Disclaimers: Final Fantasy no me pertenece, así como sus personajes, algo que sus fans probablemente agradecerán aunque no lo sepan.

Comentarios:

—Bla bla bla Diálogo.

«Bla bla bla» Pensamientos.

Bla bla bla Recuerdos, palabras dichas con remarcada ironía y Jenova.

Final Fantasy IIIX

por Ayumi Warui

Capítulo 11. Hogar, dulce hogar.

—¡Oooh, ooooh, ooooooh! —exclamó Cloud, como poseído, en cuanto sus pies cruzaron el arco de la entrada de Nibelheim.

—¡Esto es increíble! —lo apoyó Tifa.

—¡Inaudito! —asintió el rubio.

—¡Inexplicable!

—¡Impensable!

—¿Se puede saber qué os pasa a vosotros dos? —inquirió Aerith, con desidia. Ella no veía nada tan especial en aquel pueblucho sucio de mala muerte.

—¡¿Es que no veis nada extraño?! —corearon, señalando la plaza del pueblo, donde se alzaba un enorme pozo.

—Em... ¿no? —respondió, desconcertada, preguntándose si habrían comido algo en mal estado que les hubiese matado la única neurona que tenían.

—A mí también me indignaría que nadie viniese a saludarme cuando regresase a casa después de cinco años fuera —opinó Redypuchi.

—¡No es eso! —negó Cloud—. ¡¿No os dais cuenta de que estamos en Nibelheim?!

—Esa era la idea cuando empezamos a viajar hacia aquí, ¿no? —razonó Barret, mientras Yuffie se preguntaba qué clase de pueblo miserable no tenía tienda de materias.

—¡Pero Nibelheim fue completamente destruida hace cinco años! —les recordó Tifa—. ¡Arrasada por el fuego! ¿Verdad, Cloud? ¿Verdad que no me lo imagino ni han metido esa idea en mi cerebro en un laboratorio? Porque si yo no fuese yo en realidad, tú me lo dirías, ¿verdad? —deseó saber, todavía traumatizada por las estúpidas conclusiones a las que llegó en Gongaga, tras descubrir que Zack no era Cloud disfrazado.

—Esto... —empezó, extrañado—. Claro que fue destruido. ¡Por eso nos asombramos de que esté en pie de nuevo! —añadió para el resto del grupo—. ¡Sólo han pasado cinco años!

—Bah... —murmuró Cait Sith—, esto es un videojuego. Si a los programadores les apetece, pueden reconstruir un pueblo en medio minuto...

—¿Eh? —coreó el resto del grupo, mirando en todas direcciones. Mientras, Cait Sith desviaba la mirada a otro lado, haciéndose la sueca.

—¿Has dicho algo, Tifa? —preguntó Cloud.

—¿Yo? No.

—Entonces, ¿quién ha dicho esa gran verdad?... —quiso saber Barret.

—Da igual —concluyó Aerith, para alivio del peluche, que empezaba a sudar(?)—. ¡Vuestro asombro sigue siendo estúpido! ¡Llevamos más de tres días viendo el pueblo a lo lejos y no os había extrañado nada que estuviese entero!

—¡Es que está exactamente igual! —puntualizó Cloud—. Las mismas manchas en las fachadas que tenía que limpiar, el mismo óxido en las papeleras, las mismas bolsas de plástico enganchadas en las ramas de los árboles... ¡incluso está mi base del árbol, desde la que espiaba a Tifa cuando se cambiaba! —señaló una inestable plataforma, que hacía equilibrios sobre las ramas de un árbol cercano a la ventana del cuarto de la morena.

—¡¿Me espiabas cuando me cambiaba?! —se escandalizó la chica, mientras el resto (menos Barret, que lo comprendía) enviaba malas miradas al rubio.

—¡No! ¡No! ¡No! —mintió—. ¡Quería decir desde donde JOHNNY te espiaba!

—¡No me lo puedo creer! ¡Yo confiaba en Johnny!

—Dejad de hacer un drama de tan poca cosa —sugirió Aerith—. En cualquier caso, no es tan raro que lo reconstruyeran tan bien, los Shinra pueden ser muy perfeccionistas cuando se acercan las elecciones.

—No entiendo por qué, si, que yo sepa, son el único partido político que se presenta —añadió Redypuchi.

Nadie se había parado nunca (ni lo haría) a explicarle que Shinra no era un partido político sino una empresa energética que le había dado una patada en el culo a la democracia y se había quedado en el poder ad aeternum. Lo que la gente ahora comúnmente llamaba "las elecciones" eran las Elecciones Internas de Shinra, en las que se sometía a votación obligatoria y no anónima, entre los miembros de la empresa, si debían mantenerse en su posición los jefazos de los distintos departamentos, y se invitaba a los votantes a atreverse a sugerir a otro para esos puestos en una casilla. Ni qué decir tiene, que todas las veces salían reelegidos los mismos por unanimidad, más que nada porque el primer año que se celebraron, en los tiempos del tatarabuelo de Rufus, aunque ningún jefazo sacó ni un solo voto, mantuvieron su posición igualmente y todos los que habían votado contra ellos acabaron trabajando de becarios–esclavos, lo que supuso una renovación masiva de la plantilla de la empresa. El único modo de quitar de su puesto a un pez gordo de Shinra era que muriera —y ocupaba su lugar el siguiente en la pirámide de mando o el heredero de éste en el caso de la presidencia—, o que el presidente te degradase personalmente. Ese día señalado, la gente del populacho se consolaba, por no tener voto, con un maravilloso e inaudito descuento en el impuesto por el aire que respiraban y con la oportunidad única de comprar limonada a mil gils el vasito en los puestos oficiales colocados por Shinra para la ocasión.

—¡No lo entendéis! ¡No entendéis nada! —gritó Cloud, fuera de sí—. ¡Es Shinra! ¡YO, que estuve en SOLDIER, sé que esto NO es normal! ¡Shinra jamás gastaría tanto dinero en reconstruir un pueblo miserable como este, perdido en medio de la montaña, y menos con tanto detalle! ¡Si hasta han recuperado mi choza! —Señaló la precaria edificación.

—Ahora que lo dices... —admitió Barret—. Eso de que hayan gastado pasta por un pueblucho sí que es raro.

—Eso mismo pensé yo cuando me encargaron la reconstrucción —apoyó Cait Sith. Por suerte, nadie lo escuchaba.

—Es cierto —asintió Aerith—. ¿De donde sacaron el presupuesto? —se dijo, recordando que justamente Sephiroth había fingido su muerte para que no le hiciesen pagar aquello.

—¡Tiene que haber una intención oculta tras esta reconstrucción! ¡Los Shinra ocultan algo aquí! ¡Mi olfato de ex–SOLDIER me lo dice!

—Yo lo único que noto es olor a alcantarilla —apuntó Yuffie—. Además, ¿qué es ese cuento del incendio y la choza de Cloud? ¿No veníamos aquí porque seguíamos a Sephiroth?

—Ah, es cierto, que tú no estabas con nosotros cuando Cloud nos contó la historia... —se percató Tifa.

—No veas la tarde de gandulería, pizzas y botellón que te perdiste —comentó Barret—. Incluso era un poco interesante lo que el lerdo éste nos contaba como excusa para estar allí.

