Cuerpo cautivo
Capítulo 11: La luna será lo que desees.
Albert Wesker & Claire Redfield.
Descargo de responsabilidad: Resident Evil es una saga maravillosa. No me pertenece, pero me fascina escribir sobre ella.
Where have you been?
You are a different man...
You disappeared...
And just like that, you're here...
Elle theme – Silent Hill Homecoming - Akira Yamaoka.
Estuvo toda la tarde encerrada en su cuarto, no sin antes meterse de contrabando a la habitación de Wesker, y sacar los materiales.
Lo primero que hizo fue dibujar el boceto con un lápiz del rango 4H, muy delgado.
Tenía que dejar de pensarlo.
Tenía que dejar de lamentarse por lo presenciado.
Si él no podía sentir, ¿Qué más daba?
Si a Wesker no le parecía mal, ¿Por qué debía ella atormentarse?
Quizá porque no podía concebir una vida sin alguno de sus maravillosos sentidos. Quizá porque su bienestar le preocupaba tanto, o más, que el propio. Pensándolo en ese sentido, parecía insano.
Lo que era trágico, pues indicaba que realmente estaba perdiendo la cabeza.
Esos días, y desde el primer momento que piso la mansión, supo que ese invierno que pasó relacionándose con él dentro del departamento de policía, le costarían caro.
Dejando a un lado el hecho, que hasta Jill se había podido percatar de sus sentimientos por el capitán. ¡Había cometido tantas estupideces!
Su regalo de cumpleaños.
Las miradas discretas.
En ese momento a ninguna de las dos les había preocupado.
Era sólo un… entretenimiento visual. O algo parecido lo había llamado la joven Valentine.
Sí, el capitán era uno de los hombres más guapos que había conocido. Varías de las víctimas habían quedado prendadas a la figura de autoridad, e incluso habían tenido la intensión de visitarlo y agradecer sus valerosas acciones.
Pero ninguna tuvo éxito.
Claire había llegado de otra forma a su vida. Y a pesar de su torpeza, se habían llevado relativamente bien. Quizá por el hecho de que Claire no pensaba cambiar su personalidad por agradarle a ningún chico, y eso la convertía en una persona auténtica.
Y después vino la traición…
El encierro en la prisión Rockford.
Y claro, su intento de dominación mundial, en las tierras africanas.
Finalmente, su estadía en la Mansión Wesker. Que llevaba ventaja en ser la más dura de sus experiencias.
Donde había enfrentado sus fantasmas, sus vivencias, y sus sentimientos jamás pronunciados.
Era curioso como ahora parecía luchar por conocerlo a diario.
Como batallaba por creer que Wesker no había asesinado del todo a su versión fría, tranquila, analítica, temeraria y entregada a su trabajo, con toda su fortaleza física.
Esa parte de él, había sobrevivido a su locura, sin duda alguna. Lo había visto de nuevo, en varias ocasiones. Cuando era capaz de mandar lejos a Krauser temblando de miedo, donde no podía herirla. Mientras estaba relajado leyendo el periódico, o tomaba café. Cuando jugaba cartas o enfrentaba criaturas con una pistola y la fuerza de sus puñetazos y patadas.
Sí, la persona que Wesker algún día había sido… la había fascinado. Y no podía culpar a sus gafas negras, o a su edad.
Lo admitía, de acuerdo.
¿Debía mortificarse por un sentimiento que era incapaz de cambiar?
Sin embargo, estaba la parte que todos conocían de él. Que podía dispararle a un hombre entre las sienes por un error. La que había intentado asfixiarla, y claro, mandaba cartas para burlarse de su secuestro. El hombre que había sido culpable de tantas muertes, y que… cielos, nadie sabía lo que buscaba en realidad.
Pero no quería pensar. Necesitaba tranquilizarse. De alguna forma esperaba que su tranquilidad invadiera la mansión, y devolviera un poco de su personalidad original, al hombre que la había obligado a abandonar el laboratorio.
¿Por qué, entonces, sentía ese sentimiento tan vivo, a pesar de que el hombre que había despertado en ella el respeto y la admiración, estaba muerto?
¿Qué estás haciendo, Claire? ¡Ya basta! Olvídalo… – Se reprochó, mientras apretaba el lápiz, rompiéndole la punta.
Se obligó a abandonar esa clase de pensamientos.
Y así fue. Por un momento, sólo fueron ella y su pintura.
La noche se cernía sobre la mansión, y toda la tristeza en el corazón de Claire se esfumó, mientras dibujaba sobre el lienzo.
Los trazos eran simples. Desde que habían salido de paseo, ese paisaje no había abandonado su mente.
Se trataba de una noche de luna llena que caía sobre el lago, nostálgico de la nevada, con los pinos manchados de sombra, frescos y vivaces, aún ante la ausencia de sol. Un tronco caído, moría a las orillas del agua. Las estrellas como pequeños fulgores de calor, las montañas durmiendo, con el color plata acariciando sus cimas, con tacto de esposa.
De pronto sólo estaba ella, y una paz maravillosa e infinita.
Debían ser como las 8 de la noche. Más o menos. Aunque no podía saberlo. El clima era engañoso. Tenía que bajar por un vaso de agua. Como buena costumbre no había comido nada. Se había prometido ser más cuidadosa con su salud, y no le gustaba faltar a sus promesas. Bajó a la cocina, haciendo el menor ruido posible.
¿De qué servía ser sigilosa si Wesker estaba ahí, con la taza de café humeante entre las manos?
Entre ellos, un silencio absoluto.
¡Qué buena suerte tienes, Claire!
Por alguna razón, Wesker tenía una pose de autosatisfacción mucho más marcada. Se veía renovado. Sus facciones marfil, con esas pequeñas marcas de vida sobre la frente.
