Un cordial y afectuoso saludo a todos:

Esto será largo. Y no los entorpezco. Por eso, teniendo en cuenta la ocasión, me limitaré a decirles que disfruten la lectura y nos encontramos más abajo.

Bienvenidos sean todos. Por última vez, bienvenidos.

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Vio el café frente a su nariz y giró la cabeza.

No esperaba ver a otra persona sentada a su lado, pero no estaba demás confirmarlo. O en última instancia, confirmarse a sí misma que necesitaba mirarla un segundo, el instante que fuera, para creer que el mundo seguía en su eje, todo daba vueltas e incluso quedaban estrellas por contar en el cielo.

Hannah, por su parte, no la miraba. O demasiado ocupada estaba intentando restarle importancia a su propio gesto. Mismo esfuerzo que curvó los labios de Johanna antes de llevarse el café a los labios. Caliente, capuccino, sin azúcar, mientras la policía se las ingeniaba para tragar el té. Dulce como el almíbar, por supuesto. Y pensaría que esquivaría la diabetes por siempre a punta de endulzantes alternativos…

–¿Un día largo? –escuchó la doctora que soltaba su esposa con sorna. Sorna que se ahogó en su propio cansancio y que despertó la burla extenuada de Johanna.

–Todavía puedo resistir un poco más –se atrevió a articular la especialista, lamentando estar lo bastante cansada como para mover su trasero del frío piso de ese pasillo poco concurrido a un lugar más cómodo. Incluso una silla destartalada, daba igual mientras…

–No te daré el desayuno en la cama si terminas necesitando reposo –oyó que gruñía Hannah, a su lado, en el piso, tan desgastada como ella por alguna razón.

–Si termino necesitando reposo… ni siquiera seré capaz de comer.

–¿Tanto te seduce la idea de morirte de hambre?

–Casi tanto como a ti que te metan una bala.

–Depende de dónde se aloje la bala.

–¿Crees que seré la primera en correr y sacártela?

–Depende si estás de turno.

Entonces no le quedaría otra. Por supuesto, si quería conservar su empleo, en ése o en el hospital que fuera. Pero incluso siendo el caso, podía arreglárselas para hacerle saber lo que pensaba dejándole una cicatriz de regalo o una carga de dolor en el proceso…

–¿Cómo está la chica?

La tan temida pregunta. Más allá de la obviedad de la situación, porque no estaban ahí por otra razón… bueno, dependiendo del derivado, el origen, pero la razón en sí misma… siempre se preguntó Johanna cómo lo hacía Hannah para hundir el dedo en la llaga precisa. ¿Tendría experiencia como interrogadora? Le bastaba recordar sus discusiones para descartar de lleno esa posibilidad. Y sin embargo, ahí estaba. Aparentando indiferencia. Sorna incluso. Aparentando todo eso al tiempo que le entregaba un café, miraba la pared frente a ella y enmascaraba el interés, la única excusa que podía justificar…

–Ya te enteraste, ¿no? –soltó Johanna, tragando un hirviente sorbo de ese café. Qué porquería le podrían para que tuviera ese sabor…

–De las habladurías, no de la opinión médica.

–¿Y de qué te serviría si no entenderás una mierda?

–Alguna mierda entenderé, digo… tantos años casada contigo…

Johanna sonrió, apoyando la nuca contra la pared. Podía explicarlo en términos simples, pero el solo desmadre que había acarreado todo aquello… todavía pesaba sobre sus vértebras… sobre cada maldito hueso, qué carajos sacaba con negarlo. Estaba harta. Cansada. Y sí, cada día se hartaba de las mismas caras, pero esa familia amenazaba con aniquilar las reservas de paciencia adquiridas de préstamos a través de quién sabía qué método, así que…

–La chica ya hizo la parte más difícil, pero eso no significa que… que todo el trabajo esté hecho.

–No ha sido el coma más largo que has visto, ¿verdad?

–Ese honor todavía no se lo quita –y como era de esperar, Hannah asintió, sabiendo a qué se refería–. Después de algo, las posibilidades eran pocas y no te diré que las mejores.

–Pero despertó, es lo que importa, ¿verdad?

–Ahora depende de ella, porque otro embarazo así y… si ya de por sí esto se puede considerar un milagro… ¿Crees que Dios se tome la molestia de repetir los honores?

–¿Tú hablando de milagros? –En los ya mencionados años juntas, la doctora no recordaba haber oído ese tono desconcertado en su pareja más de tres veces. ¿Sería ésa la tercera o la cuarta?

–No digamos que hicimos demasiado para traerla de vuelta, ¿tienes una mejor explicación?

–Si lo pones de esa manera…

–El caso es… que la chica está acá, pero… no te puedo asegurar… digo, si no se cuida…

–¿Lo dices por el bebé?

–Lo digo por ella misma, tiene… es una mierda demasiado compleja incluso para mí –o lo era o estaba demasiado cansada para intentar exponerlo en términos simples, pero daba igual, sabía que Hannah no se molestaría en ahondar demasiado en ese aspecto–. El caso es que ahora está aquí, se recuperará con esfuerzo, mucho descanso, muchos medicamentos… todo lo que quieras, pero si quiere prolongar esa esperanza de vida suya… más le vale dejar al chico como hijo único o considerar la adopción.

–¿Crees que la dejarán adoptar? ¿A esa pareja?

–Creo que alguna de esas hermanas seguirá el ejemplo de la familia, así que al chico no le faltarán primos.

–¿Y crees que esos primos lo quieran ver?

Sí… qué problema, ¿no? Y Johanna entendía sus cuestionamientos, ella misma… sí, ella misma hasta que viera a la familia… bueno, casi toda la familia apiñada junto a la puerta que daba a la habitación de la chica. Dentro, además de la deportista, se encontraba su albino hermano, que de albino apenas si tenía el cabello y de hermano…

¿Cómo me habrías explicado algo así, Paul? ¿Cómo te lo explicaste?

Eran un chico y diez chicas. Faltaban chicas. Bueno, faltaba una según sus cálculos. Pero tampoco podía decir que extrañara demasiado a la mayor de todas ellas. Todas las demás estaban ahí y manifestaban su preocupación u opinión de una u otra forma. Qué circo, pensó la doctora antes de internarse en la habitación. Qué jodido circo es ahora, ¿cómo sería vivir con ese circo a diario? Si ya con mirarlas, saltaba a la vista que las gemelas eran de todo menos angelicales… que la niña gótica tenía serios problemas con la existencia en general… que la que apuntaba a ser la mayor presente, a pesar de actuar acorde a las circunstancias, a todas luces se le escapaban una o dos o tres o cuatro cosas…

Un puñado de chicas que saltó con alegría al saber que su hermana estaba bien. Un puñado de chicas que no se molestó en contenerse ni por respeto a quienes pudieran aguardar todavía el turno para escapar del limbo del coma. Un puñado de chicas que, por una vez en sus cortas vidas al parecer, pasaban por alto las implicancias legales, morales… estomacales en general de semejante noticia, porque querían ver a su hermana a toda costa. Querían también ver a su hermano con el que poco habían compartido hasta ese segundo…

Querían ver al chiquillo. Al pequeño guerrero que seguía en su incubadora. Que seguía a la espera…

Un puñado de chicas… no, una familia. Una familia desbordada por las emociones. La consternación. La alegría… la alegría y la emoción, entre gritos, risas y lágrimas… desde la alumbrada mayor presente, la chica con cara de payaso, la jodida rockera ésa que parecía más entera después de tragar algo la muy… y los demonios más pequeños, si bien la niña de negro ya tenía más de mujer que de niña. Y las gemelas… y esa mocosa sabelotodo que en una o dos ocasión pretendió estar en posición de asesorarla en aspectos médicos… y la niña rubia que llevaba el libro en la mano, un libro demasiado grande para sus manos y que no dudó en dejar caer en cuanto supo que su hermana mayor…

Y ni luces de la primogénita. Ni luces de los padres. Pero teniendo en cuenta el número de esa familia, cualquier cosa podía ser considerada un gran avance y eso, de buenas a primeras, casi se unía al grupo de lo inexplicable. Los milagros. Porque qué sacaba con negarlo, la misma Johanna se sabía incapaz, de saber por supuesto que su hermana y su hermano hicieran esas… cosas… ella misma habría tardado… de hecho, dudaba seriamente…

–Quiero creer que a ese niño no le faltará familia –se oyó decir la doctora, recibiendo una pequeña risa de parte de la policía en respuesta.

–¿Temes que quiera adoptarlo? –Risa que se intensificó su tanto en cuanto Johanna soltó un gruñido ante semejante posibilidad.

–Mientras menos tengamos que ver con ellos, mejor –casi con miedo, dejó caer su mano sobre la de la policía. Al menos no estaba tan enfada como creía –Además… no es como que hayamos desistido, ¿o sí?

–Supongo que no –pero viniendo de la policía, casi daba la impresión de que se esforzaba por creer lo que respondía.

–Hay otros donantes, Hannah.

–¿Y otro te inspira tanta confianza?

–Nunca me ha inspirado confianza, desde el comienzo…

–Jo…

Ah, mierda.

Tal vez sí tuviera razón en algo. Seguía siendo mejor eso que un completo desconocido. Pero de ahí a echarse a morir… a creer que las posibilidades ya no existían…

Además, no podía decirse que llevara demasiado pensando en la posibilidad. Concretamente desde que estaba con Hannah y eso… mierda, eso sí que era bastante tiempo, qué sacaba con negarlo…

–Vale la pena esforzarse con tal de no adoptar a un chico Loud –se oyó decir la doctora.

–Estando con nosotras… dudo que se le note demasiado lo Loud.

–¿Y qué tanto sabes de genética?

–Johanna.

A punto estuvo de responder en cuanto oyó ese llamado. Uno de sus colegas del laboratorio. En buena hora tuvo que aparecer cuando compartía lo más cercano a un momento íntimo con su esposa a la hora de trabajo. Tampoco parecía el tipo más interesado de la tierra. Sólo cansado y hastiado, como la gran mayoría, así que nada lo hacía destacar por sobre el resto salvo la cicatriz que le desfiguraba parte de la oreja derecha. Por lo demás…

–Brad –se oyó soltar Johanna, mirándolo desde abajo casi con fastidio, en tanto Hannah intentaba identificar a ese sujeto que no recordaba haber visto a pesar de haber visitado ese hospital tantas veces…

–Los análisis que pediste –acto seguido, con gesto aburrido, puso en manos de la aludida una hoja recién impresa–. Y me debes algo, ¿eh?

–Lo que digas.

–¿Quieres seguir la racha hoy?

Antes de poder preguntarle qué quería decir, el tipo les dio la espalda, perdiéndose al final del pasillo y dejando tras de sí aquella hoja que conservaba la calidez de la tinta y la impresora. Misma que miró Johanna sabiendo que poco y nada quedaba por hacer antes de decidirse a levantar su trasero del frío piso y acudir…

–¿Jo?

Sólo al escuchar a Hannah llamarla cayó en la cuenta del tiempo transcurrido en silencio. Fuera asimilando o… ¿O qué? Porque la hoja seguía en su sitio, frente a sus ojos abiertos… y sólo cuando éstos empezaron a dolerle, comprendió que llevaba demasiado sin parpadear, casi temiendo perder algún detalle. Que esos índices… esos resultados…

–Jo… ¿Estás bien? –Y como era de esperar, intentó leer la hoja. Y lo hizo desde su posición, pero no entendió gran cosa–. Jo… ¿Qué es ese resultado? ¿Qué significa?

–Que alguien está jodido –articuló la doctora, levantándose de golpe y ayudando a su extrañada esposa a hacer lo mismo. Y más en cuanto vio su expresión, mezcla de burla y la más absoluta incredulidad–. Alguien está muy… muy jodido.

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–Lynn…

Con dificultad, la joven negó con la cabeza. Tal vez porque no podía aspirar a algo más. Tal vez porque no hacía falta. Y a Lincoln pareció bastarle para mantener el impulso sobre la silla de ruedas a través de las filas y filas de incubadoras, siempre con una en particular en mente.

Sobreponiéndose a las máquinas y soportes vitales varios, la voz y presencia de la enfermera los guió durante el corto trayecto, sabiendo ambos que no se sentía del todo cómoda accediendo a hacer algo así. Después de todo, Lynn seguía siendo una paciente de reciente despertar, los pocos antecedentes en circulación no pintaban un panorama convencional, el estado de la chica seguía siendo de cuidado y el hecho de internarse en un lugar que requería de tantas precauciones con una silla de ruedas…

Pero ahí estaban. Provistos de la indumentaria necesaria para no contaminar el ambiente. Lynn incapaz de recuperar el color necesario para despejar inquietudes, pero valiéndose de todas sus fuerzas para mantenerse erguida y despierta, en tanto Lincoln seguía preguntándose desde cuándo una silla de ruedas pesaba tanto…

Será por todo esto, se dijo el marine con desesperación. El despertar de Lynn había remecido a toda la familia. De hecho, casi todos estaban tras la ventana con la nariz pegada al cristal, sin perder un solo movimiento. Agradecía su presencia. Agradecía incluso sus desesperados intentos por pedir disculpas por lo dicho y hecho, pero en ese segundo no podía importarle menos. No hacía demasiado que había llegado al país y ya se veía de pronto con toda su familia a cuestas.

Y sí, le había dolido. Todo, desde pisar el aeropuerto en adelante… no, desde que se enterara del embarazo en adelante. Todo le había dolido y eso se podía deber a muchos factores. Pero llegado un punto, tan grande era el dolor que había anulado su capacidad de sentir. La misma que recuperó de golpe, pero sólo en parte, al ver a Lynn abrir los ojos. Llegado ese punto, le daba igual quién estuviera detrás del cristal o quién les prestara su apoyo. Porque más solo ya no se podía sentir. Porque ya no tenía cabida para algo más. Porque, sabía Lincoln, algo dentro de él se había visto arrasado por un castigo más grande que cualquier otro. Algo que no todos habrían sido capaces de resistir.

Tal vez algo de responsabilidad tenía el entrenamiento. El campo de batalla. El desierto. O la incierta promesa. Que el día de mañana, un gordo maniático lanzara bombas contra todo ser vivo. Porque cabía la posibilidad de que Lynn sí tuviera razón desde el comienzo, pero ya no le podía importar menos. Todo cuanto sabía era que no le quedaban ganas de sentir, pero sentía. Sentía porque Lynn había despertado. Sentía porque arrastraba su silla hacia un punto en particular. Sentía porque sólo había vuelto por esa razón y…

–Es aquí.

