.
Capítulo 11: Abiego
.
Alayne apoyó ambas manos sobre la fría baranda del balcón, contemplando la luna llena en el firmamento. La noche era fría, como siempre solía serlo en ese rincón del mundo. Las estrellas, no obstante, podían observarse claramente a través de las pocas nubes en la bóveda negra del anochecer, sin el impedimento de la lluvia o la niebla, siempre tan recurrentes en aquella parte del imperio.
Soltó un largo suspiro, apoyando los codos en la baranda y el mentón sobre las palmas de sus manos. Era una joven alta y atractiva, de largos cabellos negros y ondulados, ojos azules y figura generosa. Los pliegues de su vestido, tan blanco como la nieve, se adherían perfectamente a cada uno de los contornos de su cuerpo, resaltando aún más su notable belleza.
Las consecuencias de su hermoso aspecto eran algo con lo que había tenido que tratar desde que era una niña. Como hija de uno de los más acaudalados comerciantes, un hombre con gran influencia incluso dentro del senado, Alayne era una mujer a la que nunca le habían faltado pretendientes. Desde muy temprana edad, su padre había intentado comprometerla con hombres de gran poder, siempre procurando consolidar la alianza política de turno. Sin embargo, había algo peculiar en Alayne, algo que desde muy pequeña había manifestado, y que ahora, ya con veintidós años de edad, se había vuelto más sólido y notable que nunca. Ella era una joven con una personalidad de acero, indómita y apasionada como una fiera salvaje. Ningún pretendiente, ni siquiera la voluntad de su propio padre, habían podido doblegarla jamás. Hermosa, temperamental, versada en letras y en filosofía como el mejor de los maestros, era una mujer capaz de intimidar a cualquiera.
Excepto a él.
Alayne lo había conocido hacía tiempo, cuando ella no era más que una adolescente acaudalada y orgullosa y él un joven que comenzaba a dar sus primeros pasos en el ejército. Unos primeros pasos sin precedentes. Su incomparable habilidad con la lanza y la espada habían generado muchos rumores y habladurías entre los soldados y luego entre la alta sociedad de la ciudad, siempre relacionada de algún modo u otro con el ejército. Sin embargo, no había sido su inusual talento como guerrero lo que la había cautivado. Aquella noche, cuando estuvieron cara a cara, Alayne por primera vez en su vida se sintió intimidada ante la presencia de alguien. La imponente presencia de aquel joven, su carácter serio pero a la vez respetuoso, y su mirada, sobre todo esa mirada tan fría y cortante como el hielo, la habían dejado prácticamente sin aliento.
Lo había conocido en una reunión en la que habían participado las familias más importantes de la provincia, así como los altos líderes del ejército. Gracias a su meteórico ascenso, él había estado allí como uno de los representantes de la legión, tan regio e imponente como un héroe salido de los antiguos mitos. Después de eso, había vuelto a verlo en contadas ocasiones, siempre aprovechando hasta la más insignificante de las reuniones de índole social para encontrarlo.
Aquel juego se había extendido durante años enteros, invariable, hasta que de pronto algo cambió. Sin previo aviso, tan repentinamente como había aparecido en su vida, él dejó de asistir a las reuniones. En un principio supuso que era algo normal. Siendo un guerreo tan importante y respetado, era de esperarse que su labor en la legión lo mantuviera más ocupado que en otras ocasiones. Pero se equivocaba. En una de las tantas reuniones a las que él no asistió, se enteró de algo que la dejó sin habla. Él había desaparecido del ejército. Hacía meses que ninguno de sus compañeros lo veía ni sabía nada de él. Se había esfumado, como si jamás hubiera existido, como si jamás nadie lo hubiera conocido.
Y sin embargo, ella había vuelto a encontrase con él.
Fue algo extraño. Un día, tan bruscamente como se había esfumado, apareció de la nada en medio de la noche. Lo vio de pie en el jardín bajo su balcón, envuelto de pies a cabeza por una larga capa negra, más frío e imponente que nunca. Y siguió haciéndolo desde entonces. Aún cuando nadie en el ejército había vuelto a verlo, aún cuando nadie sabía nada de su paradero, él siguió yendo a visitarla.
Solo a ella.
Alayne jamás le pedía explicaciones. El solo hecho de verlo de repente allí, casi fundido entre las sombras de su jardín, era más que suficiente. Aún cuando ya habían pasado meses desde su última visita…
Volvió a suspirar, desviando su mirando hacia abajo, más allá del amplio rectángulo del balcón. El jardín se abría ante ella como una inmensa alfombra verde, cubierta de flores, árboles, setos y bancos de mármol. Y allí, de pie bajo el pálido beso de la luna, estaba él.
Alayne dio un brusco respingo hacia atrás, sujetándose con fuerza a la baranda de piedra. Miró hacia abajo con sus grandes ojos azules sumamente abiertos, temerosa de haberse equivocado, de haber malinterpretado la silueta de alguna sombra. Pero no, ahí estaba el, hermoso como un dios; cubierto del cuello a los pies con su larga capa negra.
— ¡Crixo!—exclamó con alegría— ¿Adónde diablos te habías metido?
"Crixo…"
El recién llegado observó inexpresivo como la muchacha se apresuraba a ingresar a la habitación tras el balcón, descendiendo por las escaleras rumbo al jardín. "Crixo…" se repitió a sí mismo, desviando la mirada hacia el suave césped bajo sus pies. Era cierto. En el pasado, el hombre que había sido se llamaba Crixo, el soldado, el mejor guerrero que el imperio había visto. El hombre que era ahora, en cambio, ya no necesitaba ese nombre. Observó, sin alterar la imperturbabilidad de su rostro, como la chica se acercaba sonriente hacia él, arrastrando los bordes de su vestido por la hierba del jardín. A pesar de todo, reflexionó, aún mantenía algo en común con Crixo. Los mismos confusos sentimientos…
— ¡Crixo!—volvió a exclamar Alayne, riendo encantada—Hacía mucho que no me visitabas, cuéntame, como has est…
Alayne calló al ver como el hombre ante ella se arrodillaba con toda la solemnidad del mundo, inclinando respetuosamente la cabeza.
—Por favor le ruego que disculpe mi prolongada ausencia—dijo con aquella voz tan profunda como el océano—He estado muy ocupado últimamente…señorita Beryl.
Alayne alzó ambas cejas, sonriendo entre confundida y avergonzada.
—Otra vez llamándome por ese extraño nombre…—suspiró—Ya ni me molestaré en corregirte. Pero por favor, no me gusta que te arrodilles de ese modo ante mí, levántate y camina conmigo.
El hombre que había sido Crixo obedeció, incorporándose en silencio. Alayne lo tomó suavemente del brazo, echando a andar tranquilamente a través del jardín. Durante unos instantes, ninguno de los dos dijo absolutamente nada, solos bajo el brillo de la luna y las estrellas.
—Te he echado mucho de menos, Crixo—se animó a susurrar—Las reuniones a las que mi padre me obliga a asistir me resultan insulsas sin tu presencia.
El hombre que había sido Crixo asintió levemente.
—Siento mucho escuchar eso. He tenido que atender asuntos muy importantes.
—Asuntos de los que te niegas a hablarme—sonrió ella, mirándolo de reojo— ¿En qué importante misión del ejército te encuentras que abandonaste totalmente tu puesto en la legión?
Él no respondió. Su rostro, siempre serio, se había vuelto una máscara de piedra.
—Oh, yo sabía que tenía que tratarse de algo así—continuó la chica—Pero no te preocupes, no tienes que contarme nada si no quieres. Con que aún te acuerdes de mí a pesar de estar tan distante es más que suficiente. Yo…sufriría mucho si me olvidaras.
El hombre que había sido Crixo se detuvo por completo, observándola directo a los ojos. Alayne apenas pudo sostenerle la mirada, intimidada, como siempre, por aquellos penetrantes ojos celestes. Pudo sentir como la piel de su rostro se encendía poco a poco.
—Ya una vez usted lo significó todo para Crixo—dijo él, sin dejar de mirarla fijamente—Ahora que mi destino ha sido revelado; ahora que el suyo propio será también revelado, debe saber que yo jamás la olvidaré. Siempre lo será todo para mí…señorita Beryl.
Alayne desvió la vista hacia el suelo, ruborizada.
—No entiendo tus palabras… Yo…
—Usted será fundamental en la nueva era que se avecina—la interrumpió él, esbozando por primera vez algo parecido a una sonrisa—Y yo estaré a su lado para acompañarla, señorita Beryl; yo estaré ahí para protegerla. Hasta el final…
…Kunzite abrió los ojos, paseando su mirada de un lado a otro de la avenida. A su derecha, un poco por detrás de él, Eneas, la joven centinela de la Octava Legión Caótica, sonreía despreocupada. Adelante, a unos diez metros de distancia, dos mujeres lo observaban fijamente. Una era alta y de complexión definida, de cortos cabellos con el color dorado de la arena y ojos azul oscuro. La otra era más delgada, con una cabellera de un aguamarina claro. Ambas vestían regias armaduras, tan brillantes y perfectas como la luz del sol.
Sabía quiénes eran. Haruka de Urano y Michiru de Neptuno habían respondido a su llamado, tal como había supuesto. En realidad, había esperado a un grupo algo mayor, pero con dos senshis estaría bien para empezar. Al igual que Skotos y Nox, él también se esperaba un ataque a gran escala en los próximos días. Cuanto menores fueran las fuerzas que invadieran el castillo, más fácilmente podría destruirlos a todos. Además…necesitaba ejercitarse un poco. No había recibido noticias del general de plata por parte de sus espías, aquellos que había seleccionado de la legión de Cratos. Sospechaba que esos canallas habían desobedecido su orden cuando Cratos decidió marchar solo hacia el Santuario, optando por acompañarlo a él en la batalla en lugar de hacer lo que les había indicado. Lo más probable era que estuvieran muertos. Aquello lo irritaba y lo impacientaba. Necesitaba moverse un poco…
— ¿Quién diablos eres tú?
Kunzite posó sus ojos en Michiru. Aquella mujer era justo como él: una guerrera preparada para entrar en combate en cualquier momento; alguien que disfrutaba destruyendo a sus enemigos. En realidad, a la senshi de Neptuno no le interesaba en lo más mínimo saber quién era, o al menos no tanto como despedazarlo con sus propias manos. No sería correcto enviar a alguien así al infierno sin decirle quien había sido su verdugo.
—Mi nombre es Kunzite—dijo con una voz que sonó como un mazazo.
Las senshis guardaron silencio, aturdidas, como si no fueran capaces de creer las palabras que acababan de escuchar.
— ¿Kunzite?—preguntó Haruka, abriendo enormemente los ojos— ¿Uno…de los Cuatro Generales del Negaverso?
Su respuesta no fue verbal. Kunzite separó ligeramente las piernas, elevando su energía en un terrible y repentino estallido de poder. Las dos senshis retrocedieron un paso, asombradas. Eneas, en cambio, se limitó a sonreír en forma burlona.
—Así es, senshis—exclamó Kunzite, abriendo repentinamente las afiladas alas de su armadura. El polvo de la callé voló en todas direcciones, sacudido por un poderoso vendaval que arrancó los adoquines del suelo—Yo soy Kunzite, uno de los cuatro generales al servicio de la gran reina Metallia… Y estoy aquí para destruirlos.
Los siglos y las eras habían transcurrido en el mundo, pero su ama y señora aún no había despertado.
"Pronto…" se dijo "Muy pronto…"
Muy pronto sus hermanos en armas, los tres generales despertarían del sueño al que Selene los había condenado. Y lo mismo sucedería con su señora. Metallia, la gran Reina del Negaverso reencarnaría en la tierra para sumergirla en la oscuridad eterna.
Pero había alguien más.
Alguien muy importante, alguien que sería fundamental en la resurrección de la Reina Metallia, también se encontraba muy cerca de despertar. Él la había encontrado. El destino había hecho que la encontrara aún antes de renacer como uno de los Cuatro Generales del Negaverso. Ahora, las senshis de Urano y Neptuno serían las próximas en caer en la guerra por la resurrección. Sus muertes contribuirían a forjar el nuevo mundo que él le obsequiaría a la señorita Beryl.
"Beryl…"
Si.
Lo haría.
—Tienen suerte…—reflexionó Amy, escrutando con ojo crítico las cuatro armaduras—Podría haber sido mucho peor.
Endimión se adelantó un paso, observando preocupado las cuatro vestimentas de plata. Cada una estaba acoplada en su forma original.
— ¿Puedes repararlas?
Amy lo miró de reojo, esbozando una media sonrisa. Ella, Minako, Tristán y los cuatro generales de plata se encontraban en el interior de la gran torre de Pallas. El espacio era amplio, de forma rectangular, con suelos y paredes de piedra. Numerosas piezas de armadura se repartían por toda la habitación, junto con extrañas herramientas de metal y urnas llenas a rebosar de algún tipo de polvo de aspecto brillante. Las armaduras se encontraban prolijamente alineadas ante la alquimista, casi como si aguardaran algo.
—Claro que puedo—contestó tranquilamente—Aunque hará falta cierta cantidad de sangre para hacerlo.
Zander frunció el ceño.
— ¿Sangre?
—Por supuesto—aclaró Tristán, extrañado— ¿Acaso no lo sabían?
—Hasta hacía poco ni siquiera sabíamos que existiera una alquimista reparadora de armaduras—acotó Dasha, sonriendo nerviosamente.
—Deben pensar en sus armaduras como algo más que una simple protección—Amy habló con la seguridad y seriedad que solo un maestro puede tener—Las armaduras de los guerreros tienen una energía propia, la cual, al entrar en sincronía con el aura de su portador hace que éste despierte su verdadero potencial. En este sentido, podríamos decir que las armaduras están "vivas".
—Y como todo ser vivo necesitan asistencia para recuperarse luego de un daño serio—comentó Tristán, cruzándose de brazos con aires de suficiencia—En casos como este, cuando la armadura está demasiado dañada como para sanar por sí sola, se necesita del líquido vital para poder restaurarlas.
—La sangre de un guerrero—aclaró Minako.
—Bien, yo lo haré…
Endimión, Dasha y Zander observaron confusos como Dante daba un paso al frente, acercándose hacia su armadura con gesto decidido. Se arremangó la chaqueta hasta el codo lentamente, colocando su otra mano en forma de lanza.
—Detente.
Amy lo sujetó con firmeza por el brazo, negando con la cabeza.
—Has dicho que hace falta la sangre de un guerrero para reparar una armadura tan dañada—el joven la atravesó con sus afilados ojos grises—Yo lo haré.
—Admiro tu determinación, muchacho. Pero debemos terminar cuanto antes la reparación y regresar al Santuario. Utilizar la sangre de un general solo retrasará las cosas.
Dante frunció marcadamente el ceño, fulminándola con la mirada.
— ¿Acaso te burlas de nosotros?
—En absoluto—Amy se volvió hacia Minako—Necesitaré que me ayudes aquí.
Minako sonrió.
