Tierra Vendrá
Tierra vendrá, tierra veré
para besarla, sembrarla y amarla
la conquistaré.
(Tierra Vendrá, Alberto Plaza)
Finalmente llegó el momento del viaje. En los camarotes del barco se repartieron George y Dorothy, la niñera y la pareja junto a los niños en una especie de suite de dos habitaciones y una pequeña salita.
Durante el primer día, Peter se entretuvo conociendo cada rincón de la nave bajo la mirada de la niñera. Candy aprovechó de dormir y Albert de pasear con Rose por la cubierta. Se reunieron a almorzar junto a George y Dorothy y en la tarde, Albert fue con Peter a visitar al capitán y conocer la sala de mando. El niño quedó fascinado y declaró que cuando creciera sería marino.
Los siguientes días sus intentos por aprender fueron vigilados por los tripulantes, George y Albert que buscaban disminuir su ímpetu y minimizar sus travesuras, dado que no había árboles, el chiquillo trepaba a los mástiles, lo que significaba tener los ojos de todos sobre él.
Mientras, Rose ya daba sus pasos sola en cubierta bajo la atenta mirada de Candy y Dorothy que se turnaban para apoyarla. Con la llegada de la noche ambos menores se acostaban temprano, cansados de tanta aventura, escuchaban su cuento habitual y se dormían; entonces los adultos aprovechaban de reunirse y conversar o tomar una copa en la cubierta. Albert y Candy solían dar un último paseo mirando las estrellas y viendo la estela del barco sobre el mar, antes de retirarse a disfrutar de la noche juntos.
El tiempo pasó rápido y quedaban un par de días de viaje. Esa noche, la blonda pareja veía el horizonte desde un mirador; ella lo abrazaba por la cintura, apoyando su cabeza en el pecho masculino y él jugaba con sus rizos mientras sostenía el cuerpo femenino casi pegado al suyo.
- De todos nuestros viajes, éste se me ha hecho muy corto, le dijo ella.
- Para mí también y aunque ha sido cansador, no puedo quejarme de aburrimiento.
- ¿Viste a Peter haciendo nudos?
- Sí, creo que cuando arribemos le compraré metros de cuerda, ya lo veo pedirme que lo lleve al muelle todos los días.
- Mientras no te pida un bote en el lago. Ella se largó a reír ante la mirada de sorpresa e incredulidad de su esposo.
- Supongo que estás de acuerdo con que eso no es posible - Ella le pellizcó un brazo.
- Por supuesto que no, cambia la cara, estoy bromeando.
La llegada fue menos tranquila de lo esperado por el grupo, la tía Elroy había preparado una serie de eventos para celebrar la visita del jefe del clan. En una semana tenían una serie de cenas, almuerzos e incluso toda una tarde con familiares. Candy estaba abatida, ella esperaba poder pasar la mayor parte del tiempo con los niños y Albert y lo menos posible con temas sociales. Albert, a su vez, había imaginado reuniones de negocios más que comidas, pero la tía quería lucirlo.
La primera noche, a excepción de los pequeños, fue de extensas conversaciones para ultimar detalles. Al momento de llegar a su alcoba la blonda pareja sólo deseaba dormir; sin siquiera soltarse el cabello, Candy se acurrucó en el pecho de Albert y se durmió.
La mañana está hermosa, pensó ella al abrir la ventana al día siguiente. Albert salía del baño y la abrazó.
- Lindo, ¿verdad?
- Precioso.
Tocaron la puerta y tras el pase ingresó Dorothy para contarles algunos pormenores del día, entre ellos, que el desayuno estaba listo y la tía ya los esperaba. La joven ingresó veloz al baño para arreglarse, cuando salió Albert y los niños la esperaban.
Con Peter de la mano y Rose en brazos de Albert bajaron hasta el comedor, tras dar los buenos días y sentarse comenzó el desayuno. Peter se servía un vaso de leche y Rose la tomaba por medio de pequeñas cucharadas que le daba su mamá. Elroy observaba atentamente, una vez que los pequeños terminaron y salieron de la habitación, aventuró una crítica.
