ADAPTACIÓN. Ni los personajes ni la historia me pertenecen, está adaptado por Martasnix.
Capítulo 11
05:30. El sol no saldría en una hora y media. Para entonces estaría a noventa millas y este pueblo, estas montañas, el pasado ni siquiera sería un recuerdo. Había aprendido a borrar los recuerdos que solamente servían para debilitar su anhelo y pérdida. Todo lo que llevaría con ella de este lugar sería la ira y la determinación y el sonido de la voz de su padre llamándole a la acción. Nia se estacionó junto a la camioneta negra de Titus, dejó el motor en marcha y le hizo señas para que se uniera a ella en el Jeep. Él frunció el ceño, pero después de unos segundos, bajó de su camioneta y se deslizó en el asiento del pasajero.
—¿Tienes la información? — preguntó Nia.
—Sí— dijo Titus —Pero hay un problema.
Sus ojos se dirigieron a la mano que ella mantenía en el bolsillo de su abrigo. Si apostaba que ella estaba apuntando a su sección media con una automática, estaría en lo correcto —¿Qué clase de problema?
—Mi contacto tiene que traer un proveedor y no van a entregar a menos que sea cara a cara.
—No tengo ningún problema con eso, siempre y cuando yo escoja el lugar de encuentro— dijo Nia.
—Ese es el problema. Ellos no te conocen. Pero me conocen a mí.
Nia se rio —¿Estás sugiriendo que te lleve conmigo?
Titus sonrió, sus ojos oscuros brillaron como un zorro estudiando un gallinero —Esa sería la idea.
—No hay trato. No pienso pasar los próximos cuatro días preocupada por ti tratando de matarme mientras duermo.
—Mira, no soy un asesino— ante su mirada, él se encogió de hombros —Digamos que no soy un asesino a sangre fría. Si alguien viene por mí, seguro que voy a defenderme. Además, piénsalo. Sabes quién soy y eso es un gran riesgo. Si quisiera matarte, ya lo habría hecho.
—Entonces compartimos mucho— Nia no confiaba en él, pero la confianza no era el problema. Era el oportunismo. Echo podría no tener mucho más tiempo. Y nunca podría tener otra oportunidad. Ella tenía algo que Titus quería, pero él representaba una amenaza —No hay trato.
—Si me llevas contigo, puedo ahorrarte el manejar y llegarás más rápido. La compra se desarrollaría sin ningún problema y luego nos separamos.
—¿Qué pasa con tu jefe?
Titus gruñó —Soy independiente.
Traducido: él no tenía ninguna lealtad con nadie más que consigo mismo. Eso le favorecía a ella. No estaba buscando un socio —¿Cuánto?
—Otros 50 mil.
Nia se rio —Otros 25.
—40.
—30.
Él le estudió y pareció notar que ella no iba a negociar más así que asintió con la cabeza —Descubrirás que soy una guía bastante útil.
—Hay una cosa más.
Él miró la mano en el bolsillo nuevamente —¿De qué se trata? .
—Quiero el nombre del hombre que te contrató.
Titus resopló —Sí y entonces mi vida no vale nada. No puedo….
—¿Qué te hace pensar que tu vida vale algo ahora?
—No vas a matarme en el estacionamiento de este restaurante.
—No, pero podría hacerlo un par de millas lejos de aquí y desechar tu cuerpo en un campo. Viene una tormenta. No te encontrarían hasta el verano.
—No creo que seas más asesina que yo.
—Te equivocas— dijo Nia en voz baja —El nombre.
Algo en su voz debió haberle convencido. Él suspiró —25 mil.
—Cien mil. 10 ahora según lo acordado. El resto cuando tenga los explosivos... en efectivo.
—Charles Pike.
Nia se rio —Tu lealtad es conmovedora.
—Una vez que Pike se dé cuenta que no voy a regresar con el dinero en efectivo, estará muy molesto. No más trabajo.
—¿Entonces por qué tomarlo?
Titus se rio entre dientes —Algún día, no muy lejano, él decidirá que soy inútil. Cuando eso suceda, se deshará de mí sin perder el sueño ni por un segundo. Considero esto mi indemnización por despido.
—Me voy ahora.
—No vivo lejos de aquí. Sígueme así podré esconder mi camioneta y agarrar algo de ropa.
