Un ángel cayó del cielo
con un disfraz de mortal.
Pasa desapercibido en el vulgo,
solo mis ojos lo pueden notar.

Convierte en oro lo que toca
y nadie lo sabe apreciar.
Cambia el llanto por la risa
y nadie lo quiere premiar.

Más a él no le importa.
Él solo quiere ayudar.
Le gusta extender su mano
y a todo el mundo rescatar.

Es un ángel en la tierra,
pero otro de ellos para los demás.
Cuando a veces lo observo, sonrío
satisfecha de que solo mis ojos lo puedan notar.

Nuevamente había perdido la oportunidad de decirle a Arnold la verdad. Al menos esta vez no la había reemplazado por un insulto, pero aún así me sentía frustrada. La ocasión se mostraba perfecta: era casi como si él me estuviera invitando a que se lo contara. Pero no: había tenido que callarme otra vez. Y si no me había atrevido a hablar en aquel momento, ¿cuándo lo haría? Sentía miedo de que aquella hubiese sido la última oportunidad. ¿Y si nunca me atrevía y todo terminaba como en aquel poema...?

Sacudí la cabeza para no pensar en eso y mantenerme serena entretanto subía al autobús. Avancé entre los asientos para sentarme junto a Phoebe, que me saludó alegremente.

-Cielos, Helga: no te ves muy bien. -exclamó, midiéndome con la mirada -¿Tuviste una mala noche?

-Creo que eso es obvio, Phoebe. -bufé -Pero no quiero hablar de eso. ¿Terminaste el informe?

-Bueno... acerca de eso... -bajó la mirada -te tengo malas noticias.

-¿Malas noticias?

-El viernes por la tarde el maestro me buscó para decirme que Harold tiene demasiados problemas en la materia y que quería que yo lo ayudara con la segunda parte del trabajo. Así que tendré que ser su pareja.

-¡¿Harold?! -casi grité, fúrica -¡Pero tú eres mi pareja! ¿Con quién se supone que voy a terminar yo el trabajo?

-Eso es lo que le dije al profesor, Helga, pero me dijo que tú no tienes problemas en la materia y que podía ponerte con el que es pareja de Harold para el informe.

-Maldito chico obeso e inútil. -murmuré, apretando los dientes -¿No puede hacer nada bien? -miré a Phoebe -¿Y quién era su pareja?

-Ese chico... Ned Max Hellhouse.

-¡¿El fenómeno que se sienta al final del salón?! ¡Perfecto! -me quejé -¿Qué podría ser peor? Harold me las va a pagar.

-Tal vez termine agradándote.

-Phoebe, cada vez que alguien hace pareja con ese sujeto para algún trabajo, termina arrepintiéndose. ¿Recuerdas lo que le pasó a Arnold en el laboratorio?

-Ah, sí: pobre Arnold. -se lamentó Phoebe, recordando -Desde entonces, Ned lo odia, ¿no es cierto?

-Y no solo él. Acuérdate del informe de Literatura que debía hacer con Rhonda y cómo a partir de ese día ella apenas le habla sin ponerse a temblar.

-Al parecer es una persona con una forma de ser un tanto conflictiva...

-¿Quién sabe qué va a pasarme a mí? -seguí -Lo más probable es que nisiquiera esté dispuesto a cooperar y yo tenga que terminar haciéndolo todo. El bobo de Harold no puede aprobar un solo examen y por eso, yo tengo que pagar las consecuencias. ¿Y por qué no me habías avisado antes, por cierto?

-Traté de llamarte ayer para decírtelo, pero no estuviste en tu casa durante todo el día. -se excusó mi amiga.

-Ah, sí. -me crucé de brazos -Genial. Simplemente genial.

-¿Aún así vendrás a casa mañana, no es cierto?

-Supongo que sí, siempre y cuando pueda terminar el informe esta noche yo sola.

-¡¿QUÉ?! -las dos saltamos en nuestros asientos al oír aquel grito. Nos miramos y después volteamos para ver hacia el fondo del autobús, en donde Arnold le tapaba la boca a Gerald, quien era el que acababa de gritar. Extrañamente, los dos clavaron al mismo tiempo sus ojos en mí y yo enarqué las cejas sin comprender. Al ver que los miraba, prácticamente se escondieron detrás del asiento.