- La niñera debería alimentarlos, no es necesario que estén aquí.
- Tía, ellos se portan bien, usted lo vio – le replicó Candy.
- Sí, pero los siguientes días habrá invitados y no quiero distracciones para William.
- Son nuestros hijos tía, compartimos todas las comidas y son igual de invitados que los demás – volvió a alegar la rubia.
- Bueno, entonces tú tampoco desayunarás cono nosotros – sentenció Elroy.
Albert las observaba en silencio, bebiendo calmadamente su café como si la discusión fuera algo sin importancia. Después de un par de minutos, cubrió la mano de su mujer con la suya y le habló a la anciana:
- No se preocupe tía, desayunaremos los cuatro en nuestra habitación, después podré tomar café con los invitados. Ahora, si nos disculpa – se levantó de la mesa y como un resorte la rubia hizo lo mismo – aprovecharemos este hermoso día para disfrutar el tiempo libre y presentarle a los niños la tierra de sus ancestros.
- Te recuerdo William, que esos ancestros son sólo de la niña.
- Tía Elroy, ambos son Andrew, recuérdelo – Candy le envió una mirada fulminante.
La puerta se iba a cerrar cuando la cabeza de Albert apareció de nuevo.
- Por cierto, ellos no me distraen, pero puede que alguno de sus invitados sí. Buenos días.
La primera semana fue arrolladora, la noticia de la presencia del jefe de la familia había corrido como reguero de pólvora y las citas organizadas por Elroy se multiplicaron al punto que los adultos tenían escasos momento de tranquilidad, George y Albert no dejaban de trabajar hasta medianoche entre análisis de mercado, bancos, oportunidades y escuchar las aventuras y desventuras de algunos miembros de la familia, que querían conocer al verdadero "Tíoabuelo".
Por su parte, Candy y Dorothy tampoco lo llevaban fácil, la rubia como esposa del líder tuvo que recibir a varias de las mujeres de los visitantes y los pequeños quedaron en manos de la "Sra Johnson", como solía decirle Elroy. Ella se las ingeniaba para que los niños no extrañaran mucho a sus padres y la anciana no los regañara.
Albert ingresó a su habitación, pasaban de las 11 de la noche, se había saltado la cena por un café con masas y galletas con uno de los viejos Andrew. La luz era tenue y estaba absolutamente silencioso; se quitó los zapatos, la chaqueta y la camisa y con el torso desnudo se acercó a la cama, pero su mujer no estaba allí.
Con un dejo de fastidio volvió a calzarse y ponerse la camisa y salió al balcón, nada, en el baño, tampoco. Fue a la pieza de los niños y allí estaba, sentada en la cama de Peter, con Rose en brazos, contando cuentos.
Les dio las buenas noches y su hija se zafó de los brazos maternos para llegar a él, que la hizo volar y reír y besó a los dos infantes. Luego se acercó a su esposa que le dedicó una sonrisa cansada y besó suavemente sus labios.
Peter pedía insistentemente que lo llevaran al zoológico y Rose se sumó, adoraba los animales.
- Mañana niños, ahora ya es tarde para todos, a dormir.
- Ven Rose, vamos a tu cuarto.
Candy salió con la pequeña de la mano, mientras Albert se quedó con Peter, lo cubrió con la colcha y el chicoco lo abrazó.
- Te quiero papá.
- Yo también te quiero Peter.
- ¿Quieres a mamá?
- Por supuesto, yo amo profundamente a mamá, ¿por qué?
- Está triste papi, como cuando viajabas por muchos días.
- Pero ahora no estoy de viaje.
- No estás con nosotros papá, hoy la vi llorando en el árbol. Rose estaba con Dorothy y yo fui a la cocina por agua.
- Peter, no hay árboles en la cocina.
- Bueno, fui al jardín, estaba aburrido. La señora Elroy le hablaba a un árbol, pero no era un árbol, mamá estaba arriba.
