Capítulo 10

Benjamín no está aquí, hijo —contestó Edward al tiempo que se apoyaba en un codo—. ¿No estarías soñado? Yo no he entrado en tu habitación.

—Sí que lo hiciste, yo te vi —insistió Alec—. Le dijiste que estuviera quieto. Yo me desperté con los ruidos.

De inmediato Bella se echó a temblar, horrorizada. Edward saltó de la cama y se puso los pantalones apresuradamente.

—¿Hace cuánto tiempo pasó eso, Alec?

—No hace mucho. ¿Dónde está Benjamín? ¿Qué sucedió?

—No lo sé, pero lo voy a averiguar. Bella, quédate aquí con Alec —dijo antes de precipitarse fuera de la cabaña.

Edward se quedó inmóvil, escuchando. El aire de las montañas era muy ligero y los ruidos se oían nítidamente. Edward aguzó el oído. De pronto escuchó el ruido sordo del motor de un vehículo a lo lejos. Lo que más temía.

Con unas cuantas palabrotas y maldiciendo se precipitó dentro de la casa y recogió las llaves del coche sin hacer caso de Bella que quería acompañarlo.

Todo había ocurrido por su culpa, pensaba Edward con desesperación. Si no hubiera prestado atención a las urgencias de su cuerpo, en ese momento Benjamín estaría a salvo. Solo Dios sabía lo que iba a suceder cuando el secuestrador comprobara que se había equivocado de niño.

Por su propia seguridad, condujo cuidadosamente ladera abajo. Tenía que alcanzar al secuestrador antes de que llegara a la carretera porque, de lo contrario, nunca sabría qué dirección había tomado.

Bella nunca lo perdonaría si le sucedía algo a su hijo. Benjamín era toda su vida y ella lo adoraba. Incluso le había demostrado el error que cometía con Alec dejándolo al cuidado de niñeras. Gracias a ella se había dado cuenta de lo mucho que perdía Alec sin la compañía e influencia de su padre. Se había prometido a sí mismo de que el futuro sería muy diferente para su hijo.

Edward recorrió el camino sin encontrar vestigios de algún vehículo hasta que llegó al borde de la carretera. Entonces decidió torcer a la izquierda, aunque daba lo mismo la dirección que tomara. Tras unos cuantos kilómetros concluyó que buscaba una aguja en un pajar. No sabía qué clase de vehículo buscaba.

Cuando al fin llegó de vuelta a la casa, encontró a Bella en un estado enardecido. Prácticamente se le lanzó encima cuando bajaba del vehículo y su rostro se transformó en la viva imagen de la desolación al ver que llegaba solo.

—Lo siento —dijo él mientras la abrazaba con fuerza—. He hecho todo lo que he podido. Ahora todo queda en manos de la policía.

Bella dio rienda suelta a las lágrimas contenidas en presencia de Alec. No dejaba de culparse a sí misma. Había sido una locura ceder de nuevo a la invitación de Edward, aunque sabía que era tan culpable como él. Habían estado tan entregados a la pasión que los desbordaba que fueron incapaces de percatarse de lo que ocurría a su alrededor.

Quedaba claro que el secuestrador había estado vigilando la casa a la espera de una buena oportunidad. Había visto a Edward llevarla medio desnuda dentro de la casa, probablemente había espiado la escena amorosa preliminar desde una ventana y al ver que entraban en la habitación, decidió que era el momento propicio para actuar.

—Oh, Dios, Edward. Si le pasa algo a Benjamín me voy a matar —sollozaba Bella.

-No digas eso. No le va a pasar nada —repuso él mientras le ponía un pañuelo limpio en la mano—. Cuando comprueben que se han equivocado de niño lo dejarán libre, ya verás.

Pero Bella no estaba convencida.

-Puede que no. Puede que decidan deshacerse de él. Son capaces de hacer cualquier cosa —rebatió al tiempo que las peores imágenes se atropellaban en su cabeza.

-No, van a pedir un rescate; lo mismo que harían si tuvieran a Alec. Solo van en busca de dinero, créeme Bella. Sé cómo actúan. La policía llegará de un momento a otro y entonces nos iremos a casa de mi madre.

-Dijiste que aquí estaríamos a salvo —lloriqueó Bella.

