Descubriendo verdades

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—Sígame, señor. La princesa está en medio de una clase de protocolo.

Edward siguió a Sam hasta el salón a paso rápido, ansioso por asegurarse de que la princesa estaba bien. El príncipe Jacob y él habían estado pensando en la seguridad de la princesa durante todo el día. La policía había encontrado cinco balas y cinco casquillos en el jardín, habían reproducido la ruta de acceso a la casa del pistolero a través de los jardines de los vecinos y habían encontrado huellas dactilares.

Por recomendación de Emmett, habían incluido un curso de autodefensa en la preparación de la princesa.

El mayordomo anunció su llegada. Edward apenas lo oyó cuando posó los ojos en una despampanante joven morena vestida con un vestido de organza dorada.

Su pelo. Siempre le había atraído, pero en aquel momento experimentaba un deseo incontenible de atrapar un puñado de aquellos rizos y apropiarse de sus labios. Siempre había considerado hermosa a Bella, pero nunca tanto como entonces…

Retrocedió sin ser consciente de ello, como si una parte de sí mismo hubiera reconocido instintivamente el peligro. Pero aquella atracción sexual era tan magnética como el sonido de los cantos de las sirenas.

Su vientre se tensó cuando Bella cruzó la mirada con él. Todo lo que había pasado entre ellos la noche anterior se reprodujo en su corazón mientras la joven caminaba con paso inestable hacia él. Edward presintió la inminencia del desastre cuando vio tambalearse los tacones, pero al final, Bella consiguió enderezar lo tobillos y le dirigió una sonrisa radiante.

Después se sonrojó.

Edward temblaba por dentro, incapaz de contener las eróticas imágenes que poblaban su mente. Pero se inclinó rápidamente hacia ella, esforzándose por mantener las distancias y la formalidad.

—Su Serena Alteza. Es usted un regocijo para la vista.

—Me siento halagada.

Rosalie miró entonces el reloj.

—Ya casi hemos terminado, Anthony. ¿Podría cruzar la habitación una vez más, madame? Imagine que es una bailarina de ballet y que tiene que posar las puntas ante usted a cada paso.

Bella se encogió de hombros.

—El deber me llama —se volvió, tambaleándose precariamente mientras intentaba seguir las instrucciones.

Edward temía por sus tobillos, pero el suave mecer de su erótico trasero incrementaba su deseo.

—Quizá debamos pensar en zapatos de tacón bajo —le musitó Rosalie a Alice— Al fin y al cabo, no necesita ganar altura.

Edward ocultó disimuladamente la parte delantera de los pantalones con las manos mientras observaba los progresos de Bella, que estaba comenzando a transformarse en un cisne.

— ¿Cómo va su guardarropa? —preguntó, intentando mantener un tono neutral.

Sintió entonces la tensión que se establecía entre Rosalie y Alice.

Bella había terminado de andar sin ningún incidente. Un resplandor de orgullo iluminaba su cara.

—Ya está en marcha. He elegido algunos trajes con los que me sentía cómoda y Alice les ha pedido a varios diseñadores que me envíen sus diseños.

Rosalie se pasó un dedo por las cejas, como si estuviera intentando corregir algún defecto de su maquillaje. Edward conocía muy bien aquel gesto.

—Pero, por supuesto, debemos contar con la aprobación final de Anthony —dijo diplomáticamente, sonriéndole en busca de confirmación.

Edward comprendió la indirecta. Era evidente que Rosalie percibía problemas en los modelos elegidos por Bella.

—No creo que sea necesaria la aprobación de Anthony —repuso Bella—. Demetri y usted ya dejaron muy claras las directrices y usted dijo que contaría con una doncella que me ayudaría a tomar las decisiones más apropiadas.

Aunque Edward comprendía la preocupación de Rosalie, se alegraba de que la princesa estuviera tomando las riendas de la situación.

—Como usted desee, madame. Y si el vestido de hoy es una muestra de sus preferencias, le aseguro que está en el camino correcto. Y ahora, señoras, si nos perdonan, voy a acompañar a Su Serena Alteza a cenar con su hermano.

Bella flotaba en equilibrio inestable sobre los tacones mientras Alice le tendía un chal dorado y un bolso de noche a juego. Se excusó un momento para ir al tocador y una vez allí, se aseguró de que todos los detalles de su aspecto fueran perfectos, como Rosalie le había enseñado. Rosalie le había dicho que aquel pequeño truco la haría sentirse confiada.

