No voy ni a disculparme ya que soy un caso perdido (T.T).

Este capítulo iba a ser más corto y menos tostón, pero al final la amplié un poco más para añadir un poco de Hermione/ Ginny, muy suave, pero juro que a partir del próximo las cosas entre las chicas se consolidan. El final de este capitulo comienza a poner las verdaderas cartas sobre la mesa.


La Cazadora y la Doncella

Ginny parecía ya más animada, botando sobre la silla de montar con una elegancia impropia. No paraba de parlotear de aquí para allá mientras serpenteaban entre los senderos del bosque, sobre la hojarasca y las ramas rotas que las primeras lluvias habían depositado y que no tardarían en arrastrar. Por ahí está el peñasco recubierto de un musgo anaranjado. Este es el macizo de flores de hierba de San Juan. Ahora a la derecha si puedes encontrarte con el árbol acostado, se llama así porque el troco se curva sobre el suelo. Normalmente, tal cosa irritaba especialmente a la mujer. Y el parloteo de la muchacha en esta ocasión no era distinto, salvo porque la sonrisa de la menor hacía todo ligeramente más pasajero.

-Ya no queda mucho desde aquí. Esta vez sí que creo que estamos llegando a algún sitio, no como las otras veces. No ha sido tan difícil, ¿verdad, cazadora? Ya te había dicho yo que me conocía bien mi bosque. No podía ser que estuviera perdida. Creo que por aquí nos encontraremos con un camino más ancho. No sé de dónde viene, pero creo que tendrá que salir por alguna parte de la linde opuesta del bosque. Pero nunca me he internado tanto. Sería muy difícil ir y volver en el mismo día. Es una pena que los caballos no puedan ir ni al paso por estos senderos. Ya estaríamos allí de no ser así. Pero cuando lleguemos al camino ancho será muy distinto. Un par de minutos después de ahí.

-No lo entiendo, Ginny- intervino en la perorata la mujer en un intento fútil de hacer que esta parara-. Primero parece que te entristece descubrir quién puede ser el lobo y después te envuelve una emoción descontrolada por resolver el asunto.

Ginny miró hacia atrás, con el fuego azul de sus ojos azotándola con ese desafío furioso que sí había adoptado de su herencia nobiliaria.

-No es algo fácil, Hermione- explicó al cabo-. No me gusta. No quiero… descubrir quién es. Me da miedo. Pero es mi pueblo, y por tanto mi problema. ¿Está mal tirar de ese cabo suelto si temo lo que encontraré en su extremo?

-Enfrentar lo temido define el auténtico valor de una persona.

La niña sonrió. Tímidamente.

-No me siento especialmente valiente. Más bien todo lo contrario. Pero por otro lado es la primera vez que siento que puedo ser útil con algo. Aunque no pueda hacer mucho.

-Por lo menos es más fácil matar el tiempo con algo de compañía- objetó Hermione, bromeando.

-¿Cómo?- espetó ella ofendida, pero con un dejo de alegría en la voz.

Al principio hubo silencio, un silencio cómodo como los que compartían al principio. La cazadora se relajó sobre la silla, envuelta en la calma sólo rota por los sonidos naturales de la foresta y el canto acallado de las currucas y los jilgueros. Al momento siguiente la baronesa comenzó a comentar el camino de nuevo, y la mujer no pudo más que reprimir un gemido y soltar un largo suspiro resignado en ese aire penetrante que viajaba con el aroma entremezclado de retazos de corteza, flores y resina.


En efecto, el sendero tenuemente dibujado entre la maleza, más espesa por momentos según se internaban más profundamente en el bosque, desembocaba en un camino que se ensanchaba de una manera un tanto curiosa. Con evidencias muy claras de un uso continuado.

Hermione desmontó tan pronto como se adentraron en el claro. La niña, en cambio, no lo hizo.

