El silencio en el que se sumió su hogar luego de la partida de Haizaki fue casi aplastante.
Sin moverse mucho, solo lo suficiente como para ver de frente sus muñecas, siguió hecha un ovillo en una esquina de la cama: el labio inferior aún le temblaba de forma leve, como cuando hace frío y no tienes con qué cubrirte. Encogiéndose más, se concentró en detallar esa parte específica de su cuerpo que se veía tan extraña con el adhesivo ahí. Quería quitárselo, arrancárselo de un jalón, le dolían y picaban demasiado las heridas, quería rascarse hasta volver a sangrar o que dejaran de picarle tanto, lo que pasara primero.
Un suspiro fugitivo se escapó de entre sus labios, mientras se frotaba los brazos con las manos para dejar de sentir ese extraño frío repentino. Los brazos, los hombros… Esos sitios que había acariciado Shogo con sus manos, y que comenzó a frotar cada vez más fuerte, al punto de que dolía. En un arrebato saltó de la cama y fue directo al baño, dejando la ropa en el camino, sintiendo que el cuerpo quemaba y dolía en sitios específicos: la cicatriz de su entrepierna y el centro de su cuerpo, la cintura, la clavícula, el cuello, su pecho izquierdo y sobretodo, los labios.
El agua de la ducha fue abierta con toda la fuerza que tenía, caliente como el infierno, y Kai se metió mientras aún frotaba violentamente todas esas partes en específico. Estaba aguantándose los gritos de desesperación; quería que dejara de doler, de quemar. En ese preciso momento podría haberse arrancado la piel si hubiera sido posible.
Al final se frotó tanto y de una forma tan poco delicada, que quedaron marcas visibles muy rojas en todos esos sitios. Pero había un lugar en particular: cerca de la clavícula, que dolía y quemaba más que todos. No tardó en darse cuenta qué era cuando se miró en el espejo; un hematoma violáceo, alrededor de una marca de mordida decoraba justo la parte más visible de su trapecio. No pudo soportarlo más. Ahogó un grito entre lágrimas, tomando lo primero que se le cruzó en el camino (que era un lindo adorno de metal para colocar anillos) y lo lanzó contra el espejo, el mismo quebrándose en miles de pedazos que volaron por todos lados mientras ella estaba agazapada en el suelo, las manos a los lados de la cabeza y el llanto escapando sin control.
Incontables minutos estuvo ahí, y la vida podría haberse pasado sin aviso y ella seguiría sin moverse, pero tuvo que hacerlo, porque el tono incesante de su celular la atormentaba más de lo que pensaba que podría llegar a molestarla algún día. Caminó sobre el vidrio roto, poco importándole si se cortaba, en ese momento el dolor se veía como un psicotrópico mucho más llamativo que cualquier narcótico.
— ¿Hola?
—¡Kai-chan! Hasta que al fin respondes, llevo un buen rato llamándote. ¿Estabas ocupada?— la voz de Rin salió del otro lado de la línea, y no supo realmente si alegrarse o molestarse por escuchar el timbre encantador de su voz.
— Estaba… Bañándome— estaba plenamente consciente de que sonaba como un zombie, pero era justificable, ¿no? Se suponía que estaba guardando luto.
— ¿Interrumpo? Lo siento— seguido de una risita, la voz de la contraria siguió hablando—. Vamos a salir todas y nos gustaría que vinieras con nosotras.
En ese momento, realmente lo pensó. Ellas eran sus amigas, ¿verdad? Seguro que si les contaba lo que pasaba entenderían. Seguro que Lilian le dedicaría una sonrisa tranquilizadora, que Asuka le daría una palmada en la espalda a modo de consuelo. Seguro que Noriko le decía algunas palabras sabias, como todo lo que decía, y seguro que Rin le prestaba su hombro para llorar. Seguro que Aoi le hacía una leve caricia en el brazo y proseguía a ofrecerle los dulces que le gustaban. Seguro que todo eso pasaba.
Pero… ¿Y qué tal si no?
— ¿Kai-chan? ¿Tierra hablando a Kai-chan?