Siempre había tenido un porte de ejecutivo, aún con las ropas de policía, y ahora, con el traje de seda brillando a la luz de las lámparas, terminó de convencer a Claire acerca de su atractivo.
I'm glad you're here.
I see you're well.
– ¿Te sientes mejor? –preguntó ella, sosteniendo un suspiro.
Wesker le dedicó una mirada inquisitiva a su invitada. Podía notar cuándo era la cordura la que reinaba sobre la joven. Lo veía ahora. Había tanta tranquilidad en sus ojos azules, que no parecía ser la misma persona que le había armado una escena por la mañana.
Y lo agradecía. Pelear no era la manera en que quería pasar esa noche.
Pronto tendría muchos encuentros desagradables.
Muy pronto.
Chris iría en busca de su hermanita menor. Ada probablemente elegiría el bando equivocado, y se revelaría en su contra. Tendría que cazar a Krauser, y terminar de una buena vez con la Reina Roja. Era demasiado peligrosa a pesar de tratarse de una computadora con inteligencia artificial.
Y de alguna manera, vivir con Claire…
No deseaba que se uniera a la lista de cosas desagradables.
Si ella era la única capaz de creer que él continuaba siendo un ser humano…
¿Debería de conservar esa creencia o erradicarla? Aunque eso implicara convertirlo en un ser sin definición.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que compartían un hogar?
Casi dos semanas.
¿Quién habría pensado que la misma chiquilla que un día subió a su patrilla, como un petirrojo empapado por la tormenta, se convertiría en una mujer capaz de reprocharle sus errores, capaz de enfrentar su dominio, e incluso, demostrarle una ciega confianza?
Debió saber que abrirle la puerta de su casa, era darle entrada al pasado.
¿Con cuántas historias Chris habría infectado su cabecita de adolescente, acerca de sus aventuras en el RPD?
Había formado una visión errónea de él.
Un espejismo.
Todas las cosas que habían sucedido hace ocho años en la ciudad, debían haber sido selladas, junto con la bomba que la destruyó.
No sabía porque, pero con cada momento que compartían en soledad, sentía conocerla un poco más.
Aunque el tiempo transcurrió, sin que él estuviera presente, y Claire ya no era una niña.
Su gesto serio, sus mejillas ligeramente maquilladas, su cuello largo y estilizado. Sus caderas anchas y piernas de bella envergadura. El cabello repartido como maleza a lo largo de sus hombros.
No era esa chiquilla que patinaba sobre la nieve de la mano de su hermano, lanzándole bolas de nieve, mientras él los observaba, sentado sobre el asfalto de la oficina.
¿Qué pasó en todos esos años?
¿Dónde había estado él, que había perdido tantos cambios en ella?
¿Y por qué empezaba a notarlos ahora?
–Estoy mejor, muchas gracias. Me agrada que mantenga su buena fama de exagerada. Debería considerar estudiar teatro. –contestó el rubio, tomando asiento en el comedor.
Claire le hizo una mueca de inconformidad.
– ¿Exagerada? No me considero la reina del drama. –dijo Claire, sentándose justo de frente, buscando alguna señal de que su condición no hubiera mejorado.
Pero ahora estaba perfecto. No había el menor rastro de cansancio o enfermedad.
–Tienes potencial como actriz, dearheart. –
La joven nunca había terminado de entender esos motes cariñosos. Wesker lo decía de tal forma que… no le molestaba, pero tampoco demostraba el mínimo afecto.
El hombre se recargó contra la silla, dándole un sorbo a su café.
Ese suero era milagroso. Se sentía capaz de partir un auto en dos.
Había recibido una llamada de su equipo de trabajo en Tricell, justo después de despertar, en la camilla de su laboratorio.
La cepa era su mayor victoria hasta ahora. Los tres humanos inyectados con el antígeno habían sobrevivido por más de 48 horas, y estaban consientes. Podían ser controlados, y aunque tendían a ser de naturaleza agresiva, eran analíticos, y siempre actuaban bajo la mejor alternativa.
Los ejecutivos estaban muy complacidos, y ya habían firmado el financiamiento principal. Estaban en tratos con los líderes internacionales, para la formación de un ejército de solados "perfectos", infectados por el virus.
Pero él estaba aspirando a algo más.
El virus debía ser distribuido entre la población.
Sin embargo, llevaría más tiempo convérselos de las ventajas de tener una población de tan elevadas cualidades. Sólo las personas con una materia genética resistente, lograrían sobrevivir. Justo como había sucedido con Uroburos.
Por ahora, estaba dispuesto a celebrar.
– ¿Conoces a Ada desde hace mucho tiempo? – La pregunta le vino de sorpresa. Arqueó la ceja, y chasqueo los labios.
– No entiendo a qué podría venir la pregunta. –Wesker le miró con su versión de la extrañeza. Esa clase de preguntas al azar hacía de Claire una compañía peligrosa.
La menor miró al suelo.
–Por alguna razón no me agrada…– Fue todo lo que respondió ella. No iba a dejar que sus pensamientos atravesaran sus labios y le causaran problemas
Había algo en la forma de ser de Ada, que le ponía los cabellos de punta. Era traicionera, y no tenía bando definido. Se movía por intereses, lo que la convertía en una amenaza para todos los que tuvieran algo que ella deseara.
– ¿Celos, corazón? –bromeó Wesker, por primera vez en la semana. –Sé que le dije que ella era la única, pero tienes derecho de antigüedad, no tienes de que preocuparte–
El mayor cruzó la pierna.
– ¿Disculpa? – El color comenzó a subir por las mejillas de Claire, sin que lo notara. – ¡No estaba preguntando por ese motivo! –agregó con molestia.
