Notas: Uno de los tantos fénix, regresa del polvo dejado en su perfil para hacer su entrada sensualmente (¿?) Finalmente llega la actualización que creo que varios han esperado.
Antes de empezar, tengo dos noticias que anunciar:
Empezando por la mala, ps… tuve que cortar el capítulo por las 16k+palabras que literalmente abarqué jaja sé que dije que lo publicaría completo pero es que en serio era mucho xD
Y la buena, que la próxima parte la publico el sábado o el lunes, depende de como esté de humor (¿?) Nah, no tengo fuck internet y ahora mi relación con el mundo cibernético es limitado, sin embargo, tengo un amigo que me prestó su compu para seguir divulgando yaoi. Agradézcanle su magnificencia *alabado sea*.
Debo decir que para la siguiente publicación (Capítulo 13) no me tardaré meses, porque quiero concluir esta historia este año. No podía creer que tengo casi dos años con esta historia en emisión jaja perdónenme.
Se agradece a cada lector que ha visitado esta historia, agradezco cada review que me han dejado. Que a pesar de ser una ingrata que actualiza cada dos guerras santa, no saben como las pequeñas huellas me llenan de alegría. Gracias por tan buen recibimiento de las locas ideas que me cruzan por la cabeza.
Agradecimientos por sus hermosos comentarios en el capítulo anterior y siempre fieles a mis historias:
Henahera, Luisa, pacozam, Kary, Alhaja, Hellana y pequebalam.
"Gracias por motivarme y mostrarme su gusto por la historia, realmente es satisfactorio saber que existen lectores que disfrutan de tu ocio yaoista jaja."
Sin más que decir, pónganse cómodos, acompáñense con un café, lean despacio y disfruten esta actualización que preparé para ustedes.
Noche de tragos.
Capítulo 11.
Advertencia desde el más allá
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Aún no podían contener el asombro de la noticia. La decepción en su descuido, la pena por los desafortunados.
La doncella vertía lágrimas negras producto de la ruptura de su propio maquillaje, surcando huellas sobre su rostro, mientras un luto inevitable cruzaba enfrente de ellos.
Los santos permanecieron en silencio, cada uno confrontando la información a su propia cualidad. Albafica había permanecido cruzado de brazos, apartado a una distancia prudente. Muy diferente a Manigoldo, quien sentando frente a ella, sólo escupía gruñidos de irritación.
En resumidas cuentas, todo lo que habían hecho —que lo había desgatado físicamente— había sido malditamente en vano. A pesar que los insignificantes cortes inducían un suplicio en la espalda del italiano, no se comparaba con el potente dolor de cabeza que se abría en sus sienes.
Y lo que era consecuente, era que sabía la raíz de ese producto, conocía los efectos…, reconocía ese ardor. Lo supo cuando llegó el intrínseco escalofrío que se repantigaba por sus nervios, siendo la inevitable señal de alerta que tintineó en su cerebro.
Maldijo internamente, al final, Albafica seguía siendo un veneno que aún no asimilaba su organismo.
Por esos momentos, prefiría ocultar su molestia, para evitar confrontaciones innecesarias. De sobras sabía que si ese santo se enteraba de lo que ocurría dentro de él, volverían al jodido inicio que tanto le había costado abandonar.
Sólo con evocar el menjurje horrible que le obligaban a beber cuando estuvo envenenado, le daba la suficiente fuerza para sobreponerse sobre sus dolencias con una atmósfera decidida.
Cruzó una mirada con su compañero, compartiendo la decepción en el intercambio de sus deducciones mentales, en la nueva situación que los mantenía acorralados.
—Hay que acabar con este maldito problema y encontrar a los tórtolos ya —expuso después que el silencio se explayara lo suficiente.
Albafica asintió.
—Será mejor ponernos en marcha.
—No se puede hacer nada ya… —farfullo la doncella, con la cabeza abajo en reacción retraída—. Una vez que entran ahí, es imposible llegar hasta allá. Simplemente los caminos desaparecen hasta que…
«Termina con su trabajo», concluyeron los santos en sus cabezas.
Con la conversación elevada al aire, Nicole se restregó los ojos con la falda de su vestido. Sobrepuso su dolor detrás de un último sollozo, y observó a las personas que la miraban taciturnos. Transcurrió un segundo, quizás dos, para que se percatara de algo extraño en la supuesta… ¿esposa?
—¿Señora? —Alzó la vista, y a la poca luz que permitían pasar las aglomeradas cortinas, se adivinaba el género que no estaba allí.
Cayendo en la cuenta que el pisciano había salido en sus ropas casuales, olvidando la falsa identidad, sus rostros se vistieron de blanco al recordar el descuido. Sin poder contenerse, Manigoldo liberó una carcajada cuando una rosa de sangre le encendió las mejillas a Albafica, quien cerró los ojos en vergüenza disimulada.
Parpadeando, sin entender la situación, Nicole se mantuvo con los ojos abiertos reconociendo la nueva perfección facial que se engrandecía frente a ella.
Al principio, cuando "la" había visto por primera vez, se había paralizado ante la belleza exquisita y turbulenta que brillaba y se aplaudía con luz propia. Tan así, que logró levantar una corriente de adulaciones por todas las mujeres y hombres que tuvieron la dicha de verla bailar la noche anterior.
O mejor dicho…, verlo bailar.
La verdad, sabía que las personas con innata belleza, eran condescendidas incluso por los vientos meridionales de pasión que soplaban con ligereza sobre ellos. Recordó cuando habían bailado, el frágil danzar de sus pasos, el movimiento delicado de los pliegues del vestido, la mirada que habían compartido en aquella noche velada por la lujuria.
Creyó que era una historia de amor que sólo el secreto de sus almas sabían, una afección y ligamento encarecido de toda sustancia alegórica de ternura. Sin mencionar, cuando los vio besarse en público, detonando el rugido de… ¿amor?, que no podía ocultar el fuerte retumbar de latidos en ellos. Quizás experimentaron una saciedad singular de impulsos inconfesables, al verse mezclado con esa naturaleza tan artísticamente mundana que alentaba fines impropios.
Era eso, o los dos eran grandes actores.
—Entonces, ustedes… —quiso decir, intimidada por las facciones de finura y gran detalle que se unían en el rostro de ambos.
—Larga historia, mocosa —interrumpió el italiano con una enigmática curva levantándose en sus labios—. No creas que "mi esposa", le gusta vestirse de mujer como pasatiempo oculto.
Un carraspeo fue suficiente para que el santo de la cuarta casa sintiera como un cosmos en forma de uñas rozara su cuello, erizándole la piel. Tragó una gran porción de saliva, cuando su cuerpo reaccionó en instinto, bajándole la primera gota de sudor.
Albafica podía ser adversario temerario si se lo proponía.
—Nicole, nosotros fuimos enviados por el santuario de Athena para resolver el misterio de las desapariciones —decidió poner fin a esa farsa, para explicar la sorpresa que había caído como un velo, paralizando las lágrimas—. Mi nombre verdadero es Albafica de Piscis, y tanto Manigoldo como yo, somos santos de oro.
