CAPÍTULO 11: DE BOMBAS Y ARMARIOS
Joy despertó ese día sin saber lo que había pasado la noche anterior. Se acercaban las vacaciones de navidad y ella esperaba con ansias pasar unos días en casa de Fred, como él se lo había prometido. Se alegraba al saber que no vería por unos días la horrible cara de sapo de la profesora Umbridge.
Se metió a bañar pensando en las clases que tendría ese día y en cómo podrían molestar a la Cara de Sapo, como venían diciéndole desde que la conocieron. Desde que ella había expulsado a Harry y a los gemelos, ellos se habían propuesto el hacerle la vida imposible a esa vieja bruja. Fred y George estaban en proceso de crear bastantes artilugios que sacarían de quicio a la Suma Inquisidora de Hogwarts. Eso animaba bastante al grupo de amigos, pues Angelina había estado muy estresada consiguiendo nuevos jugadores y le hacía mucha falta reír un poco. Salió de la ducha y se puso su uniforme de Hogwarts; como cada invierno, se puso unos pantalones en lugar de su falda, su blusa blanca y luego se acomodó el cuello para ponerse la corbata con los colores de su casa, encima se puso su suéter y su bufanda porque ese día seguramente haría frío en la clase de Pociones. Decidió ponerse sus zapatos en lugar de las botas, porque no pensaba salir a la nieve ese día. Se amarró el cabello en un moño casual y fue a despertar a sus compañeras de habitación.
Cuando bajó a desayunar con sus amigas no se encontraron con ningún pelirrojo en el comedor. Ni Fred ni George ni Ron ni la hermana de éstos, Ginny, se encontraban allí. Algo malo había pasado.
- Lee, ¿dónde están? – preguntó Joy al ver a su compañero sentado en la mesa.
- McGonagall fue por ellos anoche. No han regresado como ves.
- ¿Qué pasó?
- Ni idea.
Instintivamente volteó a ver a Dolores Umbridge; quería saber si ella tenía algo que ver con la desaparición de sus amigos. Pero la expresión de odio que tenía Umbridge cada vez que veía a la profesora McGonagall le decía que ella no había tenido nada que ver. Decidió preguntarle por información más sustentable a la profesora de Transformaciones, esperaba que no la dejara en la ignorancia.
- Profesora – dijo Joy al acercarse antes de irse a clase –, ¿me permitiría un momento?
- ¿Qué sucede, señorita Lewis?
- Quería saber si usted podría decirme qué ha pasado con los hermanos Weasley. ¿Por qué ninguno está en la escuela?
Minerva McGonagall miró a su alrededor, como cuidando que nadie escuchara esa conversación.
- Aquí no. Sígame, por favor – dijo en voz baja mientras atravesaban los pasillos de Hogwarts.
Entraron en su despacho y la profesora le indicó que tomara asiento. Aún cuando sabía que iba a llegar tarde a clases por eso, Joy obedeció.
- Arthur Weasley sufrió un accidente anoche mientras trabajaba. No es de conocimiento público, así que espero que guarde el secreto.
- ¡Por Merlín! ¿Se encuentra bien?
- Ya está en San Mungo. Su familia está con él.
- ¿Qué clase de accidente? ¿Cómo es que pasó?
- No me es permitido compartir esa información con los alumnos. No quiero que llegue a los oídos de… ciertas personas – y por la forma en que dijo las últimas palabras, Joy se dio cuenta que McGonagall se refería a la profesora Umbridge.
- ¿Entonces por qué decidió decirme? No lo tome a mal, profesora – se apresuró a decir Joy –, se lo agradezco de todo corazón… pero me surgió esa pregunta.
- No me es desconocida la relación que usted y el señor Fred Weasley tienen.
Joy sintió como sus mejillas se teñían de un color escarlata. Se había empezado a acostumbrar que sus amigos dijeran que ella y Fred eran novios, pero jamás lo había escuchado de la boca de un profesor.
- Ahora vaya a su clase, y diga a su profesor que yo la he llamado porque quería arreglar algunos asuntos con usted, para no meterse en problemas. Si no le quiere creer, simplemente mándelo conmigo.
La profesora sabía que esa hora del día estaba dedicada a la clase de pociones con Severus Snape y que éste no tenía muy buena relación con los alumnos de la casa de Gryffindor. Mientras caminaba para salir del despacho, escuchó que la profesora le decía una última cosa:
- Y no vaya a intentar comunicarse de ninguna manera con Fred Weasley, por favor.
También ella sabía que el correo comenzaba a ser registrado por Filch, bajo las órdenes de Umbridge. Se alejó corriendo para llegar a su clase de pociones, que se encontraba en las mazmorras del castillo. Cuando llegó a clase, Snape estuvo a punto de quitarle cinco puntos por llegar tarde, pero ella le dio la explicación que la misma profesora McGonagall le había dicho. Su profesor no pudo hacer nada más que pedirle que tomara asiento.
No habían pasado ni 24 horas y ella ya extrañaba a Fred Weasley con cada fibra de su ser. Quería ver su rostro pecoso y lleno de vida, quería escuchar su risa cada vez que hacía alguna travesura, quería ver esa mirada que ponía mientras veía los efectos que causaban sus creaciones, quería escuchar su voz, quería sentir su mano sobre la suya. Mientras hacía la poción indicada e iba al armario para recoger cada ingrediente, Joy comprendió que no pasaría esa navidad con Fred, pues seguramente su familia querría estar junta después del accidente de su progenitor. Tal vez podría mandarle una carta en vacaciones, para saber cómo se la estaba pasando él y su familia.
"Te estás yendo demasiado hacia el futuro" le dijo una vocecilla, "Ni siquiera sabes si él volverá mañana a la escuela". Ella se quiso aferrar a eso. Estaba tan concentrada en sus pensamientos que ignoró completamente la mirada que le echaba Graham Montague desde el fondo del salón.