- ¿Y qué dijo la tía?
- La retó por no ir a un té, ¿qué es un té? Mamá le dijo que no quería verlas y se quedó allí, estaba llorando, yo subí porque tenía pena y ella me mandó con Dorothy.
El niño se veía realmente acongojado. El hombre lo tranquilizó diciéndole que no se preocupara, que a su mamá no le pasaba nada malo y estaría bien, le dio un beso en la frente y apagó la luz. Pasó a mirar a Rose que dormía plácidamente y se dirigió a su pieza, el reloj daba las 12 en el vestíbulo.
Al acercarse a la cama pudo ver que su mujer dormía, la besó en la mejilla y percibió cierto toque salobre lo que significaba que había estado llorando. Se puso pijama y se sumergió en las sábanas para abrazarla.
Al día siguiente Albert suspendió todas sus actividades ante el desasosiego de la tía y trató de sonsacarle a Candy el motivo de su llanto, pero como si adivinara sus intenciones, la joven se mantuvo alejada de él y cerca de la tía Elroy y los niños. El sol empezaba a esconderse cuando finalmente la encontró sola en la biblioteca. Cerró la puerta con llave y se acercó a ella.
- Candy, me has evitado todo el día, ¿pasa algo?
- No te he evitado Albert, he estado muy ocupada, eso es todo. Tengo que conocer gente nueva y es mucha.
- Siempre has tenido tiempo para nosotros, incluso cuando hacías turnos en el hospital.
Albert se sentó a su lado, observándola detenidamente, se veía tranquila, pero él sabía que tras esa calma había un huracán interno tratando de salir. Ella lo miró, estaba segura de que ese hombre que era su partner algo sabía o intuía.
- Lo siento Albert, la verdad es que la tía me ha presentado mucha gente que debo conocer.
- ¿Y desde cuándo le haces tanto caso a la tía? Siempre has tomado tus propias decisiones, sin importar su opinión. A ver, ¿qué más dice la tía?
El tenía sus manos sujetas y la miraba directamente a los ojos, las verdes pupilas desviaron la mirada, mala señal, algo ocultaba, eso era cada vez más evidente.
- Nada cariño, sólo que estas personas son importantes para ti - Su voz salió como un murmullo.
- No me importa y lo sabes, si no estás cómoda no lo hagas - Le tomó una manó y se la besó - hablaré con la tía.
- No Albert, yo lo hago feliz, no te preocupes, no la molestes.
- Entonces, ¿por qué llorabas anoche? No lo niegues, cuando te besé pude sentir la humedad en tus mejillas, igual que ahora.
Sus dedos secaron una lágrima que escurría, traviesa, por sus ojos. Ella se abrazó a él y hundió su rostro en el pecho masculino, el mejor lugar para refugiarse cuando la calma se veía sacudida.
- ¡Ay Albert! – suspiró - ¿Tú crees que soy una buena mamá? Él tomó su rostro entre sus manos y la miró fijamente.
- Eres la mejor mamá que podrían tener nuestros hijos.
- Pero Peter no sabe tocar ningún instrumento, no habla otro idioma, Rose ya camina y se supone que debería empezar a tener clases de ballet, aunque yo la encuentro tan pequeña y frágil para eso. Nuestros niños no son como los otros chicos Andrew.
Finalmente lo había dicho, estaba angustiada por las críticas de Elroy, las conversaciones con las otras mujeres y las comparaciones con los demás miembros del extenso clan. Albert la sostuvo abrazada y la dejó llorar hasta que poco a poco su respiración se normalizó y las lágrimas dejaron de brotar. La besó en la frente, las mejillas y la punta de la nariz.
- Amor, no importa cuan distintos sean nuestros hijos, son nuestros y son buenos chicos. ¡Qué importa si no saben música o no bailan ballet! Son niños buenos, obedientes, amigables, compasivos, alegres y lo más importante son felices. Eso es lo único que importa o ¿querías que fueran pinturitas, egoístas y mal educados como Niel y Elisa en su infancia?