-Eso fue lo que creí. Lo siento tanto, Bella —dijo mientras la abrazaba con fuerza—. Haré todo lo que esté en mi mano para que recuperes a Benjamín sano y salvo.

Bella pensó con amargura que se refería al pago del rescate. Dadas las circunstancias era lo menos que podía hacer. Sin embargo, apoyada contra su cuerpo se sentía más segura. Su cálida demostración de afecto la consolaba. No tenía derecho a culparlo. Lo mismo pudo haberle sucedido a Alec.

—¿No deberíamos quedarnos? Si van a devolvemos a Benjamín lo traerán aquí, ¿verdad? Y si envían una nota también llegará aquí —dijo ella.

-Espero que sí, pero creo que no debes quedarte. No te preocupes, la policía hará guardia las veinticuatro horas del día.

Las próximas horas transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. Fue muy embarazoso tener que contarle a la policía lo que hacían cuando se produjo el secuestro, pero los rostros de los agentes permanecieron impasibles. Luego aseguraron a Bella que con las primeras luces del día efectuarían una búsqueda por los alrededores de la cabaña. La joven todavía lloraba cuando volvieron a casa de Edward.

La señora Cullen, informada de antemano, no pudo ser más amable. Su altanera frialdad había desaparecido por completo.

—Mi hijo me lo ha contado —dijo abrazándola como si fuera un ser especial para ella—. No sabes cómo lamento que haya ocurrido esto. Deseo que te devuelvan a Benjamín cuanto antes. Mientras tanto debes serenarte. Están haciendo todo lo que se puede hacer en estos casos —Bella asintió, incapaz de hablar—. Debes descansar e intentar dormir.

Bella negó con la cabeza.

-No podré dormir hasta que no hayan encontrado a Benjamín.

—Al menos reposa un rato. Edward, llévala a su habitación.

A Alec ya lo habían mandado a la cama y Bella, a regañadientes, se acomodó en la suya. Edward se sentó junto a ella.

-Te prometo que cuando todo haya acabado voy a compensarte todo este dolor.

-Cuando todo haya acabado no me volverás a ver —aseguró con firmeza, ignorando el asombro de su mirada.

Bella había decidido volver a Phoenix y buscar un nuevo empleo. Vivir con Edward era demasiado peligroso. No solo por lo sucedido a Benjamín sino que por su propia estabilidad mental. Sencillamente no era capaz de comprometerse en una aventura pasional con él.

—Si no hubiera permitido que manipularas mis sentimientos, nada de esto habría ocurrido. Nunca debí haber aceptado el trabajo de niñera.

-No hables así, Bella —dijo él con suavidad—. Es culpa mía y me hago responsable. Por mi deseo de intentar proteger a Alec, ahora estás tú sumida en la desesperación. Soy enteramente responsable de lo ocurrido.

-Ambos somos culpables.

—¿Quién iba a pensar que tendría la audacia de entrar en una casa llena de gente?

—Dejamos la puerta abierta —murmuró ella. Edward asintió—. Y ahora quiero estar sola —añadió al tiempo que se tendía en la cama.

Bella se quedó dormida inmediatamente. Pero fue un sueño intranquilo, poblado de pesadillas.

En un momento, la mano de Edward la movió con suavidad.

—Tranquila, Bella, tranquila. Solo es un mal sueño.

—¿Benjamín? —Bella se sentó de un salto en la cama, completamente despierta.

—Lo siento. No hay noticias todavía.

-¿Qué hora es? ¿Cuánto rato he dormido?

-Es mediodía.

—¿Y no hay noticias? ¿Ni un mensaje siquiera?

—No —dijo él, al tiempo que la abrazaba.

-¿Por qué tardan tanto? Quiero a mi hijo. Debe de sentirse muy mal. Nunca nos hemos separado —sollozó. Edward le despejó la frente con suavidad intentando tranquilizarla—. ¿Qué podemos hacer? —dijo mientras se apoyaba en él. La seguridad y los gestos afectuosos de Edward consolaban su aflicción.

—Primero vamos a almorzar aquí, a petición de mi madre, y luego volveré a la comisaría. Quiero saber cómo van las pesquisas.

—Iré contigo.

Durante el almuerzo, Bella casi no probó bocado.

—¿Crees que ellos cuidarán a Benjamín? ¿Que no le harán daño?,-preguntó, desolada.