Graham tenía una extraña obsesión con ella. Al principio, cuando tenía 11 años, la había encontrado tímida y a él le gustaba abusar de los niños tímidos; pero conforme ambos fueron creciendo, también lo hizo el odio que albergaba hacia ella. No sabía de dónde había salido, pero cada vez que la veía sentía cómo su corazón martillaba contra su pecho, deseando... ¿qué? ¿Humillarla? ¿Aprovecharse de ella? ¿Qué? "¿Qué?" Era la misma pregunta que se hacía cada día. Le gustaba acosarla. Su acoso se había convertido en una manera de vivir a la que la joven se había acostumbrado y que la dejaba inconmovible. Había empezado a creer que aquel muchacho no volvería a perturbarla más.
Montague anhelaba recibir atención, se regodeaba en ella; para él, constituía una necesidad. Nada podía provocarle una frustración mayor que ver una persona que no reaccionara ante él. Poco importaba, en la profundidad de su ser, que la reacción fuera positiva o negativa: lo esencial era que la hubiera. Estaba seguro de que la muchacha le demostraba indiferencia porque él estaba tan acostumbrado a la atención y ella quería enseñarle que no él no era el centro del universo. Graham siempre tenía una expresión mezquina cada vez que la miraba. Era el último año, y se juraba a sí mismo que le enseñaría una lección.
oOoOo
La mayoría de las casas odiaban que Dolores Umbridge asumiera el control de Hogwarts. No habían imaginado que la odiarían más, hasta que llegó el día en que trató de echar del castillo a Sybill Trelawney, pero sólo había empezado a ser verdaderamente cruel. La mayoría de los alumnos que formaban el Ejército de Dumbledore se veían realmente afectados, pero no desistían en sus prácticas pues les llenaba de inmensa emoción estar contradiciendo lo que la Suma Inquisidora había ordenado. Incluso el día en que unos alumnos de Slytherin, junto con Umbridge, habían casi descubierto una reunión secreta del E.D. y tuvieron que cancelar todo, siguieron oponiéndose a su mando, aún cuando eso significaba ser castigado cruelmente. Nadie se había imaginado hasta dónde podía llegar su maldad… hasta el día en que Dumbledore desapareció del castillo y ella fue nombrada directora del colegio.
Desde que Umbridge había establecido la Brigada Inquisitorial, Gryffindor había ido perdiendo varios puntos, la mayoría injustamente. No podían opinar nada en voz alta sin cuidarse de que los estuvieran escuchando.
- No soporto más esta situación – dijo un día Alicia mientras veía cómo desaparecían unas gemas del reloj correspondiente a Gryffindor –. Sólo porque dije que ya quería que Dumbledore regresara para ser nuevamente director, esa Parkinson me quitó diez puntos. ¡Diez puntos por una simple opinión!
- La Cara de Sapo se arrepentirá ser directora después de que Fred y yo entremos en acción – dijo con una sonrisa George –. Por fin hemos terminado nuestros fuegos artificiales… ¡la volverán loca!
- Sólo quiero que sufra, la muy perra – dijo Lee mientras caminaban hacia el comedor.
- ¿A quién le dices así, Jordan? – dijo una voz detrás de ellos.
- A tu madre – respondió Fred al ver a Graham Montague, miembro de la condenada Brigada Inquisitorial.
- Cuida tu sucia lengua, Weasley. Quince puntos menos por tu majadería.
- Lárgate de aquí – dijo Joy, mirándolo con repulsión.
- Cinco puntos menos para ti, Lewis. Sólo por andar con un pobretón como ese.
- Patético – dijo George por lo bajo –. Simplemente patético.
Después de la comida, Fred y George habían planeado lanzar una bomba fétida en el despacho de la nueva directora. Era una jugada riesgosa, pero valía totalmente la pena. Angelina y Alicia dijeron que no querían involucrarse con la broma, porque el equipo de quidditch ya había pagado los platos rotos y no deseaban verse privadas del gran privilegio que constituía el volar en esos tiempos.
Fred trató de convencer a Joy de que se mantuviera alejada, pues no quería que ella pagara las consecuencias que acarrearía la bomba fétida, pero Joy se negó rotundamente. George y Lee estaban de acuerdo en que ella participara, pues necesitaban alguna distracción, y entre más pares de ojos sería mejor.
- Además – dijo Joy –, cómo no querer involucrarme si las bombas fétidas me recuerdan a los inicios de nuestra amistad.
- ¡Ah, es cierto! – dijo Fred mientras recordaba su primer año – Nosotros le lanzamos esa gran bomba a Montague para que dejara de molestarte.
- Pues, por lo visto, no fue lo suficientemente grande – dijo Lee riéndose –. Deberían de hacerlo pagar por 7 años de tortura hacia Joy.
- Créeme, seré feliz el día en que no vea su estúpida cara a cada rato.
El plan consistía en una bomba fétida a la que hechizarían como lo habían hecho con los pergaminos explosivos, para que tardara un poco en explotar, así les daría tiempo salir huyendo de allí sin que nadie supiera quién la había puesto. Los cuatro se habían puesto de acuerdo en cómo llevarían a cabo la broma: Lee iba a sacar a la directora bajo el pretexto de querer saber más sobre la Brigada Inquisitorial, entonces Fred y George entraría a poner la bomba en la oficina, Joy serviría de distracción y llamaría la atención de los miembros de la Brigada, para que no pudieran llegar a la escena del crimen. No era un plan muy elaborado y conllevaba sus riesgos, pues podía aparecer Filch en cualquier momento, o Umbridge no creería lo que Jordan dijera acerca de formar parte en el nuevo movimiento estudiantil o lo invitaría a pasar en lugar de salir y eso arruinaría por completo el plan, o que Joy no pudiera evitar que alguno de la Brigada fuese a descubrir la jugada. Aún así, todos estaban dispuestos a participar.
Si tan sólo tuviesen el magnífico mapa que le habían dado a Potter hacía dos años, así sabrían quién estaba cerca de allí. Habían decidido hacerlo esa misma tarde, antes de la hora de la comida, para que al salir todos los alumnos ellos pudieran confundirse entre la multitud.
Todos estaban en sus puestos. Lee se acercó con un escalofrío al despacho de la nueva directora, respiró profundamente y se plantó frente a la entrada; tocó la puerta y escuchó ruidos detrás de ella. Dolores Umbridge se dirigía a abrir la puerta.