—Mejor empaca cualquier cosa de la que no quieras prescindir. No sabes si regresarás.
Chicago
El avión de carga rodó hasta detenerse y minutos después las enormes puertas del hangar de carga se abrieron y la rampa descendió. Las luces intermitentes de la policía, los bomberos y los vehículos de emergencia estacionados a ambos lados de la pista de aterrizaje iluminaron la zona de aterrizaje con un baño de color rojo. La ventisca de aire invernal inundó la bodega y Alice se apresuró para liberar a Atlas de su caseta para que pudiera moverse y así mantener el calor. Tan pronto como descargaron las camionetas de los K9, lo guio por el pasillo y lo subió a la parte trasera del automóvil líder. Ella ocupó el asiento del pasajero junto al conductor.
David Ochiba asintió con su cabeza. Él ni siquiera llevaba una chaqueta a pesar del clima de 10 grados —No hay tiempo para el café.
Ella rio —¿Cuando está ahí?
A ella le gustaba Dave. Él era amable sin ser personal. Su rostro sin arrugas, color nogal pulido, hacía imposible juzgar su edad, pero ella sabía que había estado conduciendo en la unidad K9 mucho antes que ella llegara, era una de las pocas personas a quien le permitiría manejar a Atlas si surgía una emergencia. Él sonrió, encendió las luces intermitentes y condujo detrás de cuatro motocicletas de policías que se abalanzaron delante de ellos guiándoles por el camino de acceso hacia la autopista. Otras dos camionetas del K9 y una media docena de vehículos de apoyo y mando les siguieron mientras se dirigían hacia el centro de Chicago. Tres millas después llegaron al perímetro exterior, donde la policía local había atrincherado el camino y redirigido el tráfico alrededor de la ruta anticipada de la caravana presidencial. Dave se detuvo en un puesto de control y una vez aprobado, navegó por las calles ahora vacías. Pasaron otra constelación de vehículos de la ley local y del Servicio Secreto a una milla del centro de convenciones en el perímetro interior. Dave avanzó hacia la parte posterior del centro de convenciones y ella aseguró la correa de Atlas a su arnés.
—Vamos, muchacho.
En su sector asignado, revisaron todos los sitios potenciales para la colocación de artefactos, debajo de los vehículos, dentro de los contenedores de basura, en los muelles de carga y en los pasillos. Los otros agentes y sus perros hicieron lo mismo hasta que todos los estacionamientos y entradas habían sido despejados. Una vez adentro, los agentes y los perros trabajaron en un patrón cuadricular en la planta principal, sótano y salida. El equipo de avanzada ya estaba en el lugar, ubicados en el escenario donde el presidente y su comitiva se reunirían para el discurso, en las rutas de salida, el baño que había sido aprobado para uso del presidente, la sala de espera donde podría revisar sus notas y el gran salón de banquetes donde se serviría el desayuno. Para cuando terminaran, la caravana del presidente estaría en camino.
Alice dio unas palmaditas en la cabeza de Atlas —Buen trabajo, muchacho. Tiempo de un descanso.
Sus ojos brillaban. Le encantaba su trabajo. En el exterior, puso a Atlas en la parte trasera de la camioneta junto a un tazón con un puñado de croquetas que esperaban. Una vez que llegara la caravana, ella y los otros agentes K9 harían rondas vigilando las salidas y vigilando los vehículos, mientras el presidente estaba dentro.
—¿Qué tan lejos están? — preguntó a Phil Virtucci, quien acababa de terminar de hablar en una radio.
—10 minutos.
Alice entró en la camioneta para calentarse, sacó su teléfono personal del bolsillo de su pantalón y envió un mensaje
¿Cómo estuvo tu vuelo?
Maravilloso ¿El tuyo?
Agitado.
¡Lo siento! ¿Hace frío ahí fuera?
Alice se echó a reír.
Es Chicago en enero. Templado.
LOL. Casi llego. Mantente caliente. Hasta luego.
