Cap. 8: Primer día en Spenser


El destino se abre sus rutas.

Virgilio

25 de septiembre de 2006. Academia Spenser.

El primer día en un colegio nuevo nunca era fácil, y, en aquella escuela y para alguien como Abby Mathews, era aún más difícil. Aún temblaba cuando entró por la enorme puerta principal, rezando para que nadie la mirara demasiado y se diera cuenta de que no pertenecía a aquel entorno. Había llegado mucho antes que la mayoría de los alumnos, ya que Higgins le había indicado que se pasase por su despacho para recibir las últimas instrucciones antes de su primera clase. Pero se había dedicado a dar vueltas por los pasillos sin saber a dónde ir.

"Rector Higgins, Rector Higgins…" pensó exasperada. "¿Dónde demonios está ese maldito despacho?"

Ya llegaba diez minutos tarde y seguía sin encontrar el despacho de las narices. Había estado el viernes anterior con su padre y se suponía que ya debía saberse el camino, pero esta vez había entrado por la puerta principal, la que usaban todos los alumnos, y el trayecto era distinto, por lo que Abby se encontraba completamente perdida.

Cargada con todos los libros del curso que pesaban como un muerto y maldiciendo por enésima vez su pésimo sentido de la orientación, Abby recorría los pasillos de la zona de las clases intentando avistar algún letrero que la ayudara a encontrar el camino. Dios, aquello era tan grande…

Había atravesado la mitad del pasillo principal cuando las puertas empezaron a abrirse y los alumnos empezaron a entrar y a pasar a su lado, charlando, riendo… e ignorándola por completo, lo cual ella agradecía. Además, todos eran guapísimos, parecía una escuela de modelos en vez de una de secundaria: todos con su uniforme impecable, sus pelos Pantene (tanto chicas como chicos) y una actitud risueña y desenvuelta ante los demás y, al parecer, ante la vida misma. En lo único que coincidía ella era en el uniforme, que aun siendo un uniforme era mucho más bonito de lo que había sido nunca el del Saint Mary's; pero en cuanto a lo demás, se sentía el patito feo del cuento al lado de los cisnes. Sabía que las cosas le serían mucho más fáciles si le preguntaba el camino a alguno de esos chicos, pero no lograba reunir el valor de parar a alguien para preguntarle, le daba demasiada vergüenza. Le daba la impresión que la chica o chico que parara, la miraría con desprecio por haberse atrevido a dirigirse a ellos…

Abstraída mirando las paredes en busca de letreros, no vio al grupo de jóvenes que se dirigía en su dirección y no se apartó de su camino. El que iba en cabeza y al parecer su líder, un guapo muchacho de rizado cabello castaño largo por los hombros y aspecto altanero, tampoco se molestó en esquivar a la chica y el choque fue inevitable. Abby era más pequeña, más endeble y además estaba lastrada por la carga de libros, por lo que fue ella la que acabó en el suelo, y los libros se desparramaron por todas partes.

El chico que la había tirado al suelo ni siquiera se molestó en detenerse.

– Mira por dónde caminas, niñata… – comentó con voz desagradable mientras seguía caminando – La guardería está en otra parte, ésta es la zona de los mayores.

Los demás rieron ante el "ingenioso" comentario y Abby suspiró. "Bien por la hospitalidad de Spenser", se dijo, "una manera genial de comenzar el día". Pero no se atrevió a replicar, ni siquiera levantó la cabeza mientras los muchachos se marchaban riéndole la gracia a aquel imbécil; no quería meterse en líos porque aquel abusón se diera cuenta y pensara que ella lo había mirado mal. Se limitó a incorporarse y, de rodillas, empezar a recoger todos los libros y carpetas caídos. Pero se detuvo cuando oyó la voz de otro chico que, evidentemente, no procedía de aquel grupo.

– Te pasas un huevo, Aaron… – le amonestó secamente aquel muchacho, del cual Abby no sabía de dónde había salido, pero de lo cual se alegraba mucho. Nadie más se había parado a decirle nada a ese tío, todos habían seguido hacia delante como si no hubieran visto nada… todos, salvo él.

El tal Aaron se encaró con el chico.

– ¿Tú por qué te metes donde no te llaman, Tyler? Tú y tus amiguitos tenéis todos la misma manía. Aquí no ha pasado nada. La chica se ha caído, y punto.

