Dominada por el Deseo
~Kawaii Tsuki-Chan~
Capitulo 10
Por primera vez en su vida, pudo sentir realmente que sus pezones se llenaban de sangre, que se hinchaban.
Con un último lametazo, Draco volvió a usar las manos.
—Muy bonitos. Deberían de estar así siempre, tiernos, rosados, erguidos, esperando que los acaricie.
Volvió a cerrar los pulgares y los dedos sobre ellos con la dureza necesaria para hacerla contener el aliento. Luego los retorció, haciendo que Hermione gritara, mientras la humedad anegaba sus muslos como un torrente. Dios, jamás había estado tan sensible, sentía que podría llegar al orgasmo sólo con que jugara con sus pezones. Había leído que era posible, pero jamás se lo había creído. Hasta ahora.
—¿Estás resbaladiza y ardiente para mí? —le preguntó mientras le rozaba el cuello con su cálido aliento.
—Sí —respondió ella entrecortadamente.
—¿Sí, qué?
—Sí, señor.
Draco deslizo los dedos por el valle entre sus pechos, los arrastró por su vientre, su monte de Venus, luego los sumergió en su húmedo calor. Acarició el clítoris y ella gimió contra su boca.
—Tócame —gimió Hermione.
—Aquí no mandas tú, cher. Aceptas lo que te doy. No importa cómo te lo dé.
—Pero...
Draco dio un paso atrás, rompiendo todo contacto. Hermione se lo quedó mirando fijamente con los ojos bien abiertos. Qué bastardo.
—O lo hacemos a mi manera o no lo hacemos. ¿Entendido?
—Maldición, eres un arrogante —le contestó rechinando los dientes mientras la excitación y la furia ardían a fuego lento en su interior.
—Eso ya lo habíamos hablado. ¿Seguimos, cher? Es tu elección.
Al final, Hermione estaba demasiado excitada, y sentía demasiada curiosidad por saber lo que haría a continuación para considerar cualquier otra cosa.
—Será como tú digas, señor.
—Buena chica. Abre los muslos.
Apoyándose contra la puerta, Hermione abrió las piernas. Draco arrastró los dedos entre los hinchados y húmedos pliegues femeninos, jugueteando con la punta del clítoris, y expandiendo la humedad con los dedos. La respiración de Hermione se aceleró junto con los latidos de su corazón. Asombroso. Draco sabía exactamente dónde tocar, cuándo y por cuánto tiempo para llevarla hasta el precipicio, pero sin dejar que cayera.
Muy pronto, ella sintió que el rubor se extendía por toda su piel. Era una masa gimiente y temblorosa, suplicando por que él la llenara, por que aliviara esa monstruosa necesidad que había creado en ella. Hermione le recorrió el pecho con manos ávidas, acariciando las increíbles líneas de los pectorales, el abdomen musculoso. Era asombroso. Tenía músculos duros, pero a la vez suaves, por todos lados.
La llevaba casi al límite de la excitación con esos habilidosos dedos, y con algún pellizco ocasional en sus pechos. Los besos largos y febriles la hacían gemir, arquearse e implorar en silencio. Jugó con ella, llevándola más y más alto hasta que Hermione se sintió mareada, delirante, capaz de hacer cualquier cosa para que él acabara con ese tormento.
Desesperada, bajó la mano por el estómago de Draco y agarró la protuberancia de su miembro a través de los vaqueros. Era enorme. Grueso y duro, le daría lo que su cuerpo necesitaba. ¿Por qué no lo hacía ya?
Con un siseo, Draco le agarró la muñeca y la volvió a poner contra la puerta, cerca de la cabeza de Hermione.
—No me has pedido permiso para tocarme.
—Pensé que te gustaría —jadeó ella.
—Pensaste que así me privarías del control, Hermione, que así podrías obtener rápidamente lo que querías. Non. Me tocas cuando yo lo diga y no antes.