—Jo, a los jugadores opcionales siempre nos marginan —se quejó Yuffie—. ¡Ni siquiera nos sacan en las escenas de mayor calidad!

—Normal, porque los programadores son muy vagos y no van a hacer varias escenas distintas dependiendo de si os han reclutado o no —razonó Aerith.

—¡Tomaos en serio esta conspiración, caray! —se quejó Cloud al ver que habían empezado a ignorarlo—. ¡Tenemos que averiguar qué trama Shinra! ¡Investiguemos el lugar! —decidió, entrando en la primera edificación que encontró, la posada.

En el mostrador había una mujer de mediana edad, aburrida, limándose las uñas.

—¡Usted es una impostora! —acusó Cloud, de pronto, lanzándose sobre la desprevenida mujer, y la cogió de la solapa de la chaqueta—. ¡¿Dónde está el vejete que se ocupaba de la posada?! —inquirió, zarandeándola sin delicadeza alguna—. ¡Confiese! ¡¿Dónde lo tenéis escondido?!

—¡Cloud! —corearon todos menos Yuffie y Aerith, que preferían mantenerse al margen.

—¡Serénate! —pidió Tifa.

—Aquí nunca ha habido ningún viejo. Llevo esta posada yo sola desde hace setenta y cinco años —aseguró la mujer, con descaro.

—¡Eso es mentira! —acusó Tifa, cogiéndola también por la chaqueta, olvidando su propia advertencia—. ¡Yo recuerdo perfectamente al vejete de la posada! ¡Siempre me regalaba caramelitos y me subía en su regazo para contarme cuentos!

—¡Y a mí me echaba dándome golpes con su garrote, acusándome de ensuciarle la alfombra con mis zapatos! —añadió Cloud.

—¿Y no puede ser que el viejo muriera en el incendio? —sugirió Barret.

—¿Incendio? ¿Qué incendio? —se hizo la inocente la mujer—. En este pueblo nunca ha habido un incendio.

—¡¿Qué?!

—¡Cloud! —acusó Barret, señalándolo con su brazo arma—. ¡Nos mentiste! ¡Te inventaste la historia del incendio para ponernos contra Sephiroth y desviarnos de nuestra sagrada guerra contra Shinra! ¡En realidad eres tú el espía infiltrado!

—¡¿Cómo puedes dar más crédito a esta loca que a un ex–SOLDIER como yo?!

—¡Haber pertenecido al ejército de Shinra sólo te quita crédito! —declaró con los ojos inyectados en sangre.

—¡¿Cómo te atreves a despreciar SOLDIER?!

—No empecemos a pegarnos entre nosotros, por favor —pidió Aerith mientras ellos se liaban a puñetazos, olvidando Barret que tenía una metralleta adherida al brazo y Cloud que portaba una espada de toneladas de peso a su espalda. Viendo que no la escuchaban, se giró hacia la mujer—: ¿Cómo podemos saber que no mientes?

—¡Mira! —indicó sacando una fotografía en la que salía ella, con exactamente el mismo aspecto, en el mismo lugar, sosteniendo el Shinra Times que tenía la fecha de setenta años atrás—. Mm... ¿Qué crema usas para la cara? —se interesó la cetra.

—Nos estamos desviando del tema principal... —intervino Redypuchi, viendo que Barret y Cloud seguían enzarzados en su lucha campal, destrozando el mobiliario de la posada; Cait Sith los animaba a gritos, como si estuviese en un campeonato de boxeo; Tifa estaba sumida en una gran confusión por la revelación de la foto; Aerith comentaba sobre cosmética; y Yuffie organizaba sus materias alfabéticamente—. En fin, iré a reponer ultrapociones y colas de fénix mientras acaban sus asuntos —decidió, saliendo del lugar.

Media hora después, en la plaza, tras ser desalojados por la policía a causa de la pelea y dar un par de vueltas, comentaban impresiones.

—Está claro que, o esa mujer miente, o lo hacéis vosotros dos —resumió Aerith—. Y considerando que Seph... quiero decir, considerando que Tifa corrobora el hecho del incendio y ella no sabe mentir, consideraremos que es cierto.

—¡Yo sigo sin creérmelo! —insistió Barret, con cabezonería y un ojo a la funerala—. ¡Puede que Cloud la haya confundido!

—¡Yo encontraré una prueba que te lo demostrará! —prometió Cloud, con decisión, sin poder evitar una mueca de dolor por su labio partido.

—¿Os habéis dado cuenta —empezó Redypuchi— de que el pueblo sólo tiene gente de entre veinte y treinta años, vagos como si fueran funcionarios de Shinra, y tipos vestidos con capuchas negras, con números tatuados en las manos?

—Ahora que lo dices... —se percataron, viendo al menos una veintena de los tipos de negro, paseando y comentando alegremente "Unión" o "Sephiroth" (el vocabulario no les daba para más).

—¿Pero no son vuestros colegas esos del viaje guiado? —preguntó Aerith.

—No, no son ellos —aseguró Tifa, convencida, aunque la cetra juraría que eran exactamente iguales.

—El caso es que ese tipo de capa negra que tiene un garrote, el que me ha arreado antes, me recuerda al vejete de la posada —comentó Cloud.

—Y esos dos pequeños que daban la lata y han intentado pegar un chicle en el pelo de Redypuchi son talmente como los gemelos de nuestra vecina —recordó Tifa.

—Y ese de las deportivas Reebok y la capa negra de Lacoste me evoca un montón a aquel amigo pijo tuyo que...

—Dejad de jugar a los parecidos razonables —indicó la muchacha de ojos verdes— y pensad en cómo vais a confirmar que este pueblo se quemó, para que Barret acceda a seguir el viaje contigo, pese a que fueras de SOLDIER. Piensa que es un personaje obligatorio, así que no nos lo podemos dejar aquí.

—Bien... —asintió Cloud—. Como antes casi me saca los ojos la mujer que ahora vive en mi choza, por no comentar que hemos tenido que atarla al pozo para que no llamase a los loqueros a buscarnos cuando le hemos hablado del incendio, tendremos que buscar pistas en otro lado.

—¡Vayamos a la mansión esa de ahí! —sugirió Yuffie—. ¡Huele a materia!

—El caso es que también huele a tío bueno —admitió Aerith, preguntándose si Sephiroth estaría dentro.

—¡Sí! ¡Es el lugar más sospechoso! —decidió Cloud, pensando que al fin podría tocar el piano de cola que Sephiroth nunca les dejaba ni rozar a Za... ejem, Manolo ni a él.

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Después de que Cloud quitase a patadas de encima de Tifa a un clon que además de decir "Unióooooon" decía "Hijiiiiitaaaaa", entraron en la gran mansión de Shinra. Al llegar al recibidor, se encontraron con que allí los esperaba un poderoso enemigo opcional, de esos a los que uno no se acerca si es listo, a no ser que tenga el nivel máximo, una colección de omnielixires y la partida guardada.

—¡Aaaaaaargh! ¡Cucaracha! —corearon Tifa y Cloud, escondiéndose tras Aerith (sin duda la más poderosa)—. ¡Utiliza la Protección Planetaria y huyamos!