—¿Santos de Oro? —balbuceó ella, todavía absorta en la nueva verdad revelada.
—No hay tiempo para detalles, niña —contestó Manigoldo, desvaneciendo su célebre gesto—. Necesitamos saber todo sobre esta maldita mansión.
—Mi compañero tiene razón —apoyó Albafica, descruzando los brazos y caminar un poco hasta situarse en la espalda de su… ¿pareja?—. ¿Por qué no podemos ir ahora?, quizás logremos hacer algo para traer de vuelta a la señora Dina y al caballero Boris.
Sin embargo, a pesar de la convicción de los santos en querer salir a luchar, la doncella negó con la cabeza, en una respuesta resignada y alejada de toda esperanza.
Hundiéndose en una respiración entrecortada, Nicole les contó que cuando esas desapariciones ocurrían; el ala central cerraba sus puertas, restringiendo el paso y acceso a las demás sedes. Por ello, la mayoría de los invitados, dormían en el día porque no podían salir al exterior, salvo hasta la noche. Y, a pesar de la escasa actividad a los periferios de la mansión, era inútil intervenir en los encuentros en el ala oeste, por ser el punto central donde se encontraba el invernadero y ocurrían las extrañas anomalías.
Por supuesto, nadie tenía el acceso allí. Y los que eran llevados al recorrido, nunca más eran vistos de nuevos.
Sólo Rinaldi regresaba de vuelta.
—Debe ser un chiste —Cáncer enarcó una ceja—. ¿Me estás diciendo que estamos encerrados en esta habitación de mierda hasta que ese infeliz le dé la jodida gana de sacarnos?
Nicole suspiró una afirmación, bajando las manos hasta su falda.
—Parece tener razón, Manigoldo —dijo de repente Albafica, con su mirada impuesta en la puerta de acceso a su recámara—. Siento una extraña energía rodear la puerta. Más débil que la que sentimos la última vez, pero puedo percibirla.
—¿No podemos simplemente destruirla? —opinó Manigoldo ladeando cuidadosamente su cuerpo para observarlo, verificando con su percepción cósmica lo que decía.
—La alertarían —expuso Nicole con un suspiro.
Repasando esa declaración, Albafica entrecerró los ojos en una resignación impropia de él.
—Si es cierto lo que dice Nicole, hacer eso, sólo sería avisarle que estamos aquí con otro propósito. Teniendo el poder de controlar la mansión, alterar hasta la más mínima partícula, será un paso fallido para nosotros.
Una maldición desenrollándose en la lengua del caballero de Cáncer inundó el silencio en la sala.
—¿Qué haremos, entonces? —le preguntó, pasándose la mano por la perlada frente que muchos parecían ignorar.
—Por mucho que me acueste admitirlo, tendremos que esperar —acreditó con una sólida vacilación en su propia respuesta. Movió su cabeza hasta la doncella, y recordando ciertos detalles, indagó—: ¿Cuánto tiempo contamos para salvarlos?
—No lo sé… —contestó, tratando de encontrar una respuesta conforme a la pregunta—. Creo que veinticuatro horas. No estoy segura.
En ese momento, una vibración en la habitación hizo temblar a cada objeto que yacía dentro de ella. Similar a un ronquido o posiblemente un gruñido de reclamo que dejó un vestigio de estremecimiento en las ventanas. Los santos asediaron la mirada por todo el sitio, notando como inclusive la lámpara de cristal, que lloraba luz, se balanceó lánguidamente en el fijador del techo.
—Debo irme —Se levantó Nicole como un resorte—. Ya sabe que estoy con ustedes.
Manigoldo levantó una ceja, expresión que por entonces fue compartida con Albafica, en el prejuicio de aquella revelación por parte de la doncella.
—Esperaremos hasta la noche. Avísanos cuando sea la hora. —Piscis despidió a la chica.
—Trata de ser cautelosa, mocosa —fue la advertencia de Cáncer, entre se levantaba de su puesto para irse a recostar, con el pensamiento de recomponerse del desorden sensorial que estaba padeciendo. Se sentía cada vez peor, y el aderezo que recibió en la espalda no estaba mejorando el malhumor que arrastraba desde la mañana—. Te necesitamos para que nos lleves hasta ese invernadero de quinta. Y ruega a todos los dioses que no me encuentre a ese inútil de Rinaldi en el camino, porque le madrearé hasta el apellido.
Asintió tímida, y tras situarse unos segundos frente a la puerta, ésta se abrió sola como un aliento sosegado. Permitiéndole la salida a la doncella que ya desaparecía por el umbral, y les dedicaba una despedida con la mano.
—Ah, ella si puede salir —reprochó Manigoldo con una mueca.
Albafica no dijo nada, consciente que su compañero debió darse cuenta de la alteración que hubo en el aire. Sin duda, quién fuera que manejaba allí los engranajes, tenía el control de todo.
Un rechinido leve se escuchó, y localizando la fuente del sonido, vio como su compañero se daba un clavado libre a la extensa cama, hundiéndose en las almohadas con semblante enfermizo.
—¿Te encuentras bien? —No sabía si la respuesta ya le era respondida por la expresión que lucía el santo que tenía por compañero.
Moviendo la cabeza en señal de afirmación, Manigoldo no despegó el rostro de la almohada, perfumado por la suavidad de la misma.
—Necesito llevarme una de éstas al santuario —fue la contestación que recibió, y seguidamente una sonrisa que se insinuó por el cúmulo de piel que se le acobijó en las mejillas
—No creo que puedas sacarla de aquí, si ni siquiera podemos salir nosotros —dijo Albafica, atravesando la habitación para acercarse lo suficiente para que sus dedos rozaran el dosel de la cama, observando el aire que destilaba Manigoldo. Sus ojos parpadeaban con insistencia, y parecía ocultarle que estaba ahogando quejidos en el conducto de su garganta.
Supuso que sería mejor pedirle más tarde a Nicole un té anestésico para las heridas de su compañero, aunque muy dentro de él, temía por cierta espina sobre aquel extraño comportamiento.
Y, la sospecha es todo lo que necesita, para revivir sus antiguos temores.
—¿Qué piensas de todo esto? —inquirió, en lo mejor que pudo formular.
Recibiendo la pregunta, Manigoldo jugó un poco con la oscuridad que habitaba detrás de sus párpados, hasta que abrió los ojos despacio, develando como en el fondo de su iris un cansancio se percibía.
—¿Puedes acercarte? —pidió a cambio, y al ver la ceja que se alzaba en el rostro de enfrente, añadió—: Creo que hasta yo me sorprendo de pedirte eso.
Desasiendo un suspiro lento, como si estuviera exhausto, una pequeña sonrisa quiso abrirse en los labios de Piscis, compartiendo ese pensamiento de suicida razón.
—A estas alturas, quisiera sorprenderme también —admitió, cediendo con minuciosidad la petición, rodeando la cama para terminar sentándose a un lado, en esa lóbrega alcoba desprovista de luz, salvo de las parpadeantes y casi consumidas velas.
Quizás el sol todavía alargaría el día un poco más, informándoles que todavía faltaban un gran cúmulo de horas para que la noche reinara.