- No, por supuesto que no.
- Entonces no te preocupes de lo que diga el resto. Rose y Peter son nuestros hijos, completamente queridos por nosotros, no como forma de amarrar un matrimonio, ni obtener una herencia. Y como son nuestros, la crianza que les demos es algo que sólo nos interesa a nosotros. Cariño, eres una maravillosa madre, buena, cariñosa, honesta, preocupada, alegre, ¿qué más podrían pedir?
Ella lo besó dulcemente para agradecerle esa compañía.
- Te amo Albert, muchísimo, gracias por todo, por nuestra familia, tu apoyo, tu comprensión. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, te amo.
Después de la conversación y una vez aclarado el tema de tanto nervio, la pareja aprovechó la tranquilidad para regalonearse y disfrutar de la presencia del otro. Más tarde fueron a la pieza de los niños para jugar un rato, cenar algo ligero y contar el cuento de todas las noches, ya convertido en una tradición. Al finalizar, Candy se llevó a Rose a su cuna y Albert se quedó un momento para conversar con Peter, un espacio creado por ellos para hablar "como hombres".
La semana siguiente fue mucho más tranquila, Albert disminuyó sus jornadas de trabajo y las visitas sociales, lo que molestó a Elroy pero hizo feliz a los chicos. Esa tarde habían salido a cabalgar solos, los niños estaban con George y Dorothy. El paseo era tranquilo y agradable, habían hecho un picnic en las orillas de una laguna cercana y nadado un buen rato.
Regresaban cabalgando cuando Candy propuso una carrera, el joven se negó aunque apuró un poco el paso de su caballo, dejándola atrás. Poco antes de llegar a las caballerizas se dirigió a su mujer, sin obtener respuesta. Miró hacia atrás y divisó la yegua que ella montaba sin jinete.
Se apeó y acercó raudamente al animal, ni rastro de la chica; la llamó sin obtener respuesta y ya preocupado comenzó a desandar el camino recorrido cuando la vio. Inconsciente, en el césped, estaba su Candy. Corrió hacia ella y la revisó, no tenía heridas ni golpes, sólo cierta palidez y no despertaba. La tomó en brazos y corrió hacia la casa llamando a gritos a George y pidiendo un médico.
George apareció con su calma tradicional, pero al ver al joven con la chica en brazos desmayada apuró su paso para encender el auto. Ya en el hospital Albert esperaba impacientemente que lo dejaran verla. Su Candy era una mujer fuerte que rara vez se enfermaba y verla inconsciente y blanca como el papel lo había asustado mucho. El médico se acercó para calmarlo y explicarle lo sucedido:
- Es normal durante los primeros meses de embarazo, no se preocupe Señor Andrew, su esposa y su hijo están en perfectas condiciones. Puede irse en un rato.
- ¿Embarazo?, ¿Candy está esperando un bebé?
- ¿No lo sabía?
- No, pero es una gran noticia, gracias doctor.
Con su mejor y sensual sonrisa ingresó a la habitación donde ella reposaba. La besó con pasión contenida y extremadamente feliz.
- Cariño, eres un sol, esto es maravilloso.
- ¿Te enteraste? Quería contártelo cuando estuviera segura, además no sé… es un poco pronto… Rose tiene poco más de un año… El la interrumpió con otro beso y le entregó una flor.
- Felicidades mamá Candy, según el doctor es muy seguro y yo estoy muy feliz. También me dijo que si te sientes mejor nos podemos ir, tenemos que celebrar.
- ¡Llevemos a los niños de picnic y les contamos!
- Siempre y cuando no te subas a los árboles…
- Voy a pensarlo…
El la abrazó fuertemente, besó sus labios y mirándola seriamente le advirtió:
- Ni se te ocurra Candice, no esta vez. Ya nos asustamos mientras esperabas a Rose, no de nuevo, ¿vale? Además te tengo una noticia.