– La has tirado tú… – le increpó el llamado Tyler –, lo he visto. Veías que iba hacia ti, y ni te has apartado.

– Sí, bueno... ¿y qué vas a hacer? – le preguntó Aaron burlona, y tal vez algo amenazadoramente – ¿Obligarme a pedirle disculpas?

El otro muchacho, aunque alto, era más bajo y menos corpulento que Aaron, pero aun así se acercó a él en un claro gesto de desafío, que Aaron imitó.

– A lo mejor.

– ¿Sí?... ¿Tú y quién más? Te recuerdo que "papá Caleb" o "mamá Reid" no están contigo para sacarte las castañas del fuego… Tal vez tú también deberías ir a la guardería con ella…

El joven, al oír eso, pareció sentirse profundamente insultado y miró con verdadero odio a su oponente. Pareció que iban a llegar a las manos. Abby se asustó… ¿se iban a pegar por su culpa?

– No, por favor, no quisiera… – empezó ella, pero uno de los chicos que iba en el grupo liderado por Aaron, con el pelo rubio y corto, la interrumpió.

– Aaron…

Éste ni se movió. Seguía mirando despreciativa y retadoramente a la cara de Tyler.

– Aaron… – insistió de nuevo el chico rubio, con algo de alarma en la voz.

– Qué, Bordy… – le respondió impaciente Aaron sin dejar de mirar a quien le desafiaba tan temerariamente.

– Déjalo, tío. Mira…

Ambos siguieron con la mirada hacia donde señalaba Bordy, y vieron que pasaba por allí uno de los profesores que hacían la ronda por los pasillos para asegurarse de que todo iba como tenía que ir mientras los chicos entraban en clase.

Automáticamente los dos muchachos se separaron, las peleas en Spenser eran fuertemente sancionadas y ninguno de los dos quería exponerse al castigo.

– No ha pasado nada… – sonrió cínicamente Aaron, y se juntó con sus compañeros para irse – Saludos a tus amiguitos.

– Que te den… – fue la agria respuesta del joven. Aaron soltó una carcajada.

Tyler Simms se quedó mirando furiosamente al grupo de Aaron mientras se marchaba, maldiciéndolos a todos, y especialmente al propio Aaron... ¡Sería mamón! Iba por ahí como si Spenser fuera suyo, y podía hacer lo que le diera la gana que, salvo Caleb y ellos, nadie decía ni pío. Le ponía malo. Tuvo que contenerse para reprimir el impulso de hacerle tropezar y partirse los dientes contra el suelo, o atragantarse hasta ponerse morado, u obligarle a vomitar el desayuno (tales "bromas" eran la especialidad de Reid), o provocarle una buena hemorragia nasal que estropeara su bonita camisa, o... Pero no… no era correcto, no era seguro. "Paz tío, paz…" se dijo a sí mismo para no dejarse llevar por la cólera, mientras respiraba profundamente.

Un ruido de papeles abajo suyo distrajo su atención. Pobre chica, pensó. Él pasaba por ahí, y lo había visto todo. No era la primera vez que Aaron se metía con algún alumno (sin importar si era chico o chica) de los grados inferiores por el puro placer de quedar de chulito, pero Tyler, pese a ser de temperamento pacífico, no podía soportar que lo hiciera tan impunemente y que el resto del mundo pareciera mirar hacia otro lado, y eso si no le reían la gracia. Aquello le hacía hervir la sangre, y por eso no había podido evitar intervenir, aunque estuviera solo contra todo el grupo y a Caleb no le habría gustado saber que se metía en líos con esa gente. Claro que Reid le habría aplaudido, y si hubiera estado allí seguramente habría lanzado el primer puñetazo.

Se agachó rápidamente para ayudarle a recoger los libros y carpetas que aún seguían desperdigados por el suelo.

– ¿Estás bien? – le preguntó con sencillez.

La chica, al parecer bastante sonrojada, ni se atrevió a levantar la vista hacia él.

– Sí, sí… Yo… esto… gracias. – murmuró tímidamente.

A Tyler le hizo gracia que alguien se cortara ante él, cuando él solía ser el cortado del grupo. Sería porque los alumnos de los cursos inferiores siempre tienden a ver como dioses a los de último curso, pensó. Pero aquello le dio confianza para hablarle y calmarla un poco.

