Pues nada, que un capítulo más. Me gusta el ritmo de actualización que está llevando esto, veremos si podemos mantenerlo.

¡Gracias a todos por seguir leyendo!


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De la Cobardía (o Sentido Común)

Había un enorme camino verdoso que se extendía bajo sus pies. Sirion caminaba tranquilamente admirando el paisaje y cargando la bolsa en la que solía llevar su mercancía. Estaba planeando en silencio la mejor manera de atraer más clientes y estimando cuánto podría ganarse en el siguiente pueblo que se detuviera. De pronto, el sonido de un aleteo le alertó, una silueta en forma de reptil se recortó contra el cielo azul claro y de un golpe que sacudió la tierra, aterrizó. Sirion quería correr pero sus piernas no le respondían, el dragón volvió a dar un pisotón y entonces abrió los ojos: Isildë le había pateado la base de la cama con brusquedad y estaba de pie, con los brazos en jarras y mirándole con una ceja alzada.

-Ya, ya desperté.- murmuró él con un bostezo.- se sentó y se pasó la mano por la cabeza y la dejó descansar en su nuca. Había tenido la esperanza de que todo aquello del Sangre de Dragón hubiera sido un mal sueño producto de beber demasiado.

-Alístate, salimos en diez minutos.- ordenó Isildë subiendo sus vendajes y saliendo de la pequeña habitación de la planta baja.

Una vez vestido y habiendo tomado sus pertenencias, salió de la Yegua Abanderada. Isildë estaba recargada fuera, soltando bocanadas de humo mientras mecía su pipa entre los dedos.

-¿Fumas?- preguntó Sirion.

-¿No es obvio?- se enderezó y comenzó a andar.

-Con el estómago vacío vas a marearte.- advirtió el khajita.

-Yo ya desayuné.- Sirion abrió la boca para protestar.- No soy tu niñera, agradece que no te dejé en la posada.

Sirion bufó pero no dijo nada más.

La gente de la ciudad los señalaba discretamente y murmuraban entre ellos al verlos pasar. El khajita se sentía incómodo con esto y agachó las orejas.

-Acostúmbrate, no será la última vez que te suceda.- le dijo Isildë al cruzar las puertas de la ciudad.

El trayecto parecía tranquilo hasta llegar a las Torre de Valtheim, donde Isildë se las arregló para sobornar con una cantidad mínima al bandido líder que cobraba peaje por pasar por allí.

-Creí que te negarías.- comentó Sirion después de haber dejado bastante atrás la torre.

-A veces la mejor estrategia es ceder.- el khajita se encogió de hombros.- Hay que levantar las tiendas, empieza a oscurecer.

-Vale…

Montaron el campamento al lado del camino y encendieron una fogata abundante y cálida. Isildë se sentó sobre una roca, sacó la pipa del bolsillo de su capa y comenzó a fumar. Sirion se sentó en el suelo, junto al fuego. Con la mejilla en la mano, prestaba atención a sus ademanes al retirarse la venda y frotarse los ojos.

-¿No te cansas de llevar siempre eso puesto?

-Nah, con el tiempo te acostumbras.

-¿Por qué la llevas? ¿Los mortales indignos se vuelven de piedra si te miran directamente?- preguntó con un exagerado ademán. Ella sonrió.

-No soy ninguna diosa ni nada parecido.

-¿Entonces?

-Digamos que es hereditario. Es un color extraño, nada más.

-Y lo ocultas.

-Sí, la gente teme a lo que no conoce.- soltó en un tono taciturno.

-Has tenido problemas por ello, ¿cierto?- el khajita sintió algo de lástima por ella. No sabía exactamente a qué se refería, pero podía imaginarlo.

Ella rió tristemente.

-Asesinaron a mi padre por ello.

-Lo lamento.- murmuró él.

-No tiene importancia ya.- se puso de pie.- Uno debe avanzar con el mentón en alto...- infló el pecho con orgullo.- Es todo lo que nos queda…- finalizó en un susurro inaudible y abrió la cortina de su tienda.

-El jarl Ulfric era algo más para ti, ¿o no?- Isildë se detuvo en seco.- Algo más que un cliente.

-Buenas noches.- cortó y entró.

Sirion bebió un sorbo de la cerveza que tenía en mano. Realmente no estaba esperando que le respondiera, pero valía la pena intentarlo.