- ¿Volvemos a América?
- Sí, pero la noticia no es esa; he decidido que este año no viajaré, esta vez no me perderé el nacimiento de nuestro hijo, creo que tendrás que soportarme el resto del embarazo cerca.
Ella lo besó y se largó a reír, feliz. De regreso a su casa, su país, con todos bien y una nueva vida en camino, tenía que avisarles a sus amigas, a la señorita Pony y la hermana María para que supieran las buenas nuevas. ¡Al fin en casa!
El regreso a la mansión de Elroy fue tranquilo y muy feliz, las novedades no podían ser mejores, la chica vislumbraba el día como uno de los mejores desde que habían llegado a esa casa. ¡Vaya que pasan cosas en casi dos meses!
Tras arribar a la casa Albert subió a su mujer al dormitorio para que siguiera descansando, allí aterrizaron los niños con Dorothy y entonces el hombre aprovechó de bajar un momento a su escritorio.
Al ingresar se encontró con un George hiperventilado, sonriente y parlanchín, si tenía hasta el pelo con un toque revuelto. Albert se quedó inmóvil, impactado ante dicha visión. Jamás en todos los años que lo conocía lo había visto tan… ¿feliz?, su mentor y amigo sostenía una copa de cognac en la mano y al verlo entrar, la alzó en señal de brindis. Albert decidió seguir el juego y también se sirvió un cognac.
- ¿Y por qué brindamos?
- William, Dorothy me ha dado una noticia increíble, maravillosa, fantástica, yo… ¡soy tan feliz!
- ¿Y?... ¿Cuál es la noticia? Nunca te había visto tan conversador
- Brindemos porque Dorothy y yo seremos padres, ¿lo puedes imaginar? Yo, un hombre de más de cuarenta años, seré papá, ¡tendremos un hijo!, es una gran noticia.
Albert alzó su copa y lo miró maliciosamente, así que esa era la razón de tanta algarabía, qué bien, ese hombre que tanto le había enseñado se merecía ser feliz y "despeinarse" un poco aunque solamente fuera un par de veces en la vida (como en su despedida de soltero, Albert se reía solo al recordar al George sin corbata y completamente desordenado que habían dejado en una de las habitaciones del hotel donde celebraron su cambio de estado) Volviendo a la realidad, mantuvo su copa en alto antes de festejar:
- Brindemos George, porque Candy y yo también estamos "en campaña" y esperamos otro bebé. Al parecer el barco nos mantuvo ocupados – le guiñó un ojo - ¡felicitaciones amigo!, sé que ustedes serán muy felices con su bebé.
En ese instante apareció Candy junto a Dorothy, venían comentando algo en voz bajita y muy sonrientes, la rubia se acercó a su pareja y le tomó la mano, luego le dio una mirada divertida a George.
- Dorothy me acaba de contar, ¡felicidades para ambos! Parece que este viaje fue fructífero para todos.
- ¡Señora Candy! – George y Dorothy se sonrojaron mientras Albert y Candy se largaban a reír.
El joven les entregó unas copas con agua a las mujeres, el cognac podía ser muy fuerte. Luego volvió al lado de su amada y la abrazó por la cintura mientras alzaba la copa.
- ¡Brindemos por nuestros futuros hijos!
Se sentaron a charlar como los amigos que la vida reúne y así el tiempo pasó alegremente para los cuatro, los más pequeños, ajenos a las novedades jugaban con la niñera. Las bromas y risas fueron interrumpidas por el ingreso veloz de Peter y los gritos de Elroy. El niño los miró detenidamente y corrió a esconderse tras sus padres, Candy pudo ver que lloraba. Se acercó con un pañuelo para secar sus lágrimas y saber qué había pasado.
Peter explicó entonces que bajaba corriendo las escaleras cuando tropezó con Elroy y cómo al evitarla, pasó a llevar un jarrón del encimero que se hizo añicos. La anciana lo había reprendido y acusado de ser un huérfano sin educación, el pequeño respondió que tenía padres y era adoptado, así que tenía dos papás y dos mamás. La señora lo había abofeteado y dicho que era un insolente y mal agradecido.
