El retrato

Esta historia es una adaptación

Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

Bueno aquí les el final de esta historia.


CAPITULO 10

Es una manera endiablada de decirme que me amas – pronunció Edward ronco.

Consciente de que en lugar de abofetearlo con fuerza, Bella estaba aun más furiosa.

-¡Tuviste tu oportunidad y la desperdiciaste! – exclamó encolerizada -. Y no te atrevas a referirte de nuevo a esto. ¡Por lo que a mí concierne, esta noche nunca sucedió.

-¿Pero, por qué habíamos de querer olvidarla? – una brillante sonrisa transformó sus facciones palidas -. Después de todo, yo también estoy enamorado de ti.

-¡Supongo que se te salió, hace un segundo!

-Por Dios, querida...¡Te amo! – declaró con fiereza.

-Supongo que es porque has estado durmiendo aquí , tratándome como a un mueble o algo así... – su garganta se cerraba, anegada por las lágrimas y la amargura, con el deseo desesperado de creerle.

-O alguien de quien no puedo estar cerca sin querer tocarla – terminó él con suavidad -. Dijiste que no querías.

-Pensé que estabas enamorado de alguien más.

-¿Quién es ese alguien?

-¿Cómo habría de saberlo? Cuando te pregunté qué sucedería si te enamoraras, parecías...bien, parecías estar ocultando algo.

-¡Por supuesto que estaba ocultando algo! ¿Cómo crees que me sentía si me hacías la pregunta como si te importara un bledo? – demandó él -. Me hirió porque te amo.

-Quiero creerte, pero...

-Sin peros - puso un dedo contra los labios trémulos de Bella -. Quiero pasar el resto de mi vida probándotelo sin lugar a dudas. En Inglaterra, te dije desde la primera noche sabía lo que haría. Sabía que todavía te amaba y no quería admitirlo – la rodeaba con sus brazos y una maravillosa sensación interfería con su concentración -. Pero en todo lo que podía pensar, era en ese hombre manoseándote.

-¿Y aquella criatura que te acariciaba en la fiesta? – jadeó Bella, no fácilmente silenciada.

-No tengo la costumbre de ser tocado en público – un rubor intenso cubrió sus pómulos-. Suena muy infantil, pero no lamentaba que vieras que otra mujer me encontrara atractivo. Era orgullo...era...

-Repulsivo – terminó Bella sin piedad, pero tranquilizada.

Edward le sonrió.

-Me di cuenta de tus sentimientos y no podía comprender por qué te molestaba. Me hizo pensar, me hizo seguirte a tu casa...

-¿Seguiste el auto de Jasper?

-No pensé en lo que hacía y tus reacciones hacia mí eran muy confusas – murmuró tenso -. Luego llegó Elizabeth y después de eso, para mí aquella noche quedó en blanco. Ni siquiera recuerdo lo que dije, estaba desbastado.

Los dedos de Edward se hundieron en sedoso cabello Bella, tirando de su cabeza hacia atrás, para que su boca pudiera posesionarse de la de ella con un hambre voraz que amenazaba tirarla al suelo. Respirando con fuerza, liberó sus magullados labios y murmuró una disculpa en español.

-Dos veces hemos hecho el amor – gruñó -. Y dos veces, he perdido el control y me he comportado como un bruto incivilizado. Esta vez, no será así.

-¿Perdiste el control? Yo pensé que estabas experimentando.

Edward levantó en sus brazos con una sonrisa.

-Yo pensé que tú estabas experimentando conmigo. Casi te tomo en el vestíbulo, estaba increíblemente excitado – frunció el ceño tenso -. ¿Esto es crudo?

-Maravilloso – susurró Bella en urgente contradicción contra su mejilla -. Inténtalo de nuevo. Puedes ser tan poco civilizado como quieras.

La depositó en una cama individual, en una pequeña habitación desnuda, casi monástica.

-Este cóctel que preparé, se te subió a la cabeza. No creo que deba compartir la cama contigo esta noche.

-¿Por qué no? – Bella se aferró al suéter de Edward para mantenerlo a su lado.

-Mañana me puedes considerar que me aproveché de ti. Puedo esperar – sus ojos impacientes y hambrientos se fijaron en los de Bella -. Puedo darte tiempo. Esto no es tan importante como crees para mí. Debes estar muy segura de que esto es lo que quieres.

