Capítulo 11

— ¿Tienes hambre, encanto? —dijo entrando a la habitación con una bandeja de comida.

— Vete al diablo, Bankotsu. —no volteó a verlo.

— Como quieras, pero te morirás de hambre si sigues así. —dejó la bandeja sobre el escritorio junto a la puerta y salió de la habitación girando la llave que cerraba aquella jaula que la mantenía cautiva.

— ¡MALDITO! —gritó enfurecida. Arrojó la almohada contra la puerta y las lágrimas comenzaron a salir descontroladas de sus ojos.

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— ¡¿Hasta cuándo vamos a esperar?! —Gritó el platinado furioso.

— Naraku no ha dado señales de estar en la mansión. No podemos desplegar un plan táctico si nuestro objetivo no está en esa casa. —Replicó su jefe.

— Han pasado cuatro días. ¡No hay forma de saber si Kagome está bien!

— Debes relajarte Inuyasha. — palmeó su hombro.

— Una semana. No dejaré que ella esté con ese sujeto más tiempo que ese. —Su jefe negó con la cabeza en silencio.

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"En otras noticias, la sensación musical, Kagome Higurashi ha cancelado todos los eventos programados hasta la fecha. Parece ser que la joven cantante comienza a sentir el peso de la fama."

No saben lo que dicen. —Miroku apagó la TV con furia contenida. No soportaba que estuvieran ensuciando la imagen de Kagome con tonterías, cuando la verdad era que estaba cautiva por aquel maldito en el que había confiado la seguridad de la muchacha.

Inuyasha era otro cómplice en este asunto. ¿Cómo podía permitir esto? Usar a Kagome como carnada. Era ridículo. La ansiedad lo consumía como un cáncer. Intentaba estar en contacto con el platinado para saber las circunstancias en las que se encontraba la azabache, pero las respuestas de Inuyasha nunca eran certeras, sino mas bien vagas y dispersas.

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POV Kagome.

El tiempo empezaba a parecerme un martirio. Los días y las noches se volvían infinitos. El sonido de las agujas del reloj moviéndose se grababa a fuego en mi mente. Ese maldito sonido era insoportable. Algo tan simple e insignificante que había ignorada toda mi vida, ahora me torturaba con su repetitivo "tic tac".
La ventana siempre permanecía cerrada, eran escasos los rayos de luz que lograban colarse por las rendijas, mi alma anhelaba sentir el calor del sol en mi piel.

En el escritorio junto a la puerta encontré papel y lápiz. Por mi mente pasó la estúpida idea de enviar una carta de ayuda pero… ¿a quién? y ¿cómo haría para enviarla? Ni siquiera sabía dónde estaba. Por eso, decía lo de "estúpida idea" Descarté la posibilidad casi al instante, en su lugar comencé a llevar la cuenta de los días que pasaba en ese lugar. En aquella "jaula de cristal" como Bankotsu le decía.
Seguía siendo un misterio el por qué de mi secuestro, el moreno no revelaba nada sin antes filtrar sus palabras en un código de enigmas. Mas preguntas que respuestas eran las que llegaban a mi mente.

Sentía miedo. El mismo que me torturaba de pequeña al estar sola. Me sentaba junto a la ventana intentando ver más allá del cristal y las rejas. Abrazaba mis rodillas contra mi pecho y lloraba. Lloraba hasta quedarme sin lágrimas o dormida, lo que sucediera primero.
Por las noches las pesadillas no me dejaban conciliar el sueño y durante el día deambulaba por la habitación y sin nada que hacer, un auténtico zombie.

Había días en los que Bankotsu se quedaba haciéndome compañía. Quizás para asegurar que no perdiera mi cordura.
Ya era normal y hasta una costumbre que hablara sola, en realidad sola no, sino conmigo misma. Me recordaba mi pasado, repetía escenas en mi cabeza y cosas que pude haber dicho o hecho en esos momentos. Era un ejercicio inútil, solo servía para hacerme ver mis errores, lo idiota que había sido y en las miles de posibilidades perdidas.

Por qué la gente insiste en preguntarse "¿Qué hubiera pasado si…?" No sería más sencillo pensar que las cosas sucedieron de cierta manera porque así debía ser y listo. Dejar de darle vueltas a un asunto concluido. A fin de cuentas pensar tanto en ello no revertiría lo vivido, pero ¿qué más podía hacer? El tiempo nunca me había sido tan abundante.

—Un mes. — me dije en un suspiro débil y cansado. Quería romper cada objeto de esa habitación, quería irme, escapar. Miles de veces había imaginado como Inuyasha llegaba por la puerta para salvarme y sin embargo allí estaba yo, encerrada y allá estaba él, del otro lado de la ventana, en el mundo exterior. Perdido en algún sitio.

Era tarde y dormía cuando escuché la puerta abrirse con violencia y castigar contra la pared. Me desperté sobresaltada.

—Nos vamos. —dijo firme Bankotsu. Me echó un abrigo sobre el cuerpo y me arrastró de la cama hacia la salida. Yo avanzaba con pasos torpes, quizás producto del sueño que aun no me abandonaba por completo. Pregunté hacia donde me llevaba pero, como era de esperarse, él no aclaró mi incógnita sino que sumó otras. —Ya no podemos quedarnos aquí. — Apuró aun más la marcha. Una explosión hizo que ambos giráramos hacia atrás, justo al lugar de donde el sonido provenía.

— ¿Qué fue eso? — Interrogué sin recibir respuesta. No sabía si esto era algo bueno o malo para mí. Quizás me habían encontrado y estaban buscándome. Era el momento que tanto había esperado. Intenté zafarme pero el moreno me sujetó con mayor fuerza. Empecé a gritar por ayuda, y lejos de lograr que alguien me salvara, bastó para que Bankotsu, harto de mí, me golpeara dejándome inconsciente.
Lo último que recuerdo fue el mundo girar ante mis ojos y una débil voz que repetía mi nombre a la distancia. De no ser porque el golpe desacomodó mis neuronas, habría jurado que aquella voz… pertenecía a Inuyasha.

Continuará.