– Jefe… – susurró Kyo, echando su manta por encima de Kumaru. – Jefe, ¿se encuentra bien?

El cuerpo maltrecho del Capitán Akano temblaba por el frío, la malnutrición y la tortura a la que le habían sometido durante la última semana, tratando de desenmascarar las verdaderas motivaciones de aquel grupo terrorista, Nadie, que tan magistralmente había dirigido desde las sombras junto a su Teniente, Nakajima Kyo. Sin embargo, los encargados del interrogatorio sólo conseguían escuchar una y otra vez la misma cantinela, aquella maldita historia fantástica sobre Sadoq Asharet, su familia y la Sexta División.

– Maldito bastardo – juraba Bin-Jaffet. – No deja de acusar a Sadoq.

– Quizás tenga razón – comentó Gugliermina Marlatti, con cierta prudencia. – Es decir… Asharet era muy raro…

– Ni de coña – intervino el Capitán de la Decimotercera División, Patrick McCarthy. – Las pruebas que encontramos eran claras…

– El muy estúpido incluso dejó cosas a la vista sobre su escritorio…

– ¡A eso me refiero! – exclamó la única mujer de la sala. – Kumaru no es idiota. ¿No os parece raro que…?

La Capitana se detuvo al ver entrar en la estancia al General Kraug, seguido por el Capitán Estévez, de la Quinta División. Inmediatamente, todos los presentes adoptaron la posición de firmes y mantuvieron silencio hasta que la máxima autoridad dentro del Gotei 13 ocupó su lugar en la presidencia.

– ¿Estamos todos? – preguntó, sin levantar la vista de los papeles que llevaba en la mano y que ahora depositaba en un atril.

– Falta Wolf – advirtió Minami.

– Entonces estamos todos – asintió ante el asombro de muchos de los allí reunidos. – No me miren así – añadió al levantar la vista y comprobar la mueca de extrañeza de algunos de sus iguales ante la exclusión de Kaiser de la toma de decisiones. – Debido a la estrecha vinculación entre Wolf y Akano, la Cámara de los 46 ha decidido eximirle de sus obligaciones hasta un mes después de la sentencia y mientras se considere necesario para la mantención del orden público.

– Ahora somos todos traidores… – masculló el Capitán de la Cuarta División.

– Quizás sí, Minami – le desafió Bin-Jaffet.

La división que había comenzado a fraguarse meses atrás entre los Capitanes, motivadas por sus diferentes posiciones ante el caos y la crisis debidos a la Gran Tempestad, no había hecho más que consolidarse tras el arresto de Akano Kumaru y Nakajima Kyo y el asesinato de los Ashartîm y los Kaimitsu, probablemente los dos clanes más influyentes de toda la Sociedad de Almas. Buena parte de los Capitanes, aproximadamente la mitad, abrumados por el peso de las pruebas presentadas, estaban convencidos de la culpabilidad de los reclusos, aunque entre ellos había una cierta graduación en la dureza de su condena a su ex-compañero. Frontalmente enfrentados a ellos, Minami y Wolf, como no podía ser de otra forma, creían firmemente en la inocencia de Kumaru y de Kyo pero, sabiendo que con seguridad aquello les podría traer problemas, habían renunciado a adoptar una actitud demasiado beligerante fuera del Consejo. Finalmente, entre los dos bandos, Klapp, LeBon y Marlatti opinaban que, al menos, no todo eran cristalino como el resto de sus compañeros quería creer y, conscientes de la oscuridad de los informes y de lo extraño de todo el proceso, si bien no proclamarían a los cuatro vientos la inocencia de los acusados, sí al menos tenían ciertos reparos al posicionarse claramente en uno u otro sentido.

– Como por otra parte sabrán, – carraspeó Kraug, aclarándose la voz y tratando de llamar la atención por encima del murmullo generalizado al mismo tiempo – el Capitán Estévez y yo hemos estado reunidos con la Cámara de los 46 en diferentes ocasiones a lo largo de toda esta semana para discutir y clarificar el procedimiento a seguir en la situación actual – explicó. – Él les informará.

