Romanticide
By Padfoot & Prongs
23/12/08
Bueno. Prongs al habla. Solo para clarificar, este fanfic sigue abandonado. Esto es algo que encontré de casualidad, cuya existencia no recordaba. Pensé justo, por todo el tiempo que algunas personas han esperado, subir hasta la última migaja que teníamos lista, así que aquí está. De nuevo, disculpas, y gracias por todo su apoyo.
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Chapter XI: Away
A eso de las 18hs, Roy se encontraba limpio y reluciente, pero recostado nuevamente en el sofá, totalmente abatido. Para lo único que se había molestado había sido para colocarse ropa interior limpia y el pantalón de su pijama. Ed, por su parte, aún algo mosqueado por la 'discusión' que acababan de tener, estaba en la biblioteca, sentado en el escritorio, casi sepultado bajo libros, apuntes, esquelas, croquis y demás garabatos comprensibles sólo para él.
Claro, porque ustedes creían que él estaba concentrado en algo, ¿verdad?
Sí, estaba concentrado.
Pensaba sin cesar en que, visto y considerando la situación, debería recuperar el cuerpo de Al solo. Como debía ser.
Eso o atar a Roy al lado suyo para que lo ayudase.
Ring
…
Riiing riiing
- Moshi moshi? – contestó lacónicamente Roy el teléfono, que acababa de interrumpir de manera bastante maleducada su lamento interior.
- Hola, Roy-sama, hasta que me atiendes tú - una voz femenina demasiado… acaramelada para su humor actual le contestó al otro lado del tubo. Por supuesto, él no tenía ni la más remota idea de quién se trataba.
- … Hola!... (?) - ¿estaba siendo tal vez demasiado obvio?
- Te extrañé mucho, encanto… - la voz en cuestión suspiró – ¿Quién era el que me atendió por teléfono esta tarde?, ¿tu hermanito?
- … Estem… - el General miró para todos lados, sin saber exactamente cómo actuar. Eran estas cosas precisamente las que no lo ayudaban en un momento como ese.
¡NO!
¡ROY MUSTANG NO SE COMPORTA ASÍ!
¡¡ROY MUSTANG ES TODO UN VALIENTE!!
¡¡ROY MUSTANG LE DA LA CARA A LA VIDA!!
¡¡ROY MUSTANG ES TODO UN CASANOVA!!
– Eh… n-número equivocado - clic - "Roy Mustang es un maldito cobarde"
Y la cereza del postre estaba justo ahí, paradito a su lado, mirándolo con cara de pocos amigos.
- ¿Y ahora qué hice? - preguntó el 'casanova'.
- No, nada. Espero - dijo el rubio con voz serena, doblando hacia el baño. Roy lo siguió con la mirada hasta que el otro cerró la puerta del recinto.
- "¿Por qué me pasa esto a mí?... ¿eh?, ¿por qué?, ¿qué hice de malo?, me baño todos los días, no falto al trabajo porque sí (al menos, el no encontrar la hebilla del cinturón es un buen motivo para no ir), hospedo gente en mi casa amablemente… bueno, bueno, hospedo a Ed en mi casa amablemente, le cuido el perro ese mugroso a Hawkeye… ¡merezco el cielo por eso!"
Evidentemente, él era el único que pensaba así. Al menos, el Fullmetal no compartía aquello. O no en ese momento.
Al salir del baño, Edward se quedó de pie un segundo, mirando al moreno. Le costaba trabajo admitirlo, pero sentía que debía irse por un tiempo. Tenía asuntos que atender y ya había pasado demasiado tiempo fingiendo que podía vivir en paz como alguien normal.
- Roy… - comenzó.
- Te juro que era número equivocado, ¿por qué no me crees de una vez?
- No es eso… olvídalo de todos modos – diciendo esto, volvió a su 'refugio', también conocido como el estudio del militar.
- Bah… no hay cómo tenerte contento
Su respectivo humor no cambió demasiado en las horas que siguieron, ni durante la cena, ni cuando se acostaron en la misma cama a dormir. Roy estaba demasiado cansado por el día que había tenido y Ed, por su lado, demasiado ocupado pensando en todo lo que le esperaba, así que ninguno hizo el menor intento por emitir comentario alguno.