- Dijo que me enviará a un internado lejos.
El pobre hipaba en brazos de Candy, que tenía los ojos vidriosos. La chica lo sentó en sus piernas, besó su frente y le dijo que eso no era cierto porque Albert y ella lo querían mucho. Dorothy le ofreció un vaso de agua, mientras le acariciaba la cabeza.
Entonces entró la tía Elroy apoyada en un bastón, con su mirada altiva y visiblemente molesta. Saludó a todos y acto seguido empezó a hablar con su mirada en el niño, que se escondía tras Albert, como si hubiera visto al monstruo más tenebroso de los cuentos.
- Así que allí te escondes pequeño. William, Candice, creo que se han equivocado al adoptar a este niño. Es un mal educado, ha roto un jarrón de la sala y me ha gritado, es una pésima influencia para Rose.
Candy le solicitó a Dorothy que se llevara a Peter a su habitación y le sirviera un vaso de leche. La joven morena salió con el niño de la mano que aún lloraba – ahora en silencio – y se pegó a su cuerpo al pasar cerca de la anciana que lo fulminó con la mirada.
Apenas desaparecieron por la puerta, Albert le ofreció un cómodo sofá a la anciana para sentarse y él se sentó al lado de Candy, que estaba muda y molesta. George se ubicó en un rincón.
- Les dije que bastaban sus propios hijos, pero son un par de cabezas duras – alegó la mujer.
- Tía, quiero a nuestros hijos tal como son. No me importa que Peter no lleve mi sangre, es un buen niño, nos quiere, cuida a Rose, la adora.
Albert había hablado tranquilamente, como tratando de calmar las aguas, sabiendo que si perdía los estribos, el encuentro podía ser realmente desagradable. Su mujer lo miraba con los labios fruncidos y las manos juntas, tratando de contar hasta 10, 20 ó 30 antes de articular siquiera una palabra. Finalmente, se decidió a hablar:
- Tía Elroy es cierto que es un pequeño travieso, pero todos los fuimos a esa edad. Además yo lo quiero igual que a Rose y al bebé que esperamos.
La anciana se sorprendió con la noticia, no con las respuestas de sus sobrinos, de sobra las podía intuir, pero un ¿nuevo heredero?
- Ojalá que sea un niño, así este mocoso podrá irse a algún internado. He escuchado de unos muy recomendables para un niño con nuestro apellido, aunque sea adoptado.
- ¡No! – La rubia se levantó del sofá como un resorte, su mirada lanzaba llamas de furia, su rostro se empezó a colorear y hasta el pelo pareció encresparse ante tamaña propuesta.
- Lo siento tía, nuestros niños se quedarán con nosotros, ¿cierto Albert? Jamás permitiré que los envíen lejos y estén solos. ¿Escuchó bien?
Albert tomó su mano y la obligó a sentarse nuevamente, en voz bajita le pidió que se calmara y sin soltar su agarre le contestó a su tía.
- Tía, con Candy hemos decidido que nuestros hijos se criarán con nosotros y asistirán a colegios normales.
- Pero los Andrew siempre van al San Pablo – la joven explotó nuevamente.
- No me separarán de ellos, menos para dejarlos ir a ese colegio retrógrado.
Su esposo apretó un poco su mano y la miró seriamente.
- Tranquila cariño. Tía, le recuerdo que las decisiones de la familia las tomo yo y con Candy ya está claro, los chicos crecerán con nosotros como niños normales, no queremos copias de los Leegan, ¡Dios nos libre! Por otro lado, aprovecho de comunicarle que antes de fin de mes regresaremos a Estados Unidos, antes que Candy y Dorothy no puedan viajar.
- ¿Dorothy? Y ella qué tiene que ver.
- Ambas estamos embarazadas. Y con esta frase, Albert y Candy se fueron dejando a la señora boquiabierta.