Inquieta, más allá de la necesidad, cambió el peso de un pie a otro. Él metió un pie entre sus muslos para que no los pudiera cerrar. Jugueteó de nuevo con sus pezones, ahora ligeramente doloridos. De alguna manera, ese diminuto indicio de dolor sólo consiguió que cada toque fuera más vivido, que cada caricia fuera directa a su clítoris.
—Por favor, señor.
—¿Por favor qué, cher? —Le volvió a pellizcar los pezones y murmuró la pregunta contra sus labios—. ¿Quieres que te folle?
Ella jamás le había dicho esas palabras a un hombre en su vida. Jamás imaginó que podría llegar a decirlas. Pero ahora, no podía imaginar no decirlas. Necesitaba a Draco ya, embistiéndola dura y rápidamente.
—Sí —murmuró—, fóllame.
Él se detuvo, arqueando una ceja con impaciencia.
—Señor —añadió ella precipitadamente, entre jadeos—. Fóllame, señor.
Como recompensa, él deslizó dos dedos sobre su clítoris y lo frotó suavemente, dibujando unos tortuosos círculos en torno al duro nudo. Hermione había imaginado que, sin lugar a dudas, su deseo no podía aumentar mucho más. Se había equivocado, pensó con un gemido.
Ahora, cada aliento de Hermione era un jadeo. El aire entraba y salía rápidamente de sus pulmones. Los latidos de su corazón lo ahogaban todo excepto la necesidad de sentirle profundamente en su interior.
—Bájame la cremallera de los pantalones.
Hermione no vaciló, ni jugueteó. Bajó la cremallera y le deslizó los odiados vaqueros por las caderas. Draco no llevaba ropa interior, así que su miembro brotó libre hacia las manos que lo esperaban.
Ella lo frotó. Su técnica era apurada e inexperta, estaba segura, pero la urgía la necesidad de tocarle, de sentir al hombre que pronto estaría dentro de ella. Cerró los puños en torno a él, uno sobre otro, y le acarició la gruesa y gloriosa longitud.
Hasta que él la agarró de las muñecas y le apartó las manos, volviéndolas a poner contra la puerta.
—No sigues mis indicaciones, cher. Dije que me bajaras la cremallera, no que me bajaras los pantalones y me acariciaras la polla. Un error más y tendrás que olvidarte de que te folle.
Ella se mordió los labios, tratando de contener la impaciencia y asintiendo con la cabeza.
—Comprendo, señor.
Le latió el clítoris al decir esas palabras. Dios, ¿qué le ocurría? Había llegado demasiado lejos para que le importara. Pero más tarde...
En silencio, él saco un paquete del bolsillo y se bajó los vaqueros hasta las rodillas. Segundos después, rasgó el cuadrado paquete metálico y se enfundó el preservativo en el glande púrpura, luego lo deslizó por toda su longitud. Lentamente. Demasiado lentamente para Hermione, que resistió el impulso de ayudarle o de apresurarlo o de mover los pies con impaciencia.
De repente, él se inclinó, la levantó por las caderas y apretó el cuerpo de Hermione entre la puerta y su propio cuerpo.
—Rodéame la cintura con las piernas.
Ella vaciló. ¿Podía la gente realmente tener relaciones sexuales de pie? Ella jamás había intentado hacer nada más exótico que permanecer encima.
—Hazlo —la voz de Draco era afilada como el acero.
Sin más vacilación, Hermione levantó las dos piernas y le rodeó las caderas. Unos momentos después, él la recompensó con la sensación de su pene indagando en su entrada, grueso y preparado. Conteniendo el aliento, se agarró a sus hombros, justo en el borde, esperando.
La penetró con la punta, y aunque dura, la sintió como un trozo de cielo, como un elixir mágico que aliviara el dolor que la carcomía viva.
—Dilo otra vez —exigió él con una voz ronca—. Dime qué quieres.
Hermione ni se planteó vacilar.
—Follame. ¡Ahora!
