CAPITULO 10

El poni caminaba alrededor de la pista. Isabella observaba desde la verja de madera del área de principiantes. Saludó al pequeño jinete con la mano.

Como era la primera vez que montaba a caballo, había pensado que Theo querría que le acompañara, pero el niño se había ido con la profesora y la había dejado al borde de la pista.

Era independiente, como su padre. No había vuelto a saber nada de Edward desde que había salido de la casa dos semanas antes. Le había dejado la carta de renuncia sobre el escritorio, aunque en realidad ni siquiera había llegado a firmar un contrato.

Él no se había molestado en contactar con ella, pero… ¿por qué razón iba a hacerlo? Había obtenido su venganza al acostarse con ella. El único contacto que había tenido con él y con la empresa había sido el finiquito que le habían puesto en la cuenta bancaria, por valor de tres meses de salario.

No quería aceptar nada de él que no fuera lo que realmente le correspondía, así que le había devuelto el dinero, pero la última visita a la oficina de desempleo la había hecho recuperar el sentido común. Si él no le hubiera impedido aceptar el trabajo que había solicitado en primera instancia, no hubiera tenido que buscar otro desesperadamente en ese momento. Y, si quería lavar su propia conciencia recompensándola de otra manera, el precio que pagaba era muy pequeño. A fin de cuentas había conseguido su venganza y lo había hecho a su costa.

Saludó a Theo con la mano de nuevo. Las lágrimas le nublaban la vista. El niño parecía totalmente concentrado y no la miraba en ese momento.

Un coche se detuvo junto a los establos, pero Isabella apenas reparó en él. Un caballo relinchó suavemente desde su cuadra. Sería otro niño que llegaba para dar la clase de equitación. Los sábados por la mañana estaban muy solicitados.

Isabella no sabía cómo iba a explicarle a Theo que esa sería su primera y última clase de equitación. De repente sintió un extraño escalofrío.

—Hola, Isabella.

Isabella sintió que el corazón se le paraba. Se dio la vuelta.

—¿Qué… qué estás haciendo aquí?

—Te he estado buscando.

Como siempre, iba vestido para hacer negocios y su rostro no desvelaba emoción alguna. Seguramente iba a alguna reunión importante, o acababa de volver.

—¿Cómo me has encontrado?

Edward apretó los labios. Era una imagen curiosa verle allí, tan elegante y bien vestido, con el pelo alborotado por el viento, delante de los establos.

—Por casualidad. Fui a tu casa primero y tu vecina del piso de arriba estaba saliendo en ese momento. Me dijo que habías traído a Theo a su primera clase de equitación, que seguramente te encontraría aquí.

—¿Por qué? —le preguntó Isabella, mirándole a los ojos.

—Por la forma en que te marchaste, sin decir ni una palabra, y sin advertencia alguna. Ni siquiera te dignaste a hablarlo conmigo.

—Te dejé una carta de renuncia. Pensé que no hacía falta dar más explicaciones.

Él respiró profundamente y entonces apoyó la mano sobre la barra superior de la verja de madera. Estaba tan cerca que podía sentir el embrujo de esa oscura química que existía entre ellos. El pulso se le aceleraba y su propio cuerpo gritaba por acercarse a él.

—¿Este es Theo? —le preguntó él de repente, mirando al chico.

—Sí.

—Parece que ha nacido para montar.

Isabella dejó escapar una pequeña risotada y se aferró a la verja con ambas manos, como si fuera la única cosa capaz de mantenerla en pie. Recordaba haber montado a caballo con Edward en el pasado. Se le había dado bien.

—Igual que tú has nacido para volver locos a los hombres, Isabella.

Ella se había vuelto hacia los campos de entrenamiento y observaba al niño con atención, como si no acabara de oír ese comentario incendiario.

—Entonces, mala suerte para ellos —dijo rápidamente. No era capaz de esconder la amargura que teñía su voz.

Su aspecto físico le había garantizado toda una vida de atenciones masculinas gratuitas.

—Sí.

No tenía que preguntar para saber que se refería a sí mismo. Permanecieron en silencio durante unos segundos, mirando al frente. El poni había aminorado el paso.

—Quiero que vuelvas —le dijo Edward finalmente.

Isabella le dedicó una mirada de reojo.

—¿Quieres que vuelva como asistente?

