CAPITULO 11

Isabella

Chico, el corazón me latía a toda velocidad.

Me martilleaba contra el pecho esporádicamente, tan fuerte que casi me hacía temblar. Estaba sentada en la parte de atrás del coche negro, con Edward a mi lado y mi vestido ocupando el asiento y el suelo. Cuando llegué, no sabía qué esperar. Joseph estaría a la espera para actuar, y el monstruo que alimentaba mis pesadillas también estaría presente.

No sabía qué hacer.

No podía quedarme a solas ni un minuto. Si Edward se excusaba para usar el servicio o para hablar con alguien importante en privado, tendría que pegarme a él de todos modos. Si me daban ganas de ir al baño, me vería forzada a aguantar. Si Joseph me atrapaba a solas, no podría detenerlo.

Tenía que asegurarme de que Edward no abandonara mi lado en ningún momento.

Iba a ser una noche muy larga.

Edward sostuvo mi mano en su muslo, examinándome el rostro con su mirada penetrante.

—Estás roja.

—Sólo son nervios.

—Ya has hecho esto antes.

—Pero sigue sin ser sencillo. ¿Tú nunca te pones nervioso cuando tienes que entretener a una sala llena de la gente más importante del mundo?

Se encogió de hombros.

—Estoy acostumbrado. Hace más de treinta años que hago estas cosas.

—Pues yo no. ¿Cómo voy a presentarme siquiera?

Sonrió.

—Recuerdas tu nombre, ¿no es así?

—Me refiero a mi relación contigo.

—Nadie preguntará.

—Eh… creo que sí. No puedo decir que soy tu novia.

—¿Por qué no? —inquirió con el ceño fruncido.

—No creía que los duques tuviesen novias. ¿No eligen a alguien con quien casarse y ya está?

Su expresión no cambio.

—Ahora vivimos en tiempos modernos. Si preguntan, eres mi novia.

¿Lo era?

—Vale.

El viaje a Edimburgo fue dolorosamente rápido. Llegamos en muy poco tiempo. El corazón seguía martilleándome en el pecho, y deseé tener una máquina del tiempo a mi disposición para poder hacer que la noche avanzara lo más rápido posible. Quería evitar a Bones y a mi hermano sin quedarme atrapada con algún duque de Islandia en la esquina, hablando de política que no entendía. Me alegraba de que Edward me hubiese llevado de acompañante, obviamente significaba algo para él, pero habría preferido mucho más quedarme en el castillo esperando a que volviese a casa.

—¿Siobhan no ha tenido problemas con que me llevases? —No volvería a esperar que aquella mujer me ayudase. Sabía que me odiaba y que habría hecho cualquier cosa con tal de evitar que asistiera a la inauguración, pero al parecer no lo había conseguido.

—No me importa que tenga problemas o no. —No apartó la vista de la ventana—. Sólo es mi socia. Su opinión sobre mi vida personal es irrelevante.

Maldición.

Llegamos a la destilería unos minutos después. Todavía faltaba una hora para que empezase la fiesta; probablemente estuviéramos allí porque era costumbre que el anfitrión saludase a los invitados a medida que iban llegando.

Edward me ayudó a salir del coche y me abrazó la cintura mientras me guiaba hacia el interior. El lugar se había construido con ladrillos marrones y blancos, y los árboles del exterior estaban decorados con luces blancas. En mi mente me había imaginado un almacén industrial de algún tipo, pero aquel sitio era precioso.

Entramos y vimos un vestíbulo hermosamente decorado. Podría dar cabida sin problemas a cien personas en su interior, y me pregunté qué era lo que solía haber dentro. Me imaginé que debía de haber barriles de whisky escocés por todas partes, listos para ser enviados a grandes negocios o a clientes adinerados. Los camareros y los trabajadores seguían preparándolo todo, y Edward me quitó el brazo de la cintura para dar más instrucciones.

Estaba comenzando. Me coloqué a su lado de inmediato y me quedé allí como si estuviésemos pegados, dando un paso cada vez que él lo daba. No iba a quedarme sola ni por un segundo, ni hablar. Joseph podría estar observándome en aquel mismo momento.

Esperando la oportunidad perfecta.