—Por supuesto.
—Tristán, acércame una urna con el Polvo de Plata más refinado que tengamos.
El muchacho asintió, alejándose apresurado hacia los límites de la habitación.
Sin entender demasiado, los jóvenes generales observaron como Minako y Amy se situaban ante las cuatro armaduras. En cuestión de segundos, Tristán situó una urna llena de aquel polvo a los pies de la senshi de Mercurio. Endimión la observó con suma atención. Amy parecía una mujer joven, aunque se comportaba con la despreocupación y la autoridad de un maestro con años de experiencia. Ella y Tristán se parecían mucho. Ambos tenían un pelo liso y azul, con aquellos ojos celestes. No cabía duda alguna de que eran hermanos, pero a pesar de que Tristán había demostrado ser muy poderoso, no había punto alguno de comparación. Amy había mostrado una energía monstruosamente grande, un poder como solo había sentido al ver luchar a Asteria y a Pandora. Y sin embargo aquel extraño hombre, Erebo, se había mostrado en un nivel equivalente… Ya no debería sorprenderse al corroborar el increíble poder de los centinelas de Chaos, pero no podía evitarlo. Esos sujetos eran tan poderosos como las mismísimas senshis…
Volvió a centrar su atención en Amy. La senshi de Mercurio se había comportado de forma sumamente extraña luego de que Erebo desapareciera en medio del aire gélido de Pallas, llevándose con él las inexplicables sombras negras. Durante unos muy breves instantes, su actitud fría y sarcástica había sido reemplazada por una perplejidad desesperada. La había escuchado murmurar algo al verlo. ¿Acaso Amy conocía a ese hombre?
—Ahora.
La voz de la senshi de Mercurio lo trajo de nuevo a la realidad. De improviso, con un movimiento seco y veloz, ella y Minako se rasgaron la piel justo a la altura de la muñeca. Ante el asombro de Endimión y sus compañeros, las dos senshis extendieron sus brazos sangrantes sobre las armaduras. El líquido vital bañó la plata hasta derramarse en el suelo. Minako, sonriente como siempre, dejaba manar su sangre sobre las armaduras de Endimión y Zander, mientras que Amy hacía lo propio sobre las túnicas de Dasha y Dante. Las dos se quedaron allí de pie, vertiendo el rojo de su sangre, durante lo que pareció una eternidad.
—Ya es suficiente…—murmuró la chica, preocupada— ¡Se harán daño!
—No nos subestimes, Dasha—sonrió Minako, rascándose un poco la cabeza—Aunque creo que con esto bastará, ¿no te parece?
Amy asintió, retirando el brazo. Sin poder creerlo, los generales vieron como, de repente, una intensa luz plateada se acumulaba en torno a su mano sana, la cual colocó encima de la herida. El corte en la muñeca se cerró instantáneamente, deteniendo por completo la hemorragia. Sin darles tiempo a que terminaran de asimilar lo que acababan de ver, Amy se agachó para recoger un gran puñado del polvo brillante en la urna.
—Armaduras de plata… ¡Renazcan de sus cenizas!—exclamó, arrojando la extraña sustancia sobre las cuatro corazas.
De repente, todo el espacio de la habitación fue engullido por una intensa luz blanca. Las armaduras, antes opacas y cubiertas de rajaduras, brillaron con la intensidad del universo. La sangre y el Polvo de Plata se fundieron en uno sobre el metal, absorbidos por él, y cuando el resplandor se desvaneció, los generales se encontraron con algo completamente distinto.
—Es…es increíble—murmuró Zander, observando asombrado su armadura.
Las túnicas de plata brillaban como si fueran estrellas bajadas desde el firmamento, con una intensidad que jamás habían tenido antes. Ni un solo de los daños, ni siquiera el más leve rasguño, era visible ahora. Pero no solo se trataba de eso. Había algo diferente, algo que casi podía sentirse en el aire. Las armaduras latían, respiraban. Los jóvenes se dieron cuenta, asombrados, de que lo que Tristán había dicho era cierto. Sus túnicas protectoras estaban vivas, y ahora que habían sido rescatadas de la muerte por el arte milenario de los alquimistas, prácticamente podían sentir la vida en ellas. Era como si las armaduras respiraran, como si el latido de sus corazones hechos de plata pudiera percibirse en el aire.
—Están vivas…—murmuró Endimión, acariciando suavemente el metal de la renacida armadura.
En cuanto lo hizo, las piezas se desacoplaron en una repentina explosión de luz, cubriéndolo de pies a cabeza. Las túnicas de los demás hicieron lo propio, envolviendo los cuerpos de sus portadores en un abrir y cerrar de ojos. Los cuatro jóvenes se miraron las manos asombrados, sintiendo como aquel fuerte latido, una especie de corriente irrefrenable de energía, recorría cada uno de sus miembros con asombroso vigor.
—No puedo creerlo…—susurró Dasha, atónita—La armadura se ha vuelto tan liviana como el aire… ¡Me siento incluso más ligera que antes de vestirla!
—Si... —asintió Zander, arrojando un suave puñetazo hacia adelante. Eso simple movimiento bastó para encender el aire en una energía rojiza que brotó desde el propio brazal restaurado—No solo se ha vuelto más ligera… ¡Incluso nuestro poder parece haberse incrementado!
Dante alzó su mano derecha, cerrándola en un puño justo delante de su rostro. Unas leves volutas plateadas brotaron de sus nudillos sin siquiera proponérselo. Era como si el aura propia de la armadura se hubiera vuelto lo suficientemente grande para derrotar a cualquier enemigo. De luchar al máximo de sus fuerzas, en esas condiciones, podría llegar a superar límites con los que antes ni siquiera había soñado. Endimión, como era de esperarse, también se había dado cuenta.
— ¡Esto es sorprendente!—exclamó riendo carcajadas, arrojando veloces sucesiones de puñetazos al aire. Con cada movimiento, el polvo del suelo era levantado por una poderosa corriente de energía azulada—Apenas estoy moviendo mis maños y aún así puedo sentir el poder de la armadura brotando por sí solo. ¡Nuestro potencial acaba de incrementarse exponencialmente!
Fue Amy, con su helado tono de voz, quien rompió el encanto del momento.
—Había pasado mucho tiempo desde que sus armaduras fueron restauradas por última vez… Tal vez sus anteriores portadores ni siquiera las trajeron aquí a reparar luego de haber librado numerosos combates. Sin embargo, ahora que se encuentran como si recién hubieran sido forjadas, pueden darse cuenta de lo verdaderamente importante que es que un guerrero se vuelva uno con su armadura—Amy cerró los ojos, aún más seria que antes—Aún siendo así, no deben olvidar que no es la categoría de una protección lo que decide el resultado de un combate… El aura de sus armaduras complementará el suyo propio, pero es su energía, el universo que llevan en su interior, lo que deben quemar al máximo, más allá de sus sentidos para vencer. Solo así podrán alzarse sobre enemigos tan poderosos como los centinelas de Chaos.
— ¿Más allá de nuestros sentidos?—preguntó Endimión, confuso.
Amy no le prestó atención.
— ¿Cuál fue el plazo que Magno impuso antes de que partieran hacia aquí?—preguntó volviéndose hacia Minako.
La senshi de Venus se encogió de hombros.
—Tres semanas.
—Muy bien… Nos vamos ahora mismo entonces. Tristán, tú encárgate de Minako.
El chico asintió encantado, mientras la rubia lo tomaba de la mano.
—Por lo general odio este procedimiento—comentó Minako, sonriendo encantadoramente al muchacho—Pero no me quejaré esta vez.
Tristán se sonrojó hasta la raíz de los cabellos, revolviéndole los dorados cabellos.
— ¡Oh, ya cállate!
Amy los miró con el ceño fruncido, negando con la cabeza. Luego se volvió hacia los cuatro confusos jovenes.
—Tómense de las manos—ordenó con voz fría y autoritaria.
— ¿Cómo dices?
—Serán mejor que lo obedezcan—sonrió Minako—Hará las cosas mucho más rápidas.
Sin entender bien qué diablos estaba sucediendo, Endimión tomó de la mano a Zander y a Dasha, quien, a su vez, tomó temblorosa la mano de un inexpresivo Dante.
—Bien—asintió Amy, colocando una mano sobre el hombro de Endimión.
— ¿Por qué es que tenemos que hacer esto exact…?
El joven calló sus palabras cuando una increíble luz celeste los cegó. Endimión cerró fuertemente los ojos, asustado, sintiendo que sus párpados se quemaban. Estuvo a punto de soltar a sus compañeros y alzar las manos para cubrirse el rostro, pero la extraña sensación que lo golpeó de improviso le impidió moverse. Fue como si alguien le estuviera retorciendo el estómago hasta reducírselo al tamaño de una nuez, seguido por una indecible sensación de vértigo. Apenas duró un segundo, pero, durante ese instante, Endimión sintió como si se hubiera caído desde la inmensa cima de las montañas, precipitándose desesperado hacia un suelo que jamás llegaba.
Entonces abrió los ojos.
— ¿Pero qué diablos…?
Fue Zander quién murmuró esa pregunta, pues Endimión era incapaz de articular palabra. El grisáceo mediodía de las montañas de Pallas fue reemplazado por un nublado cielo nocturno, pues, inexplicablemente, ya no se encontraban en el interior de la torre, sino al aire libre. El frío extremo también se había esfumado, dando lugar a una templada y agradable temperatura. El enorme templo ante ellos, una construcción blanca sostenida por numerosas columnas al estilo griego, reveló algo que era imposible de concebir.
— ¿El templo de Mercurio?—murmuró Endimión, incapaz de creer lo que estaba viendo.
Habían regresado al Santuario.
Haruka entrecerró los ojos, atenta a cada uno de los pasos del poderoso guerrero. Kunzite, uno de los cuatro generales al servicio del Negaverso, avanzaba tranquilamente hacia ellas, envuelto por una amenazante aura violácea. Cada uno de sus pasos resquebrajaba los adoquines bajo sus pies hasta casi pulverizarlos, como si su peso fuera anormalmente grande. La centinela, en cambio, aquella jovencita llamada Eneas, había vuelto a sentarse al borde de uno de los muchos tejados alrededor de la avenida, dispersando las pequeñas partículas por toda la ciudad. Si no la detenían pronto, todas las personas bajo su influjo jamás despertarían de su sueño…
— ¿Qué diablos hace uno de los generales de Metallia, aquí?—preguntó Michiru, observándolo de soslayo.
Haruka clavó la mirada en el general, sintiendo su asombroso poder incendiar el aire. La armadura oscura lo cubría como un gran conjunto de escamas afiladas, con las dos grandes alas de murciélago brotando a sus espaldas. Tenía el cabello celeste y lacio debajo del casco, con un par de fríos ojos celestes que las atravesaban como si fueran cuchillos. Haruka de Urano, una de las doce senshis, no recordaba haber sentido jamás un aura tan poderosa… El poder de Kunzite podía sentirse como una inmensa presión en el aire; una presión helada cargada a rebosar de ira y hostilidad en estado puro. Miró a Michiru, de pie a su lado, negando con la cabeza.
—No lo sé…—susurró—Pero no puede ser por nada bueno…
— ¿Acaso no lo imaginan, senshis de Selene?—exclamó Kunzite, atento a su conversación— ¿Acaso no se explican el por qué de mi presencia? Estoy aquí para allanar el camino de Metallia, la gran Reina del Negaverso. En cuanto mi señora y Chaos despierten en esta era, la Diosa de la Luna no tendrá oportunidad alguna de vencer…—Kunzite las señaló con un puño cargado a rebosar de energía, abriendo las grandes alas negras de su armadura— ¡Estoy aquí para destruir a Selene y a todos sus subordinados!
Su velocidad era asombrosa. Michiru y Haruka apenas pudieron ver una mancha oscura precipitándose sobre ellas con una rapidez indecible. Lo siguiente que supieron fue que un poderosísimo puño las alcanzó en el pecho en forma simultánea, mandándolas a volar con la violencia de un cañonazo. Aturdidas por la inesperada ofensiva, las senshis se las arreglaron para girar sobre sí mismas en pleno aire, cayendo forzosamente de pie en medio de la calle. Sentían como si todo el peso del mundo les hubiera caído sobre el pecho.
—Maldición…—jadeó Michiru, sujetándose el peto aguamarina—Es rápido…
—Si…—asintió Haruka—Debemos tener mucho cuidado.
Kunzite avanzó tranquilamente a través de la calle, observándolas fijamente. Cuando sus ojos celestes se encendieron en aquel extraño brillo escarlata, las dos supieron que tenían que moverse. Michiru y Haruka dieron un veloz salto hacia atrás, justo en el momento en que el espectro pareció materializarse frente a ellas, destrozando el suelo de un feroz puñetazo. Los adoquines crujieron y saltaron en pedazos en todas direcciones, abriendo un inmenso cráter en medio de la avenida. Transformado nuevamente en una mancha oscura entre la lluvia de escombros, Kunzite se arrojó sobre ellas con una velocidad descomunal, invisible, atacándolas al unísono con unos puños que parecían mazas.
Las senshis retrocedieron sobre sus pies, conteniendo a duras penas los ataques. Eran dos contra uno, pero aún así el general las hizo retroceder sin darles un solo centímetro para contraatacar. Haruka sentía que cada golpe bloqueado le haría volar el brazo en pedazos. Era algo increíble. Cada puñetazo de Kunzite, insuflado de aquella terrible energía, tenía el poder suficiente para matar de un solo impacto incluso a un general de plata…
Danzando ágilmente a su lado, eludiendo y bloqueando los golpes con helada determinación, Michiru giró al ras del suelo para evitar una poderosa patada horizontal. Entonces se incorporó de un salto, alzando ambos brazos.
— ¡Maremoto de Neptuno!
Una brillante esfera de energía azulada salió disparada a una velocidad que nada tenía que envidiar al general. El suelo se congeló y se despedazó bajo el veloz avance del maremoto, incluso el frío aire nocturno se heló hasta despedir un chirriante vapor. Sin embargo, pese a todo el poder del ataque y a la escasa distancia, Kunzite encontró espacio para alzar velozmente un brazo, conteniendo toda la fuerza de impacto de la técnica solo con la palma de su mano. Michiru observó incrédula como, en un mismo movimiento, el espectro rechazaba hacia un lado su ataque, respondiendo al instante con un feroz puñetazo de su mano opuesta. Michiru cruzó ambos brazos por delante del cuerpo, recibiendo de lleno el golpe. La fuerza del juez era tanta que, pese a haberlo bloqueado, el puñetazo la arrojó hacia atrás con una violencia increíble, haciéndola impactar de espaldas contra el muro de una casa. Una pesada montaña de escombros la sepultó en un abrir y cerrar de ojos.
— ¡Michiru!
Enfurecida, Haruka se situó junto al general dando tres veloces zancadas. Aprovechando que el aún no había restaurado su postura tras la contraofensiva, Haruka extendió su mano derecha hacia arriba, concentrando una increíble cantidad de cosmos dorado.