Al doblar la esquina se encontraban los gemelos, vigilando cada uno que no viniese nadie. Sus corazones latían con fuerza, y la adrenalina corría por su sangre. Siempre se sentían así antes de hacer una broma de gran magnitud. Parecía que la suerte les sonreía, porque ni Filch ni Peeves ni ningún alumno pasaba por allí. Pronto escucharon cómo se abría la puerta del despacho.
Joy estaba en uno de los pasillos más cerca, dando de vueltas cuidando que nadie se acercara. Se sentía nerviosa al pensar que podría llegar toda la Brigada Inquisitorial, pues sabía que no podría impedir a más de cinco alumnos que no se acercaran. Tal vez podría detener a tres estudiantes, porque era rápida con la varita, pero no era ningún prodigio. Haber estado en el Ejército de Dumbledore hizo que ella pudiera aprender más cosas sobre defensa que todo el tiempo en que la Cara de Sapo había impartido clases.
- Directora Umbridge, gracias por concederme su tiempo para hablar conmigo – dijo Lee, tal como lo había planeado.
- ¿Cómo te llamas?
- Lee Jordan, directora.
La mujer entrecerró los ojos: - Recuerdo haber visto tu nombre en la hoja que le mostré al ministro para comprobar la existencia del Ejército de Dumbledore.
Por un momento Jordan no supo qué contestar. Eso no había formado parte del plan. Él no sabía que ella había encontrado esa hoja donde todos firmaron con su nombre estando de acuerdo en no revelar la existencia de dicho grupo. Tenía que hacer algo rápido.
- Oh sí, pero como sabrá nunca hubo alguna reunión y no supe muy bien de qué se trataba todo eso – al menos algo así había escuchado en los rumores que corrían acerca de cómo y por qué Dumbledore había desaparecido de Hogwarts.
- Así que no sabes nada, ¿eh? – Dolores comenzó a utilizar nuevamente esa vocecilla de niña –. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
- Quisiera… quisiera saber más acerca de la Brigada Inquisorial.
- Brigada Inquisitorial – corrigió secamente Umbridge.
- Sí, claro, Brigada Inquisitorial – chasqueó los dedos, se estaba poniendo muy nervioso, "Contrólate Lee, contrólate" –. Verá, directora, he notado que ellos mantienen un orden en medio de este caos que se está convirtiendo el colegio.
Umbridge le miró como si no le creyera del todo. Ella lo había visto en sus clases jugando y riendo, en el comedor siempre estaba rodeado de aquel grupo de revoltosos y pendencieros. Sospechaba de sus razones, pero también sabía que podía manejar al muchacho de tal modo que le sacar información acerca del movimiento prohibido. Y, si aquel chico no hablaba por sus medios, ¡oh!, ella lo haría cantar por los suyos. Sonrió maliciosamente, su mente ya estaba preparando el mejor método para arrancarle todo lo que supiera.
Fred y George se escondían tras la pared y esperaban con ansias que ella le creyera y se alejara de allí, pues la bomba podía explotar en cualquier momento.
- Bien – dijo después de lo que le parecieron horas a Lee –, pasa a mi despacho y hablaremos.
Joy seguía en el pasillo, con el corazón más tranquilo, pues nadie se había acercado. No habían pasado ni diez minutos y ella esperaba ver a sus tres amigos regresar con una sonrisa triunfante en la cara. Se había recargado en el muro y giraba su varita entre sus ágiles y delgados dedos. Le gustaba ver cómo daba de vueltas entre sus manos. Sin el menor aviso, una figura apareció en el pasillo.
"Graham Montague". No se sentía angustiada, pues había casi deseado que él fuese el único que se apareciera. No le importaría lanzarle un Petrifucus y dejarlo allí hasta que alguien lo encontrase.
- ¿Qué haces aquí, Lewis? ¿Quieres que te quite puntos?
- Me gustaría verte intentarlo.
Lee Jordan no había planeado qué decir si la Cara de Sapo lo invitaba a su despacho. Eso echaría a perder todo.
"¡No, así no!". – Pero, directora Umbridge, me… me gustaría que… que me acompañara a… a ver el decreto y me lo explicara usted misma. ¡Sí, eso es!
- ¿Por qué quieres que te acompañe a ver el decreto? – preguntó Umbridge. Estaba completamente segura que algo traía entre manos el muchacho.
- Pues, quisiera que me explicara algunas partes que no entiendo del todo.
- ¡Pero si es muy claro!
"Apúrate Lee, apúrate". Los gemelos comenzaban a ponerse nerviosos, pues sentían como la bomba comenzaba a temblar en sus manos, signo de que estaba a punto de estallar. Debían desarrollar mejor sus planes para la próxima vez, pero la emoción de poner una bomba fétida en el cuarto donde ahora estaba la directora no los hizo pensar ni repasar todos los detalles.
- ¿Qué hacemos si esto nos explota en las manos, Fred?
- Huir lo más rápido que nos lo permitan las piernas y esperar que nadie nos atrape.
Joy se sentía como en esas películas de vaqueros que había visto con su madre. Al otro lado del pasillo se encontraba su peor enemigo, y ella estaba lista para utilizar algún hechizo, pues tenía la varita en la mano. Era una ventaja que tenía sobre Montague, que se había guardado la varita en el bolsillo y si éste hacía algún movimiento para llegar a ella, se delataría y ella podría atacar antes de que él lograra sacarla. Lo único que podía hacer Graham era hablar para distraerla.
- Sabes que tengo el poder para hacerlo. La directora de Hogwarts nos ha dado esa autoridad.
- Me importa un comino.
- Recuerda que ya te he quitado cinco puntos esta mañana después de lo que tus… - se detuvo y pensó mejor lo que iba decir, tras ver un brillo en la mirada de Marjory que le advertía irse con cuidado – amiguitos dijeron sobre la directora.
- En realidad no se lo decíamos a ella.
- Ah, cierto. Ese Fred dijo que era sobre mi madre.
- Lo decíamos de ti.
Ella levantó la varita dispuesta a atacar. Lo estaba disfrutando tanto.
- Pero, directora… debe acompañarme – insistió Jordan al ver las cabezas asomadas de los gemelos. Sólo con sus gestos él entendió que la bomba estaba por estallar.