-Ay, ¿pero cuál será su problema? -se extrañó Phoebe, llevándose una mano al mentón, pensativa.

-Apuesto a que no quiero saberlo.

Estaba demasiado enojada por el asunto del informe como para andar prestando atención a las excentricidades de Arnold y Gerald. Magnífica forma de empezar la semana. Como si no fuera suficiente el hecho de tener tanta tarea antes de finalizar las clases, ahora resultaba que no podía hacerla con mi amiga. En vez de eso, iba a tener que soportar a un idiota como compañero en el trabajo.

-o-o-o-o-

Ese día teníamos clase de Literatura. Cuando entré al salón junto con Phoebe después del primer recreo, la señorita Pamm, la profesora de la materia, me hizo una seña para que me acercara a su escritorio.

-¿Puedo hablar contigo un momento, querida? -me preguntó, sonriente como siempre.

-¿Qué quiere? -le respondí, cruzándome de brazos. Fingía antipatía, por supuesto, pero no la sentía en lo más mínimo hacia ella.

-Hay algo que quería pedirte. -me explicó -El director Wartz me pidió a mí que eligiera a un estudiante para dar el discurso de fin de año. Como sabes, iba a haber un concurso para que lo dijeran dos, pero...

Abrí los ojos como platos.

-¿No va a pedírmelo a mí, no es cierto?

-¿Tienes alguna objeción? -se extrañó.

-Olvídelo. -me negué en forma tajante y me dispuse a dar media vuelta.

-Alto ahí, señorita. -me detuve y la miré de nuevo -Sé que te apena, pero tú eres la ideal, Helga. Podrías componer un poema.

-¡Sí, claro! -me burlé -Y lo leeré delante de ese montón de perdedores. -añadí, señalando con el pulgar al resto del salón detrás de mí.

La profesora Pamm cerró los ojos y meditó un segundo. Luego los abrió y volvió a insistir:

-Tienes un talento increíble, Helga: eres una poetisa nata. Sé que serás una gran escritora algún día, pero te costará mucho lograrlo si no aprendes a expresar tus sentimientos en voz alta y sigues siendo tan tímida.

-¿Tímida yo? -casi me eché para atrás y ella sonrió dulcemente.

-Sí, querida. Tienes tanto para dar dentro de ti. Un interior tan rico como el tuyo no debería permanecer oculto. -se lamentó -Y sé que hay algunas cosas que en verdad te gustaría expresar en voz alta. -entonces, dejó de mirarme a mí y dirigió sus ojos hacia el centro del salón. Yo seguí la dirección de su mirada hacia el rostro de Arnold y sentí que las piernas me temblaban. -Bueno, quiero brindarte esta oportunidad para que aproveches y lo hagas de una vez.

Respiré profundo. Estaba conmovida, pero también a punto de entrar en pánico por su insinuación.

-No... tengo idea de lo que está hablando. -dije simplemente.

La profesora Pamm suspiró.

-Al menos piénsalo, ¿sí? La oferta sigue en pie.

-Sí, claro: como quiera. -me alejé a paso rápido de su escritorio para ubicarme en mi pupitre, junto a Phoebe, justo cuando ella se paró y se dispuso a comenzar la clase:

-Silencio todos. -se paró del escritorio y de a poco, el murmullo de aquellos que conversaban fue cesando -Bien: imagino que todos leyeron el capítulo cinco del manual, acerca de la poesía isabelina, ¿no es cierto? -todos contestamos afirmativamente y ella sonrió -Perfecto. Entonces, ¿cuánto duró exactamente este período? -Phoebe levantó la mano -Dinos, Phoebe.

-El período isabelino comenzó en el año 1558 y terminó en 1603, durante el reinado de la reina Isabel I de Inglaterra, pero el la literatura tuvo su auge artístico entre 1578 y 1660.

-Exacto. ¿Quiénes fueron los mayores exponentes de la época? -algunas personas levantaron la mano, pero ella entrecerró los ojos -¿Stinky? ¿Por qué no nos lo dices tú?

-Aah... -tartamudeó el aludido, confundido.

-Solo necesito uno.

Stinky pensó unos instantes.

-Diría que Shakes... -se trabó -Shakesp...

-Es Shakespeare, bobo. -gruñí yo, sin poder contenerme.

La profesora Pamm me miró.

-¿Por qué no nombras algunos más, Helga?

