Capítulo 10

—¿Ha dejado su habitación la señorita Tsukino? —le preguntó Darien al dueño del hotel que estaba tras el mostrador de recepción.

—Creo que sí, pero voy a comprobarlo —contestó el hombre mientras descolgaba el teléfono.

—Gracias.

La noche pasada corroía a Darien. Lo que más lo torturaba era saber que le había hecho daño a Serena, pero había algo más que también lo corroía. Cuando Serena fue a la tienda de la fábrica, él hizo una llamada telefónica. No solía hacer las cosas por impulsos, pero aquello lo hizo y tenía que decírselo a Serena. ¿Le gustaría a ella encontrarse con sus padres? ¿Por qué se sentía él tan inquieto? Sería porque sabía que le había hecho daño, que tendría que haberla dejado en paz.

Darien notó la presencia de Serena antes de que el dueño del hotel colgara el teléfono. Darien se volvió. Serena tenía ojeras y los ojos nublados.

—Pasé por tu habitación, pero no estabas.

—Salí a dar un paseo por el río. Los martines pescadores me han despertado. Me había olvidado de ese sonido —la voz le salió tensa aunque estaba haciendo un esfuerzo por parecer normal—. Estoy preparada para que nos marchemos cuando quieras.

—¿Has desayunado?

Él tenía que olvidarse de necesitarla. Tenía que hacerlo por el bien de los dos. Serena se cruzó de brazos.

—No he desayunado, pero no me importa esperar hasta que lleguemos al aeropuerto.

Ella había vuelto a levantar todas las barreras, pero esa vez era peor.

—He invitado a tus padres a desayunar con nosotros —él no encontró otra forma de decírselo y la pareja de ancianos llegaría en cualquier momento—. Pensé que te gustaría verlos. Pensé decírtelo ayer por la tarde, pero se me olvidó.

Ella se quedó inexpresiva y tomó aliento.

—¿Por qué lo sabes?

—¿Que viven en Albury-Wodonga? Se lo oí decir ayer a esa mujer del grupo de visitantes. Eso me animó a darte algún tiempo para que lo pasaras con tu familia.

—Soy perfectamente capaz de expresar mi deseo de encontrar un hueco para ver a mi familia. Si hubiese querido hacerlo, lo habría hecho.

—He metido la pata, ¿verdad? Lo siento. Después de lo de anoche…

—Lo de anoche no influye en nada —ella mantuvo un tono delicado, pero cada palabra lo atravesó—. Los dos nos dejamos arrastrar por el deseo cuando deberíamos haberlo dominado. Dejaste muy claro que no querías ni siquiera un revolcón de una noche y yo espero haber dejado muy claro que cualquier cosa que pensáramos hacer ha terminado.

—Paré para protegerte, Serena.

—Lo que tú digas —evidentemente, no lo creía—. ¿Dónde va a ser el desayuno? Supongo que será en el comedor…

—Efectivamente.

Serena buscó una mesa para cuatro y se sentó con la espalda muy recta. Darien se sentó al lado de ella. Acababa de hacerlo cuando una pareja bastante madura entró en el comedor y echó una ojeada. Al ver a Serena y a Darien se acercaron rápidamente.

—Señor Chiba, ha sido muy amable al invitarnos —la madre de Serena, delgada, bien conservada y con una mirada implacable, se sentó a la izquierda de Darien—. Llámame Ikuko; mi marido se llama Kenji.

—Yo me llamo Darien.

Esbozó una sonrisa forzada ante la rigidez de la mujer. Podía captar el parecido físico con Serena. Eran delgadas, tenían la misma nariz recta y los ojos azules, pero los de Serena solían ser cálidos. Los de Ikuko parecían carentes de vida.

El padre de Serena, con unas gafas de montura redonda, observó pensativamente a Darien. El padre tenía barba gris y el pelo muy corto. Además, era alto y con los hombros ligeramente caídos. Estrechó la mano de Darien.

—He leído sobre tus éxitos. Has tratado con hombres muy importantes e influyentes.

Darien le devolvió el saludo, pero tenía toda su atención concentrada en la presencia silenciosa de Serena mientras asimilaba todos los hechos, nimios pero relevantes. Sus padres se habían sentado casi sin mirar a Serena y sin saludarla. Lo habían saludado a él, pero a ella la habían pasado por alto. ¿Por qué?

—Hola, papá y mamá —la voz de Serena no reflejó ninguna emoción—. Tenéis buen aspecto.

—Rendidos con tanto voluntariado, pero nos apañamos —su madre contestó y se volvió otra vez hacia Darien—. Hacemos todo lo posible para ayudar a la comunidad.

—Una característica que vuestra hija parece haber heredado.

Él lo dijo inexpresivamente mientras no dejaba de pensar en que los padres de Serena parecían más interesados en él y en sí mismos que en su hija. Además, la conversación con Serena sobre la noche anterior pendía sobre él, sin resolver y acuciante. Quería quedarse con ella para intentar aclarar más las cosas. Sin embargo, ¿de qué iba a servir? Todo seguía igual.