La vegetación pelada, la completa ausencia de árboles y la maleza recortada hacían relucir la naturaleza artificial de la zona, donde no crecía nada. La tierra estaba compacta, hasta cierto punto, ligeramente removida en su superficie, con el movimiento habitual de la fauna sobre ella. Había alguna huella de alce o cervatillo, no estaba segura de la fauna exacta de la zona, pero definitivamente habían llegado allí de manera casual, por lo que no iba a darles mayor importancia.

-¿Estás bien, Ginny?- preguntó cuando vio que la muchacha seguía encaramada a su yegua.

No estaba bien, al menos no lo parecía.

-Sí.

La cazadora levantó una ceja con incredulidad.

-Es sólo que…-siguió la baronesa- aquí empezó todo. ¿Verdad? Aquí atacó… el lobo la primera vez. El lobo real. Aquí… murió Neville.

Hermione suspiró de forma cansada, pero continuó mirándola como si pudiera contar con todo su apoyo. Sin embargo, en el fondo, por dentro, se sentía cansada, terriblemente cansada, por tener que simular constantemente esa fachada de entendimiento y preocupación por la situación de la muchacha. No quería admitirlo, no le gustaba, pero no lo entendía. Durante años la habían entrenado para enfrentarse a la inhumanidad y la inmundicia, para no dejarse llevar por los estúpidos sentimientos de compasión o empatía. Un monstruo era un monstruo. Una bestia peligrosa era un monstruo. Y un hombre convertido en monstruo era un monstruo también. No había diferencia, ni motivo alguno para hacer un inciso. Era lo que debía de hacerse, pesara a quien le pesase, era la única opción. Claro que podría entristecer a algunos pero, no habiendo otro remedio, no había motivo para permitir que tal cosa te abrumara.

-Creía que por eso estábamos aquí. Descubrir qué paso aquella noche.

-Cierto. ¿Pero puedes reprocharme el que no me agrade?

-No. Lo entiendo.

Pero no lo entendía.

-No parece haber nada que delate al lobo. No sé. Arañazos, sangre. ¿No debería haber sangre donde murió Neville?- murmuró la niña con algo más de fuerza, fingiendo despreocupación.

-Ha llovido. Se acercan las lluvias, es lo normal. Flint dijo en su primera confesión que no vio nada, pero que en todo caso fue algo rápido, sin pelea o persecución. Dice que no escuchó mucho.

-Pero ya nos mintió una vez.

-¿Y todavía no sabes por qué?

Ginny frunció el ceño con intriga.

-No. ¿Por qué?

-El muchacho no murió aquí de todas formas- contestó en cambio-. Creo que un poco antes de llegar al claro. Estoy segura de que el leñador no lo trajo hasta aquí. El chico sólo buscaba una planta.

-¿Sabes qué planta?

-Esa de las flores amarillentas. Un tipo de acónito, como dijo la herborista.

-No la conocía.

-Nunca te has internado hasta aquí. Además es una hierba mágica, no se le presta demasiada atención fuera de ese ámbito.

-¿Y qué interés tendría Neville en ella? ¿Para qué la querría la señora Sprout?

La cazadora recordó las palabras de la señora Sprout. "¡Oh, nada especial! Estamos en época, nada más".

-Según la mujer del herbolario nada más allá del mero interés comercial- repitió en voz alta-. No confiaría en ello, pero tampoco nada me indica lo contrario.

-¿Y por qué sabes que Flint no trajo a Neville hasta aquí?

-Hay surcos a cada lado del camino. Esas marcas sólo las dejan las ruedas de un carro, con una carga pesada, o que lleva una gran carga. Y viendo lo bien delimitado que está este claro en medio del bosque y la tierra completamente compacta apostaría que se trata de las dos cosas- miró a la muchacha tras su explicación, y su rostro le indicó que no había pillado todavía de qué iba el asunto-. ¿Recuerdas lo que guardaba la cueva que visitamos?

-¿La Boca del Impío?-dijo, y después abrió la boca y levantó las cejas en un claro gesto de que las luces se encendían en su cabeza - El contrabando.

Hermione sonrió.

