Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga le pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y creaciones que no reconozcan son míos.
Presencia / Greendoe
Capítulo diez
ACEPTACIÓN
La mesa del frente tenía exactamente tres agujeros, seis chicles, una pata coja y doce corazones con nombres de parejas en su interior. Estaba en desnivel, naturalmente, había una bolsa de plástico con basura colgando de un clavo salido, y la madera de la banca más alejada parecía estar pudriéndose por la humedad a la que estaba expuesta día a día. Edward Cullen, por su parte, llevaba exactamente trece minutos, seis segundos y doce suspiros aburridos contemplando de forma abstraída cada pequeña parte de la bendita mesa que había tenido el mal tino de cruzarse en su camino mientras esperaba. No parecía querer moverse de ahí.
Echó una mirada de reojo a su lado, pero Jasper, tal como él, seguía haciéndose el interesante y negándose a hablar. Sonó entonces la campana que anunciaba el fin del receso, y un silencio extraño y ansioso se interpuso entre los dos.
— Tengo biología – murmuró Edward.
— Pareces muy interesado en esa clase – apuntó Jasper con rapidez.
— Buen intento, ¿qué hiciste el jueves en la noche? – Edward se volvió a mirarlo.
— Tengo clase – se excusó su amigo.
— Yo también.
Se observaron por una pequeña fracción de segundo y salieron disparados a sus siguientes clases, que quedaban en edificios distintos. Por la forma elocuente de su breve pero esclarecedor intercambio de miradas, , Edward supo que su amigo se pondría en contacto después de clases para comenzar la conversación que tenían pendiente. Los quince minutos de recreo no eran suficientes como para que uno u otro sacara el valor de contar lo que guardaban, por lo que nadie había soltado prenda. Simplemente habían contemplado la mesa contraria.
Edward desconocía qué razones impedían a Jasper contarle lo que fuera que estuviera cociéndose en su interior, pero tenía muy claro que comentarle a su amigo lo que le había pasado a él era hacer las cosas demasiado concretas, y no creía estar listo. Era asumir que la alegría, el entusiasmo y las esperanzas surgidas en el momento no eran solo de entonces, sino que habían llegado a reafirmar su antigua condición con más bases.
Era aceptar que volvía a fantasear con Bella, aunque ahora con más fundamentos. Porque él, que llevaba cerca de tres años enamorado de ella, había pasado cerca de tres horas en su compañía al amparo de su coche, conversando, sino fluidamente, de manera alegre y agradable. Todo el fin de semana se había comportado como un vegetal gracias a eso. Había dormido hasta la hora que se le había dado en gana, como acostumbraban dejarle los días sin instituto o que volvía de concierto entrada la noche; su desayuno o almuerzo había consistido en pequeñas porciones de comida sacada cada cuatro horas de la nevera, y sus actividades habían sido limitadas a un par de horas en el piano, diez tumbado en la cama mirando el techo y quince recreando cada pequeña parte de la conversación sostenida con Bella.
Naturalmente, se había recriminado por las cosas que había dicho de más o de menos, como le dictaba su propio carácter. Pero, en general, una sonrisa enorme, amplia y hermosa se expandía por su rostro cuando pensaba con añoranza en cada minuto sostenido. Aunque la parte cauta y menos arriesgada de sí mismo le dijera que todo acabaría donde mismo, la parte dominante, la enamorada y anhelante, le decía que las cosas no podían terminar ahí, que él debía buscar algo más.
Avanzó por los pasillos con la serenidad exterior y el conflicto interno que le acostumbraban. Si bien sentía que debía lucir como un demente, mantenía sus pasos tranquilos y pausados de siempre, y recibía las mismas miradas despectivas de los hombres y extrañas de las mujeres, como si fueran incapaces de ver el nuevo Edward que quería salir de la jaula en la que lo había mantenido. Ni él ni nada parecía haber cambiado cuando cruzó el umbral de biología, ahí estaba Newton charlataneando con los mismos muchachos de siempre en un rincón, el mismo trío de niñas risueñas que solían observar sus pálidos reflejos a cada momento en un espejo de bolsillo, y Bella Swan hablando con Angela Webber, instalada como era habitual en la silla desocupada que estaba por delante de la de su amiga. Todo lucía en apariencia igual, pero él estaba repleto de una ansiedad que no tenía fundamentos, aunque sí origen.
