Anna Noah caminaba por los largos pasillos del Ministerio con rumbo al despacho de la Ministra Granger. Debía hablar con ella. Tomó esa decisión unas horas antes, mientras no podía conciliar el sueño y es que se había enamorado. Sí, la fría y calculadora Anna Noah se había enamorado perdidamente de Hermione Granger y sabía que el sentimiento era mutuo; pero que la Ministra se detenía porque la creía casada con Draco.
Draco…
Su otra razón para hablar con Hermione. Su hermoso Dragón estaba sufriendo. Desde que había tenido un encuentro con Harry en Francia, Draco se iba apagando y Severus tampoco era feliz. Anna sentía que estaba perdiendo de nuevo a una familia:
Los padres de Anna discutían sobre el futuro. Ella se encontraba escondida; entreabrió la puerta del despacho de Jean Noah, su padre, para poder escuchar con claridad. Sabía que existían turbaciones en su familia. El señor oscuro se acercaba y su padre había sido parte de los Mortífagos en la primera guerra.
—No, Marie –La voz de su padre sonaba tensa y cansada –El Señor Oscuro no es lo que solía ser.
—Pero nos ha llamado –la madre de Anna era una mujer rubia de hermosos ojos azules. Siempre serena; pero amorosa.
—No nos ha llamado. Quiere que le dé dinero. Las guerras cuestan, Marie y el Señor Oscuro busca quien aporte fondos a su "causa". –Anna nunca había visto a su padre tan desesperado.
— ¿Dudas de tu lealtad, Jean?
— ¿Lealtad a qué, mujer? Él ya no es más el Lord que conocimos. Está obsesionado con el chico. Esta guerra, las batallas, las vidas que se perderán, no son para salvar a la sangre. Todo es para acabar con ese crío. Harry Potter será su perdición.
Esa noche los Noah decidieron que no se unirían al Lord oscuro. Un mes después la marca oscura apareció en la Mansión Noah. Voldemort había pensado que si no estaban a su favor, estarían en su contra. Anna se encontró huérfana de pronto y con Voldemort detrás de su dinero.
Tomó lo que pudo y desapareció de Paris. Se internó en Burdeos con un nombre falso y como no podía tocar un centavo de su fortuna consiguió un empleo en un bar. Era una mesera que pasaba desapercibida, una muggle cualquiera. Ahí fue donde conoció a Draco.
Anna estaba hablando animadamente con un asiduo grupo de clientes del bar, Draco entró al lugar con una cara sobria y vacía. Parecía que al chico de 16 años se le estaba acabando la vida. Anna se acerco a él y le ofreció una copa. Draco la aceptó sin chistar.
— ¿Problemas, guapo?
—Más de los que quisiera.
Un suspiro cansado abandonó los finos labios del rubio, que se tomó de golpe lo que Anna le había ofrecido. Fue entonces cuando la bruja vio el anillo que portaba y lo supo. Ese chico no era un chico cualquiera.
—Slytherin –le murmuro y Draco de inmediato se congeló.
—No sé de que hablas –Draco se quería retirar pero Anna lo detuvo. Ella tenía que saber. Saber que pasaba con Voldemort, con la guerra.
Esa noche Anna se ganó la confianza del esquivo Draco Malfoy. El rubio duró una semana en Burdeos, la misma que Anna lo acompaño. Supo de la misión que tenía que cumplir y fue en esos días en los que pensaron en huir; pero sabían que eso era imposible.
Cuando Draco regresó al Colegio, Anna siguió con su amistad por medio de cartas. Las lechuzas iban y venían. Fue en una de esas cartas donde Draco le contó de sus primeros encuentros con Harry Potter. Le contó del día en que se entregó a él por primera vez. Después le habló de la tortura que era no saber qué hacer y que Sirius Black le odiaba.
La última carta que Draco le envió fue donde le contaba del engaño de Harry. Que le había dejado por estar con Ginny y que Draco, cegado por el resentimiento, folló con Neville Longbottom, uno de los amigos de Harry. La última frase de aquella misiva fue lo que la convenció: Estoy embarazado.