Él no contestó.

—¿Por qué? —le preguntó, mirándole con ojos cansados, heridos—. ¿Para que puedas ahorrarte el esfuerzo de tener que buscar a otra persona? Pensaba que ya me habrías reemplazado —le dijo, chasqueando los dedos.

Edward apretó la mandíbula, como si intentara contener la impaciencia a toda costa.

—Sé que no me vas a dejar ayudar de ninguna manera, por mucho que lo necesites, pero por lo menos me gustaría que tuvieras la oportunidad de ganarte el salario que esperabas tener con el trabajo que yo te impedí conseguir.

—¿Por qué? ¿Porque te sientes responsable? ¿Te pesa la conciencia de repente? No quiero tu pena —Isabella respiró hondo. Le dolía el pecho.

—Eso está bien, porque no te estoy ofreciendo ninguna pena. Pero como tu jefe… bueno, digamos que no me comporté de una forma muy ética.

Isabella dejó escapar una risotada sarcástica.

—¿Y como mi ex amante?

Edward no dijo nada. ¿Qué iba a decirle?

Isabella le vio apoyar los codos sobre la verja. Entrelazó las manos. Esas manos tenían el poder de hacer lo que ningún otro le había hecho jamás.

—Me convencí a mí mismo de que me debías algo, Isabella, y en consecuencia yo te debo algo.

—Si eso es una disculpa… olvídalo. Yo ya lo he olvidado.

Eso estaba muy lejos de la verdad, pero el orgullo nunca la dejaría admitir que el hecho de trabajar para él había hecho estragos en sus emociones.

—Me temo que eso no entra dentro de lo que yo considero un comportamiento humano. Dijiste que te costaba encontrar un buen trabajo por la discriminación con la que te encontrabas cuando contabas lo que te había pasado, y yo te quité una oportunidad sin saberlo, sin saber lo que habías pasado. Pero, si no hubieras tenido ese contratiempo por el que Vulturi hizo la maleta, creo que sin duda alguna hubieras conseguido ser una top model, con tu determinación y tu ambición incansable.

Isabella respiró profundamente y miró hacia el poni. El caballito volvía a trotar, con su pequeño jinete encima. Theo acababa de percatarse de la presencia de ese hombre alto y elegante que le miraba con interés mientras hablaba con su madre. No hacía más que mirarle y se estaba distrayendo. Ya no escuchaba lo que le decía la profesora.

Desde su regreso a casa, Isabella no había hecho más que pensar en cómo se parecía a Edward. Se parecía tanto… De repente recordó la conversación que había tenido con su tía abuela el día que había llevado a Theo a casa.

—¿Se lo has dicho?

Había sido una de las primeras cosas que le había preguntado nada más entrar por la puerta.

—No. No lo he hecho todavía —le había dicho ella después de darle un abrazo al pequeño Theo.

El niño se había ido a ver un DVD que le había dado la hijastra de la tía Jessica y en ese momento Isabella se había derrumbado. Se había arrojado a los brazos de su tía y le había contado toda la historia.

—Sigo pensando que debes decírselo —le había dicho la tía Jessica mientras caminaban detrás de Theo, rumbo al humilde salón de la casa—. Por lo que me has contado, no parece que sea de esos a los que les da igual que los engañen.

Isabella se dio cuenta de que la rabia crecía por momentos. Estaba furiosa por la forma en que él la juzgaba. ¿Cómo había podido enamorarse así, sin remedio, sin sentido?

—Bueno, ahí es donde te equivocas. Para empezar, Marcus Vulturi desapareció del mapa mucho antes de lo que dices. Y no fue mi hemorragia cerebral lo que acabó con mi rutilante carrera de modelo. Todo había terminado mucho antes porque yo no quería renunciar a tu hijo.

Ni siquiera le estaba mirando a la cara, pero podía sentir su asombro. Era un viento frío, tan gélido como el que le atravesaba la camiseta en ese momento.

—¿Qué me estás diciendo?

La frase no era más que un susurro. Estaba perplejo. Miró a Theo un instante y entonces la miró a ella… Volvió a mirar al niño.

—¿Me estás diciendo que es mi hijo?

—Mírale, Edward, si no me crees.

Edward volvió a mirar al chico y esa vez no fue capaz de apartar la vista de él. Su rostro estaba lleno de emociones que luchaban entre ellas. Había estupefacción, incredulidad… y algo más.

