XI

Las manos unidas de dos amantes pueden volverse el vínculo más fuerte que puede existir, sin embargo, ni en su mundo lleno de alquimia ni este gobernado por la ciencia, era capaz de sanar la enfermedad y por más que Edward apretara la mano de Alfons y le llamara con voz angustiosa en su letargo, él no se levantaría.

Los días y noches pasados sólo había servido para mantener el corazón y espíritu de Alfons en un hilo, dejando todo, incluyendo su salud, para centrarse en encontrar a Edward. Su cuerpo se fue debilitando a tal grado que cuando los jóvenes se reencontraron, Alfons sufría un ataque de tos, tal vez el más severo que el otro joven hubiera visto, y Edward tuvo que correr a socorrerlo.

No fue un momento precisamente romántico.

-Su salud es débil, pero mantiene la ventaja de ser un hombre joven- resumió el médico que había accedido a atenderle, no tenían mucho dinero en aquel momento y sin él, el número de servicios con los que podían contar se veía dramáticamente reducido- necesita ser atendido por un especialista...y descansar en mejores condiciones-le echó una ojeada a su precaria habitación antes de marcharse.

Edward, quien sabía que nada de eso podía costearse en aquel momento y que no olvidaba la amenaza latente sobre sus cabeza, se dio cuenta que ya no había otro camino.

Antes se había vendido a los militares por salvar a un ser querido, lo haría de nuevo, esta vez por el hombre que amaba.

Esperó, cuando el tiempo terminara ellos le irían a buscarles y entonces el aceptaría.

Edward Elric se uniría a los nazis.