Resoplé, pero contesté rápidamente:

-Marlowe, Dekker, Beaumont, Spenser, Lyly, Bacon...

-Muy bien. -me detuvo amablemente -Volvamos con Shakespeare, un increíble poeta. Todos conocemos varias de sus obras y hoy en día las seguimos representando, ¿verdad?

-Sí. -contestó Lila, con su habitual tono de voz tan dulce -De hecho, en cuarto grado de la escuela primaria, nuestro salón representó Romeo y Julieta.

-¿En serio? -se sorpendió la profesora Pamm -No lo sabía. Entonces deben saber mucho sobre el tema. ¿Quiénes hicieron de Romeo y Julieta?

Arnold y yo nos miramos como una especie de reflejo y, los dos en la misma forma lenta y pausada, levantamos la mano.

-¡Vaya! -la maestra abrió los ojos grandes -No me lo esperaba. Entonces, supongo que Arnold y Helga no tendrán inconveniente en leer juntos el fragmento de la obra que se encuentra al final del texto en el manual, ¿verdad?

¿Es que quería ponerme en evidencia? ¿Cuál era su maldito problema?

Cuando fijé la vista en el fragmento de las lineas que hacía un tiempo yo me había aprendido de memoria pero que ahora ya había olvidado, de inmediato recordé aquella noche tan increíble, la forma en la que Arnold y yo habíamos actuado, lo mucho que había luchado yo para tener la oportunidad de decirle a él esas palabras que siempre había guardado dentro de mí, cómo había tenido que, incluso, confesarle a Lila mi secreto -contaba con que con el tiempo, ella lo hubiera olvidado- y al final... ese beso.

Que, desde luego, no había sido el último.

-Muy bien, chicos. -nos alentó la profesora Pamm -Adelante. Hagan lo mismo que hicieron en cuarto grado. Solo que sin la escenografía y los vestuarios, ya saben. -bromeó y se sentó en su escritorio para leer para sus adentros ella también -Supongo que, como ya conocen la obra, no tengo que contarles que se trata de la escena de la despedida, cuando, probablemente para siempe, ellos se dicen adiós. El resto de la clase siga la lectura en voz baja.

Aclaré mi garganta y comencé a leer:

-¿Te vas? Mi amor, mi dulce sueño. Dame noticias de ti todos los días, a cada instante. Tan lento corren los días infelices, que temo envejecer antes de volver a ver a mi Romeo.

Sin levantar la cabeza del libro, el corazón casi se me sale del pecho al escuchar la voz de Arnold, respondiéndome:

-Adiós. Te enviaré noticias mías y más pruebas de mi amor por todos los medios que alcance.

-¿Crees que volveremos a vernos?

-Sí. Y entonces, juntos, recordaremos con dulces palabras de amor nuestras angustias de ahora.

Entonces, sentí que ya no necesitaba en lo más mínimo seguir leyendo: ya había recordado todo a la perfección. Contando con que nadie me veía a mí, sino al texto, cerré mis ojos y continué:

-¡Válgame Dios! ¡Siento un oscuro presagio! Es como si te viera muerto sobre una tumba. Aquel eres tú o me engañan los ojos.

-Pues a ti también te ven los míos, muerta y ensangrentada. Como si fuera la despedida final. -hizo una pausa antes de añadir la última palabra. Por alguna extraña razón, sentí que levantaba sus ojos oscuros y los clavaba en mí- ¡Adiós!

-Bravo, muchachos. -nos felicitó la profesora Pamm -Deben de haberlo hecho muy bien durante la obra. Hay pasión de actores en los dos.

Yo casi me derrumbé al volver a recostar mi espalda en el respaldo de mi silla, como quien termina de dar un discurso difícil. Por suerte el fragmento había sido corto. Comprendía muy bien lo que significaban las palabras de Julieta, porque yo también tenía aquel horrible presentimiento. Aunque claro, no era de muerte. Pero sí de separación eterna. Como si fuera la despedida final.

-o-o-o-o-

Tenía pensado encarar al maestro de Historia para preguntarle por qué rayos se había tomado la libertad de cambiarme de pareja en el proyecto. Desde luego, mis quejas no lograron nada, salvo que él llamara a ese sujeto Ned y le hiciera prometer que se encargaría del trabajo. Nos preguntó por qué no lo hacíamos esa misma tarde, pero yo respondí que no podía (era lunes) y al día siguiente tampoco, porque debía estudiar con Phoebe. Concertamos entonces que lo haríamos todo el miércoles.

