Inaccrochable
Disclaimer: Haikyuu! pertenece a Furadate Haruichi
Anteriormente: Kageyama se ha lesionado. Yachi pedido a Tsukishima y Hinata llamarla por su nombre. Yamaguchi faltó toda la semana antes de vacaciones producto un accidente con abejas, por lo que no ha tenido la entrevista con el consejero académico. Y a Akaashi la clarividencia le spoilea frecuentemente con visiones de su futuro pero la gracia, piensa él, está en armar el rompecabezas.
XI.
A Yamaguchi no le gustaba el retorno a clases. Era agradable reencontrarse con caras conocidas, comparar bronceados y compartir anécdotas. El problema era que últimamente, Yamaguchi carecía de anécdotas.
«En el equipo de vóley nosotros…», «El suplemento de isotónicas…», «Un balón golpeó a Tanaka-san, de tercero, y…». No había más que contar.
Yamaguchi no se quejaba de restringir su verano a un riguroso plan de entrenamiento. Lo eligió de ese modo. De haberse fugado de vacaciones, no faltaría un compañero que, insidioso, luego de escuchar su reporte, le hubiese preguntado por las actividades del club. «En el equipo de vóley ellos…», no se oía bien.
Aquello no quitaba que Yamaguchi imaginara otro escenario. Pensaba, que hubiese estado bien ir a la playa. Un par de días, nada más. Ishinomaki [1], por ejemplo. Pudo ir a Ishinomaki y hacer turismo. Visitar la isla de los gatos, caminar por los parques nacionales. Había la réplica de un galeón en Ishinomaki al que uno se podía subir, según le habían dicho. A Tsukki le habría encantado.
La delegada se la pasó hablando de lo bien que lo pasó en Nagasaki, visitando museos, recorriendo islas y descubriendo monumentos. Yamaguchi no pudo evitar escucharla, se sentaban uno al lado del otro.
—Mi abuela vive en Nagasaki. Toda mi familia es de allí. Visité lugares sorprendentes.
Las ventajas de tener familia lejos. Por desgracia, la familia de Yamaguchi era reducida y vivían todos en Miyagi. Salvo un primo de su madre, ¿sería tío suyo, acaso?, que vivía en Tendou, de la prefectura vecina. Llovía prácticamente todo el año en Tendou. Muy helado en invierno, muy cálido en verano, y sin ningún atractivo turístico que ofrecer. Mucho menos un galeón. Yamaguchi no sentía ninguna motivación para visitar Tendou.
Tsukishima, a tres asientos de Yamaguchi, se miraba los dedos mientras escuchaba música. De reojo, Yamaguchi observó como Tsukishima se observaba esos dedos largos.
Tsukki también extraña los días en la playa, pensó Yamaguchi.
Le hubiese gustado seguir escuchando a la delegada hablar de sus vacaciones en Nagasaki, pero ocurrió que el consejero académico se asomó al salón durante el descanso, y llamó a Yamaguchi para agendar una serie de reuniones en lo que iba de la semana.
Tragó pesado. Volver a clases no era agradable. Los deberes, los pendientes, no se postergan infinitamente.
Y así transcurrieron varios días. Cuando Yamaguchi finalmente volvió de su tercera reunión, encontró a Tsukishima con cara de tedio, lidiando con la aburrida de la delegada. Mientras Tsukishima jugaba con su comida, ella seguía hablando de sus vacaciones en Nagasaki.
—¿No son ya demasiadas reuniones con el consejero? —señaló Tsukishima. Yamaguchi tomó asiento frente a él y la delegada y desenfundó su bento—. ¿Te fue bien?
—Al menos esta vez duró un poco menos.
No quiso agregar nada porque la delegada estaba allí. No le apetecía hablar del tema con una entrometida. Mucho menos que una entrometida opinara al respecto. La idea de discutir su futuro laboral era ya suficientemente abrumadora como para entrar a debatirla. Aunque le gustaría hallar el coraje para hablarlo con Tsukishima. Antes que cualquiera de los dos comentara algo, Yamaguchi fue rápido y comentó primero:
—¿A ti te fue bien con el consejero, Kaede-san?