Por lo mismo, no había razón para estar anticipándose a algo que solo su intuición torcida le decía que estaba por llegar. Si se pensaba seria y objetivamente, la noche del jueves no había pasado nada que valiera la pena recordar, y ni Edward volvió a hablar con Bella, ni esta le dedicó alguna mirada de especial reconocimiento a lo lejos. Él había pensado en acercarse, pero, aparte de no tener ni una pizca de seguridad en sí mismo, nunca se había dado una oportunidad natural de hacerlo. Intuía con cierta lógica que cuando las circunstancias volvieran a unirlos podrían hablar de forma tranquila, pero no sabía cuando sucedería aquello y solo podía aventurarse a especular de manera ansiosa.
La esperanza, cosa curiosa, no había desaparecido como si lo había hecho en las anteriores y pequeñas ocasiones con Bella. Seguía a la defensiva, aunque no quisquilloso, con el tema, y había logrado gobernarse con éxito cuando llegó a sentarse aquel día y se encontró leyendo en su mesa del laboratorio de biología, justo cuando el profesor preparaba el material con que trabajarían esa vez.
Aunque la sintió llegar y sentarse adelante suyo, Edward no levantó el rostro hasta que la suave voz de Bella le habló.
— Hola, Edward.
Como en una eterna cámara lenta del cine de antes, su cabeza se irguió con una lentitud que nada tenía que ver con el impulso recibido en su cerebro al reconocer aquella voz. Nada de la perturbación que sentía por dentro se demostraba en ese momento, y por eso no le sorprendió encontrarse con la mirada de Bella levemente atemorizada por los que debían ser sus habituales y hostiles ojos verdes.
— Bella – saludó él, con una voz cortante por el nudo que se había formado en su estómago.
La chica se quedó en blanco al recibir esa parca bienvenida por uno o dos segundos. Luego, carraspeó y rearmó lo que fuera a decir.
— Eh… ¿cómo estás? – preguntó con voz insegura. Meditó un instante y añadió con mayor convicción en sus palabras – No había podido hablarte desde el jueves, pero quería pedirte algo. Si no te molesta, por supuesto.
Dijo todo muy rápido, pero aun así Edward entendió cada una de sus palabras con la premura en que su cerebro las entendió. Así mismo, formuló y reformuló su respuesta una cantidad infinita de veces, evitando alguna frase que le diera entender que ella podía pedirle todo y él accedería igual, hasta dar con las palabras políticamente correctas en esa clase de situaciones.
Ante todo, había que mantener la calma.
— Te escucho – murmuró, después de lo que pareció una eternidad de debate interno.
Procuró esbozar la sonrisa que utilizaba cuando quería caer bien para que Bella se relajara, y observó con alivio que los hombros de la muchacha dejaron de estar tensos. No obstante, él espero ansioso a lo que fuera a decirle.
— Bueno, quería pedirte un horario de la filarmónica o algo así. Algún boletín mensual que diga la hora y fecha de las presentaciones de todas las semanas – Bella tomó confianza y se removió en su asiento para quedar totalmente frente a él – Suelo pasarme por ahí de vez en cuando, pero a veces me pierdo cosas que me habrían gustado ver y no puedo hacer nada.
Edward reparó vagamente en el tópico de la conversación y siguió con atención cada pequeño gesto de Bella. Manteniendo las apariencias con la maestría de un actor y mentiroso consumado, se encogió de hombros como si no fuera nada y respondió con una peculiar desenvoltura.
— Puedo enviarte la solicitud para el calendario mensual que se publica en la página – La miró fijamente, sacando el valor de algún lado – Si quieres, claro.
Bella se sonrojó y mordió su labio de forma progresiva. Inhalando profundo, Edward desvió su mirada y la posó en la parte alta del cuello de la chica, donde no corría el riesgo de toparse con sus ojos ni de hacer explícito que evitaba topárselos. Encontraba absolutamente adorable cuando ella se sonrojaba, pero una cosa era admirarlo cuando la tenía lejos y otra cosa muy distinta cuando la tenía ahí, al alcance de un leve movimiento de su brazo.