No sabía si era correcto robarle unas horas a sus obligaciones para hablar de algo que no fueran sus propias leyes. Se deslizó en la colcha, y la suavidad de la frazada le abrigó como si fuera un bebé, apoyando todo su peso en el codo, para terminar descansando en su propio costado.
En reacción, Manigoldo obligó a las extremidades de su cuerpo a girarse, con la aspiración de quedar bocarriba. El resultado del imprevisto movimiento le produjo una mueca en el rostro, queja escrita y sellada por las caprichosas heridas que tenía impresa en su piel.
Trató de acostumbrarse al dolor que se fue mitigando poco a poco, evaporando en ese segundo, un retazo de su memoria sobre los hechos presentes. Quiso cavilar un poco la situación, y al ver que todo se ofuscaba en vórtices sin sentidos, decidió abandonarlo a la deriva de sus pensamientos.
Estaba hastiado del temita de la mansión por ese momento.
—Echaré de menos tratarte como mi esposa. —comentó con una sonrisa cansina en el labio inferior. Como si el mero hecho de sonreír era automático aunque sus labios no lo quisieran.
Desalineándose del recuerdo de aquel sacrificio que tuvo que experimentar, Albafica consideró la respuesta más adecuada que coincidiera con las que cruzaron por su mente.
—Yo no. —expresó con total sinceridad, y al quinto segundo, sus oídos atraparon el sonido de una risa menuda que produjeron las cuerdas vocales de su compañero.
—¿Ni un poco? —Le sonrió, echándose los brazos detrás de la cabeza.
—Ni un poco —remarcó Piscis, sonriendo, sin demasiado énfasis en el asunto.
Se miraron por unos instantes, quizás eterno en un borde, quizás efímero en el otro, hasta que Manigoldo rió con suavidad y dijera:
—Cambiando el tema —Ladeó la cabeza para tener mejor ángulo de la vista que tenía para disfrutar. Con una arruga amarga dio una nueva forma a su boca, recordado algo importante, para cuando cambió de expresión—: Me pregunto, si podremos hacer otras cosas mientras esperamos. Hablar de nosotros después de esta misión de mierda, por ejemplo.
Albafica meditó la consideración. Si era sincero, había estado pensando en eso mismo desde que recordó quién era, y su propio título que lo bañaba de calamidades. No podía mantener a esas dos vigentes en una balanza, mucho menos en el santuario. Ellos eran caballeros entrenados y con una tarea que cumplir, no sabía si podía mantener ambas cosas.
—Sobre eso… —intentó explicar, antes de ser cortado por una chispa juguetona tomando brillo los ojos de su compañero.
—Lo sé, no tienes que decirlo —destacó, entrecerrando los párpados con una ajustada tranquilidad—. Si el viejo nos envía de nuevo a otras misiones, podremos hacer desastres en ellas. El santuario no es el mejor sitio para albergar a romanticones.
Con una sonrisa, Albafica pensó que mucho más que eso, era el veneno de Piscis el que impedía que tuvieran una relación sólida. Y más era el caso, en un lugar donde tenían más prioridades que sus amores secretos.
—Sin mencionar que si nos descubren —continuó hablando Manigoldo, y él se había perdido quizás la mitad del discurso—, seremos carne asada al horno. Aunque el viejo últimamente tiene unas extrañas insinuaciones, pero creo que soy yo y mi ego sobrevalorado.
Apoyándose silenciosamente en la última oración, porque lo había vivido con su propio pescuezo cuando el pontífice había mencionado su sospecha sobre "la unión cósmica", consideró que quizás esas insinuaciones tuvieran un esqueleto sólido, que el ilusorio orgullo del santo de Cáncer.
Reservó ese recuerdo en unos de los tantos baúles de su cabeza, y se concentró en la moderada sorpresa con la que se vestía en la realidad de los habitantes del santuario. Levantó la mirada para perderse entre el manto de tela que se tendía sobre su cabeza, considerando que el regreso sería una especie de salto al hiperespacio, que les exigiría a emerger una vez más en los templos que tenían por deber proteger; olvidando toda esperanza conforme a sus corazones que no fuera el de proteger a su diosa.
Incluso si le daba tres vueltas a la página, le sorprendía tener esa clase de consideraciones.
—Me he preguntado si acaso he estado soñando —articuló, sacando los pensamientos que mantuvo oculto en el recóndito espacio de su cabeza gran parte de su vida—. Si es cierto que he roto mi voto de castidad, y no es que sea mujer para tomarle aprecio a esa estupidez, es sólo que… —Buscó el rostro del italiano y se percató que éste estuviera con sus ojos impuestos en él; prestándole súbita atención. Corrigió su falta de carácter al asfixiarse en las emociones que tenía prohibidas experimentar, y prosiguió—: No sé si ya soy digno de portar la armadura de Piscis. He quebrantado demasiadas reglas.
Finalmente, lo dijo.
Su mente estaba confusa y la atravesaron mil pensamientos sin que pudiera detenerse en ninguno. De todos modos, si lo masticaba un poco, las imágenes de su pasado se desplazaban con deliberada lentitud. Apreciando con más fijación, cada instante, cada matiz, cada color, cada sensación, como una condena infinita a revivir aquellos instantes.
"¿Cuántas veces debo decirlo, Shion? ¡No me toques!"
"Yo no le tengo miedo a tu sangre, Albafica"
"Aléjate, Pefko"
"Señor Albafica…"
—Hemos —corrigió Manigoldo, al saborear la pausa pensando que tenía que añadir algo—. Me pregunto quién nos habrá definido como animal racional y categorizarnos como la raza más inteligente.
Con una acentuación mental, Albafica apoyó esa frase al reflexionar que, ellos como seres humanos, podrían ser todo, menos racionales.
—Qué lejos veo el día que les di la espalda a todos ustedes, pensando en que los protegía de mí mismo —permaneció en el hilo frágil que cargaba sus palabras, recordando sus pasajes con Shion, Pefko, y todo aquel que tuvo la valentía de acercarse a él—. ¿Sabes?, hace poco, tuve una oportunidad de elegir si podía sanar mi sangre envenenada. Me enfrenté a esa posibilidad, entendiendo al final que, contrariamente de todo, quería seguir levantando con orgullo el vínculo de Piscis. —Soltó una pequeña ración de aire, tratando de no perder la voz—. A pesar de lo temible que fuera, mi sangre, era la herencia que mi maestro me dejó. Pero cuando Pefko me prometió que un día encontraría la cura, no pude evitar pensar si mi respuesta sería la misma a cuando estuve frente a Luko...
Notó que le temblaban los labios, víctima de sus propios recuerdos. Amenazando con despertarle unas lágrimas que pugnaban por asomarse en sus ojos.
—Athena… —suspiró fatigado, y el flequillo le cayó en el rostro—. ¿En qué me he convertido?
En la pesadez de su tortura, una caricia le atrajo al mundo, cuando ésta se resbaló en la clara piel de su pómulo. Sus labios sonrieron con limitado alcance, mientras que sus ojos parecían nadar en la confusión de sus pesares y en las preocupaciones de todo tipo con que se atiborraba el cerebro.