El Capitán de la Quinta División se adelantó hasta el atril desde el que había estado hablando Kraug. Era un hombre menudo, de tez bronceada y cabello corto, lacio y del color del azabache, que llevaba siempre muy bien peinado hacia su izquierda. Lucía, además, una perilla muy bien recortada que terminaba de enmarcar un rostro gobernado por dos enormes ojos castaños.

– Bien… – comenzó, con aquella voz aguda y aflautada que tanto le caracterizaba. – Como sabéis, tanto Akano Kumaru como Nakajima Kyo, aunque especialmente el primero, – acotó – han sido sometidos a un intensivo proceso de interrogatorio e investigación…

– De tortura…

– … que ha servido para demostrar lo que todos ya conocíamos: su implicación en el mando del grupo terrorista conocido como Nadie…

– Una investigación muy rigurosa – musitó entre dientes el Nigromante.

– …al que él mismo simulaba estar investigando.

– ¿Tiene alguna objeción, Capitán Minami?

– Unas cuantas, General – contestó sin pensar. – Empezando por la legitimidad de la tortura y la poca transparencia de esta supuesta investigación y acabando porque todos vosotros sabéis que lo que dice el Capitán Akano sobre Sadoq es, cuanto menos, probable y sin embargo nadie se ha preocupado siquiera de comprobarlo.

Kaiser Wolf se encontraba en la Mansión de los Akano, con Tilly y Youichi, ya que su suspensión temporal le privaba igualmente de la posibilidad de residir en el Sereitei durante la vigencia de la medida, y no pudo contemplar el tremendo revuelo que causaron las palabras de su compañero y amigo. El lobo pasaba los días ausente, absorto en sus pensamientos, herido en lo más profundo de su alma y sin la posibilidad de ponerle un remedio. No entendía la ceguera de las altas instancias ni la actitud de sus compañeros, de aquellos con los que había trabajado codo con codo durante los dos últimos milenios.

¡Dos milenios! Dos milenios habían pasado ya desde la Guerra, ¿y nadie se daba cuenta de que no tenía ningún sentido lo que estaban haciendo? ¿Acaso aún no se conocían? Kumaru nunca habría podido hacer nada así. Es más, entre las víctimas que se le "adjudicaban" ¡estaba su propia hermana! No, no tenía ningún sentido, ¿no lo veían? Cualquier persona, cualquier persona podría haber sido la culpable y haberle jugado una mala pasada al Capitán Akano. Pero en el dogmatismo de la Sociedad de Almas, aquella posibilidad no era plausible. Las pruebas eran "claras". Las ideas ya se habían establecido. No había marcha atrás.

En su retiro en el Rukongai, Kaiser también fue ajeno a la noticia que conmocionó a todo el Sereitei aquella tarde: la ejecución de Akano Kumaru y de Nakajima Kyo tendría lugar el día siguiente por la mañana, tan pronto como los primeros rayos del sol besaran la piedra blanca del Soukyoku.

Fue el Capitán Bin-Jaffet, en cuyo cuartel estaban retenidos Kyo y Kumaru, el que se encargó de comunicarles la noticia, no sin una cierta actitud soberbiamente distante. Él y su Teniente estaban muy unidos, y la muerte de este durante el asalto a la Mansión Kaimitsu había suscitado en él un profundo odio hacia los supuestos culpables, que hacía extensivo a aquellos que lo defendían.

–Dad gracias, bastardos – sentenció, tras comunicarle la noticia a los condenados. – Por mí ya habría empalado vuestras cabezas en la puerta este y habría quemado el resto.

– Mañana… – murmuró Kyo.