— ¡Tierra Tiembla!
Haruka agitó su brazo, liberando el poder destajador de su técnica. Una poderosa esfera de luz salió disparada a toda velocidad, atravesando al espectro de lado a lado justo a la altura del pecho.
¡Lo tenía!
Sin embargo, la imagen de Kunzite se diluyó en el aire tan solo un segundo después, como si fuera una especie de espejismo. Cuando sintió la terrible presencia a sus espaldas, Haruka entendió que era lo que había sucedido. Kunzite se había movido rápidamente. Tan rápidamente que al principio creyó haberlo alcanzado, pero, en realidad, solo se había tratado de la estela dejada por su movimiento… Aquel sujeto era más temible aún de lo que se imaginaba.
Pero no estaba dispuesto a darse por vencido.
Haruka se agachó gusto a tiempo para evitar que el general, de pie detrás de ella, la partiera en dos mitades con un brutal golpe de lanza. La senshi de Urano apoyó ambas manos en el suelo, arrojando una veloz patada horizontal hacia atrás, a modo de barrida. Sin embargo, el general reaccionó lanzando un puñetazo hacia abajo a una velocidad equivalente, logrando desviar la patada hacia un lado. Lo siguiente fue un brutal cuerpo a cuerpo donde el oscuro guerrero no le dio ni un solo segundo para respirar. Haruka retrocedió bruscamente sobre sus pies, arreglándoselas para detener una verdadera tormenta de puñetazos provenientes de todas direcciones. Kunzite era al menos un cabeza más alto que ella, y de contextura mucho más corpulenta. Eso, sumado a su titánica fuerza, hacía que enfrentarlo fuera como medirse contra un gigante implacable…
Pero aún así resistió.
Resistió desviando los terribles puñetazos del guerrero, contraatacando con golpes de que su rival lograba anticipar siempre a último momento, escurriéndose con la agilidad de una serpiente. Entonces, cuando el puño de Kunzite impactó brutalmente contra sus brazos cruzados, haciéndola retroceder varios metros con los pies arrastrándose por el suelo, supo que estaba en problemas. El general del Negaverso extendió ambos brazos hacia los lados al instante siguiente, acumulando aquella terrible energía imposible de igualar.
— ¡Destrucción Oscura!
Haruka observó incrédula como el aura estallaba con un poder absoluto y devastador, extendiéndose alrededor del general en la forma de múltiples ondas expansivas de color púrpura. El suelo bajo los pies de Kunzite estalló en pedazos, abriendo un inmenso cráter a su alrededor con la potencia de un terremoto. La senshi de Urano alzó ambos brazos, consciente de que no tenía posibilidad alguna de eludir semejante fuerza destructiva. Durante un segundo, una parte de su mente se preguntó si tenía alguna posibilidad de resistir un poder tan bestial. Solo le quedaba intentarlo. Haruka quemó su aura al máximo, como jamás lo había hecho antes, extendiéndola alrededor de su cuerpo para protegerse del inevitable impacto. Debía resistir…Debía hacerlo.
Pero nada ocurrió.
El ataque nunca la golpeó.
Haruka bajó lentamente los brazos, sin entender lo que había sucedido. El terremoto y el cegador resplandor violáceo se habían esfumado. ¿Qué era lo que había ocurrido? Lo que vio la dejó sin habla.
—No…—murmuró, observando hacia adelante con los ojos muy abiertos— ¡Michiru!
La senshi de los Océanos estaba de pie entre ella y Kunzite, con ambos brazos extendidos hacia los lados. Un hilo de sangre le brotaba de los labios amoratados, y había perdido su casco, dejando que su cabellera azulada se desparramara desordenada sobre las hombreras de su armadura. Michiru respiraba agitada, temblando de pies a cabeza. Sus penetrantes ojos azules estaban clavados en el general del Negaverso, el cual la miraba con el ceño fruncido.
—Tú…tú has sido capaz de detener el poder de la Destrucción Oscura…—murmuró Kunzite, sin disimular para nada su asombro—No solo eso. Aún sigues con vida después de haber recibido parte de su fuerza de impacto. Eso es algo admirable…
Michiru se desplomó, cayendo de rodillas al suelo.
— ¡Michiru!
Haruka se acercó apresurada hacia ella, arrodillándose a su lado para sostenerla justo antes de que cayera contra los adoquines. La senshi de Neptuno estaba terriblemente pálida, y la mirada en sus ojos se había vuelto borrosa. Recién en ese momento Haruka notó los pequeños charcos de agua desparramados sobre el suelo. Entonces lo entendió.
Michiru era su mejor amiga. No había nadie en el Santuario que la conociera tan bien como ella. Sabía que era lo que había hecho para detener el increíble poder del general del Negaverso… El ataque de Kunzite, la Destrucción oscura, era una técnica descomunalmente poderosa. Michiru había tenido que recurrir a una de sus mejores técnicas para contenerla. Su amiga había utilizado el Escudo de los Mares, un poderosísimo muro de agua capaz de detener los ataques de las más fuertes senshis. La técnica no solo detenía cualquier golpe, sino que lo devolvía junto con una feroz tormenta de hielo, destrozando todo lo que se cruzara en su camino. La Destrucción oscura, no obstante, no solo había conseguido derribar el Escudo de los Mares, sino que también había logrado alcanzar a Michiru.
Kunzite…
Ese tipo era un monstruo.
—Michiru…—murmuró Haruka, observando preocupada a su amiga— ¿Por qué lo hiciste?
Michiru esbozó una débil sonrisa.
—No puedo permitir que la futura líder de las senshis muera…
—Tú…—Haruka abrió grandemente los ojos—Tú lo sabías…
—Claro que lo sabía…—Michiru intentó levantarse, apartando la mano que la sostenía, pero Haruka no se lo permitió.
—No. Quédate aquí.
La senshi de Urano depositó cuidadosamente a su compañera sobre la calle, encarando a Kunzite con gesto decidido. El general, a solo unos cuantos metros de ella, la observó mortalmente serio, desviando su mirada hacia Michiru.
—Nadie jamás había podido detener la Destrucción Oscura—dijo—No creí que existiera alguien que fuera capaz de hacerlo. Tienes mi respeto por eso, Michiru guardiana de Neptuno. En consecuencia, seré piadoso y te eliminaré rápidamente.
Haruka avanzó un paso más, extendiendo su brazo derecho con la mano en forma de lanza. Sus ojos azules fulminaron al general de Negaverso, exclamando por sí solos la advertencia.
—Ni si quiera lo pienses, Kunzite—exclamó—No permitiré que le pongas un solo dedo encima. Antes tendrás que derrotarme.
Michiru le había salvado la vida arriesgando la suya propia… No permitiría que aquel sujeto le hiciera ningún daño. Eso jamás… ¡Tendría que matarla primero! Para su sorpresa, no obstante, Kunzite sonrió orgullosamente, extendiendo nuevamente las terribles alas a sus espaldas.
— ¡Será como desees entonces, senshi de Urano!—exclamó decidido, alzando un puño impregnado de la misma energía violácea— ¡Prepárate a enfrentar tú primero a la muerte!
Haruka separó ligeramente las piernas, preparándose para lo que fuera que viniera. No le importaba lo que ese sujeto fuera capaz de hacer, no le importaba su monstruosa energía… ¡No lo dejaría avanzar ni un solo paso! Haruka apretó los dientes, preparando cada músculo de su cuerpo para el ataque, pero entonces, de repente, Kunzite se detuvo. La senshi de Urano observó confundida como el general bajaba lentamente el brazo, observando seriamente hacia un costado. Recién entonces la vio.
—No se precipite, señor Kunzite… Deje que yo me haga cargo de esto.
Apoyada contra el muro de una casa, con ambos brazos cruzados sobre el pecho, una joven observaba la escena con una extraña sonrisa. Era una muchacha alta y delgada, de largos cabellos rubios peinados severamente hacia atrás. Lo llevaba atado a la altura de la nuca, dejando que le cayera largo hasta media espalda. Había algo en ella, en su expresión, en el inusual color rojo de sus ojos, que alarmó inexplicablemente a Haruka. Detrás de ella, tumbada sobre la calle, Michiru pareció sentir lo mismo.
—Ese tipo…—murmuró—Es peligroso…
Ajeno a todo, Kunzite continuó con su severa mirada clavada en la extraña.
—Alpha…—susurró, entrecerrando los ojos.
Haruka se dio cuenta de que el general del Negaverso observaba a aquella joven con recelo, casi con cautela. La muchacha no hizo más que ampliar su sonrisa, despegando sus espaldas de la pared para echar a andar hacia ellas. Llevaba una hermosa armadura de color negro, tan ceñida al cuerpo que casi parecía formar parte de sus brazos y piernas. Era de hombreras largas y curvadas, al igual que las terminaciones en codos y rodillas. Delgadísimos grabados de oro surcaban cada pieza de la armadura formando bellos dibujos, como si la coraza fuera un lienzo sobre el cual un artista había plasmado su obra.
—No sé de que se sorprende, señor Kunzite—exclamó la joven llamada Alpha, echando hacia atrás la hermosa capa roja que colgaba a sus espaldas—Usted fue él que me ordenó que viniera aquí a asistir a Eneas, ¿o acaso ya lo olvidó?
Alpha observó de reojo hacia un costado, hacia la lejana silueta sentada sobre uno de los tejados. Aún con los dedos extendidos hacia arriba, liberando una invisible nube de aura, Eneas observaba sonriente la escena.
—Debo decir que me siento un poco ofendida, su Señoría—continuó Alpha, bañando cada palabra con un desprecio mal disimulado—A pesar de haberme ordenado que viniera aquí a hacerme cargo de las amenazas, usted también decidió venir sin siquiera avisarnos. ¿Es que acaso confía tan poco en mí?
—Me has dado más de una razón para desconfiar, Alpha—replicó Kunzite. A pesar de que había relajado su postura, Haruka pudo sentir su inmenso poder recorriendo su cuerpo como si fuera el magma de un volcán a punto de hacer erupción.
—Oh, ¿acaso no puede dejar el pasado atrás, señor Kunzite?—sonrió la joven, encogiéndose de hombros. El sarcasmo y la aversión en su voz eran inocultables—Me ordenó que viniera y aquí estoy. Usted está al mando de nuestras tropas, ¿no cree que sería mucho más conveniente que estuviera en el castillo ahora, organizando nuestra defensa para lo que se avecina? Pude dejar este asunto en mis manos.
Kunzite la observó largamente, destilando una ira que prácticamente podía sentirse en el aire. Durante un segundo, Haruka tuvo la sensación de que el general iba a descargar todo su increíble poder sobre aquella jovencita insolente. Sin embargo, para su sorpresa, el estabilizó repentinamente su poder, dándole la espalda al campo de batalla.
—De acuerdo—gruñó, observando a Alpha por encima del hombro—Tú y Eneas háganse cargo de las senshis. Pero no olvides que has sido tú quien ha interrumpido nada más y nada menos que mi propio combate…—los ojos de Kunzite brillaron tan rojos como los de Alpha, reflejando una inquina increíble—Si no obtienen la victoria, como corresponde, lo lamentarás…
Alpha le sonrió en forma repulsiva, mostrando unos dientes blancos y perfectos.
—No se arrepentirá…señor Kunzite.
La tenue sonrisa se transformó de pronto en una torcida mueca de felicidad. Sus labios se estiraron hasta que ya no fue capaz de contener la inevitable carcajada, echando la cabeza hacia atrás. La mujer en el Templo de Saturno rió, rió incapaz de contenerse, apoyando una mano contra uno de los muchos muros del templo.
— ¿Puedes creerlo?—exclamó entre risas—El idiota de Magno prácticamente nos ha despejado el camino por sí solo. ¡Esta es la oportunidad que habíamos estado esperando!
Hotaru guardó silencio.
—Es tan fácil que casi parece mentira—continuó la mujer que no era ella—Todas las senshis, a excepción de nosotras y la inútil de Makoto, marcharán hacia el castillo del Dios de la Destrucción. Mientras ellas y los centinelas se matan entre sí, nosotras tendremos el camino libre hacia la cabeza de Selene.
—Ya basta…
—Oh, vamos, no seas idiota. Nadie saldrá bien parado de ese encuentro en Elysion, eso es un hecho. Tanto las fuerzas de Chaos como las del Santuario sufrirán múltiples bajas. Mientras tanto, nosotras nos estaremos apoderando del cetro de Lunar, el arma que nos permitirá colocarnos a la altura de los Dioses… ¡Es Perfecto!
Hotaru sacudió la cabeza, consternada. Durante un instante trató de ignorar la insistente voz en su cabeza, la cual le recordaba cruelmente la complicada situación en la que se había metido. Magno no tenía idea de lo que acababa de hacer. En el pasado, la orden del patriarca habría supuesto todo un honor para ella, algo de lo que se habría sentido plenamente orgullosa. Ahora, en cambio, ese honor se veía opacado por el terrible pavor que le provocaba quedarse a solas en el Santuario. En los últimos tiempos, la Oscuridad en su interior se había vuelto mucho más fuerte y difícil de controlar. Más aún, estaba decidida a revelarse contra ella. ¿Cuánto tiempo más sería capaz de soportar?
—No tienes por qué soportarlo—susurró casi con dulzura la mujer que no era Hotaru—Lo deseas tanto como yo. En el fondo somos iguales. Es por eso que estoy aquí. Lo sabes…
—No…
—Sí, ríndete a los impulsos que tu propia conciencia creó, ríndete a mis anhelos, que son los tuyos; déjate llevar por lo que tu corazón codicia y tu moral rechaza…
Hotaru cerró sus ojos dispares.
—Aprovechemos la oportunidad que se nos ha presentado—continuó la Oscuridad—Hagamos nuestro el Santuario, nuestro el mundo, nuestro el destino que intentas evit…
—Suficiente.
Hotaru abrió los ojos. Su expresión se había vuelto serena, tranquila. Su ojo violeta brillaba intensamente.
—No quiero escucharte más—declaró—Llévate tu veneno y tus intrigas. No te necesito.
Los labios de la mujer que no era Hotaru se estiraron en una sonrisa burlona.
—Eso es lo que dices ahora. Pero no puedes desobedecer a Magno; hacerlo supondría dejar a otra senshi para proteger a Selene, y tu parte aún leal a ella no puede permitir que alguien tan débil cargue con semejante responsabilidad… No, te quedarás aquí. Y entonces veremos que harás cuando te veas a ti misma a solas en el Santuario, a apenas un paso de cumplir nuestras ambiciones…
—Puedes hablar cuanto quieras. Jamás traicionaré a Selene. Cumpliré con la orden del patriarca y la defenderé hasta el final, con mi vida de ser necesario…—sonrió—…que también es la tuya.