Dudaba que el volumen de voz de la enfermera pudiera considerarse desproporcionado. De cualquier modo, sus palabras remecieron su pecho con más fuerza de la que se sentía capaz de aguantar, obligándolo a asir la silla con la fuerza necesaria para mantenerse en pie, aunque dudaba que la misma le ayudara a mantener el balance.

Tuvo la impresión de que al hablar, esa mujer consiguió que todos, incluyendo buena parte de la familia, en especial casi todas sus hermanas presentes y su madre, contuvieran el aliento y guardaran silencio. Si Lynn, con sus dificultades, parecía arreglárselas para no respirar un segundo y transmitir, a través de su posición, un grado de tensión apenas contenida difícil de ignorar.

Lo había visto de lejos, mas nunca se atrevió a acercarse. No solo. No así. Porque sintió que Lynn merecía la espera. Porque sin ella… porque sólo todos juntos podrían sentirse como una familia.

La enfermera les brindó espacio, ocasión que Lincoln no perdió, empujando la silla hasta quedar junto a esa incubadora en particular. Se preguntó el marine si los temblores suyos y de la chica en la silla se debían a la temperatura… y no siguió con el cuestionamiento en cuanto cayó en la cuenta de lo absurdo que era. No se iría, sólo le quedaba contenerlos, mantener la fortaleza y buscar en el fondo de esa burbuja…

Visto de cerca, sí era pequeño. Su pecho subía y bajaba acompasadamente. Estaba conectado a menos máquinas. De hecho, lo asombroso de todo, era que parecía poder respirar por sí mismo, manteniendo el monitoreo sobre sus latidos y demás signos.

Visto de cerca, sí era… sí era pequeño. E incluso pudiendo respirar por sí mismo, seguía luciendo débil. Quizá porque nadie esperaría que un pequeño con tan poco de nacido fuera tan delgado ni tuviera esa expresión cansada, destacando además de la palidez de su piel a causa, probablemente, de las luces o de la sala, ese mechón blanco que coronaba su cabeza y…

–Hijo…

Apenas un hilo de voz, pero bastó para hacer reaccionar a Lincoln. En cuanto Lynn abrió la boca y puso una mano sobre la capsula que contenía a su hijo. El pequeño guerrero que peleaba por su vida. El pequeño que a su cortísima edad se las ingeniaba para doblarle la mano a las posibilidades… como digno heredero de su apellido… como el digno heredero de sus inesperados padres…

–Mi niño…

De su madre. La de reciente despertar. Su madre. Que no tenía fuerzas para esconder las lágrimas o sobreponerse al nudo en la garganta. Qué enorme ironía. Que en el momento de mayor debilidad, fuera capaz de sacar esas energías…

–Somos nosotros, mi niño…

Nosotros. La sola palabra que aplastó a Lincoln. Que pareció aplastar a todos. Incluyendo a la familia tras el cristal. Nosotros. La palabra que rompió en buena medida la fortaleza del marine, mas no toda, de lo contrario… ¿Cómo carajos se habría mantenido en pie? ¿Cómo habría dado el paso hacia la incubadora para apoyar también una mano sobre ella? Buscando imaginar… imaginar lo que se sentiría apoyar esa mano sobre… sobre la espalda… sobre la cabeza de su niño… su hijo… por Dios…

–Perdóname por tardar, hijo –se oyó decir Lincoln con voz enronquecida–. Yo…

–Perdónanos, hijo… perdónanos por tardar –susurró Lynn, sorprendiendo al marine al aferrar una de sus manos con inusitada fuerza –Ya estamos aquí… mamá y papá…

-Aquí vamos a estar siempre –interrumpió Lincoln, preguntándose cómo su corazón se permitía un latido más ante la contemplación de su pequeño en esas condiciones–. Aquí vamos a estar… y no te dejaremos solo…

–Vuelve con nosotros, mi pequeño –ya Lynn no hablaba. Y si lo hacía, lo lograba a través de los sollozos, mas sin apartar los ojos acuosos del chiquillo de pelo blanco–. Ya nada nos separará…

–Abre los ojos, hijo –los sollozos… ¿Cómo los contenía? ¿Cómo podía ser un soldado incluso en ese segundo?–. Haremos lo que sea… pero por favor… abre tus ojos…

A medida que hablaba… no, que le suplicaba, Lincoln apretó los párpados en un vano esfuerzo por contener su propio llanto. Incluso la luz parecía ser excesiva. Pero daba igual lo que hiciera, esa imagen seguía ahí y no encontraba el alivio… no encontraba nada, fuera en la luz o en la oscuridad. Sólo su propio miedo. Su propia congoja… su deseo de que todo aquello… todo aquello…

–Lincoln…

Y si su propio nombre pronunciado por Lynn no hubiese sido suficiente, habría bastado la fuerza con que estrujó sus dedos. Esa señal de salud que, en ese caso, bastó para alarmarlo, buscando su mirada, viendo que ella estaba más ocupada contemplando la incubadora con tal expresión…

La incubadora. La misma en la que se hallaba el pequeño. El mismo pequeño que… el mismo pequeño que los miraba…

Los miraba. Con esos ojos muy abiertos. Directamente a ellos. Sólo a ellos. Respirando con más tranquilidad. La misma que se reflejaba en su semblante. El pequeño… el pequeño que con una mirada, había logrado responder a todas sus súplicas…

Tambaleándose, el marine volteó y les dirigió a todos una mirada. A sus hermanas. Las hermanas presentes. Y su madre. Todas expectantes. Apenas logrando creer que le quedaran fuerzas para esbozar una sonrisa a través de las lágrimas y levantar el puño. Se le había ido el alma en esos sencillos gestos, pero los mismos bastaron para que las chicas… las chicas y su madre empezaran a saltar y gritar, traspasando su alegría el grueso vidrio que dividía el flujo normal del tiempo entre un pasillo y la realidad.

Incluso tras volver la vista hacia su hijo, podía sentir la alegría filtrarse a través de algún resquicio invisible, pues un reflejo de la misma sonrisa llorosa apreció en el rostro de Lynn, misma que tuvo ocasión de examinar los breves segundos en que se miraron a los ojos antes de volver con el niño, el mismo que parpadeaba de tanto en tanto, tomándose su tiempo para memorizar esas caras… reconocer el eco de sus voces…

–Leon… mi pequeño…

–¿Leon?

Le fue imposible guardar silencio ante las palabras de Lynn, misma que le devolvió la mirada con una expresión orgullosa. El marine incluso tuvo la impresión de que esa sonrisa le devolvía la salud perdida con más eficacia que cualquier suero o medicamento.

–No… ¿No te gusta?

–Me encanta –soltó Lincoln, recuperando el agarre sobre la mano que Lynn había soltado. Misma que sólo se encargó de mantener la firmeza en el agarre con no poca dificultad–. Es… es perfecto.

–Lo sé –musitó Lynn, sin despegar la mirada del niño, extasiada, devolviéndole el pequeño la mirada sin perder detalle–. Lincoln…

–No pasa nada –confirmó él, casi adivinando lo que pudiera haber pensado la mujer a su lado… a la que se aferraría por siempre, a pesar de lo que pudieran decir–. Nunca más pasará algo.

–¿Nunca más?

Lynn y su voz… Lynn… su mano… sus lágrimas… su voz a punto de quebrarse… incluso sin ella… no, esa posibilidad no existía, porque gracias a Dios… a pesar de todo… a pesar de su familia… el arrepentimiento, daba igual, estaba ahí, pero… Lynn… y ese niño… no, su niño… no, no… su hijo… hijo suyo y…

Ni tú ni Lynn son unos enfermos por amarse ni ese niño es un error, los tres merecen la misma oportunidad de ser una familia… la misma que tuvieron Lynn Leonard y Rita… la misma para todos, ¿oíste?

–Nunca más, Lynn –dijo Lincoln. E incluso antes de decirlo, ya creía en sus palabras–. Hoy, mañana y siempre, te lo juro.

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–Con algo de esfuerzo… la cara seguirá no cambiará mucho.

Tampoco le preocupaba demasiado. Llamaba la atención más por la sangre… bueno, la posición de la nariz… y a la hora de respirar… bueno, la ausencia de los dientes, en parte…

La luz tenue de la consulta médica no lo ayudaba demasiado a mantenerse despierto, pero Lynn Leonard no requería de un esfuerzo considerable. La doctora, por su parte, sabía que más allá de constatar daños, no podría hacer gran cosa. Entre la boca y la nariz, ambos ensangrentados… el labio… las marcas en la piel… costaba creer que un solitario golpe pudiera causar tales estragos, ¿de qué tamaño era ese puño?

–Va a necesitar un buen ortodontista –comentó Johanna con seriedad, iluminando la boca abierta y la nariz –También tenemos buenos otorrinos, no dude que necesitará uno.

–Con los papeles que lo prueben me basta –soltó Lynn Leonard con seriedad. La luz le dañaba las pupilas.

–Los papeles y unas fotos… incluso unos cuantos testigos, varios habrán tenido una posición envidiable –deslizándose sobre la silla hasta el escritorio, la doctora sonrió ante la consternación del patriarca Loud–. Porque piensa demandarlo por daños, ¿no es así?

–¿Y qué si así fuera? –Soltó Loud a la defensiva, provocando sólo que la doctora mantuviera la sonrisa.

–Tiene un buen caso entre manos, buena suerte pasando sobre su abogado –el rasgueo de la pluma sobre el papel lleno el silencio de la pausa por unos segundos–, aunque… para bien o para mal, se trata de un tipo muy bueno.

–Claro, y el cabrón tiene libertad de romperle la cara a cualquiera, ¿no?

–No me malentienda, creo que Siderakis es un imbécil –y lo decía con tal convicción que por un segundo, Lynn Leonard se lo creyó. Sin embargo, el pasado seguía pesando más que el presente.

–Y no dudó en estar de acuerdo a la hora de acompañarlo en todo este desastre, ¿o sí?

–Incluso si no era él, habría sido por mi esposa, es por la única persona que lo soporto y si no era por ella… no se puede negar que Lynn es un encanto y todo lo demás… todo lo demás fue decisión suya, debería aceptarlo.

Dejando que la pluma bastara para llenar el momentáneo silencio, Lynn Leonard tragó los calmantes para el dolor que le acababan de recetar. Era poca agua para comprimidos de ese tamaño, pero se las ingenió para hacerlos pasar a través de su garganta… ¿Por qué dolía tanto?

–Es un imbécil, en eso estamos de acuerdo, señor Loud –decía Johanna, sin despegar la vista de la receta médica que intentaba volver legible ante sus propios ojos–. Entiendo que esté molesto, todo este tema de su familia… más que difícil de digerir… es una locura desde cualquier punto de vista y a cualquiera le tomaría más tiempo del que jamás se atreverá a reconocer… procesarlo… quiero decir… no digamos que mi padre me habla y eso que hace más de diez años que se enteró de que soy lesbiana, no quiero ni imaginar cómo se siente ahora.

–Gracias.

–Pero aunque Paul y yo no queramos reconocerlo… somos colegas y en ese sentido… todo lo que hizo… no podría haber hecho otra cosa, señor Loud.

–Sé a dónde quiere llegar, doctora –soltó Leonard con frialdad, sin captar realmente la atención de la mujer–. Toda esa mugre de la ética… el silencio profesional… todas esas cosas son excusas perfectas, ¿no es así?

–Tampoco es algo de todos los días, señor Loud, es bastante difícil decidir qué demonios hacer en un momento así, ¿o me va a decir que habría reaccionado de otra forma de haberse enterado antes?

De refilón, consiguió mirar al tipo anclado a su asiento. Bastante difícil le resultaba a Johanna tomarlo en serio luciendo así, pero daba igual. Tenía práctica tratando a tipos de toda índole y Lynn Leonard no era ni de lejos el más ridículo. Tal vez el más… no, ni siquiera estaba segura de poder clasificarlo de alguna manera.

–Que crea que es un imbécil no me vuelve ciega, señor Loud –comentó la doctora, olvidando ya las recetas y diagnósticos, terminando de apoyar la espalda en el respaldo. Qué silla de mierda–. Es por su hija Luna, ¿verdad?

–¿Acaso es psicóloga ahora?

–No, pero como le dije, es un cretino y es agradable saber que estamos de acuerdo en algo.

–Y aun así lo defiende…

–Lo respeto.

–Un sujeto como él no es digno de nada, ni siquiera de respeto por…

–Paul tardó casi tres años en aceptar estar cerca de su hija, así que por entonces tendría… ¿diecisiete? ¿Dieciocho?

–¿Cómo está tan segura?

–Tres años fueron los que tardó en volver a caminar, superar la amnesia… de hecho, incluso hoy hay cosas que olvidó del todo, así que… ¿Cree que iba a pensar en otra cosa?

–Da igual lo que diga, nada justifica…

–Usted lo odia sin importar lo que diga y él, por diez años más o menos, lo ha tenido que aguantar a usted y a los suyos, ¿o me va a decir que nunca recurrieron a él en terapia de parejas?

–Tanto que habla de ética y me viene con que se lo dijo…

–Él nunca habla de eso.

–Pero si usted acaba…

–De soltar una mera especulación que usted mismo acaba de confirmar, ¿no le jode? –Ya para qué sonreír, tampoco le agradaba joder demasiado a nadie y menos tratándose de un sujeto como él. Bastante dolor debía estar pasando–. Ódielo todo lo que quiera, lo hará con razón, pero ahora mismo se trata de su familia, señor Loud, y el odio hacia ese tipo no la va a salvar, ni siquiera odiándose a sí mismo.

–¿Sugiere que…?

–Que pondere las cosas y así como están… se pregunte si vale la pena perderlo todo… que como todo hombre acepte también su parte de culpa… y qué hacer con ella –una firma después, Johanna ya estaba de pie tendiendo los papeles a Lynn Leonard–. A menos, claro, que sea incapaz de hacer dos cosas a la vez, como odiar a Paul y salvar a su familia.

Tras el portazo, se preguntó Johanna en qué segundo el tipo se había levantado, dejándola sola con sus pensamientos, el vacío de la pequeña consulta y asqueada de sí misma.

¿Respetar a Siderakis? ¿En serio? ¿Se podía respetar a sujeto semejante?

Comparado con su hermano, tal vez, sólo tal vez, pero tratándose de él… ¿Se podía considerar meritorio algo así?

La hoja impresa seguía ahí. Era imposible mirarla y no sonreír. Incluso tras recibir el mensaje de texto.

Alguien estaba jodido. Muy… muy jodido.

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Hacía ya bastante que la sala había superado su capacidad cuando Lynn Leonard hizo su aparición.