¡Cómo odiaba su sentido del humor! Seguía siendo el mismo cabrón que le gustaba intimidar a los demás, y divertirse con sus reacciones.
Además, si ellos dos tuvieran algo que ver… no tendría porque importarle.
Parecía imposible imaginar al capitán compartiendo sus sentimientos con alguien, llevándole rosas y comprando chocolates en San Valentín. Era utópico.
– ¿Por qué te molestas entonces, dearheart? –preguntó el rubio, pasando su mano enguantada por su cabello.
De pronto el movimiento le pareció tan extraño, que Claire tuvo que desviar la mirada.
Tal vez porque estaba mal admitir que en resumen, se veía bien haciéndolo.
¡Por favor, sáquenme de aquí! – fueron las súplicas internas de la joven.
–No me molesté. Demostré indignación. –trató de escudarse ella, mirando su sonrisa burlona.
–Por supuesto. No pienso contradecirte. –admitió él, riendo de nuevo.
¿Por qué Wesker sufría esas metamorfosis tan a menudo? Era incómodo.
Volvieron a sumirse en el silencio, mientras él disfrutaba de otro sorbo de su café.
Algo debía hacer distinta a esa noche.
Miró a su inquilina, de pies a cabeza.
–Veo que ha optado por ropa más primaveral…–
–Bueno, es la primera vez, que no me estoy muriendo de frío, creí que debía aprovechar. –dijo ella, jugando con los dedos, sobre el cristal de la mesa.
–Debería ir a cambiarse, si es que quiere salir…–mencionó él, descuidadamente.
Tenía días que no iba a la ciudad, y era el inicio del otoño. Debía de haber algo interesante. Además, quería ir a beber una buena copa, y comer algo distinto. Por puro placer, ahora que se encontraba tan tranquilo. Había algo en ese sitio, que lo ponía de buen humor. Quizá fueran sus pisos de piedra y sus enormes maples. Quizá las lámparas antiguas, o los establecimientos que vivían de noche.
– ¿Salir? ¿A dónde? –preguntó ella, con cierto temor impregnado en la voz.
La última vez que habían ido juntos a dar una vuelta habían terminado gritándose, y reprochando su pasado. Y claro, le había roto el brazo.
–Guarde sus ansias…–aconsejó el rubio, dispuesto a levantarse de su asiento.
–La última vez que dijiste eso, terminé con una clavícula fuera de su lugar. –
Hubiera reído, de no ser por la cara de advertencia de Claire.
Ya que había pasado un rato de aquello, entendía al fin lo cómico del asunto.
– ¿Prefiere quedarse dentro, entonces? Le aseguro que no será algo que hiciéramos con anterioridad. –preguntó el rubio, con una caballerosidad poco común. Y no porque fuera aburrido seguir ese código ético de los caballeros a la antigua, pero era difícil tratar a esa muchacha con tacto, con sus arranques de furia repentinos.
Claire tenía un dilema.
Bueno, tenía muchos dilemas, pero ahora tenía uno de particular urgencia por resolver.
Ir a conocer los alrededores era tentador. Había una razón por la que el mayor estaba insistiendo, y esa razón no debería ser ignorada. Alguna sorpresa podía dar la vida, y ella se negaba a seguir al inefable destino.
Debía haber una luna preciosa, el aire debía arrastrar consigo la frescura de la nevada, dando vida a todo ser, kilómetros a la redonda.
No había tenido contacto con la humanidad en lo que iba del mes, y quedarse sola en la casa… de pronto no parecía una idea tan atractiva.
Esperaba no arrepentirse:
–No... No podría asegurar mi cordura ni un minuto más aquí adentro. Iré. Sólo necesito unos minutos para darme una ducha y cambiar mis ropas. –exigió ella, levantándose y dirigiéndose a las escaleras.
No era de las chicas que bajaba de fiesta en fiesta cuando la noche caía, pero extrañaba el contacto con el exterior.
Era hora de volver a la realidad.
–De acuerdo. Y descuide, no tiene nada de qué preocuparse. Está vez iremos un poco más lejos y no iremos a pie. –
–Sí, espero no romperme ningún brazo esta vez…– contestó la pelirroja, sonriendo repentinamente.
– ¿Qué tal una pierna? –preguntó él, acomodándose las gafas negras, que mantenían ocultos dos pozos de lava ardiente.
Claire soltó un bufido a modo de risa.
Sólo había dos preguntas en su cabeza:
¿Por qué Wesker estaba bromeando?
¿Y qué hacia ella sonriendo de esa manera?
Su baño fue rápido.
Se colocó un vestido ajustado de hermoso corte, color blanco. Resaltaba su pequeña cintura, y no tenía un resaltado escote en el busto.
Tenía sólo una manga y el cuello era descubierto. Se ajustaba a la perfección a sus senos.
La tela ajustada le llegaba al muslo, pero era cálido.
Sacó las únicas zapatillas de la maleta, eran blancas y de tirantes.
Tomó su abrigo. Maquillo sus mejillas y sus pestañas. Algo básico, nada marcado, nada que él pudiera notar como distinto. Excepto sus labios. Decidió pintarlos de carmín, un poco más claros que su cabello.
Se amarró la melena en un chongo, utilizando un prendedor en forma de azucena, que encontró en un estuche, al fondo de su "equipaje". Estaba bañada en plata.
¿Y si iba a llevarla con alguno de sus amigos inversionistas, para divertirlo un rato?
La sola idea de Wesker metido en la trata de blancas le pareció absurda. La venta de armas biológicas y de chicas lo pondría un poco más arriba que los narcotraficantes y extorcionistas.
Se miró en el espejo una última vez.