- ¡Ya te lo dije, Jordan, es muy claro! – Umbridge comenzaba a perder la paciencia. Jamás había sido muy buena con los niños –. O, ¿acaso sucede alguna otra cosa? ¿Algo que te gustaría compartir conmigo? ¡Habla!
- Yo… - "Piensa rápido Lee" – logré enterarme que alguien iba a hacer algo con los decretos que colgaban en la pared. Pensaban destruirlos.
- ¡Serán idiotas todos ustedes! – gritó la mujer.
"¡Bingo!"- Sí, escuché a unos alumnos que querían echarles algún maleficio o algo por el estilo. Venga, rápido.
Ni corta ni perezosa, Dolores Umbridge salió de su despacho y siguió a Lee Jordan por el pasillo, sin detenerse a cerrar la puerta. Fred y George entraron corriendo para dejar su pequeño regalo apestoso y salieron pronto de allí. Su propósito era que la bomba explotara mientras la directora se encontrara nuevamente allí, pero no estaría todo perdido si ella llegaba y se encontraba con su adorada sala rosa impregnada de un olor a putrefacción.
Ahora tenían que ir por Joy, que se encontraba cerca de allí y todo habría salido casi a la perfección. No fueron los únicos que escucharon un grito que provenía del pasillo donde ella se encontraba, pues en ese momento Lee Jordan vio cómo la Cara de Sapo se daba vuelta para saber qué o quién había ocasionado ese grito.
- ¡Sect…!
- ¡PETRIFICUS TOTALUS! ¡JA!
Con regocijo, Joy vio cómo Graham Montague se quedaba petrificado con la boca abierta y los ojillos abiertos de par en par. Esta vez era él el afectado con ese hechizo, y a ella no le había importado gritar para celebrarlo.
- ¡Palalingua! Así no hablarás después de un rato.
Fred y George llegaron corriendo al lugar y se rieron en la cara del slytherin.
- ¿Les dirás a todos tus compañeros de la Brigada que una chica te venció? – se burló George.
- Debemos irnos antes de que alguien llegue – dijo Fred, sin decir el nombre de Umbridge, pues eso los delataría.
Tomó a Joy de la mano y echaron a correr por el pasillo, pero ella no se resistió a gritarle por última vez a su víctima.
- ¡CHÚPATE ÉSA, MONTAGUE!
La directora llegó corriendo y encontró a su alumno petrificado.
- ¡Finite! ¿Quién te ha hecho esto?
Graham Montague recuperó la movilidad, pero su lengua seguía pegada al paladar. Umbridge sólo había terminado con un hechizo, y no se había dado cuenta que el slytherin sufría de un segundo.
- ¡FINITE INCANTATEM! – gritó nuevamente el contra hechizo, ahora con desesperación en la voz –. ¿Me vas a decir quién demonios te ha hecho esto?
- Lewis, directora. Fue Marjory Lewis la que me hizo esto.
Dolores Umbridge se dirigió a su despacho con una mezcla de satisfacción y furia. Malditos estudiantes, seguramente entre Lee Jordan y Marjory Lewis habían planeado todo para cobrar venganza de Montague. Por eso era que el gryffindor insistía tanto en alejarla de allí. ¡Ah! Tenía a dos alumnos cuyos nombres estaban escritos en esa maldita hoja del Ejército del Viejo Chiflado. Podría sacarles información sobre dónde se encontraba ahora el mago, o sobre el mismo E.D. (como ellos mismos habían abreviado su asociación). Ya la recompensaría grandemente el ministro.
Entró y cerró la puerta con un fuerte golpe. Dejó su varita en su escritorio y comenzó a buscar su terrible pluma especial para castigos, toda ella temblaba de emoción al pensar el sufrimiento que les ocasionaría. No había nada más que le gustara hacer en Hogwarts. No se dio cuenta que había un pequeño bulto en su silla, hasta que fue demasiado tarde.
La bomba explotó, llenando el cuarto inmediatamente de un olor fuerte y almizclero. La nube verdosa le impedía ver dónde estaba y sus ojos de sapo se irritaron y comenzaron a llorar debido al fuerte olor. Huevos podridos, calcetines sudados, azufre, caño atascado, alimentos en estado de putrefacción, y excrementos de algún gran animal hacían que esa bomba fuese especialmente apestosa. Los gemelos no se habían medido al introducir olores asquerosos a la bomba.
- ¡FILCH! ¡FILCH VENGA A AYUDARME! ¡FIIIIIIIIIIIIILCH!
En su desesperación por acabar con el olor, y la falta de visibilidad, había buscado su varita pero sus movimientos toscos y torpes hicieron que ésta rodara por el suelo y se perdiera. Logró llegar a su ventana y tuvo la intención de abrirla, pero se encontraba atascada. "Jamás volveré a dejarla cerrada" se dijo a sí misma.
El conserje llegó corriendo a ayudarla. Abrió la puerta y una nube oscura salió de la habitación, seguida de una mujer baja y rechoncha. Dolores Umbridge tosía con fuerza y se sostuvo de los pantalones de Filch, inclinándose debido a la fuerza con la que trataba de expulsar el asqueroso olor de sus pulmones. No pudo evitarlo, y vomitó justo en los zapatos de Filch, salpicándose la falda y los zapatos lustrosos. Entre jadeos y lloriqueos logró alejarse de su despacho. Con su mano rechoncha se limpió la cara, y entonces sintió una nueva ola de vómito subiendo por su garganta. Su rostro debió haber presagiado lo que se venía, porque Filch se alejó lo suficiente para evitar ser bañado nuevamente de vómito. La señora Norris, la gata del conserje, que nunca se separaba de su amo, decidió correr de allí; a Filch le hubiera gustado imitarla. Umbridge se sentía impotente a la reacción de su mismo cuerpo ante la pestilencia que la rodeaba. Había sido una bomba realmente potente.
oOoOo
Con todo el jaleo de la bomba fétida, Umbridge olvidó que había ido a su despacho para castigar a Marjory Lewis y a Lee Jordan. Filch juraba y perjuraba que los gemelos habían puesto la bomba, porque no era la primera vez que eso pasaba. Y cuando fueron a pedir cuentas a los pelirrojos, se llevaron una grata sorpresa, porque Minerva McGonagall dijo que ellos habían estado trabajando con ella sus hechizos de conjuración, pues eso entraría en sus EXTASIS. Los gemelos no tuvieron el valor de contradecirlo, porque era la primera vez que un profesor mentía por ellos para sacarlos de algún problema. ¡Y jamás lo habrían creído de McGonagall! Salieron del salón de Transformaciones con el alma henchida de agradecimiento hacia su profesora. Y ella simplemente les dijo que siguiera practicando. Aunque podían jurar que les había sonreído al salir.
