Capítulo XI: Cosas de chicas
Dos días después de haber decidido probar cosas nuevas, Ginny esperaba en el jardín del Ala Sur, sentada a la luz brillante del sol. Esperaba por alguien, por una persona que antes, sin quererlo, había causado un dolor insoportable en la pelirroja. Era la única oportunidad que tenía para verla, pues el día de mañana partiría de la prisión, como una mujer libre. Era la única chica que podía ayudarla, porque era la única con el coraje necesario para aceptar un experimento un tanto fuera de lo común sin poner peros. Ginny llevaba dos horas esperando allí, cada vez con menos esperanzas que ella apareciera, pues se estaba acabando rápidamente el horario de recreo y, después que hubiera regresado a su celda, no había nada que hacer.
Quedaban treinta minutos de recreo cuando una figura conocida apareció en el jardín. Ginny se puso de pie de forma involuntaria, divisando la forma de Miranda caminar hacia ella con una sonrisa en su cara. Podía verse que estaba muy contenta por la petición que le había hecho la pelirroja el día de ayer. Una última oportunidad para divertirse antes de salir en libertad y regresar a la vida que tenía antes de caer presa.
-¿Vamos? –preguntó Miranda, todavía sonriendo. Ginny trató de hacer lo mismo pero, por alguna razón, lo único que pudo conseguir fue un grotesco rictus.
-Se ve que estás nerviosa –observó Miranda, sin abandonar sus maneras amables-. Pero te aseguro que para cuando vuelvas a tu celda, no podrás dejar de sonreír. Acompáñame.
Ginny, armándose de coraje, siguió a Miranda por el corredor principal del Ala Sur, atravesando el extenso patio principal y entrando en el temido pasillo principal del Ala Norte, al final del cual, Ginny sabía, estaban los baños. La pelirroja, cuando entró por primera vez a ese lugar, supo que los arquitectos de Nueva Nurmengard habían cometido un serio error de diseño al colocar los únicos baños en el Ala Norte, donde estaban las prisioneras más peligrosas. Muchas de las violaciones ocurrían en ese corredor, lo cual le dio el siniestro nombre de "El pasillo del infierno". Pero en ese instante, todas las internas estaban en el patio, acosando a chicas menos fuertes que ellas, por lo que Miranda y Ginny no tuvieron inconvenientes para llegar a los baños.
Los baños eran los únicos lugares en todo el complejo penitenciario que estaban totalmente limpios, contrario a Azkaban, por ejemplo, en donde el sanitario era el lugar más descuidado y mucha gente contraía enfermedades raras y de difícil curación. Otra vez, habían sido las gestiones del actual alcaide las que permitieron aquella rareza única entre todas las prisiones de magos de Inglaterra. Tenía un ligero olor a un aromatizante floral que a Ginny le encantó, aunque no pudo evitar pensar en la forma en que trataban los baños las brutas del Ala Norte. Miranda pareció adivinar los pensamientos de la pelirroja.
-Estos baños se limpian solos. Hay encantamientos que hacen el trabajo, aunque nadie supo por mucho tiempo cómo hacer el aseo en este lugar sin necesidad de personas. Fue Hermione la que supo cómo hacerlo y, cuando terminó su trabajo, el alcaide estaba tan contento que solicitó una rebaja en su condena. Le dieron un año menos.
Ginny miró alrededor. Las paredes cubiertas con azulejos tan blancos como la nieve brillaban y no tenían ninguna mancha. El piso ameritaba los mismos calificativos que las paredes. Ambas chicas caminaban lentamente por el baño, mirando los cubículos, también blancos y olían a azucenas. Los lavatorios relucían a las luces del techo y las duchas no tenían ninguna señal de hongos o herrumbre. En ese momento, unas cuantas chicas del Ala Sur se estaban bañando, algunas de ellas besándose y otras haciendo cosas que hacían olvidar a las chicas de la ducha. Ginny recordaba haber sido víctima de aquel acto cuando ella estaba a solas con Harry y se podían permitir cosas más atrevidas. La pelirroja se sintió abrumada por la revelación que vislumbraba mientras caminaba con Miranda. ¿Así que ese era el sexo entre mujeres? Ginny juraba que se trataba de algo más sucio y deplorable que lo que estaba viendo hacer a algunas chicas en la ducha. Se trataba de algo que ella estaba dispuesta a probar, aunque después, cuando estuviera más preparada para intimar con otra mujer.