El calor se esparció por donde esas yemas ásperas le rozaron, comprendiendo el nuevo significado, creyendo que era idiota por pensar en como la boca que ahora estaba sobre la suya; le diera una tranquilidad que no le era fácil explicar. No podía negar que las largas manos de Manigoldo, su aire picaruelo y juguetón, su elegancia correcta y su jerga mal hablada, poseían un misterio adormecedor cuya inmunidad logró traspasar un hilo de aguja en una de las brechas de su barrera, destruyendo las paredes con insultante facilidad.
Abandonando el cubículo de la perplejidad, Manigoldo logró tomar el control en el panel de su cerebro para juntar sus frentes y encontrar la respuesta que le había extraviado en el aire. La mano de éste bajó hasta su cuello, apartando el cabello celeste y abrirle unos cuantos botones de la camisa, acelerando su pulso, alertando su sangre.
Sus dedos tuvieron la necesidad de alzarse para prodigar una caricia en la quijada del italiano que ya se apartaba escrupulosamente de su boca, para situarse lentamente en su clavícula, dejando otro beso en la mortalidad de su piel traslúcida.
Ese roce constituía para él una continua fascinación del deseo, un desconcierto para sus sentidos, una extraña sensación de malestar y de placer agudo que contrarían una batalla en su corazón.
El sutil cosquilleo le hizo desfallecer las defensas y liberó un trozo de su orgullo para suspirar. Su nariz se introdujo en la superficie de la cabellera alborotada, y su propia melena le cayó en el rostro cuando acarició el cuello de Manigoldo, enredando entre sus dedos el colgante de piedra ahuecada.
Si seguían así, no sabía por cuánto tiempo resistiría a la tentación de caer ante la vivaracha boca que ahora se paseaba por su piel.
—Manigoldo… —llamó en una entonación que quiso disimular. Pero la lentitud del momento, estaba adormeciéndolo a él también—. No podemos, no ahora cuando hay personas en peligro. —Y a pesar del alto que quería marcar, la nueva lamida en su hombro le desarmó las palabras por unos momentos.
—No les pasará nada —fue la afirmación de Manigoldo contra su cuello—. A los maníacos como Rinaldi les gusta ver las consecuencias de sus canalladas. Estoy seguro que los enamorados sobrevivirán mientras llegamos.
—No es el caso —dijo recobrando la firmeza de su voz—. Además, dijiste que querías hablar de nosotros. ¿Esta es tu mejor manera?
Una ancha sonrisa liberó su trazo en la boca de Manigoldo.
—Me parece que he recorrido milenios, para oír de tu boca un «nosotros».
Sí, tal vez habían pasado por mucho para contar sus nombres en una sola línea y con un adverbio enlazador de «juntos». Sus miradas, como si entendieran las turbulencias de sus propias tormentas, cayeron sobre aquel mar vivo y pululante, donde salía la primera acción que llevaba al siguiente nivel.
—Es una locura extraña todo esto, ¿no? —dijo Manigoldo, a una escasa distancia de su rostro, pasándole los dedos por las mejillas recuperando el tema que habían dejado atrás—. No te culpes si crees que rompiste la promesa con tu viejo, él después de todo, tampoco quería empujarte a la soledad.
Sin contenerse, el santo abrió los ojos en silente sorpresa, y en respuesta, Cáncer le enseñó los dientes en una sonrisa.
—No pongas esa cara, tú también lo sabías. —Le acarició el cabello que le caía como una corriente en el hombro, enredándose entre las telarañas que tejía el aroma dulce que por esencia Albafica portaba—. Tampoco te cuestiones lo que has hecho, mierda, lo hiciste porque tenías muchas razones propias.
Sin comprometer su respuesta, Piscis pensó en lo renuente que había sido anteriormente, y ahora, con ese hombre cerca pareciera como si las cargas sumadas a sus hombros, se desvanecieran. Suponía que la cercanía también ayudaba en ese plano, sin poder explicarse cómo se arrepentía a esas alturas de poder entenderlo.
Un débil eco del antiguo amor reapareció en su pecho, recordando cada nuevo segundo que vivía en su propio tiempo, y le hacía gesticular entre sus sondas hasta que se veía en la obligación de sonreír. Ese santo tenía el don de enamorar a la muerte.
—Manigoldo, no es sólo eso sino nuestro deber con Athena. Nuestra misión, las vidas que dependen de ello. No tenemos tiempo para pensar en un "nosotros". No hay cavidad para esa palabra.
Al decir eso, el brillo de sus ojos desprendió una luz de tristeza, pero esa era la realidad que tenía que llevar en su hombro.
—Puede ser —respondió Manigoldo, estirando su brazo para atraerlo a su cuerpo—. Nadie dijo que lo olvidaríamos, Alba. ¿Quieres acaso que el costal de arrugas nos cuelgue de su templo?, ya me pasó una vez, y no fue agradable exponer mis sensibilidades masculinas —recordó, saboreando el profundo cobalto que giraba en torno a los aros del iris de Albafica, borrando esa huella permanente de severidad que solía mostrarle al mundo—. Pero tampoco debemos olvidarnos de nosotros mismos. ¿Nunca has pensado si tu viejo Lugonis debió sentir esa necesidad de contacto físico con las personas?, no me jodas, alguna vez tuvo que calentarse por alguien y seguir su camino de santo. Es más, a puesto que se tiró al menos uno de su generación.
—¡Manigoldo! —El horror escenográfico que cruzó por la cabeza de Albafica no había sido nada agradable, al imaginarse a su maestro en situaciones comprometedoras.
—¡¿Me vas a decir que no?! ¡Al menos la calentada! —Se alejó de él para cuestionarle, olvidándose de lo circunstancial que debían tomar en ese momento—. Te aseguro que en todas las generaciones nadie era «santo». Nadie cree en sus reglas cuando un cierto amigo se levanta bajo la armadura.
Tratando de idealizarse con ese concepto, Albafica no soportó mucho para cuando se encontró palpándose el rostro con las manos.
Y a pesar de esas grandes cargas que llevaban por otros, de los deberes y leyes por el que debían regirse; en ese lapso lograron reír juntos. Un gesto que en ocasiones, era más difícil que respirar.
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Esa tarde había sido diferente para ellos, una necesitada salvación para sus cuerpos. Una liberación de sus cúmulos de emociones, a pesar del hecho que mientras descansaban, alguien podría estar sufriendo por ello.
Sólo rogaban a los dioses, poder llegar a tiempo. Poder mover piezas en un tablero dirigido por una tramposa reina.
El resto de las horas permanecieron hablando, acostados en el lienzo de sábanas, mientras planeaban como contraatacar a la maldita M.M, con cierta carnada que sabían que el pez gordo no iba a ignorar. Inclusive, en comentarios idiotas, Manigoldo hizo reír esporádicamente a su compañero, regalándole un segundo más de humanidad que merecía.
Albafica nunca se vio disfrutando de esa manera de una conversación normal. Como si fuera una persona cualquiera, que se reía de un chiste y no hacía nada para impedir que un poco de color tocara su vida.