Anna tomó el primer vuelo que pudo y llegó a lado de su rubio amigo la misma noche en la que Albus Dumbledore murió. Esa noche se instaló en el pequeño departamento que más tarde sería la vivienda de Draco.
Fue duro, muy duro esconder el embarazo de Draco. Además, debía cederle magia cada vez que lo necesitaba. Estaban en medio de una guerra en la que, paradójicamente, lo que mantuvo lejos a todos fue Harry Potter. El Lord estaba más preocupado en saber dónde se había metido el mocoso que en ver lo que hacían sus subalternos. Gracias a eso, Draco pudo tener a su hijo.
Cuando Aarón nació la guerra estaba llegando a su fin y Anna pudo salir del país con el pequeño en brazos, sabiendo de antemano que Draco viviría en la miseria. Sin embargo, lo que ocurrió en esa época, le dio a Anna Noah algo que había perdido: Una familia.
Y ahora lucharía por ella. No dejaría que una venganza y el odio terminaran con nadie de su familia; ni siquiera con el amor que estaba experimentando. Cuando entró al despacho de Hermione, ella le sonrió y Anna supo que en ese momento se lanzaría al vacío sin paracaídas y esperaba que Draco no terminara odiándola; porque esto que estaba haciendo era por su bien. Por el bien de sus dos serpientes.
—No esperaba verte hoy –Hermione tenía esa sonrisa coqueta, esa que siempre le dirigía y Anna sabía que no pasaría de eso.
—Tengo que hablar contigo –El semblante de Hermione se tornó serio.
— ¿Pasó algo? ¿Volvieron a atacarles? –Hermione tomó las manos de Anna.
—No, es algo diferente. Es… -Anna tomó aire y valor –Tienes que saber la verdad de muchas cosas.
—No…
—Escúchame y por favor no me interrumpas, que es difícil hablar de todo esto. Hay muchos secretos –Anna se colocó en el centro del despacho dándole la espalda a Hermione, mientras ésta escuchaba preocupada –Primero tienes que saber que yo… pues yo… me enamoré de… ti –La última parte fue silenciosa; pero muy perceptible para Hermione, que al instante se sonrojó y se puso de pie –Sé que no te soy del todo indiferente y también sé que jamás permitirías que nada pasara, por qué crees que estoy casada y que soy la mujer de Draco; pero eso no es cierto. Yo… yo sólo soy el impedimento para que Potter se acerque a él. Aarón no es mi hijo –Cuando Anna dijo eso, Hermione detuvo sus pasos y Anna se giró para encararla –Draco fue el gestante –Ahí fue donde Hermione palideció y casi se desmayó.
—Aarón es hijo de…
—Draco, sí; pero no me interrumpas, hay más. En el primer aniversario de la muerte de Voldemort –Anna se aclaró la garganta. Si iba a decir la verdad, sería toda la verdad –Algunos miembros de la Orden violaron a Severus –De pronto la conversación ya no era una sutil declaración de amor. Hermione frunció el ceño.
— ¿Quiénes?
—George Weasley, Sirius Black, Harry Potter, Neville Longbottom y… Ron Weasley.
Hermione cerró los ojos y se frotó el rostro son sus manos. No podía decir que estaba sorprendida de que Ron cometiera un acto tan bajo. Ya se lo esperaba todo de él; sin embargo, que Harry y Neville estuvieran en esa lista sí le hizo sentir una decepción mayúscula.
—Draco –Continuó Anna –ha estado vengándose de ellos todos estos años. Hace unos meses, como parte de su venganza, él se acostó con Potter de nuevo y ahora se está muriendo. Cada día su vitalidad se apaga y yo no puedo ver a mi amigo así. Todo por una venganza, por el odio. Y por otro lado está Severus, siempre tan solo y sé que siente ciertas cosas por Longbottom; pero no le quiere perdonar –Anna suspiró por enésima vez en esa conversación. Sabía que había omitido el pequeño detalle de que por su culpa Ron se enredó con Sophia. Era suicida; pero no tonta –Hermione yo ya perdí una familia y no quiero perder otra de nuevo.