—Serena también es una voluntaria muy activa.

—¿De verdad? —Ikuko pareció quedarse perpleja—. Vaya, eso está muy bien —la madre de Serena se volvió hacia su hija—. ¿Dónde trabajas de voluntaria? ¿Es algún sitio que conozcamos?

—En el centro que me ayudó con la rehabilitación cuando fui a Sidney.

La mirada de Serena era cautelosa, pero también desafiante. Darien captó el dolor en el fondo de su mirada y el brillo de rabia y rebeldía.

—También dirijo mi propia agencia de secretarias temporales —siguió Serena—. Por eso estoy trabajando con Darien en este momento. Nada de todo esto ha sido un secreto.

—Claro, siempre estamos tan ocupados cuando te llamamos… —su madre jugueteó con el borde del mantel—. Si hubiéramos tenido más tiempo para hablar, quizá…

—Querrás decir cuando yo os llamo —la corrigió Serena amablemente—. Es curioso cómo se confunden las cosas. Como algunos de mis amigos, que creen que me he ido fuera del país.

Serena miró hacia otro lado, peroDarien vio que tragaba saliva. ¿Su madre había dicho a la gente que se había ido del país? No hacía falta ser un genio para sacar conclusiones. Su padre no había dicho nada, pero esa mujer que se consideraba la madre de Serena estaba avergonzada de ella. Darien apretó los puños por debajo de la mesa. El padre de Serena miró a su mujer con recelo.

—Bueno, pensé que a lo mejor te había apetecido viajar —Ikuko casi escupió las palabras a su hija—. No quisiste ir a la clínica, pero tu padre y yo te dejamos una renta para que no pasaras penalidades.

—Me he cuidado yo sola. No he necesitado la renta ni que me encerraran.

Las palabras de Serena endurecieron el gesto de la madre de Serena antes de que mirara hacia otro lado.

—Vamos a pedir —intervino precipitadamente el padre de Serena.

Darien sintió una mezcla de emociones. Arrepentimiento, rabia, orgullo y furia. Él había organizado esa reunión desdichada. ¿Podía hacer algo para empeorar las cosas a Serena?

—¿Qué tal va tu agencia ?

Su padre la miró por encima del menú con una expresión parecida al arrepentimiento. Serena levantó el menú y suavizó el gesto al mirar a su padre.

—Va muy bien.

—Vaya, me alegro.

Él volvió a parapetarse detrás del menú para evitar la mirada implacable de su mujer, Ikuko arrancó el menú de las manos de Serena y Darien entrecerró los ojos.

Apareció la camarera.

El pecho de Serena subía y bajaba rápidamente y Darien pensó que estaba a punto de cometer un acto de violencia. Tenía ganas de retorcerle el cuello a Ikuko. Darien se inclinó hacia Serena para expresarle su arrepentimiento e intentar protegerla.

—Déjame que solucione esto —le dijo al oído—. Luego, nos iremos.

—No —Serena fue inflexible—. No soy una cobarde.

Ikuko dijo lo que quería a la camarera.

—Y puedes traer una tostada y un vaso de agua para Serena —añadió su madre.

Serena sonrió amablemente a la camarera y se dirigió a ella.

—En realidad, quiero té, yogur, compota de fruta, tostadas y mermelada. ¿Tienes yogur de vainilla semidesnatado?

—Sí, claro.

La camarera le devolvió la sonrisa y tomó nota. Ikuko no dijo nada después de dudarlo un instante. El padre de Serena pidió el desayuno con una voz muy baja. Darien casi ni se dio cuenta porque estaba intentando dominarse para no empezar a romper cosas. Ni siquiera se dio cuenta de que había agarrado a Serena de la mano hasta que ella dejó escapar un resoplido y se soltó.

—Tostada, huevos con beicon, café y zumo —Darien lo dijo con aspereza, pero miró amablemente a la camarera para que no pensara que estaba enfadado con ella—. Gracias. Le agradeceríamos que lo trajera lo antes posible.

—Entonces, señor y señora Tsukino, ¿cómo ocupan el tiempo en Albury-Wodonga? —no se habían ganado la confianza de llamarlos por el nombre propio—. Aparte las obras de beneficencia, claro —Darien apretó las mandíbulas, pero las palabras brotaron entre los dientes—. Es evidente que no han seguido la evolución de Serena, lo cual me asombra si tenemos en cuenta que se ha labrado una brillante carrera por sí misma en Sidney.

—Darien…

Serena se puso más tiesa todavía.

—Tengo un puesto en la dirección de la Universidad Towers —le explicó el padre—. Serena estudió Psicología allí antes de…

—Yo ayudo a Kenji, naturalmente —la madre de Serena intervino inmediatamente—. Un hombre bueno necesita una mujer fuerte. Tenemos cierta posición dentro de la comunidad, ya entiendes. Hay que trabajar para conseguir ese respeto, pero a nosotros no nos importa, ¿verdad, cariño?