Eso mereció una gran celebración en la sala común de Gryffindor. Todos allí sabían quiénes habían hecho eso, y los consideraban unos héroes. Nada podía ir mal, porque tenían las armas para desesperar a la "Suma Inquisapo".
Pero Joy, que había pasado 7 años descubriendo su carácter, sabía que Graham Montague no dejaría pasar su pequeña insubordinación de ese día. Ahora no tenía miedo, pues la niñita tímida y miedosa que había sido a su llegada de Hogwarts se había ido, y ella sabía que podía enfrentarse al slytherin sin ponerse en demasiado peligro. También sabía que Fred no la dejaría sola en ningún momento.
Al siguiente día iba saliendo de su clase de Astronomía. Era de sus clases favoritas, porque le gustaba pensar que la acercaba más a su madre, ya que ambas contemplaban el mismo cielo, aún cuando estaban tan lejos. Era la única clase que no compartía con Fred, pero sabía que él siempre la esperaba a las afueras de la torre, para que no se fuera sola hasta la sala común.
- Señorita Lewis – la llamó la profesora Sinistra –, me gustaría hablar sobre la excelente tarea que me entregó hace una semana. Su mapa fue de los mejores.
Joy se quedó escuchando lo que la profesora tenía que decirle, y vio cómo la torre quedaba vacía. Fred seguramente se estaba preguntando dónde se habría metido. No quería parecer descortés con su profesora, pero la verdad es que ya tenía muchas ganas de irse de allí; no sólo para reunirse con su novio, sino que tenía que llegar temprano a su sala y seguir con las tareas. Al finalizar la charla, Aurora Sinistra fue a dejar a Joy hasta las mismas puertas de la torre, ya la chica se encargaría de bajarlas sola.
La muchacha bajó corriendo las escaleras, esperando encontrarse con el pelirrojo, pero allí no había nadie. Fred se había ido, seguramente pensando en que ella ya estaba en la sala común.
- ¡Genial! Ahora debo irme sola – tomó con fuerza su mochila, sujetó la varita con una mano, y dijo: – Lumos.
De su varita salió una luz entre azul y plateada y alumbró su camino. Se dirigió hacia la torre de Gryffindor con despreocupación, repasando mentalmente lo que había aprendido esa noche en clase. Aún se escuchaban algunos ruidos en el castillo que seguramente provenían de los fantasmas o de Peeves, así que no se inmutó. Pasó junto a varios salones vacíos y cerrados, hasta que se topó con uno que sí estaba abierto.
- Qué raro… – comenzó a decir mientras se acercaba a investigar –. ¿Aula 7C? Ni siquiera la conocía.
Con su varita iluminó la habitación y la encontró vacía, con excepción de algunos bancos y escritorios. Parecía ser una clase de bodega en la que metían los materiales viejos. Al menos no recordaba haber tomado alguna clase en ella. Se encogió de hombros y se dirigió hacia la salida. Entonces una figura salió de entre las sombras y cerró con fuerza la puerta.
- ¡Pero qué tonta eres Marjory! ¿Pasear sola a estas horas de la noche?
Ni siquiera la sorprendió, sólo que se sintió tremendamente estúpida. Desde un principio sabía que él iba a cobrársela por haberlo petrificado. Joy iluminó a Graham con su varita, y movió con pesar la cabeza. Él era mucho más alto que ella, y más fornido porque era un jugador de quidditch, aún así Joy no se sentía amenazada.
- Nunca ha sido peligroso caminar por el castillo en la noche.
- ¿No me conoces?
- Sabía que te ibas a vengar, no pensé que lo harías tan rápido. Sabes que pudo volver a petrificarte, ¿cierto?
Tanto ella como Graham tenían en sus manos sus varitas, dispuestos a lanzarse el primer hechizo. Él comenzó a acercarse a ella aún apuntándola. Joy no lo pensó dos veces.
- ¡Expelliarmus!
Y la varita de Graham voló hasta sus manos. No pudo evitar sonreír con su victoria. El slytherin estaba furioso y corrió hacia ella. Entonces supo que estaba en problemas. Logró esquivarlo y corrió directamente a la puerta, sujetando ambas varitas; esta vez no dejaría caer la suya y se defendería. Estaba a punto de llegar cuando Graham la sujetó por la espalda y la arrojó lejos de allí. Joy cayó con un sonoro golpe, pero no lanzó ningún grito, no iba a darle la satisfacción de verla sufrir. Comenzaba a sentir miedo, pero no iba a dejarse dominar por él.
Graham se sintió complacido cuando ella cayó al suelo, pero su odio creció más al verla de pie. Al levantarse de nuevo, con la mirada indiferente, pero al mismo tiempo ingobernable, que volvía vidriosos los ojos de la joven lo irritó más aun. Habría querido encontrar un medio para lograr que tuviera alguna reacción.
La joven se sintió incómoda; sabía que no debía someterse, se sentía turbada y Montague lo estaba disfrutando. Él se alegró de que esa molestia en ella hubiera ocurrido; finalmente, había derribado sus defensas. Lo excitaba verla tan confundida y desconcertada, y eso le inspiró el deseo.
Fred había llegado a la sala común, pensando que Joy se había escabullido entre la multitud. A veces lo hacía, por el simple hecho de jugar con él; y cuando él aparecía en la sala común, ella se le echaba al cuello mientras se reía abiertamente, preguntándole porqué había tardado tanto en llegar. Pero esa noche ella no se encontraba allí. Le pareció raro y se acercó a Alicia, que tomaba la misma clase con Joy.
- Oye, Alicia, ¿qué pasó con Joy?
- La profesora Sinistra la llamó y se quedó un rato.