— ¿Por qué me cuentas todo esto a mi?
—Eres la única persona de la que me he enamorado. Tenía que ser sincera por una vez en mi vida. No hay nadie que me conozca como tú.
Hermione sintió que no sabía cómo reaccionar. Si bien estaba enamorándose de Anna, siempre pensó que era un sentimiento que nunca podría salir a flote. Anna era la esposa de Draco y parecía muy feliz con él. Tenían un hijo y Hermione no era del tipo de personas que iba por la vida destruyendo familias de película.
Y ahora venia Anna y le decía que esa familia no existía; que ella no era ni esposa ni madre y que también compartía ciertos sentimientos. Además le soltaba la bomba de que su ex marido, junto con otros miembros de la Orden, abusaron del Profesor Snape ¿Y ahora? ¿Qué era lo que tenía que hacer con esa información?
— ¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que vaya por los miembros de la Orden y los encierre?
—No, no… ellos… Draco y Severus jamás querrían que eso se supiera y ellos están… Hermione, ellos se están perdiendo y no quiero que sufran. No sé qué demonios hacer.
—Dorian ¿Quién es el padre de Dorian? –Anna abrió y cerró los labios. Esa pregunta no se la esperaba.
—Severus –Obviamente sabía que esa idiotez no iba a colar.
—Sabes a lo que me refiero. Draco pudo embarazarse y sé que no me dirías lo del Profesor Snape si no fuera porque él también… -La cara de Anna era un poema –Tu cara me lo dice todo ¿Quién es el otro padre de Dorian? –Anna tuvo la muestra de que Hermione, de verdad, era una da las personas más inteligentes del mundo mágico.
—No sé –Hermione sonrió y negó –En serio, no lo sé. Aunque los únicos candidatos son Harry y Neville.
—Genial. Esos dos no pueden meterse en más líos.
Anna soltó el aire que tenía en los pulmones y cerró los ojos. Por lo menos le había dicho todo a Hermione y la carga que traía sobre los hombros se sintió más liviana. De pronto sintió unas manos dando un masaje en sus hombros y unos cálidos labios sobre los suyos. Abrió un poco los ojos sólo para saber que eso no era un sueño. Hermione Granger estaba besándola y ella reaccionó.
La tomó de la cintura y profundizó el beso. No sabía que significaba eso; pero por lo menos disfrutaría la sensación. Hermione se separó de ella con una sonrisa.
—Espero que sea cierto eso de que no eres la esposa de Draco; porque si no, el infierno será poco para lo que te voy a hacer.
—Te juro que es cierto. Lo único que hay entre Draco y yo es una bonita amistad. Él está perdido de amor por Harry Potter, claro que primero preferiría perder su fortuna antes que aceptarlo.
—Bueno, ya veremos eso. Ahora tú y yo nos vamos a sentar en ese sofá y me vas a contar la historia con todo lujo de detalles y si es necesario, hasta con recuerdos. No me gusta enterarme de las cosas a medias.
Anna volvió a besar a Hermione y la siguió hasta el sofá. Sólo esperaba que de esa trigueña cabecita saliera una buena idea para parar tanto sufrimiento. Odiaba ver como todos los días Draco se encerraba más en sí mismo y como Severus ahogaba su vida en esa soledad. Si alguien se merecía ser feliz en el mundo era Severus Snape.
Remus veía el sol ocultarse. Ese día había sido uno de los más calurosos que recordara desde que habían llegado a Brasil. En días como ese era cuando mas extrañaba el frío de Escocia y de Londres. Extrañaba su casa, a Harry, a los Weasley. Quería regresar y gozar de las tardes lluviosas, los días nublados y la flema de todos los que caminaban por esas calles.
Sin embargo, Sirius seguía dándole largas. Una u otra cosa se interponía en que ellos regresaran; pero ahora estaba dispuesto a todo. Se había curado de su licantropía y quería vivir. Vivir donde él quería y si Sirius lo amaba tanto como decía hacerlo, le complacería; porque Remus ya había cedido mucho.