—Oh, me fue perfecto. Okamoto-sensei ve con muy buenos ojos mis pretensiones de estudiar derecho, dice que tengo las aptitudes para ello. La próxima semana me ayudará a elegir universidades. Estoy pensando en estudiar en Kioto. ¡O en Nagasaki!
—Realmente te gustó Nagasaki, ¿por qué?
La delegada habló y habló hasta que sonó la campana que anunciaba el reingreso. Pensó que fue un buen plan, sin embargo, para el final, a Yamaguchi le pareció que Tsukishima se mostraba levemente más irritado que de costumbre. Seguro estaba agotado de escuchar a la delegada hablar de su estupendo verano.
Fue un entrenamiento denso. Aquel día se concentraron especialmente en bloqueo. El entrenador Ukai instruyó a los novatos de primero que observaran muy bien la técnica de Tsukishima y evidentemente a Tsukishima no le hacía gracia la presión de las miradas.
La mejora de Tsukishima era notable y Yamaguchi estaba maravillado. Había depurado mucho su técnica, su nombre hacía bulla en el mundillo. De algún modo era refrescante observarlo jugar, y saberse su compañero de equipo. Pero Ukai los dejó a ambos en grupos contrarios, y Yamaguchi tuvo que enfrentarse cara a cara a su mejor amigo.
—¿Vas a llorar? —Tsukishima lo sorprendió con su sonrisa más cínica. Acababa de aplastar el remate de Yamaguchi al suelo.
—Solo espérate al siguiente, Tsukki. Esto no acaba.
De todas formas, fue una buena práctica. Por eso Yamaguchi se sorprendió cuando notó que, muy ligeramente, el ceño de Tsukishima volvía a avinagrarse: al dejar los vestuarios, vieron a la delegada arreglarse la falda frente a una máquina expendedora. Seguramente se había pasado la tarde entera estudiando, concluyó Yamaguchi.
Caminaron hasta la tienda de la colina, donde compraron bebidas. Tomaron asiento afuera de esta y bebieron en silencio. Qué calor. No corría viento, no cantaban los pájaros, las cigarras los habían abandonado.
—Fue una buena práctica —comentó Yamaguchi—. La próxima vez te derrotaré.
—Bien.
—¿Es porque no te gusta el verano, Tsukki?
La verdadera pregunta era, ¿no te gustó tu verano, aquí atrapado?
Yamaguchi extrañaba la playa, y sabía lo mucho que disfrutaba Tsukishima del mar, la arena y las anécdotas porteñas. En Nagasaki habían muchos archipiélagos, muchos barcos, y mucha vida de puerto.
—No es eso —respondió Tsukishima examinando el interior de su botella—. Y de todas formas, a quién puede gustarle el verano.
Yamaguchi no se esperó aquello. Le replicó que a él le gustaba mucho el verano. Tsukishima volvió a mirarse sus dedos.
—¿Desde cuándo? Siempre escucho que te estás quejando de las altas temperaturas.
—El que me queje no hace ninguna diferencia. El verano también tiene sus cosas buenas.
—¿Ah, sí?
—Las vacaciones, por ejemplo.
—Vacaciones, ya… —y sus comisuras se alargaron—. Yamaguchi, si quieres convencerme de tu amor al verano, vas a tener que esforzarte un poco.
—No hay que usar mucha ropa en verano. Y hay más fruta, más barata también. Los días son largos, puedes usar sandalias, hay libélulas, hay mantis, hay playa apta para el baño. Melón fresco, coca-cola a medianoche, helado de piña, yukatas…
—¿Helado de piña? ¿en serio? ¿te parece el helado de piña una buena forma de justificar el verano?
Yamaguchi se percató que poco a poco, el humor agrio de Tsukishima se fue relajando. Una risa auténtica se escapó de entre sus dientes, sin arrastrar consigo huellas de sarcasmo. Yamaguchi supo que a Tsukishima el comentario le pareció tan inesperado, que no podía hacer otra cosa que ofrecerle lo mejor que tenía.
Y así, siguieron hablando.
—Yamaguchi, el de piña es el peor de los sabores, todos lo saben.
—Una cosa de gustos, nada más.
Hablaron, hablaron, hablaron.
—Si es por sabores, prefiero el…
—De fresa, lo sé.
Todavía no anochecía, el cielo enrojecía.