Bastó su presencia para callar cualquier intento de entablar una conversación. Para silenciar incluso las manifestaciones de alegría. Para retener de algún modo hasta las más ínfimas sonrisas.

Para Lincoln fue una sorpresa el mal estado en que se hallaba su padre. Tuvo que ver a Luan mover los labios para comprender quién había sido el responsable e incluso entonces, le tomó bastante procesarlo, aceptando que eso tendría que esperar.

Faltaba espacio, de manera que incluso haciendo un esfuerzo, costaba moverse con soltura. Eso no impidió a Lincoln mantenerse en su sitio, junto a Lynn, intentando recordar si alguna vez había llevado a la práctica el principio de la cara de póker. Difícilmente el enemigo tenía ocasión de verle la cara en el frente, entre la arena, el sol y tantas cosas…

Enemigo… ¿A eso se había reducido todo? Creyó vislumbrar en la joven Loud convaleciente una expresión culpable, pero Lincoln supo tranquilizarla con el gesto contrario, si bien no estaba seguro de cuál podía ser aquel. El resto de la familia presente, mientras tanto, parecía comprender que lo mejor que podían hacer era mantener cerrada la boca hasta nuevo aviso.

–Despertaste, hija –fue lo primero que rompió el silencio, palabras de Lynn Leonard, incapaz de disimular el daño físico–. Me alegra mucho.

–Gracias… papá –articuló la joven, más temerosa de la mirada de Lincoln que de la presencia de su padre. Suponiendo que la mezcla de ambos factores no tuviera algo que ver.

Y de pronto, las chicas y la madre, todas presentes, por primera vez en todos los años de existencia de la familia Loud y sin decir ni media palabra, estuvieron de acuerdo en algo: Habrían dado cualquier cosa por no tener que presenciar algo así. Y al mismo tiempo, sabían que les correspondía estar. Sin importar la ausencia de Lori o Luna. Sin importar cuánto pudieran envidiarlas en ese segundo…

El mismo segundo en el que Lincoln y Lynn se erguían como un hombre y una mujer, sin importar los vínculos… sin importar lo dicho o hecho… sin importar nada más, un hombre y una mujer dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias enfrentando a un sujeto… un tipo que parecía encarnar todo aquello que amenazaba con desbaratar cuanto pudieran desear…

Incluso Lynn Leonard parecía necesitar un par de parpadeos más de los necesarios para terminar de convencerse de que sí enfrentaba a sus hijos. Más allá de cuánto pudieran haber crecido, el estado de cada uno… los años que cayeron sobre todos tan de repente… y el hecho mismo de que la muchacha aferrara la mano de su único hijo varón… que lo hiciera de esa forma…

–Si tan sólo pudieran imaginar… lo decepcionado que estoy de ustedes…

Por alguna razón, Lincoln tuvo que esforzarse por contener una sonrisa triste al escuchar esas palabras. Una reacción que Lynn no pasó por alto, luciendo sorprendida o al menos, eso le decía el cuadro obtenido de refilón. Pero le era inevitable. Qué sacaba con negar la previsibilidad. Que tal vez… tal vez algo de razón tuviera esa voz que bastante llevaba oyendo en su cabeza, tan sarcástica y arrogante… algo sobre los posibles escenarios y que muchos guardaban relación con la rabia… la decepción…

De todos modos, comparado con lo que había dicho al enterarse en un comienzo… seguía siendo una frase cargada de sutileza.

–Creo que ya me hice una idea después de lo que dijiste, papá –soltó el marine casi con sorna–. Y no te preocupes, Lynn ya está al tanto de lo que dijiste.

–Lincoln…

–Sólo acláranos algo, papá –interrumpió la joven en esa ocasión, obligando a todos a contener alientos que parecían faltar en ese reducido espacio–. Es… ¿Es eso todo lo que sientes?

Las chicas presentes no recordaban haber visto semblante tan atribulado en su padre. Ni siquiera al enterarse de la diferencia de edad entre Luna y su novio y aquello ya era demasiado decir. Ni siquiera Rita, con tantos años de matrimonio a cuestas… ni siquiera tras las más terribles discusiones… y en ese prolongado lapso de tiempo no podía decirse que fueran pocas, pero…

Lynn Leonard, a sus años, no demasiados, pero los suyos al fin y al cabo, parecía acorralado… no, más que acorralado. Más que contra las cuerdas. Profundamente… ¿Bastarían esas palabras para acercarse a su sentir?

–Chicos… ¿Qué futuro les espera a ustedes? –Articuló el patriarca, denotando por primera vez la aflicción que lo dominaba–. Cómo… ¿Cómo van a afrontar al mundo después de algo así?

–Papá…

–Y ese niño… ese niño, chicos… ¿Cómo va a vivir a partir de ahora? ¿Cómo le dirán la verdad sobre su origen? ¿Han pensado en todo eso?

Algo pareció quebrarse en ese espacio. En ese espacio y en todos ellos. Al mismo tiempo, todos de acuerdo. Una fractura en ese fragmento de realidad vivido y ya muerto con los demás segundos marcados por el reloj de pared y en tantos otros artefactos. Celulares muertos para el resto de la red y sus dueñas. Ante el cuadro de un hermano y una hermana dispuestos a todo…

Ante la imagen de un padre que se quebraba por primera vez desde… ¿Desde cuándo? Y así, con todo, seguía de pie… serio… ahí, traicionado sólo por las lágrimas que se deslizaban por su rostro lastimado y mal afeitado.

–Papá…

–Los amo hijos, yo… los amo a todos… a todos y a cada uno de ustedes –y a pesar de su destrozado semblante, el patriarca se las ingenió para sonreír lo mejor que pudo –Aunque no lo parezca… cada uno de ustedes es mi orgullo… más allá de mis errores… todo lo que he hecho ha sido para que ustedes puedan ser felices…

–Papá, nosotros…

–Pero así… ¿Qué clase de vida puede ser ésa? –Ajeno a la súbita cercanía de su esposa, quien sostenía como podía uno de sus brazos, el hombre se supo incapaz de callar cualquier cosa a partir de ese momento–. Así, hijos… así…

–Si supieras cuántas veces lo pensamos, papá –soltó Lincoln con irónica amargura, devolviéndole a su padre la misma sonrisa triste.

–Entonces, hijo, cómo es que…

–A veces las cosas… sólo pasan, papá –fue el turno de Lynn de hablar e incluso esas palabras parecieron representar un considerable esfuerzo para ella, mas no estaba dispuesta a abandonar la posta así como así–. Fueron años, ¿sabes? Años… años en que… sin decirlo, lo… lo pensamos una y otra vez…

–Duele, papá, esto… esto dolía más de lo que crees, dolía… dolía tanto que parecía imposible vivir un día más… un día más así… creyendo que después de años pasaría… que podía vivir lejos de Lynn –la misma mano que así la de la deportista en convalecencia se deslizó hacia su cabello castaño. El mismo del que no se cansaba sin importar qué–. Pero antes de que lo piensen… no se puede decir que sea culpa de alguno de ustedes.

–Hijo…

–No fue culpa de ustedes, mamá –interrumpió Lynn casi con desesperación al ver la misma aflicción reflejada de súbito en su siempre fuerte madre–. Esto… esto sólo…

–Una vez… un grandísimo cabrón me dijo que… nunca fue la culpa de ninguno de nosotros sino de… del amor mismo –pero qué mugre de explicación, se dijo el marine, pero en esa situación tampoco se disponía de mejores recursos–. No está en nuestras manos, no nos hace ningún favor, no tiene fecha de caducidad… nos puede joder la vida con su elección, sin consultar un carajo… y siempre que crees que ya se quedó sin ideas… pues aparece, se saca un truco de la manga como el cabronazo de ingenio infinito que es.

–Lo sabíamos, mamá… papá… siempre lo supimos, pero… lo hicimos todo y… y fracasamos, no es tan simple, nunca lo fue, sólo… es lo que es –agotada, Lynn tuvo que apoyar la espalda sobre las almohadas. Fue entonces cuando sus hermanas se atrevieron a acercarse a ellos, casi con miedo de que la sola presencia de cualquiera de ellas bastara para consumir el oxígeno en su totalidad–. Y aunque les duela… a cualquiera de ustedes… hemos pasado tanto… y llegado tan lejos que… que la sola idea de separarnos…

–Eso no pasará –completó Lincoln, apelando a las reservas de seguridad que, sabía, alojaba en algún sitio de su fuero interno–. Y ese niño… tal vez sea el que menos merezca esto, pero… está con nosotros y no lo dejaremos, es lo que importa, ¿no?

Lynn Leonard no fue capaz de responder. No de inmediato. Y es que parecía costarle trabajo convencerse de que estaba frente a los mismos niños que había visto nacer. De que esos mismos jóvenes decididos habían pasado por tanto… y seguían siendo sus hijos… los mismos a los que les dio la espalda. A ellos y al resto de la familia. Abatido. Cansado. Y triste, qué sacaba con negarlo. Jamás creyó que llegaría el día en que experimentaría una pena de tal profundidad…

Porque… ¿Qué padre podía desear algo así para sus hijos?

–Hace mucho… que pasó el tiempo en que su madre o yo podíamos ordenarles qué hacer, creo que ya lo saben –no, no iba a voltear, no sería capaz de mantenerse en pie–. Siempre serán mis hijos y siempre… nada cambiará lo que sienta, es sólo que… jamás hubiera querido esto para alguno de ustedes y por mucho que ya no exista vuelta… no es algo a lo que me pueda resignar.

Claro, se dijo Lincoln tras el portazo, incapaz de contener su propia amargura. Algo así les había dicho Lori. ¿Qué clase de milagro retenía a su madre o a las chicas con ellos? Sólo tras dejarse caer sobre una silla, sintió la mano de Lynn apretando la suya y la palma de su madre acariciando su espalda. Las chicas, por su parte, no se movían de la cama de su hermana.

–Pasará tarde o temprano –dijo Rita con dulzura–. Espero que entiendan…

–Está bien, mamá, ve con él –dijo el marine, intentando mirarla a los ojos sin quebrarse–. Ya has hecho mucho y papá… papá y Lori siguen… siguen necesitándote más.

–Y ustedes también, Lincoln –acto seguido, tras besar la frente de Lynn y su único hijo varón, la madre siguió los pasos de su marido ausente, dejándolos solos con las chicas que quedaban.

–¿Dónde está Luna? –Escuchó que preguntaba Lynn, sobreponiéndose a la dificultad que suponía mantener un tono de voz firme.

–Dijo… dijo algo de buscar a cierto cabrón, pero que volvería más tarde –comentó Luan, intentando hacer memoria.

–¿No aparece todavía? Ni que fuera tan grande este hospital –soltó Lana con incredulidad.

–¿Has pensado que tal vez se fue del hospital, bruta? –Gruñó Lola y antes de que una trifulca estallara entre las jóvenes, la sorpresiva intervención de Lucy por poco y les arranca el corazón del pecho.

–De momento importa más que el pequeño Leon sepa afrontar las vicisitudes que se aproximan en el futuro para cualquier mortal.

–En efecto, la recuperación del individuo es digna de admiración teniendo en consideración los factores adversos que rodearon desde su concepción pasando por la etapa de alumbramiento, que…

–Ay Lisa, como que nadie está siguiendo el hilo de lo que dices.

–Creo que algo entendí, Leni, ¿quieres que te lo explique?

–No lo sé, Lily, ¿de verdad captaste algo?

–Pues sería más fácil encontrar una vaca en un hipódromo que entender a Lisa… ¿entienden?

Tanto Lynn como Lincoln compartieron una sonrisa cómplice, ajenas sus hermanas al hecho y demasiado ocupadas en mantener viva una discusión intrascendente, estando tan ocupadas en lo mismo que ni cuenta se dieron cuando el único hermano varón se levantó de su asiento y depositó un suave beso en la frente de la deportista.

–Volveré pronto, ¿estarás bien?

–¿Tú qué crees?

Entumecido, el marine si pudo llegar hasta la puerta y sin saber cómo, se vio del otro lado de la misma, dando un paso tras otro a través de un incierto pasillo, preguntándose cuándo había sido la última vez que había dormido o al menos intentado descansar de cualquier manera que no implicara mantenerse alerta.

Un paso tras otro. Sin ser realmente consciente de alguno de ellos. Sólo avanzando sin una dirección definida. Uno a la vez. Uno tras otro. Hasta que, en uno de esos asientos dispuestos en una de las tantas salas de espera, vio a ese chico. A su amigo… no, a su hermano que ya no sabía cómo contener la ansiedad. El mismo que apenas percibió su presencia, hizo acopio de fuerzas, dominó todos los impulsos y se acercó al marine de cabello blanco con la tranquilidad que parecía requerir la situación.

Lincoln, por su parte, necesitó la mano de su amigo… su hermano. Esa mano sobre su hombro y esa misma mirada a ratos seria, a ratos ingenua… a ratos compasiva… la misma mirada que parecía no saber del paso de los años. La misma mirada. Los ojos intactos y la sonrisa que apenas se insinuaba en sus labios.

–Así que… ¿Todo bien, hermano?

Se le ocurrieron muchas respuestas a Lincoln, mas no tenía fuerzas para llevar a cabo ninguna de ellas. Todo cuanto pudo hacer fue parpadear ante el contacto, sonreír como pudo a pesar del dolor de los músculos faciales y dejar escapar tanto aire como pudo, reteniendo esa mano sobre su hombro con una de las suyas, tan pesada de repente…

–Soy padre, Clyde.

–Lo sé, Lincoln –y al mismo aludido parecía causarle gracia… conmoverle bastante esa tardía reacción.

–Soy padre, Clyde… ¡Soy padre!

–Te felicito, hermano.

–¡Soy padre! –Y antes de lo que creyó posible, se vio a sí mismo percibiendo el ardor en los ojos al tiempo que la sonrisa crecía–. ¡Tengo un hijo, Clyde! ¡Ella y yo somos padres!

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Corrió las cortinas. Abrió las ventanas. No hubo mucha diferencia.

Creyó incluso percibir la promesa de futuras gotas. Tanto mejor. Algo tenía el olor a humedad… ¿Petricor? Como fuera. Algo tenía el olor. No, no podía ser. Porque el olor se adhería al viento. El olor de las nubes. El olor del humo mezclado con las nubes. Qué preciosidad.

Una sala impoluta. Le fue imposible sentirse fuera de lugar. El viento frío lo golpeó con fuerza. Algo de polvo llevaba consigo. Una suerte haber encontrado un espacio así en un recinto hospitalario tan concurrido… seguro existían hospitales que no lo fueran. Tan sencillos de encontrar como una película porno en un jardín infantil.