—¿Otra vez igual? —se quejó Aerith, dirigiéndoles una mirada de reproche—. ¡Sólo es un bichito, no voy a usar mis maravillosos poderes ni huir! —sentenció—. ¿Y por qué ha empezado a sonar una música especial de combate, así de pronto? —preguntó, a nadie en particular.

—¡Ja! Mira que asustarte por una cucarachita de nada —se burló Barret—. Menudo ex–SOLDIER.

—¡En SOLDIER me enseñaron a nunca subestimar al enemigo! ¡Aunque parezca acabado, muerto de hambre, deshidratado, sin brazos ni piernas, inmovilizado, sellado, maldito, encerrado, encadenado, drogado, confundido, cegado, envenenado, enmudecido, petrificado...!

—Pues mira lo que le hago yo a la "terrible bestia" —ironizó Barret caminando con intenciones homicidas hacia el pobre bicho. Luego levantó su pesada bota, dispuesto a hacerlo papilla.

—¡Barret, nooooooooo! —corearon los dos jóvenes de Nibelheim, con gran dramatismo, lágrimas asomando en los ojos, y alargando un brazo en dirección a su alto compañero.

Todo pasó en cuestión de nanosegundos. De pronto todo se movía en ralentí: la bota bajaba implacable, Tifa y Cloud lanzaban su grito de advertencia, Redypuchi fruncía el ceño, Yuffie mascaba su chicle, Cait Sith jugaba a la PSP, Aerith bostezaba... y la cucaracha empezaba a levantar su cabecita para observar lo que se le venía encima, todo al tiempo que movía sus antenas negras. Justo en el momento en que una de éstas entró en contacto con la suela de la bota, súbitamente el tiempo empezó a pasar de manera natural, apenas dando ocasión a los jóvenes a ver el número en rojo "7.777.777" que apareció sobre Barret, instantes antes de que el líder de Avalancha saliese volando directo a la cristalera del primer piso, la cual atravesó dirección al monte Nibel.

—¡¿Qué... diablos... ha sido... ESO?! —logró pronunciar Aerith, mientras el insecto empezaba a hacer la pose de victoria de fin de combate, dispuesto a quedarse con todos los gils y objetos de Barret.

—¡En este juego se supone que el daño no puede superar los 9999! —se quejó Redypuchi.

—¿Estará usando la cucaracha alguna materia especial? —se dijo Yuffie, aunque no sería ella quien se acercara a comprobarlo.

—¡Os lo advertí! ¡Os lo advertí! —repetía Cloud, riendo como un loco, no se sabe si por tener razón o por la satisfacción de haber visto a Barret volando.

—¡¿Se puede saber qué le dais de comer a los bichos en este pueblo?! —inquirió la cetra.

—Sephiroth nos explicó —empezó Cloud, recuperando la serenidad de modo asombroso e instantáneo— que era a causa de la mutación por tener un reactor estropeado cerca. Incluso nos contó que Shinra había intentado adiestrarlas para formar un cuerpo especial con ellas, pero habían sido incapaces de convencerlas para que se uniesen a ellos.

—Será mejor que no la molestemos —decidió Redypuchi, sabiamente.

—Sí —asintió Aerith—, entremos en esta sala de aquí a ver si se aparta de la escalera mientras. Así, de paso, daremos tiempo a Barret de regresar.

La estancia no era muy bonita precisamente, más bien era pequeña, oscura y estaba cubierta de mugre.

—Muy interesante —opinó Cloud.

—La cucaracha aún sigue fuera —los informó Tifa, desde la puerta.

—Tendremos que encontrar algo con lo que entretenernos.

—¡Mirad! ¡Ahí hay algo de interés! —señaló Redypuchi un bloque de folios que había tirado en el suelo.

—¿Qué le ves exactamente de interesante? —ironizó Aerith.

—Bueno, si brilla de esa manera antinatural, como queriendo destacar en el entorno, será que se trata de un objeto importante, ¿no?

—Ahí le has dado —admitió—. Cloud, recoge tú los folios, que si me agacho se me manchará la falda con la mugre del suelo.

El rubio obedeció sin rechistar y sostuvo los papeles ante sus ojos. Y, al poco, empezó a ponerse nervioso al notar que todos lo miraban.

—¿Qué pasa?

—¡Léelo en voz alta, hombre! —indicó Aerith—. ¡Que no tenemos telepatía!

—¿Va sobre materias? —añadió Yuffie.

—Esto... Bueno... —miró los papeles con súbita aprensión—: "In... for... m...e... de... u... na... cien... —leía con dificultad, sudando por el sobreesfuerzo mental, ya que no sólo tenía que lidiar, en voz alta, con su casi analfabetismo, sino que además tenía que descifrar la caligrafía con la que aquello estaba escrito—... ti... fi...".

—¡Dame eso, que no tenemos para todo el día! —lo cortó la cetra, arrancándole el informe de las manos, para alivio y satisfacción del rubio—. Ya lo leo yo:

"Informe de una científica muerta del aburrimiento.

2 de febrero. Hoy ha habido mermelada de fresa y naranja para desayunar. Nunca me decido por cuál tomar, así que al final he cogido miel. Hojo ha preferido huevos fritos.

3 de febrero. Hace bastante viento. Creo que tendré que decirle a Vincent que destienda la colada antes de que el aire se lleve mi lencería volando. Luego comprobaré que no falte nada.

4 de febrero. Como me aburría, he aprovechado para ordenar mi colección de chapas. Ha sido apasionante.

5 de febrero. Hoy ha sido un día muy emocionante. Vincent me ha enseñado su rifle de francotirador y le he pedido que me dejase sostenerlo. Ahora él está tapando el agujero de la vidriera con un folio.

6 de febrero. Me he roto una uña al cerrar el armario. Ha dolido mucho.

7 de febrero. Hoy he estado mirando cómo Vincent hace abdominales. Nunca agradeceré lo suficiente a Luisita que me mandase a este Turco para alegrarme la vista y los ratos libres. Qué gran amiga.

8 de febrero. Hojo me ha dicho que se va por una semana para supervisar el traslado de un nuevo ejemplar que han encontrado en el norte y van a traer para que investiguemos. Hoy por la noche se marcha.

13 de febrero. Vincent ha logrado romper a mordiscos la cadena con la que lo até a mi cama el día 9. Alega que tenía hambre y necesitaba dormir. Qué débil es.

14 de febrero. Mañana vuelve Hojo. Vincent dice que deberíamos contarle lo nuestro. Yo prefiero esperar a que me ascienda y ponga un par de sus propiedades a mi nombre. Tener vida de adúltera es duro, el sótano es incómodo.

15 de febrero. Hojo ha traído el ejemplar. Es muy fea, pero sus tentáculos me intrigan.

16 de febrero. Hoy se nos ha acabado el café. Tampoco queda té. Tengo sueño.

17 de febrero. Me duele la espalda. Es la última vez que me cito a escondidas con Vincent en el trastero".

—Parece una especie de diario —comentó Redypuchi.

—De una mujer adúltera —añadió Yuffie.

