Adaptación de una novela que vio la luz en 1974; "La llama y la flor" de Kathleen E. Woodiwiss, convirtiéndose en uno de los Best Sellers de la época.

Camiko no punishment.

A leer!

CAPÍTULO 11: LA FLOR DEL CAPITÁN


—¡Tu marido! —gritó el joven Yukito. Clavó sus ojos en Syaoran, horrorizado—. ¡Oh, Dios mío, no lo dice en serio, señorita Sakura! ¡Dígame que está bromeando! ¡No puede haberse casado con un yanqui! —Observó, desesperado, las ropas suntuosas del hombre. Solo sus medias valían más que su atuendo desgastado—. ¡Un yanqui no! —

—Nunca osaría bromear tan cruelmente con eso, joven Yukito —contestó la muchacha con dulzura y un deje de amargura—. Es mi marido. —

—¿Cuándo... os casásteis? —consiguió preguntar Yukito con lágrimas en los ojos.

—Hace dos días —suspiró Sakura dejando caer la mirada. No podía soportar las lágrimas del joven. Todo su cuerpo estaba rígido y el brazo de Syaoran estrechándola, no la ayudaba en absoluto. Su silencio fue una bendición.

—¿Puede decirme por qué se casó con él... con un yanqui y no conmigo, Señorita Sakura? —preguntó abatido.

Sakura le miró a los ojos.

—¿Qué necesidad hay ahora de eso, joven Yukito? —preguntó—. Estoy casada y no se puede hacer nada. Despidámonos ahora y partamos. Pronto me habrás olvidado. —

—¿No me lo va a decir? —insistió.

Sakura sacudió la cabeza. Su visión estaba borrosa por las lágrimas.

—No, no puedo. Debo irme ahora —contestó.

—No le olvidaré, lo sabe. Le amo y ninguna otra mujer podrá sustituirle—declaró.

Pese a la presencia de Syaoran, Sakura se puso de puntillas y besó a Yukito en la mejilla.

—Adiós —susurró. Se dio media vuelta y dejó que Syaoran la guiara hasta la puerta

Una vez en el interior del carruaje, Sakura permaneció mirando desolada por la ventanilla, sin importarle que Syaoran, malhumorado, la estuviera observando. —¿Cuándo te pidió ese joven que te casaras con él? —inquirió bruscamente,cuando el carruaje se hubo puesto en marcha.

Sakura dejó de mirar por la ventanilla y suspiró.—Después de haberte conocido —respondió.

La expresión de Syaoran se endureció. Permaneció en silencio durante un rato y,cuando volvió a hablar, el tono de su voz era de fastidio. Estaba irritado.

—¿Te hubieras casado con él si todavía fueras una mujer virgen? —preguntó. Sakura lo miró y le dijo la verdad...

—No tenía dote. Sus padres me hubieran rechazado por ese motivo —explicó la joven—. No me hubiera casado con él. —

—Tú no hablas de amor —observó Syaoran.

—El amor no tiene lugar dentro del matrimonio —contestó con amargura—. Los matrimonios están arreglados en función del beneficio. Los que están enamorados van a encontrar su placer en los pajares o en los prados. Desafían la precaución para gozar de unos momentos a solas. Las razones escapan a mi entendimiento. —

Syaoran la escudriñó con los ojos entrecerrados. Se dio cuenta de algo.

—Ahora sé que nunca has estado enamorada ni tentada por el amor —apuntó el hombre—. Sigues siendo inocente frente a los juegos del amor, virginal, por decirlo de alguna manera. —

Sakura lo miró con fijeza.

—No sé de qué me hablas —afirmó secamente—. No soy virgen. Me hablas en clave. —

Syaoran se echó a reír.

—Me siento tentado a mostrarte de lo que hablo —bromeó—. Pero aún me tienes que pagar tu parte del chantaje.

Sakura lo miró de nuevo. Incrédula.

—Sigues hablándome en clave —replicó con brusquedad—. Y con mentiras. Soy inocente. ¿Tengo que repetírtelo?