Echó una mirada a través de la ventana abierta. Vértigo natural. ¿Cinco pisos? ¿Seis tal vez? Más de diez metros, pero los números… las medidas en general… estimar lo que fuera, medida, cantidad, edad… se le daba tan bien como trozar un filete con un mondadientes.

Quinto piso, le había dicho la simpática de su vecina. Quinto o sexto. Busca y hallarás. ¿Desde cuándo era tan bíblica para sus expresiones? O de un tiempo a esa parte, sentía que Dios se valía de las bocas más insólitas para hacerle llegar sus crípticos mensajes.

Obra de maneras misteriosas, le había recordado un sacerdote. Hacía tiempo de eso. Tanto que casi le sorprendía hallar en sus recuerdos, justamente, una interacción con un sacerdote. Qué novedad. ¿Pero qué podía querer él de un sacerdote? O… cabía la posibilidad… ¿Por qué no creer por un segundo que el sacerdote tal vez buscara algo de él? Suponía que se trataba de un tipo agradable. Ni falta le hacía decirle adónde iría a parar después de muerto. Creía hacerse una idea y tampoco se atrevía a aspirar a demasiado.

Porque tampoco era necesario hacer una recapitulación. Le bastaba con mirar sus nudillos inflamados y recordar, por un segundo, la efímera satisfacción experimentada.

Incluso la más cabrona de sus borracheras se podía considerar más memorable que aquel violento arranque. Jodido Lynn Leonard…

Y lo peor de todo seguía siendo que se odiaba más a sí mismo. Porque aquellas palabras no debían de tener importancia. Linda forma de descubrir lo contrario. Y ya puestos, más que arriesgarlo todo, mandarlo a la mierda. Una fina labor de demolición. Búsqueda, exterminio. Precisión. Y una onda de choque devastadora. Si creía hacerse una idea del estado de la cara de Lynn Leonard…

Y lo peor de todo era que aquello… todo lo dicho… cierto o no… ¿Qué importancia podía tener a esas alturas?

Ya contaba con más de cuarenta… ¿Más de cuarenta? Que después del accidente, hasta los números le resultaban esquivos… no, qué decía, los números siempre le habían resultado esquivos. Incluso tratándose de pequeñas celebraciones de cumpleaños organizadas por…

Hatsu. Si bastaba con recordar su expresión escandalizada tras tener constancia de su último numerito. Ése no eres tú, le había gritado. En qué estabas pensando cuando…

Precisamente en nada, pero no se lo dijo. Creyó darlo a entender. Y cuando no creía que vería tanta decepción acumulada en su expresión… de hecho, no veía algo así desde que se enterara de Luna e incluso eso tomó su tiempo. Después del accidente, durante la rehabilitación… por supuesto que Hatsu era la que menos convencida parecía…

En realidad, ninguno parecía del todo convencido y razones no les faltaban. A Hannah y a Joe por el hecho de ser tan cercanos y distantes a un tiempo. Tan amantes de la ley los muy… y a Johanna porque cualquier cosa que viniera de él le parecería digna de reproche y qué mejor si legalmente sus reproches estaban más que justificados. Y Hatsu… Dios Santo, Hatsu…

Por supuesto que los años que tardó en aprender a limpiar su trasero por sí mismo parecieron no bastar para convencerlos. Porque seguía siendo una niña. Claro que era una niña. Quince años por entonces. Y dieciséis… y la gracia de Sam, chiquilla esa, bendita la que…

Luna Loud. Quince años en un comienzo. Y ahí, diez… ¿Diez u once? Años después, a cinco pisos… ¿O seis? De la altura que fuera, con las ventanas abiertas, más volvía sobre su recuerdo que palpitaba a la par de los nudillos inflamados…

-Es mejor que Lan, pero no basta para convencerme.

¿Quién le había dicho algo así? Sonaba a Joe… ¿O a Hatsu? ¿Y qué más daba?

Porque a veces le resultaba imposible desprenderse de la misma impresión. Que a cualquiera de ellos le habría agradado más que terminara como sacerdote. El virtuoso sacerdote que los casara en la medida de sus posibilidades. El único al que habrían acudido mujeres como Hannah o Johanna. El único al que le habrían creído una o dos palabras. El que habría oficiado la boda de Hatsu y Joe…

Convenientemente solo…

Entonces despertaba y despejaba su mente de tamaña ridiculez. Y volvía a la explicación lógica.

No podía decirse que su historial se caracterizara por los aciertos. Ahí tenía a Lan como la cima de toda la mierda pasada, presente y futura. Simpática mujer. ¿Cuánto la había llorado? ¿Cuántas botellas había vaciado por ella? ¿Cuántas canciones le había dedicado? ¿Qué tan cerca estuvo de irse al carajo sólo por esa mujer?

Zhang Lan… sí, Zhang Lan. Simpática mujer. Y después… ¿Qué?

Una mocosa de quince años que tuvo la determinación que ya se habría querido dado el contexto que fuera. Cómo le permites que esté cerca, le había recriminado… ¿Hannah? ¿Hatsu?

¿Y qué había respondido? Apenas siento las piernas… sí, eso había dicho. Apenas siento nada, ¿crees que es un peligro para mí? ¿Crees que me interesa ser un peligro para ella?

Porque durante dos… ¿Dos o tres? Durante esos largos y dolorosos años… no podía decirse que la besara por iniciativa propia. La muy loca sabía aprovechar las circunstancias. Su incapacidad para moverse… para defenderse. La misma que usaba a su favor para robarle un beso o dos…

Y el peligroso era él… qué simpáticos.

Pero seguía siendo más ameno pensar en Luna Loud que en todo lo demás. Por mucho que Lynn Loud hubiera despertado de ese coma… por mucho que el muchacho regresara, enfrentara a la familia… por mucho que todos se enteraran de la procedencia de ese bebé… ¿Cuál sería su nombre? Por mucho que… cualquier cosa relacionada con los Loud, en especial…

Los nudillos… ¿Hacia dónde saltaría el diente que le tirara?

Nada como mandar al infierno a una familia reunida casi por completo para darle color a la semana o al mes, por qué no. Nada como cumplir el sueño atesorado a lo largo de una década, puede que más…

Nada como olvidar, de golpe y como si nada, cuánto le importaba precisamente Luna Loud antes de mandarlo todo por el desagüe…

Como creer que tal vez en el fondo, muy en el fondo, Lynn Leonard tuviera algo de razón…

Y no pudiste elegir mejor forma de confirmarlo, ¿verdad Paul? Tirándole los dientes… partiéndole la cara… ¿Quién había dicho eso? Sonaba a Johanna por momentos, pero también a Hannah con algo de buena voluntad…

¿Por qué tenía que ser Joe el único que no le enrostrara la magnitud del desastre que él mismo había provocado? Tal vez porque ese amigo, su hermano… tal vez porque él sabía leer las señales en su expresión mejor que nadie y le bastaba con eso para comprender que los reproches sobraban. Y más cuando lo necesitaba para poner en orden los asuntos antes de tomar esa última decisión.

Llenó Paul del húmedo aire sus pulmones maltrechos. Qué agradable. Una decisión ya tomada y la caricia del viento. A solas en la habitación del hospital. A solas con las puertas cerradas y las ventanas abiertas. A solas con sus pensamientos y lo que pudiera quedar de ellos. Las decisiones ya tomadas, los asuntos en orden. Los desastres ya declarados. Los pendientes ya finiquitados.

Lincoln y Lynn Loud… ¿Cuántos nombres con L podía haber en el directorio?

Luna… Luna Loud… Luna… ¿Por qué no se había detenido a pensar por una vez en lo apropiado que era ese nombre? ¿Idea de Rita o de Lynn Leonard? ¿A cuál de los dos agradecerle? ¿A ellos o a Dios? ¿Cuál escucharía primero el agradecimiento? Qué decía. Con esos nudillos, tenía claro a quién podía mirar a la cara con mayor tranquilidad…

Luna Loud… carajo, qué linda forma de mandar todo a la mierda. Al menos no tendría que mirar su expresión decepcionada una vez más. Porque no habría sido capaz de soportarlo…

Porque ya bastante tenía con reconocer que esas gotas contra su rostro guardaba nula relación con la lluvia que se insinuaba del otro lado de las ventanas abiertas que casi parecían… cualquier cosa menos ventanas. Porque con ese frescor…

Había terminado. Con la familia Loud. Por sobre todo, con Lynn. Y con Lincoln. Y con el mocoso de ambos. Y con Rita. Y con Lynn Leonard… y de qué forma. Y con Lori. Con Leni. Con Luan. Con Lucy. Con Lola y Lana. Con Lisa. Con la pequeña Lily…

Con Luna… con la vocalista de The Louders… no, con Luna. Sólo con Luna Loud…

Sid…

Y mientras, sería cuestión de tiempo. Porque sus amigos considerarían cualquier cosa, pero él ya había terminado. Con los Loud al menos y eso le bastaba para sentir que ya nada más quedaba.

Tal vez no fuera libre, pero seguía siendo tan solo un humano.

Tal vez no fuera la libertad absoluta, pero ahí, solo, con las puertas cerradas, las ventanas abiertas de una solitaria habitación de hospital, estaba lo bastante cerca de esa libertad como para permitirse tomar una decisión.

Tal vez… sólo tal vez… no merecía más.

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De por sí la oscuridad era un estorbo. La lluvia cerraba toda posibilidad a los focos de abrirse paso. Y así, con todo, se las ingenió para llegar, a pesar de no tratarse de la forma más pulcra de estacionar.

Tuvo que bajar Joe del automóvil para contemplar la majestuosidad de la iglesia. Por momentos lo olvidaba. Que en ese estado… ya ni hablar del estado, en esa ciudad se viera algo así, de tan larga data. Y aunque no tuviera demasiadas intenciones de mojarse por la contemplación que ya se permitiría en una mejor ocasión, siempre que el trabajo le diera un respiro e incluso de tenerlo, de poder recordarlo, aunque fuera de refilón, la construcción reclamaba su momentánea atención.

Inexpugnable a simple vista. Tampoco ayudaba el entorno a la impresión inicial. Pero la hora no era insólita. Estaba a un par de horas de medianoche, puede que un poco menos. Era de suponer que el clima disuadiría a cualquier peatón o conductor de salir si no era estrictamente necesario. Él mismo se habría sentido estúpido cruzando la escasa distancia entre el vehículo y el portal del templo de no ser porque sabía que las puertas estaban abiertas…

Porque no había otro sitio en que debiera estar.

Por paradójico que pudiera parecer de buenas a primeras, el frío del interior le pareció mayor, lamentando no llevar consigo ropa más gruesa, pero prisas mediante…

A diferencia de otros templos más recargados, el interior de ése en particular destacaba por su austeridad y las largas sombras proyectadas por las llamas de los cirios. Los santos en estatuas y vitrales… las ofrendas florales y las largas bancas cuyas filas llegaban al altar, el único punto que parecía destacar por la decoración más que ningún otro.

Justo en la primera fila. Ahí estaba. Lo reconoció por la nuca. Qué mentiroso. Daba igual cuántas veces le viera la nuca o la espalda, no lo reconocería incluso si su vida dependía de ello. Sólo sabía que era él. Porque estaba sobre aviso. Porque en el fondo deseaba que no fuera él…

Quiso llamarlo. Pronunciar su nombre. Incluso un susurro en medio de semejante inmensidad tendría que resonar… vibrar sus huesos… llamaría su atención. Y en lugar de tomar una decisión, se vio dando un paso tras otro tras hincar la rodilla y persignarse nada más entrar.

A medida que la distancia se acortaba, creyó distinguir un tarareo constante. Apenas una cancioncilla que le resultó familiar, siendo incapaz, no obstante, de ponerle un nombre…

No se atrevió a sentarse en la misma banca. Optó por la paralela, a su lado, en un comienzo siguiendo la trayectoria de esa mirada, sin querer, por su parte, mirarlo directamente. Enfrentarlo… no, bastante tenía con ver al Crucificado. Todas las iglesias y el mismo semblante. Todas las iglesias y el mismo dolor…

Y él, en la banca paralela…

Seguía cantando. Seguía mirando al Crucificado. Y a pesar de tener tanto alcohol en la sangre, sabía mantener una posición más o menos erguida. Porque estaba borracho. Nada más podía explicar que estuviera apenas en camisa y pantalón, empapado hasta el cabello y sin temblar ni un poco.

Paul…

El aludido lo miró casi con desconcierto. Joe, por su parte, casi se arrepintió de abrir la boca… de tener que enfrentar esa cara salpicada de lluvia… si tan solo hubiese sido sólo lluvia la procedencia de esas gotas y no… no esos ojos enrojecidos…

Si no hubiera intentado sonreír como lo hizo…

¿Te acuerdas?

Paul…

La primera misa… en la que coincidimos… ¿Te acuerdas? –Sin esperar respuesta, volvió a mirar el enorme crucifijo sobre el altar, sin perder la temblorosa sonrisa–. Mi maldito vecino yendo a misa… qué coincidencia, ¿eh?

Pues… no fue muy agradable –se oyó decir Joe, más por decir algo… por no perder el hilo de lo que fuera que estuvieran hablando… más por no perderlo a él–. Pero… no fue en esta iglesia…

¿Tú te acuerdas?

Te acabo de decir…

¿Tú recuerdas en qué iglesia fue? –Ante eso, sintió el deseo de decir algo, responder cualquier cosa, pero había una soga alrededor de su lengua… había algo que impedía al abogado hacer uso de sus cuerdas vocales–. Ésta… es bonita, pero… no se parece… no… no creo que sea ésta…

Si me acompañas… tal vez podamos buscarla y… con algo de suerte, puede que la encontremos esta noche, ¿qué dices?

Antes de escuchar una respuesta… no, llegados a ese punto, Paul parecía incapaz de responder en el corto plazo. Fue ese vacío el que aprovechó Joe para ponerse de pie, incapaz de creer que había sido capaz de decirle algo así cuando la sola contemplación del psicólogo en esas condiciones… diciendo esas cosas… a todas luces, sin tener la más mínima idea de qué carajos hacía…

Paul…

¿Nos escucha, Joe?

Qué quieres…

¿Crees que Él nos escucha?

Ah. La mirada. De vuelta en el Nazareno. Dormido y desamparado en su cruz. Por muchos años… instantes sombríos… pero a quién no le iba a costar creer que un hombre tan indefenso podía ser el sinónimo de esperanza para tantos… y el psicólogo lo miraba a él. Y Joe intentaba seguir su mirada y permanecer de pie…

Paul… yo…

Yo creo que sí –interrumpió el psicólogo con voz pastosa–. Digo… ¿Crees que tenga otra cosa que hacer?