—Voy a saltarme un trozo —informó Aerith—, que ahora vuelve con sus grandes problemas de que se le descose el dobladillo de la bata o se le pierde un gancho del pelo...

—¿Qué será eso del ejemplar con tentáculos que Hojo trajo para investigar? —se preguntó Tifa, mientras la cetra pasaba páginas.

—El caso es que me suena haber visto algo con tentáculos en un tiempo relativamente reciente —comentó Cloud.

—Ahora que lo dices...

—Jo, qué culebrón —comentó Aerith—. Ahora se ha quedado embarazada y dice que quiere probar la nueva teoría científica, que comparte con Hojo, con el bebé.

—¿Qué teoría? —preguntó Tifa—. No me digas que van a experimentar con él...

—Algo así parece, escuchad:

"4 de marzo. Vincent no para de darme la lata con que no le gusta la idea del experimento. Pero cuando le pregunto ante Hojo si tiene algo que decir respecto a que use al bebé para el experimento, dice que es cosa mía y sólo mía. Qué morro tiene. Pues ahora lo voy a hacer, sólo para fastidiarlo.

5 de marzo. Hoy me inyectarán las células. Espero que la jeringuilla sea pequeña. Las agujas duelen.

9 de marzo. Estos últimos días me noto algo rara. Vincent dice que mi mirada es extraña. Yo creo que sólo he engordado.

14 de marzo. A Vincent le preocupa mi antojo de beber sangre fresca. No sé por qué.

17 de marzo. A veces me dan dolores extraños. Vincent cree que igual es por el experimento, aunque Hojo asegura que son gases.

21 de marzo. Cada vez me apetece menos escribir. Cuando cojo un boli, me dan ganas de clavárselo a alguien. Tal vez sí esté un poco afectada, tal vez sea de ver tanta tele.

23 de marzo. Vincent está agonizando. Se fue a reforzar vínculos de amistad con Hojo, para que no lo matase cuando le contase su aventura conmigo, pero cuando estaban compartiendo una apasionante tarde de tiro al plato, Hojo falló el tiro y le dio a él. Veré qué puedo hacer.

24 de marzo. No me ha quedado más remedio que usar a Vincent para mi proyecto de doctorado, CAOS, para que no muriese. Mirándolo por el lado bueno, así me ahorro el trabajo de buscar un voluntario. El lado malo es que ya no tengo a quien me busque ratas para el almuerzo.

30 de marzo. Por fin he acabado la primera fase del proyecto CAOS. Ahora tengo que dejar reposar el ejemplar en un ambiente húmedo y oscuro durante treinta años. He decidido esconderlo, porque si no seguro que Hojo me boicotea el proyecto para que no le quite el puesto. Pero como tengo tan mala memoria, dejaré escritas cuatro pistas para encontrarlo cuando el tiempo pase. Como Hojo es lerdo, jamás las descifrará. Las pistas son:

Pista 1: en la caja del invernadero.

Pista 2: en el piano de cola.

Pista 3: en medio del pasillo del primer piso, ala este.

Pista 4: 97.

Ahora me voy a merendar, que se me acaban de antojar unos cuantos ojos humanos". Aquí acaba el informe —concluyó la cetra.

Todos los jóvenes quedaron en silencio, meditando sobre las pistas.

—¿Ojos humanos? —repitieron Cloud, Tifa, Redypuchi y Yuffie, con cara de asco.

—Yo diría que la loca ésta partió a su amante en cuatro trozos y luego los escondió por la casa si no fuera porque la cuarta pista es un número —confesó Aerith.

—Igual es que lo partió en 97 trozos y los escondió en esos tres sitios —sugirió Yuffie.

—No sé yo... —murmuró Cloud—. Pero el caso es que hay un invernadero con una misteriosa caja en el medio, en el primer piso —recordó—. Y también un piano de cola aquí al lado, que Sephiroth nunca nos dejaba tocar por miedo a que lo rompiésemos.

—Tal vez es que no quería que descubrierais dónde estaba escondido ese Vincent —dijo Redypuchi.

—No creo —corearon Cloud y Aerith.

—Entonces, ¿vamos a los otros tres sitios a ver qué encontramos allí? —imaginó Tifa.

—¿Está todavía la cucaracha? —corearon todos.

La morena caminó hasta la puerta y se asomó al exterior.

—No, ya no.

—Salgamos pues.

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Al saquear la casa en busca de cualquier cosa que se hubiese dejado olvidada la gente que estuvo por allí, lograron reunir los tres números que estaban ocultos en los lugares de las pistas 1, 2, y 3 del informe.

—36, 10, 59 y 97 —leyó Aerith del papelito.

—¡Bingo! —cantó Cloud, enseñando su cartón, con marcas en todos los números.

—¿Seguro que no estás haciendo trampas? Ya van dos bingos seguidos —refunfuñó Barret, con desconfianza. No hacía mucho que había regresado de su viaje a los montes Nibel, pero al parecer el aire fresco de la montaña no le había mejorado el humor, ni haber sobrevivido a un daño superior al que haya sufrido jamás cualquier personaje de la saga final fantasy.

—¡Chicos, dejad de jugar y ayudadme a descifrar esto! —se quejó la cetra.

—En serio, ¿qué necesidad tenemos de resolver ese estúpido acertijo? —preguntó Yuffie.

—Es cierto —apoyó Redypuchi—. Hemos venido a buscar a Sephiroth y a encontrar pruebas de que esto se quemó, ¿no?

—Sí —asintió la ninja—. Abramos esta caja fuerte y vayamos a seguir buscando.

—Qué manía te ha dado con la caja fuerte, niña —se quejó Barret—. Aerith ya te ha dicho que no se puede abrir a no ser que tengas la contraseña o dinamita.

—Es que huelo que hay materia dentro... —se quejó.

—¿Y si probamos a introducir números al azar? —sugirió Cloud.

—No es un panel con botones, Cloud, es una rueda —le recordó Tifa, con candidez.

—Mejor me lo pones, démosle vueltas. Tarde o temprano pasaremos por todos los números.

—Esas cosas no funcionan así... —señaló Redypuchi—. Es necesario saber los números de la combinación, porque si te pasas de largo, la contraseña se considera errónea.

—¿Los números de la combinación?... —repitió Aerith—. ¡Claro! ¡Los números! Ya decía yo que no podían haberse molestado en poner una caja fuerte si no nos daban la contraseña, pero pensé que igual había que volver en otro momento de la aventura. ¡Pero la contraseña deben de ser ESTOS números! —dijo mostrándoles el papel.

—¡Claro! —aplaudió Tifa—. ¡Qué lista eres!

—Lo sé.

—Entonces... —murmuró Cloud—. ¿Ese tal Vincent está encerrado en la caja fuerte?

—Sólo hay un modo de averiguarlo... —indicó Aerith, acercándose a la caja fuerte. Iba a introducir la contraseña, pero pensó que mejor no se arriesgaba a que su deducción fuese errónea y hubiese un sistema de seguridad. Al menos ella no sería la que se arriesgara—. Cloud, yo te digo los números y tú giras la rueda.

—Vale —accedió sin problemas, poco antes de plantarse ante su objetivo. Observó la caja fuerte. Era convencional (o eso creía; no es como si él alguna vez hubiese tenido alguna): de color gris, con una rueda, una palanca para abrir la puerta y un botón.