— Ah, lo siento… Me distraje un poco.
— ¿Está todo bien?
— Sí, gracias, Rin— se sorbió la nariz y limpió una lágrima que amenazaba con salir, tratando de esbozar una sonrisa pero aquello fue tan imposible como alcanzar el cielo tan sólo estirando los brazos.
— ¿Entonces, qué dices? ¿Vienes con nosotras?— ahora ya no hablaba con ese tono animado, más bien era algo cauteloso. Vaya, le sorprendía conocerlas tanto que incluso ya se sabía de memoria la forma en la que modulaban sus voces.
— Yo…— lo pensó. Lo pensó mucho. Pero cuando entró en el cuarto y vio el mural lleno de fotos amarillas, todo lo demás pareció perder importancia—, lo siento. Me estaba preparando para visitar el cementerio.
— Oh linda— ahí estaba, ese tono casi de lástima que era ridículamente usual desde hacía unos días—. ¿Quieres que vayamos contigo?
— No, no. Ustedes disfruten su salida. Yo estaré bien.
— Si llegas a necesitar algo…
— No se preocupen— ahí seguía, esa sonrisa que intentaba ser sonrisa pero solamente era una mueca—. Nos vemos luego.
—
De nuevo estaba en ese lugar, mientras atardecía, el cielo se tintaba de colores amaranto, rojizos y anaranjados, y el canto de las aves ya casi ni siquiera se escuchaba. Cuando llegó debajo del árbol, se sorprendió de encontrar a otra persona a unos metros, ese cabello negro era demasiado conocido para ella, su piel clara y sus rasgos neutrales mientras estaba ahí, impasible.
¿Cómo no se había dado cuenta antes? La losa de Sei estaba junto a la de Ryota, a unos metros, y ella ni siquiera lo había notado.
Se echó a reír porque no pudo hacer nada mejor, el asunto era demasiado gracioso, y estaba plenamente consciente de que él reaccionaría igual cuando se diera cuenta, cosa que no tardó en pasar en el momento que escuchó su risita.
— Bueno, es hilarante encontrarte aquí— el comentario de ella rompió el silencio, seguido de la risa sarcástica tan normal en Hanamiya.
En el espacio entre ambos sepulcros, ahí fue donde Makoto se mantuvo de pie, y Kai a su lado se sentó.
— No pensé que serías el tipo de persona que venía a hacer visitas— de nuevo fue ella la que habló, de repente la brisa sacudió las hojas del cerezo y el cabello negro de ambos.
Ese silencio era algo que extrañaba, tranquilo, donde podía tener un hilo de pensamientos llevaderos. Y Hanamiya estaba ahí, como la mayor parte de su vida había estado, su amigo silente y misterioso del que sabía todo y nada al mismo tiempo.
— Obviamente no lo soy— incluso esa voz, ronca, la extrañaba—, pero la gente suele dejarme solo cuando estoy aquí por algo acerca del sentimentalismo que no me importa, pero es lo suficientemente apropiado.
Un asentimiento fue toda la respuesta, Makoto mantenía su vista fija en la losa de Sei, Kai no apartaba la mirada de la losa de Ryota.
No sabía bien cómo sentirse. Su interior era un remolino de confusión, porque esa persona, la que más quería, se había ido hacía poco menos de unos días; y seguramente a Kise le hubiera desagradado la persona en la que Kai se había convertido los días siguientes a su muerte. Eso era algo que en primera no pensó, teniendo la mente nublada, como si un velo de bruma densa le impidiera pensar con claridad.
Una lágrima solitaria recorrió la mejilla de Shibata, entonces se puso de pie, sacudió su ropa y se desperezó. Dándose media vuelta para empezar a caminar de vuelta a casa, cuando dio a penas dos pasos, la voz de Hanamiya se escuchó nuevamente en el aire:
— Tampoco pensé que serías el tipo de persona que viene a hacer visitas.
Se volteó para verlo de reojo, pero él seguía de espaldas.
— No lo soy— se encogió un poco de hombros, al tiempo que una sonrisa se pintaba en sus facciones—. Pero puedo pensar mejor cuando estoy sola.