Durante el almuerzo, mientras yo me concentraba en comer mi postre, oí que Phoebe decía, con un tono de voz curioso:

-Qué extraño...

-¿Cómo dices? -le pregunté, levantando la cabeza.

-Ah. No... nada. Es solo que iba a comer con Gerald hoy y no lo veo por ningún lado.

Y como si Phoebe hubiese dado la señal para que ocurriera, en ese momento Gerald entró como una ráfaga al comedor y Arnold venía siguiéndolo. Yo enarqué las cejas al ver el modo en el que parecían estar discutiendo.

-¿Quieres escucharme? -le demandaba Arnold a su amigo.

-Olvídalo, viejo: no voy a decir nada al respecto de esta locura. Estoy convencido de que estás enfermo o algo por el estilo. -Gerald se alejaba a paso veloz, obviamente poco dispuesto a escuchar.

-Gerald, no estoy enfermo. -se defendía Arnold, mientras avanzaban por el comedor -Si tan solo pudieras dejar de actuar como loco y prestarme atención un segundo...

-¿Quieres que tome en serio algo como eso? Arnold, se te zafó un tornillo. -Gerald iba negando con la cabeza -Es eso o caíste en algún hechizo. Un maligno hechizo en el que yo no voy a caer, porque no te creeré. Tiene más sentido que hayas enloquecido. No voy a escucharte hasta que yo mismo pueda asimilar lo que acabas de decirme y créeme que va a tomarme al menos... -los dos dejaron de caminar y de hablar súbitamente cuando quedaron delante de nuestra mesa. Phoebe y yo los miramos pasmadas y ellos a nosotras. Se quedaron unos instantes quietos y después volvieron a marchar casi a los tropezones.

-Gerald... -Arnold parecía dispuesto a seguir insistiendo.

-¡No digas nada! -lo cortó su amigo.

Phoebe y yo los vimos irse y después nos miramos entre nosotras.

-¿Pero qué les pasará hoy? -preguntó ella.

-Eso me gustaría saber. -confesé, olvidando que esa misma mañana había dicho que no deseaba enterarme.

Lo cierto fue que, como siempre que Arnold estaba involucrado, sentía que no podía contener mi curiosidad. ¿Y qué si se trataba de algo interesante?

No, qué absurdo. De seguro era alguna tontería.

Aún así, el enojo por no poder enterarme me hizo ser particularmente brusca con Arnold el resto de la tarde, fastidiándolo como de costumbre. ¿Qué puedo decir? Era simplemente demasiado fácil caer en aquella tentación.

-¿Helga, quieres dejar eso? -me preguntó, enojado, cuando lo salpiqué en el bebedero de agua -Creí que ya estábamos por encima de ese punto.

-Te equivocas, Arnoldo: es un punto muy alto. -le respondí, sonriendo con sorna.

-Simplemente no entiendo por qué lo haces.

-¿Tantos años y no? Supongo que es normal, teniendo en cuenta que eres un zopenco. Ahora déjame pasar, enano, y no me estorbes el resto del día, ¿está claro? -lo empujé y me alejé por el pasillo, sintiendo que mis piernas eran de hierro y que moverlas lejos de él sería totalmente imposible sin darme la vuelta y disculparme.

Pero al mismo tiempo...

Tonto cabeza de balón con sus estúpidos secretos de los que, por más que estuve atenta el resto del día, no pude enterarme.

Al salir de clases, me despedí de Phoebe en la puerta de la escuela. No tenía pensado tomar el autobús, ya que tenía que ir al consultorio de la Doctora Blee por ser lunes. Me encontraba bajando los escalones para irme, cuando escuché que alguien me llamaba:

-¡Oye, chica Pataki! -me di vuelta y descubrí que se trataba de ese sujeto: Ned Max Hellhouse (qué nombe tan absurdo).

-¿Qué demonios quieres? -le respondí.

-Bueno, vi que ibas hacia allá y pensé en caminar contigo para arreglar lo del proyecto. -me contestó, cruzándose de brazos -No estuviste muy comunicativa hoy en clase de Historia.

