11 – Caramelo
James siempre fue un chico fuera de serie. En todos sus aspectos. El tener kilómetros de pergamino con su lista de miedos infantiles, era algo que constaba en la letra pequeña de su contrato como chico diez.
Todo el mundo tiene manías de pequeño, pesadillas extrañas de la infancia. Algunos tienen miedo a los payasos (seres que, según Sirius, deberían ser exterminados de la faz de la Tierra), otros pequeños magos, a los grindylows. En la familia de Peter no se comen judías, por cierto antepasado suyo llamado Jack, que las prohibió para las generaciones Pettigrew. Pues bien, a James le pasaba con los filetes de pollo.
- Me ha relinchado, mamá, de verdad.
- Por Dios, James, ¡pero si es pollo!
- Pues será carne de quimera, pero de verdad que me ha relinchado.
Y así continúa la larga lista de seres y objetos, como son: los zapateros, las acuarelas, los fotomatones, las cañas de pescar, los pintalabios, el queso cheddar, las recordadoras, los mayordomos, los calcetines desparejados, el número 430 y los cactus.
- ¿Qué pasa si estalla, mamá?
- Un cactus no estalla, cariño.
- Ya, pero, ¿y si el nuestro estalla? ¿Y si me clavo una de las espinas en el corazón? ¿Y si le salta un ojo al abuelo mientras duerme? ¡No puedo vivir con ese riesgo!
- Más bien con esa paranoia…
Normalmente los niños pierden esos miedos absurdos al llegar a la pubertad (aunque Lily, aun en Hogwarts, murmuraba lumos en mitad de la noche para no estar totalmente a oscuras), pero hemos de recalcar que –como ya mencionamos-, James no es un chico normal.
- James, estás muy callado, ¿te pasa algo? –le pregunta Peter mientras manda a su caballo comerse un alfil del buscador. El moreno, al otro lado del tablero, mantenía la mandíbula como pegada con cemento.
- Sí, Jim. Aún no has hecho ninguno de tus planes absurdos diarios… -comentó Sirius, a la vez que pasaba una hoja de su revista, tumbado bocarriba en uno de los sofás-. Estoy empezando a pensar que el amor está atrofiando tus dotes –sonríe, mientras mira insinuante a la pelirroja (que bufa por no reír).
- No es nada, de b-verdad. Estoy biend… -dijo el aludido sin apenas separar los labios.
- James, si pones una D después de "bien", es que no estás "biend" –dijo Remus, tomando la situación como de suficiente importancia para cerrar su novela. Se levantó con su calma habitual y se plantó a su lado, ahora con mirada severa-. ¿Qué te pasa?
- Nad… nad… nad… ¡Auch! –gritó sujetándose el moflete con una mano. Prácticamente toda la Sala Común se giró a mirarlo, encontrándose con el prefecto Lupin haciendo una revisión bucal del jugador de quiddich.
- Siento decirte, querido Prongs, que tienes una caries.
Y eso es lo que le pasa a los magos fuera de serie, que no actúan como el resto. Que a sus preciosos 16 años, se levantan de un salto –derribando a sus amigos, el tablero de ajedrez y hasta un candelabro- mientras gritan "NO PIENSO IR AL DENTISTA", con todas sus fuerzas. Y corren por los pasillos, huyendo, sin recordar –ahora centrándonos en nuestro mago- que dejó en el cuarto el ahora no tan magnífico mapa, que permitiría que Remus lo encontrara.
Sí, James Potter, cuyo mayor deseo es luchar cara a cara con el propio Voldemort, tiene terror a los dentistas. Qué más da que con un movimiento de varita se arregle todo. Les tiene más terror que a los filetes que relinchan.
- James, por favor, no me seas crío –dijo a una aparente armadura. Armadura que incluía a James como componente base. Sí, siempre se le dieron bien las Transformaciones.
- Pues soy un crío. Mírame, estoy dentro de una armadura, y te escupiré como te me acerques- Tonto. Feo. No iré al dentista. Y no me hagas seguir hablando, que me duele –sollozó la armadura, haciendo que Remus suspirase de forma dramática.
- No es el dentista, es solo Madame Pomfrey. ¡Por dios, ¿cuántas veces te has roto huesos con el quiddich?! ¡Si no es nada!
- Huy, sí, aquí viene Don Dentadura Perfecta a darme clases de moral –bufó el yelmo.
- No: Don Dentadura de Licántropo. Y como no vengas conmigo, Potter, te quitaré puntos y te morderé. Pasaras las mejores noches de tu vida, te lo aseguro.
- ¿Pretendes darme miedo? ¡No quitarás puntos a tu propia casa! –ahora un brillo de malicia (también denominado "Merodeador" surgió en los ojos ámbar).
- James Potter, ¿eres consciente de que YO he conseguido someter a Sirius Orión Black? Y sexualmente hablando, tú me entiendes –cualquiera que lo hubiera visto, hubiera podido apreciar un brillo procedente del colmillo del hombre lobo, que se veía tras su media sonrisa-. ¿Crees en algún profundo recóndito de tu alma que no seré capaz de convencerte? –hubo un silencio que demostró que James no podía negar lo que oía. Cuando se dispuso a comentar, escuchó de nuevo:- James… ¿no sabes que dan caramelos al salir? –preguntó con (coffalsacof) inocencia.
- Ca… ¿caramelos? –por un momento fue capaz de ignorar el dolor de su muela picada, para perder la transformación de la cabeza y mirarlo con ojos brillantes tras las gafas.
- Sí, caramelos –sonrió San Remus, patrón de los Malditos Manipuladores Sexys. Aún más sonrió cuando Potter volvió a su forma original, pareciendo más que nunca un niño, aún con la mano en el moflete y sujetando de la otra la túnica de Remus. Sí, porque era un niño, con pánico al dentista y adicto al azúcar. Lo que no sabe –o Remus no le quiso contar- era que los dichos caramelos no tenían color, ni azúcar ni nada que les diera el nombre de "dulces". Sí, los manipuladores tienen mala memoria.
Y otros saben especialmente bien cómo jugar las cartas y qué As es el último que se enseña.