—El primer número es treinta y...

Las palabras de la joven de cabellos trenzados se interrumpieron con el sonido de una explosión a baja escala, justo en el mismo instante en que un montón de humo oscuro llenaba la sala, haciéndolos toser. Cuando, después de que Tifa al fin alcanzara la ventana y la abriera para que el aire se renovase, volvieron a recuperar la visión, comprobaron que donde antes estaba la caja fuerte ahora había un agujero y que Cloud tenía la mano (con el dedo índice aún extendido), el pecho y la cara negros.

—¡¿Qué has hecho?! —quiso saber Aerith, sacudiéndose la falda.

—Es que había un botoncito al lado de la rueda y yo...

—Tú y los botones de autodestrucción —murmuró Barret.

—Va, no le riñáis —pidió Tifa—. Esta vez no ha volado por los aires el edificio.

Todavía —remarcaron todos los demás, a excepción del rubio.

—Bueno, bueno, pero está abierta la caja fuerte, ¿no? —objetó Cloud—. ¡Lo importante es que se ha cumplido la misión, no cómo se ha conseguido!

—Esto no es SOLDIER, Cloud, las bajas que provoques dentro de tu equipo importan —le recordó Redypuchi.

—¡Yo la he encontrado! —exclamó Yuffie, cogiendo la materia Odín, aprovechando que el resto aún estaba distraído—. Y quien la encuentra se la queda, según nuestro sistema de repartición de materias.

—¿Seguro que era así? —dudaron.

—También hay una llave —se percató Tifa, y la cogió—. Tiene una etiqueta. Pone: "Llave del cementerio clandestino".

—¡Claro, un cementerio! —exclamó Cloud, sobresaltándolos por su súbito ímpetu—. ¡Ahí encontraremos la prueba de que esto se quemó, porque estarán las tumbas de todos!

—Pero, si hemos registrado ya toda la mansión y el pueblo, ¿dónde estará escondido ese cementerio?... —se preguntó Tifa.

—¡En el sótano! —indicó el rubio—. ¿No recordáis que os dije que había un pasadizo que llevaba a la biblioteca? ¡Allí también hay una puerta misteriosa que nunca nadie se ha molestado en intentar abrir! ¡Tiene que ser ahí!

—Bueno, no perdemos nada por comprobarlo —aceptó Aerith, preguntándose dónde se habría metido Sephiroth.

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—¿No podíais tener en este pueblo mosquitos como en todos? —se quejó Barret, que tenía más agujeritos en los brazos que un colador—. ¡No! ¡Teníais que tener murciélagos vampiros!

—Los habrán traído los Shinra, porque hace cinco años no estaban aquí —aseguró Cloud.

—Olvidad esas banalidades, he encontrado una puerta —anunció Aerith—. Tiene un cartel que dice: "No molestar. Hombre hibernando."

—¡¿Ves?! ¡¿Ves?! —repitió Cloud, señalando el cartel—. ¡Justo como os conté el día que os narré la tragedia de Nibelheim!

—Bah, será una casualidad —desdeñó el otro.

—¡La llave encaja! —exclamó Tifa, entusiasmada, antes de que sonase un "click". Hecho aquello, intentó abrir la puerta, pero ésta se resistía—. ¿Uy? Qué raro, no se abre...

—Déjame probar a mí —pidió Aerith, tomando la llave de la mano de la morena. La metió en la cerradura y la giró, haciendo sonar otro "click"—. Ya está. Es que se ve que estaba ya abierta y lo que has hecho es cerrarla —explicó a su amiga.

—Ah... —entendió Tifa—. Pero... si ya estaba abierta, ¿es que alguien ha descifrado el acertijo antes que nosotros?

—O tal vez la científica olvidase cerrar con llave antes de guardar la llave en la caja fuerte —conjeturó Redypuchi.

—Podría ser —opinó Cloud—. Ya dije que nunca nadie intentó abrir esta puerta.

—¿Qué más da? —dijo Yuffie, a la cual lo único que le había interesado de todo aquello había sido la materia Odin.

—Tienes razón. Veamos qué hay aquí .

En cuanto la cetra abrió la puerta, el grupo de héroes se encontró ante una amplia llanura, rodeada por unas colinas. El cielo nocturno, pero con luna, apenas aportaba iluminación, pero, por suerte, unas cuantas farolas dejaban ver gran cantidad de lápidas, dispuestas en rigurosas filas. No muy lejos de la puerta se hallaba una pequeña cabaña, cercada por una valla, y, junto a ésta, tres ataúdes, dos abiertos y uno cerrado.

—¿No se supone que estamos dentro del sótano de un edificio cerrado? —preguntó Aerith, la primera en reaccionar.

—Y también se supone que aún no ha llegado el mediodía —puntualizó Tifa.

—Chicas —empezó Cloud, caminando al interior del cementerio—, simplemente no hagáis preguntas. El mundo está lleno de misterios que no comprendemos.

—Sí, como la capacidad de Sephiroth de hacer maestras las materias con sólo tocarlas —admitió Aerith.

—¡¿En serio hace eso?! —exclamó Yuffie, con los ojos brillantes. Si consiguiese captar esa habilidad con la materia "Habilidad enemiga"...

—Bueno, vale, estamos en el cementerio clandestino —murmuró Barret—. ¿Qué demuestra esto? Porque yo no veo nombres en las lápidas, ni fechas de defunción, y, por supuesto, en ninguna pone: "Fallecido durante el incendio de hace cinco años".

—¡Eres un cabezota! —gruñó Cloud—. ¡Pues estoy dispuesto a desenterrar todos los cadáveres para demostrarte que son de los habitantes de Nibelheim! —decidió, cogiendo una de las palas que había guardadas en uno de los ataúdes abiertos.

—No dirás eso en serio, ¿verdad? —deseó Tifa.

—¡Aquí nadie pone en duda mi palabra! ¡Norma nº 2 de SOLDIER: Hacer lo que sea necesario para restablecer el honor propio!

—¿Y cuál es la uno? —curioseó Yuffie.

—Pues obedecer a Shinra aunque lo que te pidan transgreda el resto de normas existentes en el mundo —respondió como si fuese lo más lógico del mundo.

—Obviamente —añadió Cait Sith.

—No sé por qué no me extraña —admitió Aerith.

—Un momento, Cloud —pidió Redypuchi al ver que el ex–SOLDIER clavaba la pala en la tierra—, pero ¿esto no es una profanación?

—¿Y a ellos qué más les da si están muertos? —razonó Yuffie.

—Pero...

—Mira —empezó Cloud—, yo no considero digna sepultura ser enterrado en un cementerio clandestino de Shinra, ¡así que pienso sacar de aquí a mi madre —señaló, aunque en realidad se refería a su padre, ya que a su madre la incineraron— para llevarla a un lugar digno de contener sus restos, aunque para eso tenga que sacar a todo el pueblo de bajo tierra!

—Oh, tienes razón. ¡Perdona por ser tan insensible! —pidió, pensando que a él tampoco le gustaría que Seto estuviese enterrado en aquel lugar.