El calor inundó su pecho. No se permitió pensar lo que estaba haciendo cuando le envió el mensaje, o podría no haberlo hecho. Ahora se alegraba de haberlo hecho. Claire parecía gustarle escuchar de ella y a ella realmente le gusta pensar en ella. Por lo general, pasaba gran parte de su tiempo de inactividad con la mente en blanco, en ese estado cuando la conciencia de cualquier soldado o agente de las fuerzas del orden estaba lista para entrar en acción en una fracción de segundo. No había pensado en Claire cuando ella y Atlas habían estado patrullando. Eso era lo correcto. Ser capaz de pensar en ella en estos momentos libres poco usuales también se sentía bien. Este sentimiento de conexión, que persistía incluso cuando estaba sola, era poderoso e increíblemente emocionante. La única vez que había sentido algo si quiera parecido había sido con el vínculo siempre presente que compartía con Atlas. Él ahuyentaba los rincones oscuros de la soledad. Claire hacía más que eso, ella abría una puerta a la posibilidad. Escuchó como se aproximaba la motocicleta escolta líder de la caravana y guardó los pensamientos de Claire en un lugar especial para revisitarlos después. Salió de la camioneta, subió la cremallera de su chaqueta cubriéndose del viento y aseguró la correa de Atlas en su cuello.
—Vamos, muchacho. De regreso al trabajo.
Atlas sonrió.
—Míralo— murmuró a Lexa —Se está divirtiendo.
—Creo que a él le gusta estar fuera en público tanto como a Bill Clinton— susurro Lexa.
Clarke se echó a reír. Ella y Lexa estaban en la limusina presidencial, la Bestia rodeada por los agentes, con su padre y Abigail. Tom Turner ocupaba el asiento del copiloto, mientras que otro agente del PPD conducía. Sólo los agentes del Servicio Secreto manejaban los vehículos con el presidente a bordo. Tenían la mejor formación de conducción evasiva, re-certificados cada mes en el centro de formación y podrían desaparecer rápidamente a POTUS hacia una casa de seguridad a través de una ruta de evacuación planificada de antemano, en caso de un ataque. El resto del PPD y Reyes con su equipo, avanzaba en las camionetas siguiéndolos.
Abigail dijo — ¿Quieres tus notas?
—Las revisaré cuando lleguemos allí— dijo Jake.
—No tendrás mucho tiempo si deseas mantener lo programado. Y necesitamos salir a las 9.
—¿Estás tratando de recordarme que no debería hablar demasiado? — él sonrió, luciendo juvenil y asquerosamente fresco para ser tan temprano.
Clarke había consumido dos tazas de un muy buen café en el vuelo y todavía se sentía un poco lenta. Por supuesto, todavía estaba oscuro afuera.
Abigail sonrió, una sonrisa afectuosa, pero su tono era todo negocio —Iba a sugerir que no te salieras de lo escrito.
—Eso es mucho pedir, Abby— bromeó Clarke —Sabes que le gusta improvisar.
—Para disgusto de Adán— dijo su padre.
—Y del secretario de prensa— agregó Abigail.
—Al menos puedes pensar lo suficientemente rápido como para no meterte en problemas…— dijo Clarke —… la mayor parte del tiempo.
—Me comprometo a respetar el borrador— Jake apretó la mano de Abby.
El breve gesto podría haber sido simple familiaridad, pero Clarke pensado lo contrario. Ellos eran increíblemente discretos, como lo habrían sido bajo cualquier circunstancia. El público y los de adentro de la Casa Blanca les encantaban especular sobre la relación entre el presidente y su jefa del personal. Nunca había habido nada más allá de las interminables especulaciones que sugerían que había algo íntimo entre ellos, pero Clarke los conocía a ambos desde la infancia y estar con Lexa le había enseñado a reconocer la mirada de amor. Durante un tiempo, había sentido lástima porque no podían ser más expresivos, porque no podían adueñarse de lo que había entre ellos, pero luego se dio cuenta que eran adultos y que habían elegido este camino. Sospechaba que estaban contentos con el lugar donde estaba ahora la relación. Abby era un activo valioso para la presidencia. Era brillante y decidida, estaba al mando cuando tenía que estarlo y era una pacificadora cuando se requería. Daba al presidente consejos acertados y lo protegía cuando era necesario. Tenían lo que ambos habían trabajado y Clarke sospechaba que eventualmente habría más. Se inclinó más cerca de Lexa, dejando que sus hombros se tocaran. Necesitaba el contacto físico tanto como le encantaba. Ella era muy diferente a su padre en cuanto al amor se refería. Nunca quiso ocultar lo que había entre ellas, aun a riesgo de crear controversia pública. Lo habría intentado si su padre se lo hubiese pedido, pero dudaba que hubiese tenido éxito. Lo que compartía con Lexa era demasiado importante, demasiado vital para el centro de su existencia, como para fingir que su relación era otra cosa menos que el centro de su vida. Entrelazó su mano con la de Lexa y Lexa sonrió. Esa sonrisa y la calidez en los ojos de Lexa era todo lo que necesitaba. La caravana giró por la amplia avenida que conducía al centro de convenciones y sorprendentemente, descubrió que estaba ilusionada por esta mañana. Su padre era un excelente orador y ella estaba increíblemente orgullosa de él.