De pronto, el mundo se le cayó encima. Mañana era demasiado pronto. Morir siempre era demasiado pronto. Sabía que era algo que más tarde o más temprano tendría que llegar y siempre había creído que le llegaría de improviso, en una batalla o en un feliz retiro, ya anciano, quizás en el Mundo Mortal o quizás, por qué no, en algún rincón de la Sociedad de Almas. Seguro que había algún lugar en aquel mundo en ruinas en el que él podría encontrar la felicidad. ¿Quién sabe? Quizás estuviera al sur.

Miró a su Capitán, ausente de la realidad que lo rodeaba, meditando de nuevo y manteniendo la calma en todo momento. A pesar de sus profundas heridas, a pesar del maltrato que había sufrido en los últimos días, permanecía tan sereno y lúcido como siempre, o incluso más. La única excepción eran aquellos momentos en los que la fuga de las pocas fuerzas que le quedaban le hacía desfallecer. Kumaru abrió al fin los ojos y le sonrió. De algún modo, aquel gesto lo tranquilizó, al menos momentáneamente.

– Un libro del Mundo Mortal dice… "Dichosos los perseguidos por causa de la justicia" – dijo al fin el Capitán con un tono entre lo pensativo y lo tranquilizador.

– La Biblia – asintió su Teniente.

– ¿Lo conoces?

– Mucha gente lo conoce ahí abajo – sonrió Kyo, ante la cierta ingenuidad de su superior.

– Interesante…

El más joven de los dos examinó por un momento el semblante del anciano. Le había sorprendido aquella cita bíblica, algo que nunca habría pensado que escucharía en la Sociedad de Almas, o al menos no de alguien que hubiera nacido en el Otro Mundo. Pero lo que más llamaba su atención era la sonrisa que iluminaba el rostro del Capitán, como si hubiera aceptado que aquellos eran sus últimos. Quizás había llegado el momento de preguntarle aquello que había estado desde que le hubiera designado como su Teniente.

– ¿Por qué yo?

– ¿Por qué tú qué? – contestó Kumaru, haciéndose el loco.

– Después de aquello que pasó… ¿por qué yo?

– ¿Aquello? – preguntó el anciano como si no entendiera. – Ah, aquello…

– ¿Por qué me eligió a mí después de lo que pasó?

– Precisamente te elegí por aquello que pasó – respondió Kumaru con aquella misma sonrisa paternal que siempre ponía cuando su subordinado no entendía algo. – Además, ¿no crees que cinco años de expiación fueron suficientes?

– Ya, pero…

– Un alumno con un enorme potencial pero incapaz de controlarlo… Un candidato perfecto al Nido, ¿no crees?

– Al Nido… – murmuró. Su semblante había cambiado y se había vuelto lívido. Aún no había conseguido superar el profundo impacto que le había supuesto descubrir tal realidad tan cerca de él como para llegar a asumir que él podría haber estado allí.

– Era tu destino "natural" pero… – se encogió de hombros. – No era justo. Así que el profesor Suddley y yo nos encargamos de unos cuantos papeles por aquí, otros pocos papeles por allá… y Nakajima Kyo desapareció del listado de alumnos y apareció en el personal de mantenimiento. Tus compañeros lo vieron como un castigo y gracias al Director no trascendió fuera de los muros de la Academia.

– Pero maté a dos…

– Fue un accidente – le cortó. –Eso sí, – añadió, frunciendo los labios en una sonrisa sombría – demos gracias de que los Ashartîm nunca estuvieran muy interesados en la Academia.

A Kyo casi se le escapó una carcajada, pero era un tema demasiado serio como para reírse.

El sol se ocultó al oeste dando paso a la última luna que aquellos verían sobre el Sereitei tras su paseo hacia su última morada en la Torre funesta. Era la última de las instrucciones del Maestro y, aunque este estuviera muerto, la cumplirían. Varias decenas de hombres encapuchados observaban el cielo a la espera de la señal convenida. Al final, una vela se encendió en uno de los innumerables ventanucos de la Ciudadela y el plan se puso en marcha.

