S: bueeeno, y aquí el segundo capítulo de este fin de semana (por cierto fanfiction está teniendo problemas a la hora de actualizar las historias)
N: esperemos que os gust... ¡PUF! (Una tarta voladora acaba en la cara de Norma y Sara comienza a reír)
S: ¡te dije que me iba a cobrar lo que me habías dicho! ¿Ahora de quien es la vida penosa por la que no vale la pena llorar?¿Eh? Muajajjajaj (ríe como una desquiciada)
N: Desde luego la mía (dice mientras se quita los trozos de tarta de la cara), porque la tuya SÍ que va a ser para llorar (saca el látigo de Isabelle y mira con una sonrisa sádica a Sara, quien deja de reír de golpe)
S: Así que por eso Isabelle no encontraba su látigo: ¡lo tenias tu! ¡Se lo voy a decir!
N: No te preocupes, para cuando Isabelle se entere de que he sido yo, tu ya no estaras entre nosotros.
S:salvenme y dentro capítulo.
Isabelle se quedó con la boca abierta cuando, con el fuerte tirón que Alec le había dado a Magnus, ambos desaparecieron en dirección a la zona de baile y se perdieron entre las múltiples parejas que allí había, provocando así que la chica no pudiera continuar con su interesante conversación.
-Por lo que veo, hay muchas cosas de vuestro equipo que aún no sé-sonrió divertida.
-Sí, bueno, solo algunas-bromeó Simon-Pero teniendo en cuenta que compartimos piso desde hace algo más de una semana, solo nos ha dado tiempo de conocer pequeños detalles, como nuestro desayuno favorito, que es mejor no abrir ningún armario, cajón o mochila de Magnus para evitar alguna sorpresa no demasiado grata, que Clary, contra las creencias de todo el mundo, sí que es pelirroja natural, que Alec hace me mamá pato y que Jace es un poco cabrón...no sé, supongo que lo típico.
-¿Y qué has aprendido de mí?-le preguntó ella sugerentemente.
-Pues...no gran cosa-le respondió el joven con la voz un poco ronca.
-Eso ya es algo-sonrió ella coqueta- Dime, ¿Que es lo que has aprendido de mí?-volvió a preguntar Isabelle, esta vez con una voz suave y aterciopelada que recordaba al ronroneo de un gato, y acercándose un poco más a él mientras con su mano derecha aflojaba la corbata de Simon y desabrochaba los primeros botones de la camisa para inmediatamente después acariciar con una mano la nuca del muchacho mientras que con el dedo índice de la otra trazaba círculos en su pecho de forma lenta y agonizante.
Simon estaba que se subía por las paredes, pero no en el sentido exacto de la expresión, desde luego no era a causa de un enfado, más bien de algo totalmente distinto. El toque de aquella mujer era como olas de fuego golpeando con fuerza su piel. Sin querer, se quedó hipnotizado mirando a sus ojos negros y profundos como pozos.
-P…pues que...que te duchas siempre por las noches, eres la única-trató de justificar aquel conocimiento sobre la rutina de la chica, un gesto que a ella le pareció tierno-que te encantan los cereales con mermelada de frambuesa, que odias ver el telediario y cualquier partido de fútbol que hagan por la tele, que adoras molestar a Alec y discutir con Jace...-Isabelle sonrió divertida.
-Pues menos mal que no sabías casi nada de mí-le susurró en el oído, acercando tanto su cuerpo al de él que la expresión correcta sería 'se acopló a él'. Simon se sintió desfallecer.- ¿Qué más?-casi le rogó ella.
No sabía el motivo, pero el calor que desprendía el cuerpo de Simon, la timidez con la que salían las palabras dichas por su voz grave, y la mirada que le dirigían esos intensos ojos avellana, la instaban a acercarse a él, a preguntarse todo el tiempo que clase de reacción tendría el chica si ella hacía esta acción o decía aquello otro. Era algo fascinante para Isabelle, una cosa completamente nueva.