-Te deseo a ti – la humedad ardía en sus párpados y parpadeó con fuerza -. Te quiero tanto.

-Mi amor...te quiero, te quiero – entonó entrecortado, aceptando su invitación.

Edward le había enseñado el placer que arde y esa vez, le enseñó el placer que no tiene límites, un placer que siguió hasta que ella gritó su nombre, atrapada y controlada en la tormenta de pasión y arrojada gloriosamente por el horizonte.

Edward cubría su rostro ardiente con besos, hablando en una mezcla de español e inglés, diciendo cuánto la amaba, que no podía soportar vivir sin ella, que nunca la perdería de vista de nuevo. Estaba en el cielo, en el paraíso.

-Por la mañana, podemos volar a París – murmuró entre besos, con tensión en su musculoso cuerpo.

-¿Madrid?

-Tenemos una casa allá – miró los ojos somnolientos de Bella -. Rosalie vive y trabaja en Madrid. Me gustaría que la conocieras.

-¿No podría esperar uno o dos días?

-Rosalie no es entrometida. Los niños pueden quedarse aquí y reunirse después con nosotros durante la semana, si nos extrañan.

-Los pequeños son muy autosuficientes.

No había discusión es ese hecho.

-¿Qué edad tiene tu prima? – preguntó Bella con curiosidad.

-Es dos años mayor que yo.

-Es divorciada, ¿verdad?

Edward suspiró.

-Hace ocho años, dejó que Sarah la obligaría a casarse con un norteamericano muy rico. Ella no es como su madre y Sarah siempre la hizo pasar malos ratos. Royce no fue mucho mejor para su ego. La golpeaba con regularidad.

-Oh, Dios – pronunció Bella horrorizada.

-Al principio su matrimonio, su violencia le costó a ella el hijo que esperaba. Tuvo una crisis nerviosa – informó Edward -. Recuperó, pero Sarah no quería que se divorciara. No sólo estaba la cuestión de la religión, sino la pérdida del dinero de Royce. Rosalie había firmado un contrato prenupcial. En caso de un divorcio , ella no obtendría virtualmente nada. Cuando ella confió en mí, yo la persuadí de que dejara a Royce. Le di la fuerza para hacerlo.

-Me alegro mucho. Gracias a Dios que te escuchó – Bella sintió compasión -. Sarah de veras es un horror, ¿no?

Volaron a Madrid en jet de la compañía. Bella estaba feliz, tan feliz que casi le daba miedo. Tenía esa sensación de estar en la montaña rusa y hacía tiempo que no permitía que sus emociones la controlaran a tal grado.

-Debo contarte acerca de mis años en Truro – una triste sonrisa curvó su boca – no debemos tener secretos el uno con el otro.

A Bella le parecía que Edward estaba un poco inquieto, desde que abordaron el jet.

-No tienes nada que explicarme – suspiró -. Yo estaba equivocado y no tenía derecho a hablarte como lo hice. Fue generoso de tu parte contarme la verdad.

Bella lo miró sorprendida.

-¿Me creíste?

-Siempre me has dicho la verdad, pero soy muy testarudo cuando tengo una idea fija en la cabeza – reconoció Edward, mirándola divertido -. También soy muy celoso y nunca antes estuve celoso de ti. No me hizo daño. Ahora puedes contarme lo de Truro.

Edward estaba muy tranquilo y moderado. Bella frunció el ceño. ¿Qué pasaba con él? Y luego se sintió mal, muy mal, por olvidar lo que sentía por Edward cuando volaba. Había mejorado enormemente y le habría gustado decírselo, pero consideró que el tacto requería que no atrajera la atención a lo que Edward experimentaba.

Bella comenzó a hablar, esperando distraerlo. Charla inconsecuente, sin embargo, no logró su cometido. Las respuestas de Edward era monosilábicas y al final, Bella calló. Un auto los esperaba en el aeropuerto. Bella lanzó un vistazo a las tensas facciones de Edward y respiró profundo.

-Es probable que no quieras que mencione, pero creo que sería más fácil hablar de ello.

-¿Hablar de qué? - una línea se formó entre las cejas cobrizas.

-De tu fobia a volar- dijo con gentileza.