—Hey, Papá— dijo ella en voz baja.
Jake le sonrió —¿Qué, cariño?
—Me alegra que vayas por los otros 4 años.
—Me alegra tenerte a mi lado— sus ojos brillaron mientras su mirada se dirigía hacia Abigail y Lexa —A todas ustedes.
Lexa repasó mentalmente la ruta que tomarían a pie desde la limusina hasta el edificio. El equipo del sitio había planeado todo y ella conocía cada paso que Jake y Clarke tomarían. Grandes multitudes apretadas contra las barricadas bordeaban el camino desde el estacionamiento hasta la puerta principal del centro de convenciones. La línea acordonada era uno de los lugares más peligrosos para las personas bajo protección ya que determinar si las personas que estaban en el exterior tenían armas era una tarea imposible. En lugar de ello, decenas de agentes se mezclaban con la multitud, verificando rostros, buscando individuos vestidos de manera inapropiada para el clima o llevando mochilas o carteras de gran tamaño, personas cuyas manos estuviesen en sus bolsillos. Los agentes podían ser escuchados mientras recorrían la línea en su totalidad
—Manos fuera de sus bolsillos, por favor. Manos fuera de sus bolsillos.
Aun así, sólo tomaría un instante para agarrar un arma oculta y disparar. Cuando salieron de la limusina, el equipo de Clarke ya estaba esperando y se movía por todos lados. El presidente y Abigail iban delante de ellos, protegidos de manera similar. Clarke deslizó su mano en el hueco del brazo de Lexa. El trayecto había sido liberado del hielo, pero el viento soplaba con fuerza propia, con violencia y ferocidad así que Lexa atrajo a Clarke hacia ella. Los periodistas y los equipos de televisión extendieron sus cámaras ansiosos por grabar la corta procesión hacia el edificio. Algunos gritaban preguntas, pero nadie respondía. Una vez dentro, los agentes líderes dirigieron al presidente por un pasillo lateral donde entrarían en la zona de la retaguardia. Reyes indicó una entrada lateral hacia el auditorio a través del cual podrían llegar a sus asientos en primera fila. Al entrar, un puñado de reporteros de noticias locales y nacionales se lanzaron hacia delante contra la línea acordonada en el interior. Por el momento, esa sería la única historia que obtendrían.
—¿Realmente cómo se siente el presidente de tener una hija lesbiana? — gritó alguien.
—¿Cómo cree que afectará su matrimonio la posición de su padre en los estados conservadores?
—¿Va a impulsar una ley…?
—¿Cómo crees que se siente Dios acerca de tu pecado?
La pregunta atravesó las otras como una hoz. Un hombre, del tamaño de un defensa, que parecía tener alrededor de su cuello una identificación de la prensa surgió de la multitud, apartando hacia un lado la pequeña barricada acordonada en la parte delantera del escenario.
—¡Reyes! — Lexa empujó a Clarke hacia Reyes, quien la agarró y tiró de ella alejándola. Rápidamente Brock se acercó a Lexa y hombro con hombro, formaron un muro entre Clarke y el atacante, él era incluso más grande de cerca y corría directamente hacia ellos. Los derribó a ambos en su impulso. Su hombro golpeó a Lexa directamente en el plexo solar sacando el aire de sus pulmones. Dos agentes más se apilaron encima de ellos y su visión se volvió gris. Un instante después, el peso fue levantado de su pecho. Un agente masculino luchó cuerpo a cuerpo con el hombre tirándolo boca abajo sobre el suelo, extendiendo sus brazos detrás de él y esposándolo. Lexa tosió y luchó contra el pánico por no poder respirar. No era la primera vez y su experiencia prevaleció. Conscientemente sofocó el impulso de jadear y sacudir sus brazos, tomó respiraciones lentas y poco profundas hasta que su diafragma se recuperó y sus pulmones se re-expandieron. Miró a su alrededor en busca de Clarke y no la vio. Con cuidado, todavía mareada, se puso de rodillas. Brock estaba a su lado, con su rostro rojo y haciendo muecas.