-Tienes unos ojos preciosos y unos labios que invitan a besar...-casi suspiró él, y ella, alagada y gratamente sorprendida por aquel arrebato de sinceridad por parte del agente, quedó desarmada.
Por primera vez Isabelle no había tenido la intención de jugar con un chico, sino que quería averiguar porque todo a su alrededor giraba a una velocidad vertiginosa y la sangre corría tan deprisa por sus venas que le picaba la piel.
-¿Y porque no lo haces? ¿Por qué no los besas?-lo invitó deseosa, acercando sus labios a los del hombre, pero Simon la agarró de la cintura y paró en seco cualquier avance de la chica.
-Porqué soy un hombre y no sería capaz de parar-le dijo con semejante seguridad y seriedad que Isabelle tembló.
Mientras tanto, en la pista de baile, Alec estaba que echaba humo, casi de una forma literal.
-No pienso hacer nada de eso-se negó tan rotundamente el de ojos azules que dejó incluso de bailar.
-Vamos Alexander, tu lo haces y te prometo que yo no le digo a Isabelle ni una palabra de que te he rescatado de esos dos galanes de telenovela.
-Ni de broma pienso hacerlo, me da igual lo que prometas, eso es tu problema.
-Alexander, no me pongas en este aprieto.
-No te pongo en ningún aprieto, te has puesto tu solito y ahora lo que pretendes hacer es meterme a mí en él.
-Venga Alexander, lo único que tienes que hacer es sentarte en un sofá y dejarte hacer.
-¡Que no! ¡Deja de insistir ya!
-Venga, ¡tú también lo disfrutarás! ¡Te juro que te haré sentir cómodo!
-Ene más o igual a NO.
-¡Por favor Alexander, te lo ruego! ¡Si es preciso hasta me pongo de rodillas! Mis padres creen que tengo novio porque cuándo mi madre me llamó, Simon comenzó a hacer el idiota por detrás de mí y ahora cree eso ¡Y dice que quiere conocerlo!
-Ni de coña. Que sea gay no significa que vaya a salir con cualquiera.
-Primero, eso ya lo sé y, segundo, yo no soy cualquiera-le dijo un poco serio haciendo que Alec se sintiera un poco culpable.
-Lo siento, no trataba de decir eso, sino que... ¡De ninguna manera se creerían tus padres que somos pareja! A tu lado parezco un crío.
-Si a nuestro amigo Jason no se lo pareciste, no veo por qué a mis padres sí. Además, a pesar de tu edad, eres bastante maduro, así que lo disimulas perfectamente, bueno, si no fuera por tu cara bonita y tu culo prieto, claro está-Alec se puso tan rojo que Magnus pensó que iba a explotar.
-Me voy-soltó el joven dándose la vuelta.
-¡No!-lo retuvo del brazo- Perdón, era solo una broma, una muy mala. Lo siento. No lo volveré a hacer, lo juro-se disculpó el inspector y el de ojos azules volvió a encararlo.
-Más te vale... Si lo hago ¿me juras y perjuras que ni Isabelle ni Jace sabrán nunca nada de esto?
-Palabra de Magnus Bane-le respondió levantando la mano en un gesto solemne pero sin dejar de sonreír ni un solo instante.
-No sé yo...-dijo Alec todavía dudando las ventajas y los muchos inconvenientes de aceptar ese trato.
Lo primero qie Clary hizo al salir del coche fue dirigirse inmediatamente al todo. Se negaba en rotundo a que los demás hicieran preguntas, pero al ver su reflejo en el espejo del cuarto de baño casi le da un infarto. Tenía el maquillaje completamente corrido, el pintalabios embarrado alrededor de la boca y el cabello totalmente desordenado y se sintió como una de esas prostitutas que llevaban a la comisaría cuando las pillaban en plena calle.