-¿Mi qué? – la miró asombrado y luego sonrió con ingenuidad -. Bella, me sobrepuse a eso hace años.

Bella tuvo que pegar su lengua al paladar. Si así era como él quería jugar, ella se atendría a las reglas. La casa no era lo que ella imaginara. Era una mansión enclavada atrás de altas murallas, no el conveniente pied-a-terre de su imaginación.

Un sirviente abrió las puertas dobles que daban a un impresionante vestíbulo de mármol. Bustos de mármol sobre pedestales y columnas jónicas rivalizaban por su atención.

-Es como un museo – opinó Edward -. Mis abuelos usaban esta casa como su hogar permanente cuando yo era niño. La abuela todavía la prefiere a Alcázar. Aro permitió a Rosalie quedarse aquí hasta que encontrara un apartamento – hizo pausa -. La invité a que nos acompañara a comer.

-Bueno – pero la mente de Bella había dado un salto muy femenino, pensando qué vestir para conocer a una diseñadora de modas-. Creo que iré a refrescarme.

-Yo tengo que hacer algunas llamadas.

Una doncella la llevó a su dormitorio. Bella absorbió el esplendor barroco de la cama con dosel. Comenzó a desvestirse. Se alegró de haberse dado tiempo en Sevilla para añadir unos cuantos extras a su guardarropa. La blusa ajustada con escote V y falda plegada en tonos complementarios de gris, púrpura y azul, eran muy favorecedores contra su cabello claro y el bronceado adquirido.

Al llegar a la escalera, escuchó abrirse las puertas del frente y Edward salió al vestíbulo. Una mujer se apresuró a saludarlo, inclinándose a besarlo en ambas mejillas. Fue sólo cuando ella se enderezó, que Bella respiró profundo.

Sus dedos se apretaron sobre el pasamanos. La sorpresa la atravesaba en oleadas. Su corazón golpeaba como un martillo. No podía ser la misma mujer, sencillamente no podía ser. ¿Qué tan bien podía recordar una fotografía que sólo viera una vez cinco años atrás? Esa mujer parecía más pequeña, más delgada. Su melena de rizos rubios era más corta, sostenida atrás por peinetas de marfil. Todavía se estrechaban la mano, hablando en voz baja y urgente, absortos el uno con el otro. Con mucha lentitud , Bella soltó el pasamanos y retrocedió varios pasos hacia el descanso. Estaba aterrorizada de ser vista. Rosalie. La prima de Edward. Su silencio ahora tenía sentido y por supuesto, él no sabía que había una fotografía, ¿verdad? Rosalie era la mujer que estuvo con él en aquella habitación de hotel, la mujer que destruyó su matrimonio, la mujer que le causara un dolor y sufrimiento indecibles. Era ella y lo más irónico era que ella no era tan bella como la hiciera Bella en su memoria. Sus facciones eran demasiado fuertes para ser bellas, pero era muy atractiva.

Regresó a su dormitorio, sin darse cuenta. Miró sin expresión alrededor de la habitación, haciendo un esfuerzo por controlarse. No funcionó. ¿Qué diablos sucedía? ¿En qué se había metido? Edward esperaba que ella se sentara a comer con esa mujer. Decir que él era vulgar era ser muy generosa, increíblemente generosa. Su estómago se revolvió.

-¿No estás lista todavía? – Edward estaba en el umbral, pulcro y elegante, con un ligero traje gris oscuro -. Rosalie llegó temprano.

-La vi – una amarga cólera la estremeció y, con ella, una enfermiza sensación de traición -. Y la reconocí.

-Así que hubo una fotografía – murmuró Edward pensativo -. Tu papa fue concienzudo. Debí estar preparado para esa posibilidad.

Con los ojos abiertos con asombro, Bella lo miró.

-¿No estabas preparado? ¡Ojalá te pudras en el infierno por esto! – exclamó ella con disgusto.

Sus ojos relampagueaban, su fuerte mandíbula se ató al cerrar la puerta.

-Tengo la sensación de que vas a decepcionarme. Rosalie puede entretenerse sola unos cuantos minutos.

-¿Piensas que yo voy a decepcionarte? – su voz temblaba sin poderlo evitar -. ¡Tienes tanta razón, Edward! Si no hubiera habido una fotografía, yo no hubiera sabido...