Entonces, Draco empujó las caderas de Hermione hacia abajo mientras él empujaba hacia arriba. Los tiernos tejidos internos que llevaban tanto tiempo sin ser penetrados protestaron al principio, incapaces de acomodar su grosor. Ella gritó.
—Relájate —se salió de ella—. Ábrete para mí, cher.
Hermione se esforzó en relajar sus músculos, algo difícil cuando estaba agonizando lentamente por el deseo. Draco siguió empujando lentamente, con su carne atravesándola como si fuera mantequilla suave, despertando todas sus terminaciones nerviosas y provocándole estremecimientos de placer.
Hermione sintió que estallaría y le pareció que pasaba una eternidad hasta que él estuvo enterrado por completo en ella. Oh, Dios, necesitaba correrse.
Jamás había tomado a un hombre tan grande ni tan profundamente. Lo podía sentir casi en la garganta. La anchura de la erección la hizo estirarse hasta que su carne ardió. Pero no era suficiente.
Ese indicio de dolor fue como echar leña al fuego. Su sangre corrió rauda por sus venas, y rompió a sudar. El dolor la hizo ser consciente de estar viva, del intenso placer que aún estaba por llegar.
—¡Más! —exigió ella—. Nunca ha sido tan bueno.
Sin previo aviso, él se retiró casi en su totalidad, luego volvió a penetrarla con más suavidad que antes. El dolor se desvaneció, pero los sensibles pliegues del sexo de Hermione se habían estirado más que nunca. Ella hubiera jurado que podía sentir cada centímetro, cada vena de su pene rozarle la carne tan repentinamente sensible de su interior.
Draco le proporcionó un placer atormentador con cada lenta estocada, cada roce del glande en su interior la hacía jadear y arder de necesidad, haciendo que se olvidara de todo menos de las sensaciones que le provocaba, de la necesidad que tenía de él.
—Cher, tu sens si douce —le murmuró Draco al oído mientras empujaba en ella una vez más—. Eres tan dulce.
Ella intentó contenerse, resistirse al placer que amenazaba con hacerle perder la cordura. Pero con esas palabras y el siguiente envite de su dura erección, el orgasmo la barrió como un furioso huracán... rápido, fuerte, distinto a cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
—¡Draco! —gritó ella, clavándole las uñas en los hombros.
Hermione supo entonces que su primera suposición había sido correcta: jamás volvería a ser la misma.
Con el grito de Hermione resonando en sus oídos, Draco se sumergió en el sedoso paraíso de su vagina una vez más y perdió el control del orgasmo que retenía por un hilo.
La explosión se originó en un punto de su vientre, y el placer se extendió por su miembro. Salió a chorros de su cuerpo, llevando la dicha a todas partes. Se sintió un poco mareado. Le temblaban los dedos. Los latidos del segundo clímax de Hermione lo envolvieron, ordeñando cada gota de semen, dejándolo sumido en una pesada satisfacción.
¿Había sido tan bueno alguna vez?
Luchando por recobrar el aliento, Draco abrió los ojos para ver la cara ruborizada de Hermione, sus labios hinchados, sus hombros relajados.
«¿Mostraría ella ese aspecto tras pasar una noche con Harry?»
El pensamiento surgió de la nada. La cólera lo atravesó como un relámpago, como si lo hubiera invadido una corriente helada. Se quedó paralizado.
¿Cólera? Sí, Harry la había tocado. Ella pertenecía a ese bastardo.
«Ah, pero te la acabas de tirar», se recordó a sí mismo. «La venganza es dulce».
Cierto, pero sus entrañas, ese lugar donde le supuraba una herida que lo corroía desde hacía tres años por la traición de Harry, no gritaban de júbilo, sino que estaban pendiente de las sensaciones que Hermione extendía a su alrededor, de su perfume a frambuesa. Acababa de correrse en su interior y ya quería volver a hacerlo.
«Muy listo, Draco».