Y al mirar a aquella desconocida en el espejo, Bella se sintió más segura. Aunque se había dicho a sí misma que por lo menos iba a considerar el matrimonio que establecía el acuerdo, su corazón giraba como un tiovivo ante la perspectiva de pasar unos minutos a solas con Anthony.

Una agradable brisa mecía las hojas de los árboles mientras Anthony la acompañaba hasta la limusina. Bella encontraba prácticamente imposible concentrarse en los tacones mientras sentía los fuertes dedos de Anthony en el codo.

Decidida a permanecer fiel a su misión, abordó el tema de la gargantilla en cuanto estuvieron instalados en la limusina.

—Han pasado tantas cosas últimamente que no he tenido tiempo de preguntarte si habías conseguido alguna información sobre la gargantilla de mi padre.

—He recibido un fax al respecto esta misma tarde. Al parecer, tu padre encargó la gargantilla a un joyero suizo hace diez años. Después, la gargantilla permaneció junto a las joyas de la corona de La Push.

— ¿Cómo se llamaba ese joyero?

—Lo tengo aquí —le tendió el fax—. Espero que esto ayude a disipar cualquier duda sobre la sinceridad de tu hermano.

Bella tomó el papel y se preguntó si estaría cometiendo un error al no decirle lo que pretendía hacer con aquella información. Pero antes de señalar con el dedo acusador y crear recelos entre dos países que ya eran enemigos, necesitaba alguna prueba.

—Gracias.

Aun así, no vio ningún motivo por el que no compartir sus sospechas sobre el cliente de la librería.

Le contó rápidamente su encuentro con aquel cliente rubio de acento francés y añadió:

—A lo mejor me estoy volviendo paranoica, pero esta mañana he ido a hacer surf y un hombre rubio ha pasado rozándome y me ha tirado de la tabla —vaciló un instante— No puedo estar segura porque no he podido verlo bien, pero podría ser el mismo hombre.

— ¿Dónde estaban los guardaespaldas cuando ha ocurrido todo eso?

—Yo… no les dije que me iba. Quería… necesitaba estar sola. Necesitaba espacio. Y cuando estoy en el agua, siento que tengo mi vida bajo control.

Anthony estudió su rostro. Bella sintió frío. Era incapaz de imaginar lo que estaba pensando.

— ¿Y tenías tu vida bajo control cuando ese hombre te empujó? —preguntó bruscamente.

—Sí y no —admitió— Tuve algunos problemas con la correa.

Ante la expresión estupefacta de Anthony, le explicó:

—Es una cuerda que te atas al tobillo para no perder la tabla. Se enganchó con algo. Cuando intenté soltarme, algo me golpeó. Fue ese hombre, o su tabla, no estoy segura —le temblaba la voz— Pero estaba asustada y estuve a punto de quedarme sin aire. Pero cuando conseguí liberarme, ya estaban echando a ese hombre de la playa.

— ¿Vio alguien más a ese hombre? ¿Había testigos?

Bella sabía que pensaba que aquel hombre podía ser su asesino y que tenía suerte de haber sobrevivido.

—Sí, pero puedo ofrecerte algo mejor que eso —sacó la copia del recibo de los libros— Sé su nombre y tengo incluso el número de su tarjeta de crédito.

— ¿Cómo se llama?

—James Denaly.

Para asombro de Bella, Anthony descolgó el teléfono de la limusina y le dijo al conductor.

— ¡Para inmediatamente!

James Denaly, el hermano de Tanya. Edward se sintió enfermo, como si aquel nombre fuera un veneno fatal. James estaba en el yate la noche que había muerto Tanya. ¿Habría decidido vengar a su hermana atacando a una mujer por la que Edward mostraba interés? ¿O alguien estaría intentando atribuir el asesinato de Bella a Denaly?

Edward tomó el recibo de los dedos helados de Bella. Gracias a Dios, la joven había podido escapar aquella mañana en la playa. Él nunca se perdonaría si la perdiera. Su princesa estaba comenzando a convertirse en algo más preciado para él de lo que consideraba prudente.

La puerta de atrás se abrió y Emmett se reunió con ellos en el asiento trasero de la limusina.