¿Era ella? ¿O se había transformado, como todos bajo la presión de la tragedia, en un cuerpo que se mueve por la inercia?
Vamos, Claire, relájate. No pienses de esa manera. – trató de convencerse.
¿Y qué tal si para León y Chris ella ya estaba muerta? ¿Qué haría, atrapada para la eternidad entre las garras del tirano?
¿Sería sólo un cuerpo cautivo, una voz atrapada en los muros de una mansión que fue su última morada?
Apagó la luz de su cuarto, indispuesta a seguir escuchando su voz pesimista durante otro segundo.
Cuándo bajó a la estancia principal, Wesker estaba sentado. Llevaba un largo abrigo negro, su camisa era negra al igual que su traje. Había sustituido sus gafas por unas que no dejaban ver nada en absoluto por detrás de ellas. Claire supuso para no meterle un susto a nadie en la ciudad, cuando le miraran a los ojos.
Su rostro estaba girado en dirección a la entrada.
–Eso fue una eternidad…–Admitió, en cuanto la vio aparecer. Por alguna razón la manera en que Claire se había vestido, le agradaba. Cómo si hubiera logrado hacer de su personalidad un retrato. Siempre había tenido un cuerpo hermoso, y sus piernas eran sin duda su parte más provocativa.
– ¿Ahora quién está exagerando? –preguntó Claire, sosteniendo el abrigo entre sus manos.
Por más que a él no le gustara esperar, debía ser un poco más paciente.
–Realmente lo fue. Creo que ya me siento cinco o seis años más viejo. –
– ¿Cuál es la diferencia? Tú fuiste el que dijo que la edad no era importante. –inquirió Claire. La memoria nunca le fallaba.
–Siempre tan textual, corazón. –mencionó Wesker, poniéndose en pie. Como no estaba dispuesto a seguir escuchando las excusas de Claire, que ocultaban su nerviosismo e inseguridad, se dirigió a la puerta.
En el enorme patio de la mansión aún se adivinaban los estragos de la nevada. Aunque los andadores de piedra de rio habían sido despejados, en los jardines predominaba el blanco.
Las fuentes laterales estaban batidas de escarcha. Los muros con un poco de musgo, eran la única señal de verde.
Fuera de los pilares, estaban los arboles, y una que otra banca. Había mejor clima, a pesar de todo. No había niebla, y sobre el asfalto que se adivinaba unía la cochera con la carretera, no había ni un solo rastro de nieve.
Lo primero que vio fue el auto en la entrada, después, confirmando su acierto, la luna llena, parecía descansar encima de la montaña, de rodillas, como si rezara una canción pagana.
Un jaguar negro. Era de esperarse. Estaba recién pulido y encerado, por lo que sus líneas de diseño brillaban bajo la luz de los focos. Parecía que en cualquier momento el carro se levantaría sobre sus dos llantas, como un toro de bravía.
Ella atrapada en aeropuertos y ciudades repletas de criaturas espantosas, muertos vivientes, y él conduciendo carros de lujo.
Ironías.
Wesker fue hasta el automóvil, jugueteando con las llaves.
Las ganas de viajar se le estaban esfumando, sobre todo al preguntarse por las condiciones de la autopista.
Y del carro.
Era muy rápido, no cabía duda. No era una experta en motores, pero su hermano tenía cierta afición por los deportivos, y sus conocimientos indicaban que a lo menos que podía aspirar ese auto eran los 220 km/hr.
Pero la velocidad no era problema. El conductor sí.
Miró al hombre abrir la puerta del copiloto e indicarle con la palma de la mano que subiera.
Lo hizo, y el mayor se aseguró de cerrar la puerta.
Los asientos eran de cuero marrón, y había una pequeña pantalla táctil en el centro, justo delante de la palanca de velocidades. Se encargó de encender las luces cuando estaban arriba, cerrar las ventanas y poner los seguros.
Cuando Wesker tomó el volante entre sus manos, metió las llaves con el grabado característico de la marca y encendió los motores, volteando a ver a la joven pelirroja ponerse el cinturón de seguridad.
Destilaba nerviosismo.
La nariz de Claire identificó el olor de la colonia de Wesker, llenando el interior del auto.
– ¿Prefieres que encienda la calefacción? –preguntó él, mirando las mejillas de la joven mujer, ausentes de color.
–Estoy bien, gracias. –Contestó, sintiendo como un mechón de su cabello, se soltaba de su encierro.
Wesker asintió, haciendo los motores rugir bajo el pedal.
Claire sonrió. El rubio podía presumirse de ser un hombre fuera de las tentaciones mortales, libre de los lazos como la familia y el amor. Era frío como un tempano de hielo, y podía incluso no temerle a la muerte.
Pero parecía compartir ese gusto generalizado del género masculino por las máquinas de acero, y la velocidad.
Dio una vuelta para quedar de frente a la entrada, que casi llevó a Claire de espaldas contra el asiento. No lo esperaba.
El rubio volteó a ver las manos de su joven compañera, apretando el asiento como si se le fuera la vida en ello. Por mucho que tratara de aparentar normalidad.
–Cuidado con clavar las uñas en el asiento, Redfield. –Se burló el mayor, mientras miraba el camino por el retrovisor.
La joven mujer se soltó enseguida. No iba a demostrarle temor. No…
Ella era Claire Redfield. Se reía en la cara del peligro.
De acuerdo, quizá no se reía, pero había enfrentado cosas cien veces peores.
Del reproductor se empezó a escuchar una canción familiar para ella.
Le recordaba esos días en el dormitorio universitario, con sus amigas del primer semestre. Ellas fumando y Claire tratando de espantar el olor, mientras colocaba unas macetas en las ventanas.