Hotaru cerró su mente, sepultando a la Oscuridad en las profundidades de su consciencia. Cada vez le estaba costando más hacerlo. En ocasiones le resultaba imposible. La voz aparecía y se iba por sí sola, sin que pudiera hacer nada por controlarla. Pero otras veces, su fuerza de voluntad era suficiente como para suprimirla. Debía aprovechar los momentos en que aún era capaz de hacerlo…
Se encaminó lentamente hacia la entrada del templo, pensando en lo que podría llegar a ocurrir de allí en más. Por mucho que le disgustara, la Oscuridad tenía razón en algo. La situación en la que se encontraría cuando las fuerzas del Santuario marcharan hacia Elysion, sin lugar a dudas sería la ideal para esa horrible parte de su ser. Por otro lado, su poder era más que suficiente para defender a la señorita Selene de cualquier peligro. Magno había decidido sabiamente en ese sentido. Solo había cometido el error de no notar el monstruo que se ocultaba en su interior…
Hotaru apretó fuertemente su puño derecho, observándolo con sus ojos heterocromos. Tanto el violeta como el rojo brillaban con la misma intensidad. Resistiría. Durante todo el tiempo que tuviera que permanecer como guardiana de la señorita Selene no dejaría que nada malo le sucediera. La Oscuridad, la mujer que era y no era Hotaru, era sumamente fuerte…pero la lealtad hacia su diosa, esa parte de ella, lo era aún más. La protegería a costa de su vida. No dejaría que nada ni nadie le pusiera un dedo encima.
En ocasiones, no obstante, la voz surgía de improviso en su mente, sin que pudiera hacer nada para evitarlo. En ese momento, su ojo rojo volvió a brillar con intensidad.
—Me gustaría ver que tan fuerte es esa lealtad tuya cuando llegue el momento…
Hotaru volvió a sepultar la Oscuridad en lo más profundo de su mente. Se apresuró hacia la salida del templo, enfurecida, intentando ignorar la voz. Afuera, el aire del anochecer era fresco y agradable. Las altas columnas la rodeaban a izquierda y derecha, sosteniendo la magnífica entrada de piedra blanca. Allí, de pie justo frente a la entrada, se encontraba Setsuna. Hotaru se detuvo en seco sobre sus pies, observando a la senshi de Plutón con los ojos muy abiertos. Setsuna estaba allí, a menos de dos metros de distancia, con sus grandes ojos cerrados y su semblante lleno a rebosar de serenidad. Vestía la hermosa armadura de Plutón, con el casco descansando bajo un brazo y la larga capa blanca cubriéndole los hombros.
—Me había imaginado que la dualidad se había tornado violenta en ti—comentó de repente, sin variar la tranquilidad de su expresión—Pero no me imaginaba que había llegado hasta este extremo.
La senshi de Saturno guardó silencio, observándola con cautela. Setsuna… Si había alguien en el Santuario a quien pensaría dos veces antes de enfrentar, ese era ella. Suspiró profundamente, ignorando por completo el comentario.
— ¿A qué debo tu presencia aquí, Setsuna?
—Eso es algo que sabes muy bien.
Hotaru torció sus labios en una mueca de impaciencia. ¿Acaso había escuchado su "conversación"?
— ¿Qué quieres de mí?
—Estoy al tanto de la misión que el patriarca te ha encomendado.
—Si…—respondió en voz baja—Es un honor que me llena de orgullo.
—Intenté, sin embargo, convencer a Magno de que me permitiera a mí proteger a la señorita Selene en tu lugar.
Hotaru alzó una de sus finas cejas negras, observando a la mujer ante ella con desconfianza. La voz y el semblante de Setsuna eran tan afables y tranquilos que la exasperaban. Seguía con los ojos cerrados, lo cual le impedía leer cualquier atisbo de emoción; eso sumado al hecho de que no podía sentir absolutamente nada en ella. Era como si la guardiana de Plutón fuera completamente inmune a la fina percepción de sus sentidos.
— ¿Intentaste tomar mi lugar en esta misión tan importante?—preguntó Hotaru con cautela— ¿Por qué harías tal cosa?
Setsuna se acercó a ella. Lo hizo lentamente, despreocupada, deteniéndose a solo un palmo de distancia. Estaban prácticamente cara a cara, inmóviles. Y entonces Setsuna abrió sus ojos. Hotaru pudo sentir una corriente que la golpeó como una potente ráfaga de viento cuando los párpados se separaron. Se quedó completamente inmóvil, más por curiosidad que por asombro o temor. Ese era el tipo de reacción que se producía cuando alguien concentraba una gran cantidad de aura en un solo punto, procurando no liberarlo hacia afuera. En este caso, no obstante, se trataba de algo más que una simple acumulación de energía… Setsuna, sin hacer el más mínimo esfuerzo, estaba concentrado una cantidad de poder inconmensurable… Fue como si la senshi de Plutón, al abrir sus ojos, hubiera dejado entrever la energía omnipotente e infinita del universo. Esos mismos ojos color rubí la observaron con una frialdad descomunal; una frialdad que nada tenía que ver con la amabilidad en las facciones de Setsuna.
—He optado por obedecer al patriarca—le informó con voz clara—La luz aún sigue siendo dueña de un poder asombroso en ti. Confío en que ese poder podrá alzarse sobre cualquier otra cosa. Sin embargo…—la mirada de Setsuna se volvió aún más fría que antes, dura y cortante como el filo de una espada—…si intentas algo, Hotaru, yo lo sabré. No importará si me encuentro a leguas de distancia del Santuario. Lo sabré. Y entonces lo lamentarás.
Setsuna se dio vuelta, alejándose a paso lento, con el largo cabello oscuro ondeando sobre el blanco de su capa. Hotaru la observó fijamente. Ambos ojos dispares brillaron.
Sonrió.
El cielo era de plomo. Un gris brumoso iluminado por el resplandor de lejanos rayos. La lluvia apenas si caía como una débil llovizna, la cual le pellizcaba la piel sin llegar a mojarla; sin llegar a refrescarla en su cansancio. Apuró aún más su avance, a pesar de que una de sus piernas le colgaba casi inerte del cuerpo, empapada en sangre. A sus espaldas, un largo camino de tierra abría la vasta llanura, llevando directamente hacia el lejano pueblo en el horizonte. Su pueblo.
Intentó no mirar por encima del hombro, de ignorar la espesa columna de humo que ascendía perezosamente hacia el cielo, confundiéndose con el gris plomizo de las nubes. Trató de no caer en la cuenta de que todo lo que alguna vez había amado, sus amigos, sus padres, su hogar, se había convertido en pasto de las llamas.
Continuó avanzando, ignorando el rastro de sangre que sus heridas dejaban en la tierra húmeda del camino. No podía detenerse. No por ella, sino por el niño que se aferraba desespero a su cuerpo. Se apretujaba a sus espaldas, rodeándole el cuello con ambos brazos. Apenas tenía cinco años. Tenía el pelo color arena y los ojos azules, al igual que ella. Zaid su hermano; la razón que la impulsaba a no detenerse, a continuar hasta el final. Debía salvarlo.
De pronto, alguien vociferó algo a sus espaldas. Aún estaban lejos… Si lograba llegar al denso bosque al final del camino quizás lograría perderlos. Tenía que seguir. Tenía que seguir… Sin embargo, una segunda voz en grito se unió a la primera, y luego otra, y otra… Dio media vuelta, sabiendo de antemano con que se encontraría. Había estado tan cerca…
Seis soldados corrían hacia ella con sus espadas y sus lanzas manchadas de sangre. Los seis vestían igual, con casacas rojas, faldas plisadas de cuero, casco y coraza musculada. Legionarios, soldados del imperio; hombres que atacaban los pueblos que habían jurado proteger. En realidad era más simple que eso. Aun no siendo más que una niña, sabía muy bien qué era lo que ocurría. Como solía suceder, tras la muerte del viejo emperador distintas facciones del ejército habían intentado alzar a alguno de sus generales como nuevo líder de Imperio. Eso, por supuesto, llevó a desacuerdos que terminaron en forma violenta. Los soldados que pujaban por una u otra facción se mataban entre sí dentro de sus propias fronteras. Muchos pueblos, pueblos como el suyo, quedaban inevitablemente atrapados en medio de aquel fuego cruzado. No había piedad cuando se trataba de poder, ni siquiera para pobres campesinos como ellos. Una leve sospecha de que un pueblo había estado proporcionando alimentos o equipos a una facción era suficiente para desatar masacres innecesarias como aquella. Los soldados habían atacado y vencido a sus "enemigos" en las cercanías del pueblo. Aún eufóricos tras la batalla, enfurecidos por los caídos, habían optado por descargar su ira en el asentamiento más cercano, convencidos de que éste había prestado ayuda a la otra facción. Su pueblo jamás había tenido nada que ver… Apenas producían lo suficiente para alimentarse a ellos mismos.
Los guerreros se acercaron corriendo hacia ella, blandiendo sus armas ensangrentadas. Mientras dejaba a su hermano en el suelo, cubriéndolo tras su propio cuerpo, no pudo evitar preguntarse si la sangre de alguna de esas espadas era la de sus padres. La idea de que así fuera le dio el odio y las fuerzas necesarias para despertar el extraño resplandor una vez más. Su cuerpo se encendió repentinamente como un faro en la noche, impregnado de una difusa energía ambarina, la misma que había despertado en ella al ver como sus padres eran masacrados como animales ante sus ojos. El soldado más cercano se detuvo, asombrado, y ella no lo desaprovechó. Extendiendo ambos brazos hacia adelante, como si empujara algo muy pesado, liberó parte de aquella luz. El hombre salió despedido hacia atrás en forma violenta, ahogando un grito de dolor. Cuando cayó al suelo embarrado, sus brazos y piernas quedaron en un ángulo macabramente antinatural, como si un gigante le hubiera estrujado los miembros hasta pulverizarlos.
El resto de los legionarios observó en silencio al caído, sin hacer el más leve movimiento. Ella, en cambio, no pudo evitar caer de rodillas al suelo, jadeando por el gran esfuerzo que acababa de hacer. No sabía qué era aquella extraña energía que la rodeaba, no sabía qué era lo que hacía al liberarla. Simplemente lo hacía; y al hacerlo sus fuerzas eran bruscamente consumidas, como si llevara horas corriendo sin parar. De rodillas en el suelo, respirando agitada, rogó que los demás hombres huyeran asustados por lo que acababan de presenciar. Pero no fue así. Al verla en tan precaria posición, se abalanzaron sobre ella aullando enfurecidos. La niña se las arregló para alzar uno de sus brazos, haciendo estallar lo que le quedaba de fuerza. Una onda invisible brotó de la palma de su mano, dejando un rastro dorado cuando golpeó de lleno a uno de los soldados. El hombre salió despedido por los aires, cayendo en el suelo en un amasijo de brazos y piernas, pero los demás no se detuvieron. Estaba tan agotada que iba a desmayarse…
Ya no podía hacer nada para detenerlos.
Abrió ambos brazos, intentando cubrir a al pequeños que se aferraba a sus espaldas. No le importaba lo que le hicieran a ella, pero su hermano…su hermano…
En ese instante, los cuatro legionarios aún de pie se detuvieron, gritando enloquecidos de dolor. La niña abrió grandemente los ojos, contemplando un bello y aterrador espectáculo. Rayos de luz, miles de ellos, se formaron de repente en el aire, golpeando a los soldados en una caótica telaraña luminosa. Los rayos eran tan delgados como hilos, de un intenso color dorado, y aparecían y desaparecían en el aire entrelazándose unos con otros en un ineludible entramado de luz. Los guerreros, atrapados en el centro de aquella vorágine, se retorcieron como alimañas, siendo golpeados cientos de miles de veces al mismo tiempo. Sus cascos y corazas saltaron en pedazos, al igual que sus armas, y cuando la luz se esfumó, nada quedó de ellos más que unos cuerpos inertes desplomados sobre el suelo.
La niña miró asombrada lo que acababa de ocurrir. Aquello…aquello había sido muy similar a su propia luz. El diminuto ápice de energía que aún le quedaba le hizo darse cuenta de que no estaban solos allí; aquel inexplicable sentido naciendo en su interior le indicó que volteara. Detrás de ella, majestuoso e imponente como una montaña, un hombre la observaba con suma atención. Era muy alto, de hombros anchos, y tenía el puño derecho extendido hacia adelante. Durante un segundo pudor ver un rastro de energía dorada bailando en sus nudillos. Había sido él…
— ¿Te encuentras bien?—le preguntó con una voz llena de solemnidad, clavando sus ojos marrones en ella.
Era un hombre maduro, de larga cabellera castaña peinada hacia atrás. Tanto sus cabellos como su barba comenzaban a encanecer. Vestía una elegante túnica de color negro, la cual lo cubría del cuello a los tobillos. Sin embargo, por debajo de la oscura tela, y en su puño extendido, pudo ver el inconfundible brillo de una armadura. Una armadura dorada.
—Por favor…—murmuró, sintiendo como la inconsciencia se apoderaba poco a poco de ella—Salve a mi hermano…
Cerró los ojos, incapaz de evitar caer pesadamente al suelo…
…Haruka observó seriamente hacia adelante. El gris plomizo de aquella tarde se transformó de repente en el negro azulado de una noche estrellada. No era Magno quien la contemplaba de frente, con aire magnánimo, sino dos peligrosas jóvenes vestidas con armaduras negras. El campo de batalla había cambiado, las circunstancias también. Aún así, todavía había algo que hacía que todo siguiera siendo como en sus lejanos recuerdos. Aún había alguien detrás de ella, alguien a quien debía proteger.
Michiru había arriesgado su propia vida para salvarla, deteniendo por sí sola un ataque que la habría hecho volar en pedazos. Si aún seguía de pie allí, viva, era gracias a ella. No permitiría que aquellas mujeres le hicieran daño; no permitiría que la niebla de aura asesinara a toda la gente inocente de la ciudad. Muchas vidas dependían de ella y no iba a fallarles… Los salvaría como había salvado a su hermano de las llamas que devoraron su pueblo…como Magno los había salvado de las garras de la muerte a los dos.
— ¿En verdad quieres que te ayude?—preguntó de pronto la chica llamada Eneas, una atractiva joven de rizos castaños y ojos verdes—Una de ellas quedó bastante mal luego del ataque de Kunzite. Sería fácil para ti.
—Lo sé—replicó Alpha, encogiéndose de hombros—Pero ya sabes lo que recomienda su "señoría". La eliminación de las senshis es algo primordial, y ésta se ve bastante determinada—sonrió—Será divertido quebrar esa determinación, ¿no lo crees, Eneas?
Eneas y Alpha…
Si lo que Makoto había averiguado sobre los centinelas era cierto, entonces tenía una idea muy clara de quienes eran los dos despreocupados jóvenes frente a él. Eneas lucia muy tranquila. Pero Alpha…ella era diferente.
Haruka la escrutó seriamente, separando ligeramente las piernas para adoptar su postura defensiva. Había algo escalofriante en ella… No eran solo sus extraños ojos rojos, ni la palidez cenicienta de su rostro. Era algo en su expresión, en su forma de moverse. Todo en ella destilaba una locura mal contenida, un insano deseo de hacer daño. Haruka no sabía cómo explicarlo, pero lo veía tan claro como la enferma sonrisa que le estiraba los labios. Era claro que alguien como ella no necesitaba la ayuda de nadie para combatir. Alpha era fuerte, muy fuerte; podía darse cuenta con solo mirarla. Era otra cosa.