Caminó decidido hasta el despacho. Últimamente Sirius se encerraba a piedra y lodo en aquel lugar. Quería darle una sorpresa, tal vez portarse mimoso y poder sacarle a Sirius la promesa de regresar. Abrió la puerta con un hechizo; pero lo que escuchó le dejó helado. Sirius hablaba por teléfono y le daba la espalda a la puerta.
—Es imposible acabar con ese mocoso y el grasiento. Claro, tú eres un inepto que no puede cumplir unas simples instrucciones. Acabar con Draco Malfoy y Severus Snape, sólo eso y tú no has podido con ninguno de los dos; pero óyeme bien, no pienso claudicar. No voy a perder a Remus por un mocoso que quiere vengarse, todo porque violé al mal nacido de su padrino. Terminaré con ellos así tenga que pasar por encima de mi ahijado y de Longbottom. Al final ellos se lo buscaron por arrepentirse.
Remus no daba crédito a lo que escuchaba. Eso no podía ser cierto, debía existir un error. Sirius no podía ser tan retorcido y cruel. Él no pudo… No. Entró azotando la puerta y de inmediato Sirius botó el teléfono. Su semblante confirmó los temores de Remus: Era culpable.
— ¿Lo hiciste? –Las lágrimas empezaron a brotar del los serenos ojos de Remus -¡ ¿Lo hiciste? –Le gritó golpeando con su puño derecho el fino escritorio de madera.
—Estaba borracho. Fue un error –Sirius intentó acercarse a Remus; pero este se alejó.
— ¿Intentar matarles también es un error? –Las lágrimas de Remus bañaban su rostro.
—Eso… Malfoy… él quiere acabar con nosotros. Entiéndelo, es él o yo.
—¡Eres una farsa, Sirius Black! Ese chico es de tu sangre y Severus… Severus fue nuestro aliado ¿Cómo pudiste hacerle eso?
—Fue un error ya te lo dije. Fue…
—Le odiaste siempre y jamás lo entendí. Era retorcido torturarle como lo hacías; pero éramos unos críos y yo te podía justificar por eso; pero ahora eres un hombre –Remus se acercó a Sirius y lo tomó violentamente de la camisa — Tu, tu viste lo que Greyback me hizo. Tres días y él… —Lupin explotó— ¿Cómo pudiste ser tan ruin? Tan asqueroso de venir y después de hacer lo que hiciste ¡Tocarme! ¡Tocarme a mí! ¡Con esas sucias manos manchadas con las lágrimas de Severus! –Soltó a Sirius, que estaba atontado por la reacción de su pareja. Remus salió hecho una furia del despacho hasta la recámara. Su ropa salió volando hasta las maletas.
—¡ ¿Qué coño haces? –Sirius le detuvo y le sujetó con fuerza de las muñecas.
—Lo que ves. Me largo. No pienso estar al lado de un violador asqueroso y repugnante como tú –Remus se soltó del agarre y tomó las maletas.
—Tú no vas a ningún lado. No me puedes dejar.
—Sólo obsérvame –Remus caminó hasta llegar a las escaleras y Sirius lo detuvo una vez más.
— ¿A dónde coño piensas ir? No tiene nada, no tienes a nadie. Grimmauld Place es mi casa.
—Jamás –Remus se quitó del agarre una vez más –regresaría a esa casa. Jamás estaría de nuevo contigo en ningún lado. Tu sóla presencia envenena mi aire. El Sirius Black que yo amé murió o lo que es peor, ni siquiera sé si existió. Tal vez te idealicé y por eso no vi que detrás de ese hermoso rostro no hay más que una bestia peor que Greyback.
El brazo izquierdo de Sirius empezó a doler. Sentía ciertas punzadas en el pecho; pero aún así intento correr detrás de Remus, que iba bajando por las escaleras, sin embargo las fuerzas le fallaron. Antes de terminar de bajar, las piernas no le respondieron y rodó. En ese momento Remus salió por la puerta, perdiéndose del campo de visión de Sirius que empezaba retorcerse de dolor. Lo último que escuchó antes de perder la conciencia fue a Remus diciéndole que era peor que Greyback.