-Soy patética…- se susurró a sí misma con expresión horrorizada sin apartar la mirada de lo que el espejo reflejaba. Zarandeó su cabeza tratando de olvidarlo todo y con agua y jabón se lavó bien la cara, después se retocó el moño tan bonito que le había hecho Isabelle, pero no tenía remedio, así que dejó su melena suelta y ya. Se alisó el vestido como pudo y, cuando se vio lo suficientemente decente, salió del baño y volvió a la fiesta aparentando normalidad, como si nunca hubiera tenido la mejor sesión de sexo desenfrenado en su vida con el tipo más egocéntrico del mundo.
Pasó la pista de baile de largo y buscó a sus compañeros por toda la sala, pero solo vio a Simon sentado en la barra tomando un Bloody Mary. Se acercó a él.
-Pensaba que estabas bailando con Isabelle…
-¡Clary!- se vio sorprendido Lewis- Sí, bueno…- la pelirroja lo observó con detenimiento.
-Simon…- le susurró con suavidad acariciándole el antebrazo.
-No digas mi nombre con ese tono de pena, por favor te lo pido. Bastante estúpido me siento ya…- suspiró antes de pedir otra bebida con un nombre casi imposible de pronunciar.
-No, mejor no- le dijo ella al barman antes de que éste comenzara a prepararlo.- Y de todos modos, no era un tono de pena…
-¿Y entonces de qué era? Al fin y al cabo eso es lo único que doy: pena.
-¡Vale! ¡Ya está bien!- exclamó ella frustrada y quitándole el vaso.- Primero: era tono de preocupación, lo que suele tener un verdadero amigo cuando se preocupa por su mejor amigo. Y no das pena, porque alguien penoso jamás se hubiese convertido en el mejor informático barra hacker de la jefatura de Nueva York.- Simon sonrió.
-Vale, vale, soy guay en mi trabajo- bromeó el chico.
-¡Y en muchos otros aspectos, hombre!- rió ella.
-Bueno, ¿y qué le ha pasado a su pelo y a tu maquillaje? Estabas muy guapa antes.- preguntó una vez el ambiente dejó de ser tan depresivo.
-Oh, nada… Empezó a hacer calor y con el sudor se estropeó todo, así que decidí lavarlo- dijo bastante nerviosa. Simon lo notó, pero teniendo en cuenta que Clary no parecía tener demasiadas gamas de hablar del tema y que ella le había sacado una sonrisa cuando más lo necesitaba, lo dejaría estar y se limitaría a hacerle compañía.
Una vez aclarado todo problema posible entre el inspector Bane y el ladrón de los ojos azules, decidieron que las cuatro y media de la madrugada era una buena hora para ir volviendo al apartamento, sobre todo teniendo en cuenta que los agentes no tenían horario fijo y que les podían necesitar en cualquier instante, así que enviaron un SMS a los demás. Una vez llegó Jace, que fue el último, entraron en el coche.
-Esta vez conduzco yo-dijo Magnus rápidamente antes de que Jace cogiera las llaves, recordando cómo en el camino de ida a la iglesia casi atropelló a una ancianita. Sin embargo, y para sorpresa general, el rubio no abrió la boca en busca de pelea o algo así. El inspector no le dio más importancia y, antes de que al chico se le ocurriera quejarse, subió al asiento del piloto.
Cabía decir que el todoterreno era útil para ser ocupado por seis personas, pues contaba con dos asientos delanteros, tres traseros y uno añadido a la zona del maletero.
Simon fue el primero en entrar y autoproclamarse en silencio dueño del último asiento, Jace ocupó una ventanilla trasera y, a su lado y por orden, fueron Isabelle y Clary. Finalmente, Alec no tuvo más remedio que ponerse en el lugar del copiloto.
-Mira que te gusta estar a mi lado, Alexander-le dijo divertido.