La había engañado para llevarla allí y se la había tirado como pago de una deuda. El primer objetivo de la misión se había cumplido. Fin de la historia.
Draco se obligó a retirarse y a dejar a Hermione de pie. Ella lo miró con los ojos agrandados, buscando consuelo y preguntándole sin palabras qué iba a pasar entre ellos ahora.
Como si él lo supiera.
Reprimiendo una maldición, se dio la vuelta, se quitó el condón de un tirón y lo lanzó al cubo de basura más próximo. El porqué volvía a estar enojado, no lo sabía. ¿Quizá porque a él le gustaba Hermione y ella no merecía ser utilizada? O puede que fuera porque había querido creer que ella no traicionaría al hombre con el que pensaba casarse, abriéndose de piernas para otro.
Era una estupidez.
Se cerró la cremallera de los vaqueros y miró a Hermione de nuevo. Le temblaba el labio inferior. Su expresión había pasado de saciada a precavida en unos segundos. Algo en lo más profundo de Draco quiso abrazarla y tranquilizarla. Otra parte de él estaba asustada de su reacción ante ella.
—Coge lo que quieras de la cocina —le señaló a su alrededor y se dio la vuelta para marcharse.
Con largas zancadas, Draco atravesó la cabaña hasta sus dominios privados. Sacando las llaves del bolsillo, abrió la puerta.
«Entra. Cierra. No la mires».
Imposible.
Draco se giró para mirarla. Incluso desde el otro extremo de la cabaña podía ver los temblores que la recorrían, las marcas de su barba en la piel desnuda, los pezones hinchados tan dulces y suculentos que le hacían la boca agua, y el vello canelo que cubría la entrada de su sexo.
Se le contrajo el vientre.
«Vuelve. Cruza la habitación, cógela. Tómala otra vez».
Ignorando la voz, cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo, luego se acercó al ordenador del escritorio de la esquina. Se desplomó pesadamente en la silla y lo encendió. Pero sus pensamientos e impulsos no estaban para acciones mundanas. Su instinto le decía que acababa de cometer un gran error al darle la espalda a Hermione. Si hubiera pensado más allá de su deseo de tomarla y de la reacción alocada que había tenido ante ella, se habría dado cuenta de que si quería que dejara a Harry, tenía que mantenerla embelesada y saciada. Constantemente. Nada más le podía asegurar que Hermione dejaría por su propia voluntad al antiguo compañero de Draco. Y si tuviera dos dedos de frente, se pondría de pie, volvería con ella y la llevaría a su cama para atarla.
Pero Draco vaciló. Hermione había abierto una brecha en su control. Necesitaba recuperar el aliento, pensar. Hermione y sus sentimientos no eran importantes; sólo importaba haber llevado a cabo la primera parte de su venganza. Tenía que decidir cómo conseguir lo demás, la parte en que ella dejaría a Harry. Tenía que ordenar sus prioridades.
Pero en vez de eso, pensaba en peligrosas fantasías que incluían atarla a su cama y penetrarla lentamente. Mataría por sentir la exuberante calidez de sus labios, por acariciarle la suave garganta, por saborear sus pezones rosados, el estómago plano. Por probar la humedad de su sexo que estaba seguro que sabría a ambrosía.
Maldita sea, tenía que dejar de pensar con la polla y recordar que Hermione era un medio para conseguir un fin. Ella había engañado a su novio... no era la mujer adecuada con la que enrollarse. Ya había pasado por eso antes. Tenía cicatrices que lo probaban.
Por si fuera poco, a ella aún la perseguía un acosador que quería matarla. Estaba asustada y él se había prometido protegerla, y obtener de ella algunas respuestas. Era lo menos que podía hacer, por utilizarla. Tenía que concentrarse en protegerla, no en las sensaciones que le provocaba. O en imaginar cómo sería someterla por completo.
Ya encontraría la manera de convencerla de que dejara a Harry sin que ello implicara hundir su miembro en su cuerpo repetidas veces hasta que ambos estuvieran demasiado saciados para moverse.