Ser descubierto no parecía disgustarlo en lo más mínimo. Su escrutinio era frío.

-Pero, ¿qué sabes, Bella?

Ella inclinó la cabeza en una agonía de dolor, temblando con la fuerza de sus emociones.

-Sé que nunca volveré a confiar en ti. ¿Cómo pudiste traerla aquí? – jadeó -. ¿Es que continúa la aventura? ¿O te proporciona cierta clase de excitación sentarte a comer con tu amante y tu esposa?

-No, no me proporciona excitación, porque Rosalie nunca fue mi amante – afirmó Edward -. Todavía me gustaría saber por qué una hora o dos juntos en una habitación de hotel constituye una evidencia indiscutible de infidelidad.

-¡Es suficiente para un divorcio! – exclamó Bella -. Si todavía insistes que hay otra explicación, me temo que ni siquiera voy a oírla.

-Pues vas a oírla – pronunció Edward con crudeza -. No confías en mí. Ni siquiera haces el más mínimo intento de fingir que confías en mí. ¡Pero qué educado de tu parte olvidar y perdonar algo que no hice!

-¡No puedo creerlo! – había un ligero sollozo en la afirmación -. Nunca lo creeré.

-Dime, Bella, ¿qué tipo de hombre presentaría a su amante a su esposa? – demandó con fiereza -. ¿Es así como me ves? Quería que supieras la verdad del modo más amable posible sin afligir a Rosalie. Yo no sabía que existía una fotografía. Quería que ustedes se conocieran. Intentaba dirigir la conversación en cierta dirección y dejarte hacer tu propio trabajo de investigación ¿Y cómo ibas lograrlo? Preguntándome. ¡No comportándote como la adolescente histérica e insegura que eras hace cinco años, cuando sucedió!

Una furia ciega comenzaba a apoderarse de Bella.

-¡Si no te vas de aquí, voy a perder la cabeza! – le advirtió Bella.

Edward levantó una indignada mano al aire.

-Rosalie fue a la galería a verme. Hacía tres años que no la veía. No sabía cómo iba su matrimonio. Teníamos mucho de qué ponernos al corriente y la llevé de regreso a mi hotel. Fuimos a mi habitación porque estaba llorando, Bella. ¡Sin duda no esperarías que la hiciera sentarse en público en ese estado! – condenó él -. Me contó acerca de Royce y nos quedamos hablando hasta la madrugada. El estaba fuera por negocios es esa época y ella estaba preocupada porque él iba a regresar más tarde aquel día. ¿Me está escuchando, Bella?

La voz de Edward sonó a través de la habitación como un látigo y Bella levantó la cabeza, con confusión con confusión completa en los ojos.

-Podrías contarme cualquier cosa – susurró ella, negándose a permitir que la convicción de años fuera destruida en segundos.

-Te estoy contando todo – ratificó él con dureza -. Cuando escuché lo que él le estaba haciendo, le dije que se fuera porque él no iba a detenerse. Había confiado únicamente en Sarah. Necesitaba que alguien le dijera que no era lo más malo del mundo abandonarlo. Y lo hice. Rosalie decidió vender sus joyas y volar a España, donde más tarde buscó refugio con mis abuelos.

Pequeños temblores de sorpresa la sacudieron. Su brusca explicación se hundía palabras con palabras como piedras en el fondo de un estanque turbulento.

-¿Es cierto? – murmuró ella, sabiendo apenas lo que estaba diciendo.

-Dios, ¿todavía piensas que estoy diciendo mentiras? ¿Qué tengo que hacer para establecer mi inocencia? – los ojos verdes, feroces como los de un halcón, se fijaron en ella -. Rosalie no tiene idea de lo que me costó aquella noche. Me costó mi matrimonio. Me costó mis hijos. Y no la lastimaría informándola. Déjame aclararte cualquier duda que puedas tener.

Bella se hundió en un sillón, porque sentía las piernas temblorosas.

-No necesitas decir algo más, te creo.

Exhaló la respiración con prisa reprimida y suspiró.

-Sarah estaba embarazada cuando mi padre la dejó plantada. Es por eso que Billy se casó con ella...

Bella levantó la vista abrumada.

-Pero eso significa...