—¿Qué? No iba a decir eso.
—Sí, claro.
La delegada, al pasar por la calzada opuesta, bajó la cabeza.
—También me gustan otros sabores. A veces pido berries, o yogur. No soy tan predecible.
—No cuela. Pero, ¿sabes? Siempre he pensado que me gustaría trabajar en una heladería.
Hinata y Yachi salieron de la tienda uno detrás del otro.
—Cereza, vainilla francesa, chirimoya, pistacho, té verde, crema americana…
—Si logro entrar a la universidad, quizá me consiga un trabajo de medio tiempo en una heladería. O un café. O una panadería.
Tsukishima y Yamaguchi solo seguían hablando.
—¿Es requisito que sea un lugar donde venden comida?
—No… no había reparado en el patrón. No lo sé. Supongo, sí.
Hasta que…
—Además, cómo es eso de «si logro entrar». ¿Qué pasa? ¿Hay razón para que no lo hagas?
Yamaguchi no respondió. Entonces se le ocurrió, que el verdadero motivo por el cual Tsukishima estaba enfadado, no era la falta de vacaciones, o la delegada en sí, sino las reuniones de Yamaguchi con el consejero académico, y por qué nada le había comentado al respecto.
Tsukishima se levantó del pórtico, arrojó la caja de tetrapack que había estado bebiendo al tacho de la basura, y sin anunciarlo, retomó el camino a casa.
—Si te sirve de algo… tampoco lo tengo del todo claro.
Tsukishima se subió los audífonos y apretó el paso.
·
·
Querían que Tsukishima estudiara medicina. No emplearon ninguna fórmula directa, y por ello, quizá la carga era aún más pesada.
Tsukishima desenfundó el bajo. La uñeta brilló entre sus dedos vendados.
Estaba enojado y no precisamente por el verano, ¿por qué Yamaguchi habría pensado aquello? El calor ponía a Tsukishima de mal humor. De todas formas, confiaba que las temperaturas bajarían pronto. Empezaba septiembre, el otoño era una estación puntual.
Sus padres siempre lo consintieron. Necesitaba calzado nuevo, le compraban calzado nuevo. Los lápices se le resbalaban de las manos, le compraban lápices especiales diseñados para gente de su tamaño. Las cuerdas de su bajo se gastaban, nuevas cuerdas aparecían sobre su escritorio. A veces ni siquiera debía formular lo que hacía falta. Con esas típicas frases de cortesía habituales en su familia, Tsukishima no tenía más que insinuar qué le restaba en confort para que su bienestar se triplicara al siguiente día. Entonces, le tocó a él enfrentarse a esas fórmulas de cortesía.
Sin conectar el bajo al amplificador, dejó a la uñeta rasguñar las cuerdas gruesas.
Qué bonito, un doctor en la familia.
Sus maestros ya habían depositado toda confianza en él. Un oasis inesperado. El fruto de los planes de estudio condensado en una persona.
La mano izquierda recorrió las cuerdas con aplomo.
John Entwistle era el único quien podría comprenderlo.
—¿John quién?
Preguntó alguna vez Yamaguchi, un día que se llenó de pecas.
—John Quién. Esa estuvo buena.
Yamaguchi no entendió el chiste ni siquiera cuando Tsukishima se lo explicó. John Entwistle era el bajista de un grupo llamado The Who, «Los Quién».
—Es el mejor bajista. Si quieres seguir viniendo a esta casa, tendrás que oírlo.
A su juicio, seguía siéndolo. El mejor bajista fue y será John Quién. Ya no se trataba solo de destreza —que también—, era una cosa de aptitud. De cómo te enfrentas a una audiencia con un bajo cruzado al pecho. Cómo juegas con la uñeta en la pausa entre canción y canción. Y cómo dejas a tus emociones liberarse con tu actuación.
Con constancia, con seriedad, con soltura, con mesura.
Hacer bien el trabajo, disfrutar con el resultado.
La emoción, la alegría, disimularla con cuidado.
Ser siempre uno mismo sin tener que demostrarlo.
Entonces, el consejero académico le pregunta a Tsukishima, no qué quería estudiar, sino qué era lo que le gustaba, así en general, y Tsukishima comete el error de contestar con honestidad.