- Pero ya ha pasado mucho tiempo, vi bajar a todos… Ella no estaba por ningún lado.
- Seguro no tarda en llegar.
Fred se quedó sentado mirando el agujero donde algunos alumnos seguían entrando con la esperanza de ver a su novia llegar. Pero pasaban los minutos y Joy no regresaba, comenzaba a ponerse nervioso.
- George – se acercó a su gemelo –, ella no llega.
- Dale unos cinco minutos más, sino aparece la iremos a buscar.
También George comenzó a preocuparse. No era normal que Joy llegase tan tarde a la sala común.
- ¡Depulso! – gritó Joy, viendo como Graham era lanzado contra la puerta del salón.
El muchacho se levantó emitiendo un gruñido. Necesitaba quitarle las dos varitas a como diera lugar.
- No estoy indefensa esta vez, Graham – dijo Joy, recordando el dolor causado por un extraño cuando tenía 8 años, y el miedo que la había paralizado cuando Montague la había atrapado la primera vez –. ¡Desmaius!
Pero Graham logró esquivar el hechizo. Ella volvió a lanzarlo y él volvió a librarse por los pelos de que el hechizo lo tocara. Entre más se movía para evadir los ataques de la chica, más se acercaba.
- ¡No soy la misma niñita que recuerdas! – Joy estaba francamente desesperada. Sus intentos por defenderse eran inútiles –. ¡Puedo defenderme sola!
Entonces se arrojó hacia Joy, tirándola al suelo y apresándola con su cuerpo. Ella se movía para lograr zafarse de él. ¡No lo iba a dejar! La razón la abandonó; logró ponerse en pie y echó a correr, pero Graham fue demasiado rápido. La agarró de la falda, la arrojó al suelo y le golpeó la cara, cortándole el labio con su rudo puño. Empezaba a disfrutar. Demasiadas veces se había dominado cuando deseaba poseerla, pero ahora no había allí nadie para detenerlo. A causa del dolor, ella soltó las varitas y se llevó la mano a la cara.
Joy estaba frenética; trató de levantarse y él volvió a golpearla. Estaba consiguiendo una reacción tal como nunca la esperara, y eso despertaba en él lujuria mayor. Iba a amedrentar a aquella muchacha insolente. La azotó contra el suelo una y otra vez, y sintió una enorme satisfacción al sentir que la joven se encogía cuando iba a golpearla de nuevo.
La cabeza de ella zumbaba, la sangre le corría por la nariz y la comisura de la boca. Trató de incorporarse, pero él la retuvo tendida. Luchó contra él, golpeándole el pecho con los puños, sin hacer mella en su cuerpo musculoso, pero aquella resistencia provocó una mayor lujuria aún. Nunca se había sentido tan estimulado. La violencia incrementaba su pasión y la lujuria daba mayor fuerza a sus golpes. Se deleitaba en su resistencia y con un movimiento rápido le arrancó el suéter.
- Harry – dijo Fred bastante agitado –, préstanos el mapa del merodeador. Necesito saber dónde está Joy.
- Sí, claro… está en mi habitación.
Harry notaba lo tensos que estaban los gemelos y los condujo rápidamente hasta su dormitorio. Tenía la costumbre de dejar el mapa en un lugar donde lo tuviera a mano, así que abrió la cómoda que tenía junto a su cama y sacó un pergamino en blanco.
Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas – dijo mientras tocaba el mapa con su varita.
Con rapidez comenzaron a buscar el nombre de Joy entre todos los lugares que mostraba el mapa. Harry veía cómo los gemelos pasaban sus manos por las hojas, casi con desesperación. Él también veía las pequeñas huellas que iba de aquí para allá, su mirada se detuvo en Ginevra Weasley. Entonces George le arrebató el mapa de las manos y se lo mostró a su hermano, que ni siquiera dijo nada, simplemente salió como rayo de la habitación. George dejó caer el mapa mientras seguía a su hermano corriendo por las escaleras. Harry levantó el pergamino y se fijó en dos puntitos que aparecían en una sala: Marjory Lewis-Gresham y Graham Montague.
Fred sentía que las piernas le fallaban mientras salía del agujero que cubría la señora gorda. Supo que había empujado a varios alumnos de primer año cuando atravesó la sala común, pero eso no le importaba. Tenía que llegar con Joy antes de que algo malo le sucediera. Se sentía frenético por encontrar a su novia, estaba enojado consigo mismo por haberla dejado sola, y quería romperle la cara a Montague. Sabía que su hermano iba detrás de él, y se lo agradeció.
Pasaron volando por los oscuros y solitarios pasillos del castillo, con un mismo propósito. No les importaba que Filch llegara a gritarles, o que Umbridge los descubriera fuera de sus camas a esa hora. No importaba nada en ese momento. Fred escuchaba los furiosos y aterrorizados latidos de su corazón, y tenía un nudo en la garganta; estaba consciente de que la vista se le comenzaba a nublar, la cabeza le martillaba, pero él seguía corriendo.
Llegaron al salón donde habían visto los nombres y lo abrieron con fuerza. Allí al fondo se veía una extraña silueta; la luz de la luna alumbró la habitación y descubrieron a Graham montado sobre otra figura más pequeña y delgada. Fred pudo ver un estómago pálido y luego el sostén blanco de Joy. Montague le había arrancado la blusa y los pequeños botones estaban dispersos por el suelo.
- Fred – dijo débilmente la chica, alzando la cabeza. Por la forma en que lo dijo, se notaba que había perdido toda esperanza.
Fred quería sacarle los ojos a Montague por haberla visto así. Quería arrancarle las manos por haberse atrevido a tocarla. Quería matarlo por lo que le había hecho. Con dos zancadas entró en la habitación y agarró de los cabellos a un aterrorizado Montague. Lo lanzó con todas sus fuerzas hacia la ventana, causando que algunos cristales se rompieran por encima de su cabeza. El pelirrojo arremetió y lo golpeó de llenó en la cara, sintiendo la sangre caliente que corría de la nariz del slytherin.