-Ella es mi medio hermana.

Bella tragó saliva mientras las piezas finales caían en su lugar. Eso explicaba la profunda amargura de Sarah, su aspereza hacia su única hija.

-Pero no de acuerdo con su certificado de nacimiento – continuó Edward -. Públicamente fue un bebé prematuro... creo que es tiempo de que nos reunamos con nuestra invitada.

Bella levantó la cabeza con aflicción.

-¡No puedo enfrentarla así!

Edward cerró una poderosa mano sobre la de ella, haciéndola levantarse.

-Tómalo como una penitencia.

-No puede culparme por lo que pensaba – jadeó desolada -. ¿Por qué estás tan molesto? Pensé lo que cualquiera...

-Tú no eres cualquiera – comentó él -. Eres mi esposa. Quería que me preguntaras lo que sucedió aquella noche. Quería que te preguntaras a ti misma si yo te habría hecho una cosa así.

Si Edward trataba de hacerla sentirse culpable, lo estaba logrando.

-Lo siento.

-Sin duda soy un idealista pasado de moda, pero quiero que tengas un hecho en tu cabeza todo el tiempo – exclamó Edward -. No soy promiscuo. No soy mujeriego. Me gustan las mujeres, pero no coqueteo con ellas. Cuando estoy contigo, ni siquiera las miro.

La había conducido escalera abajo y la presentó a Rosalie.

-Estaba tan ansiosa por conocerte – confió Rosalie con efusividad al levantarse de su asiento -. Hace mucho tiempo, Edward una vez me habló tanto de ti, que me hizo sentir mucha curiosidad – intercambió una mirada de tristeza con Edward -. ¿Recuerdas aquella noche? Yo tenía tantos problemas y tu tratabas de alegrarme hablándome.

La comida terminó y Rosalie se fue antes que el agitado rubor desapareciera por completo del cutis de Bella. El último temor y la última nube había desaparecido de su horizonte, pero le dejaron un mal sabor en la boca.

-¿Vas a perdonarme?

Bella había estado estudiando la alfombra de su dormitorio, después de subir tan pronto como Rosalie partió. Levantó la cabeza, con dolor en los ojos.

-¿Vas a perdonarme tu?

-Bella, si me mataras, te perdonaría desde el cielo – la estudió por un torturante segundo y luego, con un gruñido, se agachó hacia ella, tomándola en sus brazos -. Estaba esperando que bajaras – confesó él.

-Y yo estaba esperando que subieras – con una risita temblorosa, enfrentó los ojos verdes -. Confío en ti, de veras confío. ¿Paso?

-Con honores – la apretó contra su cuerpo -. Quería hacer borrón y cuenta nueva, y me dejé llevar por el plan – murmuró febril.

-¿Un poco?

-Y un poco enojado cuando no funcionó – arrebatado por los labios abiertos de Bella, pasó un brazo bajos sus caderas y la levantó. Cuando ella abrió los ojos de nuevo, estaba sobre la cama. Edward la examinaba con satisfacción.

-Esta cama es para hacer bebes.

-¿P...erdón?

Un oscuro color acentuó los duros pómulos de Edward.

-Pensaba en voz alta.

Bella le rodeó el cuello con sus brazos.

-Dime más.

-Quieres decir...

-¿Por qué no? - Bella jugó con un lujurioso mechón de cabello cobrizo -. Te hundiré en domesticidad.

-¿Hundirme? – inquirió él.

-Ahogarte – había tanta ternura en sus ojos que le dolía.

-Quiero ahogarme contigo...verte gorda...

-¿Qué? – chilló Bella burlona.

-Redonda – su boca apasionada esbozaba una sonrisa maliciosa -. Voluptuosa, sensual... – su voz en un murmullo ronco, mientras se movía contra ella, dejándola sentir su necesidad, haciéndola estremecerse bajo él.

-Te amo – susurró ella -. ¿Vamos a hablar toda la noche?

-Yo voy a amarte toda la tarde, querida – prometió ronco -. Toda la tarde y siempre.

Y lo hizo.

FIN


Ke les pareció les gusto amaron a Edward al final? Yo siiiiiiiii

Esta novela pertenece a Lynne Graham llamada *El retrato de Sarah*

Gracias por su apoyo

Las kiero =D