Puede ser que…

Él nos escucha, Joe… ¿De qué otra forma podría reírse de nosotros?

De improviso, la alargada figura del psicólogo se había incorporado de su asiento y de no ser por los oportunos brazos del abogado, habría terminado con la cara contra el piso frío. Estaba húmedo y congelado al tacto. Tan pálido que poco y nada le habría extrañado vislumbrar los nervios a través de la piel.

Más próximo a un guiñapo que a otra cosa, pesaba más de lo que había creído en un comienzo, pero con su apoyo se las ingeniaba para mantener los pies en la posición correcta. Sin dejar de mirar al Nazareno. Habiendo perdido la sonrisa, pero no esas malditas gotas…

Paul, cuidado, estás…

Espera.

Paul…

Tengo asuntos… asuntos…

¿Qué?

Tengo… asuntos pendientes… con Él.

A pesar de ser el apoyo que impedía que besara el piso con los dientes y la sangre, el psicólogo se las ingenió para arrastrar al abogado unos pasos hasta aproximarse al altar. Al ebrio poco y nada parecía importarle nada. Sólo avanzaba un paso. Un paso tras otro sin dejar de mirar la cruz en lo alto. La excusa perfecta para Joe. No tener que mirarlo a la cara. No tener que confirmar el trazo de las lágrimas devorando las gotas de lluvia…

No tenía cómo.

¿Qué?

No tenía… cómo conocerla, Joe –más que reír, daba la impresión de que Paul intentaba carraspear–. Pero… había descuento, ¿puedes creerlo?

No… creo que no te…

Ese… jodido instituto de chino… tenía… tenía descuento por su curso… descuento para profesionales de mi universidad… un descuento, ¿qué te parece?

Paul…

Era barato… ¿Cómo me iba a resistir a ese descuento? –Qué mezcla. La risa. La tos. La tos y… las lágrimas–. Pero… la verdad… de no ser por eso… ¿Crees que la habría conocido?

Hermano…

¿Crees que la habría conocido de no ser por Él?

Si apenas tenía fuerzas… ¿Cómo carajos le hacía para mantener el brazo en alto? ¿Cómo podía señalarlo con ese dedo tembloroso? Y mientras tanto, la cruz… el Nazareno… todo seguía en su sitio. Sólo las gotas cambiaban… sólo el aliento le faltaba al abogado, quien no sabía si atribuir su debilidad al cansancio o a…

No ha pasado tanto… para que te olvides de mí –no… no era con Joe. Paul le hablaba directamente al Nazareno–. Recuerdas… ¿Recuerdas todas esas veces? Las veces en que te agradecí… por conocerla… ¿Lo recuerdas?

De pronto, se había soltado de su agarre. Ya no estaba en sus brazos. Pero supo mantenerse en pie. Apenas unos segundos. Unos pasos hacia el altar… hacia la cruz antes de dejarse caer de rodillas, siempre con la mirada en Él. Joe fue incapaz de evitar o mitigar el impacto. De hecho, una vez lo vio de rodillas, se supo incapaz de dar un paso más.

¿Cuántas veces te di las gracias? –Una pausa. Se preguntó si esperaba interpretar el silencio de alguna manera… alguna manera que estaba fuera de su alcance–. Cuántas… ¿Cuántas veces te encomendé esto? Cuántas… ¿Sí lo recuerdas? ¿Sí lo escuchaste? ¿Me escuchaste alguna vez?

Ya ni siquiera sonaba desafiante o sarcástico. Incluso entonces habría sido soportable. Y en lugar de eso, sólo se esforzaba por no ser dominado por el llanto, delatándolo el temblor de los hombros. E incluso entonces, Joe sólo sentía los pies adheridos al piso y las manos temblorosas.

¿Hice algo tan malo?

Paul…

Escucha… me conoces mejor que nadie, pero… ¿En serio hice algo tan malo? Porque… si no es el caso… carajo… ¿Qué sentido tiene?

Hermano…

¿Qué sentido tuvo desde el principio? Si… si iba a terminar así… ¿Qué sentido? –Ya los silencios de las pausas no eran tales. No escuchando esos sollozos mal contenidos–. Mierda… ¡Por qué te callas ahora! ¡Responde!

Paul, ya basta…

¡Di algo! ¡Di lo que sea, pero no te quedes ahí!

Suficiente, ya…

¡Que me diga algo, Joe! ¡Qué sentido tuvo si…! Si…

Cuanto pudo decir quedó ahogado por el sollozo que fue más fuerte que las palabras. Pero incluso entonces, le dio igual. Qué más podía hacer si Joe se había arrodillado para quedar a su altura y lo estrechaba de cualquier manera, empapándose en el proceso a su vez… apenas sintiendo las rodillas a causa del frío, pero incluso ese dolor…

Hermano…

Lan…

Tranquilo hermano, esto… esto pasará…

La quería tanto, Joe… ¿De qué sirvió? ¿De qué carajos sirvió?

Sólo se le ocurría una respuesta para algo así, pero Joe no tuvo corazón para articularla. Porque el nombre de esa mujer le brindaba la rabia necesaria para no razonar con claridad. Porque con esa rabia habría dicho cualquier cosa y lo último que quería derrumbar más… no, ¿qué decía? ¿Se le podía derrumbar más? Su hermano estaba en el piso. Lo abrazaba, casi temiendo que pudiera desaparecer…

Esto pasará, le había dicho. Y si no lo levantaba del suelo se debía a que estaba poniendo todo de sí en creer esas palabras.

Y en que tal vez… sólo tal vez… el silencio era la forma que Dios empleaba para responder… por mucho que ninguno de ellos, en especial Paul, lo entendiera.

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–¡Joe! ¡Te estoy hablando!

El aludido se llevó el índice y el pulgar a los ojos. Nunca sería suficiente para olvidar ésa y otras escenas. Un segundo más y su esposa habría visto… no, no sería la primera vez, pero tampoco se sentía capaz de explicarle lo que acababa de recordar. Temía quebrarse de verdad, ya sin retorno…

–Disculpa –carajo, la voz ronca. Ni siquiera sabía cómo había llegado a ese punto–. Hatsu…

–Cómo pudiste, Joe.

Intentó no reflejar el desconcierto. Ya bastante mal estaba la situación como para quedar como un completo idiota.

Y es que a su esposa parecía no bastarle con el alivio de las buenas noticias. No, necesitaba algo que la mantuviera ocupada y al parecer, algo positivo no duraba demasiado. Y qué mejor que escuchar a escondidas la última conversación privada que tuviera con Paul antes de desaparecer en ese gigantesco hospital… ¿En verdad no la había visto? Porque de otra forma, no tenía cómo estar al tanto, nunca le hablaba de su trabajo, ni siquiera de los casos más complejos.

Y siendo honesto, habría dado su brazo derecho por reemplazar esa instancia por cualquiera de los casos más endemoniados. Al menos sabía que le afectaba. No podía ser de otra forma, sólo que ella, al parecer, prefería convertirse en su anverso en tanto Hannah parecía demasiado ocupada manteniendo el desconcierto en su sitio como para variar su expresión o levantarse de su asiento. La policía… la misma que se alegrara tanto con las buenas nuevas y de golpe…

–Como puedo siempre, Hatsu –se oyó responder el abogado, desafiante. Todo un logro considerando que su amigo siempre se burlaba de él diciendo que sólo le rogaba a Dios y a su esposa y con la última jamás tenía demasiado éxito en esos casos–. No sé qué esperabas…

–¿En serio? ¿Lo dices en serio? –Casi deseó estar sentado. Casi agradeció que Paul no estuviera presente. Bastante material tenía ya como para darle más razones–. Acabas de convencerlo de hacer la cosa más estúpida de todas… ¿Y no sabes qué esperaba?

–¿Convencerlo? ¿Yo? Ahora no hablas en serio tú, ¿verdad? –Estaba cruzando la línea delgada que superaba la valentía de la temeridad y muy pronto, aquella frontera que mantenía distanciados los antes mencionados de la estupidez. Casi podía oír esa voz en su cabeza ya no burlándose, derechamente gritándole que saliera de ahí–. Si hablamos del mismo tipo… ¿En serio esperas que lo convenza de algo?

–¡Por algo es tu amigo!

–Como también lo es el tuyo, ¿o no fuiste tú la que dijo…?

–Tú eres el abogado, Joseph, se supone que tu palabra… que tu consejo debería pesar un poco más…

–¿Y por qué otra razón crees que me llamó? Ya bastante suerte tenemos que…

–¡Debiste detenerlo! ¡Es una locura!

–Acaba de partirle la cara a su suegro, ¿crees que es peor que eso? ¿Te parece poco?

–Soy la primera en decir que aquello fue una soberana estupidez, pero esto es una escuela diferente que… ¡Esto estaba en tus manos!

–Estaba en las suyas, Hatsu, siempre lo estuvo, y si las puso en las mías es porque ya estaba decidido.

–¡Está huyendo de lo que hizo!

–¿Crees que no se lo dije?

–Pues entonces…

–Pues entonces, ¿qué, Hatsu? ¿Qué más podía yo hacer? ¿En serio crees que no lo intenté? ¿Crees de verdad que me quedé callado mientras él me pedía que lo ayudara con esa otra estupidez?

–No se nota que…

–No es la primera estupidez que hace.

–¡Es tan distinto, Joe! Es…

–¿Peor que una novia quinceañera?

–¡Fuiste tú el primero en defenderlo de eso! ¡Tú mismo sacaste el argumento de la espera!

–Estupidez o no, Hatsu, ¿qué importa ahora?

–Joe, no puedes…

–¿Crees que no me duele a mí también? ¿Crees que me hace mucha gracia que mi hermano haga algo así?

–¡Y por qué no se lo impediste!

–¡Porque no es nuestro hijo, Hatsu! ¡Entiéndelo! ¡Deja de creer que lo puedes proteger de todo!

Y no sólo lo había dicho pensando en Hatsu. También en Hannah, la misma que se removió en su asiento con incomodidad. Y también… también en sí mismo. Porque después de recordar el llanto de la iglesia, más le costaba creerlo. Porque la idea de perderlo de vista… maldita sea, si acaso llegaba escuchar algo así… ¿Cuánto tardaría en largarse ofendido? ¿O en echarle en cara las veces que tuvo que salvar su trasero? No, no lo haría. Porque estaba patente. Porque la deuda eterna, chiste o no, siempre estaba ahí. Aunque fuera para pedirle la toga de un juez…

Jamás creyó, sin embargo, que sus palabras resultarían tan certeras. Al punto de desbaratar la ira congelada en la expresión de Hatsuko, al punto de… al punto de quebrarla casi tanto como la policía… casi tanto como él mismo, que con años metido en los tribunales, a pulso se había obligado a inventar el estoicismo que parecía faltarle fuera del horario de trabajo.

A pesar del golpe, su esposa supo mantenerse en pie, si bien no lucía ni la mitad de amenazante que en un comienzo. Así y todo, Joe se mantuvo a un par de pasos de distancia. La conocía. No quería verse expuesto a un hipotético rebrote. Una distancia segura… por mucho que él mismo…

–Una vez… me llamó… discutimos por teléfono –comentó Hatsu tras una interminable pausa. Esa aflicción era el reflejo de la suya. Por eso Joe prefería mirar hacia cualquier otra dirección menos a ella. Casi lamentó la maldita pérdida del desacuerdo, pues entonces sí tenía una excusa para mantenerse fuerte–. Le dije que… de nada le había servido… ser valiente si seguía estando solo.

Vaya. Y si estaba seguro del contexto en el que había dicho esas palabras… una certera patada en los bajos habría dolido menos, de eso estaba seguro el abogado. El contexto… ¿Por qué la llamaría? Si con suerte enviaba correos… si con suerte respondía mensajes… pero él la había llamado. Un motivo poderoso que justificara las molestias de alguien como él… que no fuera mandar afectos o…

–Hatsu…

–Nunca te lo dijo, ¿verdad? Tal vez fue una de esas cosas que olvidó para siempre… después del accidente…

–Incluso si lo recuerda…

–¿Lo has pensado alguna vez, Joe? –Antes de intentar entender o decir algo, la japonesa miró a la policía sentada a unos pasos–. Tú o tu esposa… ¿Lo han pensado alguna vez?

–¿Y lo pensaste tú antes de soltarle eso? –Replicó la policía, recuperando el sentido y con él, una respetable cuota de enfado que rivalizaba con el fantasma presente en Hatsu–. Qué digo… si lo usaste de esa forma, por supuesto que lo pensaste.

–Y tú lo pensaste antes que yo… y tampoco lo veo mejor…

–Ha sido así desde mucho antes de conocerlo, Hatsu, ¿crees que se puede hacer algo ya?

–Deberíamos, ¿no?

–¿Crees que eres la única a la que le duele? Pues lo siento, ahí tienes a tu marido… aquí me tienes, ¿y sabes qué? Es igual, da igual porque es tarde, ya es muy tarde para cualquier cosa y parece ser que eres la única que no lo acepta –Hannah era algunos centímetros más alta que Hatsu. Eso, añadido al entrenamiento policial, conformaba un conjunto difícil de pasar por alto–. Tal vez seamos lo más cercano que tiene a una familia, pero no importa porque el daño está hecho… ¡Está hecho, mujer! Aunque haya olvidado lo que dijiste, jamás olvidará lo que no tuvo… lo que perdió… lo que nosotros mismos hemos hecho con él… no lo olvidará…

–¿Y se lo vas a permitir? ¿En serio vas a permitir que alguien tan dañado…?

–¿Qué quieres que haga? ¿Amenazar con arrestarlo? ¿Ponerle el arma en la frente?

–Si no fuera por tu esposa, casi diría que estás…

–¿Tienes idea de cuántas discusiones tuve con mi esposa por eso?

–Si estás mejor sin él…

–No, tú tampoco, mi esposa tampoco aunque no lo reconozca, Joe tampoco… ninguno de nosotros, pero… qué pena, ¿no? Pero ya podríamos dejar de joder y por una vez en nuestras vidas… seguir el maldito ejemplo de la familia Loud…

–No lo dirás en serio –gruñó Joe, bastante ofendido, al tiempo que Hatsu adoptaba una expresión asqueada.

–Él no va a dejar de ser quién por la decisión que tome, ¿o sí? Esté donde esté, seguirá siendo el mismo… y si eso no basta… al menos recordemos por una maldita vez que quizá… sólo quizá… se lo debemos.

