Continuación del anterior capítulo.
Bien mirado, la situación no podía ser tan mala, ¿verdad? No era algo maligno lo que estaba sucediendo, por muy desconcertante que fuera en la realidad. Solo que su novio realmente no sabía lo que estaba pasando. No comprendía por qué tenía una dolorosa erección entre sus pantalones ni porqué ella estaba medio desnuda en el sofá de su apartamento.
Tooyama enrojeció, dando un salto hacia atrás y alejándose de ella. Perplejo, intentaba encontrar una solución coherente a lo que pasaba. Se llevó las manos hasta la cintura, disculpándose para encerrarse dentro del baño. A solas, sintió las tremendas ganas de salir huyendo.
Miró de reojo a su compañero de piso.
Echizen se movía de un lado a otro, mirando las cosas de Kintaro como si no hubiera pasado nada. ¿Por qué podía actuar tan fríamente cuando ella misma había olvidado todo por tal de que le diera placer? Ella había visto perfectamente cómo se introducía dentro del cuerpo de Tooyama y había sentido cada una de sus caricias como si él mismo fuera quien se las diese, porque lo veía a él, no a Tooyama.
Y lo peor de todo es que su cuerpo continuaba palpitante y ansioso.
Escuchó el sonido de la ducha y suspiró, colocándose la ropa. Desde luego, Tooyama no pensaba continuar adelante. Se levantó y agarró el bolso que en algún momento había perdido. Echizen la siguió de cerca durante todo el camino, pero no emitió ningún sonido, ni siquiera cuando se dejó caer sobre la cama, hecha polvo y avergonzada de lo que sentía.
Había querido sexo de la misma forma que anteriormente. Pero Kintaro se había encontrado tan perdido por no saber qué hacía que probablemente pensó que estaba a punto de violarla y no recordaba nada. No podía culparlo, pero la idea de que hubiera decidido aliviarse con una ducha o simplemente disfrazar la masturbación con el agua por tal de no estar con ella, le hizo daño.
Hubiera preferido mil veces más que le preguntara qué estaba pasando a que huyera.
Aunque ella había hecho lo mismo.
Se cubrió la cabeza con la almohada y gritó contra esta. Era irónicamente irritante y frustrante.
Fuera, volvió a comenzar a llover y su cuerpo entero se estremeció cuando el primer trueno estalló.
—Ah, la ropa— saltó sobre sus pies, encontrándose de frente con el muerto— ¿Ryoma?
La sujetó con firmeza de los hombros, empujándola sobre la cama. Antes que tuviera tiempo de descubrir qué había pasado exactamente, las rodillas estaban prendidas por los dedos del muerto.
— ¿Ryoma? — repitió angustiada.
—Estate quieta— gruñó— Duele, ¿verdad?
Asintió, sintiendo como el mismo fuego se agolpaba en su rostro y vientre. Ah, demonios, era la cosa más extraña y a la vez excitante que viviría en su vida, ¿por qué tenía que armarse de remilgos? Lo único inquietante era bien simple:
—Pero tu… eres un fantasma y…
—Me alimentaré— interrumpió con una sonrisa maliciosa.
Con los dientes, levantó la falda, dejándola sobre su vientre. Las manos que habían sujetado sus rodillas, al capricho de la rendición se movieron hábilmente por sus muslos y atraparon entre sus intrépidos dedos las cintas de su ropa interior. Tiró de ellas con suavidad, deslizándola únicamente de lado.
No comprendía exactamente por qué, tampoco qué clase de truco utilizaba para excitarla tanto con sus caricias, pero el huracán de sensaciones incrementó terriblemente lascivas cuando su boca acentuó la experiencia de la exploración de su sexo.
Su lengua recorrió incansablemente recovecos de su sexo que ni siquiera sabía placenteros. Su punto más sensible quedó exhausto, aplastado grácilmente entre los suaves y fríos labios y el mayor orgasmo conocido hasta ahora la recorrió por completo, dejándola exhausta y dolorida, pero saciada y satisfecha hasta adormecida.
Al día siguiente se despertó por el sonido del teléfono. Descolgó casi sin despegar los párpados. Sí, su cansancio estaba relacionado no solo al orgasmo, sino también a la alimentación del fantasma.
—Ah, ¿Señorita Ryuzaki? Soy el director del banco, llamaba para saber la decisión tomada finalmente.
—Eh, sí… creo que puedo quedármelo.
—Perfecto. Entonces, por favor, tenga la amabilidad de pasarse por nuestras oficinas para prepararlo.
Asintió con la cabeza y colgó, dando la espalda a la pared y volviendo a quedarse completamente dormida.
Cuando volvió a despertar ya era tarde y su estómago rugía ferozmente por algo de comer. Arrastrando los pies caminó hasta el frigorífico y sacó una ensalada prefabricada y la sirvió, comiendo a desgana, volviendo a bostezar. ¿Por qué estaba más cansada que habitualmente cuando tomaba de su muñeca?
