Capítulo 11.- El libro favorito.

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Entramos como autómatas a nuestro hogar.

Nadie. Salvo un par de mensajes en la contestadora, uno de Raph y otro de Mike, avisando que seríamos los únicos en la guarida hasta el amanecer.

Era un alivio.

Nos pasamos de largo la sala, la cocina, el dojo y el desorden... pasamos por alto incluso las huellas de la pelea en nuestros cuerpos.

Miré el reloj de pared, que anunciaba calladamente la una de la mañana.

Entramos a mi habitación sin decir nada. Le pregunté si no quería irse a la suya. Él se lanzó a mi cama, enroscandose en posición fetal, ignorandome, como si de pronto yo hubiera desaparecido. Lo único que parecía haber en su rostro era cansancio...

Me tiré junto a él. No quería pensar en lo que había pasado. No quería pensar en nada. Había mil preguntas por hacer, mil asuntos no resueltos en el aire, pero no era el momento. Acostado exactamente paralelo a él, pero mirándole a la cara, busque su mano con la mía. Él la sujetó vagamente.

Por un momento creí que lloraba. Me incorporé para mirarlo mejor (aún teníamos la luz encendida). No, sólo había sido mi imaginación.

Pero su rostro, su expresión, me preocupaba. Tenía la cara de un niño a quien le dicen de pronto que Santa Claus no existe.

-¿Estás... bien?- pregunté despues de un ratito de inmovilidad absoluta.
-Más o menos...- vaciló unos segundos. -más... o menos...

Acaricié su mano suavemente, con la yema de mi dedo pulgar.

Estaba frío como la porcelana. Con la piel húmeda por la lluvia.

Afuera se había reanudado la tormenta, con renovados bríos. Podía saberlo por el afluente del agua que corría furiosamente en las tuberías paralelas a mi alcoba. Dentro de ella el rumor sordo del torrente era atronador...

Me dolía la cabeza. Me dolía como si el agua misma martillara mis sienes. La luz me molestaba, así que me incorporé para apagarla, aún sin saber que hacer con el adolescente que yacía a mi lado...

En cuanto sintió que me movía trató de incorporarse tras de mi. Pero se quedó a la mitad del movimiento, paralizado, en medio de una mueca de dolor.

-¿Estás bien?- repetí, angustiado.

Iba a decir algo, pero se arrepintió y en vez de eso apretó los dientes.

Una ligera sospecha se me incrustó en el caparazón. Abrí la boca, pero no me salía la voz.

Finalmente la pregunta escapó a mis labios, en un graznido extraño.

-¿Te... lastimé?

Ladeó ligeramente la cabeza hacia la derecha.

Siempre ha sido su manera de decir un sí que no quiere admitir.

Me mordí los labios, pero aún así dejaron salir un suspiro.

-Ah, Don... ¿Me creerías si te digo que lo siento...?

Lo que seguía era obvio, lo hemos visto miles de veces en la TV; uno dice que lo siente, el otro lo perdona y son felices para siempre.

Quizá fue por eso que me dolió tanto su respuesta.

-Ya no sé si creerte, Leonardo...

Su voz, casi un susurro, flotó a mi alrededor, como humo. Un humo que hizo de pronto más difícil respirar...

Volví a acostarme a su lado. Tomé su mano con la mía. Seguía helada.

-¿Porqué...?- preguntó por fin, con el humo de su voz hiriéndome la garganta al hablar.
-¿Porqué...?- repitió él, con suavidad. Ya no le quedaba más ira. En su expresión sólo había decepción. -Eres mi hermano mayor. Confiaba ciegamente en tí. Se suponía que si con alguien debía estar seguro era contigo... Y mira...

Cada una de sus palabras era como un dardo a mi corazón.

-Donnie... te juro qué si hubiera pensado que tu no lo deseabas no...
-Jura todo lo que quieras... No lo sé, tal vez tengas razón. Tal vez todo este tiempo había anhelado el encuentro tanto como tú. Tal vez incluso avivé sin querer queriendo el fuego en que ardías... Pero ¿Y si no hubiera sido así? Nada te importó, Leonardo. Nada...- su voz se hacía cada vez más debil. -Ni siquiera yo.
-Donnie...- Me exasperé. -¡Por favor, tienes que creerme¡Me moriría sin tí!
-Y yo sin tí...- suspiró. Pude percibir la desolación en aquel suspiro. -Te quiero, Leo... Te quiero. Pero no... ya no confío en tí.

Aquel sencillo discurso me hizo sentir una profunda desesperación.

Lo amaba, lo necesitaba, lo había tenido al alcance... y lo arruiné todo, todo... Idiota.

-Te amo...- le solté de pronto, sin más. No me quedaban más cartas que jugar, así que le aposté todo a la sinceridad.