George se había acercado a Joy para levantarla, y ella se arrojó a sus brazos temblando. Tenía sangre en la cara, los labios se le estaban inflamando, tenía un ojo morado, las piernas rasguñadas, y las uñas rotas. Se notaba que había arañado a su atacante para defenderse. El pelirrojo recogió el suéter de la chica y la cubrió, luego sacó un pañuelo de su bolsillo y comenzó a limpiarle con cuidado la cara. Le importaba en lo más mínimo lo que Graham Montague estaba sufriendo a manos de su hermano.
Fue la misma Joy la que detuvo la situación. Se acercó a su novio y le puso una mano en el hombro, mientras éste iba a golpear nuevamente a Montague.
- Fred – repitió Joy –. Ya basta.
- ¡Te hizo daño! ¡Se lo merece!
- Él tiene razón – dijo George cruzado de brazos, sin atreverse a acercarse a su hermano –. Tiene que pagar por lo que te hizo.
- No lo logró – dijo Joy con un temblor en la voz –. No lo logró, yo se lo impedí. No lo hizo.
- ¿La violaste, maldito hijo de…?
- ¡NO! ¡NO LO HICE! – gritó Montague empujando a Fred lejos de sí – ¡MIRA MIS BRAZOS Y MI CARA! ¡TENGO SUS MALDITAS UÑAS ENTERRADAS!
- Fred, vámonos – suplicó la chica –. Déjalo, no se merece tu atención. Por favor, hazlo por mí
- Hay que irnos, Fred – dijo su hermano detrás de él –. Debemos llevar a Joy a la enfermería.
Al final el pelirrojo relajó el puño y se alejó del muchacho que seguía parado frente a los ventanales rotos. Tomó la mano que le ofrecía Joy y salió de allí, acompañado con dos de las personas que más le importaban en el mundo.
Tanto Fred como Joy sentían que las piernas les temblaban, pero seguían caminando hacia la enfermería. Ya pasaba de la media noche y estaban seguros que madame Pomfrey ya estaba dormida. Se movían en silencio, conscientes de la horrible situación que habían pasado esa noche. Los tres tenían la sensación de querer vomitar, de querer romper a llorar. Dumbledore jamás habría permitido que algo así sucediera en la escuela. Se sentían como tres niños pequeños perdidos en una vasta oscuridad; hubo un momento en que los tres se tomaron de las manos, simplemente para no sentirse tan solos.
Tocaron varias veces a la puerta de la enfermera, hasta que ella les abrió.
- ¡Por los pantalones de Merlín! ¿Qué te pasó niña?
- La atacaron, en una de las aulas vacías – dijo George antes de que sus compañeros hablaran.
- Trataron de violarla – sentenció Fred con frialdad.
- ¡¿Trataron de hacer qué?!
Madame Pomfrey los hizo pasar rápidamente a la habitación y sentó a Joy en una de las camas. Cuando era más chica, ella solía ir por las noches a causa de las pesadillas que tenía, y la enfermera le había cobrado realmente cariño a esa muchachita de ojos azules y sonrisa tímida.
- No te muevas. Voy a ir por Minerva. Ella tiene que saber esto – dijo mientras se amarraba la bata y salí corriendo.
Pronto llegaron las dos mujeres, seguidas por otra más bajita que ellas. Umbridge había hecho una rabieta porque no le habían dicho qué sucedía a tan altas horas de la noche, y madame Pomfrey y la profesora McGonagall le importó un comino cuando ella comenzó a seguirlas hacia la enfermería.
- ¿Quién te hizo esto, muchacha? – preguntó con severidad la jefa de la casa de Gryffindor. Estaba conmocionada.
- Graham Montague – aunque Joy sentía que su cuerpo estaba roto, sabía que nada más había pasado. Tuvo que reunir toda la fuerza que tenía, contar hasta mil mientras respiraba. Si dejaba llevarse por sus recuerdos, estaba perdida. Necesitaba tener la mente clara y las palabras brotaron de su boca.
- Es de la casa de Slytherin, ¿cierto?
- Desde primer año le tiene manía, Minerva – dijo la enfermera.
- Él forma parte de mi Brigada Inquisitorial – repuso con rapidez Umbridge –. Seguramente la encontró haciendo algo indebido y decidió castigarla.
- ¿Castigarla con una violación? ¡Estás enferma Dolores! – McGonagall alzó la voz mientras miraba con fiereza a la rechoncha directora.
- Cuida lo que dices, Minerva – respondió ésta con su vocecita de niña –. Él forma parte de MI asociación y yo responderé por él.
- ¡La trató de violar, vieja loca! – gritó Fred poniéndose de pie.
- ¡Usted cállese Weasley!
- Él es alumno de MI casa y yo respondo por él – dijo Minerva McGonagall irguiéndose cuan alta era.
La cabeza de Joy palpitaba a causa de tanto golpe y tantos gritos. Madame Pomfrey curaba sus heridas y le reparaba los huesos rotos, mientras murmuraba su desaprobación por la directora y sus extrañas maneras de ver un castigo. George estaba sentado a un lado de ella, tomándola de la mano y mirando cómo lágrimas silenciosas recorrían el rostro de su hermano.
- El presunto, ejem, culpable ni siquiera se encuentra aquí. ¿Pretenden hacerme creer que esto fue una supuesta violación?
- ¡No llegó a serlo porque nosotros lo impedimos! – dijo Fred.
- La señorita Lewis es una irrespetuosa, seguramente alguien quiso enseñarle una lección…
– ¿Una lección? – George estaba asqueado por la mentalidad de aquella mujer.
– A dormir todos – dijo Umbridge, dando un par de palmadas –. Como directora quiero que mis alumnos estén bien cuidados y no permitiré que nadie esté fuera de la cama a estas horas. Forma parte de mis estrictas reglas para mantener el orden de este lugar.
- Escucha tus propias palabras, Dolores… – dijo fríamente McGonagall –. Tú eres la primera en incumplirlas.
- Vuelves a hablar y te largas de Hogwarts – Umbridge sonreía maliciosamente, juntando sus manos. ¡Oh, le agradaría tanto tener fuera a esa peligrosa aliada de Dumbledore!
- Déjele hablar, profesora – dijo George –, es lo que ella quiere: sacarla de aquí. Pero Hogwarts la necesita, ya no diga nada.