Al amanecer, los dos viajeros se encontraban ya de vuelta en el camino. Sirion había pensado que probablemente Isildë estaría molesta con él pero ella tenía la misma actitud socarrona y despreocupada. Por el camino iban charlando acerca de nimiedades, el frío que se sentía aún en las zonas más cálidas de Skyrim, las maneras toscas de los nórdicos y lo egocéntricos que eran los altmer.

Conforme más avanzaban, el paisaje cambiaba y se volvía más rojizo con las hojas de los árboles. Al frente, una aldea poco poblada.

-Bienvenido a Paraje de Ivar.- anunció la elfa.

-Luce algo… ¿sombrío?

-La vista de la Garganta del Mundo es algo imponente, no importa de dónde la mires.

Avanzaron hasta la aldea e Isildë pidió indicaciones a un hombre que se encontraba en el puente que cruzaba el río del pueblo hacia la montaña. Sirion se quedó atrás a la espera hasta que la elfa hizo una reverencia agradeciendo y volvió.

-¿Entonces?

-Son siete mil escalones hasta el templo de los Barbas Grises, allí está tu siguiente parada.- contestó jovialmente.

-¡¿Siete mil?! Estás tomándome el pelo…- replicó el khajita alzando la vista hacia la montaña mientras cubría sus ojos del sol con una mano.

-Pues, a decir verdad, no tengo idea si es verdad que son tantos, pero sí que vas a subirlos.

-¿Voy?- la miró.- ¿No vienes conmigo?

-Nope, no tengo asuntos con esos ancianos.

-Pero, ¿cómo rayos se supone que llegaré hasta allá? Seguro que el camino no está deshabitado…- protestó.

-No, hay arañas congeladoras y lobos, si lo que me han dicho es verdad.- comenzó a limpiar su pipa despreocupadamente.

-No es posible…- murmuró para sí meciéndose la cabeza.

-¿Asesinaste a un dragón y le temes a los lobos? Sí que eres valiente…- rió ella.

-Antes he tenido ayuda, pero subir yo solo… Suena a misión suicida.- se cruzó de brazos.

-Pues te han llamado y, a menos que te importe un comino el significado de tu nuevo poder, entonces deberás ir tarde o temprano.

Sirion suspiró desesperado y repasó una y mil veces sus opciones.

-¿Segura que no puedes venir?- soltó por fin.

-¿Tienes miedo?

-Sí, y con bastante razón, si me lo preguntas.

-Bien, no queda más remedio.- y comenzó a andar.

-¿Eh?- él la siguió.

-Vamos a Riften a visitar a un amigo. Él puede enseñarte mucho más que yo.- sonrió ella.

-¿Enseñarme? ¿Sobre pelear y eso?- alzó las orejas con interés.

-Sí, claro. Si no puedes subir por ti mismo hasta el templo, seguro que a los Barbas Grises les servirás lo mismo que un tope de puerta.- Sirion frunció el ceño.- Por ahora vayamos a ver qué podemos comprarle al posadero, nos quedaremos la noche y mañana temprano partimos.

El resto de la tarde, Sirion estuvo explorando el pequeño pueblo y sus alrededores, conversando aquí y allá, con lo que se había enterado de algunos chismes. Isildë estuvo en la posada, leyendo un libro titulado ''El Oso de Markarth''. Sentía las orejas arder mientras pasaba las páginas. ¡Patrañas! Ni siquiera en la información que los Imperiales otorgaban al pueblo jugaban limpio. Para el anochecer, maestra y discípulo se habían reunido en la barra a cenar algo mientras escuchaban los rumores que les contaba el posadero e intercambiaban noticias, siempre cuidando de no revelar nada que pudiera comprometerlos.

A la mañana siguiente, Sirion despertó poco después de Isildë y partieron con la primera luz del sol. El viento les refrescaba el rostro agradablemente y se sentían descansados y con energía. Un rato después, dejaban atrás Paraje de Ivar.

-Así que, ¿a quién veremos?- preguntó Sirion jovialmente.

-Su nombre es Brynjolf, es alguien importante y muy hábil así que no desperdicies la oportunidad.

-¿Qué tan importante?

-Ya lo verás. Pero ten cuidado, no dejes que te endulce los oídos demasiado.- sonrió recordando viejos tiempos.