–Y él a nosotros…

–¿Y él a nosotros qué, Hatsu? –Interrumpió Joe, apelando a la frialdad del trabajo, la misma de la que carecía en el hogar–. ¿Lo quieres retener así?

–La única diferencia es que estará solo…

–¿Crees que le importa? Ya lo dijo Hannah, el daño ya está hecho –las manos sobre los hombros de su esposa, rígida a causa de su propia rabia… la rabia que él sentía consigo mismo, acaso sabiendo que no quedaba otra alternativa y la misma jamás terminaría de agradarle a alguno de ellos–. Cariño… ya basta, déjalo, ¿sí? A mí me jode… demonios, me jode… creo que es lo que más me ha jodido hasta ahora, junto a otras cosas, pero… llegamos un poco tarde para… todo, así que… tengamos ese gesto con él, ¿sí?

–¿Llamas un gesto dejar que Paul se marche?

–¿De qué hablan?

Todos perdieron el aliento. Y lo recuperaron con tal rapidez que sintieron el daño en los pulmones. Ninguno se atrevió a mirar la esquina más cercana de la cual provenía la voz enronquecida a causa de la actividad extenuante a la que se veía sometida. De haber sido otra la ocasión, casi habrían disfrutado su aparición. Su consternación, palpable en cada sílaba… quién iba a olvidar el rencor, ninguno había alcanzado tal grado de santidad. Y sin embargo…

Luna Loud, con sus palabras, su expresión, su sola presencia… obligándolos a mirarla, sabiéndose todos incapaces de mantener la inexpresividad ante algo así. La conocida y fastidiosa mocosa convertida en una estrella de rock… la irritante integrante de ese irritante clan… sabiéndose todos, de pronto, incapaces de aferrarse a cualquier forma de resentimiento, en parte porque esa expresión reflejaba un sentir común.

Ni siquiera tuvo Joe que mirar demasiado alrededor. Incluso dándoles la espalda a las mujeres que lo acompañaban, sabía que estaban también de pie. Los tres mirando a la rockera. La rockera mirándolos con la incredulidad tallada en los huesos. Ninguno atreviéndose a sortear la distancia que los separaba. Ninguno decidido del todo a romper el tenso silencio que acentuaba esos escasos metros.

–Luna –se oyó decir el abogado. Tampoco tenía tanto dominio el silencio del recinto y aun así, tuvo la impresión de haber hablado a un volumen insólitamente alto–. Cuándo tú…

–Qué… qué quisieron decir con eso –interrumpió la joven. Fuera el efecto de las luces o de la construcción, esa palidez… esa palidez no podía ser normal. Otra razón no podían tener para contener así la respiración.

–Luna, no te apresures, escuchaste…

–Sé exactamente lo que escuché, Joe, ahora lo que necesito son respuestas.

–Estás tensa –buen trabajo, pero el abogado dudaba que Hannah se hubiera visto enfrentada a situaciones que requirieran cierta experiencia como negociadora. Con todo, no pudo sino felicitarla en su fuero interno por el esfuerzo–. Mira, ahora mismo… ahora mismo tu hermana…

–¡No pretendan hacerme quedar como una estúpida! ¡Respondan!

–No creo…

–No me importa lo que crean, quiero que lo digan ya –los tres creyeron escucharlo. El eco de la saliva pasar por la garganta de la joven. Sus dientes apretados. Incluso el aire que pasaba a través de sus fosas nasales… no, maldita sea, no. Estaba respirando por la boca. Y a esa velocidad… más tensión acumulada en sus músculos–. Cómo… cómo es eso… cómo es eso de que Paul se marcha.

–Te lo digo, Luna, creo que lo ideal sería que te calmaras y… buscaras la forma de hablar con…

–No lo encuentro… no sé dónde está, sólo ustedes… pero sé que ninguno de ustedes me dirá dónde está, Hatsuko, pero… al menos sí pueden responder –estaba más cerca. No demasiado, pero cualquier distancia que pudiera existir entre Luna Loud y cualquiera de ellos era bien recibida y su reducción añorada de inmediato–. Díganmelo ahora.

Y como era de suponerse… en realidad, Joe no esperaba otra cosa. Y ni falta le hizo variar su posición. Porque sabía, incluso sin mirarlas, que las miradas de ambas mujeres a su espalda estaban clavadas en su nuca. No podía ser de otra forma. Lo supo incluso cuando fue convocado por el psicólogo y a pesar de todo…

Dios Santo.

Había días en los que deseaba no ser él. Podía ser una mierda. E incluso cuando recordaba que nadie sería tan bueno siendo él como él mismo… a veces era inevitable detestar sus propios zapatos y preguntarse qué tan difícil podía ser pausar todo una vez. Al menos una vez. Un día o un segundo. Ese día y ese segundo en específico. Sin la necesidad de enfrentar el alarmante semblante de la rockera…

Dios Santo.

–Luna… Paul… Paul me llamó para hablar con él –no… no quería oírla hablar. Debía apresurarse. Quería creer que, mientras más rápido, menos dolería. Más que quererlo, se había convertido en una necesidad–. Necesitaba asesoría, necesitaba mi… me necesitaba para poder cerrar el trato que…

–Él…

–Sí –casi se odió. No, casi no. Ya se odiaba. Y no creía posible que llegara un momento en que pudiera odiarse tanto por una razón similar. Porque a veces ya se odiaba. Esa respuesta sólo añadía más peso a la carga–. Luna… Paul aceptó el trato que le ofrecía la agencia coreana… el trato… el contrato indefinido con traslado…

–No…

–Lo aceptó, Luna, él… él se marchará a Corea del…

Una mano lo obligó a callar. La rockera con un simple gesto mientras buscaba apoyo en la pared más cercana. No podía ser que… no, desde mucho antes debía de estar así. Nadie podía haber… nadie podía, ni siquiera ellos mismos… ni siquiera nadie, no podía creerlo y sin embargo… ahí tenía a la joven Loud buscando apoyo… llevándose una mano a la cabeza y cerrando los ojos… tan pálida que…

–Luna… ¿Estás bien?

Qué estúpido se sintió Joe. Por supuesto que no está bien, se reprochó, aunque algo en ella le impedía acercarse. A él y a cualquiera de las presentes. Pero antes de sentirse menos miserable, seguía estando la chica ahí, que con dificultad les dio la espalda. La misma que parecía respirar trabajosamente por la boca, grandes bocanadas que no pasaban desapercibidas… temblores que hacían acto de presencia…

–No… no puede ser –oyeron musitar a la rockera, consiguiendo ponerse en marcha–. No… no puede ser… que ese… ese tonto…

Parecía a punto de decir algo más, truncando el desmayo cualquier intento por completar la idea. Joe lo vio venir segundos antes de que se concretara el peor temor albergado por todos, comprobando eso último cuando vio que no era el único que se abalanzaba sobre la chica. Fue él, sin embargo, el que impidió que chocara contra el piso, recibiendo en sus brazos el peso muerto. Quién iba a decir que una chica de su contextura resultara ser tan pesada.

–Mierda… Luna… ¡Luna! Mierda –gruñó el abogado entre dientes, sabiendo las mujeres que lo ideal seguía siendo no agobiarla con demasiada cercanía, sin importar la falta de conocimiento. Tampoco ayudaba demasiado que, de pronto, cualquiera que circulara por ahí mostrara interés y de a poco comenzara a formarse un tumulto–. ¡Es un maldito hospital! ¡Llamen a un jodido doctor! Luna… ¡Luna, despierta!

–¡Ya basta Joe! ¡No te escucha! –Hatsu intentando mantener la calma… qué pensaba, se le daba bien mantener la calma en situaciones extremas. Parecía ser cosa de genética. Aunque no le habría extrañado que Paul mencionara algo sobre el alma… o la ausencia de toda o una parte de ella…

–¡Basta ustedes dos y síganme!

–¡Dime que tu esposa no es la única doctora en este lugar!

–¡Muy gracioso, Joe! ¡Dime que no ganas casos contando chistes porque te morirías de hambre!

–¿Me vas a criticar o te seguimos? ¡Porque las dos cosas…!

Ahogando un juramento… en realidad, una que otra palabra de grueso calibre, la policía se puso en marcha casi corriendo, seguida de cerca por el matrimonio, siendo Joe quien cargaba a la chica entre sus brazos y abriéndose paso entre los interminables pacientes e integrantes del personal inútiles dado el caso, todos con la curiosidad como factor en común.

Mierda, Paul… tú y la deuda eterna… ¿Ahora sí estamos a mano?

x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x

Estoy como me ves.

Luna pudo oírlo del otro lado de la puerta. A veces se preguntaba si todo en ese edificio estaba hecho de papel o el silencio del pasillo la ayudaba… o tenía un sentido del oído bastante más desarrollado que el promedio. El mismo que le permitió oír esas palabras estando a punto de hacerse notar golpeando con los nudillos. Sabía que era él. Él con su tono cansado de los últimos días. Lo imaginó en la silla de ruedas. O sentado de cualquier manera… no, acostado de cualquier manera en el sillón…

Te veo vivo, no… no tan bien como quisiera, pero vivo y eso… eso me alegra.

Oh no. No podía ser. En cualquier sitio y de cualquier manera habría reconocido esa voz… ese maldito acento… esa maldita mujer que hablaba tan bien un idioma que no era suyo… y volvía a aparecer… y en su apartamento…

La rockera lo sentía. Ese calor… ese calor irracional que acababa de invadir su cerebro… esa calidez tan parecida a la de la sangre que escurre tras un corte… en su razonamiento… porque bien podía abrir de una patada… o intentar abrir y agarrar cualquier cosa que pudiera usar contra esa… empezando por lo más cercano o por qué no, agarrar a esa misma mujer… tomarla por sorpresa y…

Me alegra… que estés aquí, Paul.

Siento no poder decir lo mismo sobre ti, Lan.

La incómoda pausa no mermó la rabia de la joven que escuchaba a hurtadillas. Sólo lamentaba no estar ahí para romper su perfecta carita de porcelana usando la guitarra o cualquier adorno de ese apartamento… ¿Tendría Paul el tablero de ajedrez a la vista? Porque se le ocurrían un par de macabras ideas que involucraban el uso de las piezas… y daba igual si lo aprobaba, el punto era…

Veo que… quitaste mis adornos.

No combinaban, creo que te lo dije más de una vez.

No te los di porque combinaran.

Ni yo los recibí por esa razón.

Dios… ¿Cuánta tensión sería capaz de resistir la joven? Ella misma se veía incapaz de tolerar mucho. Sobre todo con esos prolongados silencios que parecían no terminar… con esas inesperadas intervenciones que casi la hacían saltar y amenazaban con delatar su presencia…

Con esa… esa opresión… ese ardor… fruto de la presencia de esa mujer… esa mujer que conocía tan bien el lugar… mejor que ella, al punto de recordar qué permanecía y qué faltaba… porque había vivido ahí… había vivido con él…

Y ella misma… Luna Loud… hacía tan poco que había cometido el peor error de su vida… y todavía luchaba por él…

Y… ¿Cuidan bien de ti?

Incluso si no lo hicieran, ya estoy despierto, aún puedo impedir que me maten.

Podrías… ¿Podrías tomar en serio lo que te digo por una vez en tu vida?

Demasiadas veces tomé en serio lo que me dijiste, ¿qué hay de ti? ¿Lo hiciste? ¿Con tus propias palabras?

Más silencio. Más pausa. Y Luna casi podía palpar una forma similar a su propia rabia. Más rabia, pero apenas expresada. Una rabia que casi dolía. Pero también entristecía. Mientras ella no sabía qué hacer consigo misma, su presencia o sus… sus temores… su frente apoyada contra la puerta en tanto… en tanto mordía su labio inferior y pensaba en las mejores formas de sacar a esa mujer de ahí…

Sabes… sabes por qué no me viste en el hospital…

Les estoy agradecido.

De no ser por ellos…

Exacto, de no ser por ellos la estadía habría sido peor –un suspiro y por un instante, la rockera casi pudo ver al psicólogo sonreír–. Me sorprende que hayas podido entrar.

Qué te puedo decir, intento… aprender de mis errores.

Haces bien, llevo bastante intentando seguir tu ejemplo, no discutamos los resultados, pero…

Cuando supe lo que te pasó… creí que me volvería loca, que…

Cualquier posibilidad no se dio, así que…

¿Cuántas veces te dije que no montaras esa maldita moto, Paul?

Las suficientes como para querer olvidarlas.

¿Es eso? ¿Creíste que montando esa moto…?

Sabes… no recuerdo en qué estaba pensando cuando monté esa moto… ni siquiera recuerdo qué pasó de un tiempo a esta parte, pero… algo mencionaron sobre la boda de Joe y Hatsuko, me parece una excusa razonable, ¿a ti?

Nada justifica lo que hiciste, pudiste… pudiste…

Pude pero no se dio, ¿y qué? ¿Vas a seguir pensando en lo que pudo ser y no fue? ¿Se te va a ir el resto de tu vida en algo así?

Creyó oírla. Un sollozo mal contenido. Apenas un instante. De no haber estado atenta, incluso lo habría pasado por alto. Se preguntó si él lo habría notado… pero claro que sí, aunque… en el fondo deseaba…

Lan… lo que sea hayas venido a buscar… no creo que esté, estoy seguro de que te llevaste todo.

Paul…

Y si quieres decir algo… sé breve y lárgate, porque aunque no lo parezca… estoy cansado.

Casi podía oír sus respiraciones… no, debía ser su imaginación. Su oído era bueno, pero no a tal grado. Debía ser su propia respiración. ¿Qué tan factible sería ser oída por alguno de ellos, incluso si se trataba del aire? Agotada, cambió de posición y con ello, de oído sobre la puerta, esperando que nadie apareciera tras alguna de las puertas que adornaban el pasillo o la situación sería, en el mejor de los casos, un poco incómoda.

Creo que lo sabes, Paul o al menos… al menos lo intuyes.

Supongo que no se me quita lo ingenuo –seguido a eso, una risa amarga que habría escuchado incluso sin mantener la oreja contra la puerta–. Esperaba que… me sacaras de mi error.

Lo siento, pero no tengo otra razón para…

¿Y qué? Qué más da, Lan, todo este… ¿Por qué ahora, eh? ¿Por qué ahora después de tanto tiempo?

También lo sabes, no tienes que preguntarlo.

Tiene que ser un chiste…

¿Crees que vendría acá sólo para contarte un chiste?

Te creo capaz de cosas peores.

Reconoció el latigazo. O el chasquido. O lo que fuera. Y tuvo que apelar a todo el autocontrol que no sabía que tenía hasta ese momento. El mismo que se vio alimentado por una risita similar a la anterior. Que después de una cachetada le quedara el ánimo para… algo así…

Y vienes y me das la razón… te lo agradezco.