-Este debe ser el punto de entrega. Por eso el leñador sabía llegar perfectamente a él a pesar de trabajar en la linde del bosque. Y aunque no trajo al muchacho hasta este sitio concreto no debió haberse arriesgado a conducirlo a esta zona. Pero bueno, el sueldo de un leñador no es tampoco muy digno.

Dieron un par de vueltas por el lugar. Ginny encontró un par más de esas flores amarillentas que el chico había estado buscando la noche del desastre, pero no sabía que más debía buscar, pues por más que mirara hacia todas partes no había nada que mirar, porque simplemente no había nada en absoluto. Sólo el suelo y la densa muralla de árboles y maleza que delimitaban perfectamente la zona rompiendo filas únicamente allí donde se abría paso el ancho sendero que era la entrada. Hermione tampoco sabía que podía encontrar y por su mente pasó la idea de realizar una incursión nocturna un día de entrega. En la cueva alguien había dicho que esta se había cancelado el día en el que apareció el primer lobo, tal vez, si era un trabajo regular, podría hacer cálculos y pasarse el día que tocara. Puede que asaltar a un contrabandista o dos para aprovechar la ocasión.

-Mira esto, Hermione. Aquí en la corteza. Parece un ocho acostado.

-O el símbolo de infinito. Tiene un par de significados en hechicería y en heráldica. Es algo que se puede investigar.

Ginny levantó la vista, dibujando una sonrisa maquiavélica que demostraba lo orgullosa que estaba de su descubrimiento, y de haberlo hecho antes que la cazadora. La mujer miró hacia ella, conteniendo un suspiro resignado, pero con la tirantez de una pequeña sonrisa en la comisura izquierda.

-Lo he hecho bien, ¿verdad?- dijo con un tonito de recochineo.

-¡Oh, sí! ¡Asombroso!

-¡Venga admítelo! Sin huellas de lobo o marcas de lucha he encontrado la única pista útil de este sitio. Eso es algo.

-Sí, algo sí- replicó ella sin importancia, desviando la vista hacia otro lado con aburrimiento.

-¡Hermione!- chistó la menor con un codazo en las costillas.

-¡Ey!- se quejó en respuesta.

Y estaba ahí otra vez, muy cerca, mirándola de nuevo de esa forma tan íntima. Hermione sintió el deseo de besarla, y normalmente obedecía a esos deseos, pero en esta ocasión no lo hizo. Era cierto que la niña la había besado apenas una hora antes, con candor y desespero, como no se besa a cualquiera, pero quizás, por vez primera en su vida, se sentía insegura a la hora de actuar alrededor de otra persona. Aquello la enfadaba, por supuesto, pero era de naturaleza precavida y desde el arrebato de furia celosa que había desplegado la baronesa el día anterior con respecto a la naturaleza de su relación ya no sabía que esperaba realmente de ella la muchacha. Una parte de sí misma empezaba incluso a cuestionarse si no había tenido Harry razón al hablarle del amor y la juventud, y de los verdaderos problemas que acarrearían el herir a un amigo.

De pronto las mejillas de Ginny se tornaron carmesí, como ya tanto acostumbraban, pero apartó la mirada de forma súbita y con algo de recelo, casi como si estuviera huyendo de ella.

-Sigues sin confiar en mí- fue más un pensamiento que una pregunta.

La baronesa se paró a mitad del camino que había emprendido ya hacia su montura y volvió a mirarla, en esta ocasión con una sonrisa cansada que comenzaría a llevar a la cazadora a la locura con esos cambios de ánimo tan drásticos de los que hacía gala la chiquilla. Exhaló con resignación.

-Sigues siendo una cazadora de bestias.

En los que son como tú no se puede confiar, soltó la vox populi bien consabida ya en la mente de la mujer. Y entonces una pequeña chispa se inflamó en su pecho, llenándola de una ligera rabia nacida del resentimiento y de la falta de costumbre a la hora de no llevar las riendas. En una jerga algo más actual se podría decir que se le cruzaron los cables, pero, claro, ella no estaba familiarizada ni con lo que era un cable así que, en lugar de buscarle un nombre a lo que le pasaba, actuó en base a ese pequeño arrebato.