— No tengo casilla de correo – confesó entonces ella, compungida, y él insistió en no mirarla – Sospecho que algún gracioso la arruinó y ya no puedo ingresar.
Edward rompió en una pequeña y ligera carcajada. Alzó su rostro para ver bien a Bella, y, aunque ella solo se estaba sonrojando aun más por su confesión, alguno que otro resquicio de diversión quedó en su fluida risa por medio minuto más, contrario a lo que su educación le habría dictado. Solo alguien sincero como Bella podría haber dicho aquella confesión en vez de reemplazarlo por algo menos absurdo.
Edward asintió con una risilla en los labios.
— Vale – murmuró, y fue él quien se sonrojó al ver a Bella sonreírle con entusiasmo – Supongo que puedo darte el calendario de cada mes, cada mes.
— ¿Harías eso?
Él se limitó a asentir. Los ojos de Bella brillaron entusiasmados y Edward se descubrió esbozando una sonrisa sincera mucho más natural que cualquiera otra que solía mostrar. Como parte de sus últimos y recientes descubrimientos, desde que su acercamiento a Bella se había producido, Edward había notado también que toda su personalidad fluía de manera absolutamente libre y normal cuando estaba con ella, y que las sonrisas y risas eran una cosa evidente e imparable a su lado. Había pensado que eran las mismas reacciones que tenía antes de enamorarse de ella, pero cuando lo meditaba con más detención se daba cuenta de que, aunque antes tenía aquellas reacciones, jamás habían sido con tanta intensidad, o tanto gusto, como cuando se trataba de lo que giraba en torno a Bella.
Si había algo muerto en Edward desde hacía un tiempo, Bella lo había resucitado. Ella y la sonrisa que le regaló en ese momento. Como siempre, nada lo haría desperdiciar eso, por lo que fue ella quien rompió la burbuja al volver a hablar.
— ¿Has visto a Alice estos días? – preguntó, como acordándose de algo.
— No he sabido nada de ella – dijo Edward, incapaz de dejar de sonreír – ¿No ha venido al instituto?
— Sí, ha venido – explicó Bella – Solo ha estado un poco esquiva. Pensé que podía haber hablado contigo en vista que decidió escogerte como su amigo íntimo.
— No me imagino qué la hizo pensar que yo la podría entretener – murmuró Edward.
— Alice es un misterio – Bella se encogió de hombros.
Edward sonrió de lado y la miró divertido.
— Volvemos con los misterios – apuntó. Los ojos de Bella brillaron cuando recordó su conversación anterior y sonrió de forma cautelosa.
— ¿Por qué no? – Ella rió y algo en Edward tomó ritmo – Aunque no creo que Alice se te compare, sigues siendo el gran misterio.
Su corazón, pues entendió pronto que aquello era lo que había estado ganando fuerza, se aceleró con precisión al escuchar esas palabras, y una parte de él que no entendía y que jamás había experimentado se apoderó de su cuerpo antes de responder.
— Ya te lo he dicho – murmuró, y sonó casi como un arrulló a través de sus ojos entrecerrados y la sonrisa ladina en sus labios – No hay nada misterioso en mí.
Tomara aquella declaración como la tomara, Bella bajó el rostro de forma súbita mientras reía nerviosamente. Cuando los ojos de Edward pudieron ver por completo su rostro de nuevo, tenía una expresión petulante y segura, aunque parecía avergonzada por algo.
— Yo también te lo he dicho, no puedes medir eso tú – dijo con un adorable tono terco – Para mí es un misterio como has conducido siempre de la forma en que lo hiciste ayer y no has terminado hecho tortilla.
Edward soltó una carcajada que Bella ignoró, aun con esa determinación por llevar la razón en sus grandes y cálidos ojos. Él, capaz aun de hilar sus pensamientos en medio de su diversión, comprendió entonces el detalle que había estado dejando esperar.
— Espera… – murmuró de pronto, interrumpiendo su risa – ¿Dijiste el viernes?