Miranda se dirigió a uno de los cubículos y lo abrió, haciendo un gesto a Ginny para que la siguiera. Ligeramente incómoda, la pelirroja caminó con un poco de tiento hacia el estrecho cubículo y Miranda cerró la puerta tras ella. Ambas mujeres estaban separadas por centímetros de aire y Miranda sonreía; la pelirroja no pudo evitar sonreír también. Aquel gesto de parte de la mujer que tenía al frente era tranquilizador, aun cuando estuviera a punto de realizar algo que había jurado jamás hacer. Era como si le hubiesen puesto un sedante de poca potencia; estaba relajada pero no somnolienta. Y todo gracias a una simple sonrisa.
-Bésame –pidió Miranda, todavía mirando fijamente a los ojos de Ginny-. Atrévete. Enfrenta tus miedos, y te darás cuenta que no hay nada que temer.
Aunque la pelirroja todavía tenía aprensiones revoloteando en su conciencia, sin que ella lo esperara, una voz gritó fuerte dentro de su mente, animándola a seguir adelante. Era la única forma de decidir qué era en realidad y, si resultaba ser normal, al menos aprendería algo nuevo acerca de su sexualidad. No tenía nada que perder y, pensando en Hermione, mucho que ganar.
Ginny se acercó a Miranda y, con manos temblorosas, la tomó por la cintura y juntó su cuerpo con el de ella, sus narices casi rozándose, el sonido de sus respiraciones contra el silencio en el cubículo y lo estrecho que era conspiraban a favor de lo que pretendían hacer ambas mujeres. Sus labios estaban demasiado cerca como para dar marcha atrás, lo único que podían hacer era seguir adelante, a ver que resultaba.
Ambos labios se encontraron.
Era la primera vez que Ginny besaba a otra mujer, sin embargo, sentía una extraña sensación de deja vu, como si ya hubiera hecho eso antes. Luego, breves instantes después, mientras todavía besaba suavemente a Miranda, se dio cuenta que no era muy diferente a cuando besaba a un hombre; era cierto que los labios de una mujer eran más suaves y respondían a sus movimientos como si pudiera anticiparse a ellos, pero la sensación era similar a la que podría tener con un chico. ¿Cómo pudo pensar que besar a otra chica podía ser tan desconcertante? No sólo no era desconcertante, sino que era más familiar de lo que pudo haberse imaginado. Cerró sus ojos, aferrándose a Miranda con un poco más de firmeza y se dio cuenta que no se sentía incómoda besando a una mujer. Se dejó llevar, abandonó el pensamiento constructivo, que muchas veces molestaba cuando se trataba de amor o de algo parecido, acariciando la espalda de Miranda y también su cabello, enredado sus dedos en ellos, mostrando un atrevimiento que no habría podido concebir hace un mes y medio atrás, cuando entró en la prisión, cuando se dio cuenta que las mujeres interactuaban entre ellas de formas raras, besándose y tocándose en lugares que normalmente estaban prohibidos.
Ginny no se dio cuenta que Miranda estaba acariciando suavemente sus pechos, y le importó poco en realidad. Estaba distraída besando a la amiga de Hermione, sus labios sabían tan dulces. Podía ser un hombre quien la estaba tocando, aunque en realidad era una mujer, demostrándole que el amor entre mujeres no sólo era posible, sino que era una realidad a la que debía acostumbrarse, tarde o temprano. Estaba tan abandonada a sentir que su conciencia no intervino por una buena cantidad de tiempo, durante los cuales también se atrevió a tocar a Miranda en zonas que antes había rehuido sin remisión. Imitaba la suavidad con la cual Miranda la tocaba a la pelirroja. Ya no se besaban, sino que se miraban con los ojos entrecerrados, sonriendo levemente, tocándose sus pechos lentamente, aunque Ginny se fue sintiendo cada vez más incómoda con ese juego más atrevido que el de antes, su conciencia abriéndose paso a patadas para desterrar a la mujer dentro de ella que le gustaba jugar con fuego, tratando de separarla de Miranda. Y, después de tensos instantes, Ginny se separó de ella, respirando de forma superficial, como si hubiera contenido el aire por varios minutos. Miranda la observó con una mirada que transmitía una ligera decepción pero que le decía claramente que lo había hecho bien.
-No está mal para una primera vez –dijo Miranda, sin dejar de sonreír y abriendo la puerta del baño para que ambas pudieran salir del cubículo-. Es normal que te sientas incómoda cuando haces cosas que salen de lo ordinario, pero lo importante es que enfrentaste tus miedos y supiste, al menos por un momento, mantenerlos a raya.