Minerva McGonagall miró con desprecio a la rechoncha bruja, y después se dirigió hacia madame Pomfrey, pero ésta simplemente asintió con la cabeza. Sus alumnos estarían en buenas manos con la enfermera. Entonces la jefa de la casa de Gryffindor salió con elegancia y fuerza de allí.
- Ya, a dormir señores Weasley.
- Ellos se quedarán aquí, directora – dijo la enfermera –. Necesitan pociones para dormir y sólo aquí yo los puedo cuidar.
- Como quieras.
Esa noche los tres amigos se quedaron en la enfermería. Joy se pasó a la cama de Fred, para que éste la abrazara, y sólo así pudo pasar la noche.
oOoOo
Dolores Umbridge no hizo nada para castigar a Montague. Él se la pasaba presumiendo haberse salido con la suya. Ni Joy ni los gemelos dijeron qué había pasado esa noche, no porque temieran ser castigados por sus actos, sino porque sabían que el chisme se correría con rapidez en Hogwarts, y muchos comenzarían a ver a Joy de otra forma. Estaban seguros que habrían personas que la culparían a ella por caminar sola por los pasillos del castillo, sola. La culparía a ella, a su vestimenta, a la hora, a su decisión de entrar al aula vacía... a todo, menos al verdadero culpable.
Su último año no había sido el mejor de todos, pero al menos ya iba a terminar. Quería sacarse de la cabeza lo que había sufrido, pero sentía que el recuerdo estaba grabado con fuego dentro de su mente. Sufría de estrés postraumático, lo sabía. Esos días se mostró seria y cerrada con todos, menos con los gemelos, aunque incluso con ellos no hablaba como de costumbre. Ellos tampoco se encontraban con su usual buen humor. El ambiente en la sala común necesitaba de sus bromas, y Lee Jordan hacía todo lo que podía para animar a sus amigos.
Graham había salido muy herido del aula pero, a diferencia de los tres gryffindor, él había regresado a su sala común y allí sus más cercanos compañeros le ayudaron a curar sus lesiones. No sabía cómo calificar aquella noche, había estado a punto de lograr su objetivo. Cada vez que lo recordaba, revivía el placer de ver a Marjory en el suelo, sangrando y suplicando que no le hiciese daño. Éso le hacía hervir la sangre. Pero después habían llegado los gemelos, arruinando todo. Casi había llegado a poseerla, pero el idiota de Fred Weasley lo había golpeado con tanta fuerza que su cabeza aún dolía. Les dijo a sus demás compañeros que el pelirrojo había tratado de matarlo. Probablemente, nadie le creyó; aunque, al ver su condición, se incrementó la aversión hacia los leones.
– Tú quisiste matarme hace unos días – le dijo Montague a Fred, mientras le cerraba el paso hacia uno de los jardines del castillo –. No te vas a salir con la tuya.
Ese día, a la hora de receso, Graham Montague había querido jugárselas a los gemelos, pero ellos no se lo permitieron.
– ¿Y qué vas a hacerme? – preguntó desafiante el pelirrojo –. ¿Lo mismo que a Joy?
– Serás desgraciado – dijo George, acercándose al muchacho.
– Conozco maleficios que ustedes no. Sé cómo prender fuego a su sangre para hacer que sufran una de las muertes más dolorosas. Aprendí a llenar las almas de mis enemigos con oscuridad, y hacer que se olviden de sí mismos con una simple palabra. Aprendía...
– Ya cállate – lo interrumpió Fred con mueca de hastío.
George lanzó un hechizo para inmovilizarlo, y con una mirada de complicidad entre él y su hermano, atraparon al slytherin. Montague era bastante fuerte, pero los gemelos sabían lidiar con cualquier cosa cuando estaban resueltos. Lo llevaron arrastrando hasta el primer piso. Allí sabían, porque Nick Casi Decapitado se había mostrado muy orgulloso de haberlo hecho y lo contó a todos los alumnos de Gryffindor, que estaba un armario que él había arrojado hacía algunos años. Sonriendo más para sí mismo, tiraron de Graham hasta que encontraron el lugar indicado para ocultarlo.
– El armario evanescente – dijeron al unísono observando cómo Montague caía en la cuenta de lo que ellos iban a hacerle.
– ¡Ni se atrevan a hacerme algo! – chilló aterrorizado el slytherin – ¡Umbridge no permitirá que ustedes me hagan más daño!
– Bueno, Graham, fue un placer haberte golpeado… – dijo Fred con una sonrisa siniestra.
– Pero debes aprender a que jamás debes abusar de una chica… – añadió su hermano.
– Y la verdad es que desde siempre habíamos tenido ganas de darte una lección.
– Debido a que la violencia sólo fomentará más violencia… – George hizo un ademán parecido al de los ángeles que generalmente hay en las catedrales de Londres.
– Hemos decidido que debes encontrar otro lugar donde vivir.
Y con una gran sonrisa en el rostro empujaron a Graham Montague de cabeza en el armario roto. Se sacudieron las manos como si las tuviesen llenas de polvo y salieron del salón chiflando alegremente.
oOoOo
- Lo han visto, ¿verdad? – comentó Fred.
Él y George habían bajado por la escalera de mármol y se reunieron con Harry, Ron, Hermione y Ernie frente a los relojes de arena.
- Malfoy acaba de descontarnos cincuenta puntos – explicó Harry, furioso, mientras unas cuantas gemas más pasaban de la parte inferior a la superior del reloj de arena de Gryffindor.
- Sí, Montague también ha intentado jugárnosla en el recreo – aseguró George.
- ¿Qué quieres decir con eso de que lo ha intentado? – preguntó rápidamente Ron.
- No ha podido pronunciar todas las palabras – explicó Fred –, porque lo hemos metido de cabeza en el armario evanescente del primer piso.
Hermione estaba horrorizada.
- ¡Ahora sí que se han metido en un buen lío!
- No hasta que Montague reaparezca, y pueden pasar semanas. No sé a dónde lo hemos enviado – comentó Fred, impasible –. Ahora, si no les importa, quisiera irme a reunir con Joy para darle esta maravillosa noticia.
Ésta fue la primera escena que nació en esta historia. El mal siempre radica hasta en los lugares que creemos más seguros.
¿Te sientes con ganas de escribir un review? ¡Escríbelo! :)