"Where streets have no name" de U2. No sabía que Wesker escuchara esa clase de rock.
De hecho dudaba su gusto por la música. Pero tenía sentido. Los noventas habían sido considerados una época creativa del grupo, por no aventurarse a decir, su mejor época. Creía haberlo visto alguna vez en su oficina, escuchando un disco de acetato.
Se dispuso a disfrutar de melodía a medida que la carretera se adentraba un poco entre las colinas compuesta de musgo, hojas secas, ramas, y lodo.
Las luces del jaguar iluminaban el asfalto, mientras el bosque se hacía más espeso, disminuía la nieve regada a su alrededor. Sin embargo, Claire adivinaba que era un camino difícil, pues podía estar congelado en muchos de sus segmentos.
Miró a Wesker, concentrado en su tarea. Pasaron sobre un puente, dónde se podía ver el cielo desde un ángulo, que dejó a Claire con la boca entre abierta.
–Te dije que te gustaría…–Dijo Albert, mientras apretaba los guantes de cuero sobre el volante. Tenía una funda de bellos grabados plateados.
No se equivocaba. Era como un mago.
Claire recordó de pronto sus "demostraciones de magia" con las cartas, y no le pareció demasiado ajeno a la realidad.
La noche quizá si lo estaba.
La autopista continuaba varios kilómetros en línea recta, y como era de esperarse, estaba vacía.
Claire observó el lago a la lejanía. A esa altura, parecía ser que si estiraba un poco la mano, podría tocar la luna.
Wesker movió su mano a la palanca, cambiando de velocidad.
¿Así sería en la normalidad?
¿Alguien apasionado, detallista, observador?
¿Podría dejar aún lado sus defectos y ver sólo sus virtudes?
Varios metros más, y el siguiente cambio de velocidad.
Tercera. 130 km/hr. Claire no había pasado de los 100 kilómetros por hora en toda su vida, hasta ese momento.
– ¿No cree que vamos un tanto rápido? No tengo prisa por llegar. –dijo Claire, mientras observaba los brazos del hombre apretarse con un poco de tensión.
– ¿Te preocupa algo, corazón? –preguntó él, desviando la mirada de la carretera, para observar a su copiloto.
–No… no en realidad. Pero si te sales del camino…–
– ¿Piensas que me saldré del camino y volcaré mi propio auto? –otra pregunta más. La música resonó en los oídos de Claire, con esa intensidad que alebresta el corazón.
–Tampoco pienso eso. –inquirió ella, mirando nuevamente por la ventana.
El antiguo capitán se quedó en silencio por unos instantes.
Algo tenían los labios de Claire esa noche, que le costaba un poco dejar de mirarlos mientras hablaba.
–Deberían de agarrarte los policías de tránsito por ser un conductor irresponsable. –puntualizó la joven pelirroja, cruzándose de brazos.
Fue el turno de Wesker de sonreír con sarcasmo.
–Está bien, corazón. Por suerte hay una palanca que puede solucionarnos el problema y evitarnos la multa. –dijo él, poniendo su mano nuevamente sobre las velocidades. Dentro de su ingenua cabecita, Claire pensó que disminuiría su paso alocado.
Cuarta. 160km/hr.
El conductor pisó un poquito más a fondo el acelerador.
– ¡Qué! ¡Dijiste solucionarlo! ¿Sabes que el asfalto está mojado, verdad? –replicó ella, ya no sabía si divertida o enojada.
–Lo siento, dearheart. Mi mano se resbaló. –sonrió el capitán, disfrutando de su pánico.
La joven podía escuchar la forma aerodinámica del automóvil romper el viento. El rugir de los motores, y la música de su juventud sonar desde el estéreo.
No recordaba la última vez que se sintió más viva.
¿Estaría soñando?
Un poco más de velocidad. 170km/hr.
–Mira… El velocímetro… estás corriendo. –dijo la menor de los Redfield, con sus ojos azules, llenos de reproche, sobre el desatrampado conductor.
–De nuevo, corazón, gracias por puntualizar lo obvio. Aunque ahora que lo pienso mi pie está resbalando, no puedo evitarlo. –mencionó el rubio, dramatizando.
La piel de Claire era un reflejo de su interior. Pasaba del saludable rosa, a confundirse entre sus ropas.
Se escuchó un ruido al final del auto.
Con toda esa adrenalina, recordó el día en que había estado con León dentro de su patrulla. Un camión se impactó contra ellos, casi matándolos, llenando todo de fuego, y colocándolos en caminos separados, dentro de una ciudad infestada de muertos y perros devora hombres.
– ¿Qué fue eso? –preguntó al escuchar ese estruendo tan extraño.
–Perdimos una llanta, algo perforó la lámina de nuestro costado. –mencionó él tan tranquilo como si hablara de un partido de futbol del sábado por la mañana.
– ¡Qué cosa! ¡No puede ser posible! ¡Qué pudo ser! –preguntó ella. Razonando minutos después que la sola pregunta era absurda.
Si un neumático hubiera explotado o algo por el estilo, habría perdido el control del vehículo al instante.
–Así es, Redfield, estamos en problemas. Fue un placer haberla conocido. –
Fue allí cuando cayó en cuenta.
Wesker jamás diría una cosa así.
Podía tratar todo lo quisiera de esconder su actitud crédula, bajo una máscara de fortaleza, pero seguía cayendo en los mismos juegos, con la misma facilidad.
Sólo se estaba riendo de ella.
El mayor miró por la ventanilla, y esta se bajó lentamente, dejando de entrar el aire frío de la noche. Volteó para disimular la sonrisa pero fue inútil.
¡Cielos, porqué!