—¿La música? —repitió el consejero académico con desconcierto—. Creía que te gustaba el vóleibol.
Tsukishima se dio cuenta tarde de las reales intenciones del consejero. Tsukishima tendría que haber contestado que le gustaba el vóleibol, que era una actividad deportiva. El deporte se relaciona con el ámbito de la salud y ambos se pueden complementar. La salud se relaciona a su vez con la biología, y las notas de Tsukishima eran las mejores en el área. Luego, estudiar algo del ámbito de la salud, era una forma más académica de seguir vinculado con el mundo del vóleibol, y una decisión que respaldaba el haber sido admitido en un curso de preparación universitaria.
La sutileza. A Tsukishima se le había escapado la sutileza, e incapaz de dar marcha atrás, terminó discutiendo los contratiempos de una vida vinculada con la música.
Things they do look awful c-c-cold,
Quizá ingeniería en sonido, dijo Tsukishima intentando recuperar el aplomo de sus gestos. Pero una ingeniería seguía sin ser medicina.
I hope I die before I get old.
Y en realidad, si tenía que ser muy honesto, él tampoco estaba seguro de si realmente la música le gustaba de aquella manera. Defendió su punto porque no vio más alternativa a su orgullo.
No quería dedicarse a nada. Quería entrar a la universidad y hacer nada.
This is my generation,
This is my generation, baby.
Vacaciones… sí, puede ser que, muy en el fondo, Yamaguchi tuviese razón en sus delirios y que Tsukishima añorase reales vacaciones. Como aquellas en Dinamarca, sobre la espalda de Akiteru, señalando las ballenas que se asomaban a lo lejos. Hubiera tomado fotografías…
·
·
Kageyama se reincorporó a clases la segunda semana de septiembre. Tsukishima y Yamaguchi vieron cómo un corro de chicas de segundo año se apiñaba en torno a Kageyama y, sin un gramo de remordimientos, sacaron sus móviles y lo inmortalizaron.
—Pensé que tardaría más en recuperarse —dijo Tsukishima guardando el teléfono en el gakuran.
—Olvida eso por ahora —Yamaguchi de pronto se había vuelto rojo—. ¿Sabías que Kageyama era así de popular con las chicas?
Tsukishima se encogió de hombros. Nunca había pensado en ello.
—Es kohai de Oikawa-san después de todo —resolvió.
—Claro, como si aquello estuviese incluido en el manual para ser el mejor armador.
—Nunca se sabe con Kageyama. Es así de imbécil.
Lo que continuó del descanso, se la pasaron hipotetizando sobre consejos inútiles y mentira que Oikawa pudo haber dicho a Kageyama y que el chico llevó a cabo a rajatabla. Las charlas triviales volvieron como si nada a sus vidas, todo gracias a Kageyama.
A la hora del almuerzo, ya no valía la pena seguir hablando de Kageyama. Bajaron a la cafetería porque Yamaguchi no se había traído comida de su casa, sin saber muy bien donde instalarse. Qué pereza compartir mesa. Había una desocupada justo afuera de la cocina, que nadie tocaba porque de la puerta abatible se filtraban los olores, pero Tsukishima prefería un sitio a solas con Yamaguchi. No iba a postergar la conversación más. Necesitaba saber si Yamaguchi también. Si el también, ¿sí?
—Entonces… —comenzó Tsukishima separando sus propios palillos—. Cómo te fue con el consejero.
—En realidad fue bien. Dice el consejero que tengo potencial para…
Pero no dijo nada. Se llenó la boca de albóndigas y luego se bebió medio litro de agua de aloe vera.
—¿Para...?
Yamaguchi se volvió todo rojo.
—¿Para qué? Sé que te mueres por contarme. ¿Para qué?, dime.
Yamaguchi enterró la mirada en sus rodillas. Tsukishima iba a replicar por tercera vez, pero se detuvo. Con mucha lentitud, Yamaguchi extrajo un papel muy doblado del bolsillo de la camisa, lo abrió sobre la mesa, lo alisó, y se lo extendió a su amigo.