No lo comprendía pero intentaría averiguarlo en el libro después de comer. Y así lo hizo. Pasó de página en página mientras sentía como sus parpados pesaban nuevamente. Pero al menos, halló la respuesta.
"Si en algún momento de la relación en el pacto el fantasma posee a alguien que no sea su pactante se duplicará la necesidad de absorción.
Posesión: No es un mito. Cualquier fantasma pactante o no pactante puede poseer a algunas personas utilizando su lazo de vida. Es extenuante para ambos. Existe una gran posibilidad de que el poseído no acceda a ello sin darse cuenta. Si el fantasma posee a alguien puede durar una gran cantidad de tiempo si el poseído no lucha por regresar.".
—Genial— susurró en un bostezo.
Ahora lo comprendía todo. Pero era demasiado tarde para regresar a la cama. Se quedó nuevamente dormida sobre el libro. Y cuando volvió a despertar, estaba en la cama, desnuda y cubierta únicamente por las sabanas.
Su acomodado compañero de piso se encontraba tumbado de espaldas en el sofá. Probablemente fingiendo que dormía, porque realmente no dormían a menos que estuvieran dentro de su objeto. Ryoma jamás se había metido dentro de él porque ella no tenía la necesidad de dejárselo a nadie y todavía no estaba cerca de la muerte como para ello.
Se levantó a regañadientes, sintiendo como sus músculos luchaban por despertar. Y se encaminó hasta el ordenador, encendiéndolo mientras se ponía algo de ropa y dejaba la sábana en su puesto antes de preparar un buen café. Necesitaba despertarse.
Se sentó ante el ordenador y envió los trabajos retrasados. Revisó su bandeja de mensajes, sorprendiéndose al no encontrar ninguno de Tooyama. Cerró las páginas y suspiró, mirando nuevamente la espalda del fantasma. No habían hablado pero él seguía cuidando de ella. No sabía si en algún momento de la noche o de su sueño él volvió a alimentarse. Pero si realmente necesitaba energía…
Se levantó hasta quedar a su lado, arrodillándose y tocándole la espalda. Su mano atravesó el cuerpo y él se giró, mirándola como si fuera algo que apenas viera.
—Necesitas más alimento.
Gruñó, negándole con la cabeza y volviendo a darle la espalda. Ella farfulló una blasfemia e intentó volvió a tocarlo.
—Toma de nuevo.
Le extendió la muñeca, esperando que obedeciera. Pero él continuó cabezón, negándose.
—Estaré bien. Te lo prometo. Si tú te debilitas, ¿Crees que a mí no me pasará nada?
Y eso era bien cierto. Si Ryoma no se alimentaba y desaparecía, ella corría el riesgo de perder su capacidad para hacer pactos y se encontraría con fantasmas malignos de los que no podría defenderse.
—Por favor— rogó.
Finalmente, se giró, intentó tocarla sin lograrlo, atravesándola. Extendió mejor la muñeca y sintió un roce suave. Después, poco a poco, la energía comenzó a abandonarla de la misma manera que si hubiera corrido una maratón interminable. Sus ojos se cerraron ligeramente y el sueño la venció justo cuando su cuerpo caía sobre el de él. Le pareció escuchar en algún momento el teléfono, pero su cuerpo no reaccionó a moverse.
De nuevo, al siguiente despertar, se encontró con una taza de chocolate caliente sobre la mesilla de noche y un poco de bollería. Ryoma se encontraba ante la televisión e ignorando, como si él no hubiera hecho nada. Si ya podía tocar las cosas, significaba claramente que no volvería a necesitar de su alimentación en mucho tiempo.
Pero seguía existiendo una duda que la carcomía por dentro: ¿Por qué había sido tan poderosa esta última vez?
—Ryoma… ¿Puedes acercarme el libro? — rogó más que preguntó, sintiendo como sus músculos se negaba a abandonar el no movimiento— quiero revisar una cosa.
Él asintió, teletransportándose hasta el armario y después a su lado. Le entregó el libro, pero éste resbaló de sus manos hasta sus piernas, teniendo que colocárselo para que pudiera mover las páginas. Las pasó despacio, leyendo con atención todo título que pudiera llamarle la atención, maravillándose de la letra de su madre y el tiempo pasado ante estas hojas para dejarle un legado de información que más de un erudito quisiera.
Finalmente, encontró lo que le interesaba.
"Debido a que mis lazos con todos los fantasmas de la familia han sido únicamente por parte de padres y cercanos, existe un punto muy a tener en cuenta a la hora de la alimentación del no muerto y muerto a la vez:
Sus zonas de alimentación.