—No lo entiendo. Usaste protección.

Ella se encogió de hombros.

—A veces pasa.

—Y estabas con Vulturi.

—No de esa manera.

Edward la miró con un interrogante en los ojos.

—¿Qué me estás diciendo?

—Te estoy diciendo que…

—¡Mamá…, mira!

Se estaban llevando al poni, rumbo al establo. Theo seguía sentado encima del animal, orgulloso. Llevaba los brazos estirados y las riendas colgaban del lomo del caballo.

—¡Cariño, ten cuidado! —gritó Isabella.

Edward estaba tecleando un número en el móvil al mismo tiempo. Seguramente tenía que estar en algún sitio importante en ese momento. Isabella bajó la cabeza y respiró profundamente.

—Sí. Cancélame la reunión —dijo de repente, hablando por el móvil.

Había determinación en su mirada.

La clase de Theo había acabado. Isabella se apartó y ayudó a su hijo a bajar de la silla. Quería retrasar todo lo posible el momento del interrogatorio final.

La instructora le entregó las riendas del caballo y fue a comprobar algo al establo.

—¿Quién es ese, mami?

Theo señaló a Edward, que en ese momento iba hacia ellos. El niño le observaba seriamente, con la cabeza ladeada hacia un lado.

—¿Eres amigo de mi madre?

Dos pares idénticos de ojos verdes se encontraron y se miraron.

—¿Quieres que sea amigo de tu madre? —le preguntó Edward.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —Theo comenzó a dar palmadas.

El caballo se sobresaltó. Edward puso la mano sobre la cabeza del animal al mismo tiempo que Isabella. Esta retiró la suya rápidamente. El roce accidental había desencadenado una colisión de estrellas en su interior.

—¿Eso significa que podemos ir en tu coche?

—Theo… —Isabella le llamó la atención. Subir al coche de Edward era lo último que quería hacer.

—¡Desde luego! —le prometió Edward.

Theo miró hacia el coche con ojos de ilusión.

—¿Puedo? —le preguntó Edward a Isabella, con intención de ayudar al niño a bajar de la silla de montar.

Ella asintió con la cabeza.

—¿Quieres que te ayude a levantarte de esa silla, hombrecito? —le preguntó él a Theo.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

Un momento después estaba en el aire. Su padre lo levantaba en brazos.

Isabella se sintió como si una mano le apretara el corazón.

—Te queda bien —susurró, sacudida por la emoción.

Edward le dedicó una mirada negra.

La chica del establo regresó en ese momento. Tomó las riendas de las manos de Isabella.

—Los dos vais a venir a casa conmigo —le dijo Edward al tiempo que la chica se llevaba al poni de vuelta al establo.

—No puedo. La tía Jessica nos va a preparar la comida —dijo Isabella, agarrando a Theo de la mano.

La excusa no era muy contundente. Él acababa de cancelar lo que sin duda era una reunión importante, tras haberse enterado de que era el padre de Theo. Isabella sabía, no obstante, que querría saber por qué no se lo había dicho desde el principio.

—¿Qué sucede, Isabella? ¿Tienes miedo de quedarte a solas conmigo? —le preguntó en un tono seco.

No quería que Theo pudiera oírle.

—Claro que no.

—Entonces a lo mejor a la tía Jessica no le importa estirar la comida un poco más —le sugirió en un tono cínico—. Después de todo, creo que es hora de conocer a la persona que cuidó de mi hijo cuando ni siquiera se me permitía saber que lo tenía.

—¡Estabas en los Estados Unidos! —Isabella soltó el aliento. Los puntos negativos que iba sumando parecían no tener fin.

—¡Hace dos semanas no! —le dijo él cuando llegaron al coche.

Isabella quería convencerse de que se merecía su rabia, pero no fue capaz. Abrió la puerta del coche para que Theo pudiera subir.

—Le has tenido durante cinco años —le dijo él.

Ella subió al coche y se sentó junto al pequeño Theo.

—Y, si realmente es mío, hay unas cuantas cosas que van a cambiar. ¡Ahora mismo!

...

Jessica Stanley llevaba su delantal favorito cuando abrió la puerta de la casa. La prenda llevaba impresa una apacible escena de calor de hogar.