–Creo que está demasiado nerviosa, debería relajarse. –aconsejó, con la sonrisa burlona, gozando aún de la broma.
Era una sensación que Claire nunca había enfrentado.
¿Por qué estar a solas con Albert Wesker de pronto parecía un problema?
Debía disfrutar de la noche. ¿No es así?
Dejar a un lado las preocupaciones y admirar el paisaje. Además, siempre había querido hacer algo así. Tomar un auto y conducir muy lejos y muy rápido.
Cerró los ojos, adquiririendo valor.
No fue necesario repasar todas sus memorias, para admitir que no tenía por qué temer.
Empezó a sentir como el carro se movía a la derecha, como si fuera capaz de planear, y se tratara de avión.
Abrió los ojos para encontrarse con que Wesker estaba invadiendo el carril contrario.
– ¿Qué haces? –preguntó ella, con curiosidad. –Vas en contraflujo…–
–No sé, creo que me gusta más el lado derecho…–admitió el rubio, con calma.
De pronto molar a Claire volvía a ser tan divertido como antes.
Pero no, ella no iba a caer en el juego ahora. O no de la manera esperada.
– ¡Te van a pillar! –inquirió la joven Redfield, sonriendo. De pronto volvía a ser el capitán de los S.T.A.S con todo su humor extraño y su capacidad de cabrearla y hacerle reír al mismo tiempo.
– ¿Quién me va a pillar? ¿Los ciervos? Y aunque lo hicieran… No podrían alcanzarme. – agregó él con arrogancia, regresando a su carril. –Al parecer hay otra velocidad. Creo que debería probarla, dearheart. –
Claire lo miró mientras una vocecilla le gritaba que no cayera en la trampa. No de nuevo. Que lo que estaba viendo era una mentira.
Ese no era él.
Te secuestro, es cambiante, bipolar, y un maníaco. –Se repetía una y otra vez. Pero no estaba en la misma sintonía su mente de su corazón.
–No creo que deba. –dijo Claire, tratando de dar paso de nuevo al sentido común.
Confiaba en que el científico era bueno para manejar. Pero claro, con su fuerza sobrehumana, era imposible que perdiera control sobre el volante. Era más sencillo que lo rompiera.
–Vamos tan rápido que ya todo se ve como un montón de manchas. –se limitó a decir Claire, mientras intentaba distinguir las contenciones a las orillas.
–Tienes razón. – Ese olor a durazno llegó hasta su nariz. Provenía de su cabello. No entendía porque ella había optado por recogerlo. Tenía el color más hipnotizante que había visto en toda su vida. – ¿Y tú… sabes manejar? –le preguntó de pronto, mientras mantenía espejeaba.
–Sí, lo básico. Aunque no lo creas… tengo auto. –le comentó, con cierta nostalgia. "Tenía auto" –pensó, un poco después.
–Debes de ser un peligro…–se burló, sintiendo como el aire desviaba el auto de su trayectoria.
–Mira quién lo dice. –respondió tan agresiva como siempre.
Claire vio sus intenciones de hacer el cambio de velocidades. Iban muy rápido, pero no lo suficiente aún para meter la penúltima. Aún no. Era una suerte que ese jaguar no tuviera los cambios en el volante, pues la mayoría tenía una transmisión automática electrónica con un cambio secuencial, para facilitar su conducción.
A Wesker le gustaban las cosas difíciles.
Por inercia, conducida por su necesidad de un poco de calma, colocó su mano sobre la del mayor, tratando de ponerle un alto.
Funcionó, pero por la impresión. Sus dedos finos, de artista, se ajustaron a su puño, con una extraña congruencia. Una comodidad artificial, provocada quizá, por el número de veces que ella se había atrevido a tener contacto de piel a piel.
O él estaba familiarizado a su delicadeza, o ella a su falta de costumbre.
Albert Wesker la miró a los ojos. O al menos eso parecía. Pudo adivinar esa luz roja detrás de las gafas.
¡Qué estás haciendo, Claire, reacciona! –intentó llamarse.
¿Debía temer?
–De acuerdo. Tan sólo admita que no podría conducir de esa manera, y reduciré la velocidad. –mencionó él, ignorando sus escalofríos.
Claire apretó los labios. La mano de Wesker pareció relajarse un poco debajo de la suya.
It feels good, just holding you.
–Tal vez algún día podría hacerlo. –retó, con sus desafiantes ojos azules.
Eso era exactamente lo que a él le gustaba escuchar. La decisión, la fuerza de su voz, su espíritu vibrante.
Era ella, no había duda.
–Veamos… si en realidad sabe conducir, entonces, podrá decirme dónde se encuentra la velocidad anterior. –dijo, a manera de pregunta.
–Sí lo sé. –aseguró con confianza. Aunque del uno al cien, estaba en un cuarenta por ciento.
Aún no se habían soltado. Albert seguía sosteniendo la palanca y con la otra mano mantenía el carro dentro de la autopista.
–Adelante. Muévela. Si es… entonces empezaré a bajar el ritmo. Si no, me veré obligado a pisar a fondo. –
Claire agarró a un más fuerte su puño, dispuesta a moverlo de su pedestal pretencioso.
Aunque, sin que ella lo notara, el rubio ya había empezado a desacelerar, hasta que ya no se sentía ese golpe certero del carro contra el viento.
Trató de moverla abajo y a la derecha, pero no era lo suficientemente rápida, por lo que dejó la palanca en medio y luego trató de colocarla en el lugar correcto demasiado presurosa, por lo que el carro quedó sentado unos segundos y su motor comenzó a protestar.
Wesker rió internamente. Casi podía sentir los latidos de ella, perforando sus agudos oídos.