Remus caminó por las atiborradas calles de Rio de Janeiro. Iba llorando con el corazón destrozado; pero con la firme intención de no volver jamás con Sirius. Regresaría a casa y escucharía a Harry. Sabía, podía sentir, que su cachorro estaba sufriendo y que si se arrepentía era de corazón. Le habían hecho algo tan cruel, tan ruin.
Suspiró cansinamente. Sirius tenía razón: Estaba solo; pero no se dejaría abatir. Viviría para él mismo y no para Sirius; porque ese hombre no se merecía nada, ni siquiera sus lágrimas. Tomaría un largo viaje de regreso a casa. Tal vez así podría despejar su mente y limpiar su alma de las heridas.
Severus entró en la Mansión bastante distraído. Venia revisando unos documentos y entró a su despacho. Le sorprendió ver a Anna sentada en su silla con una sonrisa. Vamos, la mujer sonreía; pero no de esa forma. Esa no era su risa maquiavélica e irónica de siempre. Esa más bien parecía una sonrisa… sincera y… ¿Pura?
—Pensé que estarías con Draco –Severus observó a Anna.
—No, él fue a los viñedos y yo tenía cosas que hacer en el Ministerio.
—Últimamente vas mucho al Ministerio –Comentó Severus dejando los documentos en el escritorio.
—Últimamente Draco va mucho a los viñedos y tú no lo has notado –Anna se levantó y caminó en dirección a Severus.
—No te metas en eso Anna. Tú sabes cómo es Draco. Sus razones tendrá para ir tan seguido a los viñedos.
—Claro que las tiene. Va a rememorar su último encuentro con Potter –Severus hizo su acostumbrada mueca y caminó hacia la puerta. Esos temas no le incumbían a nadie.
—Déjalo tranquilo Anna –Severus intentó abrir la puerta del despacho; pero Anna lo detuvo.
—Espera, Severus. Sé que tú también lo notas. Esa venganza está acabando con Draco.
— ¿Qué quieres que haga? Yo no le pedí que se vengara. Es más, yo soy completamente ajeno a eso. Fuiste tú quien le apoyó.
—Lo hice y me arrepiento. La venganza está bien mientras tú no estés de por medio.
—Draco sabrá sobreponerse –Severus hizo el intento de salir una vez más; pero Anna le detuvo de nuevo.
— ¿Y qué hay de ti?
— ¿De mi? Yo estoy bien, no entien…
—No lo estás, Severus ¿Crees que es bueno eso que haces? Estas más solo que un náufrago.
—Tengo a Dorian.
— ¿Te gusta? –Anna se acercó a Severus y tomó sus manos -¿Te gusta el Sanador Longbottom?
— ¿Estás loca? –Severus se soltó y caminó lo más lejos de la mujer, casi hasta el otro lado del despacho.
—Por favor, Severus. Veo como te lo comes con la mirada cada que viene a revisarte.
— ¿Cómo puedes decir eso? Él me violó. No me puede gustar.
—Oh no, Severus, a mi no me engañas. Eso de la violación es una excusa muy trillada. Es algo que Draco y tú usáis para mantener alejados a esos leones. Si quieres convencerme, dime otra cosa. Sé que tú ya superaste eso. Sé que lo superaste desde que Dorian estuvo entre tus brazos.
—Eso no me hace olvidarlo Anna –La bruja se acercó a Severus y de nuevo tomó sus manos.
—He notado como le miras. Ya no sientes el mismo odio ni rencor. El pobre hombre se lo ha ganado a pulso. Ha soportado estoicamente los insultos de Draco, tus miradas envenenadas y mis comentarios mal intencionados y sé que cada vez que viene derrite un poco del hielo que hay en ese pecho.
—Anna, no sigas con eso –Severus se intentó apartar; pero Anna se lo impidió.