Antes de que Edward pudiera responder, entró la chica de servicio con un sobre en la mano.

—Es para usted —dijo .

Tras leer el mensaje, Edward se lo tendió a Bella.

Era la misma petición de un millón de libras en billetes de banco.

—Me pregunto si el secuestrador se habrá dado cuenta de su error —comentó Edward.

—¿Y eso cambiaría algo? No olvides que le dimos una buena prueba de estar muy unidos —comentó con las mejillas sonrojadas.

-Sé que no es el momento adecuado; pero estuviste magnífica, Bell.

—No, no es el momento oportuno. ¿Qué vamos a hacer con esto? —preguntó mientras agitaba la nota ante los ojos de Edward.

—Entregarla a la policía, por supuesto.

—Aquí dice que no lo hagas. No quiero hacer nada que ponga en peligro la seguridad de Benjamín.

—Me gustaría saber quién me está haciendo esto —dijo Edward con severidad.

-¿A ti? ¿Por qué demonios tendrías que afligirte?

—¿Crees que porque Benjamín no es mi hijo no debo preocuparme? Maldita sea, Bella, deberías conocerme mejor —replicó con dureza.

-Ya no sé qué pensar. Todo lo que quiero es que me devuelvan a mi hijo.

Los días siguientes fueron un infierno. La espera enloquecía a Bella. Edward era su fortaleza, pero no podía dejar de pensar que si no hubiera sido por él, nada habría ocurrido. Estaba firmemente decidida a desaparecer de su vida cuando todo acabara.

Un día, la señora Esme entró en la habitación cuando Bella sollozaba en el hombro de Edward. La madre le pidió que saliera. Luego se sentó junto a ella en el sofá y empezó a hablarle suavemente hasta que al fin logró calmarla.

—No puedo soportarlo más —lloriqueó Bella.

-Lo sé, pequeña, lo sé; pero debes tener paciencia. Sé cómo te sientes. Déjame contarte que el hermano de Edward también fue secuestrado cuando tenía la edad de Benjamín.

-¡Oh! —Bella se llevó una mano a la boca—. Edward nunca me lo dijo.

Al fin comprendió por qué no le había contado nada a su madre acerca de las amenazas de secuestro. Había querido ahorrarle recuerdos dolorosos. Y también comprendió por qué la actitud de la madre hacia ella había cambiado radicalmente. A través del dolor de Bella la señora Esme Cullen revivía el suyo propio.

—Las familias acomodadas suelen ser blanco de este tipo de rufianes. Yo quería que mi marido pagara el rescate. Habría dado todo lo que tenía por recuperar a mi hijo Emmet. Pero mi marido no se lo comunicó a la policía y acudió solo a la cita con el secuestrador. Casi perdió la vida. Afortunadamente los recuperé a ambos. Como ves, debes tener paciencia y dejar que Edward actúe junto con la policía. Es la única forma de asegurar la vida de tu hijo y la del mío.

A través de sus lágrimas, Bella vio que la madre lloraba también.

Finalmente, después de otros cuantos días de espera, el secuestrador llamó a Edward para indicarle el lugar y la hora de la entrega del dinero. «El niño me dijo que no era tu hijo, pero es igual. Y como es el hijo de una chica que, como pude observar, es muy especial para ti, seguramente te interesará pagar el rescate. Quiero que ella lleve el dinero».

Mientras Bella caminaba con el maletín del dinero, el corazón amenazaba con escapársele del pecho y apenas podía respirar. Tenía que dejarlo en una taquilla de la estación de servicio en uno de los baños de este. Llevaba en el bolsillo la llave que había enviado el secuestrador. Lo único que deseaba en ese momento era arrojar el maletín y echar a correr. Nunca había vivido una situación tan peligrosa.

Pero llevaba en sus manos la vida de Benjamín. Un millón de dolares por la vida de su hijo, que Edward estuvo dispuesto a pagar de inmediato. Si todo marchaba de acuerdo a los planes, atraparían al malhechor y él recuperaría su dinero.

Entró en la estación consciente de que debía guardar la calma. No debía llamar la atención, pero no podía dejar de pensar que el secuestrador la observaba. Clavó los ojos en las pocas personas que habían alli, pero nadie pareció advertir a la joven de pelo castaño, en traje deportivo y con un viejo maletín bajo el brazo.