Una rápida mirada al reloj de su muñeca le dijo a Draco que todavía no eran las siete de la mañana, demasiado temprano para llamar a Blaise, su socio, o a cualquier otra persona. Blaise tenía un montón de contactos, desde senadores a conserjes. Conocería a alguien que supiera algo sobre el acosador. Pero hasta entonces, todo lo que Draco tenía que hacer era concentrarse en Hermione o en la venganza.
Vale, en la venganza. Pensaría en eso, se centraría en lo dulce que sería hacer pagar a Harry por su traición. No se sentía especialmente contento, al menos aún no. Probablemente no lo estaría hasta que Hermione dejara a ese bastardo. Había sabido desde el principio que su plan tenía un enorme defecto: que Hermione no le contara a Harry su indiscreción, si era así, Draco no tenía manera de asegurarse de que Harry lo descubría. No habría manera de probarlo. Y probarlo... era importante. De hecho, lo era todo.
Levantándose de la silla, Draco se paseó por la habitación. ¿Cómo podría probarle a Harry que había penetrado profundamente a su mujer hasta hacerla gritar su nombre? Él había obtenido una prueba irrefutable de la traición de Harry con un vídeo, pero...
Pero... podría pagar a Harry con la misma moneda.
Draco sonrió. Ojo por ojo...
Ignorando una punzada de culpabilidad, volvió rápidamente a la silla y se dejó caer en el asiento para comenzar a teclear. Unos segundos después, encontró lo que estaba buscando: la grabación de seguridad de la cabaña unos minutos antes. Abrió el archivo y comenzó a mirarlo desde las 6 a.m. Lo pasó a cámara rápida hasta que Hermione apareció de pronto gritando con aquella pequeña toalla verde.
Luego se reclinó en el asiento para observarlo a velocidad normal y con sonido. No quería perderse ni un segundo.
Demonios, tenía un pelo precioso, tan rizado y sedoso, que caía sobre sus hombros como una tentación ígnea. Esa piel cremosa, salpicada de pecas, lo impulsaba a querer recorrerlas con la lengua. Se ponía duro sólo con recordar la manera en que olía, como a frambuesas frescas con una pizca de canela. Hermione era el tipo de mujer fuerte, que no se rendía, que a él le gustaba saborear. Hacía mucho tiempo que no conocía a una mujer como ella. Perdía el tiempo con Harry.
En el vídeo en blanco y negro, la besaba y le acariciaba los pezones. Observar cómo cerraba los ojos, cómo se ruborizaba, cómo se arqueaba para ofrecerse a él, le excitó una vez más. Experimentarlo había sido... algo increíble, pero observarla era como volver a tenerla de nuevo y saborear cada reacción.
Ella le susurró algo. Draco le respondió, pero el audio del archivo no lo recogía. Aunque poco importó cuando dejó caer la toalla. Si bien su propio cuerpo bloqueaba la mayor parte de la vista del cuerpo de Hermione, podía verse la curva de un pecho y un atisbo de suaves pliegues rosados, protegidos por el vello rojizo. Pero también se veía mucho más. La curva exuberante de sus caderas, la flexibilidad de sus muslos. Su expresión vulnerable. Había corrido un riesgo con él, y lo sabía. Y entonces vio su reserva. No estaba convencida al cien por cien de ceder. Pero la dolorida curiosidad había derrotado, finalmente, a la preocupación. Se moría de ganas de someterse, pero no quería aceptarlo.
Y tenía que haber una razón. Estaba más que interesado en resolver ese misterio.
Draco maldijo de nuevo, debatiéndose entre la culpabilidad, la curiosidad y el repentino apremio del deseo cuando se observó a sí mismo levantarla, apretarla contra la puerta y entrar en ella con una serie de envites apasionados. Recordó — comenzando a sudar— lo estrecha que había sido, cómo se había esforzado en tomarle. Pero no había pronunciado una palabra, una queja. Una mueca de dolor le cruzó el rostro, y Draco apretó los puños. Maldita sea, ¿por qué no le había dicho nada? Hacerle daño era lo último que había querido. La próxima vez...