—¿Estás bien? — gruñó ella.
—Lo estaré en un minuto.
Miró hacia abajo y vio su mano apretaba entre sus piernas.
Marcus Kane, agente especial del equipo de Clarke, gritó —¿Todos están bien?
—Brock necesita ser reemplazado— Lexa empujó poniéndose de pie por completo. El dolor atravesó su pierna lesionada e hizo una mueca.
—¿Estás herida, Comandante? — el cabello castaño de Marcus, que generalmente estaba perfectamente arreglado, lucía despeinado y sus profundos ojos marrones estaban oscurecidos por la preocupación.
—Nada serio ¿Dónde está Clarke?
—La jefa la tiene asegurada en la parte de atrás.
—Quiero verla. Y quiero saber cómo diablos entró ese tipo aquí.
Marcus hizo una mueca —Lo tenemos en el centro de mando. Lo sabremos pronto.
Lexa miró por encima de la multitud. La mayoría ni siquiera sabía lo que había sucedido. Los que estaban lo suficientemente cerca como para haber visto el breve encuentro miraban con avidez. Estaba segura que algunos de los periodistas habían conseguido fotos.
—Quiero ver a Clarke.
Marcus le llevó a través de una serie de salas hacia una habitación en el salón de baile principal. Cuando Lexa entró, Clarke se paseaba con sus brazos cruzados sobre su pecho. Sus manos estaban apretadas en puños que lucían blancos. Sus ojos estaban furiosos.
—¿Qué pensabas que estabas haciendo?
—¿Estás bien? — preguntó Lexa.
—Yo primero— espetó Clarke, con las manos en las caderas. Reyes sabiamente se retiró al rincón más alejado de la habitación y fingió estar sorda —Déjame verte.
Lexa extendió sus brazos a los costados —Estoy bien.
Clarke se acercó más, con sus ojos entrecerrados —Tienes un moretón en la mejilla.
—Probablemente choqué contra Brock. No es nada.
—¿Qué pasó con la parte en la que no ibas a hacer nada más que aconsejar? — Clarke rozó un dedo sobre un punto en la mejilla de Lexa y frunció el ceño.
—Estaba allí— Lexa tuvo cuidado de no estremecerse por el dolor. El punto estaba sensible, probablemente tendría un moretón —Difícilmente podía apartarme y dejar que te arrastrara.
—Es por eso que tengo agentes.
—Lo sé— Lexa deslizó sus brazos alrededor de la cintura de Clarke y la atrajo con fuerza —¿Estás bien?
Clarke le abrazó, escondiendo su rostro contra el cuello de Lexa —Estoy bien. Enojada, eso es todo.
—Entonces… eso es bueno.
—Podría haber tenido un arma.
—No la tenía— Lexa besó su mejilla. —Además, la multitud que entra se le escanea. Detectores de metales ¿recuerdas?
—Nunca vas a cambiar ¿verdad?
Lexa se inclinó hacia atrás hasta que pudo ver el rostro de Clarke —No cuando se trata de ti.
—Tendrás que empezar a usar un chaleco.
—Eso es cruel.
Clarke sonrió débilmente —Reyes quiere que me quede aquí.
—Ella está en lo correcto. Puede que él no esté solo.
—Mi padre va a buscarme, sabrá que algo está mal.
—Él….
—Y voy a lucir como una cobarde.
—Clarke, nadie….
—O avergonzada.
—Ah— Lexa miró a Reyes, quien escuchaba a pesar de su mirada desenfocada y comportamiento inexpresivo.
—¿Jefa?
—Conoces el protocolo.
—Lo conozco. Pero...
Reyes suspiró —Déjenme conseguir un informe de la situación. Entonces saldremos.
—Gracias— dijo Clarke y tomó la mano de Lexa.