Por desgracia él tambien.

-No puedo fiarme a tus palabras, Leo... Lo siento.
-¿Que puedo hacer para que creas de nuevo en mi? Lo que sea, lo haré.
-Ojalá fuera tan fácil... No lo sé... No lo sé.

Se quedó callado por espacio de los dos minutos más largos de mi vida. Luego inesperadamente habló.

-Hagamos esto: Mi cumpleaños será en poco tiempo. Si para entonces puedo tener fé de nuevo en tí, entonces... podremos hablar. Pero de otro modo tendrás que olvidar este asunto para siempre y me dejarás en paz. ¿Es un trato?

Seguí el impulso repentino de abrazarlo. Admitió la caricia, pero no la correspondió.

-Responde sí o no.

No tenía opción.

-Será como tu digas...

Don pareció reconfortarse con esa afirmación. Sin zafarse de mis brazos, no pasó mucho tiempo antes de que se quedara dormido.

Yo no pude pegar los ojos.

No confiaba en mi. Ya no confiaba en mi. Quería olvidarlo todo...

Qué doloroso podía llegar a ser.

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Cuando el reloj marcó exactamente las cinco menos cuarto, me levanté. La cama me parecía insoportable. Don de inmediato resintió la ausencia de mi calor. Se hizo rosca sobre sí mismo y soltó un ligero quejidito.

-Aquí estoy...- susurré a su oído. -Vuelvo enseguida.

Se abrazó a sí mismo. Instintivamente lo cubrí con las cobijas y el soltó una carraspera flemática. Tenía días con esa tocesita molesta. Quizá el frío había acabado de vencer a su sistema inmune...

Me metí bajo el agua caliente de la ducha. Aún sin saber que pasaría con Donnie y conmigo.

Sus palabras resonaban en mi cabeza. "No confío en tí." Dolía. Y entre más lo pensaba era peor, porque sabía que quien cargaba con la mayor parte de la culpa era yo.

Aún con el ruido de la regadera pude oír entrar a alguien a la guarida. Debía se Raph, era muy temprano para que Mickey y el maestro volvieran. Cerré el paso del agua para secarme y salir, deseando no pensar en nada, aunque sin lograrlo.

Alcancé a salir a tiempo para ser recibido por un rudo "Hola" antes de que Raph se encerrara en su habitación.

Venía bastante bebido. No le dije nada. No tuve cara para decirle nada.

Pero mi mente andaba muy lejos de mi rebelde hermano. Ahora había otro que me preocupaba mucho más por razones abismalmente distintas. Miré a mi alrededor tratando de ahuyentar la imagen de la figurita triste que dejé en la alcoba y mis ojos en seguida se toparon con el almanaque.

No podía ser... ¿Tan rápido había pasado el tiempo?

Faltaba una semana para su cumpleaños.

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No era la clase de noticia que me llenara de felicidad.

A una semana de su cumpleaños...

No pude evitarlo. Me tiré en la primera silla que encontré y hundí la cara entre mis manos...

En ese momento exacto me sobresaltó el ruido en la puerta principal.

-¡Somos nosotros!- anunció la voz invariablemente entusiasta del menor de mis hermanos. Se acercó a la cocina, donde yo estaba, mientras Splinter saludaba animadamente y anunciaba que dormiría un poco más antes de salir a desayunar.

Mike dejó sobre la mesa un curioso paquete en una bolsa negra.

-¿Y eso que es?- pregunté. No por curiosidad, sino por mera inercia.

-¡Shhht!- me hizo el gesto obvio mientras miraba a su alrededor de forma furtiva, como si estuviera traficando drogas. Y luego agregó en voz baja: -Es el regalo de Donnie, viejo.
-¿Y... que es?- inquirí en el mismo tono pretendidamente secreto.
-¡Va a encantarle! Es una nueva grabadora, la suya ya no sirve para nada y ahora él ya no puede arreglarla, así que...- se interrumpió y me observó con curiosidad. -Viejo¿Te sientes bien?
-¿Ah...¿Porqué la pregunta?
-Tienes cara de accidente, Leo... ¿Dormiste mal anoche?

No había dormido un ápice. Pero era lo único que en ese momento me importaba un carajo.

-Estoy bien, Mike... un poco cansado, pero es todo.
-Y... ¿Ya tienes el regalo de Donatello?
-Err...- bueno, supuse que largarme de la casa y salir de su vida sería un buen regalo, pero aún no sabía si tendría el valor de renunciar a verlo por el resto de mis días. -No, no en realidad... Pero casi lo he terminado...

Mike me guiñó un ojo y me sonrió de forma solidaria.

-Don ha estado raro últimamente... Espero que su cumpleaños lo alegre. ¡Pienso hacerle un pastel¿Crees que de chocolate está bien?