-¿Y… y cómo lo hice? ¿Lo hice mal o bien?
-Creo que no tienes ningún problema. Sabes amar a otra chica, lo único que te falta es confianza –sentenció Miranda, observando a dos chicas, una de pie y la otra arrodillada delante de la primera, quien gemía suavemente mientras tomaba la cabeza a la chica en cuclillas, evidentemente disfrutando fervientemente el momento. Miranda vio a Ginny mirar a ambas chicas, una expresión mezcla de curiosidad y aprensión dibujándose en su cara.
-No te preocupes –la tranquilizó Miranda, tomándola de la mano y guiándola fuera de los baños, en dirección a las celdas del Ala Sur-. Tienes todo el tiempo del mundo para saber qué se siente, y tiempo para sentirte cómoda con eso no te va a faltar. Te lo aseguro.
Miranda y Ginny caminaban por el Pasillo del Infierno sin toparse con ninguna interna con deseos de violar a alguna mujer que se preciara de serlo. Atravesaron el patio y, en el momento en que ambas mujeres, quienes charlaban alegremente acerca de los castigos que habían recibido varias internas con sangre de orco, las dos quedaron congeladas en la boca del pasillo, observando una escena inconcebible, algo que ninguna de las dos había imaginado.
Había una mujer de cabello rojo anaranjado abrazando efusivamente a otra chica, que ninguna de las dos pudo identificar claramente. Sólo se podía ver su cabello, de un color castaño claro; parecía responder de igual forma a los abrazos de la otra mujer, la cual Ginny sabía que era Sylvia. Lo que no podía entender, era por qué estaba desnuda, su uniforme tirado sin elegancia en el suelo. Besaba a la otra chica con desesperación, como si fuera la última vez que la viese con vida. Con tiento, Miranda y Ginny fueron acercándose a ambas figuras, la pelirroja siendo asaltada por un mal pensamiento que convirtió su sangre en hielo. Conocía las ondulaciones del cabello castaño que se confundía con el rojo fuego del de Sylvia, pero aquello no la hizo sentirse mejor. Al contrario, hizo que su cuerpo por entero temblara de una dolorosa mezcla de rabia y sufrimiento. Sin hacer caso de los llamados de Miranda para que se tranquilizara y fuera a reportar el asunto al alcaide, Ginny corrió, lágrimas asomándose por sus ojos sin poder controlarlas, subió al segundo piso y entro a su celda. Derrumbándose sobre su litera, rompió en llanto desconsolado, no pudiendo creer que ya había llorado dos veces por la misma mujer y a causa de las mismas circunstancias. Y justo en el momento en que estaba dispuesta a aceptar que sentía algo por ella, por la mujer que había sido su única verdadera amiga en lo que iba de su estadía en la prisión. ¡Pero dijo que no iba a arriesgar su amistad con ella por nada! Saber que una mujer tan buena era capaz de traicionarla estaba fuera de su imaginación, una mujer que había sido la mejor compañera de celda que pudo haber imaginado…
Mientras tanto, Miranda hablaba con el alcaide, narrando lo que acababa de presenciar. Su voz no tembló en todo lo que duró su declaración, mostrando una vez más su firmeza ante cosas desconcertantes o dolorosas.
-Muy bien señorita White. Tomaré las medidas correspondientes, aunque creo que no podré usar su nombre para su declaración, puesto que usted ya no pertenece a la población carcelaria. ¿Iba acompañada cuando vio el hecho?
-Sí. Iba con Ginny Weasley.
El alcaide pensó un poco.
-Entonces la declaración será a nombre de ella, puesto que también vislumbró los acontecimientos y diría lo mismo. Es parte de las reglas en esta prisión. Bien, puede retirarse señorita White.
Miranda se retiró, cerrando la puerta tras ella, con un creciente sentimiento de angustia. Sabía que cuando Hermione y Sylvia fueran llevadas a la oficina del alcaide, ambas serían encerradas en el agujero del demonio por mostrar un comportamiento tan aberrante en los pasillos de la prisión. Estaba bien que se besaran y quisieran hacer cosas, pero realizarlas en un lugar público no era su idea de pasarla bien. Miranda era muy atrevida, pero eso no le impedía tener tacto. Pero sabía que ese no era el problema principal.
Lo que la tenía tan angustiada era que, cuando Hermione supiera quién la había delatado, una fructífera y maravillosa amistad iba a terminar en el más profundo odio.