-Estaré atento.- le sonrió él.- Parece que son buenos amigos.

-Sí, me ayudó en tiempos difíciles.

-Ya veo...

-¿Y tú qué? ¿Cuál es tu historia?

-¿Mi historia?- arqueó las cejas.

-Sí, no creo que alguien quedara atrapado en Skyrim en medio de la Guerra Civil por gusto.

-Pues…- se rascó la cabeza.- No hay gran cosa que contar. Era un chaval aburrido de su hogar, así que un día decidí salir a conocer el mundo, pero tenía que mantenerme de algo y pagar protección así que me convertí en mercader. El resto ya lo sabes.

-Épico.- rio ella.

-No te burles, soy una persona sencilla. Al menos, lo era.- sonrió.

-Me pregunto cómo sería…- murmuró Isildë para sí.

-¿Cómo sería?

Ella sonrió nuevamente.

-No es nada. Andando, aún tenemos un buen tramo que recorrer.

Cuando estuvieron en la parte más solitaria del camino, Isildë se permitió quitarse la venda un rato, los paisajes otoñales eran lo suyo, como le había comentado a aquella persona. Sintió una punzada en el pecho, no quería recordar.

En aquella ocasión, al oscurecer, acamparon junto al río. Olía a tierra húmeda y el viento comenzaba a helar. Isildë preparó una especie de caldo con verduras, Sirion echó de menos la carne.

-No soy una vaca como para cenar plantas.- dijo con tono burlón.

-Bueno, pues podrías cocinar tú mismo de vez en cuando.- replicó la elfa dando un sorbo de su plato.- Además, los niños en crecimiento necesitan comer vegetales o serán debiluchos.- sonrió.

-Lo que digas, mamá.- rio el khajita.

Poco a poco había ido notando cómo en algunos días había cambiado la manera de relacionarse. Recordaba que en un principio le había parecido gruñona y algo cruel pero, pasando ese muro, era alguien agradable, con ingenio y sentido del humor agudo. Las conversaciones fluían naturalmente, incluso cuando dejaban escapar algún detalle más íntimo. Aun así, la curiosidad por su relación con Ulfric le movía y sabía que tarde o temprano terminaría por preguntárselo hasta que le respondiera… O lo golpeara. Lo que sea que sucediera primero.

Al llegar a Riften, la vista se le ensombreció a Sirion.

-Se ve algo deprimente…- comentó.

-Algo, hay algunas ratas que contaminan la ciudad, pero también hay buena gente. Yo misma pasé mucho tiempo aquí.

-¿Debo entender que eres buena gente?- alzó la ceja Sirion.

Isildë se encogió de hombros. En la puerta de la ciudad, el guardia los detuvo.

-¡Alto! Para entrar en la ciudad deben pagar una entrada.- dijo autoritariamente.- Además, los khajitas tienen prohibida la entrada.

-¿Pagar? Jamás había escuchado algo así.- dijo Sirion.

-Ah… Estos nuevos guardias no saben respetar la autoridad…- se bajó la capucha.

-¡Tú!- el guardia dio un paso atrás.

-Sí, y si eres tan amable, llevamos algo de prisa. Mi amigo necesita descansar después de un largo viaje.- movió la cabeza de manera dramática.

-S-sí, claro, adelante…- les abrió la puerta y entraron.

-¿Qué rayos fue eso?- preguntó Sirion.

-Tú no abusarías así de un pobre ciego, ¿o sí?- rio ella.}

-No, pero estoy seguro de que no tiene nada que ver con eso.- frunció levemente el entrecejo.

-Ya, ya. Tendrás respuestas en su momento.- le palmeó el brazo ella.- Ahora sígueme rápido y en silencio.

Pasaron junto a un par de puentecillos y rodearon la plaza comercial de la ciudad hasta llegar a un orfanato, bajaron las escaleras que guiaban a las viviendas inferiores, las que se encontraban junto al río que corría debajo de la ciudad. Atravesaron un puente más y llegaron a una reja. Isildë la abrió y dejó pasar a Sirion, después volvió a cerrarla y entraron por una puerta desvencijada de madera.

Olía fuertemente a humedad, parecían ser las cloacas. Caminaron entre un par de pasillos angostos y desagradables, hasta llegar a un puente más, aparentemente había aún más pisos hacia abajo.