—Oh, por favor, ahórratelo —contestó Syaoran suspirando profundamente—. No tengo tiempo para mentiras. —

—¡Mentiras! —gritó Sakura—. ¿Quién te has creído que eres para acusarme de mentir, maldito...? —

Syaoran tiró bruscamente de ella y la previno:

—Cuidado, Sakura. Se te está olvidando la buena etiqueta japonesa de tus antepasados.—

—Lo siento —se disculpó con una voz muy débil. En el acto se odió por haberse disculpado y por ser tan cobarde. Cualquier otra mujer le hubiera insultado o, incluso, abofeteado. Pero no se podía imaginar haciendo una cosa. Menos ahora, tal como se encontraba, envuelta en sus brazos. El poco coraje que poseía se desvaneció ante los ojos penetrantes y fieros de Syaoran.

—Es difícil mantener la boca cerrada cuando me provocas y me insultas de esa manera —confesó desconcertada, en voz baja, mirándose las manos en su regazo—

—Nunca dije que no lo haría —contestó Syaoran ásperamente, volviéndose para mirar por la ventanilla—. Te dije lo que debías esperar de mí. ¿Creías que te había mentido? —

Sakura sacudió la cabeza con lentitud. Una lágrima cayó en su mano, luego otra. Se las secó.

Sin darse la vuelta, Syaoran empezó a maldecir, sacó impaciente un pañuelo de su abrigo y se lo entregó.

—Toma —le dijo—. Necesitarás esto. Y si insistes en llorar todo el tiempo, me complacería enormemente que te acordaras de llevar siempre tu propio pañuelo. Me fastidia sobremanera no tener el mío cuando lo necesito. —

—Sí, Syaoran —replicó en voz baja. No se atrevía a recordarle que no poseía ninguno.

Durante el resto del trayecto Syaoran permaneció con una expresión imperturbable mirando por la ventanilla. Reinaba un silencio sepulcral en el carruaje.

Llegaron a un edificio antiguo con estantes que exhibían bellos vestidos, iluminados por candelabros de cobre y cristal.

Madame Fontine les dio la bienvenida en la puerta de su tienda con una encantadora sonrisa. El capitán Lee era un cliente habitual cuando estaba en tierra. A la señora le gustaba el yanqui alto. El atractivo extranjero sabía tratar a las mujeres.

Syaoran apartó su capa de los hombros de Sakura y los ojos de madame Fontine se deslizaron sobre el vestido rojo. Sonrió complacida y decidió que a ninguna otra mademoiselle le podría sentar tan bien. La curiosidad de la modista se había despertado cuando el capitán había comprado aquel vestido y otras ropas destinadas a una joven menuda y delicada. Dio por sentado que el capitán había encontrado otra amante, pues los trajes que había adquirido en los dos últimos años eran para una mujer más alta y voluptuosa. Esta jovencita, todavía en la flor de la juventud, nunca hubiera llenado esas prendas. Había algo de indiferencia e ingenuidad en los modales de la chica, casi inocente, singularmente refrescante. Todo ello había sido suficiente para despertar la curiosidad de madame Fontine. Muchas de las cortesanas que frecuentaban su tienda, y eran la mayoría, elogiaban al Capitán Lee. Conocía su vida privada mucho mejor de lo que él mismo podía imaginarse. Pero ante ella había algo nuevo y bastante diferente, una delicada mademoiselle, de buena figura y que cualquier hombre elegiría para convertirla en su esposa.

¡No lo quisiera Dios, que él...!

Madame Fontine era modista y francesa. Y no tan mayor como para no saber apreciar a un verdadero hombre como el Capitán Lee. A menudo lo había mirado con otras intenciones, además de hacer negocios, pero había tenido la precaución de ocultarlo.

Fue entonces cuando vio el anillo de oro en el dedo de Sakura

—Madame Fontine, permítame presentarle a mi esposa —anunció solemne Syaoran. La mujer se quedó boquiabierta, muy sorprendida. Rápidamente se apresuró a hablar para disimular su perplejidad.

—Encantada de conocerla, Señora Lee. Su esposo es mi cliente favorito desde hace mucho tiempo. Es un experto en mujeres —comentó la modista. Syaoran arrugó la frente.—. Es usted muy hermosa. —

—Madame Fontine, si tiene usted la bondad, mi mujer necesitaría adquirir un guardarropa completo —explicó.