No puede haber una próxima vez, se recordó a sí mismo. Ya tenía lo que necesitaba en ese archivo. ¿El saber que ella había sentido tal devastación sensual a manos de un total desconocido sería suficiente para hacerla dejar a Harry? Era muy pronto para decirlo, pero se temía que obligarla a dejar al hijo del senador no sería tan fácil. Tendría que idear algo...
Mientras la observaba aceptar toda la longitud de su miembro y la expresión de placer en su rostro, esperaba que aquel encuentro no hubiera sido suficiente, deseaba que ella se sometiera a él otra vez. Y otra. ¿Por qué negar la verdad? Lo atraía. Todo en ella lo atraía: su piel, su olor, su audacia. Era una interesante mezcla de inocencia y provocación. Tímida y contenida un momento y atrevida e implorante al siguiente. Le gustaba esa pequeña paradoja en ella.
El vídeo continuó, segundo a segundo, mientras la aplastaba con fuerza contra la puerta. Podía ver cómo el orgasmo se abría paso desde el interior de Hermione. Abrió los dulces labios. Gimió y apretó las piernas en torno a él. La observó quedarse sin aliento y casi podía sentir su sedoso calor envolviéndolo, incluso ahora. Borrar de su memoria su olor, sus reacciones —toda ella— no iba a ser fácil.
Draco se removió, ajustándose los pantalones. Hizo una mueca. ¿Cuándo se había puesto tan duro como una roca por una mujer quince minutos después de haberla tomado? Muy rara vez. ¿Cuándo una mujer había invadido su mente después de tomarla? Nunca.
Soltó un suspiro. ¿Por qué era ella diferente? Las palabras de su abuelo le impactaron como un ariete en el vientre. «Si sueñas a menudo con una mujer castaña, es que vas a conocerla y que va a convertirse en tu alma gemela». Imposible. La mujer de su mente, de sus sueños, era simplemente una fantasía. No era Hermione.
Pero con ella se había sentido como si fuera una fantasía hecha realidad.
En la pantalla, Hermione le arañaba la espalda. La podía oír claramente: «Más. Nunca ha sido tan bueno». Jadeó un par de veces, antes de que sus labios le rozaran febrilmente el cuello. «Nunca había sido así».
Draco tembló ante el recuerdo. Sí, había sido bueno. Jodidamente espectacular, si era honesto consigo mismo. Maldita sea, no tenía necesidad de tirársela de nuevo. Ahora que tenía la prueba de que lo habían hecho, esa parte de su venganza había sido completada. Hermione había servido a sus propósitos. Y no existía eso de la media naranja.
«¡Draco!», observó cómo Hermione gritaba su nombre y se dejaba caer contra él, dando y tomando placer.
Allí en la silla, con la mirada clavada en el cuerpo de Hermione, con las pelotas tensas por la necesidad de correrse de nuevo, Draco apretó los dientes conteniendo el deseo de acariciarse la polla a través de los vaqueros.
Pero también podía ver que ella se contenía, manteniéndose de alguna manera apartada de él, sin entregarse por completo a sus caricias. Algo de lo que no se había dado cuenta mientras estaba enterrado en su canal, apretado y húmedo, con sus gritos resonando en los oídos. Observó la pantalla con atención. Era un misterio. ¿De qué demonios se trataba?
Rebobinó y volvió a ver los últimos momentos de nuevo. Bueno, no podía saber por qué Hermione había contenido una parte de sí misma al final. Sólo sabía que le disgustaba mucho. Lo sentía como una traición. Algo que le impelía a conseguir su completa rendición.