– No te agobies por esto. Aaron es un imbécil integral. Merece una lección, y un día se la vamos a dar.

– Sí, pero habéis estado a punto de pegaros… – insistió ella.

– Bah, tampoco tanto.

Ella lo miró al fin y él pudo verle la cara. Tal vez estaría dos o tres cursos por debajo de él, se dijo. Mona, pero normalita, tampoco le prestó mucha atención. Tal vez fuera que se le había pegado algo de lo superficial de Reid, quien alardeaba de que siempre se fijaba en la delantera y trasera de las chicas antes que en sus caras; pero normalmente, los rostros femeninos no atraían la atención de Tyler a menos que fueran deslumbrantes, y éste no parecía el caso. Tenía unas trenzas rojizas muy graciosas y unos ojos azules bastante bonitos, pero se la veía demasiado niña. Una pena. Él terminó de recoger los libros y, poniéndose ambos en pie, se los entregó.

– ¿Todo bien…? – le preguntó con amabilidad – ¿Quieres que te ayude a llevarlos? Eso pesa mucho para ti.

Ella negó con la cabeza enfáticamente, sin atreverse a mirarlo a los ojos y apretando fuertemente los papeles contra su pecho. Las trenzas volaron a cada movimiento de cabeza de ella.

– No, no… Ya has hecho más que de sobra. Muchísimas gracias.

– De nada, mujer... ¿Te puedo ayudar en alguna otra cosa?

Ella titubeó.

– Sí, la verdad es que… estoy buscando un sitio y creo que no me oriento muy bien.

– ¿Qué buscas? Si es el Kínder, Aaron es un gilipollas pero tiene razón, está en el otro ala del edificio – En la Academia, los alumnos llamaban familiarmente "Kínder" a la zona de Spenser donde se encontraban las aulas de los grados 8º a 10º, los alumnos más jóvenes.

– No, no… si voy a Senior… – dijo ella, y ante la expresión incrédula y sorprendida de él, añadió – Aunque no lo parezca. Busco el despacho del Rector.

– ¿De Higgins? Sí, mira… – explicó él, mientras señalaba al fondo del pasillo y subrayaba sus explicaciones con gestos. – Ve hasta allí, y al fondo, a la derecha, verás unas escaleras. Las subes y llegas al primer piso. De ahí, te vas hacia la izquierda, es la zona de los despachos del claustro. El de Higgins es el penúltimo antes del ventanal que verás al fondo. Además, ya verás los letreros en las puertas con los nombres... ¿Te aclaras con eso?

Ella respiró aliviada.

– Sí… o eso creo.

– No tiene pérdida. – añadió él.

Ella miró en su reloj de pulsera y dio un respingo.

– ¡Dios mío! Ahora sí que llego tardísimo. – Con la pesada carga de libros en los brazos, echó a correr con una ligereza inusitada en la dirección que Tyler le había indicado. – ¡Gracias por todo! – gritó, mientras miraba por última vez al chico.

– ¡De nada! – le contestó él, aunque no hubiera podido asegurar que le hubiese oído.

En cuanto ella desapareció por las escaleras que Tyler le había señalado, éste agarró de nuevo su mochila que había dejado tirada en su encontronazo con Aaron. No es que se considerara un héroe ni gilipolleces por el estilo, pensó, pero uno se sentía bien al ayudar a alguien más débil. Luego se le ocurrió la idea de que ni siquiera le había preguntado a esa chica cómo se llamaba. Se encogió de hombros. En fin, qué más daba.

Se olvidó completamente del incidente y de aquella niña cuando divisó a otro grupo de estudiantes que se dirigían en la misma dirección que él, hacia el aula donde tendrían la siguiente clase. Todas eran chicas. El grupito de Kira Snider y sus "súbditas". Normalmente, Tyler no haría caso del tal grupo, que consideraba de las tías más insoportablemente snobs de Spenser, casi como una pandilla de Aaron en femenino, pero dentro de aquel grupo estaba ella. Charity Starr. Larga melena azabache, piel nívea, ojos esmeralda, cara de ángel. Una verdadera preciosidad, justo como a él le gustaban. Pero también, una auténtica zorra. Tyler no podría olvidar cómo, después de haber estado enamorado de ella durante los dos últimos años, el verano antes de aquel curso y tras tomarse tres cervezas, había reunido el valor para ir hasta ella y pedirle salir. Su respuesta había sido "Lo siento, muchachito. Me gustan los hombres, no los niños".