¿Ja? —le preguntó a Edward.

Edward le explicó lo que había ocurrido y le mostró el recibo con la firma de Denaly.

—Esos libros que ha mencionado, ¿Denaly los tocó?

—Sí —contestó Bella— Los hemos apartado por si venía buscarlos.

Gut. Seguramente estarán en ellos sus huellas dactilares. Podemos pedirle a la policía que las compare con las que encontramos en la cerca después del incidente de anoche.

— ¿La policía? —Preguntó Bella volviéndose hacia Edward— ¿La policía ha estado en mi casa y nadie me lo ha dicho?

—No queríamos preocuparla. Había asuntos más importantes que requerían su atención.

— ¿Alguien está intentando matarme y no es importante que sepa las pruebas que se han encontrado? No soy una muñeca incapaz de pensar por sí misma. Por supuesto, dejar la casa esta mañana sin protección no ha sido una decisión muy inteligente, pero he sido yo la que ha conseguido ese recibo y quiero estar informada.

—No, no es una muñeca, madame, y le pido disculpas por haberle hecho creer que considero su posición como algo puramente ornamental. Me temo que las amenazas de muerte a los miembros de la familia real son un lugar común. Emmett está trabajando con la policía para identificar a ese asesino y atraparlo. El príncipe Jacob fue informado inmediatamente de lo ocurrido.

—Bueno, eso está mejor, ¡se lo han contado a mi hermano! Qué machista —estrechó los ojos de manera peligrosa y lo amenazó con el dedo— Creo que voy a tener que hablar con mi hermano, pero quiero que quede claro que todo lo que a mí me ocurre es asunto mío. Ese hombre mató a mi madre y yo quiero ayudar a atraparlo.

—A su madre le gustaría saberla protegida —Edward le atrapó el dedo— Y a mí también.

Bella abrió los ojos de par en par ante la combustión espontánea que se produjo en su interior tras aquel contacto. Apartó el dedo. Sus ojos brillaban como ópalos negros.

—No soy una niña, puedo protegerme a mí misma.

Edward dejó caer la mano y apretó los puños. Bella no estaba siendo razonable.

—Está hecha de carne y hueso. Y si muere, yo no sería capaz de soportarlo.

Lo dijo con más dureza de la que pretendía. Se le estaba acabando la paciencia. Por miedo a que Bella intentara hacer algo tan desacertado como volver a escaparse de los guardaespaldas, añadió:

—Evitaré entrar en detalles, pero ha habido otros dos incidentes en los que se han visto involucradas mujeres que tenían relación con el príncipe.

Bella palideció.

— ¿Qué quiere decir eso? ¿Todo esto ha ocurrido antes?

—Es difícil determinar si hay alguna relación en estos acontecimientos. Pero una mujer murió en circunstancias sospechosas. Se apellidaba Denaly.

— ¡Oh, Dios mío!

—No debemos precipitarnos a sacar conclusiones —le recordó Edward—. Debemos dejar este asunto en manos de los expertos.

Emmett asintió con vigor.

—Si esa tarjeta de crédito no es falsa, puede proporcionarnos mucha información sobre James Denaly. Y si pudiera conseguir una fotografía de James Denaly, ¿Su Serena Alteza podría enseñársela a los surfistas que estaban en la playa esta mañana?

—Por supuesto.

Gut. Con su permiso, mañana la acompañaré al trabajo y me llevaré esos libros.

Emmett sacó un vaso del minibar y le pidió a Bella que lo agarrara con la mano, para que así la policía pudiera identificar sus huellas dactilares.

Estaban ya casi en el hotel. Cuando la limusina paró en la puerta trasera, Edward se volvió hacia la mirada desafiante de Bella, contemplando la naturaleza independiente de la princesa con una mezcla de consternación y admiración.

Rosalie entró discretamente en el salón de la suite del príncipe Edward y lo encontró de pie frente a la ventana, contemplando la bahía de espaldas a ella.

Vaciló, temiendo molestarlo cuando el príncipe había buscado un momento de soledad. Se había quitado la camisa y tenía una copa de brandy en la mano.