Maldiciendo, Draco cortó y pegó un trozo del vídeo, incluyendo esos momentos en los que Hermione decía que nunca había sido tan bueno, y cuando gritaba su nombre mientras se corría. Tal vez Harry no se daría cuenta de que ella no se había entregado sin reservas.
Una cosa era cierta. Harry era un hijo de perra, pero no era estúpido.
Aun así eran las mejores secuencias que tenía. Serían suficientes para convencer a Harry. Podría ocuparse de lo que fuera que Hermione ocultaba más tarde.
Antes de poder cambiar de idea, Draco envió el archivo al mail personal de Harry, junto con unas palabras amistosas.
«¿Cómo va esa carrera política, viejo amigo? Draco»
¿Cuánto tiempo —se preguntó— pasaría antes de que su «colega» viera el vídeo de su antiguo compañero de escuadrón tirándose a su novia? ¿Qué haría cuando lo hiciera?
No pudo reprimir una fría sonrisa de satisfacción.
Pero Herione volvió a inmiscuirse en sus pensamientos. Esbozó una sonrisa cuando la imaginó abierta y atada en su cama, y él a punto de tomarla. Completamente a su merced. Húmeda, suplicante. Dispuesta y ansiosa de que la poseyera de todas las maneras posibles.
Y se preguntó qué tendría que hacer para persuadirla no sólo de dejar a Harry, sino de entregarse sin reservas.
Tenía que descubrirlo. Ese deseo no iba a desvanecerse, se conocía lo suficientemente bien para saberlo. Eclipsaría todo lo demás. Por ahora, el tiempo estaba de su parte. Hermione estaba a salvo por el momento. El acosador probablemente no tenía ni idea de dónde estaba. Sería difícil que alguien que no fuera acadiano siguiera a un hijo de los pantanos por esa salvaje e indomable tierra.
Así que Draco la seduciría, y llevaría a Hermione de nuevo a la sumisión. Y no sólo una vez. Ella dejaría a Harry. Y le entregaría esa parte de sí misma que no le había dado antes. Esa parte que él sospechaba que no le había ofrecido a ningún hombre. Draco pensaba asegurarse de que se lo diera todo a él.
REVIEWS:
Lo se, soy muy cruel por haberlas dejado a todas así, como dijeron por ahí "con la miel en los labios". Espero y me perdoneeen :'(Las consentí de más hoy.
Miri: Lo se, sinceramente, creo que ninguna de nosotras se resistiría, es más, yo me derrito tan solo de verlo y... "¡Soy toda tuya, Dragon" dhdadksadas
Selesia: Solo tengo que decir... Draco hará que Hermione confiese sus deseos más oscuros, quiera o no y ahí será su perdición! Humillarse, aceptar en voz alta algo denigrante para ella que solo lo ha dicho dentro de su cabeza y tener que aceptar las ordenes y suprimirse bajo del poder del Amo J (o D) y todo lo que él le puede dar... Ummh Ahora que lo pienso, que sufrida, un gran castigo ¿no crees? *sarcasmo*
Alice Marie Fray: Claro que si hermosa, me llamo Elizabeth, pero mis amigos me llaman Eli, así que no te preocupes, con confianza~
SuwabeKoto-Chan: Muchas gracias por tu review y unirte a las bellas seguidoras de esta historia
NOTA:
Bueno, seré breve: No less preguntaré si les gustó el capitulo, porque yo se que si. Seguramente ahora muchas de sus dudas se abran resuelto, y por consiguiente, nuevas cuestiones aparecido. De antemano les pido una disculpa si encuentran o detectan algún error por ahí o algo que no llegue a cuadrar, ya sea con las descripciones (especialmente físicamente), etc. si los llegará a haber, por favor haganmelo saber para corregirlo al instante, edite el capi a la carrera y solo lo leí por encima, no detalladamente como sueño hacer.
Mañana tengo evento en la Facultad y de nuevo no se a que hora llegaré. Así que por hoy les publico un poco antes.
Nos leemos, hasta la proxima. Con cariño, Eli~