De chocolate con salsa de cerezas, de hecho. Don no es fanático de los dulces, pero esa combinación suele volverlo loco.

Se lo aclaré a Mike. Traté de sonreírle, pero no pude. Mike me miró muy extraño.

-Necesitas descanso, viejo... Te ves, no sé, como medio enfermo... más bien triste...

Triste. Sí, esa era la palabra...

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Ese desgano se me aferró al caparazón por días.

Entre más se acercaba la fecha clave más tenso me ponía.

El reto había sido imposible. Por la sencilla razón de que sistemáticamente desaparecí para él.

No me hablaba, no me dejaba hablarle y en todo momento evitó que pudiésemos volver a quedar a solas en la guarida.

Estaba claro que me había puesto una prueba insalvable. Me la había puesto para probarme y probarse a si mismo que no estaba rechazándome sin una oportunidad. Pero había sido lo bastante difícil para asegurarse de que de todas maneras mis posibilidades fueran nulas.

Me dediqué a tristear por la casa, sin hacer caso a nadie ni a nada, primero obsesionado por encontrar la forma de demostrarle a Don que podía confiar en mi, despues abatido por la resignación...

Los demás lo notaron, pero a excepción de unos pocos momentos en general optaban por dejarme sólo. Siempre he sido así, resuelvo mis problemas por mi cuenta... o al menos lo intento.

Se preocupñaron más por la conducta de Don que por la mía, de hecho.

Era viernes y casi había acabado el regalo que pensaba darle.

Ya sin abrazar esperanzas de ningún tipo, me limitaba a trabajar en ello como si las palabras incomprensibles me ayudaran a olvidar...

Era una copia a braille de su libro favorito: "Historia del Tiempo", de Stephen Hawking

Cuando anexé la última página al montón de hojas grabadas, y pensé en la ilusión con que comencé a transcribirlo, la horda de emociones que se acumulaban en la boca del estómago salieron a flote.

Abrí el último cajón del estante y de él saqué algunos discos.

Esos que uno recibe como regalo de algún cursi, destinados a ser oídos una vez y permanecer ocultos y en silencio casi toda su existencia.

Puse uno en mi CD Walkman y apreté la tecla "play".

I'm so tired of being here

Suppressed by all my childish fears

And if you have to leave

I wish that you would just leave

'Cause your presence still lingers here

And it won't leave me alone

Los ojos se me inundaron sin querer.

Puse otra hoja en la máquina Braille y comencé a escribir.

These wounds won't seem to heal

This pain is just too real

There's just too much that time cannot erase

No era una carta de amor. Que esperanza. Era una súplica desesperada, con la misma desesperación del náufrago que pone en una botella con un mensaje lo que le queda de espíritu.

No había nada de literario en aquel texto. Las palabras me salían atropelladas, impulsivas, con el deseo de salir todas al mismo tiempo.

Ni siquiera sé exactamente qué escribí. Entre la culpa, la rabia contra mí, la rabia contra él, el miedo, el dolor, y luchando por sobrevivir, el amor...

La amargura de que pretendiera alejarme de él en el momento exacto en que me daba cuenta que mi vida no valía nada sin él...

When you cried I'd wipe away all of your tears

When you'd scream I'd fight away all of your fears

I held your hand through all of these years

But you still have

All of me...

Engrapé las hojas sueltas a la primera página del libro. Confiado en la confidencialidad del inentendible lenguaje de los puntos, ni siquiera me molesté por esconderla.

Me tiré sobre la cama. El CD había seguido su curso.

¿Can you forgive me again?

I don't know what i've...

Lo aventé al otro lado de la habitación.

Y me quedé dormido.

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Al día siguiente me levanté como si tuviera resaca.

Con dolor de cabeza y náuseas.

Sábado.

¿Por qué no me morí? Hubiera sido lo más piadoso...

En automático me acomodé la bandana y pesadamente me arastré hacia la cocina.

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Mike estaba acabando de decorar el pastel. Don no iba a verlo, pero la salsa de cereza decorada con letras de chocolate líquido era parte del encanto, así que se levantó a hacerlo de madrugada.

Ni siquiera lo saludé. Pero tuve que elogiarle su buen trabajo. Parecía salido de una costosa repostería parisina.

A él se le iluminó la cara, y me preguntó todo emocionado si creía que a Don le gustaría así.

Claro que iba a gustarle.

Cuando se lo dije él comentó de forma incisiva que a ver si eso nos mejoraba el humor a todos.

Obviamente hablaba de mi. Giré los ojos y mejor me fui a la habitación a buscar el regalo.

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Para mi horror, el libro con la carta adjunta no estaba en ninguna parte.

Dí mil vueltas al escritorio, pero no había ni pista de las hojas.