—Oui, monsieur, lo haré lo mejor que pueda —se apresuró a contestar, percatándose de su metedura de pata. A los hombres no les gustaba que sus actividades amorosas fueran de dominio público y menos que sus esposas supieran de ellas. Pero el impacto causado por la noticia de su enlace había sido demasiado para ella. Se había quedado anonadada contemplando el anillo.

Madame Fontine observó a la joven y luego examinó las telas que había amontonadas sobre las mesas. La muchacha poseía un cuerpo esbelto, suave y seductor. Cualquier hombre moriría por acariciarlo. No había duda de por qué el yanqui se había casado con ella. Era toda una belleza y hacían muy buena pareja. Realmente era para envidiarles.

Con una expresión de resignación, miró al yanqui.

—Elle est perfection, ¿eh, monsieur? —apuntó en francés.

Syaoran alzó la vista para observar la espalda de su mujer.

—Oui, madame. Magnifique —contestó.

Sakura no entendió ni una palabra de la conversación; tampoco lo intentó. Sin embargo, sí se dio cuenta de que el idioma era francés y que Syaoran lo hablaba sin problemas. Era un hombre lleno de sorpresas. Ahora estaban hablando en francés como un nativo con la modista, dejando que Sakura deambulara por la habitación a su antojo. Caminaba sin rumbo entre las mesas, mirando de soslayo a su marido que seguía charlando con la mujer. Parecía que se conocían bien. Syaoran se reía con ella; incluso, en un momento dado, la modista llegó a tocarle el brazo, algo que ni su esposa se atrevía a hacer. Frunció el entrecejo al recordar lo que la modista había dicho minutos antes. Parecía que ahí era el lugar donde le compraba la ropa a todas sus amantes.

Se volvió rápidamente, muy enojadacon su esposo por haberla llevado a ese lugar. Podría haberle ahorrado esa bochornosa situación.

Alzó un boceto de un caballete próximo a ella y estudió el dibujo, intentando concentrarse en él. Era el bosquejo de un vestido moderno, diseñado según las últimas tendencias de la moda, de cintura alta y adornado con lazos. Toda mujer de dudosa reputación lo llevaría. A Sakura no le gustó.

Al apartar la mirada del boceto, vio que un joven, que debía de haber surgido un momento antes de la cortina que había al final de la tienda, la estaba observando. El muchacho devoró con avidez el escote de Sakura, imaginándose lo que había debajo. Se aproximó a ella. Sakura permaneció quieta, desconcertada. El tipo confundió la pausa de la joven con una invitación a aproximarse. Le sonrió abiertamente, pero, justo en ese momento y para su desgracia, Syaoran desvió la atención de la conversación y vio cómo el muchacho se acercaba a su mujer con una actitud demasiado descarada.

No era más que un mocoso, pero para Syaoran fue la gota que colmó el vaso. Primero ladrones, luego un antiguo amor y, ahora, este mozalbete. La muchacha era suya y no una pieza pública con la que todo el mundo se podían regodear. Su paciencia había llegado al límite. No iba a consentir que ningún otro hombre se deleitara con ella.

Cruzó la tienda a la velocidad de un rayo con una rabia incontrolada. Sakura lo vio venir y, aterrorizada, se apartó de un salto para dejarle pasar. El Capitán garró al joven por el abrigo y, levantándolo del suelo, lo sacudió como si fuera una alfombra.

—Escoria despreciable —lo insultó—. Vas a aprender enseguida a quitarle la vista de encima a mi mujer. Te voy a sacudir por toda la tienda. —

Los ojos del pobre muchacho casi se salieron de las órbitas, estaba temblando violentamente.

Sakura se quedó petrificada ante la escena, completamente atónita, pero madame Fontine corrió hacia Syaoran y le agarró del brazo.

—¡Monsieur! ¡Monsieur! —le suplicó—. Monsieur Lee. Por favor. ¡No es más que un chiquillo! No quería insultarle, monsieur. ¡Por favor, déjele! Se lo ruego. —

Syaoran obedeció lentamente, aunque todavía le hervía la sangre. Dejó al muchacho en el suelo. Madame Fontine lo agarró no demasiado amablemente y lo empujó hacia la parte trasera de la tienda, hablándole en francés. Justo antes de apañar la cortina, pudieron ver cómo le abofeteaba. Ni Syaoran ni Sakura se habían movido del sitio cuando, un minuto después, la mujer regresó.