Era como si…, fueran seres humanos corrientes.
Sin embargo, ese momento de cotidianidad terminó acabando como todas las cosas efímeras que volaban sin alas en su mundo, cuando la realidad en forma de doncella tocó la puerta anunciando que pronto iniciaría la noche de festejo.
Se encontraban nuevamente sumergidos en el armario, después que el reloj marcara finalmente la hora; aquella que giraría en torno a un plan que ya habían estructurado.
Albafica agradecía poder recordar su sexualidad y su virilidad con ropas de galas para él, dudaba recuperarse del golpe si lo volvían a obligar a usar nuevamente un vestido. Lució un sombrero de anchos pliegues para ocultar el color de su cabello, con la idea vaga de poder caminar como un fantasma sin huellas en esa mansión. Y en cuestión a vestuario, se acicaló dentro de un traje satén de color negro con distintos bordados emblemáticos.
—No sé si sea una bendición de los dioses… —decía Nicole, permaneciendo fuera del closet, con una bandeja que relucía un par máscaras acordes a sus atuendos—, pero esta noche será un baile de disfraces.
—Considerando que sólo buscan que los invitados sean infieles, no me sorprendería que unos dijeran: ¡Se me perdió la mujer! —dramatizó Manigoldo, quitándose una de las extravagantes plumas azules que sobresalían de las mangas de su casaca—. Por otro lado, ¿por qué mierdas, debo usar este ridículo traje? ¡El de Alba-chan es mejor!
Con una sonrisa desvaneciéndose en sus labios, Albafica terminó de abotonar su chaleco, acomodándose el pañuelo que envolvía gratamente su cuello, para posteriormente pasarse la casaca por los brazos.
—No te quejes, yo pasé por cosas peores. Mucho peores —le recordó, y con ello, una risita se escuchó por parte de Nicole que casi siempre se olvidaban que estaba ahí—. Déjame remarcar que es un "baile de disfraces".
—¿Entonces a mí me tocó ser el pavorreal y a ti el príncipe azul?
Ignorando las quejas, el pisciano regresó su atención al asunto que tenía mucho más relevancia. Ya Nicole había armado con hechos, las piezas del rompecabezas que ellos fueron recolectando a lo largo de ese espionaje. Desde las desapariciones en el desconocido invernáculo, hasta las personas que habían escapado luciendo otro aspecto.
Respiró hondo llenándose los pulmones de aire, conteniéndolo un poco para hacerlo circular hasta su cerebro, y finalmente, botarlo al segundo transcurrido.
Debían rescatar a los inocentes, orando por Athena, que las cinco horas que no hicieron nada, no habrán sido devastadoras para los otros. Era el momento de acabar con todo eso, pensó, tomando la máscara de la bandeja de plata y situarla en su rostro.
Al sentir la textura rozar su piel, un conforme sentimiento latió en su pecho. Se sentía a gusto cuando ocultaba su rostro, porque eso significaba que podía ser libre de las miradas embelsebadas. Más de una ocasión usaba la capa de su armadura para cubrirse, deseando que las personas olvidaran la bendición de belleza que él tanto aborrecía.
Manigoldo, detrás de él, le echó una mirada aprobando internamente la nueva apariencia de su compañero. Seguidamente, se colocó la suya con adornos de plumas azulejas.
«Manigoldo de pavorreal —se dijo en su mente—. Me cambiaron la constelación.»
—Ya todos deben estar en el baile —apuntó la sirvienta, cuando la puerta se abrió, permitiendo la salida para ellos—. Podremos ir por la parte de atrás. Mayormente a esta hora, podrán hacer lo que quieran, porque eso es lo que ella desea. —informó, atravesando el umbral—. Me aseguraré que no haya nadie en el pasillo.
Se desvaneció a la luz de las lluvias de arañas, dejando en pausa a los caballeros.
Transcurrieron cinco o diez minutos en silencio, quizá más. Una eternidad en la espera del aviso, mientras permanecían a un lado del otro con las manos urgidas dentro de sus gabardinas.
—¿Algunas palabras de aliento? —habló Manigoldo con una sonrisilla tintineando en su boca.
—No vayas a cometer ninguna imprudencia —Le miró, traspasando con su ojos el rostro velado por el antifaz. Nunca podría pasar por alto aquellos ojos cárdenos de singular color—. Sigue el plan, y por nuestra diosa que todo salga como esperamos.
—Al final, terminaremos improvisando.
Inesperadamente, Albafica esbozó una pequeña sonrisa.
—Existe la posibilidad. —Y tras una pausa, agregó—: Confío en ti para ello.
Abriendo la boca y casi el rostro ante la sorpresa, el italiano fue a decir algo antes que Nicole apareciera, con las nuevas que podían avanzar.
Fue Albafica el primero en emprender sus pasos desconociendo la siguiente acción de Manigoldo, cuando éste le detuvo por la muñeca y lo atrajera hasta él; plantándole un beso delante de la única espectadora que se tragó una exclamación de sorpresa.
Tumbándole casi el sombrero en ese arrebato, Manigoldo se cercioró de atrapar bien a Albafica entre sus brazos, mientras se despedía de sus labios con la más campante sonrisa. Se alejó, pasándole por un lado, riéndose de los rostros impactados, que habría remarcado si tuviera cualidades artísticas.
Al guardián de Piscis le costó unos segundos reponerse, antes de ir en caza del italiano desvergonzado.
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Filtrándose por el pasillo sin ser reconocidos, las máscaras hicieron muy bien la labor de ocultar sus identidades. Por todas partes se veían escaleras sempiternas que parecían conducir a pasajes desconocidos que surgían y se evaporaban de la noche a la mañana, llevándose consigo a los incautos que se adentraban en ellos sin que nadie les volviese a ver.
En su recorrido, se habían topado con un par de mujeres que naturalmente los habían pasado por alto, por estar muy concentradas en buscar a "la pareja heroína" de aquella mañana.
Albafica había contenido el aliento cuando una se detuvo a estudiarle, pero más que una mueca decepcionada, no recibió nada más. Con una anécdota mental, relajó sus músculos al recordar algo importante:
«El cambio de género influía bastante»
Varias veces captaron la vista de ciertos invitados, cuando las paredes se abrían en atracción interna de magnificiencia. Caminaron por uno de los puentes que se alzaba sobre el gran salón central que empezaba a llenarse, siendo captados por viandantes que miraban con asombro al caballero con traje emplumado que, con una mirada y sonrisa favorecedora, iba acompañado de otro joven atractivo y de aspecto refinado.
—Esta noche, ustedes son el centro de todo círculo de conversación en el baile —musitó la sirvienta, sacando unas llaves de su vestido cuando llegaron hasta una puerta que se escondía detrás del interminable y señorial túnel—. Muchos los están esperando.
Sin que ninguno revelara lo que cruzaba por sus mentes y anhelaba con traspasar sus gargantas, no dijeron nada al respecto. Sólo por el sigilo de querer salir de allí, sin llamar a las guarras que ya los estaban persiguiendo.