Tyler sabía que, si él hubiera sido Caleb o Pogue, la respuesta habría sido muy distinta. Era consciente de que, aunque apenas fuera unos meses menor que ellos, su aspecto era mucho más infantil que el de ellos. A las puertas de los 18 años, ellos ya parecían unos hombres, mientras que él todavía sólo un muchacho. Charity, hasta el grado Sophomore, había sido una de las mejores amigas de Kate pero se peleó con ella cuando ésta empezó a salir con Pogue, y hasta ese momento Tyler nunca había sabido por qué. Después se había enterado de que Charity estaba loca por Pogue desde hacía mucho tiempo, y acabó de sentirse totalmente ridículo. Para acabar de arreglar las cosas, Reid, esperando consolarle tras el corte, le contó cómo el año anterior se había enrollado con ella (cuando Reid aún no sabía que le gustaba a su amigo, pues Tyler era demasiado vergonzoso para hablar de esas cosas incluso con él) para demostrarle lo buscona que podía llegar a ser, pero sólo consiguió que Tyler se sintiese peor. Cualquier otro tío tenía más oportunidad con ella que él.

Desde entonces, la odió… o quiso odiarla, ya que, cada vez que la veía, no podía apartar los ojos de ella. Incluso en el baile de otoño, hacía ya varias semanas, y angustiado como estaba por Caleb y por el tremendo peligro que corrían él, Sarah y todos ellos, la vio por un momento de lejos y se había quedado deslumbrado por lo guapísima que estaba.

Las chicas pasaron a su lado y ni una sola de ellas lo miró, y mucho menos Charity. Si Reid o Pogue hubieran estado con él habría sido diferente; ellos acaparaban con mucho la atención de las chicas de Spenser. Él suspiró, y se puso en marcha, no quería llegar tarde a clase él también.


Mientras, Abby se detuvo ante la puerta del despacho del rector, intentando recuperar el aliento, y entró procurando no hacer ruido. Había llegado sin problemas, gracias a las instrucciones de aquel chico tan amable.

– Pase, señorita Mathews. – le dijo Miss Murphy – El Rector Higgins la está esperando.

Ella obedeció. Se quedó de pie en medio del despacho, paseando su mirada alrededor de la habitación. Era una estancia oscura, a pesar de recibir la luz solar externa de la ventana. La mesa de Higgins estaba llena de detalles personales: material de escritorio, una lámpara, figuritas de bronce, carpetas y un par de pequeños archivadores con papeles, fotos supuestamente de la familia, el monitor y el teclado de un ordenador. Tras él, una estantería de madera oscura labrada, atiborrada de libros y más fotos enmarcadas que hacían referencia a temas deportivos y escolares de la Academia.

– Llega tarde.

– Lo lamento, señor. Me perdí, y…

– No importa… – él no la dejó terminar. – Sólo procure que no se repita. Deje esos libros por ahí y siéntese.

Abby dejó cuidadosamente los libros que llevaba en una de las sillas que había ante la mesa del rector y ocupó la otra.

– Aquí tiene su tarjeta de identificación – dijo Higgins entregándole un carnet de plástico – Bien, éste es su primer día en Spenser... ¿Qué le parece?

– Muy bonito, señor, y muy… grande.

– Sí… – asintió Higgins con satisfacción, realmente estaba orgulloso de su Academia – Verá cómo se alegra de formar parte de nuestra comunidad. Además, y aunque su padre probablemente también sea una buena influencia al respecto, su estancia aquí le abrirá las puertas de las mejores universidades del país. La mayoría de nuestros alumnos, tras su graduación, pueden optar a Harvard sin problemas.

Abby tampoco es que estuviera demasiado interesada en ir a Harvard, pero optó por callárselo para no desalentar la bienintencionada disertación de Higgins.

– Es bueno saberlo, señor… – dijo tan sólo.