Bella asintió con la curiosidad impresa en sus facciones ante el repentino descubrimiento de Edward. Él, en cambio, barajó en ese segundo las diversas posibilidades que podrían conectar el extraño celo de Jasper acerca de lo que había hecho el jueves por la noche y la errática conducta, según Bella, que Alice llevaba desde el viernes.
— ¿Si Alice hubiera tenido éxito con Jasper te lo habría dicho, cierto? – Edward lo dijo como una pregunta, pero en realidad solo lo mencionó para descartarlo. Por eso no esperaba la respuesta de Bella.
— De hecho, no.
— ¿No?
— No – Bella suspiró y negó con la cabeza – Alice no suele contar las cosas que le pasan hasta que las tiene resueltas o asumidas, siempre ha hecho lo mismo. Prefiere atravesar por las cosas que le pasan sola.
— No suena como me la había imaginado – Edward se rió – Pensé que era la clase de muchacha que atormenta a sus amigas con el tipo que le gusta y las presiona para que hagan algo con sus propias vidas amorosas. Supongo que me equivoqué… es un misterio.
Volvió a reír y buscó los ojos de Bella, pero estos estaban como perdidos en alguna clase de ensoñación oscura. La muchacha mantenía la mirada fija en su rostro, lo que desconcertó y preocupó a la vez a Edward. Pensó que podía tener algo en la frente, o que había dicho algo que la había ofendido, pero nada de eso parecía tener sentido. Solo al final, Bella destrabó su mirada y negó con la cabeza como lunática.
— ¿Bella, estás bien?
— Si, si… – La muchacha esbozó una sonrisa perdida – Solo pensaba en Alice… eso que dijiste sonó casi como ella.
Era una mala mentirosa, Edward la capturó al vuelo. Notó como Bella se sonrojaba y bajaba el rostro un segundo después de soltar su triste interpretación. La curiosidad y frustración le asaltaron de inmediato. ¿Qué era lo que escondía como para sentirse avergonzada de decir la verdad, como solía ser su procedimiento aunque ello a menudo la humillara y la hiciera sonrojarse? De pronto Edward sintió de nuevo ese deseo de saber qué pensaba y a qué se debían todas las facetas de su comportamiento, pero suspiró resignado una vez que no encontró una respuesta clara en su interior.
El profesor mandó a callar a toda la clase y retomó el tema de la lección anterior. Sin muchos deseos por seguir el hilo de lo que se dictaba acerca de la mitosis, Edward decidió que confirmaría sus sospechas acerca de Jasper y Alice, por muy raras y súbitas que pudieran ser, apenas tuviera la oportunidad de agarrar a su amigo en bajada.
Lo complacido que pudiera estar por su conversación con Bella, decidió guardárselo para sus devaneos consigo mismo durante sus horas de soledad en casa. Observó con cautela como ella le sonreía a forma de despedida al término de la hora, y, en un vano intento por no parecer demasiado feliz, se demoró en salir del salón fingiendo un profundo cansancio.
Jasper apareció una hora y media después de que Edward llegara a su casa. Llegó acompañado del alboroto de Emmett y Rosalie, esta última acompañada de la suave y diminuta voz de Bella a sus espaldas. Su amigo se las ingenió con bastante imaginación para desaparecer del salón a tiempo, pues no pasó mucho hasta que se desplomó en la cama de Edward sin siquiera pedir autorización.
No era que necesitara permiso, pero quizás habría venido bien en vista de que él ya se encontraba tumbado boca arriba.
— ¿Tiene algo que ver Alice Brandon con lo que has ocultado? – preguntó Edward, sin anestesia.
Jasper se volvió a mirarlo como si le hubiera puesto electricidad. Había algo receloso en sus facciones cuando estudió su rostro, como si se sintiera traicionado por la inteligencia de Edward, y, aunque por un momento pareció darse por vencido, se desvió con sutileza por la tangente.
— No te andas con rodeos, ¿eh? – murmuró.
— ¿Me equivoco? – Edward alzó una ceja.
— No – respondió Jasper con brusquedad, y al ver la expresión que se formaba en el rostro de su amigo, añadió rápidamente – ¡Pero no es lo que estás pensando!
— Oh… ¿qué es lo que estoy pensando?