Dio dos pasos hacia la menor, con un facciones completamente neutras e intentando que su expresión corporal no sonara amenazante. Agarró su brazo, desnudo, bajo la tela de la roja capa y tiró de él con suavidad pero de forma segura. El cuerpo de Ginny paró cuando chocó contra el suyo, y esta volvió a subir la mirada con la boca abierta y las mejillas sonrojadas de nuevo. Pero no se apartó. No podía. Vergonzosamente cautivada por la actitud de dominación que demostraba la cazadora. Así que juntó los labios y tragó saliva. Pero no dejó de mirarla. No podía.

Hermione había querido besarla, seguía queriendo besarla.

Así que iba a hacerlo.

No fue un beso grande, ni apasionado, ni arrebatador, ni uno de esos que te quitan el aliento. Fue más un roce, una caricia, pero con el contacto pleno de una boca sobre la otra. No movió los labios con destreza ni maña, ni invitó al movimiento a los labios de la menor, ni la instó emitir un gemido complacido, sino que se limitó a hacer una pequeña succión que provocara que el beso se rompiera con un chasquido audible. Y, a pesar de todo, Ginny dejó de respirar en cuanto la boca de la cazadora cayó sobre la suya y gimió por el placer contenido en el beso cuando escuchó el sonido de su fin.

Cuando se separaron alzó otra vez la vista y abrió de nuevo la boca, pero Hermione se limitó a sonreírle con dulzura y a alejarse de ella, rumbo a su yegua alazana. Por dentro un sentimiento de orgullo y falta de modestia la invadía con rapidez. Pero, por supuesto, no dejó que la baronesa lo viera.


-¿Dónde naciste, Hermione?

La mujer frunció el ceño, ligeramente extrañada por la pregunta.

-Pensaba que ya me había presentado como Hermione de Lurgia

Paseaban ya por el principio de la villa, habiendo atravesado su muralla, pero no habían llegado todavía a la zona donde el suelo se convertía en empedrado. Caminaban arrastrando las botas por la tierra que discurría entre las casa más lejanas del centro, con las riendas de sus caballos en las manos, avanzando con un paso tranquilo y nada apresurado.

-Ya, tonta, pero Lurgia es muy grande. ¿De qué parte de Lurgia eres?

-Del norte. Cerca de la costa. Creo.

-¿Crees?- rió la muchacha con cierta sorna- ¿Cómo que crees? ¿Acaso no sabes dónde naciste?

Hermione miró al frente, con seriedad. No le molestaba, porque ello significaría que los recuerdos de su infancia la importunaban y eso sería sentir más allá de lo que un cazador solía hacer. Pero a la niña le gustaba meter las narices en territorios más personales de los que jamás otra persona había sentido necesidad con ella. No le gustaba, porque eso significaba acercarse demasiado a alguien. Y ni siquiera se habían acostado.

Sólo con Harry había hablado de cosas como esa, y era distinto, porque esas conversaciones acostumbraban a tener lugar después de una buena cena y mucha cerveza de por medio. Cuando se permitía bajar sus defensas. Además, con Harry era distinto. Fueron años de interacción en situaciones peliagudas las que les condujeron a la confianza mutua y no un par de semanas de charlas superfluas. Y con él sí se había acostado.

Pero esta niña, también era distinta. Tal vez porque le caía en gracia esa actitud risueña y ese fuego soñador en los ojos que tanto le recordaban a ella misma en una etapa de su vida. Una etapa ya tan lejana.

-No- fue la simple respuesta que dio.

Y tuvo que ser buena porque la baronesa no dijo nada. Y era muy difícil conseguir que la baronesa se quedara callada.

-Oh- respondió al cabo por no quedarse callada.

Y Hermione soltó una carcajada.

-Mi mentora me encontró cuando tenía cuatro años vagando por los caminos. Yo era demasiado pequeña para recordar nada. Y tampoco he preguntado.

Ginny lo pensó por un momento.

-¿Por qué?- tampoco lo pensó mucho.