—Lo siento, monsieur Lee —se disculpó madame Fontine humildemente. Se dirigió hacia Sakura, rozando a Syaoran en su camino, y asió las manos temblorosas de la joven.

—Madame Lee, es mi sobrino y a veces se comporta como una criatura estúpida. Pero, ay, madame —añadió encogiéndose de hombros—, obviamente es francés. —

La mujer se echó a reír y Sakura miró a su esposo con los ojos todavía abiertos e inseguros. Este se encontró con su mirada y arqueó una ceja divertido, sin sonreír, lo que hizo suponer a Sakura que todavía seguía enfadado.

—Por favor, por aquí, madame Lee. —La modista sonrió cogiéndola del brazo—. Empezaremos por la selección de telas para las camisolas —anunció. Luego la empujó para que la acompañara hacia unas estanterías repletas de rollos de muselinas transparentes, linos y batistas—. ¿Puedo sugerirle la muselina para uso diario y las batistas delicadas para ocasiones especiales? Son muy suaves para una piel tan encantadora como la suya. —

Sakura buscó la mirada de su marido una vez más. Syaora estaba a su lado, apoyado contra una mesa, de brazos cruzados. Su expresión no cambió con la mirada de su esposa y Sakura temió que estuviera enfadado con ella. Apartó la mirada nerviosa y volvió a girarse hacia la mujer.

—No importa —murmuró la joven dulcemente—, lo que usted crea que es mejor. —

Madame Fontine miró al Capitán para recibir su visto bueno y sonrió al recordar con qué cuidado el hombre había seleccionado la ropa interior para la muchacha. Para obtener su aprobación las camisolas debían ser del mejor tejido, suaves y transparentes. No podía olvidarlo al hacer estas nuevas.

Es muy posesivo con su joven esposa, pensó al recordar su reciente explosión de genio. Tendrá que pelearse con muchos hombres para alejarlos de ella. Es una muchacha inocente pero muy seductora. Habría sido mejor para él que se hubiera enamorado de mí.

—Capitán Lee, si acompaña a madame al probador podremos empezar a seleccionar los vestidos —observó la francesa—. Tengo algunos bonitos bocetos de última moda.

Se volvió resueltamente y les guio hacia la parte trasera de la tienda, a través de las cortinas por el pasillo y hasta una pequeña habitación abarrotada de telas y de costura. Trajo una silla e indicó a Syaoran que tomara asiento. Luego se volvió hacia Sakur.

—Madame, si me lo permite, le desabrocharé y, tan pronto le hayamos quitado este encantador vestido, empezaremos a tomar medidas ¿eh? —comentó la señora.

La joven le dio la espalda y esperó en silencio a que madame Fontine le desabrochara. La habitación, apenas más grande que una cama, estaba tan abarrotada de telas que casi no había sitio para los tres. Cada vez que Sakura se movía en el diminuto cubículo, rozaba las piernas de Syaoran con sus faldas. Además, tenía que permanecer delante de él, pues no había más espacio y podía tocarla con solo extender el brazo.

La modista le tomó las medidas exactas, utilizando la cinta métrica con asombrosa habilidad. Sakura levantó los brazos, irguió la espalda, se arremangó las faldas, todo siguiendo las indicaciones de la mujer.

—Ahora, madame meterá el estómago —continuó la modista, colocando la cinta alrededor de sus caderas.

Sakura alzó la vista por encima de la cabeza de la señora cuando escuchó a Syaoran desternillarse de risa. Ya no le importaba si seguía enfadado con ella. Contrariada, contestó a la mujer:

—Me temo que será del todo imposible—

Madame Fontine se dejó caer hacia atrás, sentándose sobre sus talones. Durante unos instantes se preguntó cómo era posible que la petite tuviera ese problema. Finalmente una sonrisa de confianza torció sus labios.

—Madame está embarazada, ¿verdad? —preguntó.

—Sí —admitió Sakura, ruborizándose.

—Ajá, esto es maravilloso —murmuró madame Fontine. Miró a Syaoran de soslayo—. Monsieur será un papá orgulloso ¿no es así? —

—Se lo puedo asegurar, madame Fontine —contestó Syaoran.

