¡YAHOI! ¿Qué? ¿Cómo? ¿Tres subidas en dos días? ¡Estamos que lo tiramos, señores! ¡Pasen y vean! ¡Que no durará mucho! (?)

Disclaimer: InuYasha y sus personajes, no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Recomiendo leer este capítulo con la canción Heavy, de Linkin'Park feat. Kiara, de fondo. Así os tendrá mucho más sentido cuando lo leáis xDD.


Heavy

Despertó cuando los rayos del sol se colaron en el interior de la cabaña. Sus ojos protestaron con punzadas de dolor en cuanto los abrió y tuvo que volver a cerrarlos de nuevo, poniendo una mano sobre los mismos para evitar la claridad de la mañana.

Estaba agotada, no solo físicamente, sino también mentalmente. Regresar a la aldea que la había visto nacer y crecer y de la que más tarde había sido protectora no había sido nada fácil, pero nada fácil.

Ingenuamente había creído que todo sería más llevadero en cuanto empezara a realizar el trabajo para el que InuYasha y Miroku la habían ido a buscar, prácticamente obligándola a ir con ellos, apelando a su conciencia. A veces, Kikyō pensaba que habían jugado sucio, pero Kaede siempre le recordaba que allí la única que había jugado sucio había sido ella.

Suspiró, levantándose al fin del futón en el que dormía, haciendo a un lado las mantas con delicadeza, como si tuviera miedo de perturbar el ambiente, a pesar de que solo estaba ella en el interior de aquella cabaña.

Buenos días, onee-sama―la saludó su hermana.

Buenos días―le respondió ella mentalmente; aun dentro de su cabeza, le pareció que su voz interior sonaba cansada y sin fuerzas.

A pesar de que ahora estaba vivita y coleando, a veces se sentía nuevamente como si no fuera más que el cadáver andante que había sido hasta hacía escasamente unas cuantas semanas.

Se lavó la cara con el agua fresca que había en un pequeño cubo de madera y se vistió con sus ropas habituales de sacerdotisa. No desayunó nada, no tenía hambre y dudaba de que algo le pasara más allá de la garganta.

Salió de la cabaña y se dirigió hacia la que antaño había ocupado su hermana. En el umbral de la misma ya la esperaba Kagome, desperezándose con una sonrisa bajo el tenue sol de aquella mañana de primavera. Antes de llegar donde la muchacha se detuvo, permitiéndose unos minutos para observarla.

Era tan parecida pero a la vez tan diferente a ella misma que dolía, dolía verla porque le recordaba de forma extremadamente dolorosa todo lo que había perdido, todo lo que ella podría haber sido si tan solo no hubiera dejado que sus responsabilidades interfirieran de manera tan contundente en el camino hacia su felicidad.

Pensar en todo lo que podría haber sido la hizo tragar saliva dolorosamente, tratando de deshacer el nudo que se le había formado y le apretaba la garganta. Pestañeó para ahuyentar asimismo las lágrimas que estaban empezando a anegar sus ojos.

Inspiró hondo, como dándose fuerzas y valor, y se acercó a Kagome. La chica del futuro le sonrió nada más verla.

Cómo hacía esa niña para parecer siempre alegre y despreocupada era algo que Kikyō no acababa de entender pero lo envidiaba, envidiaba endemoniadamente la capacidad de su reencarnación para ver siempre el lado bueno de las cosas, por pensar siempre en positivo incluso encontrándose en la peor de las situaciones.

―Buenos días―saludó Kagome de manera amable, sin perder su sonrisa en ningún momento.

―Buenos días―contestó Kikyō, desviando la mirada al cielo, incapaz de sostenerle la mirada. La culpa la asaltó una vez más y tuvo que sacar fuerzas para no desmoronarse, no allí, frente a la mujer que le había arrebatado, que le estaba arrebatando, todo lo que ella había soñado poder tener siempre.

Se mordió el labio inferior, viendo a Kagome volverse para decirle algo a Sango para luego sonreírle de nuevo, haciendo un movimiento con la mano, indicándole así que la siguiera.

Echaron a andar entre las cabañas, saludando a los aldeanos que también se levantaban para llevar a cabo sus tareas cotidianas.

―Veo que ya se están acostumbrando a tenerte por aquí―comentó Kagome. Kikyō advirtió como su acompañante se mordía el labio inferior, en un gesto que denotaba nerviosismo. Tuvo un presentimiento.

Kagome se detuvo a la sombra de unos árboles que estaban plantados en el borde de uno de los caminos que entraban y salían de la aldea. Se dejó caer contra el tronco y levantó la vista, observando durante unos minutos que se le hicieron eternos el techo de hojas sobre sus cabezas.

―Has tomado una decisión―dijo Kikyō. No había sido una pregunta. Kagome asintió; tardó unos segundos más en atreverse a mirarla de frente, pero cuando lo hizo sus ojos castaños transmitían decisión y seguridad.