-Tampoco te creas-respondió este un tanto sonrojado y con el ceño fruncido-Por cierto... ¿no huele un poco raro?
-Ahora que lo dices...-pensó en voz alta el piloto.
Clary dio gracias al señor y todos los que le acompañaban allí arriba de que estuviera tan oscuro que solo se vieran las luces del salpicadero, porque su cara estaba tan roja como su pelo.
Jace, por su parte, tenía la cabeza apoyada contra el cristal y casi se da un cabezazo contra él.
-Sí que huele...-susurró Isabelle-...como a cuero.
-No...el cuero no tiene un olor tan fuerte-intervino Simon.
-Me recuerda a la vez en que fui a limpiar la capilla-susurró Alec e Izzy pegó un salto.
-¡Sexo! ¡Huele a una sesión de sexo desenfrenado!-rió la chica recobrando por segundos su actitud pervertida.
-Izzy...tu utilizaste la capilla de la iglesia para...para... ¡para eso!-exclamó entre horrorizado y exasperado Alec.
-Oh, por dios, ni que fueras virgen...ah, no, espera, que sí lo eres-comenzó a reír una vez más.
-¡ISABELLE!-rugió Alec más rojo de lo que nunca había estado.
-Alec, tienes 22 años, yo no podría vivir sin...-volvió a reír ella.
A Magnus le había parecido ehh... ¿gracioso? ¿Adorable? Bueno, el caso era que Alec había pasado de un estado avergonzado y alterado por el primer comentario de su hermana a uno muy incómodo por el segundo, pero Isabelle olía bastante a alcohol y no parecía tener intención de parar.
-Isabelle, ya-casi le ordenó el inspector.
Jace miró a su hermana con desaprobación por su actuación y preocupado porque ella jamás le hubiera echado aquello en cara a Alec a menos que le pasara algo.
-¡Pero si no he dicho nada!-refunfuñó ella, y como una niña, se cruzó de brazos y se quedó quieta con un puchero digno de un mequetrefe de seis años al que sus padres acaban de regañar.
-Alec, no se lo...-le dijo Jace al chico.
-Ya, ya...-el de ojos azules se sentía abochornado- ¡Deja de mirarme!-le dijo a Magnus, quien se sorprendió a si mismo mirándolo con curiosidad.
-Perdón...vámonos, pero hay una cosa que todavía no me queda muy clara... Si todos estábamos en la fiesta ¿Quien ha tenido sexo en nuestro coche?-se preguntó en voz alta mientras salían del aparcamiento.
-¿Y dónde?-cuestionó Simon desde la parte trasera del vehículo.
-¡Simon!-le riñeron todos al imaginárselo. Bueno, Alec y Magnus por eso, Jace y Clary por vergüenza e Isabelle no dijo nada porque acababa de quedarse dormida.
Cuando llegaron al apartamento, Clary se encerró en su cuarto sin decir nada, siquiera sin dar las buenas noches o despedirse y Jace se dirigió a la ducha demasiado callado.
Simon cargaba a Isabelle ya que se sentía culpable de que ella se hubiera emborrachado, el pobre muchacho pensaba que ella, siempre exitosa a la hora de conseguir hombres, se había sentido como una mierda cuando él la rechazo. Nada más lejos de la realidad, simplemente Isabelle descubrió que no todos los hombres heteros son unos capullos que lo único que buscan es llevársela a la cama y su cabeza empezó a doler tanto que decidió beber.
Por su parte, Alec se quitó los zapatos y la corbata y se sacó la camisa de dentro de los pantalones para estar más cómodo mientras se tomaba el chocolate caliente que se acababa de preparar.
-Esto es culpa mía-se culpó a sí mismo por haber caído en la treta de Bane. De verdad que no podía imaginarse haciéndose pasar por su pareja.
-Ser virgen a los 22 no es culpa de nadie-le respondió Magnus acabado de salir de la ducha y vestido con un pantalón azul eléctrico de pijama y una camiseta negra con letras en colores fluorescentes.