Era una casa humilde, con dos dormitorios en la planta de arriba, otros dos en la de abajo y un cuarto de baño en la parte de atrás. Era una más entre las muchas casas adosadas que flanqueaban la calle en un barrio construido para la mano de obra de las imprentas.

—Tía Jessica, este es Edward Cullen —le dijo Isabella.

Theo seguía allí, mirándole con los ojos como platos, como si fuera un héroe de ficción.

—Bueno, no pensé que fuera a ser el limpiaventanas —dijo Jessica, mirando el flamante coche que estaba aparcado delante de su casa.

—Edward, esta es mi tía abuela, Jessica Stanley.

—Encantado de conocerla, señora Stanley —dijo Edward, estrechándole la mano a su tía.

—Supongo que también tienes hambre.

Jessica Stanley nunca observaba el protocolo de cortesía, pero a juzgar por su rostro de satisfacción, Edward Cullen le había caído muy bien.

El olor a pollo asado y a chirivías les recibió en cuanto entraron.

—Es muy amable, señora Stanley, y me arrepiento de tener que rechazar su invitación, pero tengo que hablar con Isabella de un asunto. Espero que no le importe que se la robe una hora o dos.

—En absoluto —dijo Jessica. Era evidente que estaba encantada. No veía la tensión que le retorcía el estómago a Isabella—. Tómate todo el tiempo que necesites, Edward. No me importa volver a calentar la comida.

—Solo será un momento —le dijo la anciana a Theo, acariciándole el pelo.

Cuando fue a besarle, sin embargo, el niño salió corriendo hacia Edward.

—Yo también quiero ir. Quiero subir al coche del señor Cullen.

—Ahora no, cariño. Tienes que quedarte aquí y comerte la comida deliciosa que te ha preparado la tía Jessica —le explicó Isabella, intentando apaciguarle.

—¿Por qué no puedo ir? Quiero ir en el coche del señor Cullen —Theo casi estaba llorando.

—¡Oye! ¿Qué pasa? —preguntó Edward suavemente, agachándose para ponerse a la altura del niño.

—Quiero ir contigo —dijo Theo, llorando. De repente, para sorpresa de todos, le rodeó el cuello con los brazos.

Isabella miró a su tía con impaciencia. Jessica parecía no darse cuenta, o tal vez era que prefería no hacerlo.

—Me siento halagado, Theo, pero, si te quedas aquí esta vez y cuidas de tu tía, volveré a buscarte luego. Lo prometo.

Todas las alarmas se dispararon en la cabeza de Isabella.

—No deberías haber dicho eso —le dijo en cuanto subieron al coche—. No deberías hacer promesas que no puedes cumplir.

—No me digas lo que tengo o no tengo que hacer, Isabella —le advirtió Edward, apretándose el cinturón de seguridad—. Y, créeme, yo siempre cumplo mis promesas. Te agradecería que no me dijeras nada durante un rato —le dijo, apartándose—. Porque ahora mismo estoy lo bastante furioso como para estrellar este coche.

...

Edward se abrió camino a través del tráfico de mediodía. Salió a la carretera de circunvalación, lejos de la congestión del centro.

Dos semanas antes, cuando había regresado de París y se había encontrado con la casa vacía, había dado por sentado que Isabella iba a presentarse en la oficina al día siguiente, pero entonces había encontrado la nota. Quizás no debería haberse sorprendido tanto, pero no había podido evitarlo. Ella no le había dicho que iba a marcharse.

Edward había intentado convencerse de que era lo mejor. Se había dicho a sí mismo que ya había sufrido bastante. Sin embargo, había algo en ella que siempre atravesaba la coraza.

Se había dicho a sí mismo que era mejor que hubiera salido de su vida y de su cama de una vez y por todas, pero una parte masoquista de su ser quería volver a verla.

Siguió los carteles y tomó un desvío que llevaba a un paraje de interés de la zona. Hubiera querido pensar que Theo no era su hijo, pero era imposible. El niño tenía su tez, sus ojos, y era igual que él en una foto en la que jugaba al críquet con su padre. ¿Pero por qué le había negado el derecho de ver a su propio hijo? ¿Por qué lo había mantenido en secreto?

Isabella Swan tenía unas cuantas cosas que explicarle.

...