La comida llegó y la madre de Serena miró a su hija mientras ésta se comía la fruta y el yogur rápidamente. Darien extendió la comida por el plato y quiso acabar con cualquier farsa de educación. Quería enfrentarse a aquellas personas para pedirles cuentas por su comportamiento con su hija. Sin embargo, mantuvo la charla trivial y aburrida por consideración hacia Serena, aunque lo consumía el remordimiento por haber organizado aquello.

En cuanto terminó el desayuno, Darien se levantó y tomó delicadamente del codo a Serena con la esperanza de poder expresarle el arrepentimiento que no podía decirle con palabras. Ella también se levantó y él hizo un gesto con la cabeza a sus padres.

—Tenemos que irnos. No hace falta que nos acompañen. Por favor, terminen el desayuno.

—Adiós, mamá —Serena miró a su madre y se volvió hacia su padre con un gesto algo más suave—. Adiós, papá. Me alegro de haberos visto.

Darien la admiró más todavía por tener esa consideración con sus padres. Él consiguió no expresar el deseo de que se les atragantara el desayuno que les quedaba. Hizo otro gesto con la cabeza y se llevó a Serena.

Darien agarró las bolsas de viaje y se dirigió hacia el coche de alquiler. A cada paso, la furia que había contenido durante el desayuno iba en aumento. Quienes se llamaban padres de Serena la trataban como si fuera un engorro. Sobre todo, su madre, pero su padre tampoco debería consentirlo en silencio. Al parecer, llevaban haciéndolo desde que tuvo la lesión en el cerebro, pero, por algún motivo, Darien dudaba que alguna vez hubieran sido efusivos en demostrarle su cariño.

—Eres el doble de inteligente, imaginativa y competente que la mayoría de las personas que conozco —Darien lo soltó mientras guardaba el equipaje en el maletero—. Ellos tendrían que reconocerlo —añadió antes de sentarse en el asiento del conductor.

Serena también se montó en el coche.

—¿Qué derecho tienes a decir algo?

Ella tenía razón, pero sus padres deberían estar cantando sus alabanzas a los cuatro vientos y demostrando a la gente lo orgullosos que estaban de ella. Si él la tuviera para sí… Contuvo el aliento al darse cuenta de lo que significaba esa idea y el compromiso a largo plazo que implicaba. Si tuviera a Serena, si se diera el milagro, que no se daría, él la alabaría y demostraría lo orgulloso que estaba de ella. Se quedó en un tenso silencio porque no confiaba en sus sentimientos.

Estaban a medio camino del aeropuerto cuando Darien se tranquilizó lo suficiente para darse cuenta de que ella también estaba en silencio. Salió de la carretera, entró en un camino flanqueado por árboles y paró el coche.

—Tengo toda la culpa de lo que ha pasado antes —quiso tomarle la mano de Serena pero supuso que, si lo intentaba, ella lo rechazaría—. Aparte de anoche, no se me ocurre ningún momento en el que me haya gustado menos a mí mismo —las palabras no parecían las más adecuadas, pero siguió—. Tendría que haberte preguntado si querías verlos. Si me hubiera dado cuenta de que no hablabas mucho de ellos, habría comprendido… —él la miró expectante—. No espero que me perdones por organizar eso, pero te pido disculpas.

Ella miró hacia otro lado y clavó la mirada en un punto perdido.

—Su actitud no tiene nada de extraordinario —replicó ella con un tono inexpresivo—. Deberíamos volver a la carretera. Vamos a llegar tarde al aeropuerto.

Darien arrancó y volvió a la carretera, pero seguía pensado en la conversación, en todo lo que había pasado y en todo lo que Serena había tenido que aguantar. Su madre había querido recluirla en una clínica. Si Serena hubiera accedido, todavía estaría allí mientras su madre fingiría que su hija no existía.

Darien quiso llevarla con su madre; que Gea le diera el mismo amor que lo había mantenido en pie cuando su padre murió y temió no ser capaz de sustituirlo. Quiso darle una familia a Serena. Aquello que le partió la vida en dos cuando intentó prometerse a una mujer.

Una vez en el aeropuerto, su pusieron en la fila para facturar el equipaje. Serena no dijo nada, pero irradiaba tensión y él no se encontraba mucho mejor. Darien reconocía su confusión. Pese a todo, nunca quiso que Serena desapareciera de su vida. No podía imaginarse un día sin ella; sus notas pegadas por todos lados y todo tipo de recordatorios que decían lo mismo que le decía ella en cuanto lo leía en la agenda. Ella le importaba mucho; demasiado y de una forma que prefería no analizar. Sin embargo, todo era inútil porque él no podía darle lo suficiente. Sólo podía darle las migajas que sobraban de lo que le daba a su familia y a su trabajo.