Me he dado cuenta de que cuando se alimenta de mi muñeca- sí, puedes compararlo perfectamente como la alimentación vampírica-, él se llena de energía directamente de mi sangre y puede durarle durante una semana o dos meses, según su grado de actividad.
Sin embargo, existen muchos otros medios alimenticios que seguramente desconozca y no pueda explicarte. Su alimentación se basa simplemente en absorber energía humana para mantener el pacto. Si en una ocasión no se ejerciera, la muerte del pactante podría ser una grave causa a tener en cuenta.
….. (paginas saltadas)
He investigado un poco y mi descubrimiento me ha sorprendido. He contactado con otra mujer que también tiene el mismo don que nosotras y ha ejercido un pacto con su marido. Supongo que a estas alturas ya serás suficiente adulta como para leer lo siguiente. No es indecoroso, pero puede traumatizar a personas cerradas al sexo.
Si has seguido leyendo es porque significa que te interesa.
Lo que he aprendido de esa mujer ha sido lo siguiente.
Zonas de alimentación posibles, exceptuando la muñeca:
Vientre: El agujero del ombligo es una gran proporción de alimento para ellos. Los humanos parecemos ignorar el gran cúmulo de energía que en él se concentra. Es un buen lugar para poder entregar una gran cantidad de alimento. Sin embargo, muchos fantasmas reservan esa dosis para cuando su pactante no está en condiciones (enfermedades, etc.) de ejercer la alimentación.
Hombros: No es una gran fuente de alimentación y prefieren no alimentarse en esa zona: Está cargada de toda las cosas negativas que llevamos encima (papeleos, preocupaciones, etc.). Es raro que un fantasma- a menos que sea maligno- se alimente de esa zona. Si ves alguno que hace eso, no te acerques.
Cuello: Dicen la zona más sexy a la hora de alimentarse. Pero es la zona más peligrosa, a la vez que la cabeza y el pecho. No solo absorben energía, también absorben vida: Ten mucho cuidado a la hora de dejar que eso ocurra.
Boca: Un simple beso y una carga de energía. No es peligroso pese a que está en la cabeza. Lo mismo sucede con los ojos y la nariz. Las sienes, jamás permitas que se alimente. Lee el punto anterior para recordar por qué.
Brazos: Forma parte de las muñecas así como las manos. No es ningún peligro y da una buena cantidad de alimentación. Es la mejor opción siempre.
Pecho: Es peligroso porque se alimenta de tu vida (como anteriormente te cité), pero si se alimenta de los pezones, no es ningún problema. Además, es erótico y capaz de provocar el orgasmo sin problemas. Sin embargo, la donante queda totalmente agotada durante un par de días.
Caderas: Es el símbolo de la maternidad, desde luego, pero no es peligroso que se alimenten de ahí. En cierta manera: Aumentan la posibilidad de fertilidad.
Sexo (masculino o femenino): Realmente puedes darle de comer ahí: Si soportas el tremendo orgasmo que recibirás y que será capaz de cansarte durante una semana completa. Tus músculos no se moverán y hasta puede que dejes de coordinar correctamente hasta que te despiertes de lo vivido. En pocas palabras: Crea más problemas el orgasmo que la alimentación.
Nota: Todavía no sé si los fantasmas y humanos pueden copular, pero teniendo en cuenta que muchas cosas no pueden efectuarlas… es totalmente negativo a eso.
…."
Suspiró, relajándose. Ahora comprendía todo. Él estaba destrozado porque había poseído a Kintaro y ella estaba tan hecha polvo porque había experimentado el mejor orgasmo de su vida. Y lo peor de todo es que su cuerpo continuaba encendiéndose cuando lo recordaba pese a que sus huesos no querían ejercer movimientos.
Y no los culpaba.
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El perfumado olor volvió a inundar el aire. No entendía por qué motivo era capaz de captar cada vez que se excitaba. Era endemoniadamente frustrante. No solo porque deseara volver a enterrar su boca entre los pliegues de su zona más íntima, sino porque su amigo y compañero no reaccionaba. Estaba tan muerto como él.
Ni siquiera cuando había estado saboreándola había sentido la necesidad del sexo. Solo sabía que era un placer complacerla y era la causa simple de servir a su pactante. Nada más. Y eso era una maldita maldición. Porque todavía recordaba la sensación en el cuerpo de Tooyama. La excitación. No, la dolorosa excitación entre sus piernas. El loco deseo por ser envuelto por esas cálidas paredes interiores.
Ah, demonios, era una locura pero él continuaba tan bajo como su moral.
La miró de reojo. Luchaba por dejar el libro a su lado y poder tomar la comida que había logrado prepararle. Odiaba tanta modernidad que no sabía ni cómo utilizar porque jamás le había prestado atención. Total, estaba muerto. No necesitaría volver a comer.
