kalid: Con la frase "supusieron que no sería capaz de matarlos a todos" (que tenía una errata, como habrás notado) me refería a que ellos creían que la chica no se iba a defender. Siento la confusión, ahora lo corrijo.
Gracias por todas las reviews n_n Aquí está el penúltimo capítulo de esta parte.
Por otra parte, la autora ya ha terminado con la segunda, así que en cuanto pueda -cuando me den las vacaciones de navidad, supongo- me pondré a traducir.
Besos! :*
10. Cuando se toma una decisión…
"¿Quieres saber en qué creo?" No estaba segura de cómo responder. Por una parte, su oferta era extraordinariamente atractiva. Por el otro, prefería no saberlo todo sobre él. Sus secretos, su naturaleza enigmática, destructiva, eran parte de lo que me gustaba de él, y no lo cambiaría por nada del mundo.
"No", dije finalmente. "No me debes nada. Me has dado más de lo que nunca me habría atrevido a pedir." Giré la cabeza para mirarle y recorrí con mi dedo las cicatrices gruesas, retorcidas, que estropeaban sus mejillas. "Guarda tus secretos. Son más valiosos de lo que crees."
Sonrió, y hizo darme la vuelta para besarme. "Vaya Cristo que has montado, señorita", dijo. "Tendremos que hacer algo antes de llegue la policía."
Me quedé helada. "¿Viene la poli?"
Se rió. "¿Conmigo y hasta el último de mis hombres en el mismo lugar y al mismo tiempo? No son tan tontos como parece, ya lo sabes."
"¿Cómo puedo ayudar?"
Acercó su boca a mi oreja y me contó su plan. Mi corazón se hundía más y más con cada palabra. Eso era. La tarea que me había asignado, a mí y solo a mí, desde el momento en que me había encontrado. Mi participación en su variopinta vida estaba a punto de terminar. Me dio su palabra de que nos volveríamos a encontrar, pero no pude evitar que mi cabeza se llenase de dudas. Solo esperaba que mantuviese su promesa, y me matase.
Lo que tenía que hacer no era difícil. Me ayudó a incorporarme, me besó una vez, dos veces, y luego desapareció para poner en marcha su plan. Esperé a que el fuego envolviese el almacén, y después dejé que los recuerdos me envolviesen. Todo- todo el dolor, toda la furia, todo el terror de los hombres a los que había matado. Dejé que todo se colase en mi interior. Deseché mis filtros, los bloqueos mentales con los que solía protegerme, y permití que la locura en estado puro, insoportable, me alcanzase.
Sus cálculos eran impecables. Corrí al exterior, chillando como una loca, tirándome del pelo, con el cuerpo entero lleno de sangre seca, justo en el momento en el que el escuadrón de policía llegó a los muelles. Las llamas colapsaron el edificio detrás de mí; sentí el calor, pero poco más. Fui débilmente consciente de que hombres fuertes, uniformados, me retenían y me empujaban contra el capó de un coche. Quizá me hicieron preguntas; ya no me acuerdo. Me pasé todo el trayecto hasta la comisaría temblando, rodeada de oscuridad, profiriendo gritos ahogados y quejidos. Horrible. No lo repetiría por nadie, excepto por él.
En la comisaría, una oficial me guió hasta el cuartel y me ayudó a bañarme. Me dio ropa limpia –informe, incolora, pero limpia – y me llevó a la sala de interrogatorios para enfrentarme a mi juzgamiento.
Me senté en una pequeña silla metálica frente a una pequeña mesa metálica, y esperé. Voces amortiguadas me alcanzaron desde el otro lado del cristal. "Es una gitana" decía uno. "Sin nacimiento certificado, sin familiares. Pensábamos que teníamos algo, pero no. Ha tenido un nombre diferente casi cada año. Chelsea Stratford, Lona Davenport, Abigail Jackson, Esther Golding – el más recientemente es Rebecca Waters, pero los nombres son sólo nombres. No es nadie.