La modista rio suavemente. Así que no tiene la menor duda de que el niño es suyo, pensó. Contesta sin problemas ni demoras. Tal vez la joven es tan inocente como indica su aspecto.

—Ah, monsieur, hace que me sienta bien —añadió en voz alta—. No se ha ruborizado ni ha tartamudeado al admitir que usted es el padre. Eso es bueno. No hay culpa en un hombre que responde por lo que ha hecho. —Lanzó a Sakura una rápida mirada de valoración y se volvió hacia él—. Y su esposa es una mujer de las más encantadoras ¿eh, monsieur? —

Syaoran examinó a su mujer lentamente y sus ojos brillaron con una extraña luz. —De las más hermosas —acordó, complacido.

¡Míralo!, se dijo madame Fontine. Ya está impaciente por llevarla de nuevo a su lecho. La petite madame no permanecerá mucho tiempo sin un hijo de él en sus entrañas.¡Quién fuera ella!

—Le queda bien a madame la camisola que le hice ¿eh? —le comentó a Syaoran, que devoraba a su esposa con la mirada—. Tiene el cuerpo de una diosa: senos redondeados, una cintura estrecha, perfecta para las manos de un hombre y las caderas y piernas. —

Los ojos de Sakura se encontraron con los de Syaoran en el espejo. El tiempo se detuvo. La mirada del hombre atrapó la de la joven. Cuando Syaoran bajó la vista hasta los senos de la muchacha haciendo que fuera perfectamente consciente de la transparencia de su ropa interior, esta no pudo dejar de contemplar su rostro. Su mirada produjo en el cuerpo de Sakura un extraño temblor que la debilitó, hasta casi desmayarse, y la hizo sentir terriblemente extraña.

Sin el yanqui indicándole que continuara con la toma de medidas, madame Fontine se incorporó, una vez más en su papel de mujer de negocios.

—Voy a buscar los bocetos. Si madame desea volver a ponerse el vestido, se lo abrocharé cuando regrese —comentó y salió de la habitación.

Sakura apartó la mirada del espejo y cogió el vestido. Completamente aturdida, se lo puso, metió los brazos en las mangas y los cruzó para evitar que se le cayera, esperando el regreso de madame Fontine. De pronto vio, cómo Syaoran se acercaba a ella, tiraba de sus faldas y las atrapaba entre las piernas. Sakura lo miró perpleja. Su corazón empezó a latir desaforadamente y Syaoran, al darse cuenta, se echó a reír contemplando el busto que temblaba bajo el vestido.

—¿A caso me tienes miedo? —inquirió—. Lo único que deseo es abrocharte el vestido. —

En una reacción nerviosa, la muchacha se llevó las manos al escote intentando ocultar sus senos a su esposo, que se las apartó con una fresca risilla.

—No hay ninguna necesidad de que te cubras, florecilla—comentó—. Solo mis ojos están aquí para mirarte. —

—Por favor —suspiró Sakura, casi sin aliento—. Madame Fontine está a punto de regresar. —

Syaoran suspiró. Pero asintió ante el nerviosismo de Sakura.

—Si te das la vuelta, todo lo que madame Fontine verá es a un hombre abrochándole el vestido a su esposa —observó Syaoran

Sakura se volvió inmediatamente, oyendo la risa divertida de su marido. Todavía estaba abrochándole el vestido cuando llegó la modista.

—He traído todos los bocetos que tengo —comentó la señora—. Como verán, hay mucho donde elegir. —

Madame Fontine desplegó una mesa y puso la pila de bocetos sobre ella, dejando a Sakura aprisionada entre esta y las piernas de su esposo. Una vez Syaoran hubo terminado de abrocharle, la joven se sentó en el suelo y empezó a estudiar los dibujos. Había muchos que le gustaban, pero dudaba de que su marido quisiera gastarse una suma de dinero tan grande en ella. Los miró con anhelo y suspiró.

—¿No tiene algún vestido más sencillo y menos costoso que estos? —preguntó a la mujer.

La modista se quedó sin habla, muy asombrada. Syaoran se inclinó hacia adelante, colocando una mano sobre el hombro desnudo de Sakura.

—Mi amor, puedo comprarte estos perfectamente —afirmó echando una ojeada a los bocetos.