Y a pesar de toda su fortaleza, su valor para confrontarlo como pocas personas a lo largo de sus días, lo suficientemente tozuda como aferrarse a la vida cuando los demás entonaban himnos de muerte, seguía conservando una pureza y valentía ciega, que en momentos disfrutaba y en otros repudiaba.
Ahora mismo, que no había nadie para juzgar su comportamiento, podía hacer lo que viniera en gana.
Sus secretos morirían con ella.
Con una niña a la que nunca le dejaron ser en realidad.
Compuso la velocidad, moviendo bruscamente su mano al centro, permitiendo que el vehículo dejara de rugir como un felino herido. Claire dejó su mano libre, como si una corriente eléctrica surgiera de su contacto.
–Creo que no resultó demasiado bien, Redfield. –
El jaguar aún iba rápido. Pero mucho más prudente. Adecuado, ya que una curva se veía de frente.
Claire alcanzó a ver, desde el espejo lateral, las montañas siendo devoradas por la luna.
And as the moon makes it through the madness...
–Vives demasiado lejos de la ciudad. Parece que has conducido por demasiado tiempo. –comentó ella, mirando de nuevo de frente.
–Ni siquiera sabes en qué país estamos, dearheart. –puntualizó él, recargando su cabeza contra el asiento.
–Curiosa observación. Lo sabría si me dijeras, dónde está la mansión y a dónde vamos. –
Wesker movió la canción del reproductor con un chasquido de dedos.
Odiaba su facilidad para obtener las cosas.
–No deberías presionar tanto, Claire. –
Nunca la llamaba de esa forma.
Era algo así como un pacto silencioso.
No llamaba a nadie por su nombre hasta estar seguro del por qué.
Ahora parecía salir de sus labios con naturalidad.
Notando su desliz, prefirió que el silencio reinara entre ambos.
Después de su encuentro en la isla Rockford, las cosas se pusieron un poco oscuras para él.
Quizá la sensación de que estaba luchando una guerra por su cuenta, había alimentado su odio hacia Jill y Chris.
¿Por qué no sentía el mismo repudio por la menor de los hermanos?
No lo entendía.
Pero había llegado a una conclusión y era que, a diferencia de su encuentro en la prisión, Claire no regresaría a su familia esta vez.
Tampoco iba a entregársela a Krauser, y mucho menos al tal Kennedy.
Miró por su ventanilla.
Con el satisfactorio desempeño de su nueva cepa, vendrían muchos cambios.
Pero esa noche… esa noche lo único que quería era disfrutar de una buena copa.
Estaba bien si Claire era la única que lo veía beber por ese triunfo. No era algo que no hubiera hecho con anterioridad.
Después de unos minutos, aparecieron al final del valle, las luces de una pequeña ciudad. Eran cegadoras entre el reinado absoluto de la noche que los apresaba.
Quedó pasmada ante su belleza.
Wesker bajó la velocidad del carro, y una de las ventanas.
El golpe de frío hizo que los ojos de la joven se llenaran de lágrimas involuntarias. Aunque el rubio no pudo sentirlo de la misma forma, aún quedaban estragos de la insensibilidad sobre su rostro.
Colocó el brazo sobre la barandilla.
– ¿Está bien si vamos primero a cenar algo? –preguntó, aunque no tenía demasiados deseos de aparecer en público.
Pero ella estaba vestida para la ocasión, y él por primera vez en semanas tenía hambre.
No sabía porque pero esa versión amable de Wesker era casi antinatural.
Le gustaba que fuera de esa forma, por lo menos cada cierto tiempo.
¿Qué acabas de pensar? –Se preguntó con horror Claire, cubriéndose la boca, como si en realidad lo hubiera dicho.
Asintió quedamente. De cualquier forma, ya estaba allí y quien conducía era él.
Tiempo después, llegaron a la entrada de la ciudad. El flujo automovilístico no era excesivo. Las casas eran grandes, y los jardines aún más. Su aspecto era impecable.
Era curiosa la clase de sembradíos que rodeaban la urbanización.
Algunas familias contaban con una forma de sustento, como el ganado, conformado por animales de tupido pelaje.
Al inicio, no había gente caminando en las calles, pero a medida que se adentraron a la ciudad, personas iban y venían. La iluminación de las avenidas principales era sofisticada y las luces de los establecimientos, dibujaban la sombra de sus productos sobre la acera.
Todo tenía a Claire abstraída.
Algunas personas giraban a mirar el auto lujoso, pero había otros pasando a sus costados, que bien podrían haberlos retado a una carrera.
En las vitrinas joyas caras y relojes. Ropa elegante, vestidos de coctel. Café y restaurantes.
Wesker movió su cuello de un lado a otro, haciendo que tronara. Había algo en su expresión que lo estremecía.
Había un lugar que gustaba visitar periódicamente. Era bastante costoso, pero ese no era problema.
Después quería que la muchacha visitara la plaza del sitio. No era como las acostumbradas. Y seguramente ese día todas las cafeterías estarían abiertas. Tendrían pirotecnia por el inicio del otoño, y podría degustar algunos postres.
No podía creer que estuviera pensando en su entretenimiento. Condujo por otros diez minutos, el restaurante estaba situado cerca del centro de la ciudad. Claire pudo adivinar, que aunque ésta no era demasiado grande, su población parecía bastante elitista.
–Hemos llegado, dearheart. Espero un comportamiento prudente de tu parte. – No quería que se apartara de él y empezara a actuar como toda una Redfield. Dejando a un lado que él era exageradamente posesivo, hasta con las cosas que no tenía porque poseer. De alguna manera estaba esperando que ella se pusiera a pedir auxilio como poseída, y que la encerraran en el psiquiátrico.
Quizá corría demasiados riesgos al traerla a un lugar así.