—Le dije que realmente no sabía qué estudiar. Que todo me gustaba, pero nada demasiado. Al final me hizo otro test vocacional, por eso se demoró tanto conmigo. Uno distinto al que hicimos en nuestro primer año. Y bueno…
Había una serie de aptitudes enumeradas alfabéticamente, seguidas por una puntuación del 1 al 100. Las aptitudes «disposición», «entrega», «paciencia» y «asistencia» eran las más altas de todas.
—Esto no me dice nada —admitió Tsukishima.
—A mí tampoco. Sin embargo, el consejero mencionó la palabra enseñanza…
Yamaguchi levantó la cabeza. Había algo indescifrable en su mirada. Tsukishima volvió la vista del papel a Yamaguchi varias veces, intentando entenderlo.
—¿Profesor? ¿Quieres ser profesor?
—… Más o menos. Ahh, es una tontería ¿no? Pero lo cierto es que no he dejado de pensar en ello.
—¿Pensar en qué? —preguntó de la nada Kageyama. Había reaparecido de algún lado. Como si fuera lo más normal, tomó lugar frente a Tsukishima y Yamaguchi y dejó caer su bandeja frente a ambos.
¡Adiós a la privacidad! Tsukishima quiso decir algo desagradable, pero Yamaguchi fue más rápido. Respondió a Kageyama su pregunta porque Yamaguchi, de pronto, era muy bueno explicando.
—Le hablaba a Tsukki de mis reuniones con el consejero académico…
Luego le tocó a Kageyama explicar sobre él, su estado, y su lesión. Tsukishima no entendía qué había ocurrido en el universo. Una grieta en el entramado temporal. El Kageyama que conocía nunca se habría sentado junto a ellos, mucho menos por iniciativa propia, para almorzar. Kageyama el charlatán, quien iba a decirlo. Y Yamaguchi el pedagogo. El mundo se había vuelto loco.
Yamaguchi…
Yamaguchi ya lo tenía claro. Tsukishima se había quedado, inesperadamente, solo.
—Aún no puedo practicar deporte —iba diciendo Kageyama—, pero está bien si camino y me muevo. Tengo que hacer unos ejercicios especiales, y mamá tuvo que comprar unas pelotas, y unas cuerdas… Pero si sigo perdiendo clases, me obligarán a repetir curso, y eso sería perder ante Hinata.
Gritó enojado. No iba a perder ante Hinata.
—¿Y Hinata dónde está? ¿No almuerza con ustedes?
—Nosotros ni siquiera almorzamos contigo —cortó Tsukishima—. Es imposible que se te olvide todo el protocolo de convivencia estando unos meses de baja.
—¡QUÉ DICES MIERDA!
—Aún debes los finales del trimestre, ¿cierto Kageyama? —intervino Yamaguchi rápido y le dirigió una mirada venenosa a Tsukishima—. Vas a necesitar las materias.
—Ah, sí. Debo rendir mis exámenes este sábado y el siguiente. Y tengo que hablar con el profesor de gimnasia para que me dé un tema de… no sé.
—Investigación —completó Tsukishima—. Yo no pienso pasarte mis apuntes.
—¡Quien los quisiera!
No quedaba mucho tiempo más para que comenzaran las clases de la tarde. Tsukishima guardó su bento a medio comer en la mochila y se fue a cepillar los dientes en compañía de Yamaguchi y Kageyama. Caminaba normal, como recordaba que lo hacía. Sin embargo, si uno observaba con cuidado, podía notarse bajo su ropa las líneas del cinturón lumbar.
Por una breve milésima de segundo, a Tsukishima se le apretó el corazón. No había que conocer demasiado a Kageyama para intuir que pretendía hacer del voleibol algo profesional. Kageyama lo tenía claro desde hace mucho tiempo. Ojalá… ojalá se recuperase pronto.
Al empezar la práctica de vóleibol, Kageyama no se apareció por el gimnasio. Los rumores de que le habían visto por los pasillos ya habían llegado a oídos de todos. Hinata fue el único que no hizo comentarios al respecto.
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¿Bokuto-san y Kuroo-san habrán tenido dudas vocacionales similares a las suyas antes de elegir carrera?
Tsukishima no sabría decir por qué pensaba en ellos, pero lo hacía.
Bokuto estudiaba en una buena universidad una carrera humanista. Tsukishima nunca lo habría imaginado. Al parecer le iba bien, pero su prioridad seguía siendo el vóley, y la carrera, una excusa para seguir jugando.