A la mañana siguiente, el despertador se dignó a operar como supuestamente debió hacer también el día anterior, y sonó a las 7 en punto. Cual robot programado, el militar se levantó automáticamente de la cama y con movimientos casi mecánicos se acercó a su armario para sacar sus cosas y se encerró en el baño.
Edward apenas oyó el ruido de la puerta al cerrarse, abrió los ojos, se levantó y se vistió para ir a la cocina a preparar el fluido vital que daba vida al General todas las mañanas. Prestó especial atención en su quehacer, pues era conciente de su alto grado de distracción mental, y luego sin muchas ganas fue a ordenar sus cosas al estudio. Metió todo lo que había escrito y pensaba que le sería de utilidad en su bolso, así como el pequeño libro salido de Nadie-sabía-dónde, y llevó el equipaje al sofá de la sala.
En ese preciso momento, salía el dueño de casa del baño, imponente con su uniforme, como siempre. Enseguida fijó su vista en la situación y miró a Ed, algo confundido.
- ¿Adónde vas? – quiso preguntar en tono despreocupado.
- Con mi maestra. Tengo varias cosas que hablar con ella y es probable que ella sí quiera ayudarme sin cuestionar si la quiero en verdad o si sólo la voy a visitar cuando necesito algo – respondió tranquilamente, y se acercó al perchero que estaba junto a la puerta para ponerse su gabardina roja.
- No seas cruel. Si estuvieras en mi lugar también dudarías… nunca nos tratamos honestamente, vienes y me pides ayuda para recuperar el cuerpo de tu hermano, empiezan a pasar cosas entre nosotros y casualmente encuentras en mi biblioteca un libro que habla del amor y la fuerza que tiene éste en la alquimia. ¿Qué quieres que piense?
- Nada. Me gustaría que confiaras en mí, así como me pides que yo lo haga – regresó unos pasos para coger su bolso y se lo colgó del hombro – En fin, quizá esté lejos un par de semanas, depende de lo que me diga Izumi – le miró a los ojos y pareció dudar en acercarse más o no – Cuando vuelva, ¿te molesta que te avise?
- Te obligo a que me avises
- Bien… etto… nos vemos entonces – y, como si fuera a arrepentirse pronto, se dio la vuelta, giró la manija y salió rápidamente del departamento dejando a un anonadado Roy Mustang dentro de él.
El resto de ese día fue totalmente miserable para el Brigadier General. Todo lo que había hecho luego de la partida de Ed había sido tirarse en el sofá y llamar al cuartel para reportarse enfermo cuando se dio cuenta de que no quería ver a nadie. A pesar de que estaba en su casa, en la cual había vivido siempre solo, todo lo que podía recordar era que, por un corto período, no lo había estado. Y el hecho de que le gustara más de ese modo, no le hacía sentir muy bien que digamos ahora que las cosas habían vuelto a la normalidad. Exteriormente, al menos.
El teléfono sonó repetidamente, hasta que se vio obligado a desconectarlo de nuevo para poder descansar en paz. El tiempo pasó, no supo a qué velocidad, hasta que abrió los ojos siendo llamado a la realidad por el sonido insistente del timbre.
Aparentemente ese día nadie planeaba dejarlo en paz, como él hubiera deseado. Lo cual era ilógico, ya que hubiera requerido muchísimo menos esfuerzo. Y gritos de su parte.
- ¡Váyanse, no hay nadie!
- Royyyy! ¿Estás bien, camarada? ¡Nos preocupamos mucho, no sueles reportarte enfermo! – se escuchó la voz preocupada de Hughes del otro lado. Al darse cuenta de que el morador del apartamento no tenía intención de atenderle, continuó - ¡Puedo quedarme aquí tooooda la noche, no me molesta! Puedo cantarte las canciones de cuna que le canto a Elisya, y pasarte fotos por debajo de la puerta, y--
- Entren de una vez, demonios – les abrió, resignado.
- Konbanwa~! – dejó alegremente una cajita con pastelillos sobre la mesa y se sentó, como si estuviera en su casa, mirando alrededor - ¿Estás solito? ¿Y el pequeñín?
Antes de que tuviera ocasión para responder, una masa hiperactiva y perruna le saltó encima, tirándole al piso, ladrándole a modo de saludo.