-Nunca me ha interesado- respondió con simpleza, pero vio en el gesto de la niña que no era suficiente-. Los cazadores nacemos de la suerte y las casualidades. Que una cazadora encontrara a una niña abandonada es para nosotros una señal del destino.

-Estabas destinada a ser cazadora.

-Eso es.

La muchacha volvió a bajar la cabeza, pensando de nuevo en ello, con el entrecejo fruncido y mordiéndose el labio con ofuscación. Como si su rompecabezas no encajara por algún sitio.

-¿Y no tienes curiosidad?- preguntó cuando se dio por vencida.

-Ninguna- respondió Hermione con la misma despreocupación.

Ginny se acercó un poco más a ella, y la mujer no adivinó sus intenciones hasta que su mano se deslizó sobre la suya, cálidamente, y le propinó un suave apretón. Le costó retener un suspiro, pero no uno de esos tiernos que debieran acompañar el momento, sino uno de esos que expresaban lo ridículo que le parecía el gesto. Sabía que tal acción estaba destinada a ofrecer apoyo en los momentos en los que uno consideraba que eran difíciles para la otra persona. Pero para ella no le era difícil pensar en su pasado antes de convertirse en cazadora. Le era indiferente. Pero le gustaba sentir la mano de la pequeña, así que le devolvió el agarre, como si agradeciera el gesto. Y Ginny fue también un poco más feliz.

Siguieron avanzando en silencio, por las calles que ya empezaban a ser pedregosas, hasta que este fue roto de forma abrupta. Para sorpresa de Hermione, no fue la pelirroja quien lo rompió.

La marabunta de hombres que se apelotonaban y remoloneaban atravesando la calle principal en una dirección fija que la cazadora no pudo interpretar a primera instancia llenó el aire con un estruendo de pasos agitados y gritos revolucionarios apenas comprensibles en tal compendio de voces. No agitaban armas al cielo, pero sí los puños, y se amontonaban y perseguían con ímpetu. No descifraron el ánimo de tal reunión, sólo entendían algún grito, que berreaba acerca de ideas sobre cundir el pánico y justicia del pueblo.

Avanzar entre la muchedumbre con los caballos era una tarea harto complicada, y la yegua de Ginny no estaba entrenada para soportar tal nivel de estrés, por lo que una vez que llegaron al Caldero Chorreante los dejaron atados a su entrada y se apresuraron a seguir la revolución del populacho.

Ginny tropezó, y en un instante vio el tropel de personas tirar de ella y precipitarla al suelo. La gente seguía avanzando, sin importarles que ella estuviera en medio de su paso. La mano de Hermione fue más rápida que el presuroso andar de la muchedumbre, y la agarró a tiempo de evitar que nada más grande que los empujones se hiciera con ella. La muchacha no lo supo, pero de esa forma morían muchos en estas situaciones, de la manera más tonta. Aplastados por el propio furor de la masa enfurecida.

-¡Agárrate a mí, Ginny!- fue una orden, pero dicha en un tono nada impetuoso, sino más bien preocupado.

La figura del barón de Hápeto se les apareció entonces, desde un lado, con andares tan presurosos como los de sus súbditos pero con una mueca que más que la cólera colectiva denotaba angustia y molestia.

-Hermano. ¿Qué está pasando?

-No lo sé, Ginny.

-Una turba furiosa está atravesando la villa clamando gritos de justicia. Más te valdría saberlo.

-Hermione- advirtió Harry con reproche.

-No, Harry. Tiene razón. ¡Demonios, sí que lo sé! Sólo que no quiero creerlo. Por esto prohibí el hablar de lo pasado la otra noche. Pero alguien ha debido de largarlo.

-Déjame adivinar- habló de nuevo Hermione-. Quieren matar a los heridos por el lobo.

-No. Eso ya lo han hecho.

-¿Qué?- gritó la más joven, alarmada- ¿Pero cómo? Estaban encerrados en las mazmorras. ¿Y los guardias?