Bastó oír el sonido de un clic, para que la puerta cediera lentamente ante la llave, mostrando una tiniebla sin color, espesa y gelatinosa, que aguardaba del otro lado. Más allá, se podía intuir una escalinata que descendía hasta perderse en la sombra, tal y como un descenso al estómago de su anfitriona.
—¿Y eso lleva hasta dónde? —inquirió Manigoldo al ver a Nicole familiarizada con esa oscuridad, y casi verla cómoda en ella.
—Hasta la sala de las calderas, allí podrán llegar al ala oeste, sin pasar por las puertas de entrada.
Con un sonido gutural, el italiano empezó a descender por la alfombra de polvo que se tendía a sus pies, sin nada de huellas a parte de las que ellos estaban creando. Iniciaron con paso lento, fijándose en el musgo baboso para no rodar escalera abajo ni despertar a los muertos con el estrépito.
Se extrajeron los antifaces para evitar caídas innecesarias, cuando se encendió un candelabro que les sirvió de guía. Las paredes, desnudas, prendían al ámbar de la llama, alumbrando ciertas zonas que la negrura se ostentó en ocultar.
Producto de los charcos que luz que expulsaban las velas, inscritos trazados en los muros, se vislumbraron. Eran sombras de gritos de auxilio que, se podía deducir, nadie alcanzó a leer.
Lo que más sorprendió a Albafica, fueron las marcas de garras que se adivinaban en la superficie, como si una especie de bestia hubiese incrustado sus uñas, sólo por el placer de arrancarle sonido a una piedra.
Nicole no decía nada, pero por sus labios temblorosos, fue suficiente para que el santo entendiera aquel juego de tortura. Se preguntaba cuántos años de prisión tendría ese lugar, y cuántas vidas se habría llevado en el cumplimiento de sus objetivos. Sólo pensarlo se le hacía un nudo en el estómago que se retorcía con cada nueva señal de desgarre, sangre y putrefacción que se arrastraba en el aire.
La mansión Hellaster seguía guardando a sus víctimas en sus entrañas; seguía siendo un amasijo de secretos.
Y bien que Manigoldo podía afirmarlo con votos de honores, por ser él un vínculo con el más allá.
Su cosmos se encendió casi por voluntad propia cuando en su tímpano se entabló en oír a las voces de auxilio, clamando ser escuchados. Eran incontables sollozos, incalculables penas que pedían ser salvados.
Agudizó su vista para buscar desfiguradas siluetas que jugaban entre las sombras, sin embargo, necesitó dos segundos más de reacción cuando un filo rasposo le rozó el cuello, con un susurro que le envió una señal de alerta.
—No vayas para allá…—Oyó el eco de la perdida voz—.No vayas. No… vayas…
No hizo nada para apartar la molestia que se abría en su cuello, permaneciendo impávido ante las voces que ya eran más agudas.
Se giró de golpe cuando una mano le sujetó el hombro con fuerza, obligándolo a volverse y toparse con la expresión de duda en la faz de su compañero.
—¿Manigoldo? —Albafica le miró inquisitivo, deteniéndose a un escalón sobre él.
Sólo ver a su compañero, le bastó para concluir la escena.
—Sed…
Por un momento la voz no le salió para responder, sólo para concentrarse en la que intentaba entrar a su cabeza.
—Ella tiene sed…
Cáncer levantó su mano casi sin darse cuenta, tratando de llegar al rostro del caballero que le escrutaba con las manos en los bolsillos. Piscis ladeó la cabeza igual que un cuervo, como reiterando la pregunta en una oración muda.
—No vayas… —Las palabras seguían llegando a su cabeza en hileras desordenadas, ya confundiendo la voz de Albafica con la de las almas en pena que le surcaban los oídos.
Entonces, tan rápido como un flash, su vista alcanzó ver lo inexplicable.
Justo detrás de Albafica, una imagen extraña pasó por una décima de segundo como una especie de vaho con el contorno de una persona. Sus ojos parecían dos cuencas vacías que se mantuvieron fijas, cuando lo qué sea que fuera eso, movía la cabeza en su dirección.
—Ella lo quiere...
Un par de palmas chocaron contra su rostro, desvaneciendo todo el fantasmal mensaje que intentaba llegar a él, para anclarlo a la tierra en un aterrizaje premeditado.
—Manigoldo, mírame —había urgencia en la voz de su compañero—. ¿Qué te ocurre?
Notó que el guardián de Piscis viraba su cabeza en el punto que él había tenido puesto los ojos, pero ya no había nada allí. Nada. Sólo una expectación y confrontación del submundo atravesando las barreras, por medio de él.
Y, una risa… Una carcajada de alguien que se había tragado el aviso que había recibido.
Albafica regresó el extravagante azul de sus ojos, para leer en ellos lo que su boca no podía decir.
—¿Viste algo? —insistió.
Con ello, un pequeño latido en la sien del santo de Cáncer le hizo torcer el gesto. Aquel maldito dolor de cabeza estaba a punto de volver, por lo visto.
—No… —La voz le regresó al cuerpo—. No es nada.
Considerando la posibilidad de anular su imaginación o, mejor aún, abandonar su cosmos, ya que en su cabeza sólo se repetía una palabra que tamborileó en las redes neuronales de su cerebro.
"Lo quiere a él."
Más abajo, Nicole esperaba a unos metros de ellos, y cuando Manigoldo ladeó la cabeza hasta ella, también la vio:
Titilando. Un alma voluble, como una nube ofuscada perdiéndose entre otras.
Ella le sonrió entrecerrando los ojos, como si se disculpara por mostrarle su verdadera forma antes de darse vuelta y seguir descendiendo hasta el final de ese camino sin fin.
¿Algo era real en ese basurero de putería?
¿Era el único que se daba cuenta de ello?
Ya había pasado con Liselotte, pero ahora se preguntaba, que desbordamiento de almas estaba produciendo ese cofre para que todo se materializara de esa forma. Llevó su mano hasta la enguantada que aún estaba sobre su rostro, buscando cerciorarse que al menos su compañero si estaba allí.
—Albafica… —Sus ojos se dirigieron a él, encontrando al rostro que intentaba dar explicación a su comportamiento—, bésame.
—¿Qué?
—Bésame.
—Debes estar bromeando. —dijo con cierta sequedad—. Esto no es un juego, Manigoldo.
Un minuto sin decir nada, reafirmó las seis letras que estaba casi exigiendo.
Atónito por la petición, Albafica se quedó rígido en su lugar, repitiendo la palabra en su cabeza como un tocadiscos rayado. No era el momento para estar con ese tipo de demostraciones, muchos menos en público. Iba con total estandarte fuera de sus principios, fuera de su zona de confort. Fuera de su nombre.
—¿No crees que es el momento menos indicado? —intentó decir, alzando la vista para ver como la doncella se alejaba, olvidándolos en el camino—. No hay tiempo…
—Sólo será un beso.
—¿Entonces, porque no puedes esperar? —"¿Esperar?", no, eso no era lo que quiso decir. Su punto consistía en no desviarse de su objetivo, de su deber...
—Te necesito. —le afirmó él como última disputa.