- Animales en mi apartamento no – dijo simplemente, sin hacer el menor esfuerzo por levantarse.
- Te lo presta Hawkeye un rato; me dijo que tienen que fumigar su apartamento y me pidió que por favor te pida si puedes tener a Black Hayate en tu apartamento por unos días hasta que acaben - Hughes le sonrió, como si fuera algo que el General encontrase grato.
Estaba por demás claro que más bien era lo contrario, ¿no?
- Se volvió loca, ¿cierto? ¿Qué tiene esa mujer en la cabeza? Sabe que odio a los animales--
- ¿¿Cómo puedes odiarlos?? Si son tan tiernitos… además, ¡Black Hayate es muy útil!, te trae el periódico todas las mañanas, las pantuflas, te da la patita y además te escucha cuando hablas - el cachorrito al sentir su nombre por segunda vez, ladró, como si en realidad comprendiera lo que estaban diciendo de él. Por supuesto que no se había corrido aún de aquella suave y cómoda alfombra humana que había encontrado en su camino al entrar.
- … en primer lugar, nunca voy a entender cómo es que llegaste a Lieutenant Colonel. Realmente, es todo un misterio para mí aún. Y en segundo lugar, ¡no me dejaste terminar! Iba a decir que no me gustaban los animales en mi casa. Así que, si no te es mucha molestia, ¿te quitarías, perro? - dijo esto ultimo Roy, mirando a la mascota que se encontraba encima suyo. Al notar la falta de simpatía por parte del humano, el cachorro atinó a hacer lo único que cabía en su mente en ese momento: lengüetearle la cara.
- ¡¡¡MALDITO PERRO DEL DEMONIO, QUE SALGAS DE ENCIMA!!! - y con ese escarmiento, que por cierto, espanta a más de uno, el animal abatido se bajó del pecho del enfurecido militar sólo para cambiarse al regazo del Lieutenant Colonel y mirar con ojos llorosos, desde ese seguro lugar, al que le había echado de tan brusca manera.
- No estamos de buen humor me parece, ¿eh? – comentó Hughes, subiéndose las gafas en gesto pensativo – Déjame adivinar… - echó un vistazo alrededor y guardó silencio, por lo que por unos segundos todo lo que llenó el ambiente fue el sonido de la respiración de Black Hayate – Ed se ha ido, ¿no es así?
El moreno no le dijo nada, en ese momento estaba más que harto de todo, incluyendo de la asombrosa capacidad que tenía su amigo de saber enseguida qué era lo que sucedía y lo que le estaba molestando.
No, esperen, no le molestaba. ¡En lo más mínimo! Simplemente ese día no había tenido ganas de ir a trabajar y después de los días locos que le había hecho pasar precisamente el rubio alquimista, tenía más que merecido un descanso, ¿o no?
Aunque, la verdad, sí le había echado en falta… un poquito. Muy poquito.
Casi nada.
- Bien, entonces, te hará bien la compañía de Black Hayate. Te lo dejaré – decidió Hughes, poniéndose de pie – Puedo quedarme un rato más si quieres, amigo, pero no te veo en plan conversador
- Sabes que no necesito que me cuides, Maes – dijo, echándose en el sofá – Pero te agradecería que te llevases al perro contigo. Aunque, si quieres venir en unos días y encontrarlo muerto de hambre, a mí me parece bien…
- A mí también. Vamos, sé que no hablas en serio – miró a Black Hayate un momento, como rogando que sobreviviese a los maltratos de su iracundo compañero – Y por cierto, espero que regrese pronto. Estoy seguro de que lo hará, así que ¡aguanta! ¡Sé fuerte! ¡Como un hombre!
Y, antes de que una llamarada le incinerara – nuevamente – su recién crecida barba, corrió hacia la puerta y dijo adiós con la mano.
- ¡Nos vemos mañana en el cuartel! – gritó, cerrando la puerta tras él y salvándose por poco.
Roy resopló, intentando calmarse y maldiciendo en voz baja los buenos reflejos de Hughes. Volvió a tomar su anterior sitio en el sillón y le dirigió una mirada de pocos amigos a Black Hayate, que lloriqueó en respuesta.
- Más vale que tengas los mismos reflejos que él, si llegas a cagar mi alfombra
Continuará… (¿?)