Desesperación.
Alpha simplemente quería intensificar al máximo su sufrimiento. Quería hacerla enfrentar a dos terribles enemigos a la vez cuando su compañera herida yacía indefensa tras ella; quería provocarle la tensión y el desgaste de tener que pelear preocupada porque alguna de ellas desviara su puño contra Michiru. Y lo hacía solo por el placer de verla padecer ese calvario.
"Esta tipa es malvado por el simple hecho de que le gusta serlo" pensó Haruka. Si no tenía cuidado con ella lo lamentaría.
Fue Eneas, sin embargo, la primera en demostrar el peligro oculto tras su angelical rostro. De repente, con un movimiento tan rápido que la sorprendió, la joven centinela juntó ambas manos a la altura del pecho, como si rezara, abriendo bruscamente los brazos.
— ¡Ventisca de Tinieblas!
La invisible niebla que llenaba el aire se materializó de pronto ante Haruka, rodeándola por completo como si fuera una inmensa nube. La senshi de Urano observó confusa en todas direcciones. La bruma la rodeaba con gruesos tentáculos de un blanco brillante, los cuales se movían perezosamente entre sus brazos y piernas. No podía ver. La niebla se había vuelto tan espesa que apenas podía vislumbrar su propia mano extendida en el aire. Y no solo era eso… Su oído, su olfato, incluso su sexto sentido se habían vuelto torpes y vacilantes. Estaba ciega y sorda en medio de un mar blanco. Su sentido del tacto, no obstante, no había sido alterado. Y lo averiguó de la peor manera.
Un leve resplandor brilló de pronto a su izquierda, perdido entre la bruma, y, antes de que tuviera tiempo de girar la cabeza, una fuerza monstruosa la golpeó de lleno en el pecho. Haruka, retrocedió arrastrando los pies por la calle. Se llevó una mano hacia el pecho, doblándose por el dolor y la falta de aire. ¿Qué diablos había sido eso? La respuesta llegó tan brutal y contundente como antes cuando una segunda ráfaga la alcanzó en la espalda, casi arrojándola de cara al suelo. La tercera no se hizo esperar, golpeándola de lleno en el rostro. Menos de un segundo después, cientos de ondas de energía la golpeaban a una velocidad fantasmal por todo el cuerpo, cada una tan fuerte como un mazazo.
Haruka trastabilló, sintiendo la sangre en su boca. Los golpes eran tan fuertes y veloces que no le permitían moverse; la alcanzaban en forma simultánea con una violencia increíble. Pero tenía una idea de lo que estaba ocurriendo… De alguna forma, Eneas había utilizado su aura para materializar aquella espesa niebla, volviéndose invisible a sus sentidos. Oculta entre la bruma, la joven centinela la atacaba sin tregua con potentes descargas de energía, las cuales sin lugar a dudas aumentarían su fuerza hasta dejarla reducida a un montón de huesos pulverizados sobre la calle. Sin embargo, había algo en sus ataques… Haruka lo supo, aún siendo golpeada por miles de descargas a la vez, pudo notar que las mismas seguían una especia de patrón. No eran golpes arrojados al azar. No. ¡Eneas estaba caminando en círculos alrededor de ella! Pese a no ser capaz de ver de dónde prevenían los ataques, pese al tremendo castigo, las áreas de impacto en su propio cuerpo le permitieron llegar a esa conclusión. ¡Podía anticiparlo! Haruka clavó el pie derecho en el suelo, tomando impulso para girar hacia un lado con un velocísimo corte de espada.
— ¡Espada Celestial!
La mano de la senshi relampagueó en el aire, formando un haz de luz que avanzó a través de los ataques y la niebla, abriéndola de lado a lado en menos de un parpadeo. Inmediatamente pudo escuchar un débil gemido a la distancia, y entonces, tan rápido como había aparecido, la bruma se esfumó. Eneas estaba de pie a unos diez metros de distancia, sujetándose el hombro con una mano. Su ataque había logrado alcanzarla.
Haruka no perdió un segundo. El suelo bajo sus pies se agrietó cuando acumuló el aura alrededor de su cuerpo, lanzándose hacia adelante con la velocidad de un balazo. Eneas giró la cabeza hacia ella, con la sorpresa brillando en sus ojos verdes. Un profundo corte horizontal abría de rojo su brazo izquierdo, justo en el espacio entre la hombrera y la protección del brazo. Haruka avanzó hacia ella a una velocidad descomunal, extendiendo una mano lista para el ataque. Era suya; a esa distancia y a esa velocidad, Eneas sería incapaz de eludirla.
Alpha…
La joven de ojos rojos se materializó de la nada ante ella, como si fuera un espectro, sonriéndole en forma demencial.
—Sorpresa…—le susurró casi al oído.
La senshi de Urano abrió enormemente los ojos cuando una mano se apoyó sobre su pecho, demasiado cerca y demasiado veloz para evitarla.
— ¡Fusión Estelar!
Fue como si una lluvia de meteoros hubiera caído desde el cielo. Cientos de miles de pequeñas explosiones, cada una increíblemente poderosa, surgieron en torno a la palma extendida de Alpha, envolviéndola en una descomunal ola de golpes a la velocidad de la luz. Haruka salió despedida violentamente hacia atrás, incapaz de repeler el ataque. Arrastrado en el aire, Haruka logró liberarse girando sobre sí misma con un hábil movimiento, cayendo agazapada sobre la calle. El cuerpo le latía adolorido por mil heridas, pero aún así reaccionó en forma inmediata, como solo una de las doce senshis podría hacerlo. Haruka trazó una línea vertical con su brazo derecho, arrojando velocísimas descargas cortantes de energía. Alpha y Eneas, no obstante, se arrojaron sobre ella al mismo tiempo, avanzando a través de las ondas cortantes con una rapidez y agilidad increíbles. En un abrir y cerrar de ojos ambas la rodearon.
Haruka debió recurrir a absolutamente toda su habilidad para hacer frente a lo que vino después. Parada en medio de las dos centinelas, se las arregló para bloquear a la vez cientos de golpes capaces de pulverizar una pared de acero. Alpha y Eneas atacaron al unísono, descargando puñetazos y patadas a una velocidad vertiginosa. Haruka giró sobre sí misma a igual velocidad, alzando brazos y rodillas para detener absolutamente todos los golpes con una impecable técnica de lucha cuerpo a cuerpo. Pudo notar como sus adversarias fruncían levemente el ceño, sorprendidas. No era para menos. Los golpes de las centinelas eran apenas unos manchones borrosos en el aire, fuertes y precisos; no obstante Haruka se movía entre ellas como un torbellino, bloqueando y desviando puños y patadas al mismo tiempo.
Demostrando aún más su increíble habilidad, la senshi giró el torso hacia un lado para evitar una patada de Eneas, avanzando para alejarla con un brutal puñetazo en el rostro. La joven centinela salió disparada hacia atrás como si un gigante la hubiera empujado de un manotazo. Sin descuidar a su otra adversaria, Haruka se inclinó ligeramente para bloquear el puño de Alpha, contraatacando al instante con una feroz patada hacia la zona baja del abdomen. Su pierna cortó el aire horizontalmente, impactando de lleno en el costado desprotegido de la centinela. Alpha retrocedió varios metros por la violencia del golpe, gruñendo enfurecida. No obstante, logró impulsarse hacia atrás apoyando una mano en el suelo, cayendo sobre los adoquines con el puño extendido hacia ella.
— ¡Fusión Estelar!
La sucesión de miles de explosiones volvió a avanzar hacia Haruka a toda velocidad, levantando la tierra y las piedras de la calle con un estruendo ensordecedor. Pero la senshi había visto a través de la técnica. Reaccionando aún más rápido que su enemiga, Haruka cortó el aire, arrojando tres poderosas descargas. Los filos de luz atravesaron la técnica de Alpha sin dificultades, cortando a través de ella con la precisión de una espada. Sorprendida por el poderoso contraataque de su rival, Alpha logró eludir dos de las descargas haciéndose hacia un lado, pero la tercera la rozó a la altura del pecho, arrojándola de espaldas contra la calle.
Haruka se volvió hacia su otra oponente, sus ojos azules estaban encendidos como brasas. A varios metros de distancia, agazapada en el suelo, Eneas había vuelto a juntar ambas manos, lista para liberar la extraña niebla una vez más. Haruka no se lo permitió. Haciendo uso de toda su velocidad, la senshi se lanzó sobre ella con los pies apenas rozando el suelo. Eneas fue incapaz de anticiparla. El brazo de Haruka se movió como un relámpago, abanicando el aire con un perfecto golpe de espada.
— ¡Espada Celestial!
La centinela retrocedió arrastrando los pies, dejando una estela roja en el aire. El ataque de Haruka la había alcanzado en pleno torso, abriéndole una herida a través de la armadura desde el hombro hasta el extremo opuesto de la cadera. Eneas se llevó la mano hacia el horrible corte, jadeante, bajando la cabeza hasta que los rizos castaños le cubrieron el rostro. Aún con el brazo extendido tras su explosiva ofensiva, Haruka la observó fijamente. Dio un paso hacia adelante, dispuesta a rematarla allí mismo, pero algo la hizo detenerse.
— ¿Qué…?
A pesar de la sangre que resbalaba a través de los quiebres en su armadura, llegando hasta el suelo, los hombros de Eneas se sacudían en una risa sorda. Haruka observó desconfiada como la joven alzaba la vista hacia ella. Los ojos verdes la observaron sin ningún temor, casi con burla.
—Estaba esperando encontrar a alguien con una hoja capaz de superar a la mía…—murmuró, con la sangre escapándose a través de los dedos que presionaban sobre su pecho—Pero veo que te he sobreestimado, senshi de Urano…
Haruka abrió enormemente los ojos al sentir la descomunal presión de energía que envolvió a Eneas; una energía tan poderosa que incluso una senshi habría retrocedido. Intentó alzar el brazo para terminar ahí mismo con ella, pero la joven centinela se movió con una velocidad como jamás había visto antes.
— ¡Tajo Umbrío!
Al igual que ella cuando invocaba a su espada de luz, Eneas cortó el aire con un latigazo invisible de su brazo. Haruka apenas logró vislumbrar la onda rojiza que deformó el aire, golpeándola de lleno en el estómago. La senshi de Urano, trastabilló, retrocediendo varios pasos en forma tambaleante. Pudo sentir como un líquido caliente le empapaba el torso por debajo de la armadura; como la sangre se filtraba a través de los pliegues intactos de la vestimenta metálica. Pudo sentir como el sabor a sangre le llenaba la boca cuando escupió un grueso borbotón color escarlata. Se observó confusamente el torso, sin entender. Su armadura estaba intacta…pero aún así algo había logrado herirla. El poder de Eneas la había cortado por debajo de la coraza…
Aquello no parecía ser posible…pero lo era. La sangre manó abundante a través de la armadura, manchando de rojo el suelo. Eneas avanzó un paso hacia ella, confiada, pero se detuvo cuando Haruka alzó levemente el brazo derecho. Su hoja era una herramienta de justicia…un arma para proteger a los débiles e inocentes. Ella, la senshi de Urano, la elegida para ser la sucesora del Líder del Santuario, aún podía luchar. Aún no terminaban con ella…
¡Jamás se rendiría!
El aura dorada estalló a su alrededor como una tormenta, creciendo más allá de sus límites. Eneas retrocedió asombrada, incapaz de creer que alguien con semejante herida pudiera ser capaz de conservar tanto poder. El aura se elevó tanto que la herida en el torso de Haruka comenzó a sangrar aún más, resintiendo el esfuerzo sobrehumano que la senshi estaba haciendo. Pero Haruka no pensaba, ni siquiera sentía. Aún podía luchar. Aún podía acabar con sus enemigos y salvar a la gente de la ciudad, a Michiru, a su hermano… Aún podía…
En ese momento se dio cuenta.
Primero fueron los pasos veloces y silenciosos a sus espaldas. Luego el cálido aliento rozándole el oído, suave, burlón, arrogante.
—No te olvides de mí, senshi de Selene…
Haruka volteó bruscamente, incendiando su aura al límite, pero ya era demasiado tarde. Aprovechando su aturdimiento, por la grave herida provocada por Eneas, Alpha se había colocado a sus espaldas. Cuando la mano de la centinela se apoyó sobre su espalda supo que todo había terminado.
— ¡Supernova!
La explosión de las estrellas. El poder inconmensurable generado por los astros celestes al llegar al final de sus vidas. Haruka pudo vislumbrar la sonrisa enferma de Alpha cuando aquella increíble fuerza la golpeó, consumiendo las sombras de la noche en una cegadora luz blanca.
Luego oscuridad.
Nada aparte de la densa e infinita oscuridad.
— ¡Es hermoso!
Tristán corrió encantado hacia el borde de las escaleras que llevaban hasta el Templo de Mercurio. Cientos de escalones más abajo, el Santuario se extendía en todo su soberbio esplendor. La alta Torre del Reloj, el coliseo, las pulcras barracas de soldados y aprendices, todo se fundía en el horizonte con el mármol blanco de las columnas y el negro azulado del paisaje nocturno.
— ¡Y también los doce templos!
Tristán se dio vuelta de un salto, observando con ojos brillantes las largas escaleras que ascendían indefinidamente por la montaña, más allá del Templo de Mercurio. Los escalones blancos se enroscaban en la piedra de la colina como una serpiente, uniendo los otros once templos hasta llegar a las lejanas habitaciones del patriarca. Casi invisible contra el horizonte, la silueta blanca de la estatua de Selene podía vislumbrarse.
— ¿Qué nunca estuviste aquí antes?—preguntó Dasha, observando confundida al chico. El hermano de la senshi de Mercurio se veía tan alegre como un chiquillo con un juguete nuevo. No parecía sorprendido en absoluto de que en un abrir y cerrar de ojos hubieran recorrido una distancia de miles de kilómetros.
—La última vez que estuve aquí era muy pequeño—explicó Tristán con una gran sonrisa— ¡Apenas si recordaba lo hermoso que era este lugar!
— ¿Puedes por favor explicarnos como es que llegamos aquí?—preguntó de repente Zander, observando asombrado de un lado a otro—Hasta hacía solo unos segundos estábamos en la torre de Pallas…
Endimión y Dante observaron de reojo a Tristán, atentos a su respuesta. El muchacho, encantado por la atención que recibía, se cruzó de brazos con aire soberbio.
—Esa es una de las grandes especialidades de nosotros los Pallasianos.
— ¿Pallasianos?