Se había quedado totalmente exhausta. Por ese mismo motivo no se atrevió a volver a alimentarse pese a que lo necesitaba. Lo que no recordó fue la gravedad del asunto. La alimentación eran dos polos opuestos que a la vez se enlazaban en el mismo punto: La muerte.
Pero también la había aliviado ligeramente de aquella frustración y ahora, parecía estar a punto de volver a tenerla si ese perfume no desaparecía. Pero esa vez no podría ayudarla. No, si no quería matarla. Si experimentaba un nuevo orgasmo era capaz de terminar en una caja de pino.
El teléfono volvió a sonar por séptima vez y ella lo miró aterrorizada al no poder moverse y contestar. A regañadientes, se lo llevó. Presentía quien sería y esperaba por algún motivo que esa conversación no se llevara a cabo.
Maldición, eres un muerto- se recordó.
—Eh, ¿diga?.... Ah…. Sí, sí… no te preocupes. Envié todo el trabajo a la cuenta de siempre. Está listo… sí…— hubo una pausa que rompió entristecida— Shiba… ¿Cómo está…Tooyama?
La contestación no pareció gustar demasiado a la castaña. Se despidió simplemente con un seco adiós y dejó el teléfono a un lado, mirándole avergonzada.
—Ryoma… ¿Por qué… lo poseíste?
Si hubiera tenido cuerpo carnal seguramente se habría estremecido. Se encogió de hombros, restándole importancia.
—Sois lentos— espetó irónico.
Sí, bien no podía hablar demasiado cuando él se había muerto y ni siquiera había tenido una relación millonésimamente fuerte. Pero qué demonios, viéndolos le ponían de los nervios. O quizás era simplemente con ella, porque las demás parejas bien poco le habían importando.
—Eh… ¿lentos?... Creo que… Tooyama… no comprende muchas cosas del sexo femenino y… a mí me cuesta garantizar mi comportamiento… con mi timidez. Pero él… es…
—Inexperto— terminó. Jodidamente inexperto.
Ryuzaki asintió, sintiéndose cohibida. Seguramente, creía que sabía más que el pelirrojo por el hecho de ser escritora de erotismo. Pero él mismo había comprobado que era inestable y bastante fácil de sorprender. No podía ver más allá del cuerpo humano, pero se figuraba que la marca de su virtud se encontraría ahí, puesta en su lugar idóneo.
—No soy… no lo soy.
Como si le hubiera leído la mente, le sorprendió. Parpadeó. No era virgen. Bien, un punto en contra para él. No había acertado en algo. Así como ella lo sabía todo de él, se estaba dando cuenta de que él no sabía todo de ella.
Era complicado y a la vez tan claro…
Se inclinó contra el sofá, suspirando intranquilo tras haberse alejado de ella. Tampoco se había mostrado interesado en ella de esa misma manera. Compartían su pasado por su enlace, nada más.
La puerta se escuchó, sorprendiéndola. Gimió dolorida y lo miró suplicante. Farfulló entre dientes pero la abrió. Tooyama parpadeó sorprendido, retrocediendo al no verla para entrar como una furia dentro mientras la llamaba, deteniéndose y con igual asombró, exhalar aliviado.
—La puerta estaba abierta y pensé lo peor— se explicó.
Ella sonrió culpable y le miró en agradecimiento. Tooyama se sentó en la mesa del escritorio, lejos de ella mientras se frotaba el rostro una y otra vez. Su preocupación infantil regresó.
—Sakuno… yo… lo siento. Te marchaste y no he sido capaz de hablar contigo. Me… da vergüenza el no saber qué tengo que decir. Tú… eres tan madura y yo tan infantil.
Esbozó una sonrisa irónica.
—Seguro que mis enemigos se burlarían de mí. Yo, que los he derrotado soy incapaz de comportarme como un hombre con mi propia novia. Lo siento. De verdad que lo siento.
Ryuzaki sonrió tímidamente, encogiéndose de hombros y restándole importancia al asunto.
—Yo lo comprendo— susurró en un atisbo de madurez— no pasa nada. No te preocupes.
Él sonrió ampliamente, pareciéndose a un maldito chiquillo. Tooyama parecía fácil de la sonrisa y de los gritos y eso lo desesperaba. ¿Por qué no quedaban en el mundo personas tranquilas como Ryuzaki?
—Por cierto, Sakuno, ¿por qué estás en la cama? ¿Te encuentras bien?
Ella enrojeció y lo miró de reojo, buscando una frase coherente que explicara su falta de movimiento y su terrible necesidad de estar en cama. Pero él no pensaba ayudarla. Que confesara que se encontraba así por un tremendo orgasmo y que un humano no sería capaz de entregárselo.
Orgulloso por su trabajo, espero pacientemente una respuesta por su parte, pero Tooyama se adelantó a sus pensamientos maléficos.
—Sakuno, he decidido que te voy a hacer el amor.