Al menos… podrías valorar… que regresé…

¿Cuánto te lo pedí, Lan? Estoy seguro de que recibiste mis mensajes… ¿Cuántos respondiste?

¿Esto no es una respuesta para ti?

¿Y me creíste capaz de esperarte por siempre?

Al menos… que lo nuestro sigue vivo…

Eres tan… casi creyó adivinar la sonrisa en la cara de Paul. Tanto sarcasmo reunido en un solo gesto… parecía posible, si bien su voz, por momentos, desmentía su supuesta entereza–. Te divorciaste de tu marido y no puedes cargar sola con el estigma social, ¿verdad, Lan?

Me divorcié por ti, Paul…

No, cuando te pedí que te divorciaras por mí, bien que dijiste que jamás harías eso… que no arriesgarías tanto sólo por mí…

Paul…

El accidente no se llevó todos mis recuerdos… por desgracia, pero ahí están, así que… ¿Por qué iba a ser diferente ahora? –No hubo respuesta. Luna intentó imaginar la expresión de la mujer, pero no fue capaz. Incluso el interior del apartamento amenazaba con diluirse en su mente–. Si acaso me quisiste alguna vez…

Te quise, Paul, por Dios, ¡te quise y te quiero! Yo…

Te gustaba que te quisiera, Lan, ¿crees que no lo noté? Te fascinaba la idea… la idea de que un solo hombre estuviera dispuesto a hacer todo por ti… todo sin pedirte nada a cambio…

Basta, Paul…

Porque llegada la hora… cuanto te tocó hacer un pequeño sacrificio… entonces ya no tenía gracia, ¿verdad? –Otra pausa, el dolor de cuello que Luna ignoró, un nuevo cambio de posición… cuánto podía tomar–. Ahora no tienes nada que perder… creíste que seguiría aquí…

No, Paul, no… en realidad… nunca fui capaz de mentirme, es decir… creí que sí, pero cuando lo noté… ya era demasiado tarde, porque… ya estaba allá… ya estaba inmersa en mi vida otra vez y… supe que lejos de ti…

Yo también lo supe, Lan, yo… Dios… lo supe tanto…

Lo has pensado, ¿verdad que sí?

Lan…

No es tarde, Paul, no… no es tarde para nosotros… ahora sí…

Y que callaran empeoraba la situación… Dios santo… ¿Por qué era incapaz de llamar a la puerta? Ni siquiera hacía falta tirarla de una patada o al menos intentarlo, bastaba con llamar su atención golpeando con los nudillos… haciendo cualquier cosa… ¿Pero por qué no podía? ¿Por qué no podía despegarse de la puerta y enfrentarla? ¿Por qué sencillamente los músculos no obedecían su mandato?

Tal vez porque… por qué reconocer algo así… que tal vez le faltaba el valor… porque sentía que le faltaba el derecho para… para…

Tardé mucho en llegar hasta aquí, Lan –oyó que decía el psicólogo, sobresaltándola–. Ha pasado mucho… y hace mucho más… que dejé de ser el tipo que conociste.

Paul…

Estoy cansado, Lan… mierda, estoy cansado… como si Dios se riera de mí respondiendo con tantos años de diferencia… en verdad estoy cansado, ni siquiera… ni siquiera tengo fuerzas para odiarte.

Te acabo… te acabo de decir…

Da igual que hayas vuelto, hace mucho que me marché tras de ti… que me perdí… hace mucho que no regresé y no eres quién para encontrarme ahora…

Puedo encontrarte, Paul, puede quedarme aquí siempre…

No, Lan, yo… quiero que te vayas.

Paul…

Aprendí a vivir sin ti, Lan, así que… si en verdad me quisiste como dices… al menos… no me hagas perder esos años.

Y esperas… ¿Esperas que me conforme con eso, así sin más?

Espero que entiendas que tu oportunidad murió con lo nuestro y el tipo que conociste… hace casi lo mismo, si acaso el accidente no se lo llevó también.

Tras eso, Luna no pudo imaginar nada. Sólo transcurrió un largo rato sin que dijeran algo, si bien las posibilidades eran numerosas y ninguna especialmente agradable. Tras eso… incluso fue capaz de recuperar la sensibilidad, lo que necesitaba para dar un paso tras otro… alejarse lo más posible de la puerta, sin perderla de vista… intentando seguir, de alguna forma, el camino que la había llevado hasta allí, pero en sentido contrario…

Hasta que la puerta se abrió, revelando a esa mujer en el umbral, misma que no dejó de mirarla en cuanto se percató de su presencia, incluso al cerrar tras de sí.

La tensión entre ellas seguía ahí, más como una muralla que como el impulso que las llevara al desastre hacía tanto en el hospital… no, no hacía demasiado, pero… pero habían pasado por tanto… ambas… que incluso sin tocarse… con solo mirarse, parecían quedar claras muchas cosas que…

¿Lo amas?

La pregunta paralizó a la rockera, incluso antes de llegar a la puerta… de percatarse de los pasos dados hacia ella… de percibir la presencia de la asiática a su espalda… obligándola a voltear y encontrarse con su fiera mirada…

¿A ti qué te parece? –Casi ladró Luna, preguntándose si había conseguido disimular en parte el nerviosismo que la había consumido segundos antes.

Que deberías cuidarte si es el caso –replicó Lan, mas algo en su voz… en su expresión… no conseguiría esconder la aflicción por mucho más–. Si es el caso… mejor no bajes la guardia.

Pero no lo creía. Ni ella misma. Quizá por eso Luna Loud no tuvo el valor de responder. En parte porque había transmitido el mensaje contrario valiéndose del lenguaje corporal, puede que incluso a un nivel inconsciente… pero incluso sin conocerla demasiado y detestarla más de la cuenta, la joven supo que esa mujer era demasiado orgullosa y jamás lo diría en voz alta.

Cuídate… sí, eso sonaba mucho mejor que "cuídalo". El mensaje que, en el fondo, la joven Loud había captado.

x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x

–¿Se acaba de desmayar nuestra hermana y no nos dejan verla?

–No olvides que es la segunda vez…

–¡La segunda vez!

–¡Y literalmente…!

–¡Exijo a ver a mi hija!

–A mí no me miren que yo…

–¡Ustedes la trajeron!

–¡Queremos una explicación!

–¡Queremos verla, dirás!

–¡Es lo mismo!

–¡No es lo mismo, tonta!

–¡Qué dijiste!

–¡No sabemos nada, sólo…!

–¡La trajeron así que expliquen qué…!

–¡Silencio!

A Hannah le faltó poco para sacar el arma de servicio y disparar al aire, conteniéndose a duras penas en cuanto cayó en la cuenta de que el grito había bastado para dominar en parte los ánimos. No del todo, pero sí para que todos dejaran de gritar y le pusieran atención.

Sección de urgencias, sala de espera… por supuesto. A qué otro sitio podían llevar a una rockera con semejante descompensación… porque se trataba de una descompensación, ¿cierto? Y aunque el jodido hospital era grande… lo bastante grande, en realidad, para creer o al menos albergar una mínima esperanza de que todo ese demencial clan se encontrara en un ala alejada o en última instancia, lo bastante dispersados para que les tomara lo suyo reunirse… lo bastante, quería decir, para permitirles tanto a ella como a Joe y a Hatsuko desaparecer…

Pero no. Tenía que ser Loud uno de los curiosos con los que se cruzaran en el camino. La mayor de las hijas… ¿Lori era su nombre? La misma lo bastante diestra con el teléfono… y quién no, carajo, si todos vivían con el maldito aparato pegado a la cara… por supuesto que en cuestión de segundos pondría al tanto a toda la familia y toda la familia no tardaría en hacer acto de presencia, sin importar cuán evidente fuera la división.

Porque Lori y el padre… ah sí, Lynn Leonard… el pobre tipo seguía manteniendo un estado lamentable, pero se había limpiado la sangre y parecía menos dolorido. Bueno, ellos dos se mantenían un poco apartados del bando más marcado, conformado por… el jodido albino… no, no era albino, pero el cabello se prestaba para confusiones… uno de los responsables de todo ese desmadre… Lincoln, eso era. Lincoln y su madre. Porque esa mujer tenía que ser la madre. Acompañados de cerca por una comediante que recordaba haber visto en televisión, a veces le sacaba carcajadas… ¿Luan Loud? Por supuesto, ella y una mocosa revoltosa que más parecía un chiquillo con pasatiempos extremos… ¿Lana? Sí, ése parecía ser su nombre. Y junto a la madre, por supuesto, la niña rubia que no soltaba el libro y que gritaba a voz en cuello como todos los demás… la menor, por supuesto, Lily, a ella sí la recordaba por alguna razón… y el chico negro con pintoresco afro que vaya Dios a saber de dónde carajos había aparecido… ¿Clyde? El amigo que no dejaba al albino… ¡Que no era albino, demonios!

Y entre ellos, el bando que intentaba negociar. Entre ellas, la segunda hija, porque parecía muy próxima a la mayor y por su expresión, parecía perderse de más de un detalle de la realidad, empezando por el día… ¿Y a quién demonios se le ocurría ir a un hospital vistiendo zapatos Prada por el amor de…? La mocosa menor no se quedaba atrás, si parecía princesita… Lola, ése era el nombre. Y Lisa era la pequeña genio engreída que se creyó con derecho a informarle las propiedades de una bala bien disparada… y la joven de negro que parecía haber escapado de las profundidades del maldito inframundo… ¿Qué tan buenos negociadores resultarían ser?

Y faltaban, por supuesto, Lynn, que debía descansar… seguro iba a descansar sabiendo que Luna… y Luna misma, cómo no… y el pequeño y más reciente Loud, cada vez mejor…

Y sin saber a quién responder primero, Joe, Hatsuko y ella misma, deseando por una vez tener cualquier excusa para desaparecer, ya que habían conseguido algo de calma…

Encantadora la familia Loud. Quién iba a decir que un par de ausencias… eso y la presencia del mocoso… ¿Leon? ¿Qué demonios tenía esa familia con la letra L? Por mucho que el nombre fuera apropiado teniendo en cuenta los recientes acontecimientos…

–La chica se desmayó –se oyó decir Hannah con voz desgastada. Porque habría matado por una cerveza y perder a toda esa gente de vista–. La trajimos aquí como pudimos…

–Pero por qué…

-Si lo supiéramos, no la habríamos traído aquí en primer lugar –espetó Hatsuko para enorme sorpresa de su esposo y de uno que otro presente–. La trajimos y todavía no sale, estamos todos igual, siéntense y esperen, ya deben tener práctica.

Gran elección de palabras. Ya se iba a desatar otra tormenta, demonios…

–Chicos, como que… Luna lleva bastante aquí y no ha comido lo suficiente –Leni… quién iba a decir que sabría decir algo que calmara los ánimos.

–Ya se desmayó una vez antes –intervino una de las gemelas… Lana, no podía ser tan difícil recordarlo si vestían de forma tan diferente–. Comió unas galletas, pero…

–El ritmo de vida de alguien como nuestra hermana se presta para bastantes problemas de salud si no se cuenta con las precauciones o, en su defecto, el tratamiento necesario –y la pequeña genio poniendo la guinda al pastel…

–Como sea, nuestra hija… ¿Por qué tardan tanto? –Y el padre… ¿No le era difícil hablar con la dentadura así? Ya quedaba claro que no.

–Hace ya bastante, ¿no? Demasiado –se oyó decir de parte de la madre. Y por una vez, todos volvieron a mostrarse de acuerdo, estando a punto de estallar la batahola una vez más, llamando la atención de quienes pudieran estar esperando algo que no fuera saber el estado de salud de la joven…

–Muy bien, ¿qué demonios pasa aquí?

Antes de poder escuchar el gemido de fastidio de Joe y sentir su mirada sardónica, buscó la procedencia de esa voz que conocía bien, al igual que todos al sentirse aludidos, bastando con eso para llamarlos a la calma una vez más.

Johanna estaba ahí, junto a ellos… bueno, a su respetable distancia, en su territorio, mirándolos a todos con el fastidio propio del anfitrión que ve cómo sus invitados convierten su casa en un campo de batalla. Al igual que todos, parecía desear un momento de paz que ninguno y eso se manifestó en la mirada que le dedicó a todos los Loud. Parecía que su sola presencia le resultaba intolerable, pero algo quedaba en ella de la profesional que debía mantener la compostura.

Y si eso no hubiera bastado para hacerlos callar, la presencia de Luna Loud junto a ella, siendo sostenida por una de las manos de la doctora, terminó de convencerlos de que lo ideal seguía siendo que mantuvieran la boca cerrada, fuera a causa de la sorpresa, el alivio, las preguntas…

–Luna…

–Hermana…

–Hija…

–Estás…

–Has…

–Chicos –la oyeron decir con su ya familiar voz enronquecida, pero algo… algo no estaba bien… no, algo era diferente. Y Hannah creyó ser la única en sentirlo, ya fuera el instinto o… cualquier cosa. Pero al dedicarle una mirada rápida a la familia apenas unida por la adversidad, supo que algo había cambiado.

Luna Loud estaba frente a ellos, siendo sostenida por la doctora, la misma que no tardó demasiado en comprobar que la joven era capaz de mantener el equilibrio por sí misma. La joven ante ellos, menos pálida, pero también más…

Lincoln en particular se detuvo en su sonrisa. Una sonrisa trémula. Pero el marine no recordaba haber visto en ella una sonrisa así… no, una vez. Sólo una vez, pero hacía tanto ya de eso… y seguía sin parecerse demasiado, pero… la sensación era la misma. La sensación de algo grande… algo enorme… algo…

–Luna –se atrevió a articular el marine, dubitativo, llamando su atención–. Estás… ¿Estás bien?

–Ya lo creo, hermano –fue la inmediata réplica de la joven, ampliando su sonrisa para desconcierto de todos los presentes–. Yo… estoy muy bien, muy… muy bien.

–¿Segura? –Oyeron decir al abogado, abiertos los ojos como platos, casi esperando una broma de parte de la chica que había cargado mientras corría en dirección a Urgencias pensando en la deuda eterna.

–Ah, si ustedes supieran… pero no tengo tiempo –acto seguido, se desprendió del control de la doctora y dio un paso tras otro, pasando de largo de su alelada familia y de los tipos más próximos a ella en el momento crítico que los había convocado a todos. Los mismos, de acuerdo por primera vez en demasiadas horas, en que aquel actuar era absurdo por decir lo menos.

–¡Luna!