—Exacto—asintió Tristán—No cualquiera está a cargo de la difícil tarea de restaurar las armaduras… Supongo que se nos podría considerar como una raza o etnia más entre las cientos que existen en el mundo. De cualquier manera, los últimos de nosotros habitamos Pallas desde hace siglos, y somos dueños de habilidades muy especiales…—El chico guiñó uno de sus grandes ojos color Celeste—La telequinesis y la tele-transportación son solo un ejemplo de ello.
—Ya veo…—susurró Dante—Así fue como llegamos hasta aquí tan rápidamente.
—Así es—continuó Tristán, abriendo ambos brazos con los ojos clavados en el paisaje— ¡Y estoy encantado! Hacía mucho que deseaba visitar de nuevo el Santuario…
—Pues si ese es tu deseo entonces ya sé donde puedes hospedarte—exclamó alegremente Minako, situándose junto a al chico con una sonrisa cómplice—Espero que no tengas ningún problema. El templo de Venus se siente tan frío y solitario últimamem… ¡Hey!
Los dedos blancos de Amy sujetaron a Minako firmemente por la oreja, tirando de ella hacia un lado.
—Ni se te ocurra.
—Solo estaba bromeando—se defendió la senshi del Amor—Que carácter…
Los generales observaron asombrados a la senshi de Mercurio. Ninguno había notado cuando se la había puesto, pero la armadura celeste la cubría del cuello a los pies, con la larga capa blanca meciéndose a sus espaldas. Amy era una mujer alta, dueña de una soberbia elegancia. La armadura de Mercurio, rica en grabados y ornamentos, convertía esa complexión en algo imponente. Si antes había parecido fría y antipática, ahora su apariencia era la de una regia diosa bajada desde el mismísimo Olimpo.
—Tristán se quedará en el templo de Mercurio—continuó Amy, observando de reojo a su hermano—Ahora que la guerra me obliga a cumplir con mis deberes como senshi, el será el encargado de restaurar aquí las armaduras.
Tristán, furiosamente sonrojado, se limitó a asentir abochornado con la cabeza. Minako volvió a encogerse de hombros.
—Al menos me dejarás venir a hacerle un poco de compañía, ¿verdad?
El sonoro coscorrón que Amy le propinó en la cabeza arrancó las carcajadas del grupo de amigos, distendiendo por fin la fuerte tensión que los había invadido desde que pusieron un pie en Pallas. Endimión, a un costado del grupo, estiró sus labios en una leve sonrisa. Su mirada, no obstante, estaba perdida en otro lugar. A lo lejos, ascendiendo colina arriba, el Templo de la Tierra se alzaba contra el encapotado cielo nocturno. Endimión ensombreció su expresión.
"Espérame…Asteria"
El hombre encadenando al suelo ladeó ligeramente la cabeza, haciendo tintinear los eslabones de plata que se enterraban en su piel. No les estaba prestando ni la más mínima atención. De pie a unos cuantos pasos, Aeron, el centinela de la Séptima Legión Caótica, lo observó de reojo antes de hablar.
—Kunzite no debería contar con esa maldita de Alpha…—murmuró, cruzando sus musculosos brazos sobre el pecho—No es digna de confianza.
Lyanna torció sus labios en una mueca de desdén.
—Lo sé, pero haberle ordenado que acompañara a Eneas servirá para mantenerla ocupada en algo. Aún si las senshis no muerdan el anzuelo y no se presentan a investigar las extrañas muertes, Alpha podrá calmar un poco su sed de sangre con la gente de las ciudades.
Aeron frunció levemente el ceño. Era un hombre de fornida complexión, con una larga cabellera rubia y ojos de un azul intenso. Una barba incipiente le cubría medio rostro, acentuando su apariencia claramente nórdica.
—Está claro que las senshis de Selene marcharán hacia aquí dentro de poco—reflexionó—No entiendo por qué Kunzite ordena esta clase de acciones en un momento como este. Deberíamos preocuparnos en organizar nuestras defensas para cuando llegue el momento del ataque.
—Kunzite nos ordenó esperar desde un principio—lo corrigió Lyanna—El ataque fallido de Cratos y Zell al Santuario ha demostrado lo que tanto nos advertía: las senshis no pueden ser tomadas a la ligera.
—Y, según lo que sabemos, la mayoría de estas poderosas guerreras se preparan para atacarnos ahora.
—Desde ese punto de vista las órdenes de Kunzite tienen un poco más de lógica—comentó Lyanna—Ordenó a Eneas que barriera con esas ciudades para atraer la atención del Santuario. Luego de lo que ocurrió con los soldados plata que llegaron hasta nuestro castillo, junto con la senshi de Júpiter, lo más probable es que envíen a sus guerreras más fuertes a investigar.
—Y entonces tendríamos la oportunidad de acabar con unas cuantas de ellas antes de que el grueso de sus fuerzas se presente por aquí—concluyó Aeron—Debilitar sus tropas antes del ataque definitivo.
Lyanna asintió con la cabeza, pensativa. Era de contextura delgada. Vestía completamente de negro, con una lanza de guerra enfundada a sus espaldas, sobresaliendo la punta de plata por encima de su hombro izquierdo. Tenía el pelo negro atado en una alta cola de caballo, dejando que le cayera libre hasta media espalda. El color de sus ojos, fríos y azules, destacaba en el blanco de un rostro inexpresivo. Volvió la mirada hacia un lado, observando al hombre encadenado al suelo. Aún seguía con la cabeza gacha, como si no se hubiera percatado en absoluto de que Aeron y ella estaban ahí. Sacudió la cabeza.
—Por otro lado, no debes olvidar que Kunzite es uno de los Cuatro Generales del Negaverso—continuó—Todos los ellos siguen la filosofía de Metallia, su ama y señora. Para ellos, la oscuridad y muerte es una bendición, la salvación final de las almas humanas. Al ordenar los ataques sistemáticos de estas ciudades se debe estar asegurando también de predicar el mensaje de su señora.
—No muy distinto de nosotros en realidad—reflexionó Aeron—Estamos aquí para traer la muerte y la guerra al mundo, como es la voluntad del señor Chaos. La humanidad ha llegado al límite de su crueldad y corrupción. Nosotros nos encargaremos de corregir esas faltas purificando la tierra para así permitir la llegada de una nueva era…una utopía donde solo los justos vivirán. Ese es el deseo del gran Dios de la Destrucción.
Lyanna volvió a asentir.
—Por eso mismo no es de sorprenderse que nuestro señor haya aceptado colaborar con Metallia, quien seguramente se encuentra próxima a renacer. Nuestros métodos pueden diferir, pero el objetivo esencial es el mismo… Liberar al mundo del cáncer que lo corrompe—entrecerró sus ojos azules—Pero antes…
Aeron sonrió ferozmente.
—Antes debemos acabar con Selene y sus guerreros, los cuales no tardarán en visitarnos… Entonces nos desharemos del obstáculo que nos separa de una nueva era.
Lyanna observó fijamente a la figura encadenada en el suelo, como si esperara alguna reacción ante sus palabras. Nada.
— ¿Has escuchado, Enia?—preguntó en forma pausada—Las senshis de Selene marcharán hasta aquí dentro de poco… ¿No tienes nada que decir al respecto?
Por primera vez desde que entraran a la oscura habitación, la mujer en el suelo se movió, alzando ligeramente la cabeza. El cuarto era enorme, una gran sala circular de piedra negra, sin nada en ella aparte de las dos inmensas columnas ubicadas justo en su centro. La mujer estaba sentada en el espacio entre las dos columnas, encadenada a ellas por gruesas cadenas plateadas. Los eslabones se enterraban en sus muñecas y en sus piernas, manteniéndola pegado a las baldosas del suelo. Cuando alzó la cabeza, las pocas antorchas en las paredes revelaron el rostro tranquilo y sonriente de una joven de no más de veinte años. Tenía los ojos cerrados.
—Oh…oh…claro que si…—murmuró con voz suave—Estaré encantada de ayudar cuando las fuerzas de Selene lleguen aquí…
Lyanna y Aeron la miraron fijamente. Era una muchacha de largos cabellos oscuros, con un rostro de rasgos aniñados pero bellos. Vestía simplemente con una polvorienta túnica negra, la cual parecía quedarle un poco holgada. A pesar de encontrarse encadenada en el suelo, como siempre, su rostro amable y su voz alegre parecían indicar que no estaba para nada molesto con ello. De un modo u otro, era algo necesario…
—Por supuesto que ayudarás—asintió Lyanna—Es tu deber, como lo es de todos nosotros.
La muchacha esbozó una sonrisa que parecía llena de bondad. Casi.
—Claro que es mi deber. Sé quién es el enemigo, sé que es lo que debo hacer. ¿Acaso dudan de mí, queridos amigos?
Los dos centinelas intercambiaron miradas durante un segundo. La joven aguardó sonriente, con los ojos aún cerrados.
—El enemigo es Selene y su Santuario—comentó Aeron, avanzando cautelosamente un paso hacia ella—Necesitaremos de todas nuestras fuerzas para vencer en esta guerra. Las senshis han demostrado ser muy poderosas. Debemos acabar con ellas.
La chica abrió lentamente los ojos, clavándolos en Aeron. El centinela se detuvo en seco. Las pupilas que lo observaban brillaban en un intenso color rojo, el mismo rojo de la sangre que comenzó a manar desde la comisura de los labios y el rabillo de los ojos, como si fueran lágrimas escarlatas. La inocente sonrisa se estiró hasta volverse grotesca.
—Lo sé…
— ¡Aeron!
Lyanna gritó su advertencia justo en el momento en que la joven salió disparada hacia adelante como una flecha, estirando una mano con dedos como garras hacia la garganta de Aeron. El centinela retrocedió un paso, perplejo, viendo como la mano de la muchacha se cerraba a solo milímetros de su cuello. Las cadenas plateadas que unían sus muñecas a las columnas se estiraron rechinando de un modo alarmante, pero aún así lograron retener el avance de la joven, la cual se debatió como un animal enloquecido, intentando extender más su brazo hacia el hombre ante ella.
— ¡Maldición, Enia! ¡Ya cálmate!
Lyanna se interpuso entre ambos, decidida, pero aún así lo suficientemente lejos para evitar que la joven cayera sobre ella. Las manos de la muchacha se abrieron y se cerraron, ansiosas, contenidas a duras penas por los grilletes que le rodeaban las muñecas. Su angelical expresión se había contraído hasta volverse inhumana, salvaje; una expresión que parecía aún más terrible debido a la sangre que manaba en delgados hilillos desde sus ojos, su nariz y sus labios. Aeron se adelantó, atravesándola con la mirada.
—Ya es suficiente—ordenó—Cálmate.
La joven lo miró llenA de odio durante unos instantes, y luego sonrió, de un modo repulsivo, lamiéndose la sangre que resbalaba por sus mejillas. Muy lentamente, con movimientos como los de una fiera al acecho, volvió a sentarse en el suelo, cargando las espaldas contra una de las columnas. Sus ojos rojos se cerraron, devolviéndole a su rostro la misma expresión afable de antes. Casi.
—Lo siento—dijo en tono cordial, aunque sin ninguna muestra de arrepentimiento.
Lyanna y Aeron la miraron con recelo, sin decir nada. En ese momento fue que escucharon las carcajadas a sus espaldas.
—Pero por todos los dioses… ¿Qué acaso olvidaron por qué la tenemos encadenada?
Los dos centinelas miraron por encima del hombro, topándose con la silueta de un hombre apoyado de brazos cruzados contra una de las paredes. Alto, ancho de hombros, con una coraza de cuero y una larga capa roja, parecía un acaudalado general romano. Tenía un rostro cuadrado y varonil, de rasgos atractivos y mirada arrogante. Una delgada corona de oro, a modo de vincha, se abría camino entre el rubio rojizo de sus cortos cabellos rizados.
—Khal…—murmuró Aeron— ¿Qué es lo que quieres?
Khal, centinela de la Novena Legión Caótica, se acercó a paso tranquilo hacia ellos, sin descruzar sus brazos. La joven de las cadenas amplió su amable sonrisa, sin abrir los ojos.
—Señor Khal—canturreó con voz suave—Hacía mucho que no venía a visitarme.
—Calla, animal—espetó Khal—No he venido a hablar contigo.
— ¿Qué es lo que quieres?—repitió Aeron, observándolo severamente.
—Traigo noticias.
— ¿Cuáles?
—Erebo acaba de regresar de su pequeña excursión a Pallas—explicó Khal, ampliando su arrogante sonrisa—Al parecer no pudo cumplir con lo que Kunzite le ordenó.
—Tonterías—exclamó Lyanna—El poder de Erebo es uno de los mayores entre los doce centinelas, no hay modo alguno de que se viera obligado a retirarse ante esos patéticos alquimistas.
—No dudo del gran poder de Erebo, pero al parecer había otra senshi en la torre de Pallas, y no solo eso… El mocoso que tanto le interesa a Kunzite también estaba ahí.
— ¿El general de Luna?
Khal asintió.
—El mismo.
Lyanna y Aeron intercambiaron miradas nuevamente. A sus espaldas, la joven llamada Enia continuaba sonriendo en modo inocente, con su rostro cubierto de sangre.
—El alquimista de Palla es la senshi de Mercurio—reflexionó Aeron—Los otros que estaban con él deben haber ido hasta allí a reparar sus armaduras. Fue una coincidencia que estuvieran ahí cuando Erebo llegó.
—Seguramente—coincidió Khal—Pero eso quiere decir que, en estos momentos, todos ellos ya deben estar en el Santuario; no olvides la habilidad que tienen esos malditos Pallasianos para teletransportarse… En fin, si me lo preguntan, Kunzite dio demasiado tarde la orden. La idea era destruir a la senshi de Mercurio antes de que se sumara a sus compañeras, acabando a la vez con la única forma de reparar sus armaduras. Ahora, una senshi más se sumará al ataque contra nuestro castillo.
—Eso no será ningún problema—susurró la joven Enia, entreabriendo levemente sus ojos escarlata—No importa cuántas sean, lo único que tienen que hacer es…liberarme de estas cadenas.
Los centinelas la observaron en silencio. Khal sonrió.
— ¿Acaso no puedes romper tú sola esas cadenas, maldita animal?
Enia volvió a cerrar los ojos, devolviéndole la sonrisa con gesto amable.
—Lo haría si fueran cadenas ordinarias, señor Khal. Sabes muy bien que los amos Skotos y Nox las forjaron combinando sus poderosas energías. No pueden ser destruidas tan fácilmente—ladeó la cabeza, ampliando aún más su sonrisa—Ni siquiera alguien como tú, tan arrogante y poderoso, podría hacerlo.
Khal frunció el ceño, adelantándose un paso con gesto irritado, pero Lyanna lo detuvo extendiendo un brazo ante él.
—Déjala—ordenó—Debemos informar sobre esto a los señores Skotos y Nox. Ya tendrás oportunidad de demostrar tu poder cuando las senshis de Selene ataquen.
Khal soltó un gruñido, inconforme.
—No necesito darle pruebas a nadie de mi poder.