— Que entre Brandon y yo hay algo – exclamó Jasper enfadado – ¡Y no hay nada! Simplemente nuestras madres se han hecho amigas y tuve que pasar toda la noche del jueves siendo cordial con ella.
— Así que eso hiciste la noche del jueves – musitó Edward con voz fingida, desviando la mirada al techo – Interesante…
— Ni te imaginas – La voz de su amigo sonó amarga – ¿Ya estás contento?
— ¿Contento? – Edward se volvió a mirarlo nuevamente.
Jasper lo observó con ojos amargos y lo golpeó fuerte en el hombro, pero Edward mantuvo su expresión calmada y expectante hasta que su amigo dijera lo que creía que él también sabía.
— Haz estado intentando que me lleve bien con Alice. Lo conseguiste, sé feliz.
— Así que ahora es Alice – repitió Edward, y Jasper esbozó una mueca furibunda que lo hizo reír.
— Lo admito – dijo el muchacho finalmente – La chica es simpática cuando se le conoce…
— … Y no está uno dispuesto a odiarla de antemano – añadió Edward.
— Pero igual está loca – terminó Jasper, ignorando lo que había dicho el otro.
— Nadie ha dicho lo contrario – concluyó Edward.
Jasper masticó el enfado por su encerrona por unos minutos antes de que Edward lo expulsara de su cama, harto de estar en una incómoda posición dentro de sus propios dominios. Había, y Edward lo notó al instante, una tranquilidad suavizada en el rostro de su amigo, como si ahora pudiera verse libre de todos los atributos negativos que le había colgado a Alice desde que ella le había abordado. Y aunque él quisiera negarlo, o aun no fuera consciente de ello, Edward asumía el vínculo superior que sospechaba uniría a su amigo con la muchacha como algo lógico e indestructible, sin necesidad de verlo hecho realidad.
Pensó en su relación con Bella y en lo inútil y raro que era ponerle aquel nombre a las escasas conversaciones que habían sostenido, en lo evidentemente lejano que estaba todo de algo cercano a una amistad siquiera, aunque él nunca fuera a ser un buen amigo para ella si Bella lo deseaba alguna vez.
— Voy a bajar – anunció al final Jasper, irguiéndose del mismo lugar en el suelo donde había caído después del desalojo de Edward.
— Yo también
Se puso de pie de un salto ante la mirada vacilante de Jasper. Había una expresión de pena e incomodidad se posó en sus ojos.
— Está Bella – dijo, como si eso lo resumiera todo.
— Lo sé – Edward se encogió de hombros con una sonrisita socarrona en los labios.
— ¿Lo sé? – repitió Jasper con incredulidad – Disculpa, ¿me he perdido de algo en este tiempo?
¡Si, es cierto, no están soñando! Después de muchas, muchas semanas, aquí estoy. Pero es más o menos lo que les había comentado de que no podría actualizar hasta cerca de la segunda semana de marzo, así que no he hecho nada malo. Supongo que varias me golpearan porque han perdido el hilo de la historia, pero al menos actualicé, ¿no? Ahora bien, muchísimas gracias por tooodos los comentarios que me llegaron, nuevamente, me dejaron contentísima. Esto... ¡ah, sí! Los anónimos (ya saben cómo se debe pronunciar): A Nanako, gracias como siempre por todos los reviews, y sí, ya no me puedo esperar a ver a Edward recibiendo uno de los de verdad, como dices tú; A Carol Cullen, tranquilidad, no me malinterpreten por lo que escribo. Que ya tenga listo, o más o menos, el boceto del capítulo final de la historia no quiere decir que el asunto vaya a terminar pronto, queda como...mucho!; A amateratzu, pues, gracias, obvio. En cuanto a lo que me escribiste, he pensado en que el momento en que estos dos se declaren pondré una clara descripción de los sentimientos de Bella visto a través de Edward, algo así como la confesión de este en Crepúsculo (porque ahí le explica lo que le sucedió desde el inicio y todo, no se parecerá mucho más que eso); A Loreto, gracias por acordarte y por pasar; Y a gothteufelin, creo que lo escribí bien, por pasarte todos los dias a ver. En fin, a los otros responderé frente a frente ahora mismo.
Un beso, GreenDoe.