—En estos años, sólo Neville Longbottom ha podido despertar en ti esas miradas ¿No crees que vale la pena intentarlo? –Severus negó –Se lo ha ganado, Severus, con su ternura. ¿Crees que no noto la mirada que pones cada vez que hace algo por Dorian? Neville también siente algo por ti.
—Culpa.
— ¿En serio crees que por culpa vendría todos los meses? Si fuera eso ya se hubiera entregado o se hubiera lanzado una maldición como lo hizo George Weasley. Dime la verdad, Severus ¿No te gustaría que él fuera el padre de Dorian?
—Yo…
—No tiene nada de malo que te guste. ¡Por favor, sólo hay que verle! Con ese cuerpo y lo bueno que es, conquistaría a cualquiera. Se arrepiente de corazón, Severus. Si el hombre pudiera daría su vida para que tú le perdonaras. Lo sé. Severus –Anna tomó entre sus manos el rostro del ex Profesor –te mereces ser feliz. Si hay alguien es este jodido mundo que se merece a un chico joven, con un cuerpo que parece tallado a mano y sexy, ese eres tú. Neville Longbottom, además de todo eso, tiene una ternura que se le desborda y ya no sabe qué hacer para que tú le des una oportunidad.
—No sé si pueda, Anna.
—Sólo piénsalo, Severus. Odio ver que como Draco y tú se hunden teniendo la felicidad tan cerca. Odio ver como ustedes le dan la razón a personas como Sirius Black. Gente que cree que ustedes no pueden ser felices; porque cuando la felicidad se les presenta no saben qué hacer con ella. Gente que cree que no tienen corazón, que son fríos y que por eso no merecen un poco de ternura y amor. No me gustaría que Sirius Black ganara –Severus le sonrió. Psicología barata; pero parecía funcionar.
— ¿Quién eres tú y dónde esta Anna Noah?
—Ya me canse del odio y el rencor que se impregnó en esta casa. Todos merecemos ser felices.
— ¿Estás enamorada? –Preguntó Severus maliciosamente.
—Eso no te lo diré, a menos que tú confieses y me digas que te pone el marcado torso de Longbottom y que babeas por sus brazos –Anna le dio un sonoro beso en la mejilla a Severus –Piénsalo –Después, Anna salió del despacho.
Severus se sirvió una copa de Brandy y de pronto su cabeza voló a Neville y su cuerpo. Para que engañarse, era cierto. Le gustaba y ya no sentía ese aborrecimiento por él; pero de eso a iniciar una relación, había un enorme trecho. Aunque Anna tenía razón: La felicidad podía estar tan cerca…
Él también notaba como Draco se iba consumiendo por su venganza y no quería que su ahijado terminara mal. Más de un vez estuvo tentado en decirle que se olvidara de todo y que corriera a buscar a Potter para formar la familia vomitivamente feliz que serían; pero Severus sabía que en particular, esa parte de la venganza no era sólo por lo que le habían hecho. Draco se estaba vengado por el abandono.
Severus era un asiduo lector y recordaba un fragmento de Jaime Sabines:
"Espero curarme de ti en unos días.
Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte.
Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno.
Me receto tiempo, abstinencia, soledad."
Pero ¿Él de verdad quería soledad? ¿No era ya suficiente con la que tenían? No, definitivamente, Severus no quería más soledad. Quería vivir, quería que alguien borrara los recuerdos de aquella noche y le llenara con nuevas vivencias. Con otro tipo de caricias y Anna tenía razón una vez más. Él no había pensado en eso hasta que vio de nuevo a Neville Longbottom.
Y es que era tan difícil no ver la ternura, el amor, la devoción que sentía por Dorian. Incluso Severus llegó a pensar que también sentía eso por él ¿Sería Neville la persona ideal para borrar esa experiencia tan amarga? Severus sabía que el arrepentimiento era genuino.
Traía la cabeza hecha un lío y no podía sacar ninguna conclusión. Sólo tenía claro que sus ojos tenían una magia, una ternura que… parecían alegrar sus sentidos. No podía evitar caer y ser víctima de su mirada. ¡Coño! ¿Qué le pasaba? Ya se parecía a la loca de Anna. Tenía que abandonar esas ideas.