Con la llegada del silencio, Albafica se encontró en una encrucijada. Se preguntaba porque repentinamente Manigoldo deseaba desesperadamente una muestra de afecto, un contacto que idealizaba una conexión en cualquier ser vivo. Y justamente esa palabra «vivo», le dio a entender que su compañero podía ver más allá de los muros, más allá de los esqueletos. Quizás estar en un lugar donde todo podía ser hecho de masas gaseosas que equivalían el peso de una identidad, produjera cierto cansancio y confusión en alguien que podía manejarse en ambos mundos.
Cada santo de Athena luchaba contra su propia constelación.
Suspiró, cerrando los ojos y plantearse nuevamente la situación. Bien, sólo era un beso, un beso… Un afecto que, precisamente él, tenía prohibido por arrear la muerte en sus labios. Sin embargo, estaba Manigoldo…, quien vivía como una revancha contra el destino que le habían impuesto. Humano que ahora se burlaba de las leyes naturales al juntarse con una persona que tenía de amigo a su peor enemigo.
Quizá, esa era su mejor venganza.
Su mejor manera de burlarse de la muerte, como su mejor pasatiempo.
Bajó la cabeza haciendo que el gran sombrero le escondiera el rostro, pensando seriamente en lo que iba a hacer. El italiano sonrió, ahorrándole el trabajo cuando vio su respuesta como una buena señal.
Ascendió el escalón que le faltaba, usando su pulgar para subirle con sumo cuidado la barbilla, y seducirle con la mirada completa, sin obstrucciones de las máscaras que ya habían dejado atrás.
Quiso decirle algo, pero no pudo exteriorizar el reproche, no lo logró. Para cuando Manigoldo se hacía con su boca aquel indicio de travesura que siempre iniciaba con eso.
La respuesta fue retraída, escrupulosa por el terreno que estaban pisando, tratando de ignorar los galopantes ruidos que originaban sus corazones acelerados. Albafica quiso entender ese torrente de emociones o lo que se terciase, tal vez. Porque fuera lo que fuera, los dejaba a ambos con todas sus defensas en el piso. Era como caer al vacío y ellos intentaban sostenerse de algo, ¿qué era? No lo sabían, pero era lo suficiente para levantar sus cuerpos, sus nombres, para poder regresar a la salida; que tanto placer les producía.
Manigoldo se introdujo suevamente a su boca, amoldándose a su espacio con rigurosa solemnidad. Le sorprendía como podía transmitirle toda clase de sentimientos a través de ello. El roce en su mejilla bastó para hundirse más en el río de turbaciones que le enviaron cierta vibración a su cuerpo.
Apreció dentro de la pared inquebrantable que era el nombre del guardián de Cáncer, una ansiedad que parecía enloquecida dentro de él.
«Estoy aquí, Manigoldo», quiso decirle, como si la fugaz alarma de deambular entre tantas muertes, fuera un método para perderlo a él también.
Intentó transmitirle la seguridad de la solidez de su esencia, comprendiendo que sus deducciones no estuvieron del todo erróneas.
«Aquí estoy», repitió.
Una sonrisa sobre su boca pareció extenderse, y eso le fue suficiente para relajarse.
El mensaje le había llegado.
Se separaron cuando la doncella ya los esperaba a un gran kilómetro de distancia y ya la luz se había difuminado para ellos.
Las voces se desvanecieron en el silencio, dejando sólo un pitido en el oído del santo de Cáncer que se preguntaba como su compañero tenía ese dom de alejarlo de ese infierno. De sacarlo a la fuerza y refugiarlo entre sus espinas, como si ese dolor fuera más confortable que el anterior.
—No vuelvas a pedirme eso, no cuando estamos en plena misión… —anticipó Albafica, al separarse y sentirlo cerca de su boca—. Promételo.
Con una sonrisa, Manigoldo susurró algo en italiano que no alcanzó a escuchar con total claridad, para después, sentirlo posarse de nuevo como una mariposa en vuelo sobre sus pétalos.
—¿O sea que puedo pedirlo en otras oportunidades? —insinuó sonriente, y a pesar de los pocos trazos que se apreciaban, logró recibirla—. Vale, te lo prometo.
Acto seguido, se esfumó, como una pompa de espuma, puff, para remontarse en el trabajo que tenían entre manos y a cada segundo se les evaporaba por ese juego de "amor", que les estaban agarrando maña.
Sin tener el contraataque a aquella declaración, Albafica regresó la vista a su espalda, preguntándose qué habría visto su compañero. No percibía nada. Sólo un susurro, casi inaudible, y fue uno que no quiso creer. Deseó confundirlo por un pensamiento propio de su mente, cuando el sonido se desplazó a su mente.
—Lo perderás…
Sacudió la cabeza, como si apartara a un mosquito que arrancaba la única sangre que palpitaba por aquel santo, y decidió olvidarlo.
Rogando a los dioses, no lamentarse de aquello.
Dio una bocanada de aire, recomponiéndose para seguir el descenso que aguardaba por ellos, en esa mansión que tenía hambre de nuevas víctimas.
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.
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Por más de diez minutos, sólo el sonido de sus botas chocar contra los escalones los acompañó como una sinfonía primaveral.
Descendieron en silencio, recorriendo el interminable trayecto, hasta que un gran arco incrustado en la pared apareció entre la lúbrica oscuridad. Se introdujeron en ella, y una telaraña de escalinatas se abrió frente sus ojos, caprichosa en su afán de tragarse a los curiosos.
—Mierda —soltó el italiano. Pasando sus manos por la balaustrada de acero, asomándose para ver hacia el fondo, dibujándose muchos más caminos imprecisos y una penumbra que parecía no tener fin.
«Fácil es el descenso, al infierno», pensó.
No quiso pensar en la posibilidad de estar dando vueltas en círculos por toda la eternidad, atrapados por designios de una entidad que quería jugar con ellos. Sin embargo, su escolta, aquella doncella que suspiraba por ser libre parecía conocer dónde estaba la trampa, dónde estaba el anzuelo y cómo hacer para esquivarlo con gran petulancia.
Tras caminar un poco más entre el arcano lugar, uno de los túneles se ensanchó en una antecámara, marcando el final cuando el contorno de una puerta se apreció, gracias a las agujas de luz que penetraban los resquicios bajo ésta; revelando como el polvo danzaba, como si estuviera convertido en oro.
Usando otra llave de su artesanal, la chica abrió el cerrojo y una ola de vapor penetró las pieles de los santos.
Adentrándose al fin a las salas de las calderas, fueron abrigados por un infernal calor flotando en el aire. El sonido de las brasas crepitaban con alarde desde los gigantescos hornos incrustados a la paredes, como si estuvieran recitando una composición de ópera. Expulsaban unas proporcionadas y burlonas volutas de humo, semejante a un fumadero de sociópatas en un juego de póker. Pero no, sólo era el producto de hijas moribundas de las inacabables llamas que consumían todo oxígeno divagando a su alrededor.
De la árida porcelana se elevaba el espeso vapor, que pronto, gracias a dos bocanadas de aire, se les metió en los pulmones haciendo más pesados sus cuerpos.
