-Nada que te importe.
Y, en ese momento, comencé a simpatizar con el fastidio de Sakura. Tal vez, ahora le respondería de mejor forma cuando me preguntara algo. Porque si se sentía tan jodidamente exasperada como me sentía yo, no sabía cómo había podido aguantarlo. Tal vez, tendría que empezar a tratarla mejor. Aunque, sólo tal vez.
-Entonces, ¿por qué no te vas?
Enarcó una perfectamente delineada ceja castaña, aunque sin variar casi ningún otro músculo de su rostro.
-Es un espacio abierto –respondió con tono de obviedad, como si estuviera hablando con una retrasada mental. Fruncí los labios.
-Vete –ya no era una cortés pregunta que tenía implícito un "lárgate". Era una orden directa e impertinente, que tenía una sola respuesta lógica: que se fuera. Sin embargo, y muy a mi pesar, se adelantó hasta quedar frente a mí, a una distancia que me parecía previamente calculada. Lo cual era una reverenda estupidez. Nadie anda por la vida a una distancia determinada de la gente, ¿o sí?
-¿Por qué habría de? –preguntó, cruzándose de brazos. Fruncí más los labios.
-Porque yo lo digo.
Estaba consciente de que era el argumento más pobre que podría haber siquiera llegado a pensar. Pero lo cierto era que no tenía más que esos. O, mejor dicho, ninguno que pudiera decirle. Porque no pensaba explicarle el verdadero motivo de todo aquello. Antes, saltaba por sobre el muro. Como supuse, enarcó ambas cejas, como preguntando si realmente pensaba que se iba a tragar ello. En efecto, estaba rogándole al dios de turno que se alejara. Que me dejara. Aparentemente, el dios de turno estaba algo ocupado. O, simplemente, fastidiado por todo lo que le había pedido en el último tiempo –que, de cualquier forma, no me había cumplido.
No me dio ni la hora, obviamente.
-Hmp.
Abrí los ojos desmesuradamente. ¿Eso era todo lo que respondería? ¿En serio? ¿Un "hmp", que ni siquiera sabía bien qué putos demonios significaba? Contuve el gruñido que se estaba formando en mi garganta.
-Escucha, Hyuuga. Yo estaba aquí antes que tú, y quiero privacidad, así que ¿por qué no tomas tu estirado trasero y lo llevas a algún otro lugar lejos de mí?
Lo dije todo de corrido, enorgulleciéndome de sonar menos caprichosa que anteriormente, pero también con ganas de patearme el culo por lo mismo. ¿Insultar a un Hyuuga? ¿En qué demonios estaba pensando? Aparentemente, en nada, puesto que las palabras habían salido naturalmente de mis labios, sin una orden consciente de mi cerebro. O, al menos, de eso quería convencerme a mí misma, puesto que la otra opción era que me había convertido en una cínica maleducada e irrespetuosa. Cínica si era, y lo admitía con cierto orgullo; pero mi abuela me había criado con la cantinela de que debía guardar respeto por las normas sociales. Aún cuando yo no era, y nunca había sido, partidaria de las mentadas reglas, las respetaba cada que podía –o debía- y trataba de controlar mi lengua, demasiado impertinente. Pero el chico Hyuuga había activado algo, que hacía que se me soltara el dichoso músculo, y ahora no me quedaba más remedio que aguantar estoicamente la diatriba de insultos que, probablemente, estaría pensando en esos momentos.
Su espalda se tensó, su mandíbula se apretó con fuerza, sus dientes rechinaron y sus ojos se estrecharon dos milímetros, convirtiéndolos automáticamente en dos rendijas plateadas que me perturbaban los sentidos. Y ahí estaba de nuevo todo lo de la noche anterior. El palpitar del corazón desbocado, las manos sudadas, la respiración demasiado superficial y todas las boberías que yo había leído en las novelas rosa que mi hermana insistía en obligarme a leer. Ella también lo hacía, y me preguntaba la trama de cada una de ellas, cómo se llamaban los personajes y hasta me forzaba a hacer una crítica –siempre amarga y hosca, según ella- de los famosos textos que sólo Dios sabía de dónde sacaba. Y no quería pensar en qué contexto eso les comenzaba a pasar a las protagonistas, porque empezaría a chillar y a darme de cabezazos contra las paredes, preguntándome cuándo diablos había caído tan bajo.
-Podría –aceptó, más conciliador de lo que yo jamás habría estado en su caso. El alivio recorrió cada fibra de mi ser, para luego expandirse una tensión nueva por los exactos mismos lugares. Algo me dijo que ahí había gato encerrado, y sus siguientes palabras confirmaron que, efectivamente, había ofendido al castaño, a pesar de que éste hacía claros esfuerzos por no mostrarse de esa forma- pero así cumpliría el capricho de una niña consentida y malcriada.
