Capítulo X

Ansiedad

No fue la navidad que hubieran esperado Annie y Patty para su amiga, la misma navidad que de hecho esperaban la Señorita Pony la hermana María para su hija. Que se quedara en el hogar, abriendo los regalos con los niños, eso era lo que querían. Ella en cambio se levanto muy temprano, bajo por una taza de café y se encerró en su querido salón de té. No quiso tomar nada para el almuerzo, y se sentó a mirar una y otra vez sus fotografías junto a Albert. Abrió un pequeño cajón en su secretario y de allí saco los tesoros de su vida, la cadena que la Hermana María le había dado tantos años atrás, el símbolo de los Andley que de hecho ahora adornaba varios de sus accesorios, la fotografía de Anthony, la cajita de la felicidad que Stear le había fabricado, la pinza para cabello que uso el día de su boda, un regalo de la señorita Pony y ahora la rosa que Parvati le había dado días antes de la muerte de su esposo, que extrañamente no había marchitado. Mando traer leña y ella misma se encargo de encender la chimenea, en la radiola puso uno de los discos que Albert le había traído de Argentina, era de Carlos Gardel, y la música -que llamaban tango- era tan sentida y nostálgica que ambiento la tarde melancólica que Candice quería para si misma. No extraño a Elisa, le agradaba ese instante de soledad dedicado absolutamente a sus recuerdos, un momento para contemplar sus objetos más preciados, para aferrarse a ellos y para no perder la costumbre de sentirse cerca de un pasado que se iba constantemente, de un pasado que ya no volvía. Ciertamente, podría decirse que disfrutaba martirizándose con las presencias de Albert, con las felicidades remotas que compartieron. En cambio de tomar la sana decisión de dejar el pasado en el pasado, y tratar de vivir el presente tal cual él venía.

Elisa por su parte estuvo todo el día vagando por la mansión al borde de un ataque de nervios. De Terry Grandchester aún no se tenía la más mínima señal y ya estaba pensando en que plan B poner en marcha, aunque la verdad no tenía un plan B …¿Qué podría hacer? ¿Salir corriendo a buscarlo y suplicarle que visitara a Candy? Era absurdo, ya todo estaba perdido. Quizá si se había equivocado y mucho. Sería terrible que Terry no sintiera todavía algo por White, todos sus planes se irían al piso. Y no eran planes de un día para otro, tampoco desde que se supo de la enfermedad de Albert, esto era algo que venía maquinando desde que se percato de que Candy temblaba con solo escuchar el nombre del actor. Ese día se dio cuenta que la felicidad que siempre había caracterizado a Candice se había esfumado precisamente porque su corazón vivía una mentira, y entendió que la felicidad de su amiga dependía de la liberación de sus sentimientos verdaderos. En aquel entonces, pensó en buscar a Terry y confesarle todo, pero pronto se dio cuenta de que era incapaz de causarle tal daño a su tío Albert, que tanta ayuda le había prestado a ella y a su hermano, cuando más lo necesitaban. Así que decidió esperar a que el destino le presentara un camino posible, alguna salida en la que nadie se viera afectado, porque si algo había decidido era no volver a lastimar a nadie, al menos intencionalmente.

La tarde en que se supo de la enfermedad de Albert, no se puede decir que se sintiera feliz, de alguna forma compartió la angustia de White. Pero no se negaba que desde esa tarde una emoción recorría sus venas y le palpitaba en el vientre, esa misma emoción se acrecentaba con todos los misterios que detectaba en la muerte de Albert, en la relación de Albert con Terry, que aún le parecía desconocida, y en todos los pequeños detalles que aun le faltaba descifrar. Este día, el día de navidad, era definitivo, la resolución de todos aquellos misterios dependía de que Terry apareciera, y todo su plan, el plan para conseguir la felicidad de White, dependía de que en Terry hubiera aún un resquicio de ese viejo amor. Ya iban a ser las tres, y no había de él ningún rastro.

En realidad, Terruce ya había tomado una decisión. La noche anterior había tenido una magnifica charla con Parvati, con ella siempre tenían ese tipo de conversaciones, en las que sin darse demasiados datos de sus experiencias, terminaban hablando de las trascendencias de sus actos, de los dolores que almacenaban en sus existencias, y de cómo conseguir la paz en sus inquietantes pasos. Parvati se dio cuenta de que el pobre Terry estaba atragantado con un sentimiento que no le dejaba respirar, y sin preguntar de que se trataba le dio un único consejo:

-Deja que tu corazón decida, si la razón interfiere estarás perdido. No cometas los mismos errores del pasado. No vuelvas a perder las cosas que quieres por inclinarte hacía lo correcto, porque lo correcto no es siempre lo mejor para ti.

Y Terry, que ya antes había recibido tan buenos consejos de Parvati, no dudo en hacerle caso. - Iré por ella. Así lo haré, solo necesito verla, tenerla cerca. Eso es todo.-

La mañana siguiente, nuestro orgulloso y seguro actor, se transformó en un jovencito confuso que no sabía ni que ponerse. Se levantó tarde, no desayuno y prefirió un almuerzo ligero, cuando se dio cuenta, ya iban a ser las tres y aún no sabía que usaría para el encuentro de su vida.