Bella creyó sentir una pistola en la espalda cuando depositó la cartera en el baño, pero de inmediato se regañó por dejar volar la imaginación.

Fue un inmenso alivio salir a la calle. Y más aún cuando Edward le abrió la puerta del coche.

—Esta es mi querida chica valiente —comentó cuando ella se desplomó en el asiento.

Bella cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de Edward durante unos segundos.

Para ese entonces unos policías de civil ya habían entrado en la estación.

Sin embargo, tuvieron que esperar un día entero porque nadie fue a recoger el dinero. Y luego, durante ese día se produjo la llamada.

Edward se precipitó al coche con Bella pegada a sus talones. Llegaron a la estación justo cuando dos ásperos policías escoltaban a un hombre alto y flaco de canoso. Al pasar por su lado, el hombre lanzó a Edward una mirada de odio. Detrás del grupo, una mujer policía llevaba a Benjamín de la mano.

Tan pronto como vio a su madre, el niño se precipitó hacia ella.

El alivio de Bella fue tan inmenso que estalló en lágrimas. Segundos más tarde, supo que Edward conocía al secuestrador.

—Ni más ni menos que Stefan Craing Rumanos —dijo.

-¿Conoce a este hombre? —preguntó un policía.

-Me conoce muy bien —declaró el secuestrador furiosamente—. Se llevó todos mis bienes. Me dejó sin un centavo para mantener a mi familia.

Edward negó con la cabeza.

—Eso no es exactamente cierto, Stefan. Tu empresa estaba en quiebra y yo me limité a comprarla. Pagué por ella una gran cantidad de dinero. Fin de la historia.

—¿Un buen dinero? ¿Es así como lo llamas?—preguntó Stefan, con los ojos brillantes de odio—. Pero no te hiciste cargo de las deudas, ¿verdad? No, eras demasiado astuto para hacer algo así. Cuando acabé de pagarlas ya no me quedaba dinero. ¿Sabes lo que es sentir miedo noche y día? Eso es lo que yo sentí cuando supe que me iban a quitar la casa. Me hundiste, Edward Cullen. De pronto no vi la razón de tener que vivir en la peor miseria mientras tú vives en la riqueza.

-Con la demostración de que la artimaña no te dio resultado. Infringir la ley nunca da resultado. No eres tan inteligente como creías —dijo Edward en tono sarcástico.

Mientras la policía se llevaba al hombre, Edward rodeó a Bella y a Benjamín con los brazos. Durante un instante no fueron capaces de hablar, embargados de emoción.

Benjamín lloraba y las lágrimas corrían por las mejillas de Bella. Al fin, Edward hizo un esfuerzo por recuperar la voz.

—Vamos al coche —murmuró.

En el trayecto de vuelta a casa, Bella se sentó en el asiento trasero junto a Benjamín. Lo mantenía estrechamente abrazado.

-¿Te hizo daño ese hombre, cariño?

-No, mami, era un hombre amable.

—¿Te dio de comer?

—Por supuesto, un montón de comida. Le pregunté por qué me había llevado a su casa. Le dije que quería volver a la mía. También le dije que si no me llevaba de vuelta, Edward iría a buscarme. Edward, ¿de verdad ibas a pagar todo ese dinero por mí?

—Sí, Benjamín, de verdad.

-Vaya, entonces debes de ser muy rico. ¿Eres el hombre más rico del mundo?

Edward miró a Bella por el espejo retrovisor con una afectuosa sonrisa.

—Puede ser. En todo caso, si no el más rico, por supuesto que el más afortunado —declaró, al tiempo de que por fin era consciente de amar a Bella con toda su alma.

Un niño pequeño y una hermosa mujer le habían hecho darse cuenta de que era hora de dejar atrás el pasado y mirar al futuro.

Pero aún no era el momento de declararle su amor.

Diossssss… que nervios jajaja yo escribo la historia y hasta yo me puse nerviosa… jajajaa bueno chicas aquí les traje el siguiente capitulo espero les alla gustado..

Pero no creen que Edward se esta dando mucho postin para declararle a Bella que la ama , sinceramente por eso dicen porque a nosotras las mujeres nos provoca como estrangularlos un poquitico nada mas no?

Jajajajaja bueno chiquilla me despido

Besos nos leemos