De inmediato, todas las figuras se pusieron en movimiento con un solo objetivo en sus mentes: la Torre del Arrepentimiento. De uno de los grupos surgió entonces una enorme esfera de energía, una bola de luz plateada que, como una bomba, se estrelló contra una de las paredes blancas del blanco complejo de confinamiento y despertó de su sueño a Nakajima Kyo, que, sobresaltado y asustado por la sorpresa, no supo hacer más que agazaparse contra la pared.

– ¡¿Qué está…?!

Su pregunta se convirtió en un grito ahogado cuando una espada se posó leve pero amenazadoramente sobre su pescuezo. Frente a él, un joven barbado, de nariz aguileña y ojos saltones le sonreía con cierta mezquindad mientras su miraba transmitía ansias asesinas. Con un gesto de su mano libre, pero sin separar la hoja del cuello del recluso, le indicó que se levantara. Kyo obedeció sin rechistar, mientras buscaba por la sala la figura de su maltrecho Capitán, que permanecía de pie en la esquina contraria de la celda.

– ¿Quiénes sois? – preguntó al fin. – ¿Qué queréis?

– ¿Acaso no es obvio? –respondió con ironía una voz profunda desde el centro de la sala. – Vamos allá.

A empujones, condujeron a los dos prisioneros hacia la improvisada salida. Ya repuesto de la sorpresa inicial, Kyo sopesó la posibilidad de enfrentarse a sus captores. Pero no tenía a Hakuryû a mano, ni cualquier otro arma, y eran demasiados ojos apuntándole como para poder robar una por sorpresa e iniciar una heroica resistencia. Decidió dejarse conducir a donde quiera que le llevaran y una vez allí valorar de nuevo la posibilidad de…

– ¡Alto!

De las sombras, como si los estuvieran esperando, surgió una patrulla de shinigamis, casi tan numerosos como sus captores, que iban uniformados como los Ejecutores, aunque sus técnicas no parecían exactamente las mismas. Rápidamente se lanzaron sobre el grupo, con las espadas en alto, prestas para atacar. Un dolor punzante atravesó entonces las entrañas del ya ex-Teniente de la Novena División y, al mirar hacia abajo, sólo pudo ver la punta de un estoque bañado en sangre que acababa de desgarrarle las entrañas. Se había acabado. Mañana le había parecido muy pronto, pero mañana habría llegado demasiado tarde.

¿Cuánto tiempo habría pasado? Tardó tiempo en percibir siquiera sombras cuando se despertó sobre algo frío, quizás una piedra, aunque su tacto exquisitamente pulido le hizo pensar inmediatamente en algo metálico. Una sábana le cubría hasta el cuerpo su cuerpo desnudo y unas correas le sujetaban los brazos y las pier… ¡Correas! ¿Dónde demonios estaba? Nakajima comenzó a moverse violentamente y, en su agitación descubrió que la herida brutal que debería de estar en su vientre no estaba allí, como si hubiera desaparecido misteriosamente. ¿Era un sueño? ¿Había sido un sueño? ¿Dónde cojones estaba?

– ¡Calma! ¡Calma! – exclamó una voz masculina en un lugar inalcanzable para su vista. – Te vas a hacer daño.

Arqueó su cuerpo y echó la cabeza hacia atrás lo más que pudo con la intención de identificar a quienquiera que estuviera hablando con él, pero era inútil. Sólo veía sombras y la luz brillantísima que se encendió sobre él no contribuyo en nada a que su visión recuperara la normalidad. Aún así, había algo de conocido en la voz, algo familiar. ¡Era…! No, no lograba recordarlo. Aparentemente, su mente estaba tan embotada como su vista. Estaba convencido de que conocía al autor de los pasos que se acercaban a él, pero ¿quién era?

– A ver…

El tono cálido de la voz cuando ya le desataba las correas que sujetaban las muñecas de Kyo le ayudó a relajarse ligeramente. Parecía que no quería hacerle daño… Parecía. No había que permitir muchas confianzas y menos en una época en la que las apariencias semejaban estar en duro conflicto con la verdadera realidad, más aún que en cualquier otro momento de la historia. Un tirón en su brazo le invitó a incorporarse, y así lo hizo, dejando que la sábana resbalara sobre su torso.