–¡Jovencita!

–¡Hija!

–¡Hermana!

–¡Oye tú!

–¡Mira cómo estás…!

–¡No puedes ir…!

–¡Lo siento chicos! –Gritó la joven, zafándose de todos aquellos quienes intentaron detenerla sin mayor convicción ni mucho menos éxito–. ¡La doctora se los explicará!

Y la doctora, por su parte, deseó poder estrangularla en cuanto se vio frente a todos esos pares de ojos y expresiones entre desconcertadas e interrogativas. Incluso su esposa parecía estar de acuerdo con ellos en lugar de salir tras esa muchacha… maldita sea, si casi se arrepentía de haberle dado ese impulso, pero… pero ahí estaba, le había devuelto la salud que se había llevado… en fin, tendría que acostumbrarse. Ya estaba acostumbrándose en realidad. Con tantas horas seguidas de trabajo, incluso fuera del hospital.

Así que la doctora, por primera y última vez en su vida, hizo caso de las palabras de una muchacha como Luna Loud y puso a todos al tanto de la situación.

Y en cierta forma, la reacción fue la misma, si bien todos la manifestaron de maneras diferentes.

Empezando por Joe y Hatsuko. Los mismos que perdieron color en sus caras y repitieron esas palabras una y otra vez antes de que Hatsuko terminara de procesarlo mejor mientras su marido parecía perdido en una dimensión paralela.

Su esposa parecía haber tragado hielo mientras se llevaba las manos a la cabeza, intentando decidir qué expresión adoptar.

Lincoln sintió que las rodillas le flaqueaban a causa del impacto mientras las chicas, alrededor, estallaban provocando una algarabía difícil de controlar.

La misma Rita Loud parecía incapaz de decidir cómo se sentía, pero su marido lo tenía bastante claro. Por una parte… por una parte entre aliviado y… emociones positivas, sí, bastantes emociones positivas que parecieron unir un poco al matrimonio, pero a pesar de todo, era imposible pasar por alto la gigantesca molestia que le acababa de producir el comunicado.

Molestia que incluso creyó distinguir en algunas de las chicas. Como Lori o Lisa, por ejemplo. Incluso Luan… oh Dios… también en la gótica… algo había incluso en la madre…

Había alivio y un puñado respetable de emociones positivas. Pero también incredulidad. Y también indignación, salvándose Lincoln, quién aún parecía decidir qué sentir… incluso Joe, Hannah, Hatsuko…

Johanna no pudo evitar sonreír con malicia mientras acariciaba los resultados del examen de sangre en su bolsillo.

Y si en algo así la familia Loud parecía estar de acuerdo, incluso en su incapacidad para definirse… la reconciliación gradual y plena sería cosa de tiempo, ¿no?

Qué hermoso día, pensó casi con crueldad. Qué maravilloso día.

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Luna acababa de salir del ascensor sintiendo las extremidades de lana.

Como le había informado la doctora, aquella sección era la menos concurrida. La más silenciosa. Pero no hacía falta que evitara el ruido. Ese punto ya estaba cubierto.

Hubiera corrido de haber podido, pero debía conservar fuerzas. El malestar había remitido, pero el fantasma de ese sueño… no, ese recuerdo que la atormentara durante la inconsciencia… se había sentido tan real… ¿En verdad había sucedido? Y si así había sido… ¿Cuánto hacía ya de eso? ¿Tanto?

Mantuvo el paso firme a través del pasillo, recordando el número de la puerta a la que debía dirigirse. Tomándose las cosas con calma, por mucho que deseaba correr y gritar y desahogar su euforia de alguna manera… pero el despertar seguía fresco. Debía mantener el pie en el freno… ¿Cómo lo llamaba Leni?

Tómalo con calma, niña, debes descansar.

Sí, la doctora tenía razón. Era el momento de hacer una pausa. De reordenar su existencia. Era el momento de bajar las revoluciones y comprender que no por ir más rápido llegaría más lejos. Sus fanáticos podrían esperar. Las chicas de la banda tendrían que esperar, pero ya no podía seguir así… no tenía que seguir así…

Y para su sorpresa, el pensamiento le agradaba. La llenaba de… de… de algo desconocido. Algo que también le gustaba. Algo de lo que no quería desprenderse. Por mucho que supusiera un sacrificio a futuro… pero era comprensible. Era necesario. No lo había buscado. Ni siquiera recordaba que figurara en sus planes al corto, mediano o largo plazo…

Inesperado. Inesperado, sí, pero al mismo tiempo… esa sorpresa… bueno, se la había buscado, pero…

Cómo podía quejarse si…

Incluso si se va… piensa en las posibilidades, Luna.

No eran pocas. Porque se tomaría un descanso… descanso, sí cómo no. Descanso de la vida como Luna Loud vocalista de la famosa banda The Louders. Ése sería el descanso y ya bastante sería, porque… porque no podía decirse que tomara vacaciones si sabía que él había tomado esa decisión…

Ah, pero las cosas podían dar respetables giros, de eso estaba segura. De eso se encargaría, aunque tampoco le molestaba realmente la posibilidad…

Sonrió de solo pensarlo. Era una locura, pero… ¿Por qué no? Después de todo, dudaba que ellos supieran tanto de música como ella y…

No, no, no… música no. No se trataba sólo de eso.

Desde ese momento, el muy cobarde… el muy cobarde creería que…

El muy cobarde. Casi le daba risa a Luna el pensar en su cara.

De hecho, ni siquiera se molestó en esconder la sonrisa en cuanto llegó a la puerta y la abrió sin anunciar su presencia con un par de golpes o llamándolo por su nombre. Sabía, por la doctora, que incluso si lo hacía, no habría servido de mucho. Le creía, pero en cuanto abrió, pudo verlo con sus propios ojos.

Paul Siderakis yacía de cualquier manera sobre la cama dispuesta en la habitación hospitalaria más grande que Luna recordaba haber visto. Alimentado vía intravenosa y conectado a un monitor que seguía la cadencia de sus latidos, pero vestido aún con la misma ropa que llevara desde el comienzo… los pantalones negros, la camisa blanca, sin corbata… incluso los zapatos puestos… y el pelo liso contra la cara, cubriendo sus afiladas facciones…

Cura de sueño, Luna, o lo más cercano… dada la situación… un último favor, o eso dijo…

Dormido. Dormido como recordaba la joven Loud haberlo visto nunca. Vestido y dormido. Pero con una expresión de placidez… y una respiración pausada… tranquila…apenas perturbando la posición de su pecho… apenas haciendo ruido al respirar… tan profundo el sueño que ni el estallido de una bomba en su cara lo habría despertado. Dormido sin soñar. Dormido en busca de paz. Paz artificial, pero paz al fin.

Dormido. Ajeno a todo. Empezando por Luna Loud de pie junto a él. La misma joven que contempló su rostro con una sonrisa que no disimulaba del todo su indignación. Incluso cuando acarició el rostro del durmiente con suavidad, despejándolo de esos mechones lacios rebeldes.

–Idiota cobarde –susurró la rockera con el ceño fruncido y la sonrisa en los labios, sin dejar de acariciar esa cara–. Qué… ¿Te crees que después de golpear a mi padre podrás huir así como así? Tienes mucho… mucho de que pedir perdón… mucho que explicar… de mí no te vas a escapar, Sid… de mí ya no puedes escapar, da igual adónde vayas… o te quedas o te sigo, pero no te librarás.

No esperó respuesta. La respiración siguió siendo la misma incluso cuando la joven aprovechó el espacio sobrante para acostarse junto a él, apoyando la cabeza en una porción de almohada, sin dejar de mirar esa cara dormida e intentando imaginarla en unas horas más, cuando despertara.

Y no sacaba nada con negarlo. Ella también estaba cansada. Como nunca antes. En esa posición, no tardaría demasiado en caer rendida, pero la euforia no se disipaba y tardaría bastante en diluirse del todo. En su lugar, la rockera se conformó con mantener viva la imaginación. Los momentos futuros… las promesas… trasladando sus manos del rostro de Siderakis hasta una de sus manos flácidas.

Dios… tardaría demasiado en perder esa sonrisa. Quizá no la perdiera nunca. Pero eso a Luna Loud no podía importarle menos.

–Por ahora te lo dejaré pasar, Sid, necesitas descansar… y yo también… sí, los dos vamos a necesitar mucho descanso.

Con gentileza, deslizó la mano flácida del psicólogo hasta su vientre y ahí la dejó. Ahí la retuvo Luna Loud con sus propias manos. Ahí mantuvo la caricia, sabiendo que era demasiado pronto para que Paul Siderakis sintiera la vida en su interior, pero que llegado el momento… no la apartaría de ahí. La sola idea hizo que la rockera no se privara de soltar una risa.

–Oh… demonios, Sid… si supieras lo que te espera…

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Si han llegado hasta aquí... gracias de todo corazón.

Todo comenzó el treinta y uno de agosto del 2011. Con esa serie llamada Bleach y la primera historia que publiqué para ella. Y hoy, casi seis años después, termina con el fandom por el que más afecto he sentido y que me ha ayudado a llegar más lejos de lo que jamás creí posible en esta loca carrera como escritor de fanfics.

Llegué a Loud House como llegué a los fanfics: Por accidente. Un capítulo que vi, el primero que vi en realidad, Entrometidas Pesadas. Por entonces ya tenía experiencia en el formato que terminé usando en la primera historia y la idea fue inmediata: Esa familia tenía que pasar por el psicólogo, aquello era una mina de oro. Y en cuanto supe el nombre de la serie... demonios, ¿cómo no la iba a buscar? Pero ya imaginarán mi sorpresa cuando me encontré con el fandom TLH en esta página por entonces. Quiero decir... poco más de trescientas historias y sólo inglés, porque en español, si la memoria no me falla... demonios, si apenas había una, mérito de maestro jedi. Y qué les puedo decir... como escritor de fanfic nunca me atreví a arriesgar, iba sobre seguro. Pero aquella vez... pues aquella vez tenía que hacer la excepción.

Y aquí estamos hoy. Con más de mil seiscientas historias en inglés, español e incluso portugués (superamos la serie animada de Batman, glorioso) y una base de historia de trescientas sesenta... con los mejores escritores que pueda pedir el fandom (hay nombres que se repetirán en la mente de cada uno y sí, serán los mismos en los que pienso yo), con grandes ejemplos de calidad y popularidad (quién se deja atrás Llamadas y en especial mi favorito, Réquiem por un Loud) y una comunidad activa a pesar de los espantosos traspiés del equipo creador de la serie (no ahondemos en eso, sabemos a qué me refiero). Cuesta creer que todo eso se haya conseguido en apenas un año. Como comunidad, debemos sentirnos orgullosos.

Por qué me retiro, se preguntan muchos. La verdad, amigos, es por una serie de razones.

Llegué al fanfic para mantener la práctica como escritor y en el fandom TLH ha sido donde alcancé la cima. Durante diez años de mi vida soñé con escribir una trilogía y hoy he visto materializado ese sueño. Fui uno de los primeros escritores en abrir esta sección después del valiente maestro jedi. Familia del Caos fue la primera historia de este fandom en superar los cien comentarios, número al que, personalmente, jamás había llegado ni me había atrevido a soñar con él. He visto crecer esta comunidad hasta posicionarse y convertirse en lo que es hoy. Cumplí mi sueño de la trilogía. Debo ser el primer escritor que termina una trilogía en este fandom y si no lo soy, les pido disculpas y la corrección de rigor. He visto empezar a grandes escritores aquí, justo aquí. He entablado grandes amistades con fantásticos colegas. He visto y logrado, aquí, más de lo que podría jamás un tipo como yo haber soñado y estoy muy agradecido por eso.

He llegado más lejos de lo que jamás pensé gracias al apoyo de cada uno de ustedes. Si tomo esta decisión, amigos, es porque ha llegado la hora. Sé que, después de esta historia, no tendré nada más que ofrecer y sé que ustedes merecen lo mejor. Después de esta historia, sé que he llegado al límite de mis posibilidades como escritor de fanfic. Quiero que tengan un grato recuerdo de mí como autor antes de ver una hipotética decadencia. Conozco mis posibilidades y sé que lo que escriba después de haber cumplido el sueño de más de la mitad de mi vida no se acercará ni de lejos al trabajo de este año cuando ustedes merecen lo mejor. Y tampoco quiero que esperen otra historia de mí porque sé, con profundo pesar, que ya no sólo la puerta de la consulta del doctor Siderakis se cierra. Al menos aquí ha llegado la hora de bajar la pluma.

¿Seguiré escribiendo? Tal vez sea hora de intentar volver al mundo de las historias originales, la creación propia. Pero al menos en lo tocante a fanfic de cualquier tipo, hemos llegado hasta aquí. Actualmente estoy republicando en Wattpad la historia Academia del Caos, pero se limita a traspasar un archivo a otra página y si tardo es porque los deberes me consumen. Éste es mi último trabajo inédito como escritor de fanfic. Éste ha sido, amigos, mi regalo a ustedes por acompañarme en esta fantástica travesía. Me verán comentando algunas historias ocasionalmente, tengo mis pendientes y mis amigos aquí, por supuesto. Pero como escritor... bueno, hasta aquí hemos llegado.

Quiero agradecer a todos los que me apoyaron siguiendo mi historia o mi perfil como escritor. Aquellos que posicionaron uno de mis trabajos o mi perfil como sus favoritos. Quiero agradecer sus mensajes, sus muestras de apoyo y de afecto. Quiero agradecer a cada uno de ustedes por hacer esto posible. Siempre he creído que si no me hubiera encontrado con tipos tan gentiles, no habría llegado ni al primer paso en esta página. Quiero agradecer en especial a Dope17, Sam the Stormbringer, Ficlover93, PenguinArrow, Coleccionista de fics, Guest, sgtrinidad9, mi gran amigo Jakobs-Snipper, mi gran apoyo Gozihr Izaro, Julex93 y J.K. SALVATORI. Seguro que olvido otros nombres, en verdad lo siento. Gracias a todos ustedes, nombrados o no, por apoyarme con su lectura, su comentario o seguir o posicionar como favorita ésta historia y cualquier otra anterior que haya publicado. Gracias amigos por hacerme llegar tan lejos y permitirme cumplir un sueño. Sigan haciendo crecer este fandom, sigan llevándolo a la cima, que esos números no dejen de aumentar y la calidad tampoco. Son grandes, merecen vivir por siempre.

Soy Phantom1812. Soy solo un humilde escritor. Tan solo un humano. Y ha sido un verdadero placer y un gran honor compartir con ustedes. Será hasta siempre amigos. Gracias por todo.