Kuroo aplicó a una universidad mediocre que le quedaba entre el trabajo y su casa. Según él, no le iba tan mal, y sus compañeros eran una mierda, pero que se pudrieran todos. Lo importante era conseguir un título luego y a seguir jodiendo que en el mundo hay demasiadas personas que no han sido importunadas.
Tsukishima no podía esperarse otra respuesta. Kuroo tenía ese defecto de que al final, sus frases sonaban más sinceras de lo que intentaban aparentar.
[22:09] Kuroo: ¿Y tú qué? ¿Lo has pensado?
Tsukishima ignoró el mensaje varios minutos.
[22:17] Kuroo: apuesto a que el niño aristócrata elegirá una carrera aristócrata.
Y allí estaba el verdadero Kuroo, echando sal a la herida.
[22:18] T: ¿Acaso no tienes otro hobby? ¿Kuroo-san?
[22:18] Kuroo: Tengo tantos que te sorprenderías.
[22:19] T: Sí claro.
[22:19] Kuroo: Tengo varios pasatiempos.
[22:19] Kuroo: Te sorprendería.
[22:19] T: De todas formas no me interesa.
[22:20] Kuroo: Mis talentos son múltiples.
[22:20] T: No quiero saberlo.
[22:20] T: Adiós, Kuroo.
Pero pese a despedirse, Kuroo igualmente se lo dijo todo.
[22:33] T: ¿De verdad tocas la guitarra?
[22:34] Kuroo: Y dibujo, que no se te olvide.
[22:26] Kuroo: De todas formas, son solo pasatiempos.
[22:37] T: Yo sé algo de bajo.
[22:37] Kuroo: ¡Genial!
[22:38] T: tengo una Fender de presición.
[22:38] Kuroo: ¿qué?
[22:38] Kuroo: te odio tanto en estos momentos.
[22:38] Kuroo: dime que le has puesto nombre.
[22:39] T: Pecas
[22:40] Kuroo: háblame de Pecas.
Y hablaron. Hablaron largo y tendido. Fue bueno desconectar un momento. Y Tsukishima pensó, que quizá no era tan mala idea aplicar a una universidad cualquiera para obtener un cartón rápido y luego emplear su tiempo libre en sus pasatiempos. Sin embargo Kuroo ya lo hubo dicho, y es que Tsukishima era demasiado aristócrata como para caer en ello.
Lo que opinaba la gente le importaba. Y la gente no vería con buenos ojos planes tan inmaduros y descabellados. Él el primero de ellos.
Ojalá pudiera ser un poco como Kuroo.
·
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Akaashi se sobresaltó en medio de su estudio.
¿Qué relación tendrían Tsukishima y Kuroo?
Empezó a sentirse angustiado. Desbloqueó el celular rápido y llamó a Bokuto. El ingrato no le cogía el teléfono.
—Maldita sea, ¡contesta!
La llamada pasó a buzón de voz. Tres tres intentos más, Akaashi arrojó su móvil contra el armario y la pantalla de hizo añicos.
·
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Al día siguiente, terminada la práctica de vóleibol, a Akaashi no le quedó más que volver a Akiba. No era una persona que se descontrolaba así. Akaashi nunca perdía la cabeza. Celos. Acababa de descubrir el sentimiento de los celos y su cabeza no hacía más que cocinarle el cerebro. Así que, con la excusa del teléfono destruido, decidió salir a despejarse a Akiba. Seguro encontraba un modelo adecuado en Akiba.
Pero a quien encontró allí fue a Kozume. Se encontraron frente a una máquina expendedora, y ya que sus miradas se habían cruzado, no pudieron ignorarse.
Genial, Kozume…
El chico seguía sin recortarse el cabello. Lo llevaba metido dentro del saco, con las manos muy enterradas en los bolsillos. A diferencia de Akaashi, Kozume se retiró de las actividades deportivas una vez finalizada la interhigh. Según Yamamoto, Kozume ocupaba sus tardes estudiando en la biblioteca, junto a Fukunaga. O eso intentaban.
—Fukunaga tuvo que volver a biblioteca porque se nos quedaron nuestras mochilas en los casilleros; dije que lo esperaría aquí, junto a la máquina —explicó el chico.