Sin agregar nada más, se encaminó con paso elegante hacia las enormes puertas dobles de la habitación. Lyanna y Aeron lo siguieron en silencio, dejando a la extraña prisionera a solas. Enia abrió completamente sus ojos, sonriendo como una bestia cuando las puertas se cerraron.
Las nubes se arremolinaban en el cielo como si interpretaran una especie de danza, espesas, grises, opacas. Pequeños trozos de azul estrellado podían adivinarse aquí y allá, a través de las pocas aberturas en el colchón grisáceo que era el cielo. En el horizonte, las fugaces descargas de los rayos dibujaban formas retorcidas y luminosas, pintando la noche de un blanco enceguecedor.
Se aproximaba una tormenta.
Endimión avanzó a través de las largas escaleras de mármol, con la vista enfocada en un lejano punto. Había dejado el Templo de Júpiter a sus espaldas, muchos metros más abajo. Por delante, al final del interminable tramo de escalones, el Templo de la Tierra lo aguardaba. Endimión aceleró el paso, entrecerrando los ojos. Estaba de vuelta… Había llevado a cabo la larga travesía hacia Pallas, había puesto a prueba su poder contra el enemigo y había encontrado al legendario alquimista. Su armadura, ahora, relucía con un brillo casi antinatural, más ligera y resistente que nunca. Endimión casi podía sentir la respiración de la plata, las leves palpitaciones de energía que recorrían como una corriente eléctrica todo su cuerpo, potenciando su aura mucho más de lo que siquiera habría soñado antes.
Si. Estaba listo. Ahora, más que nunca, estaba listo para someterse a una prueba definitiva antes de marchar hacia la batalla. El rayo brilló en el cielo, encendiendo el horizonte, cuando llegó al pie del templo. Tal como se había imaginado, la imponente guardiana ya lo esperaba allí, con ambos brazos cruzados sobre el peto de su armadura.
—Me estaba preguntando cuando vendrías—comentó Asteria, guardiana del poder de la Tierra, escrutando con atención a aquel que había sido su alumno.
Endimión asintió levemente con la cabeza, sosteniéndole la mirada. Asteria era una mujer de estatura respetable, con el cuerpo esbelto y marcado de una atleta. Tenía una ordenada mata de pelo castaño oscuro, con ojos severos del mismo color. Su rostro, de rasgos finos, compartía la misma expresión inflexible que su mirada.
Nobleza, solemnidad. Eso era lo que cualquiera que viera a Asteria sentía en forma inmediata. Endimión, como su alumno, lo sabía mejor que nadie. Y también había otras cosas de las que estaba al tanto. Cosas que había aprendido a la fuerza. Endimión había luchado contra dos de los temibles centinelas. Había sentido en carne propia lo que esos monstruos eran capaces de hacer. Y también había visto la verdadera aura de las todopoderosas senshis, un poder que sentía que estaba allí, tan cerca y tan lejos a la vez.
Solo con un poder como el de Pandora, como el de Asteria, como el de Sakura, Endimión sería capaz de convertirse en un verdadero protector de Selene. De Serena.
Debía dominarlo.
—Sé muy bien por qué estás aquí—continuó Asteria, cerrando los ojos—Eres consciente de que queda muy poco tiempo antes de marchar hacia la guerra, ¿verdad?
Endimión volvió a asentir. En el cielo, los rayos fueron seguidos por el retumbar de los primeros truenos.
—Entonces eres consciente de que si fallas…ya no tendrás una segunda oportunidad—Asteria lo atravesó con la mirada—Es ahora o nunca.
Las primeras gotas comenzaron a caer lentamente, humedeciendo los cabellos negros del joven.
—No fallaré…
La lluvia se desató, torrencial, sobre el Santuario de Selene.
La niña entrecerró levemente los ojos, alzando su brazo derecho con la palma en forma de lanza. Muy lentamente, casi como si alguien las estuviera pintando con un pincel, estelas doradas comenzaron a dibujarse alrededor de su brazo y su cuerpo. En un principio, cuando aún no sabía que era aquella energía, lo había hecho por instinto; un acto reflejo. Ahora, en cambio, se había convertido en algo casi tan natural para ella como respirar. El aura, la esencia del universo, estaba a sus órdenes.
Y por alguna razón, algo en ella la impulsaba a utilizarlo de una manera.
La niña abrió bruscamente los ojos, cortando verticalmente el aire como si blandiera una espada. Su brazo relampagueó con asombrosa velocidad, generando un vacío que cortó en enormes trozos las columnas amontonadas ante ella. Los trozos de roca cayeron con gran estruendo sobre la tierra, limpiamente cercenados como por una sierra gigante. La pequeño bajó el brazo, sonriendo satisfecha. Cada vez lograba una mayor velocidad al hacerlo, aunque aún distaba mucho de ser una técnica perfecta. Tal vez si intentaba…
— ¿Qué otra cosa podía esperarse de una fenómeno como ella…?
El susurro llegó claramente a oídos de la niña, a pesar de la distancia y el bajo tono de voz. Se quedó muy quieta, escuchando. Desde que el entrenamiento había comenzado a rendir frutos, enseñándole a manipular su inquieta energía, sus sentidos se habían vuelto tan finos como los de una bestia salvaje. Podía ver y escuchar con una precisión que la asombraba y asustaba por igual. Desafortunadamente, su recién amplificado sentido del oído solía traerle murmullos como aquel… Los muchachos a sus espaldas eran bastante mayores, y hacía tiempo que entrenaban duramente en el Santuario. Podía entender que alguien como ella, con apenas once años de edad, y solo uno de aprendizaje, despertara la envidia y el desprecio de sus pares. Podía entenderlo, pero eso no lo hacía menos hiriente…
—Después de todo es una de las consentidos de Magno—continuó el muchacho—Fenómenos…
—Silencio…si te escucha terminarás como esas columnas…
—No me hagas reír. Podrá ser fuerte, pero no tiene el temple necesario para convertirse en una verdadera guerrera. Podría golpearla en la cara y solo se limitaría a agachar la cabeza.
También podía entender que dijeran cosas como aquella. Después de todo, su carácter no había cambiado en lo más mínimo después de la terrible tragedia que ella y su hermano sufrieron. Seguía siendo la misma chica humilde y amable que prefería hablar antes de pelear. Los otros aprendices del Santuario le tenían una extraña mezcla de miedo, envidia y rencor. Envidiaban su gran poder, la facilidad con la que el aura brotaba de ella como una extensión más de su cuerpo; envidiaban que Magno la hubiera escogido personalmente para someterla a un entrenamiento que decidiría el futuro de los guardianes de Selene. Y también le temían. Temían su gran fuerza, el modo en que su aura podía cortar hasta el acero como una espada divina.
Aún así no se quejaba. No se podía dar el lujo de quejarse después de todo lo que Magno había hecho por ella y por su hermano; no cuando gracias a él tenían un lugar donde vivir y un plato de comida cada día. No, le debía demasiado a ese hombre como para quejarse, y además…quería ser fuerte. No podía dejar de pensar que sus padres aún vivirían de haber aprendido a controlar antes el poder que ahora tenía.
Debía ser fuerte.
—Bah… Ya vámonos.
Los muchachos detrás de ella se alejaron en silencio, dejándola a solas con las columnas destrozadas. La niña suspiró, alzando nuevamente el brazo mientras concentraba su energía. No podía dejar que nada la amedrentara. Muchas cosas dependían de ella ahora… Continuaría entrenando hasta volverse la más fuerte. Solo así podría proteger a aquellos a los que tanto amaba. La energía dorada volvió a arremolinarse en torno a su cuerpo cuando se colocó en pose ofensiva, preparándose para arrojar otra descarga hacia las columnas.
—No dejes que esos idiotas te molesten…
La niña se detuvo bruscamente, mirando hacia arriba por encima del hombro. Creía que se había quedado a solas luego de que los otros aprendices se marcharan, pero se equivocaba. Una niña de aproximadamente su edad, vestida con ropas de entrenamiento, la observaba desde lo alto de una columna. Estaba sentada de brazos cruzados, dejando que sus piernas se balancearan de un lado al otro en el aire. La ordenada mata de pelo aguamarina, casi verde, le caía ondulada sobre los hombros y los lados del rostro. Sus ojos eran muy azules, y la observaban con una expresión que rayaba la indiferencia. Le resultaba tremendamente familiar.
—Tu nombre es Haruka, ¿verdad?—le preguntó la joven de cabellos como el mar.
Ella asintió con la cabeza.
— ¿Por qué dejas que murmuren a tus espaldas?—continuó la recién llegada—Tienes un poder más que suficiente para hacer que se arrepientan del solo hecho de pensarlo. Las dos lo tenemos. Yo no dudo en usarlo para poner a la basura en su lugar. ¿Por qué tú sí?
Recién entonces Haruka la reconoció.
—Tú eres Michiru…—afirmó—Magno te trajo aquí hace unos meses.
La niña sentada en la columna esbozó una media sonrisa, bajando con un repentino salto. Haruka retrocedió cuando la joven cayó a su lado, quedando casi cara a cara.
—Sí, así es, mi nombre es Michiru. Te diré que no me pone para nada contenta ver que alguien con tu potencial se deja intimidar así.
Michiru.
Haruka la había visto de vez en cuando en el Santuario, junto a los demás aprendices, aunque jamás habían intercambiado palabra. De todos modos, estaba muy al tanto de su reputación. Michiru había llegado hacía solo unos meses desde las lejanas tierras del Este, y, al igual que ella misma, había demostrado poseer una avanzada comprensión del aura. Eso, sumado a su condición de extranjera, había despertado el menosprecio por parte de muchos de sus compañeros de entrenamiento. Claro que Michiru no se había quedado callada. Por lo que tenía entendido, no pasaba una sola semana sin que se estuviera metiendo en alguna pelea. Al parecer estaba invicta.
— ¿Y bien?—continuó Michiru, alzando una ceja.
Haruka sonrió tristemente.
—La verdad es que no me interesa lo que digan de mí… Yo simplemente estoy agradecida de poder estar aquí, en el Santuario, donde mi hermano tiene la posibilidad de un futuro. Si para ello debo soportar el desprecio de los alumnos mayores, que así sea. Debes entender que si Magno se enfadara conmigo por causar problemas, y nos expulsara, jamás me lo perdonaría… Debo cuidar de mi hermano.
Michiru la observó con el ceño fruncido.
—Idiota—murmuró— ¿Acaso Magno me ha expulsado a mí? Ya le di una paliza a la mitad de su Santuario, como mínimo.
La sonrisa de Haruka se amplió. Aquella niña comenzaba a caerle a ella.
—En fin—suspiró Michiru, encogiéndose de hombros—Es muy aburrido tener que entrenarse con todos esos pobre diablos que apenas están entendiendo lo que es el aura—la señaló con un dedo, colocando su mano en forma de lanza y agitándola de un lado a otro, como si cortara con un cuchillo imaginario—Eso que haces es muy interesante. Cortas la materia limpiamente, presionando con tu aura a modo de guillotina. Supongo que una técnica como esa sería muy difícil de evadir en un combate real…—Michiru se cruzó de brazos, mirándola con una sonrisa—Dime, Haruka, ¿deseas entrenar conmigo? Creo que a ambas nos vendría bien una compañera en medio de todos estos buenos para nada.
Haruka asintió, sintiéndose a gusto por primera vez en mucho tiempo.
—Será todo un honor, Michiru…
…Las imágenes se arremolinaron en su mente en forma nítida y veloz, fundiéndose y transformándose en nuevos recuerdos. Podía verse a sí misma en una de las tantas áreas de entrenamiento del Santuario, sola. Podía ver a las personas que la habían detestado por su calma forma de ser, por su carácter introvertido y por su increíble talento. Podía ver a Michiru bajando de un salto desde lo alto de la columna, hablándole de esa forma tan directa y descarada. Pudo ver el paso del tiempo, como poco a poco aquella niña se convirtió en su mejor amiga, la razón de considerar al Santuario como un verdadero segundo hogar.
Durante un instante, antes de entreabrir los ojos y verse a sí misma arrodillado, con los brazos inertes a los lados del cuerpo y la cabeza gacha, deseó poder regresar a aquella época; deseó que Michiru no estuviera derribada a sus espaldas, con solo su débil cuerpo separándola de una muerte segura. Deseó que toda la gente de la ciudad no estuviera inerte sobre la calle, inmersa en el sueño que las arrastraría hacia el otro mundo. Deseó poder evitarlo. Poder protegerlos. Salvarlos…
—Esta sí que fue duro.
La voz de Alpha le llegó lejana, como si la estuviera escuchando a través de un grueso muro de piedra.
—Sí, fue capaz de hacernos frente ella sola, soportando nuestros mejores golpes. ¿Una sola guerrera manteniendo a raya a dos centinelas? Eso es algo de admirarse.
Eneas se acercó lentamente hacia ella, escrutándola con sus grandes ojos verdes. A pesar de la horrible herida que la Espada Celestial le había abierto en el pecho, atravesando la armadura, no evidenciaba muestra alguna de dolor o agotamiento. De hecho, su imagen continuaba tan soberbia como siempre. Se movía en forma fluida, elegante, con la armadura negra ceñida perfectamente a cada contorno de su cuerpo. La capa blanca con bordados dorados, libre de la más leve mácula de sangre, ondeó a sus espaldas cuando se detuvo ante ella, a solo unos pocos metros de distancia.
—En fin, esta ya no supondrá ningún problema. Está más muerta que viva. Creo que es hora de encargarnos de la otra…
Eneas clavó su mirada en Michiru, quien intentaba incorporarse al otro lado de la calle, terriblemente enfurecida.
—De acuerdo—asintió Alpha—Terminemos con esto de una vez.
Las dos centinelas avanzaron a buen paso hacia la senshi de Neptuno, sonriendo decididas. Fue ahí cuando Haruka alzó levemente ambos brazos, cruzándolos rectos por delante del cuerpo, como las dos hojas de una enorme tijera. Eneas y Alpha se detuvieron en seco, observándola con el ceño fruncido. Haruka estaba de rodillas en el suelo, a unos cuantos metros de ellas. Tenía la cabeza gacha, con sus cortos cabellos arena ocultándole los ojos. Era el único obstáculo que las separaba de Michiru.
—Haruka…—murmuró Michiru, intentando en vano incorporarse—No lo hagas…
Alpha se cruzó de brazos, con una mueca de impaciente desagrado en el rostro.
—Bien…—siseó—Parece que aquí hay alguien que no sabe cuando darse por vencida…
—Lo repito—sonrió Eneas—Es algo más que admirable. Por eso propongo algo…pongamos un fin digno a la vida de esta guerrera.
La joven centinela alzó un brazo, colocando su mano en forma de lanza. A pesar del daño que había recibido durante el combate, su aura se elevó de un modo indescriptible, concentrándose en torno a su mano extendida. De pie a su lado, Alpha sonrió como una bestia.
—Todo eso del honor y la dignidad me tiene sin cuidado—dijo alzando una mano empuñada—Pero será divertido.