Isabella le miró con recelo al ver que aparcaba el coche en un área de descanso desierta. Estaban en lo alto de una colina, en medio de praderas y zonas boscosas. A lo lejos, a través de un grupo de árboles, se divisaba el agua resplandeciente de una presa o un lago artificial.

—¿Por qué no me lo dijiste? —le preguntó Edward, mirando al frente, como si viera algo más que la línea divisoria de la carretera—. ¿Por qué me dejaste pensar que era el hijo de Vulturi?

—No lo hice. Eso lo decidiste tú por ti mismo desde el principio.

—Pero tú no me corregiste, Isabella. ¿Por qué?

Ella apartó la mirada. A través de los árboles vio una vela blanca que se movía sobre las aguas azules, agitada por el viento.

—No lo sé. Tenía miedo.

—¿De qué?

—De perderle.

—¿Perderle?

—Temía que tu familia y tú intentarais quitármelo.

—¿Y entonces preferiste privarle de un padre? ¿Querías que tuviera la vida difícil que tiene ahora?

—¡No tiene una vida difícil! No le falta de nada.

—¿O es que querías que Marcus Vulturi, o algún otro hombre, tomara mi lugar?

—No. Ya te lo dije. Marcus nunca fue nada más que mi mánager.

—¿De verdad quieres que me crea eso?

—Me da igual lo que creas. Es la verdad.

Al salir del vehículo, Isabella sintió el golpe del viento a través del fino tejido de la camiseta que llevaba puesta. Cerró la puerta con estruendo. Edward también bajó.

—En cualquier caso, sí que intenté decírtelo —dijo Isabella, a la defensiva.

Echó a andar por la pendiente.

La colina, de un color verde intenso, descendía suavemente hasta la orilla del lago.

—¿Cuándo? —le preguntó Edward, yendo tras ella.

—Poco después de haberme enterado de que estaba embarazada. Sabía que tenías derecho a saberlo.

—Muy generoso por tu parte —le dijo él con sarcasmo—. ¿Qué te hizo cambiar de idea entonces?

—Tú.

—¿Yo? —Edward la alcanzó.

—Un día fui al restaurante —le explicó, manteniendo la mirada fija en el pequeño bote que trataba de mantener el rumbo a pesar de las fuertes ráfagas de viento—. Pero perdí la cabeza cuando recordé lo que me habías dicho… Si me quedaba embarazada y no quería casarme contigo… —no terminó la frase—. Me dijiste que lucharías por la custodia. ¡Y solo estábamos hablando de un niño hipotético!

Isabella se cruzó de brazos.

Sabía que él estaba ahí, justo detrás de ella.

—También tenía miedo de que no creyeras que era tuyo.

Edward levantó las cejas. Había burla en sus ojos.

—¿Pero qué te hizo pensar eso?

Isabella guardó silencio.

Estaba muy enfadado con ella. No podía decirle toda la verdad. No podía poner en riesgo a su propio corazón.

—Intenté llamarte una vez, pero no estabas. Poco después me encontré con una chica a la que conocíamos, y me dijo que estabas en los Estados Unidos. Después de haber tenido la hemorragia, no podría habértelo dicho, aunque hubiera podido hablar contigo.

—Seguro que se lo dijiste a alguien de tu entorno, a tu madre, por lo menos —Edward se puso a su lado.

—Sí.

—Entonces, ¿qué pensabas cuando mencionaban mi nombre? ¿No sentías curiosidad por saber dónde estaba y con quién? ¿No te preocupaba lo bastante? ¿No querías averiguarlo?

—Podría haberlo averiguado, si ella te hubiera mencionado —admitió Isabella.

No quería hablar de su madre. No quería desacreditarla ante Edward Cullen.

—Pero no dijo nada. No quería que lo pasara mal recordando lo que había habido entre nosotros. Solo quería que mejorara.

Edward emitió un sonido de incredulidad.

—¿Qué te dijo? ¿Te dijo que Vulturi era el padre? ¿O es que creía que tú pensabas que te había fecundado el Espíritu Santo?

—Edward, no… No sabía qué decirme —añadió, saliendo en defensa de su madre, aunque no supiera realmente por qué se había comportado así.

—Entiendo. Entonces quiso poner a su nieto en la misma situación en la que había puesto a su hija. Les dejó sin padre a los dos. Sin…

—¡Basta!