Pero esa no era la verdadera razón de su desconfianza ante esa salida. Y muy en su interior lo sabía.
Claire odiaba sus advertencias.
Había estado hundida en esa parafernalia. Había tenido pretendientes con dinero. Y muchos habían intentado mostrarle el lujo de vivir así, para alejarla de su lucha altruista.
En el estacionamiento, les recibieron un par de hombres trajeados. Claire pudo ver un salón enorme, y desde las vitrinas, comidas y bebidas al por mayor. Abrieron la puerta del imponente jaguar, ayudándole a bajar. Había unos pequeños charcos de agua, como si toda la tarde hubiera estado lloviendo.
La joven tomó su bolsa. Era pequeña y de mano. Llevaba su maquillaje, el brillo para labios, y el delineador.
El hombre, por puro protocolo, le ofreció caminar de su antebrazo.
La menor examinó el gesto, luego a él.
Y así estuvo durante unos segundos.
Suspirando y preguntándose cómo había llegado a meterse en ese embrollo, otra vez.
Aceptó sostenerse de él, notando la elegancia con la que caminaba.
Can I trust who you say that you are?
De pronto esos ocho años desde el incidente de Raccoon City, que estremeció al mundo, como un temblor, perturbando las almas de cientos de opositores, habían dado marcha atrás, y parecía estar caminando con el mismo capitán admirable, el fundador de los S.T.A.R.S.
And who I am now... And who am I now...?
Too late for me...
...or just in time.
Podía confiar, que aunque se equivocara con él, Claire seguía siendo la misma persona que anteponía el bienestar general al propio.
Al llegar a la entrada, Wesker le ayudó a retirarse el abrigo y le ofreció una copa de vino, mientras esperaban una mesa.
No terminaba de entender cuál era su papel en todo eso.
Sólo quedaba esperar lo que trajera la luna consigo.
Pero eso no aseguraba que pudiera poner los pies en la tierra a tiempo.
Amigos, se sorprenderán, estoy segura.
Pero lo prometido es deuda.
Sin embargo, aún falta mucho para que concluya la aventura. Sobre todo, la cena, el paseo por la plaza, y el mirador improvisado.
Si creen que delirio, lo verán en la próxima actualización.
No tuve tiempo de terminar la acción que tenía planeada, por un profesor de física que me subió 200 preguntas de guía para los finales.
¿Qué le ocurre? Ni yo puedo responderles.
Lamento que actualizara tan noche, pero no creo que me vean por aquí en unas dos semanas. Quería dejarles un pequeño obsequio.
Muchas gracias a todos los que han dejado sus mensajes y a los que han leído la historia. No sean tímidos, todas las opiniones son bien recibidas.
V. Nicole Wesker: Muchas gracias por la recomendación musical. Quedó más que a la perfección en varios fragmentos. Y mantengo mi promesa del acercamiento físico. Si no tuviera la guía, lo escribiría ahora mismo. Pero… ¿Qué puedo hacer? Y claro, yo también tengo mi mente pervertida que me aconseja haga ciertas cosas… Por eso escribiré una escena muy descriptiva al respecto, no te preocupes. Sale, de antemano gracias por el apoyo. Y espero tu opinión. Tienes tu mención especial, y este capítulo tiene esa forma gracias a tu música.
fatty rosa malfoy: ¿Todos de un golpe? Madre mía, espero haberte dejado con deseos de más. El romance… es complicado, pero perfectamente posible. Haré mi mejor esfuerzo, lo prometo.
Se supone que Ada salvó a Krauser, después de que León lo dejara moribundo. En el caso de la saga original, Ada se encargó de matarlo, no recuerdo si en Asignamiento Ada, o en Camino Separados, que son capítulos del RE4. Así que… pues digamos que pudieron restaurarlo a su apariencia original, en mi historia. Muchas gracias por tu opinión. Aún no estoy segura con quien emparejaré a Ada, pero muchísimas gracias por el consejo, seguro que León es un hombre ejemplar para ella. No me cabe duda. Espero ansiosa un nuevo mensaje.
Nathy17: *Lee el término escritora y le da un paro cardiaco. Muchas gracias, me halagas enormemente. Otro voto para el León/Ada.
Roxanna Wesker: Ada/Krauser. No miento, me llama mucho la atención, pero es otra pareja de opuestos, como Claire/Wesker. Me encanta. A Wesker le cuesta ser amable, pero por Claire se comporta muy raro, lo que es normal, aunque él no lo considere. Piensa que está perdiendo la cabeza. Hombres. Bromeo.
¿Cuántos pares?
– ¿Señorita Redfield? ¿Puedo saber qué hace con mis gafas de sol? –
–Nada–
La joven pelirroja echó la caja con 30 pares de lentes negros, similares por debajo de la cama de Wesker, sin preocuparse por devolver los que tenía en la cara. Unos más estilizados que otros, pero siempre conservando la elegancia.
– ¿Cómo que nada? –Le reprochó el rubio con mal gesto.
– ¿En serio? ¿Necesitas tantos? –preguntó ella, sonriendo.
–Son… provisiónales.
Me mal viajo, disculpa. Prometo hacer lo posible porque el romance sea fuerte, y sobre todo, creíble. Muchas gracias, espero comentes la siguiente entrega.
diana andrea: Debo admitir que la comedia no se me da muy bien. O al menos eso siento yo. Pero me gusta hacerlos reír también y no sólo sufrir.
Darknecrox: No fue larga la espera ésta vez. *Ríe maliciosamente. Espero recibir tus comentarios. Gracias por seguir mi historia, significa mucho para mí.
¡Hasta pronto queridos lectores, se les aprecia! La historia es para ustedes.