Se sorprendió a sí mismo probándose los contados trajes que había llevado, y se decidió por el conjunto más clásico que encontró porque pensó que así se asemejaría más a lo que Candy recordaba de él. Una vez más de negro total, un sweater alto, hasta el cuello, con una sencillo saco de paño encima, rematando con la parte más clásica de su atuendo: una capa casi idéntica a aquella que había usado en sus años mozos. Así tal cual se presentó en la mansión Andley. Y no, no preguntó por Elisa, preguntó directamente por la Señora Andley.

Cerca de las tres, Elisa se percató de que no había tenido noticias de White en todo el día, se enteró de que no había tomado el almuerzo y en su ir y venir por la casa pudo darse cuenta de que ni Parvati ni George estaba en la casa, cosa que por supuesto inquieto a Elisa, pero por ahora no era su principal preocupación. En los laberintos de su mente no hallaba ninguna salida, y algo muy parecido a la derrota le empezaba a incomodar, y finalmente se resignó a visitar a White en su refugio. Habría que empezar a construir un plan B… Encontrar junto con Candice una solución a una vida llena de estocadas finales. Eso era todo lo que le quedaba por hacer.

Toco antes de entrar, sin aplicar esa costumbre suya de entrar sin anunciarse. Sabía que White debía estar internada en alguno de sus parajes del pasado, alimentándose de cuanta imagen y cuanta melodía la arrastraba hasta sus vivencias remotas. No se equivocaba. Un tango lánguido sonaba en la penumbra, las cortinas pesadas no habían sido recogidas y solo algunos destellos de luz burlaban el velo. La vio sentada en su canapé, rodeada de papeles en desorden que leía fervorosamente. Ni siquiera se percato de su presencia. Vivía un encantamiento de mentira, vivía de lo que ya no era vida, un pasado muerto.

- ¡White! ¡Feliz Navidad! ¿No pensabas buscarme y darme un abrazo? Mira que estamos solas en la casa… y yo soy lo más parecido a compañía humana en este mausoleo… -trato de sonreír por la ironía que acaba de soltar, pero el rostro de Candy se lo impidió- Incluso la servidumbre ha salido, solo se ha quedado Janine, el resto han ido con sus familias. Y no me lo creerás, pero Parvati y George han salido… parece que desde esta mañana muy temprano…¿Qué crees que se traigan esos dos? ¿Crees que nuestro George este viviendo un apasionado romance de invierno en esta navidad? Jejeje… Parvati es muy hermosa… y él… bueno ya es un poco mayor… pero a mi me parece que con los años ha ido mejorando… cada vez más interesante…¿Tu que crees?-

Elisa no paraba de parlotear. Y Candice la miraba sorprendida, no entendía de donde sacaba siempre algo que decir, aunque fuera una tontería que a nadie le interesara. No le respondió, le lanzó una mirada de extrañeza y siguió con su lectura. El disco terminó su girar en la radiola y el silencio se apoderó de un breve instante.

- Neal se casará ¿sabes? Ha encontrado una buena chica. Mamá jamás la hubiera aprobado, no es de acá… La conoció en su último viaje a Europa y no habla inglés… no sé como le ha hecho… ella habla español… Bueno… es que es de España. ¿Es de allá de donde viene esa música que a veces escuchas?… ¿Flamengo es que se llama?… jejeje… mira que gracioso… ¡que ponerle ese nombre a una tonada! La gente de es…- Un monólogo sin tregua hacía que Elisa hallara un poco de calidez en la frialdad de White.

- Flamenco… es flamenco Elisa…- Le dijo impaciente.

- Ahhhh ya sabía yo que si me estabas escuchando…¿Qué lees?- Candice respondió sin espíritu:

- Las cartas de Albert.-

- ¿Todas? ¿De principio a fin?- no obtuvo respuesta alguna- Deberías arreglarte un poco… más tarde vendrán los Cornwell y Patty… y quizá también Tom…- El silencio ganó la batalla… y Elisa se sintió presa absoluta de la peor de las derrotas… ella misma sentía deseos de llorar, de hacer una de esas terribles pataletas que de niña efectuaba cuando no conseguía exactamente lo que quería. Solo que ahora la vida le había enseñado que lo que quieres, nunca se presenta de la forma en la que lo esperabas. Se trago su histeria y la sublimó en un silencio paralelo al de la Señora Andley.

La familia de Esther vivía muy cerca de la mansión. Candice le había dado permiso el día anterior de quedarse toda la jornada con sus hijos. Sophie y Therese, las otras dos mucamas habían ido también a visitar a sus familias, era muy jóvenes y sus familias muy humildes, pero su navidad era mucho más feliz de lo que la pobre Janine tenía que pasar en semejante caserón, prácticamente sola. Era la más vivaz de las tres, y remilgaba en voz alta de su suerte desdichada, habían elegido al azar la que se quedaría el día de navidad y ella había sido la infeliz escogida. Aún nuestra Janine, no sabía que a veces los destinos mas fatales guardan sorpresas muy gratas, bendiciones inesperadas.