—Yo... creo que prefiero quedarme al margen... —admitió Tifa, algo incómoda, tomando asiento en la tapa de uno de los ataúdes abiertos.

—Barret, Redypuchi —llamó Aerith—, ayudad a Cloud —ordenó—. Si no, se nos hará realmente de noche antes de que salgamos de aquí.

—¿Y vosotras dos? —indicó Cloud, señalando a la cetra y a la ninja.

—¡Sé más caballeroso! —se quejó—. Las damas no deben hacer este tipo de trabajos.

—Va, para que no se diga que me escaqueo con la excusa de que soy personaje opcional —empezó Yuffie—, os echaré una mano también —se ofreció, con la idea de asegurarse de que nadie hubiese sido enterrado por error con alguna materia enlazada al traje.

Durante largo rato ellos cavaron distintos agujeros (Redypuchi menos porque era difícil manejar la pala con la boca) y las dos chicas comentaban banalidades, Tifa acariciando a Cait Sith como si fuese una gatita de verdad y, sinceramente, Aerith juraría que la oía ronronear. Ya ninguno de ellos recordaba a Sephiroth, el cual tampoco los recordaba a ellos, entretenido como estaba en la biblioteca, leyéndose la serie Fullmetal Alchemist.

—Me van a salir callos en las manos —se quejó Yuffie cuando se acercó a pedir agua a Aerith, tras haber acabado uno de los agujeros—. Creo que voy a hacer una pausa —declaró mientras Cloud certificaba que aquel esqueleto también era de un conocido, aunque Barret no se lo creía—. A ver dónde me puedo sentar... —musitó buscando otro lado (ya que las tapas de los dos ataúdes abiertos las tenían ocupadas Tifa y Aerith con sus lindos culitos y un tablero del Warhammer).

Mientras a Tifa le explotaba uno de sus cañones, haciendo una matanza en sus propias filas, Yuffie se plantó ante el único ataúd cerrado. Si su olfato no le fallaba, y había tenido toda la infancia para entrenarlo para aquello, ahí dentro había materia.

«A ver qué tipo de materia es... —se dijo, empujando la tapadera hasta lograr apartarla y que cayera pesadamente al suelo, aunque nadie se percató—. ¡Anda, si aquí también hay un muerto! Y uno muy bien conservado —opinó observando al alto y apuesto hombre de largos cabellos negros, ropas negras y capa roja—. Vaya desperdicio, con lo bueno que estaba... En fin, ¿qué se le va a hacer? Saqueemos».

En el instante en que la ninja se disponía a poner sus zarpas sobre él, el supuesto muerto abrió los ojos, de un intenso color rojizo, mucho más brillante, rojo e inquietante que el color de los ojos de Tifa.

—¡Aaaaarrrrrrghhh! ¡El tío bueno muerto se mueve! ¡Un zombie!

Los alaridos de la muchacha lograron captar la atención de sus compañeros, que abandonaron lo que hacían para curiosear. El supuesto muerto, mientras tanto, se había incorporado hasta quedar sentado, y se enjugaba los ojos.

¡Vade retro Satana! —exclamó Aerith, lanzándole al pobre, a la cara, el zumo de naranja caducado que guardaban.

—¡¿Por qué le has lanzado eso?! —alucinó Redypuchi. Yuffie seguía berreando y dando vueltas circulares alrededor del lugar, ya que era lo que le parecía más razonable en aquellos casos.

—¡¿Qué quieres?! ¡Es lo más parecido a agua bendita que tenemos!

—¡No nos quedan ajos, pero aún tenemos un bote de ajoaceite! —mostró Tifa, asustada. El supuesto vampiro, mientras, sacó un pañuelo y se empezó a secar la cara.

—¡Nada, nada! ¡De todos es sabido que lo realmente efectivo en este caso es una estaca de madera! —declaró Cloud, intentando arrancar uno de los palos de la valla de la cabaña—. ¡Ayúdame, Barret!

El hombre del ataúd, cuando renunció a librarse del pringoso líquido, echó una ojeada al calendario que había colgado en la pared de la caseta y luego, sin palabra alguna y con parsimonia, cogió la tapa del ataúd y se volvió a encerrar dentro; todo ello ante la mirada extrañada de nuestros héroes.

—Creo que ha pasado de nosotros —concluyó Redypuchi.

—¿Dices que me ha ignorado? —murmuró Aerith, con una vena hinchada por la irritación. ¿Cómo podía un hombre, humano, vampiro o lo que sea, quedarse indiferente ante una criatura de belleza tan sublime como lo era ella?

—¡¿Cómo que nos ha ignorado?! —se indignó Cloud, sobre todo porque el dolor de espalda que acababa de conseguir había sido en vano—. ¡Nadie me ignora a mí, que he estado en SOLDIER!

—¿SOLDIER? —se oyó una voz profunda y tranquila que procedía del ataúd. Instantes después, la tapa salió volando, como por arte de magia, dándole en la cara a Cloud y Barret, que se habían acercado. Luego, el supuesto vampiro volvió a sentarse—. ¿Cómo está Sephiroth?

—¡¿Conoces a Sephiroth?! —corearon todos, y Cloud añadió—: ¡Con que ahora está reclutando un ejército de vampiros y muertos vivientes para detenernos! ¡Pues hace falta mucho más que eso para derrotarme! ¡Muertos a mí! ¡En SOLDIER me enseñaron a echar curas a los zombies, a exorcizar poseídos, a robar éteres a los fantasmas, a...!

—No —negó él, ignorando al protagonista—. A su madre, Lucrecia.

—No, te equivocas —intervino Tifa, recuperando su dulzura al haber desterrado el miedo tras pasar los primeros segundos y que el tipo no saltase al cuello de nadie—. La madre de Sephiroth se llama Jenova, él mismo nos la presentó.

—No —negó muy serio—. Lucrecia.

—Que es Jenova —insistió Aerith.

—Lucrecia.

—¡Jenova!

—Lucrecia.

—¡Vale, lo que tú digas! —resopló. Al fin y al cabo le importaba un comino cómo se llamara esa cabeza con tentáculos—. Y tú, ¿cómo te llamas?

—Vincent Valentine.

—¡¿Vincent?! —repitieron todos menos Barret.

—¿Qué pasa? —inquirió el hombre del brazo arma—. ¿Lo conocéis?

—¡Es el Turco del que hablaba el informe! ¡El amante de la científica loca!

—Lucrecia —corrigió, frunciendo de forma casi imperceptible el ceño.

—¡¿Que la científica del informe era la madre de Sephiroth?!

—Entonces... —musitó Tifa—, el bebé con el que experimentaron al inyectar a esa mujer, Lucrecia, esas células o lo que fuera...

—¡Era Sephiroth! —concluyó el resto, ante la mirada indiferente de Vincent.

—¡Ecks! —emitió Aerith, con cara de asco—. ¿La madre de Sephi comía ojos humanos, ratas y bebía sangre mientras estaba embarazada? Cuando se entere...

—¡Un momento! —habló Redypuchi, logrando que nadie captase el modo en que Aerith se había referido al enemigo del grupo—. Si tú eres ese Vincent que la científica, Lucrecia, usó para su proyecto CAOS y todo eso, ¿se supone que llevas treinta años aquí encerrado sin salir ni al servicio?