Me envaré. ¿Con quién demonios creía que estaba hablando? ¿Su prima? Si a ella le hablaba así, genial. Me importaba un reverendo pepinillo si la trataba de puta o de diosa, pero a mí me iba a respetar. Le gustara o no. Lo insultara o no. Hyuuga o no. Me iba a respetar, carajo.
-Oye, espera –comencé, avanzando hasta quedar demasiado cerca de su pecho. Si daba un paso más, era probable que chocara con él, y aunque en algún lugar de mi mente –que me esforzaba por no prestarle atención- la idea me seducía bastante, simplemente alcé la vista, maldiciendo de paso mi baja estatura, y también su larguirucha figura- Te insulté, y lo siento, pero no te voy a permitir que me trates como la mierda, siendo que ni siquiera me conoces. No tienes derecho a emitir un juicio si no sabes quién soy.
-Tú también lo hiciste.
Inflé los mofletes, a pesar de saber que era un gesto sumamente infantil. No me importaba. Así como tampoco me importaba su jodida expresión de superioridad. Si pensaba que lo iba a dejar ganar, así tan campante, podía ir jodiéndose, porque yo nunca iba a rendirme. No con él, no con eso, y no con nada ni nadie. Así se me fuera la vida en ello. Cruzando los brazos sobre mí pecho, contesté:
-Pero es diferente.
-No veo la forma –repuso Neji, sin variar nada el tono ni semblante. Joder, como me estaba exasperando aquello.
-Es diferente, Hyuuga. Listo. No hay más vueltas que darle al asunto.
Negó con la cabeza.
-Sigo sin ver...
-¡Es diferente y punto, por la puta! –chillé, tirando los brazos al aire y soltando toda la frustración de paso. Ese chico era sumamente irritante, y parecía que le estaba divirtiendo el show que me estaba obligando –jamás admitiría que me ponía en ridículo sola- a montar. Rechinando los dientes y tomando el maletín junto con el cuchillo, puse la espalda rígida, y alcé orgullosamente el mentón. Caminé de esta forma hacia la puerta, ignorando la mirada especulativa que me lanzaba el Hyuuga. Debía de conservar mi dignidad, aún cuando creyera que la había perdido del todo. Al menos, con él- Si no te vas, me voy yo.
No me resistí. Sabía que, probablemente, no recibiría respuesta, puesto que el chico parecía tener una obsesión con las frases cortas. Sin embargo, no fue así.
-Cortarse es de cobardes.
Abrí los ojos desmesuradamente. ¿Cómo…? Me giré lo suficiente para verlo de reojo. Estaba de espaldas a mí, apoyado en el muro que evitaba una muerte segura y desagradable, y su cabello era mecido suavemente por la brisa que insinuaba un otoño más frío que los anteriores. Abrí la boca, la volví a cerrar y luego traté de encontrar algo qué decir. Nada venía a mi mente, y me estaba frustrando no poder responder algo. Lo que fuera. No para rebatir, porque también creía que cortarse era de cobardes –lo que yo, hasta cierto punto, si era-, ni tampoco para justificarme, puesto que él no debía de interesarse sobre mis problemas personales más de lo que yo me interesaba por los de Karin. O sea, nada. Pero quería decir algo, necesitaba decir algo, antes de que comenzara a preguntarme si realmente era tan transparente como su prima y él me hacían creer, o si era tan sólo que ellos eran demasiado empáticos.
Le eché un segundo vistazo de reojo, y me convencí que no había nada de empático en ese chico. De hecho, su apariencia era, exactamente, todo lo contrario. Serio, frío y parco, parecía andar con un cartel que rezaba: "piérdete". Y yo deseaba robarle el cartel, para colgármelo yo misma al cuello. Sin decir nada, ni hacer ningún otro ruido, terminé de entrar nuevamente al edificio, con los hombros caídos y la cabeza gacha, caminando lentamente.
Ejem... Espero que les haya gustado el capítulo. Recuerden que cualquier cosa que quieran decirme -crítica, corrección o felicitación (en caso de que la merezca)-, sólo tienen que pulsar el botoncito de más abajo, el que está con letras azules. Es bastante sociable, ¿sabían? xDD. Recuerden que las que no tienen cuenta, también pueden comentar. Es súper fácil, en serio ;)
Bueno, eso. Gracias a todas las que leyeron, agregaron a alert/favorite y, aún más, a las que comentaron. Gracias a ustedes, puedo mejorar día a día ^^
Adiós, cuídense, las quiero y nos estamos leyendo.
TemaLove16