Madame Fontine suspiró aliviada. El Capitán tenía un gusto excelente y caro en cuestión de ropa. No iba a permitir que su mujer pensara en el dinero en un momento como este. El capitán podía permitirse comprar un guardarropa lujoso, entonces, ¿cuál había sido la intención de la joven? Si ella fuera Sakura, habría escogido los vestidos más bonitos sin pensárselo dos veces.

—Como pareces muy tímida a la hora de gastar mi dinero —apuntó Syaoran dulcemente—, te ayudaré a seleccionar tu vestuario... si no tienes inconveniente. —

Sakura se apresuró a asentir con la cabeza, nerviosa al sentir su mano sobre el hombro. Sus largos dedos eran como lenguas de fuego sobre su piel desnuda. Syaoran los apoyaba sobre su clavícula y el inicio de sus senos sin darle importancia y sin percatarse de la reacción que estaban provocando en ella. La joven estaba empezando a tener dificultades para respirar.

Lo hace a propósito para atormentarme, pensó Sakura.

El hombre la tenía rodeada: el muslo era como una roca sobre su omóplato; la mano, como un peso de plomo que la mantenía en el suelo; su cabeza y sus hombros, surgiendo por encima de ella para disuadir cualquier idea de incorporarse. Estaba prendida en su trampa. Sin embargo, la imagen que daba al exterior era bien distinta. Parecía estar sentada cariñosamente a los pies de su marido, feliz de sentir sus manos sobre ella.

Syaoran señaló uno de los bocetos.

—Este estará bien en una seda verde, del color de los ojos de mi esposa. ¿Tiene el mismo tono? —inquirió.

Madame Fontine estudió primero los ojos de Sakura, luego sonrió abiertamente.

—Oui, monsieur, son de color verde esmeralda. Será como usted desea —replicó.

—Excelente —respondió Syaoran. Luego señaló otro boceto—. Llévese este. Se perdería entre tantos volantes. —

—Oui, monsieur —acordó madame Fontine.

Como siempre estaba eligiendo a la perfección. ¿Cuándo no lo había hecho? El hombre sabía cómo vestir a una mujer. Apartó otro dibujo, alegando que el vestido era demasiado chillón. Otros cinco fueron elegidos. Otros dos rechazados.

Sakura observaba, fascinada, incapaz de pronunciar una sola palabra. No podía estar más de acuerdo con todo lo que Syaoran había elegido. Su sentido del color la dejó pasmada.

Muchos otros vestidos fueron rápidamente elegidos y muestras de diferentes materiales adjuntados a ellos. No quedó ningún detalle por determinar. Escogieron sedas, tejidos de lana, terciopelos, brocados, muselinas, gasas de algodón. Sakura perdió la cuenta. Eligieron cintas, azabaches, cuentas y pieles como ribetes y adornos. Examinaron cuidadosamente los encajes y los encargaron. Sakura estaba asombrada ante la gran cantidad de ropa que Syaoran le había comprado, por supuesto mucha más de la que ella misma había esperado. A Sakura le era difícil admitir que su esposo pudiera ser tan generoso con ella. Sin embargo, los vestidos fueron encargados.

—¿Estás de acuerdo con todo, querida? —preguntó Syaora dulcemente. Sakura sabía que le daba igual que no estuviese de acuerdo. Había comprado todos los vestidos para complacerse a sí mismo. Pero estaba de acuerdo con todo. ¿Cómo no lo iba a estar habiendo sido tan bien escogidos?

Sakura asintió.—Has sido más que generoso —murmuró.

Syaoran la miró. Estaba sentado por encima de ella, disfrutando sin restricción de la vista de su busto. Se moría de ganas de deslizar su mano por debajo del vestido y acariciar la piel sedosa.

—Mi esposa necesita un vestido para ponerse ahora —observó apartando los ojos de ella—. ¿Tiene algo adecuado para ella que sea un poco más conservador que lo que lleva puesto? —

Madame Fontine asintió.

—Oui, monsieur —respondió—. Tengo un vestido que terminé justamente el otro día. Voy por él ahora mismo. Puede que sea lo que está buscando. —

Salió rápidamente de la habitación y volvió al cabo de poco tiempo con un traje de terciopelo azul. Tenía unas mangas largas y ajustadas y un cuello de satén blanco muy recatado. Las muñecas estaban ribeteadas también en satén blanco.