Entonces oí papeleo a mi espalda y me giré en seco.

Don tenía las hojas en las manos. Estaba leyéndolas.

No pude descifrar su expresión.

Suspiré, sintiéndome derrotado.

Hora de pasar por la guillotina. Ya no esperaba la absolución.

Él levantó el rostro, ingrávido. Por un segundo me pareció sentir su mirada, aunque fuera imposible.

-Leo...

Y se me abalanzó.

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Supongo que estaría de más describir el beso que siguió.

De todos modos hasta ahora no he podido encontrar las palabras necesarias para describir algo así.

Algo que te libera de esa forma, que te devuelve la vida, algo que te entrega de forma plena al océano de la dicha para que te inunde con su calor...

Escapa a toda comprensión.

Es mejor que sea así. No quiero profanar este atesorado momento con palabras que de todas formas nunca alcanzarían su significado real.

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Nos besamos hasta que limpiamos el último rastro de sal de nuestras lágrimas.

Afuera la vida comenzó de nuevo junto con el nuevo día, así que comprendimos que aquel momento había pasado. No obstante, no estaba en absoluto triste por ello. al contrario, me aferraba a la esperanza de que habría muchos más.

Donatello salió de mi cuarto sin decir nada. Yo me cuidé de acomodarme el cinturón y la bandana, que habían quedado flojos y fuera de lugar.

Justo entonces llamaron a mi puerta.

-Leo...- la voz adormilada y malhumorada de Raphael. -Sal, es hora de dar los buenos días al cumpleañero.

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Splinter y Mike ya estaban en el comedor, con rostros algo adormilados, pero alegres.

Apenas me uní a la comitiva alrededor de la mesa cuando apareció Donatello.

Algo había cambiado en su rostro. No sé si fué sólo idea mía, pero parecía realmente feliz.

Raph lo condujo a la mesa mientras el resto cantábamos una versión muy desentonada de "Happy birthday".

Sopló las velas con entusiasmo y Mike hizo que la mitad de su rostro quedara embarrada en el pastel. No le importó deshacer el trabajo de decoración de varia horas.

Estuvo delicioso. Me supo a lo mejor que había probado en mi vida.

Y creo que Don pensó lo mismo, se comió casi todo el pastel él sólo.

Le entregamos los regalos. Mike le dió la grabadora y una de esas tarjetas de felicitación que permiten grabarles algo y luego se reproduce el sonido cada vez que la abres. Raph le dió una caja con discos "para que completes tu colección". De Los Beatles. Don abrió una enorme sonrisa y como un niño pequeño le suplicó que los pusiera a sonar en la nueva grabadora.

Frente a semejantes regalos,, debí verme muy tacaño cuando le dí las hojas sueltas y sin encuadernar.

Don releyó la carátula, aunque ya sabía lo que era.

Cuando acabó de leer abrazó las hoja contra su pecho, haciendo una cara que nunca antes le habíamos visto.

Mike me dió un codazo y me susurró: "¿Qué es?"

Don respondió por mi.

-Es mi libro favorito... Lo que necesitaba leer, en realidad.

Sólo yo entendí el significado real de esas palabras.

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A la tarde fuimos a casa de Abril.

Comimos más pastel, reímos, jugamos un rato, vimos una película.

Disfruté de todo como no lo había hecho desde que era un niño.

El mundo parecía haber cambiado de color.

Incluso oí a Abril comentar que hacía mucho tiempo que no nos veía tan animados a Don y a mi.

Éramos felices, es cierto, pero tambien estábamos impacientes.

No podía esperar a que llegara la noche.

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Don entró a mi habitación sin tocar.

Se movía con la misma soltura de en lla luz y en la oscuridad, así que no encendió la luz.

Adiviné sus movimiento en la oscuridad. Su respiración nerviosa, sus cuerpo abriéndose camino hasta mi cama...

Su peso hundiendo mi colchón, a un lado mío. sus manos abriéndose camino por mi cuerpo...

-¿Me esperabas, cierto?

Sonreí.

-Nunca antes había esperado tanto algo...

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Nos quedamos aferrados el uno al otro hasta que llegó la aurora.

Murmurándonos cosas que sólo nos pertenecen a ambos.

El mundo había vuelto a girar. Más rapido, más lento, no lo sé.

Pero había vuelto a girar.


Haaaaaaaaaaaaaa dos meses sin actualizar!!

Bueno ya era hora :P Ahora te toca, Sama XD

Gracias por los reviews, sí, lo sé, fue raro que Leo tuviera un arranque de ese tipo pero... A mi se me hizo que le quedaba sexy ser el depredador de una buena vez XDDD

Bueno, me muero de sueño y mañana hay escuela u.u así que...

Bye! Nos leemos alguno de los foros! (XDDDD)

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