"¿Y cuánto tiempo ha estado con...?" preguntó otro.
"Seis meses," contestó el primero. "Pero no tengo ni idea de cómo ha estado llamándola."
La puerta se abrió, y entró el Comisario Gordon. Un hombre de aspecto cansado, que aparentaba más edad de la que tenía, de carácter suave y un rastro de trágica esperanza en sus ojos. Mis fantasmas se fueron en el momento en que fijó su mirada en mí. Era una persona extraña de hecho, con una clara idea del Bien y el Mal, y bondadoso. Eso me hizo sentir cómoda. Aspiré y extendí los dedos sobre la fría mesa.
Se sentó frente a mí. "¿Entiendes por qué estás aquí?, preguntó.
Asentí. "He cometido un crimen horrible".
La tristeza oscureció su mirada, junto con un ramalazo de compasión. "Sí, así es", dijo. "¿Querrías explicar por qué has matado a esos hombres?"
Por un momento, mi resolución vaciló. Gordon era tan serio, tan decente… Me dolía mentirle. Podía elegir: Entregarme, hacer lo correcto, y ver cómo lo que más temía se hacía realidad –que el hombre al que amaba fuese capturado y castigado por sus innumerables delitos – o seguir sus instrucciones, seguir el plan como había prometido que haría.
"Porque él quería que lo hiciese.", respondí finalmente. Entonces las lágrimas aparecieron de nuevo. Gordon alcanzó mi mano, pero me aparté con brusquedad, levantándome de la mesa. "¡No lo hagas!" espeté. Su contacto había sido demasiado. Me cubrí el rostro y rompí a llorar. Gordon esperó con paciencia hasta que me sequé la cara y me senté de nuevo.
"Sabemos que iban todos armados, criminales convictos," dijo Gordon. "Lo más probable es que te hubiesen matado si no hubieras hecho nada. La defensa propia no es un crimen, hija."
"Lo sé". No podía enfrentarme a su mirada.
"Escucha: El hombre para el que has estado trabajando es muy persuasivo. Lo entendemos. Si nos ayudas, si lo metemos entre rejas y testificas contra él…"
"¡No!"
Gordon suspiró. "Es comprensible que tengas miedo. Pero te aseguro que podemos llevarte a un sitio donde no pueda encontrarte. Estarás a salvo. Lo prometo."
Alcé la vista. Mi expresión se tornó lentamente entendimiento y decepción. "Cree que él me ha hecho esto.", dije. "¿Cree que él me ha hecho ser como soy?
Gordon frunció el ceño y abrió la boca para responder, pero no le dejé.
"Tengo más sangre en las manos de la que usted se puede imaginar, Comisario," dije. "Pregúntele a su cruzado de la capa, a su 'caballero oscuro'. Él sabe el mal del que puedo ser capaz."
La compasión de sus pensamientos se intensificó; seguía sin comprender. No me veía como a un monstruo. Sólo como a una víctima, una inocente retorcida y pervertida por el hombre al que amaba. Así que dejé caer mi máscara, solo un poco. Era un recurso que usaba frugalmente, sólo cuando no tenía más remedio. Al igual que podía absorber los pensamientos y emociones de los que estaban a mi alrededor, también podía imponerles las mías propias. Eso hice con el Comisario Gordon. Saqué mis recuerdos a la superficie, dejándole entrever la sed de sangre de mi corazón, la depravación de mis anteriores fechorías. El horror se instaló en su cara gradualmente; se levantó y retrocedió. Le liberé. El humo se elevó en espirales desde mis manos.
Hombres con batas blancas y tablas de notas decidieron mi destino. Lo acepté sin discutir. Había unos trámites, pero poco más que una formalidad. Escuché con todas mis fuerzas esperando oír su voz, esperando, con la esperanza de que no me abandonaría. No oí nada.