―Me voy. ―Kikyō asintió. Se lo veía venir, no entendía por qué había tardado tanto en decidirse del todo, pero la marcha de Kagome junto a InuYasha, Miroku, Sango y Shippō era algo que sabía que tarde o temprano iba a ocurrir. No hacía falta ser un genio para deducirlo.

―Bien. ―No hubo más intercambio de palabras entre ellas. No hacía falta decir más.

Estoy tan orgullosa de ella… ―Las palabras de Kaede hicieron que una oleada de tristeza y culpabilidad volviera a hacer mella en su alma.

Si tan solo fuera tan valiente y decidida como Kagome, otro gallo le hubiese cantado.

Pero el pasado no puede ser cambiado, por mucho que lo deseara. Ella había decidido en su momento.

Equivocadamente, pero ya nada podía hacer al respecto.

Y saberlo dolía como el infierno.

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―Kagome-sama ya ha tomado una decisión. ―Una leve curvatura de los labios de InuYasha le dijo a Miroku que su amigo y compañero de viajes también se había dado cuenta.

Aquella mañana Kagome se había levantado con una expresión ausente en su rostro, ajena a todo a su alrededor. Todos sabían que cuando eso le ocurría era porque la sacerdotisa del futuro estaba cavilando sobre algo, algo sumamente importante para ella.

E InuYasha, que era quien mejor la conocía de todos, se había percatado de que la muchacha ya había tomado una decisión al respecto de lo que haría de aquí al futuro. Se enorgullecía de haber acertado en sus suposiciones, estaba prácticamente seguro al cien por cien de cuál sería la decisión que ella habría tomado.

Kagome no soportaría abandonarlos, dejarlos ir con Kikyō mientras ella se quedaba bien resguardada en la aldea, ajena al peligro que ellos correrían. Y si cuando volvieran traían heridas, ella se sentiría doblemente peor, o triplemente. Kagome tendía a echarse la culpa por todo. A veces a InuYasha le parecía que ella solita cargaba con todo el peso del mundo sobre sus hombros.

Al principio no había entendido esa manía suya de culparse por todo lo que les ocurría, de llorar si los veía ponerse en peligro. No hasta que él mismo sintió cómo el corazón se le salía del pecho cuando vio a Kagome ser herida por primera vez ante sus ojos, tras empezar aquel peligroso periplo de ir en busca de los fragmentos de la Joya de las Cuatro Almas.

Ahí lo comprendió: Kagome se preocupaba por ellos, porque los quería y los apreciaba, porque para ella eran como su segunda familia: Sango era su hermana, Shippō su hijo, Miroku el mejor amigo molesto que hacía los chistes malos y él… él el caballero de brillante armadura que siempre la protegía.

Se sonrojó ante su propio pensamiento.

―¿En qué piensas, picarón?―InuYasha miró de reojo para Miroku y bufó ante la ladina sonrisa que el monje le dirigía.

―En nada de lo que estás pensando, pervertido. ―Miroku amplió su sonrisa.

―Ya, ya, claro. ―InuYasha rodó los ojos y dio un salto, alejándose de su amigo para continuar su camino sobre las copas de los árboles.

No estaba para aguantar las tonterías de Miroku.


El sol ya estaba alto en el cielo cuando Kagome y Kikyō regresaron para almorzar. Habían pasado la mañana visitando a los pacientes (como los llamaba Kagome) que necesitaban ser revisados ese día: un par de fracturas de hueso, un resfriado sin importancia y un par de señores de avanzada edad cuya artritis apenas y les dejaba levantarse de la cama.

―Entonces… ―Rompió Kikyō el silencio―. ¿Cuándo te marchas?―El ambiente que las rodeaba se volvió pesado de pronto, al igual que el peso que Kikyō cargaba sobre sus hombros pareció volverse casi insoportable de sostener.

Cada día que pasaba se sentía con menos fuerzas para mantener la entereza. Pero no podía claudicar, se dijo, no tan pronto.

Tenía un cometido que llevar a cabo antes de rendirse definitivamente.

―Mañana. ―Kikyō asintió―. Dejo la aldea en tus manos.

―Descuida. ―Ninguna dijo nada más.

No hacían falta más palabras.

Fin Heavy


¡Wiiii! Ya estamos entrando en el meollo del asunto. Pido perdón también poer tener Loneliness un poco abandonada. Pero no pienso dejarla a medias, no señor, antes me pego un tiro que dejar inconclusa una de mis historias.

Además estas es especial, porque la concebí como regalo para una amiga a la que quiero mucho, mucho, muuuuuuuuuuuuuuuuuuucho.

¡Muchísimas gracias a Miyasa y a Guest por sus preciosos reviews! ¡No sabéis lo que significa para mí!

Espero que a todos vosotros os haya gustado el capítulo y que me dejéis vuestra opinión en un sincero comentario. Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.