—¿Y qué me dices de ti, Isabella? ¿O es que es costumbre entre las mujeres de la familia Swan ocultar la identidad de los padres?

—¡No!

—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste hace dos semanas, o hace tres? —la agarró de las mejillas y la obligó a mirarle a los ojos—. ¿Cuándo recordaste exactamente quién era?

El tormento por el que estaba pasando en ese momento era evidente.

—Aquella noche, en el bar. Fue un sentimiento instintivo. No fue nada real, pero a lo largo de las horas las cosas empezaron a encajar.

—¿Y no me lo dijiste? —la soltó. Había incredulidad en su mirada—. Todo ese tiempo que pasamos en la casa… ¿Ni siquiera cuando hicimos el amor aquella noche?

—Ya te lo dije. Tenía miedo. Ahora eres rico, y yo no tengo ni un centavo.

—¿Qué tiene eso que ver con aquello de lo que estamos hablando?

—No quería que usaras tu dinero y tu nuevo poder para hacerme daño. Tenía mucho miedo de que intentaras arrebatármelo.

—¿Y no pensaste que era injusto ocultarme su existencia?

Isabella sabía que tenía razón, pero no sabía qué más decir para intentar disculparse a sí misma. Realmente no había excusa para lo que había hecho.

—Al principio tenía miedo. Pero no sabía de qué. Había una amenaza que pesaba sobre mí, sobre Theo, y yo sabía que tenía que ser por algo que habías dicho o hecho alguna vez. Ya te parecía mal que le dejara con la tía Jessica y ni siquiera sabías que era tu hijo. En cualquier caso, los recuerdos siguieron apareciendo por cuentagotas. Y esa noche cuando hicimos el amor recordé algo. Hasta ese momento me faltaban muchas piezas del puzle y mi mente era un caos.

—Si es que lo has recordado todo…

—¿Qué quieres decir? —le preguntó Isabella, mirándole fijamente.

Una fría ráfaga de viento proveniente del lago atravesó los árboles en ese momento. Isabella se abrazó a sí misma y trató de no temblar.

Sin decir ni una palabra, Edward se quitó la chaqueta.

—¿Qué quieres decir? —volvió a preguntarle. Su cercanía la turbaba sobremanera. Su calor y su perfume la envolvían.

—Quiero decir que sigues diciendo que Marcus Vulturi no era tu amante. A lo mejor es que solo es a mí a quien quieres convencer, pero tu insistencia me hace sospechar.

—Sí que lo recuerdo. Todo. Y no fue mi amante.

—Me dejaste por él. Era con él con quien querías estar —le recordó, como si necesitara que se lo recordaran.

—Pensaba que sí —admitió ella—. Pero no me llevó más de una semana darme cuenta de que en realidad no quería. De acuerdo. Era un tipo emocionante, me estaba ofreciendo muchas cosas y yo era joven e ingenua, lo bastante como para creer que cualquier hombre podía hacerme sentir lo que tú sentías, que lo que teníamos no era importante y que podía marcharme sin más. No quería verme asfixiada por los compromisos. No quería renunciar a todas mis esperanzas y mis sueños. Tú esperabas demasiado y yo no estaba preparada, aunque en realidad no quería romper contigo.

Las emociones la embargaban sin remedio.

—No podía quedarme en la base de la pirámide, sin futuro ni expectativas, sin saber de dónde venía —le dijo, intentando contener el sollozo que se había apoderado de ella—. La chica sin padre, sin madre en la mayoría de ocasiones… sin dinero, sin el respeto de nadie. Siempre era yo a quien señalaban con el dedo. Era yo quien no estaba a la altura. Estaba decidida a romper con todo eso, y cuando Marcus me ofreció esa oportunidad, me aferré a ella como a un clavo ardiendo. Realmente pensaba que me haría rica y famosa, y que todo el mundo me miraría y diría: «Mira qué bien le ha ido. Es la hija bastarda de Renée Swan. ¿Quién lo hubiera pensado?». Yo quería respeto y admiración, pero sobre todo buscaba aceptación. Quería demostrarles algo a todos los que dudaban de mí, los que me daban de lado, como tu padre y tu madre, y los chicos con los que había ido al colegio. Quería que vieran que era tan buena como ellos, tan válida. Sí. Quería fama. Quería ser autosuficiente. Pero aparte de todos esos delirios de grandeza, aparte de la ambición, también quería ayudar a mi madre.