—¿Es esto lo que había pensado? —inquirió la modista sosteniéndolo en alto.

—Sí —respondió Syaoran—. Envuélvamelo. Nos lo llevamos. Ahora debemos ocuparnos de los accesorios. Lo tendrá todo listo para dentro de diez días.

La señora se quedó boquiabierta.

—¡Pero, monsieur, eso es imposible! —protestó—. Por lo menos un mes, por favor.

—Lo siento, madame. Zarpamos dentro de quince días —argumentó Syaoran—. Dentro de cinco días volveré con mi esposa para que se pruebe y, dentro de diez, quiero que todo esté listo y a bordo. Tendrá un beneficio extra si todo está terminado y bien cosido. Si no, usted se lo pierde. ¿Puede hacerlo? —

Madame Fontine no podía dejar escapar un pedido como ese. Aun teniendo que compartir algunos de los beneficios con otras modistas, seguiría ganando una importante suma de dinero. Tendría a todas sus amigas y familiares cosiendo desde ahora hasta entonces, pero lo tendría a tiempo. El hombre hizo un buen trato, pues estaba acostumbrado a dar órdenes y a que fueran acatadas. Era realmente digno de admiración; no aceptaba nada que no fuera lo mejor.

—Será como usted desea, monsieur —convino finalmente la mujer.

—Entonces, está decidido —concluyó Syaoran—. Ahora debemos acabar de confeccionar tu vestuario, mi amor —comentó a Sakura con un apretón de brazo.

La ayudó a levantarse y a colocarse la capa por encima de los hombros. Poco después se marcharon. Madame Fontine se quedó en la puerta observando cómo se alejaban.

—Madame es mucho más lista que yo —concluyó en silencio—. Al pedir menos, ha obtenido más. Y él está feliz de haberle comprado lo mejor. Todas deberíamos ser tan astutas como ella. —

Se volvió y dando una palmada, llamó:

—Claudette, Michele, Raoul, Marie. Venid aprisa. Tenemos mucho trabajo que hacer.


REVIEWS PORFAVOR!

AVANCES PRÓXIMO CAPÍTULO

Syaoran apartó la mirada de nuevo y cambió de posición en la silla. Al menos, el vestido que llevaba ahora le cubría el pecho y, mientras lo llevara, estaría a salvo si decidía mirarla.

Allí, de pie, tan inocente y preguntándose la razón de la excitación de su esposo. ¿Acaso no sabía la reacción que provocaba en los hombres? ¿No podía imaginárselo?

Que le hubiera dado su palabra de que jamás le pondría una mano encima no significaba que no le afectara verla medio desnuda: la prenda que lucía no dejaba nada librado a la imaginación y revelaba su busto cada vez que se inclinaba.


Sakurita 136: Espero éste capítulo te haya gustado. Como podemos ver en los avances, a Syaoran realmente le está costando trabajo mantener su promesa de hacerle la vida de cuadritos a Sakura por que su familia le obligó deliberadamente a casarse.

Yi- Jie San: Se pondrá cada vez mejor! La convivencia en el mar, en los meses que llevará llegar hasta las Carolinas en América, esperemos que les sirva para conocerse mejor y quien sabe...alomejor enamorarse de verdad.

Lin Lu Lo Li: Si, el inicio de la relación entre los dos realmente es malo para ambos, pero como más adelante veremos, le salva en más de un aspecto a Syaoran. No dejes de seguir la historia!

Chiwanko: Sakura es un imán de hombres lascivos, y Syaoran un imán de mujeres locas que te puedo decir jajajajajaja, la modista es un caso también.

Wonder Grinch: Syaoran supo como no perder la cabeza con Yukito, pobre, encima de que el amor de su vida se casa con otro y todavía que le dieran una paliza pues como que no. Pero sacudir como trapo al mozalbete jajajajajajajajjaa.

Snoopy Moon: Seguiré poco a poco subiendo los capítulos! Espero te gusten cada vez más cada uno de ellos. Por favor sigue comentando! Soy fan de los arranques de ira y celos del Capitán Li que te puedo decir jajajaj. Amo como pone a todos en su sitio. Actualizo francamente, cada vez que el trabajo y el cansancio me lo permite, pero no dejo pasar más de dos días seguidos. n.n. Saludos!