– Bien, volviendo a usted… como seguramente sabe, el nivel académico de Spenser es bastante alto, sobre todo comparado con el de su anterior escuela. A esto se añade el problema de que ha llegado usted bastante avanzado el curso, estamos en medio del primer trimestre y ya se ha impartido mucho de las materias.

Ella no respondió, sólo bajó la cabeza reflexionando, intentando calibrar la verdadera gravedad del problema. Era buena estudiante, no tanto porque su inteligencia fuera brillante en exceso, sino porque se esforzaba muchísimo para complacer a su padre con buenas notas. Sin embargo, estaba claro que esta vez tendría que romperse los cuernos para alcanzar el nivel de los demás… y tal vez no fuera suficiente el esfuerzo. La idea la desmoralizaba, pero no mostró su desazón al decano, que continuó:

– El otro día su padre y yo comentamos la posibilidad de asignarle algún tutor de su curso para ayudarla a ponerse al día con las materias que le sean más dificultosas.

Ella levantó la cabeza, esperanzada.

– ¿Eso se puede hacer?

– Claro, señorita Mathews. Un tutor es lo que usted necesita. O mejor una tutora, ya que, después de los últimos años en ese internado femenino, presumo que se encontrará más cómoda con otra chica... ¿me equivoco?

– No… no, señor, así es.

– Además, no sólo para los estudios. Usted parece ser bastante… reservada, y creo que será beneficioso para usted designar a alguien que le abra las puertas de la comunidad social de Spenser, le presente a sus compañeros… en fin, que le integre dentro de nuestra pequeña gran familia.

Ella suspiró silenciosamente. Pues sí que tenía pinta de pardilla, cuando hasta aquel tío se daba cuenta de eso.

– Sí, señor.

– Decidido, entonces. – sentenció Higgins – Además, creo que se me ocurre la candidata ideal para ello. Vaya a la siguiente clase, en el aula A-6, yo me ocuparé de hablar con esa persona, y vuelva a mi despacho para antes de la hora de comer, entonces solucionaremos ese tema. Y déle esto al profesor. – añadió, mientras le alargaba un papel doblado.

– Sí, señor. – repitió ella. La historia de su vida: siempre acatando las órdenes, siempre obedeciendo.

Cuando llegó al aula A-6, después de dejar en su nueva taquilla todos los libros y el material que no le hiciera falta para esa clase, ya habían empezado... ¡Mierda!, ahora todo el mundo la miraría cuando entrara, pero tampoco podía dar media vuelta y largarse sin más. Odiaba esas situaciones.

Llamó levemente a la puerta, y tras oír el firme "¡Adelante!" de la voz del profesor, entró.


Caleb resopló quedamente, ahogando un bostezo y revolviéndose en su asiento, ganándose una mirada extrañada de Pogue, quien estaba sentado a su lado. Habían pasado más de dos semanas desde que había acabado aquella pesadilla de Chase y la muerte de su padre y de nuevo la rutina había hecho presa del grupo, especialmente de él. Y, en realidad, casi lo prefería así, porque... ¿iba a dejar que aquel episodio, por horrible que fuera, afectara al resto de su vida? Sí, echaba muchísimo de menos a su padre, pese a no haber compartido demasiadas cosas juntos y a la extraña relación que habían mantenido, pero tenía que esforzarse por olvidar y seguir adelante. Chase no había dado señales de vida (ni físicas ni mágicas) durante todo aquel tiempo y, aunque eso no significara nada concluyente, el constante estado de alerta en el que se había mantenido durante los primeros días había acabado diluyéndose entre las tediosas y complejas gestiones del testamento de su padre y la rutina habitual de las clases. Aún seguía un poco preocupado, pero cada vez se iba relajando más: salvo la muerte de su padre, las cosas parecían haber vuelto a su cauce normal. Incluso Pogue había salido ya del hospital y había vuelto aquel mismo día a Spenser, por lo que estaba de nuevo a su lado, lo cual agradecía. Mientras él había estado en el hospital, Caleb se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos a su amigo, pese al eficaz consuelo que le prestaba la compañía de Sarah.