-¿Sabes? Tienes el mismo don que Jace.
-¿Hacerte reír?
-Despertar un instinto asesino en mí a veces.
-Oh...Pues eso habrá que arreglarlo-le sonrió Magnus y el otro resopló-¡Vamos, puedo hacerlo!-Alec hizo como que no le había escuchado y se levantó a por unas galletas para mojar en el chocolate- ¿Me pasas un poco de leche?-le pidió al inspector siguiendo sin hacer caso a lo dicho por este.
-¿Me estás ignorando?-le pasó la leche.
-¿Yo? Que va...imaginaciones tuyas-le dijo el de ojos azules como si nada, pero frunció el ceño cuando, al ir a coger el envase de leche, Magnus se lo apartó de delante-Dame la leche.
-No. Y sí que puedo hacer que dejes de querer asesinarme.
-¿Me has quitado la leche para que te responda a eso?
-Exactamente-le contestó el de facciones asiáticas sin cambiar su semblante serio. Alec se quedó mirándolo, pestañeó varias veces y, finalmente, en un rápido movimiento trató de alcanzar el envase.
-¡Dame la leche!
-¡Que no! ¡Admítelo, podría hacerlo!
-¡Haz lo que te dé la gana pero dame mi leche!
-¡QUE OS CALLÉIS YA PESADOS!-les rugió Isabelle desde su dormitorio, despertando así a un pobre Simon que se había quedado dormido a su lado cuándo había ido a dejarla en la cama, y logrando que este cayera al suelo al oír semejante grito-¡Dale la leche, joder!
Ambos hombres-o niños, mejor dicho- se quedaron mirándose para después dirigir sus ojos hasta sus manos. Ambos agarraban con fuerza la leche. Alec pegó un fuerte tirón y abrazó el brick de leche contra su pecho, protegiéndolo de la mala mirada que le estaba echando Magnus.
-Admítelo.
-No voy a admitir algo que sé que no va a ocurrir.
-Tú lo has querido. Esto ya es personal-dijo decididamente el mayor-Si lo consigo, harás lo que yo quiera-Alec rodó los ojos.
-Lo que quieras, pero deja ya el tema, me estás poniendo de los nervios.
Desde ese día nada fue igual para nadie.
-Desde una cabina telefónica de Nueva York-
-¿Valentine? Soy Camille... Tengo algo que podría interesante-dijo sonriente mirando las fotografías hechas en la boda.
El despacho de Valentine estaba en perfecto estado: limpio, decorado con piezas lujosas y de buen gusto, ordenado y lleno de toda la información necesaria para llevar a cabo su trabajo. Toda información excepto una que la bella Camille, con su voz cantarina de golf..., perdón, de elfa, le había hecho llegar.
El despacho era perfecto para alguien de su clase y estatus, con su dinero y su poderío, pero era aquel que había dentro el que, a pesar que la estancia fuera tan agradable a la vista e incluso acogedora por los tonos rojizos de la alfombra y de las cortinas que cubrían el ventanal y la chimenea a un lado del despacho, cuya leña quemada hacía crecer el fuego crepitante, causaba que nadie se acercara a la habitación.
La figura de Valentine, sentada en su sillón de piel negro, con los codos apoyados en el escritorio de caoba y las manos entrelazadas a la altura de su barbilla miraba con atención unas fotografías enviadas por aquella a quien quería ver muerta.
Su pose era la de cualquier hombre de negocios, pero su semblante era serio, sus facciones duras y su mirada furiosa. La vena de su cuello se marcó, su mandíbula se apretó y sus manos entrelazadas tomaron un color blanco de la fuerza que estaba ejerciendo en su agarre.
-Parece que, después de haber tenido durante tanto tiempo a mis piezas de ajedrez inactivas, va siendo hora de moverlas.