Se frotó los ojos nerviosamente y, como si se arrancara un velo, por fin consiguió ver quién era su salvador, o su captor, todavía no estaba seguro de cuál era su situación en aquel instante. El hombre que le había ayudado a incorporarse y que, presumiblemente, había sido quien le había curado sus heridas (porque estaba seguro de que todo lo que había pasado no era un sueño) parecía el único capaz de hacer algo tan milagroso como aquello.

– ¡Capitán Keita!

– Buenos días, Kyo – sonrió el Líder del Cuarto Escuadrón.

– ¿Qué ha pasado?

– Habéis muerto –sonrió. – Tú y el Capitán Akano. Los dos.

– ¿Muerto? – reaccionó. – ¡¿Cómo que…?

– Es un decir –aclaró. – Por suerte yo llegué a tiempo.

– Por suerte… – asintió Kyo antes de examinar la habitación a su alrededor. – ¿Dónde está el Capitán?

Minami Keita señaló una puerta metálica más allá, la misma por la que había entrado antes. El joven se desató las correas de los pies y saltó de la cama, sin reparar en su desnudez. Salió corriendo de la habitación y se encontró en una pequeña sala, acondicionada muy cómodamente. Allí estaba, tan tranquilo, Akano Kumaru, con una humeante taza de té en las manos y una amable sonrisa en su boca.

Sin embargo, parecía más viejo, con una profusa barba blanca que había aparecido de la nada, la piel envejecida y era un poco más enjuto, pero era definitivamente él: tenía la misma mirada y la misma mueca medio divertida de siempre.

– Eres consciente de que estás desnudo, – lo saludó – ¿verdad?

El ex-Teniente deseó en aquel momento que le tragara la tierra. Quiso escapar per, muy oportunamente el Capitán Minami apareció y le tendió una muda de ropa nueva. No era el uniforme de shinigami al que había jurado lealtad y entregado su vida, pero al menos no eran las vestiduras blancas de un condenado a muerte. Hacía tiempo que no se había enfundado una prenda de ropa normal, como la que llevaban los habitantes del Rukongai, y eso le hizo sentirse raro, aunque le hizo comprender cuál sería su vida a partir de entonces.

– El resto del Sereitei os cree muertos en la emboscada – comenzó a explicar el Capitán Minami. – Mañana sepultarán vuestros cuerpos en una fosa común y…

– ¿Nuestros cuerpos?

– Cierto… No os lo había explicado – se disculpó el Nigromante. – Venid por aquí.

Guió a sus dos "invitados" por un estrecho pasillo mal iluminado hacia una sala muy parecida a aquella en la que se habían despertado: Allí, sobre dos camillas, reposaban dos cuerpos cubiertos por sendas sábanas. El Capitán de la Cuarta División se acercó a uno de ellos y lo descubrió. Kyo, curioso, se aproximó para verlo mejor y se dio cuenta de que aquel cadáver demacrado era… ¿él?

– No mires así – rió Kumaru. –Tampoco te ves tan mal.

– Estos son vuestros verdaderos cuerpos – les informó.

– ¿Nuestros verdaderos cuerpos?

– Sí – insistió. – Transferí vuestras almas a un organismo nuevo, algo parecido a un Gigai pero que es realmente como un verdadero cuerpo humano.

– No entiendo… – confesó Kyo.

– Mejor así – sentenció Akano. – Es una técnica prohibida.

– ¿Y nadie notará la diferencia?

– Sólo Rin lo hubiera notado – murmuró sombrío y casi sollozó mientras el hermano del que había sido Teniente de la Cuarta División apoyaba su mano sobre el hombro de su amigo. – Lo haría… – añadió con rabia. – Resucitaría a Sadoq sólo para darme el placer de matarlo de nuevo…

– Entonces serías como él, Keita.