—Faltan dos semanas —afirmó Vincent.

—Un momento —dijo esta vez Cloud—, entonces ¿cómo sabes que se llama Sephiroth si, según el informe, su madre aún estaba embarazada cuando te encerró aquí?

—Lucrecia dijo que lo llamaría así.

—¿Y si hubiese sido una chica? —sugirió Tifa

—¡Espera! —exigió Aerith—. ¿Sephiroth no se llama así por la marca de nacimiento en forma de "el diagrama del Sephiroth" que tiene en el culo?

—Era previsible —declaró Vincent—. A Lucrecia se le antojó un pastel de azúcar glasé con nata y miel en forma del Árbol de la Vida y Hojo se negó. Es diabético y le da rabia que otros coman dulces.

—Ahm...

—Aerith... —dijo Barret, extrañado—, ¿cómo sabes tú que Sephiroth tiene una marca de nacimiento en el culo?

—Esto... ¡lo leí en unos informes cuando era un ejemplar de experimentación en Shinra! —improvisó.

—O sea, que tú eras el amante de la madre de nuestro peor enemigo —resumió Cloud, plantado ante Vincent, que seguía sentado en su ataúd, no se sabe si por vagancia, porque tenía entumecidas las piernas de tanto tiempo durmiendo, o para obligarlos a bajar la mirada y que les diera dolor de cuello—. Además de un Turco y un experimento científico de Shinra... Está claro que tienes que formar parte de nuestro grupo —sentenció.

—Vale —aceptó.

—¿Vale? —repitió Cloud, atónito—. ¡Se supone que ahora nos tenías que decir que no te daba la gana, que no querías enfrentarte al hijo de tu amada o algo así!

—Discutir me cansa —resumió.

—Y parece que hablar también —aventuró Barret.

—Desde luego, si el vampiro de "Entrevista con el vampiro" llega a ser tan hablador como él, Anne Rice acaba el libro en tres páginas —admitió Redypuchi.

—Oye, Vincent —empezó Yuffie, que ya le había perdido el miedo y el respeto—. ¿Qué te ha pasado en el brazo para llevar esa garra?

—Me gustó la de Albel Nox —explicó.

—¡Pero si nuestro juego es previo al Star Ocean 3!

—No hagas preguntas.

—Entonces, ¿Vincent se viene con nosotros? —quiso cerciorarse Tifa, mirando hacia Cloud.

—Sí, ¿por qué no? No creo que coma mucho si ha pasado treinta años sin hacerlo y no ha muerto.

—¿Tienes una parálisis facial o es que siempre tienes cara de póquer? —preguntaba Yuffie, por su lado, al hombre.

—...

—Y parece que tiene entretenida a Yuffie —añadió Barret al verlo—. Menos peligro correrán nuestras cosas.

—Será como tener una niñera... —empezó Aerith, instantes antes de dar un grito ahogado.

—¡¿Qué pasa?! —saltaron todos menos Yuffie y Vincent, que estaba demasiado entretenidos en su "conversación" para percatarse.

—Si esa Lucrecia del informe es la madre de Sephiroth... ¡¿eso quiere decir que Hojo es su padre?!

—¡Es cierto! —se percataron todos menos Barret, que empezaba a tener ganas de leer aquel informe del que no dejaban de hablar, aunque estuviese escrito por alguien que era de Shinra.

—Si Sephiroth lo supiera, le da un trauma, con la rabia que le tiene... —recordó la cetra, preocupada. Si no era suficiente aquella madre mutante con tentáculos, ahora ese padre... ¿Cómo diantres había salido él tan guapo, tan fuerte y tan adorable con semejante genética?

—Es cierto, tal vez sea la clave para derrotarlo —señaló Barret—. Si se lo decimos antes de pelear con él, ¡lo desmoralizaremos!

—No —negó Cloud, con rotundidad—. Eso sería jugar sucio. Un guerrero con honor no usa trucos y artimañas.

—Y muere joven —concluyó Aerith.

—Da igual. Decidido esto, volvamos a la excavación —sentenció Cloud, cogiendo la pala.

Después de una hora y media de hacer agujeros, en la que Yuffie puso a prueba la paciencia de Vincent con preguntas estúpidas, sin lograr alterarlo, y en la que Vincent puso a prueba la resistencia de Yuffie, soltándole una frase mística metafórica, de las que a él le gustaban, y que dejó a la ninja descolocada y sin palabras durante la última media hora, Cloud exclamó con voz triunfal:

—¡Por fin! ¡Es él! ¡Es mamá!

—¿Estás seguro? —preguntó Redypuchi.

—¡Segurísimo!

Ante aquello, los cinco que se habían mantenido al margen dejaron lo que hacían (nada en el caso de Cait Sith) y se aproximaron a echar un vistazo, Tifa con algo de aprensión. En el fondo del agujero, dentro de un ataúd abierto, había un esqueleto sonriente al que le faltaban varios dientes. Eso era relativamente normal, pero no la redecilla rosa chillón con rulos que tenía el cráneo, el batín parcheado que vestía o las pantuflas; eso sí, todo algo chamuscado.

—¡Es él! —reconoció Tifa la indumentaria.

—Vaya —dijo Aerith—. Parece que la ropa que llevaba tu padre–madre, aparte de ser vieja y recosida, no era biodegradable.

—¿Qué, Barret? —empezó Cloud—. ¿Te crees ahora que os dije la verdad y que este pueblo es nuestro pueblo y se quemó hace cinco años?

—Que tenga una bata y rulos requemados no significa que...

—¡Si no te lo crees, usa la materia sentir en él! —retó el ex–SOLDIER.

—¡No pienso usar algo que se ha extraído de la propia sangre del Planeta para...!

—¡Pues ya la uso yo! —concluyó la cetra, harta de tanta tontería.

Nada más Aerith usó el conjuro, ante la vista de todos apareció un zoom del esqueleto del padre–madre y en la parte superior empezaron a pasar unas letras que decían:

"Nombre: Fermín Federico Strife (alias Rufina Augusta, el padre–madre de Cloud). Nivel: 1. PV: 0/4. PM: 0/0. Vulnerable al fuego. Resistente al hambre y la miseria. Inmune a las críticas, burlas e indirectas. Absorbe frío. Causa de la muerte: por atragantamiento con pan reseco y mohoso, provocado por el susto que supuso el incendio de Nibelheim de hace 5 años."

—¿Y bien? —preguntó la mujer de ojos verdes.

—Bueno... Si el Planeta dice que pasó, entonces tendré que creérmelo —concluyó Barret.

«Vaya, si lo sé me invento que el Planeta me ha dicho que Cloud no miente», pensó ella.

—¿Qué hacemos ahora? —quiso saber Tifa—. ¿Dónde quieres enterrarlo?

—No lo sé, todavía no conozco un lugar digno —admitió Cloud—. Además, estamos en medio de un viaje del que depende la supervivencia del universo, así que no puedo entretenerme en buscarlo —declaró, aunque no le había importado perder el tiempo en todo aquello para que quedase claro que no era un embustero—. Lo mejor será que lo deje aquí. Ahora que sé dónde está, volveré a buscarlo cuando sepa dónde enterrarlo.