—¿Entonces no le querías? ¿Es eso lo que me estás diciendo?

—Sí.

—Pero seguiste adelante y te acostaste con él, ¿no? Te fuiste a vivir con él.

De repente la voz de Edward parecía más grave que nunca.

—¡No! —gritó Isabella con fuerza, decidida a aclararle las cosas—. Me ofreció el apartamento porque acababa de comprarse otro cerca de su empresa y no quería alquilarlo. Quería que alguien le cuidara la casa durante un tiempo. Me dijo que vivir allí sería mejor para mi imagen pública que vivir en la choza de mi madre. Esas fueron las palabras textuales. Quería que fuera su amante, pero yo no estaba lista para eso. No estoy diciendo que no nos hayamos besado, porque sí tuve un ligero flirteo con él, y él hizo todo lo que pudo para intentar meterme en su cama. Pero no le llevó mucho tiempo darse cuenta de que todavía estabas en mi cabeza. Cuando se enteró de que ese día había ido a verte para llevarte el libro, creo que se dio cuenta de que solo tenías que tocarme para acabar con todos sus planes de futuro. Me dijo que solo me ayudaría si te sacaba de mi vida para siempre. Y entonces fue cuando… Bueno, lo recuerdas, ¿no? El moratón… No sé muy bien cómo llamarlo. ¿Recuerdas el moratón que tenía en el cuello? Fue un acto brutal y deliberado para marcarme antes de que fuera a verte. No tenía ninguna posibilidad de meterme en su cama, pero lo hizo de todos modos. Creo que lo que más le importaba era perder un artículo de valor. No era más que eso para él. Ya tenía a otra amiga que formaba parte de su séquito de sufridoras. Pero yo estaba viviendo en su casa por una renta mínima, y ya estaba negociando un contrato grande para mí. Yo no quería renunciar a todo eso para volver a mi antigua vida, así que hice exactamente lo que me dijo ese día. Sabía que, si te hacía creer que me había convertido en su amante, no querrías volver a verme de nuevo, y yo quería que me odiaras para que no volvieras a intentar nada.

—¿Por qué me estás contando todo esto ahora? ¿Tienes miedo de que te quite a Theo?

«Porque te quiero».

El rostro de Edward era una máscara de plástico.

—No quiero que sigas pensando lo peor de mí —contestó ella—. Sé que lo que hice no estuvo bien, pero yo solo quería que supieras que no soy tan mala como pensabas.

—¿Qué pasó entonces cuando el maravilloso Marcus se enteró de que estabas embarazada?

Isabella se vio asaltada por aquel recuerdo brutal. No podía contárselo a Edward, no obstante.

—Me pidió que dejara el apartamento cuando le quedó claro que no iba a hacer «lo más sensato», y cito textualmente —le dijo en un tono cínico—. Yo me iba a ir de todos modos. Él solo adelantó un poco mi salida de la casa. Eso es todo.

—¿Y adónde fuiste?

—Me fui a la nueva casa que le habían dado a mi madre cuando salió de la rehabilitación.

Edward frunció el ceño, pero no dijo nada.

—Entonces, tres semanas antes de que naciera Theo… Bueno, ya sabes el resto de la historia. Me desperté del coma pensando que le había perdido, pero estaba bien. Tenía casi dos meses. Cuando me lo trajeron, no tenía fuerzas en los brazos para sujetarle. Tenía miedo de no poder tomarle en brazos nunca más. Se convirtió en mi principal motivación para recuperarme, para mejorar.

—Y yo no estaba.

Esas cuatro palabras estaban llenas de emoción. Miraba hacia el lago, pero Isabella sabía que no veía nada en particular.

—Mi hijo vino a este mundo con una madre en coma y un padre que ni siquiera sabía que existía.

—No me odies, Edward —le suplicó. Ojalá hubiera tenido una varita mágica para cambiar el pasado—. No puedo recompensarte por la forma en que me comporté, pero créeme cuando te digo que lo siento de verdad.

Él no dijo nada. Asintió con la cabeza como si tuviera miedo de decir algo más.

—Vamos —dijo de repente. Le puso los brazos alrededor de los hombros y la condujo hacia el coche.