-¿Qué clase de amigos frecuentas, exactamente?- preguntó Sirion sintiéndose tremendamente incómodo con el ambiente a su alrededor.

-Sólo personas finas y de alta reputación.- sonrió ella.

-Claro…- alzó una ceja.

Descendieron por una corta escalinata más y entraron por una puerta más. La misma que daba paso al Jarro Ajado.

-¿Qué es esto?- preguntó Sirion mientras avanzaban.

-Una taberna, tonto.

-¿Cómo es posible que haya una taberna en un lugar como este?- frunció la nariz él.

-Es un sitio especial. Acostúmbrate, puede que pases aquí algún tiempo.

-¡Miren quién regresó!- la voz atronadora de Canto Fúnebre resonó con un eco cuando Isildë salió a la luz del pub.

-¡Silver! Creímos que no te veríamos más por aquí.- saludó Zafiro acercándose con una sonrisa enorme.

-Ha pasado tiempo.- Vex le dio un golpecito en el hombro.

-¿Dónde estabas?- preguntó Vipir acercándose también.

-¡Qué gusto verlos! Tuve algunas cosas de las que ocuparme.- sonrió ella.

-¿Y quién es tu amigo?- preguntó Vex con mirada recelosa.

-No se preocupen, es de fiar. ¿Dónde está Brynjolf?

-En la cisterna, ¿por qué?- respondió Vipir.

-¿Puedes llamarlo por mí? No tengo muchas ganas de escuchar a Mercer.- le sonrió a Vipir.

-Claro.- le devolvió él la sonrisa.

-Dile que lo veo en el cementerio.- dijo comenzando a andar, Sirion hizo una reverencia y la siguió.

Salieron de las cloacas y llegaron a la superficie.

-¿Qué fue todo eso?- trotó Sirion junto a ella.

-Eso es La Ratonera y ellos un par de amigos.- dijo ella.

-Lucen peligrosos, si me lo preguntas.- agachó las orejas.

-Lo son, así que no te metas en líos.

-¡Eso no ayuda!

Entraron al jardín de la capilla de la ciudad, que Sirion no había visto al pasar dadas las prisas.

-¿Una iglesia?

-La Capilla Mara. Podrías casarte con la posadera, si quieres.- rio ella.

-Antes te casarías tú.- le devolvió la broma.

-Nah, no va conmigo.

Esperaron junto a un mausoleo. Después de algunos momentos, un ruido surgió de éste y después, Brynjolf.

-¡De verdad estás aquí!- sonrió el pelirrojo.

-Hola, Bryn.- sonrió ella a su vez.

Se acercó a ella y la abrazó fuertemente. Sirion no pudo evitar sonreír junto a ella. Era la primera vez que veía una atisbo de felicidad sincera en ella.

-Ha pasado tiempo.- dijo él.

-Sí, demasiado.

-Bueno, ¿qué puedo hacer por ti?- juntó las palmas.

-Verás, tengo a este joven, tiene potencial, pero conmigo no aventajará demasiado.

-¿Lo crees? Eres una de las mejores…

-Sí, pero debo mantener un perfil bajo. ¿Crees que podrás?

-¡Pan comido! ¿Pero qué necesita exactamente?

-Es el Sangre de Dragón, Bryn. Necesita saber valerse por sí solo.

-¡El Sangre de Dragón! ¡Vaya joyas has ido juntando por el camino! ¿Cómo es posible?

-Es una larga historia, podrá contártela él mismo después.

-Pues, bienvenido a Riften, muchacho.- le estrechó la mano con firmeza.

-Gracias.- murmuró Sirion cansado de escucharlos hablar como si él no existiera.

-¿Empezamos de inmediato? Hay algunas cosas que podría enseñarte justo ahora.

-Claro…- alzó las orejar Sirion.

-¿Vas a quedarte, Silver?- la miró Brynjolf.

Isildë lo pensó unos momentos. Lo cierto es que el volver a escuchar la voz de todos los miembros del Gremio le había reconfortado. Sonrió.

-Claro, estaré algún tiempo por aquí.

-¡Excelente!

-Entonces, lo dejo a tu merced.- agitó la mano en despedida mientras se alejaba.- No le des problemas, Sirion.

-Nunca lo hago.- sonrió él y comenzó a charlar con Brynjolf.

Isildë respiró profundamente. Se sentía en casa.