Edward sintió que el pánico lo ahogaba. Se quedó mirando el rostro pálido y compungido de Bella, consciente de que su momento había llegado. Quizá siempre había sabido que llegaría. Nunca había creído que fuera posible que Bella no se enterara de la verdad. Además, le parecía una tontería ocultársela. Estúpido viejo. Charlie Swan no quería que su preciosa hija sufriera y se había convertido en el responsable del mayor disgusto de su vida. Ahora, Edward iba a quedar como el mayor canalla de la historia.
–Me importas mucho –dijo.
La ira y el miedo se adivinaban en los ojos de Bella. Su contestación había sonado poco convincente incluso para él.
–Dime la verdad. No me trates con condescendencia ni me susurres bonitas palabras para calmarme. Te he hecho una pregunta muy sencilla, Edward, ¿me quieres?
–La verdad no es siempre agradable de oír, Bella. Ten cuidado cuando preguntes por la verdad porque puede ser más dolorosa que el desconocimiento.
Ella palideció aún más. Su mirada estaba apagada, como si se hubiera extinguido una llama. Por un momento pensó que se iba a dar por vencida, pero se cuadró de hombros y habló con voz ahogada.
–La verdad, Edward. Quiero la verdad, necesito saberla.
Edward soltó otra maldición y se pasó la mano por el pelo.
–De acuerdo, Bella, no, no te quiero. Me importas mucho. Me caes bien y te respecto, pero si quieres saber si te quiero, lo cierto es que no.
Ella dejó escapar un gemido de dolor. Era como si un cuchillo le estuviera atravesando el corazón.
Quizá ahora pudieran ser completamente sinceros y así dejaría de sentirse como un canalla.
Bella empezó a apartarse, pero dio un traspié y extendió el brazo para apoyarse en la repisa de la chimenea. Él la sujetó tomándola de los hombros y la acompañó a la cama, donde la obligó a sentarse.
Edward dio un paso atrás y suspiró. Antes de que pudiera decir nada, ella lo miró y él se estremeció al ver la vulnerabilidad de sus ojos.
–He hecho el ridículo –susurró ella–. Qué estúpida e ingenua he sido. Cómo te has debido de reír.
–Maldita sea, Bella. Nunca me he reído de ti. ¡Nunca!
–Te quería –dijo dolida–, y pensé que tú también me amabas. Pensé que nos casábamos porque lo deseabas, no por los negocios de mi padre ni por lo que sea que te haya ofrecido. ¿Cuánto te he costado, Edward? O debería preguntar, ¿cuánto te ha ofrecido mi padre para casarte conmigo?
Furioso por la dirección que estaba tomando aquello, sacó la silla del escritorio, la giró y se sentó mirándola.
–Escúchame. No hay motivo para que no formemos un buen matrimonio. Somos compatibles, nos llevamos muy bien y somos buenos en la cama. Esas son las tres cosas más importantes en una pareja.
Ella cerró los ojos.
–Mírame, Bella. Esto puede ser doloroso de oír, pero creo que es mejor que seamos francos. Eres muy emocional. Te dejas llevas por tus sentimientos y eso lo único que hace es herirte. Quizá haya llegado el momento de que madures y afrontes el hecho de que la vida no es un cuento de hadas. Eres demasiado impulsiva. Eso sólo puede causarte dolor.
Ella sacudió la cabeza, confundida. Tenía la vista borrosa y era evidente que estaba intentando contener las lágrimas.
–No me parece posible sufrir más de lo que estoy sufriendo ahora. ¿Cómo puedes ser tan… tan frío e indiferente, como si estuviéramos en una reunión de negocios discutiendo números, proyectos, ventas y todas esas cosas que no entiendo?
Edward sintió un nudo en el estómago. Nunca se había sentido tan desesperado en su vida. Bella era una de las personas más tiernas que conocía y él estaba siendo un desalmado por estar sentado allí diciéndole que lo superaría. La vio cubrirse el rostro con las manos, en un intento por no romper a llorar. Pero en mitad del silencio, sus sollozos empezaron a escucharse.
Alzó la mano para acariciarle el pelo, pero enseguida la dejó caer sin llegar a rozarla. Él era la última persona que ella querría que la consolarla.
–Bella, por favor, no llores.
Ella levantó la cara, desencajada, y se apartó el pelo.
– ¿Que no llore? ¿Qué otra cosa sugieres que haga? ¿Cómo has podido hacer esto? ¿Cómo ha podido hacerlo mi padre? Dime, Edward, ¿mi futuro tiene un precio? ¿Qué obtienes tú de este acuerdo?
Él se quedó mirándola en silencio.
– ¡Dímelo, maldita sea! –Exclamó Edward–. Creo que merezco saber por qué se ha cambiado mi felicidad.
–Tu padre quería que me casara contigo como parte de la fusión entre Diamonds Corp. y Swan´s Hoteles. ¿Ya estás contenta? ¿Puedes decirme qué bien te hace saberlo?
–No me alegro, pero quiero saber en qué me he metido, o más bien, en qué me ha metido mi padre. ¿Tenías estudiadas todas las maneras de ganarte mi corazón?
–Dios mío, no. Mira, fue real. La atracción que sentía por ti no era fingida. Si no hubiera querido casarme contigo, ninguna fusión o acuerdo me habría persuadido para hacerlo. Pensaba, y aún lo pienso, que hacíamos un buen matrimonio. No veo por qué el amor tiene que ser tan importante en esta ecuación. El respeto mutuo y la amistad son aspectos mucho más importantes en una relación.
–Quizá puedas decirme cómo demonios se supone que voy a respetar a un hombre que no me quiere y que me ha manipulado hasta llevarme a un matrimonio basado en mentiras. ¿Acaso todo el mundo piensa que soy tan estúpida? Si todavía no me había casado era porque no había querido. No me había acostado con ningún hombre porque me respetaba tanto a mí misma que no quería hacer algo para lo que todavía no estaba preparada. No es que no haya habido otros hombres interesados en mí. No soy una patética necesitada ni me sentía una solterona porque no me hubiera casado a los veintitrés. He sido feliz y he llevado una vida tranquila.
–Bella, escúchame.
Se inclinó hacia delante, tomó sus manos y se quedó mirándola hasta que se calló y lo volvió a mirar a los ojos.
–Ahora mismo estás triste y dolida. Pero no rechaces la posibilidad de que podamos disfrutar de un cómodo y largo matrimonio. No te precipites tomando una decisión de la que luego puedas arrepentirte. Tómate un tiempo para pensarlo cuando te hayas relajado. Verás la situación más objetivamente.
–Deja ya de ser tan condescendiente. Deja de decirme que no sea tan estúpida e ingenua, que no espere cosas ridículas como amor y cariño en un matrimonio.