Rosalie tembló; su corazón se endureció con una mal reprimida furia al ver las vendas que resaltaban contra su piel bronceada. Había estado a punto de perderlo en dos ocasiones en una sola semana… y todo por culpa de aquella princesa americana. Se preguntó si estaría pensando en ella en aquel momento. Rosalie conocía bien a su príncipe. Y sabía que, aunque estaba luchando contra aquel sentimiento, deseaba a la princesa Isabella Marie. Quizá incluso se había enamorado de ella. Aquella noche, cuando había llegado para acompañarla a cenar, la había mirado como si fuera la única mujer que había en la habitación. Y Rosalie sólo había visto así al príncipe en otra ocasión… con Tanya.

Pero su preciosa Tanya estaba conspirando a espaldas suyas. Y lo mismo estaba haciendo la princesa Isabella Marie. Pero Rosalie era completamente leal a su príncipe.

— ¿Molesto, Su Real Alteza?

Vio la sombra del cansancio y la preocupación en sus facciones cuando se volvió hacia ella.

—No, en absoluto. Supongo que estás preocupada por el guardarropa de la princesa Isabella Marie. Pero estoy seguro de que aprenderá de sus propios errores.

Rosalie sonrió suavemente.

Nein, no es eso lo que me ha traído aquí, pero lo tendré en cuenta —dio un paso adelante.

El príncipe dejó la copa y alargó la mano hacia la camisa que había dejado en el respaldo de la silla del dormitorio.

—No, no se moleste. Sé que los puntos de la espalda le duelen. Y estamos solos.

Danke.

—La princesa me ha pedido una fotografía suya y no estoy segura de cómo responder.

Edward frunció el ceño.

— ¿Qué le has contestado?

—Le he dicho que vería lo que podía hacer.

—La princesa es una mujer curiosa. Si ve satisfecha su curiosidad, se concentrará mejor en las clases. Enséñale una fotografía de mi hermano Nahuel.

— ¿Está seguro? Si se me permite expresar mi opinión, no creo que ella sea una mujer que aprecie las mentiras.

—Comprenderá mis razones. Creo que todavía no está preparada para conocer a su prometido.

—Como usted desee —Rosalie le deseó buenas noches y volvió a dejarlo a solas. Los hombres, pensó, era tan estúpidos…

Demetri se despertó bruscamente al oír la voz de Rosalie Shoenfeldt a través del micrófono. Miró el reloj. ¿Qué estaba haciendo en las habitaciones del príncipe a la una de la madrugada? ¿Se acostaría aquel príncipe mujeriego con su secretaria?

Demetri se dijo que aquella sospecha podría llegar a ser muy conveniente. Anotó el día y la hora. Entregada a los periódicos, aquella información podría alimentar las alegaciones en contra de lo acertado de su matrimonio con la princesa Isabella Marie.

James Denaly era un hombre desesperado con una misión. Eran las tres de la madrugada, las tiendas de La Jolla estaban cerradas y las calles completamente desiertas.

El mar susurraba y rugía mientras sus zapatos golpeaban el pavimento.

Había intentado ponerse en contacto con la princesa Isabella Marie en tres ocasiones. Había intentado salvarla del príncipe Edward. Pero ningún medio de comunicación había reflejado que un hombre había sido fatalmente herido en la plaza Neptuno.

Había perdido su oportunidad y habían estado a punto de atraparlo. Había vuelto a fallarle a Tanya. De la misma manera que le había fallado al no escucharla la noche del yate. Estaba demasiado ocupado buscando una mujer con la que compartir su cama. Los remordimientos se acumulaban en su pecho. Durante tres años, había deseado poder revivir aquella noche.

Llegó a la librería en la que trabajaba Bella y deslizó un sobre en el buzón.

Aquello tenía que funcionar. No podía permitir que se celebrara aquel matrimonio.

Bella se metió en la cama tan enfadada que no podía dormir. La cena con su hermano había sido muy tensa. Al igual que Edward, Jacob parecía vivir en la Edad Media y realmente pensaba que tenía derecho a tomar decisiones por ella. Al final, se había despedido de ella con un beso y le había sugerido que aprendiera a ver las cosas desde la perspectiva de los otros. Después, le había explicado que, según las leyes de La Push, debía contar con el permiso de su hermano para casarse o divorciarse y además firmar la renuncia a todos los derechos de sucesión al trono.

Bella estuvo dándole vueltas en la cama a aquella injusticia y pensando al mismo tiempo en ir a buscar un papel y un bolígrafo en ese mismo momento y renunciar al trono. Su madre había sido asesinada y alguien estaba intentando matarla. ¿Qué clase de vida era esa?