Alpha concentró una enorme cantidad de energía en torno a su puño, materializándola en la forma de pequeñas descargas color escarlata. El suelo bajo sus pies se agrietó y el polvo voló en todas direcciones cuando liberó el aura en cientos de miles de haces de luz roja, las cuales generaron pequeñas explosiones que avanzaron a toda velocidad hacia su objetivo.
— ¡Fusión Estelar!—exclamó sin dejar de sonreír.
De pie junto a ella, Eneas no se hizo esperar. Menos de un segundo después, su brazo derecho se movió en la noche como si fuera una espada, trazando un corte horizontal que distorsionó el aire a su alrededor.
— ¡Tajo Umbrío!
Un vació cortante brotó del golpe de Eneas, fundiéndose en la explosión de luz creada por Alpha; un inmenso corte de guadaña rodeado por miles de estallidos de energía simultáneos. Todo ese enorme poder avanzó inclemente hacia la senshi de Urano, quien continuó en la misma postura indefensa, arrodillada en el suelo, con la cabeza gacha y los brazos cruzados delante del cuerpo.
— ¡Haruka!—exclamó Michiru, alzando una mano hacia su amiga.
Haruka no prestaba atención. El mundo había desaparecido en torno a ella. Toda su percepción, todo su ser, su alma, su espíritu, todo, se enfocó pura y exclusivamente en la esencia del aura. La destrucción que avanzaba hacia ella era veloz, imparable, un ataque capaz de destruir las mismísimas estrellas. Pero Haruka no encendió su aura al límite para salvarse, no abrió bruscamente sus brazos, haciendo uso de una velocidad imposible, para salvar su propia vida. No. Lo hizo para evitar que aquellos que buscaban la destrucción asesinaran a su amiga. Lo hizo para evitar que la gente de la ciudad sucumbiera ante la maldad de los esbirros del Dios de la Destrucción. Lo hizo por su hermano. Por Magno. Por Michiru. Por los inocentes. Por Selene. Y al final…también lo hizo por sí misma.
— ¡Ráfaga de Espadas!
Haruka abrió sus ojos, con el brillo de la determinación total brillando en su última mirada. En ese momento no importaron las terribles heridas que cortaban su cuerpo, desangrándola hasta el borde de la muerte, no importó el daño y el agotamiento que la habían llevado al límite de la resistencia humana. Sus brazos se abrieron en un movimiento tan feroz y preciso como el destajar de una espada, haciendo estallar la esencia del aura, encendida hasta el infinito, en la técnica más poderosa de Urano.
La Espada Celestial se multiplicó. Las ondas cortantes de la espada divina se entrecruzaron entre sí en una inmensa cuadrícula de energía dorada; cientos de miles de filos de luz entretejidos en un muro cortante imposible de eludir, imposible de contrarrestar. Eneas y Alpha observaron con los ojos desorbitados como aquella pared de luz cortante avanzaba indemne a través de sus dos ataques combinados, deshaciéndolos en el aire con una facilidad asombrosa. El Tajo Umbrío y la Fusión Estelar fueron disueltas ante el violento choque de su contraofensiva, la cual se abrió hacia arriba y hacia los lados como si fuera una ola de luz, engullendo a las centinelas.
En el centro de poder del increíble ataque, sin lugar a donde huir, Eneas fue golpeada por cientos de miles de cortes a la vez. Aquella era la esencia de la Ráfaga de Espadas; un muro recto de líneas destajadoras que se abría como fauces al alcanzar a su objetivo, envolviéndolo en un abrazo mortal desde todas direcciones. La armadura de Eneas, voló en mil pedazos, cortada en líneas rectas y precisas. El cuerpo debajo sufrió la misma suerte… Ni siquiera tuvo tiempo de gritar.
Menos de un parpadeo después, ya todo había terminado. La amplia avenida quedó cubierta por profundos surcos rectos, los cuales se extendían en todas direcciones, trepando por los muros de los edificios más cercanos. No había ni rastro de Eneas. Una gran mancha roja sobre los adoquines era el único vestigio de la centinela de la Octava Legión Caótica.
El silencio se apoderó de la noche.
Haruka bajó ambos brazos, dejando que colgaran inertes a los lados del cuerpo. Aún seguía de rodillas en el suelo. La sangre manó abundante por sus numerosas heridas, filtrándose por debajo de su armadura hasta los adoquines de la calle, rodeándola de un brillante círculo carmesí. Volvía a sentir. Y lo que sentía le indicaba que estaba en serios problemas. El combate había sido duro, demasiado para el cuerpo de cualquier hombre mortal. Lo que veía, sin embargo, le indicaba que todo había valido la pena. Michiru estaba a salvo. Y la gente… Haruka pudo sentir sus respiraciones acompasadas. Aún dormían, pero pronto despertarían. La energía corruptora de Eneas había desparecido.
—Haruka…
La senshi de Urano giró lentamente la cabeza hacia un lado. Michiru estaba ahí, a unos cuantos metros de ella, arrodillada, con el brazo derecho sujetándose el hombro opuesto. Lo primero que pudo ver fue la preocupación brillando en sus ojos azules, una preocupación que pronto fue reemplazada por el más puro pavor. Michiru extendió un brazo hacia ella, con el rostro deformado por el pánico.
— ¡NO!
El peso del universo cayó sobre Haruka. Una brutal presión la alcanzó de lleno en la espalda, implacable, justo en el punto donde el corazón y el pulmón se superponen. El mundo se transformó en un agudísimo dolor cuando cayó pesadamente al suelo, notando el sabor de la sangre en la boca. Apenas pudo sentir el pie que le aplastó cruelmente la cabeza, presionando contra el suelo.
— ¡Maldición!—exclamó Alpha, sacudiendo su mano derecha—Mi puño tendría que haberla atravesado de lado a lado. Todo lo que dicen sobre las armaduras de la senshis es cierto… ¡Solo los dioses pueden romperlas!—suspiró, encogiéndose de hombros—De todos modos el efecto será el mismo. Ningún cuerpo humano puede soportar tanta fuerza a tan corta distancia, con armadura o sin ella. Más estando tan dañada.
Alpha, centinela de la Primera Legión Caótica, sonrió cruelmente, aumentando aún más la presión de su pie. Su hermosa armadura negra y su capa roja estaban intactas, sin el más leve signo de daño.
—Tú…—murmuró Michiru, temblando de rabia— ¡Maldita!
La senshi de Neptuno intentó reunir lo que le quedaba de energía para incorporarse y atacar, pero Alpha la señaló bruscamente con un dedo, moviendo el brazo a una velocidad imposible. Michiru sintió que una fuerza invisible la golpeaba en el rostro con la potencia de un mazazo, arrojándola de espaldas al suelo.
—Quédate tranquila ahí, amiga—exclamó alegremente la centinela—Enseguida me encargo de ti.
Michiru se semi incorporó con dificultad, limpiándose la sangre del rostro con el dorso de la mano.
— ¿Cómo…cómo diablos sigues con vida?
Alpha se encogió de hombros.
—No voy a negar que tu amigo aquí abajo me tomó por sorpresa… Ese ataque me habría dejado reducido a una mancha sobre la calle, como sucedió con la pobre Eneas—señaló con el pulgar hacia un costado, indiferente ante la muerte de su compañera—Afortunadamente yo sí pude moverme a tiempo, aunque voy a admitir que no fue para nada fácil. ¿No es así, Haruka?
Alpha levantó el pie, dejándolo caer con fuerza sobre el cráneo de la senshi caída. Michiru observó con los ojos echando chispas como el rostro de Haruka se hundía contra el pavimento, agrietándolo profundamente. La senshi de Urano no se movió ni se quejó. Parecía estar totalmente inconsciente…
— ¡Detente, maldita cobarde!—exclamó Michiru, intentando levantarse de nuevo— ¡Pelea conmigo y déjala en paz!
Alpha la miró de reojo en forma despectiva, sin retirar el pie de su cruel posición.
— ¿Pelear contigo dices? Mírate…apenas puedes mantenerte en pie, y no es para menos. Hasta yo debo reconocer que el poder de Kunzite, cuando se lo propone, es algo insuperable. Ese ataque tendría que haberte matado de un solo golpe—la sonrisa se amplió en labios de Alpha, despiadada— ¿Quieres que sea yo quien termine el trabajo del perro de Metallia? Por mí está bien…
Michiru observó con los dientes apretados como Alpha se volvía hacia ella, retirando por fin el pie de la cabeza de su amiga. Esa mujer era fuerte, muy fuerte… No solo había logrado evitar la técnica definitiva de Haruka, algo que parecía imposible dado la distancia y la velocidad, sino que tampoco presentaba ni el más leve rastro de daño o agotamiento. Michiru había visto a Haruka enfrentar a las dos centinelas a la vez; la había visto contrarrestar y golpear a Alpha en varias ocasiones, pero la maldita seguía como si nada hubiera pasado. Estaba en problemas… Alpha no había mentido al decir que el ataque de Kunzite, debería haberla matado. El poder del general era aún más monstruoso que el de aquella bastarda arrogante que la observaba con sus ojos rojos, sonriendo de una manera repugnante. Sabía que no tenía fuerzas para enfrentarla…
—Morirás entonces, Michiru. Como ya dije, no será una pelea. Más bien una ejecución. ¿Pero qué importa? Lo esencial es el resultado…
La sonrisa de Alpha se volvió oscuramente sádica cuando echó a andar hacia ella, apartando su capa roja de un manotazo.
—No…
La centinela se detuvo, observando sorprendida hacia abajo. Michiru también miró. No podía creerlo…
Haruka se había movido. Boca abajo sobre el suelo, con unas heridas que habrían matado a cualquier guerrero, la senshi de Urano estiró su brazo derecho, sujetando a Alpha por el tobillo.
—No…no permitiré que te acerques…—murmuró con un hilo de voz.
La expresión de su rostro se había vuelto turbia, aletargada, pero sus ojos azules aún brillaban como brasas al rojo vivo. Alpha le sostuvo la mirada con el ceño fruncido durante un largo rato. Podía sentir a través del metal de su armadura como aquella mano de acero le estrujaba el tobillo con una fuerza increíble, una fuerza que alguien al borde de la muerte no debería tener. Desvió la mirada hacia Michiru. La senshi de Neptuno observaba asombrada la escena, preparada para intervenir en cualquier momento. Pero ya no tenía fuerzas para hacerle frente. Ninguna de las dos la tenía. Aquello ya no era divertido.
Alpha sonrió, liberándose del agarre de Haruka con un brusco movimiento del pie. Era una verdadera lástima que la emoción se esfumara así de repente, aunque por otro lado estaba segura de que haría enfurecer al cretino de Kunzite. Solo por eso ya merecía la pena. Volvió a mirar a la senshi de Urano. Por lo menos no se iba con las manos vacías.
—Muy bien entonces…—murmuró, señalando a Michiru con el dedo—Sabes muy bien dónde encontrarme, senshi de Selene. Si quieres vengar la muerte de tu valiente amiga ven a buscarme. Puedes traer al resto de las senshis si quieres. Yo las estaré esperando…y entonces haremos que todo esto sea mucho más divertido.
Alpha soltó una áspera carcajada, dándole las espaldas. Sin mirar hacia atrás ni una sola vez, como si no le importara que intentaran atacarla por la espalda, echó a andar a través de la amplia avenida, perdiéndose en la oscuridad de la noche. Michiru tardó unos cuantos segundos en reaccionar.
— ¡Haruka!
Casi arrastrándose, llegó hasta su compañera, arrodillándose para tomarla entre sus brazos. La expresión de Haruka la sorprendió. La senshi de Urano sonreía levemente, con los ojos terriblemente apagados. Apenas pudo sentir su respiración cuando la tomó entre sus brazos, colocando una mano sobre su pecho.
—Maldición…—murmuró Michiru, sintiendo como lágrimas de rabia e impotencia comenzaban a formarse en sus ojos—Esto no puede terminar así, Haruka, no debe terminar así… Tú…tú eres la mejor de todas nosotras. Magno estaba en lo cierto…te necesitamos, todos te necesitamos. Solamente tú puedes guiarnos…Debes vivir… ¡Debes vivir!
La sonrisa de Haruka se volvió más intensa, aunque no la miraba. Sus tranquilos ojos azules habían perdido todo rastro de brillo.
—Estás a salvo…—susurró, con un tono de voz casi inaudible—No sabes…cuanto me alegro, Michiru…
Michiru sacudió la cabeza.
— ¿Crees que me importa estar a salvo en este momento? ¿Crees que me preocupo por mí cuando tú…cuando tú estás…?
—No seas tonta…—Haruka clavó su opaca mirada en ella, provocándole un escalofrío—No solo tú estás a salvo…mira a tu alrededor…
Recién entonces Michiru lo notó. Los habitantes de la ciudad, las miles de personas que habían caído bajo el influjo mortal de Eneas, por fin despertaban. Pudo ver como una niña de no más de seis años, tumbada al otro lado de la calle, se ponía en pie lentamente, mirando confundida a su alrededor. Poco a poco, muy lentamente, las calles y las aceras se llenaron de movimiento. Miles de personas aturdidas se miraban unas a otras, sin entender que había sucedido. Pero Michiru no prestó atención.
—Idiota…—murmuró con una sonrisa—Es tal como dijo Magno. No solo lo hiciste por mí, no solo salvaste mi vida… Lo hiciste por todos ellos, por la gente inocente que te rodea, para que ya nadie tuviera que sufrir lo que tú sufriste… Magno siempre tuvo razón. Es la bondad de tu corazón lo que lo llevó a escogerte; es la nobleza de tu espíritu lo que te hace la mejor de todas nosotras.
Haruka no respondió a eso. De pronto su expresión se volvió terriblemente seria, mirándola desde el fondo de sus ojos apagados. Michiru notó alarmada la palidez extrema de su rostro, el modo en que su cuerpo parecía hundirse más y más entre sus brazos.
—Michiru…—susurró—Tú eres la mejor amiga que jamás he tenido, alguien por quien entregaré gustosa esta vida… A nadie más podría pedirle esto… Por favor…cuida de mi hermano.
La senshi de Neptuno negó con la cabeza, conteniendo las lágrimas.
—No me pidas eso, Haruka. Tú misma protegerás a Zaid, como siempre lo has hecho. Regresaremos juntas al Santuario, ya lo verás. Vas a recuperarte… ¡Vas a recuperarte!
La sonrisa, aquel gesto con el que siempre encaró al mundo, como si nada fuera capaz de doblegarla, volvió a llenar el rostro de Haruka de Capricornio.
—Yo…yo te amo…
Las palabras, tristes, resonaron una y otra vez en la mente de Michiru; palabras que la acompañarían hasta el último de sus días.
Las últimas palabras de Haruka, la senshi de Urano, la más noble y valiente de todas las senshis de Selene.
.
Continuará…
.
Un capitulo muy dificil y muy triste, espero poder compartir el sentimiento que tenia al escribirlo.
Mary Yuet. Muchas gracias por tu Review, me encanta leerlos. De verdad me emociona. Muchas gracias por seguir mi historia.
Aure-chan