Los tres quedaron enfrascados en un tenso e intenso silencio sólo roto por el zumbido de la luz eléctrica.

– Entonces… estamos muertos de verdad – murmuró Nakajima tras un breve aunque intenso silencio. – Muertos de verdad…

– Lo estáis – asintió, más calmado, el Nigromante. –Id al Rukongai… o al Mundo Mortal… Id a donde queráis, pero escondeos – sugirió. – ¿De acuerdo?

– Así lo haremos – le abrazó Kumaru. – Gracias, Keita, Gracias…

– Sólo espero que la muerte de Sadoq suponga el fin de…

– Permanece alerta – le cortó el ex-Capitán. – Nunca se sabe…

– Lo haré – sonrió el médico. – Cuidaos, ¿vale?

En ese momento, una figura encapuchada y envuelta en una capa entró en la sala disparando las alarmas de los dos ya ex-shinigamis, que llevaron su mano a imaginarias espadas colgando de su cintura. Inmediatamente, y para su sorpresa, la misteriosa figura descubrió su rostro y apareció el Quinto Oficial de la Novena División: Saitou Ray, el mejor amigo de Kyo.

– Esto es suyo, Jefe – dijo sin rodeos, entregándole un libro a Kumaru.

– ¿Mi diario?

– Iban a quemarlo y Kuroda lo recuperó – explicó el Oficial.

– ¿Kuroda? – repitió él, pensativo. – Ah… Esa chica llegará lejos – sonrió. – ¿Trajiste lo que te pedí?

– Sí…

De debajo de la capa sacó otro paquete, este alargado. Desenvolvió la tela que ocultaba el contenido y mostró a Nottung y a Hakuryû. Inmediatamente, Kyo echó mano a su fiel compañera y la tanteó, como si hiciera tiempo que no la cogiera y no se acordara de su peso. Luego la desenfundó y comprobó que la hoja seguía también en perfecto estado antes de volver a encerrarla dentro de la vaina.

– ¿Cómo las conseguiste? – indagó.

– El Jefe me lo ordenó – asintió Ray, girándose hacia Kumaru. – Si le soy sincero, aún no me creo que sigan vivos.

– Sí y no – sonrió el anciano.

– No entiendo…

– Mejor así – asintió Kumaru.

– Otra cosa, Jefe… – insistió el joven Oficial. – ¿No fue demasiado arriesgado contactar conmigo? ¡Podrían haberle descubierto!

– Si se trata de pasar desapercibido, no hay nadie mejor que tú Ray…

– Siento cortar este momento tan emotivo, pero tenéis que iros – apremió Keita. – Hay una reunión del Consejo dentro de una hora y aún debo llegar…

– ¿No descubrirán lo de las espadas? – preguntó Kyo. – En teoría…

– Estaban selladas en unas cajas de sekkiseki – explicó su amigo. – Las sustituí por dos asauchis normales y corrientes.

– Kumaru… – insistió el Capitán de la Cuarta División.

– Sí… – suspiró Akano. – Gracias, Keita.

Horas más tarde, los pies de Akano Kumaru pisaban los jardines de la Mansión Asharet en el más absoluto sigilo. Encaminó sus pasos hacia el mausoleo familiar y allí se detuvo, frente a la tumba de Rin, situada en el área de las mujeres, que estaba separada de la más numerosa sección masculina por una gran mampara. Allí, agazapado en las sombras, lloró largo rato la muerte de su hermana.

– ¿Quién va? – preguntó, cuando ya apuntaba el alba, una joven voz desde el umbral.

– Mi… Mi nombre es… – respondió con pausa y una cierta alarma el antiguo Capitán, aunque sus temores se disiparon cuando reconoció a quién le hablaba. – Kunishi, Hiruma Kunishi – inventó sobre la marcha. – Es… Esta mujer salvó mi vida y quería agradecérselo.

– Oh…

– ¿Y tú quién eres, hijo?

– Eleazar – contestó el joven. – Eleazar Asharet.