Había una gran mesa en el medio, con diferentes sacos de leña haciendo filas para entrar a los hornos por un hombre de barriga oblicua y barba entreverada de canas, que aparentaba estar muy concentrado en su labor de mantener a las lenguas de fuego que se extendían como abanicos. No pareció interesado en sus presencias, entreteniendo al sofocante calor con un atizador que sólo lo hacía destilar su propia agua interna.
Los caballeros no dijeron nada y persiguieron los pasos de la doncella hasta abandonar aquel vaporoso lugar que arrancaba cada aliento de un cuajo.
Manigoldo creyó que si se quedaba un segundo más, hubiese muerto deshidratado.
Siguiendo el entresijo de pasadizos recónditos que ya parecían brechas para roedores, torcieron a la izquierda para finalmente ver unos peldaños de adoquines que emergían hacia la superficie como última etapa de ese pasaje.
—Hasta aquí puedo acompañarlos —informó Nicole, situándose a un lado de la escalera que parecía llevar al exterior—. Incluso si me acercara, el señor Rinaldi sería capaz de detectarme.
—Gracias, Nicole —Inclinó la cabeza Albafica, sin detener sus pasos para alcanzar el pilar de luz que se filtraba por el agujero que conducía a la salida.
Terminaron de subir aquel tramo, siendo recibidos ahora, por un viento enfurecido que salió de un omnipotente bosque que marcaba su territorio. Aleteándoles con ferocidad los cabellos, para refugiarlos entre la cólera de un frío incesante, penetrante y sobretodo, reconocible.
Una gran bienvenida al cambio de estación que, habían vívido, ya en dos ocasiones.
Y, frente a ellos, un preponderante arco de árboles comenzó a reinar las alturas, con una espesura inconsistente de aire límpido que flotaba el aroma de los altos pinos. Era desafiante como la madre naturaleza parecía tener la codicia de querer alcanzar a la noche que había abandonado sus trazados de luz nativa, para vestirse con la ostentación de escasas luciérnagas pegadas al cielo.
Se oían los sonidos de los animales perdidos en el bosque, así como el resuello del viento como si les escupiera su aliento gélido desde las profundidades. Y, en medio de ese valle de árboles, una inmensidad oscura, envuelta en una densa capa de niebla invadía todo el lugar.
Más allá, se veía una alfombra de piedra que abría paso entre la tenebrosidad de las ramas, seduciéndolos a introducirse en sus garras escuálidas. Estudiaron todo el lugar, advirtiendo que a su izquierda, en la lejanía entre estelas y grandes colores, se percibía la espalda del ala oeste de la mansión.
La niebla se extendía en zarcillos húmedos y viscosos en todas direcciones, haciendo que las luces brillasen con un tono apagado y mortecino. Un agente climático que delimitaba el acceso a los intrusos, concluyó el santo de Piscis.
—Sigan el camino, el invernadero está después de él —indicó Nicole recelosa, al ver las ramas batiéndose por el aire como si quisiera alcanzarlos.
—Bien, el mejor mapa que me han dado —Sonrió Manigoldo.
—¿Están seguros de ir? —deseó saber ella, y viendo como los santos se veían compartiendo complicidad, fue el guardián de Cáncer quien le respondió:
—Es nuestra misión. —ratificó, extendiendo sus labios en son de confianza y seguridad que lo caracterizaba.
Ellos habían viajado incluso al Yomotsu Hirasaka, saboreando terrenos inhóspitos donde se respiraba la muerte. Así que, un simple bosquecito que procuraba asustarlos, no era nada para ellos.
Con una repentina certeza que esos hombres no destilaban una humanidad cualquiera, Nicole supo que no tendría que preocuparse por ellos. Y con una inclinación, giró sobre sus pies para desvanecer en el túnel, dando retorno a su regreso.
A la luz de la luna, en el cielo se divulgaban pocas estrellas que guiaran su camino en el interior de amasijo de árboles que parecía impaciente, escarneciéndose de mostrar más que siluetas que jugaban con sus ojos.
Manigoldo soltó un bufido burlón. Sólo era un terreno que conservaba espuma, tinieblas y niebla. Miles de metros de abismo que se extendían, y en alguna parte, tal vez, aguardando, algo o alguien esperaba intimidarlos.
—No me sorprende que éste lugar aparte a los curiosos —opinó, sintiendo como la humedad se le filtraba dentro de los huesos con la fuerza de una mala hierba enraizando.
Albafica sólo asintió, en el segundo que otra ráfaga de advertencia le quitara el sombrero y se lo llevara entre sus redes. Liberándole el largo cabello celeste que se esparció en largas hileras en la bruma del aire. El frío se le introdujo entre las brechas de su propia vestimenta, previniéndolo de esa familiaridad del terror la niebla.
—¿Te vas a quedar atrás? —la voz de Manigoldo sonó lejana, y al caer en tierra para buscarle con la mirada, lo vio aguardando por él, en medio de la hendedura del camino que se abría como la boca de la una serpiente.
Había llegado el momento de mover las piezas.
Desoyendo el poco sentido común que aún le quedaba en la cabeza, siguió los pasos de su compañero, adentrándose a las tinieblas.
Continuará.
Notas finales: Y es todo por ahora, señoras y señores. No tengo mucho que decir sobre este capítulo, sólo que imaginármelos a los dos juntos en la cama mirando el techo fue tan lindo que no me abstuve de hacerlo. Publicaré el siguiente capítulo el próximo martes o quizás el domingo, eso depende de la pc que tenga disponible.
Aclaraciones: Obviamente para quienes leyeron el manga de Alba-chan, deben saber como Lugonis dudaba en empujarlo hacia la soledad, y eso fue dicho por el sexy Sage, que no se le escapa nada. A puesto que ese viejo debe tener un gran historial de cazar a sus santos en actos íntimos xDD
Cuando dije que Albafica dudaba en si su respuesta iba a ser la misma que le dio a Luko de no querer sanar su sangre porque era su herencia, eso no es ooc mío(¿?) jaja. Eso lo dice el señorito cuando Pefko le dice que sanará su sangre y él le responde con un: Espero que llegue pronto ese día.
Sinceramente me quedé: ¿What? ¡Hace dos páginas atrás dijiste que no la ibas a cambiar, ¿o lo dijiste sólo para hacerte el chulo?
¿Y alguien dice que ese personaje no es tsundere? xD Como sea, lo dice y quienes quieran saber en dónde es: Es el último capítulo del gaiden, y sin contar las imágenes de presentaciones, es la página 18 cuando se despide del pequeño.
Créditos:Hay varias frases que recordé en el trayendo que escribía en este capítulo y las añadí porque sencillamente quedaban divinas acá. Una de ellas es: De Cassandra Clare que dice que "Fácil es el descenso al infierno."
Debo mencionar que hay ciertos guest que quiero responderles. De hecho, hay uno que tengo desde hace meses que comentó en un oneshot, por lo que para ellos, responderé en el perfil si la historia no tiene continuación.
Hasta la próxima semana, chiquitines.
Misslouder los aprecia y agradece sus huellas dejadas en cada historia.