-¿Ah, sí? Pues resulta que una vez que cruzo la línea que me aleja de esta estúpida escuela, no quiero tener nada que ver con los idiotas a quienes veo dentro, así que mejor da media vuelta y aléjate de mí, fracasado. -me dispuse a seguir caminando, pero me siguió. En ese momento, el autobús escolar estaba partiendo y pude distinguir el rostro de Arnold en la ventana.

Tomé aire al ver que me estaba viendo con una extraña expresión.

-No eres una persona muy amable, obviamente. Pero necesito una buena calificación en Historia. -continuó hablándome Ned.

-Y yo no te la voy a dar. -garanticé, apretando los dientes y volviendo la vista hacia el frente de nuevo.

-No, claro. Pero se supone que hay que hacerlo en equipo. Y me alegra ya no tener que hacer pareja con ese gordo...

-No puedo compartir tu alegría. ¿A caso quieres un ojo morado? Creo haberte dicho que te largaras.

No pareció tener ganas de prestarme atención, porque siguió caminando junto a mí con las manos en los bolsillos.

-En fin. Si bien eres más huraña que yo, me alegra que me haya tocado contigo. Siempre me agradaste. -lo miré de reojo sin dejar de fruncir el ceño -La verdad... me divierte cuando molestas a ese nerd de Arnold... ¿cuál era su apellido?

Le respondí de mala forma y traté de apurar el paso.

-No quiero demorar esto mucho más. En realidad solo quería preguntarte quién de los dos hará la primera parte del informe.

-Yo ya la tengo hecha. -contesté, ya que Phoebe y yo casi lo habíamos terminado. Solo nos estaba faltando la última parte, la cual iba a hacer ella el fin de semana.

-Entonces haré la segunda y el miércoles nos encargamos de la más importante. -determinó.

-Si eso te satisface, muy bien. Pero déjame en paz.

-Bien. Nos vemos mañana. -pero no dejó de caminar junto a mí, observándome con diversión.

-¿Se te perdió algo? -me enojé, deteniéndome.

-No, ya me voy. -se rió -Esto va a ser interesante.

-Te la estás buscando. -le advertí, apretando los puños. Si no lo había golpeado ya, era porque la Doctora Blee siempre insistía en que al menos me contuviera en ese asunto de la violencia.

No dijo nada más y se fue, por suerte, pero había hecho que mi malhumor, que había progresado bastante a lo largo del día, se volviera peor.

De modo que cuando llegué al consultorio de mi terapeuta, me encontraba despilfarrando maldiciones contra el mundo entero. Ella trató de consolarme por el asunto del cambio de pareja en el proyecto, diciendo que no era gran cosa, si bien yo sabía que tenía razón. Pero lo que más me importaba esa tarde era contarle acerca de la propuesta de la profesora Pamm acerca de lo del discurso de fin de año.

-¡Creo que es una gran idea! -se alegró, como yo esperaba.

-Pero no quiero hacerlo. -aclaré.

-Debe de haber un motivo por el cual te escogió.

-Claro que lo hay: soy absolutamente la mejor de todos los estudiantes y ni uno solo de entre ellos podría armar un discurso digno. -me crucé de brazos -Pero ¿qué se supone que diga?

-Eso tú deberías saberlo mejor que yo. Creo que deberías aceptar. -me alentó.

Lo consideré, pero llegué a la conclusión de que sería mucho mejor preparar algo antes de aceptar definitivamente, para estar segura de que podía hacerlo.


Hola de nuevo y nuevamente, perdón por la demora.

Me encantaron las firmas de los nuevos lectores a quienes antes nunca había visto. ¡Muchas gracias por firmar por primera vez y espero que lo sigan haciendo! Leer los reviews es lo que me incita a tratar de publicar más seguido, jejeje.

En respuesta a la pregunta de Flor440, he utilizado poemas de Ángel Buesa, de Torcuato Luca de Tena (creo que ese era su nombre) y de Walt Whitman, un poco modificados, claro. Pero sí, en algunas ocasiones no encontraba algo suficientemente apropiado y yo misma escribí algunos de los poemas. Así que gracias por el cumplido :)

Y también muchas gracias a Alisse por responder a mi pregunta, por cierto!

En fin, saludos a todos ustedes: Hana, Roret, hikaruchiba, writen-white, teddyetere, miya-kawaii, isabel20, Alisse, Flor440, Anillus, Maribrit y letifiesta!!!

Y perdón si escribí mal alguno de sus nicks XD