A las 3: 30, mientras ella se tomaba un chocolate caliente, el timbre de la mansión resonó en sus oídos. Ella se deshizo en improperios dirigidos hacía el impertinente que osaba interrumpir su calida bebida, que era todo lo que la reconfortaba en el deprimente silencio. Pero en cuanto abrió el gran portón, quedo absolutamente enmudecida, al verificar que aquel impertinente era su gran amor, el dueño de sus sueños y fantasías. Ya lo había visto el día del velorio del Señor Andley y por las condiciones de la reunión nunca se había podido acercar a decirle que era su imagen la que veía todas las noches antes de dormir, la había recortado de una gaceta teatral que circulaba en Chicago. El día del entierro hubiera querido pedir un autógrafo, pero hoy, teniéndolo en frente como sacado de una de sus imaginaciones, resultaba remoto pedirle esto de sopetón cuando todo lo contrario, su deber era recibirlo como a cualquier ilustre visitante de la casona.

- Bu bu… buenas tardes… Pue…. Ejem… ¿puedo ayudarle en algo?- Con paso firme y con la entereza que dominaba todo su genio personal, Terruce entró en el salón principal. Echo un vistazo general y se dio cuenta de que se veía más grande de lo que recordaba. La ultima noche estaba tan lleno de gente, el salón no se veía tan amplio, tenía una decoración sobria pero definitivamente lujosa, Terry no podía creer que Candy, su Candy fuera quien se encargara de todo esto. -Yo jamás te hubiera dado nada parecido… talvez todo lo que te hubiera dado serían problemas- Pensó mientras devolvía la mirada hacia la criada que le observaba atónita. Con un ademán teatral .Terruce se arrodillo, beso su mano y le dijo:

- Ruego me indique su nombre, para no deshonrarla con otro apelativo…- Janine tenía el mejor regalo de navidad que jamás hubiera imaginado… es decir… ¡Terry Grandchester había besado su mano!

- Ja ja… Jan… nine… Janine. Ese… ese es mi nombre.- El corazón se le atoro en la garganta y apenas si alcanza a balbucear algunas silabas.

- Encantado Janine- Se levanto y sin dejar de mirarla a los ojos y si soltarle la mano aún cercana a sus labios, continuo- Mi nombre es Terry Grandchester y estoy buscando a Ca… a la Señora Andley- Janine vivía aún su fantasía hecha realidad… cuando escucho el nombre Andley. Tenía una sonrisa casi estúpida que se fue desvaneciendo, cuando recordó que la orden era que solo la señora Cornwell o Patty O'Brien, tenían autorizado visitar a la Señora Andley.

- La… la verdad Señor Grr… Grandchester- musitaba lentamente- La Señora Andley no esta dis…

- Entiendo- dijo lanzando su mirada más encantadora- Pero veras Janine… yo siempre fui un buen amigo del Señor Andley… y solo quiero dar mi pésame a su esposa… Yo… yo no me tardaré.- Terruce, se había armado de su mejor recurso en todas las batallas de la vida, su increíble capacidad de interpretar al personaje adecuado en todas las instancias de la vida, en las que irremediablemente no podía ser él: La víctima abandonada, el galante caballero, el rebelde descorazonado, el apasionado amante, el tirano audaz… en fin… todo lo que fuera necesario para defender esa fragilidad suya, que solo contadas personas conocían. Por eso tenemos aquí a un galán soñado que flirtea con una mucama, mientras su alma se deshace de ansiedad y de miedo, un terrible y profundo miedo de estrellarse con un muro helado cuando todo su ser ardía en enamorado fervor.

Janine sabía que lo correcto era consultar con el Señor George, pero él no estaba. La segunda opción era preguntar a la Señora Elisa. Sin embargo, si la memoria no le fallaba la Señora Legan estaba también en el salón de té. Así que no había de otra que anunciarlo allí frente a las dos, a parte ¿qué mujer en sus cabales podría negarse a ser visitada por un hombre de este talante? Solo una demente. Ahhh ¿para qué dudarlo? Después de todo era su gran amor, Terry Grandchester quien se lo pedía, y después de ese beso después de esa mirada, ¿Cómo negarle alguna cosa?

- Est… esta bbbien… si es como usted lo dice, se lo creo señor. Sígame por favor. Saberlo andando tras de ella, casi que rozándole las pantorrillas, la hizo sentir que subía las escaleras al cielo, y no simplemente a la segunda planta. Lo instalo en una pequeña silla del corredor, donde le pidió que esperara mientras ella lo anunciaba.

Golpeo, y cuando recibió la aprobación de la voz de la Señora Elisa, entró.

-Señora, el Señor Terruce Grandchester desea verla-