Era la vida que habría conocido si sus padres no se hubieran separado, pensó con tristeza. En ese caso, habría crecido con la responsabilidad de saber que algún día podría gobernar La Push. O que se esperaba que hiciera un sacrificio por su país aceptando un matrimonio político.

Bella se sentó en la cama y abrazó a su gata sintiéndose más presionada que nunca.

Bella esperaba que Emmett la acompañara a trabajar a la mañana siguiente, no que lo hiciera Anthony. Era curiosa su capacidad para estar enfada con él y aun así, continuar encontrándolo mortalmente atractivo.

Además, después de una noche sin dormir, no estaba de humor para recordarse que sus sentimientos hacia Anthony eran inapropiados. Y gemía para sí cada vez que el rico timbre de su voz despertaba en cada una de sus hormonas el deseo de hundir los dedos en su pelo.

Aquella mañana, había intentando maquillarse tal como le habían enseñado el día anterior, pero tenía los ojos hinchados y no estaba satisfecha con el resultado.

¿Cómo era posible que Anthony se comportara como si nada hubiera ocurrido? Se sentía como si hubiera perdido a su mejor amigo. Por lo menos, Emmett la informó de que la tarjeta de crédito parecía ser auténtica y de que la policía le había prometido una fotografía de su pasaporte para el día siguiente como muy tarde.

Mientras Emmett ocupaba su asiento en la limusina, Bella le susurró a Anthony al oído:

—Me alegro de que por lo menos haya alguien que respete mi deseo de ser tratada como una igual.

Anthony le dirigió una dura mirada que la conmovió hasta el alma. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró.

Bella quería disculparse. En lo más profundo de su corazón, sabía que Anthony estaba siendo un caballero al fingir que no había ocurrido nada entre ellos. Pero ella estaba dolida, confundida. Jamás había conocido a un hombre que la afectara de aquella manera.

En el interior del coche, se hizo un tenso silencio entre ellos. Bella quería hablarle de las cartas de su madre a su padre, recuperar de alguna manera el nivel de intimidad que habían compartido la noche anterior a que Anthony la besara y la llamara Lorelei, pero no sabía si sería sensato.

De modo que seguiría su ejemplo y mantendría una cordial distancia entre ellos. Quizá si llegara a convencerlo de que le enseñara una fotografía del príncipe Edward, podría sustituir el cuerpo y el rostro de Anthony por la imagen del hombre con el que estaba destinada a casarse.

Cuando la limusina llegó a la librería, Bella esperaba que Anthony continuara en el coche, pero éste salió a la acera como si el mundo entero estuviera a sus órdenes.

Bella suspiró, abrió la librería, empujó la puerta y se agachó para recoger un sobre que había en el suelo.

Le dio la vuelta, esperando ver el sello, pero alguien se había limitado a escribir con un rotulador negro: para su información. Era extraño. Bella presionó el interruptor, inundando la habitación de luz.

— ¿Dónde están los libros? —preguntó Emmett.

—Allí, detrás del mostrador.

Anthony siguió a Emmett con las manos a la espalda y se detuvo para ver más de cerca un expositor de libros.

Bella sonrió. Siempre era fácil reconocer a un amante de los libros. Deslizó el dedo sobre la solapa del sobre para abrirlo. Contenía unos recortes de periódico. Por un momento, pensó que era de Aro Gascón. Siempre le llevaba reseñas de libros.

Pero aquellos recortes no eran reseñas de libros. A Bella se le heló el corazón al ver fotografiado el hermoso perfil de Anthony mientras se llevaba la mano de una atractiva rubia a los labios. La rubia le sonreía mirándolo con adoración.

Bella leyó el titular: príncipe implicado en la muerte de su amante.

Bella se obligó a mirar de nuevo la fotografía. Tenía el corazón destrozado. Las personas que aparecían en la fotografía eran identificadas como el príncipe Edward de Cullen y Tanya Denaly.

Cerró el puño alrededor de los recortes mientras asimilaba aquella amarga verdad. Anthony no era el secretario personal del príncipe Edward. Era el príncipe.

Y le había mentido.


Se descubrió el pastel... que opinan¿? jejeje. nos leemos mañana guapas.