Tenía un sueño horrible. La noche pasada se había quedado hasta muy tarde terminando un trabajo de Biología que quería que le quedara perfecto. Aunque era un estudiante brillante, no es que fuera tan, pero tan puntilloso con todas las materias, pero con Biología quería esmerarse porque quería sacar la máxima nota posible. Estaba considerando seriamente, cuando entrara en Harvard, elegir Medicina, la carrera que también había elegido su padre, y que no pudo acabar porque la adicción al Poder acabó con él primero. No sabía por qué, tal vez le atraía ser útil a la gente. Seguramente esa elección no haría feliz a su madre: le señalaría un paralelismo más con su padre que, a toda costa, ella quería evitar. Pero eso no le haría cambiar de opinión, si eso era lo que realmente quería hacer.

Así que no se había ido a la cama hasta que aquel dichoso modelo celular le hubo quedado, más que perfecto, pluscuamperfecto. Más de un par de veces había estado a punto de dormirse, pero aguantó como un campeón. Estuvo también tentado de utilizar sus Poderes para mantenerse despierto, pero la posibilidad de empezar a hacerse cada vez más esas pequeñas concesiones le aterraba, y más aún ahora que había Ascendido. Así que, salvo cantidades industriales de café, no usó nada artificial para seguir despierto. Pero esa mañana, si Chase Collins se le hubiera aparecido diciendo "Te cambio tu Poder por una cama", Caleb habría aceptado sin dudarlo.

Por eso, cuando llamaron a la puerta de la clase, Caleb parpadeó y agradeció la interrupción como una breve ruptura del monótono soniquete de la voz del profesor de Sociología. Aunque era una materia potencialmente interesante, el profesor Connelly la daba de forma tan aburrida que era capaz de dormir al más pintado.

Cuando Connelly le dio permiso, entró una chica medio pelirroja con trenzas, que avanzó con paso inseguro hacia el profesor, lanzando miradas de soslayo a la platea donde se encontraban los alumnos. Parecía muy joven, tal vez de alguno de los cursos del "Kínder", aunque no podía estar seguro desde esa distancia. El profesor leyó la nota que ella le tendió, examinó a la muchacha como extrañado, y luego releyó el escrito hasta acabar de quedar convencido.

– Chicos, desde hoy tenemos una alumna más entre nosotros. – informó a la clase – Ésta es Abigail Mathews, y viene desde… ¿desde dónde?

– Lawrence, señor… – respondió ella tímidamente y en voz muy baja. Parecía avergonzada y a Caleb le dio un poco de pena.

– De Lawrence, entonces. Bienvenida, señorita Mathews. Clase, espero que la hagan sentirse cómoda y bien recibida.

Murmullos entre los estudiantes. Miró a sus amigos, los otros Hijos de Ipswich, y a su novia y a Kate. Las chicas no lo miraban, estaban cuchicheando entre ellas. Pogue tampoco le prestó atención, desde que había empezado la hora sólo tenía ojos para Kate. Reid sí le devolvió la mirada, pero se limitó a encogerse de hombros en un gesto de indiferencia.

La chica pelirroja, la tal Abigail, caminó rápidamente, con la carpeta y los libros apretados contra su pecho (desde la poca psicología que sabía Caleb, eso era señal de indefensión) hasta uno de los asientos libres que había más cerca y se sentó, hundiéndose en el asiento y quedándose muy quieta, como intentando fundirse con el entorno. Estaba colorada como un tomate.

– Ah, una última cosa. – añadió Connelly – Señorita Wenham…

Caleb se despertó un poco. Sarah, que seguía hablando con Kate, rápidamente se incorporó y prestó atención al oír su nombre en boca de su profesor.

– ¿Sí, señor?

– El rector quiere que vaya a verle antes de la hora de comer.

Sarah se quedó un poco desconcertada, pero asintió. Esta vez sí buscó con los ojos a su novio, y ambos intercambiaron una mirada de inteligencia.

– Desde luego, señor.

– Bien chicos, retomemos la clase… – dijo Connelly.

Oh, no, pensó Caleb.

Y tenía sobradas razones para pensar eso. Tras el paréntesis causado por la aparición de aquella chica y aunque el hecho de que llamaran a Sarah a presencia del rector lo había espabilado un poco, poco después el sueño hizo otra vez mella en él, y los siguientes cuarenta y cinco minutos fueron una verdadera tortura.


NA: En el próximo capítulo, Mathews se enfrenta a los Hijos de Ipswich… de nuevo tras 24 años. Claro que éstos son los nuevos Hijos de Ipswich…