—¿«Se nos quedaron»? ¿Y por qué no fuiste tú también a buscar la tuya?
—Porque roca vence a tijera. Es más rápido si solo va él. ¿Y tú…? —Akaashi le enseñó su móvil destrozado. Kozume apenas se inmutó—. Ya veo. Eso lo explica todo.
—¿Explica?
—Lo de ayer.
Akaashi quedó perplejo.
Kozume le contó una historia extraña.
El día anterior, luego del estudio en la biblioteca, Kozume se fue directo a la casa de Kuroo. Los padres de Kozume le requisaron la consola por tiempo indefinido, pero Fukunaga le había prestado un nuevo juego. Casi nunca abusaba de la ficha «amigos de la infancia», que pensó que no haría ningún daño si tan solo se presentaba en casa de Kuroo.
No pensó que estaría allí también Bokuto, y se pasaron el resto de la tarde jugando videojuegos.
—Estábamos en medio de una batalla, era imposible pausar la partida —se excusó Kozume, hundiendo sus manos en los bolsillos mucho más—. Cuando Bokuto vio que eras tú, trató de llamarte pero no daba el tono.
—Ya.
Akaashi agradeció que Kozume no le preguntase cómo es que rompió su móvil. Al parecer había sacado sus propias conclusiones. A Akaashi le daba igual lo que pensara de él y sus motivos.
No tenían nada más que hablar. Kozume le indicó cómo llegar a una tienda donde vendían buenos teléfonos desechables a convenientes precios, y en eso se resumió el encuentro. Al poco andar Akaashi se cruzó con Fukunaga, quien no se detuvo a saludarlo y solo levantó dos dedos de la mano. Cargaba con una mochila y una bandolera porque efectivamente roca vence a tijera, y Akaashi pensó que era imposible congeniar con todo el mundo, pero mucho más imposible hallar a alguien que no lograra congeniar con nadie. Pensó esto porque, al girar sobre sus pasos, vio a Fukunaga lanzar la mochila de Kozume por los aires, y a Kozume saltar para atraparla y soltar una risa que se difundió en la brisa.
Kozume riendo, vale.
Quizá era porque solo conocía la versión de Kozume y Fukunaga que eran jugadores de vóleibol. De todas formas, no recordaba alguna vez a Kozume feliz, o a Fukunaga arrojando objetos en la vía pública, y le era difícil imaginarlo pese a que acababa de verlo.
Luego de elegir un modelo de telégono que le agradase, Akaashi pensó que podría buscar algo para Bokuto. Estaría de cumpleaños luego, y Bokuto era el tipo de persona que no permitía a nadie no celebrarle el cumpleaños. Pero desechó la idea rápido.
No estaba con ánimos de fiesta, y ya no tenía ganas de hablar con Bokuto. Era infantil, pero le jodió saber que Bokuto estuvo divirtiéndose con Kuroo y Kozume cuando él lo hubo necesitado. Le jodió que fuera tan amigo de Kuroo cuando a él le desagradaba tanto.
Le había caído como una patada desde el primer encuentro, antes de constatar lo desagradable que podía llegar a ser su personalidad. Pero Kuroo no se metía realmente con Akaashi, y en realidad ofrecía conversación interesante, así que Akaashi no sabía a qué se debía ese malestar de espina en el culo que le producía Kuroo.
Ahora lo sabía.
Una vida con spoilers no es una buena vida al final del día.
[1] Ishinomaki: ciudad costera ubicada en la península de Ochika, en el norte de la prefectura de Miyagi.
Hoy 9 de agosto, se cumplen 71 años del bombardeo a Nagasaki.
Espero hayan disfrutado del capítulo. Si tienen ruegos, quejas o preguntas...
—Jefa, yo tengo una pregunta
—Oh no, tú... a ver, dispara
—Jefa, ¿no conoces otro nombre japonés a parte de Kaede?
—Ah, eso...
—Porque siempre que leo un fic tuyo, los OC suelen llamarse Kaede.
—Sí, mira... Hay una explicación para eso
—¿De verdad? ¡Cuál!
—Eso te lo responderé cuando lo sepa
#JefaTroll
Nos vemos en alguna otra ocasión, quizá. ¡Saludos!