Decidido esto, abandonaron el cementerio clandestino después de que el rubio hubiese dado el beso de despedida al cráneo de su padre–madre y hubiese vuelto a taparlo, dejando una señal en la lápida para reconocerla. Luego cerraron la puerta y espantaron a los murciélagos que los esperaban (y que curiosamente respetaban a Vincent). Entonces se dieron cuenta de que no tenían objetivo.

—Se supone que Sephiroth tenía que estar aquí —recordó Tifa.

—Igual está en la biblioteca —aventuró Cloud—. La última vez pasó mucho tiempo ahí.

o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o

Mientras, ignorante de la profanación que perpetraba el grupo de su amiga de la infancia, Sephiroth leía mangas, cómodamente sentado en el escritorio de la biblioteca, mientras Jenova destrozaba a mordiscos la colección de Bastard!, no se sabe si por casualidad o como represalia a lo lentamente que dibujaba su autor.

—Uff, tengo la boca seca —se dijo Sephiroth cuando acabó el último tomo de una colección, instantes antes de echar un vistazo al reloj—. Sí que tardan Aerith y compañía... En fin, iré a la máquina de cafés que tienen en la posada, que no pienso volver a arriesgarme a tocar la cocina de esta mansión —se dijo, levantándose—. Vigila que nadie me quite el sitio —pidió a Jenova cuando pasó por su lado—, que esto está lleno de tipos de negro que se me enganchan como lapas y me intentan arrancar pelos para hacerse amuletos.

Jijijiji... La Reunión va viento en popa... ¡Jijijiji!

—Sabía que estarías de acuerdo conmigo.

Sephiroth caminó con parsimonia por el pasillo entre estanterías, casi partiéndose la crisma por culpa de un montón de libros que algún desaprensivo había dejado allí. Estaba a punto de pasar a la zona de la biblioteca donde estaban aquellas dos extrañas cápsulas cuando se encontró cara a cara con Cloud y cía, así, de sopetón.

—¡Sephiroth! —exclamó Cloud, por costumbre, al tiempo que lo señalaba con un dedo.

—Ya lo hemos visto —dijo Yuffie.

El ex general de SOLDIER se esforzó en reaccionar como se suponía que debería, aunque tenía la extraña sensación de que lo miraban como si supieran algo de él que él mismo desconocía. Y aquello no era tranquilizador.

—¿Vas a participar en la Reunión? —dijo Sephiroth lo primero que le vino a la mente, lo cual captó la atención de Jenova, que se acercó rodando por el suelo.

—¿Reunión? —repitió Cloud—. ¿De antiguos miembros del ejército Shinra o algo así? —sugirió.

—Eh... no —negó, un poco extrañado, algo que no se reflejaba en sus rasgos, ahora fríos y duros—. La Madre, Jenova, estará en la Reunión, y cuando nos unamos a ella... ¡se convertirá en la Calamidad de los Cielos! ¡Muahahaha! —rió, entre malévolamente para fingir y sinceramente porque le hacía gracia la estupidez que acababa de soltar.

—¿Calamidad de los Cielos? —repitieron todos, sorprendidos, menos Aerith y Vincent.

—¡Oh, eso es terrible! —exclamó Aerith, para apoyarlo.

¡Jijijiji! ¡Meteorito os destruirá a todos! ¡Jijijiji!

—Eso mismo —le dio la razón Sephiroth, contento de que su madre lo ayudara a salir del paso—. ¡Y entonces el mundo será nuestro! ¡Muahahaha!

—¡No te lo permitiremos! —declararon Barret, Tifa y Redypuchi, mientras Cloud seguía dándole vueltas a aquello de la Reunión.

—Sephiroth —pronunció con seriedad y suma serenidad Vincent, captando la atención de todos—, te estás equivocando.

«¿Un nuevo compañero de Aerith?», pensó Sephiroth, observándolo. Por alguna razón se sentía extrañamente intranquilo e incómodo en su presencia; le resultaba... familiar, de algún modo.

¡Jijijiji! ¡Es CAOS, es CAOS, jijijiji! —cantaba Jenova mientras daba saltos. En uno de estos, Sephiroth la capturó por uno de los tentáculos, y si no perdió la mano, fue porque era el Gran Sephiroth.

—Cloud, si quieres saber qué es la Reunión, tendrás que seguirme, hacia el norte, más allá del Monte Nibel —reveló, instantes antes de arrojarle una materia verde al estómago al rubio, para distraerlos lo suficiente para poder escapar saltando por encima de ellos.

—¡No... ug... hullas! —exigió el protagonista, encogido, mientras oían a lo lejos las risas de Jenova y Sephiroth.

—¡Yo la he visto primero! —saltó Yuffie sobre la inocente materia—. ¡Wao! ¡Una materia Destruir en nivel maestro! ¡Cómo se nota que Sephiroth la ha tocado! Tengo que pedirle la próxima vez que toque mi colección de materias... Aunque... ¿crea también una nueva materia sin entrenar cuando las hace maestras así? —se planteó—. Porque entonces podría ser una fábrica de materia.

—No creo que pueda, si no los Shinra lo habrían tenido encerrado tocando materias desde que era niño, en lugar de montar tantos reactores —dedujo Aerith.

—¡Vamos a Nibel! —decidió Cloud, ya recuperado del golpe que había recibido en la boca del estómago—. ¡No dejaré escapar a Sephiroth! ¡No dejaré que haga ninguna Reunión sin mí! ¡Muahahahaha! ¡Unióooooooon! —clamó, al tiempo que salía corriendo de la biblioteca, con mirada enloquecida.

—Casi se me había olvidado lo rarito que es —admitió Barret.

—¿No deberíamos seguirlo? —señaló Redypuchi.

—Sí, será lo mejor —apoyó Tifa—. Démonos prisa, antes de que los murciélagos se lo merienden.

Fin del capítulo 11

Notas de la Autora (versión original): Tee–hee! Un mes más, aquí estoy con las desventuras de mis niños. La verdad es que me ha llevado lo mío, porque no me decidía en cómo poner a Vincent, pero al final he decidido mantenerlo en la línea del original, como he hecho con la mayoría de los personajes (léase, todos menos Aerith, Cloud y Sephiroth). Siento si alguien ha quedado decepcionado. La verdad es que a mí, hasta que jugué al Dirge, Vincent me gustaba sólo por guapo y misterioso, porque a veces se me olvidaba que estaba de poco participativo y lo silencioso que es xD

Aclaraciones:

Loqueros — Forma coloquial de llamar a los trabajadores de los manicomios (generalmente a los psiquiatras).

Protección Planetaria — Uno de los límites de nivel tres de Aerith, que hace invulnerable a todo el equipo durante un tiempo limitado.

Warhammer — Juego de estrategia de guerra por turnos que se juega con tablero y miniaturas, y se ambienta en un mundo fantástico.

Pues eso es todo por hoy para mí. A vosotros aún os queda dejarme escrita cualquier tipo de duda, crítica, comentario, amenaza de muerte, abucheo, el envío de donuts bomba... Vamos, como siempre xD. ¡Nos leemos!