-Los han dejado pasar- explicó el moreno, despeinándose con una mano sin darse apenas cuenta-. Argumentaron que era demasiada gente como para poder detenerlos, pero… apostaría cualquier cosa a que estaban de acuerdo con la marabunta. También le tienen miedo al lobo y a lo que pueda transmitir.

-¿Y a qué van ahora?- preguntó Ginny con marcada preocupación-. Ya han matado a todos los heridos. ¿Qué les queda por matar? No pueden moverse ahora por mera especulación, ¿cierto?

La cazadora se mordió el labio.

-Eso es precisamente lo que hacen.

-¿Qué?- inquirió Ron.

-¿Van a señalar a un culpable y probar suerte?- dijo Ginny.

-Explícate- pidió Harry ante la frase, siempre ambigua de su amiga.

-Hay un herido más. Dime, Ron, ¿hacia dónde vive el cazador?

-No puedes creer que al cazador lo mordió el lobo, ¿cierto? Fue herido antes incluso del primer ataque.

-No. Por supuesto que no. Pero la primera vez que hablé con Flint él mismo me dijo que todo el pueblo pensaba que la criatura que había atacado al cazador se trataba de la misma bestia que había matado al chico.


Euan Abercrombie alzó el puño al cielo, en primera línea de fuego. Era un hombre apocado, no demasiado alto y de orejas llamativamente prominentes. Nadie decía de él que fuera un hombre vivaz y de espíritu revolucionario. Había vivido toda su tranquila y aburrida vida en la villa en la que nació, un lugar sosegado y que, por razones del azar, no ocurrían las difíciles calamidades que solían afectar a los pueblos que salpicaban las llanuras de Vigarde. Nunca había hecho nada que se saliera del contexto del día a día de la vida de un tranquilo y aburrido talabartero, pero tenía a sus hijas, dos niñas, preciosas a sus ojos aunque esta verdad se tratara de un hecho discutible fuera de la familia, y como padre debía obrar en consecuencia. No podía permitir que nada malo pudiera pasarles ni ellas ni a su esposa, por eso mismo había acudido primero a su hermano, después a un par de granjeros, colegas, para cuyos mulos y burros reparaba alguna guarnición de forma habitual, después de eso fue a otro par de colegas del gremio, y a colegas de colegas, ya por último, y habiendo formado ya un buen montón, se había dejado caer por la posada gritando al cielo las verdades que todos pensaban pero nadie decía.

La cabaña en la que residía el cazador reposaba fuera de las murallas, aquella más cercana a la entrada del bosque. En cuanto los clamores de la multitud le llegaron en la lejanía el instinto le dijo que sellara las puertas a cal y canto.

-¡Sal de ahí, Finnigan!-gritó Abercrombie subiendo los escalones que daban a la entrada.

-¡No estoy loco, Euan! ¡Largo de mi casa!

-¡Es por el bien de todos, Seamus!

-No he hecho nada. A mí no me ha atacado el lobo. ¡Largo de mi casa!

-Eso nadie lo sabe. ¡Es por el bien de todos!

-¡No voy yo a arriesgar la puta vida por si a ti no te a mordío er el mostruo ese!- habló la voz de Marcus Flint- ¡Apartarse, apartarse to'os! Que yo esta puerta la tiro y ya.

El hacha del leñador se levantó sobre su cabeza, pero antes de poder descargar un ápice apenas de fuerza en el golpe el tacón de una bota se clavó en el gemelo de la pierna que había atrasado para mantener el equilibrio. Cayó de rodillas, el arma golpeó en el suelo a un lado.

-¡Ahí'stá la perra de la asesina!- dijo Zabini, secundando como siempre a su camarada.

Se cernió sobre ella, que esquivó y golpeó en la nariz, luego en el esternón. Sin poder respirar por unos instantes el maromo cayó en peso sin capacidad para volver a ponerse el pie. Escuchó el rugido enfadado del primero, se dio la vuelta, pensando con ironía lo estúpido de la costumbre del cazador por alertar cada vez que se lanzaba al ataque, agachó la cabeza evitando el brazo, hundió la rodilla en las costillas, partió una, casi estaba segura.

-Estos dos no se cansan nunca de recibir.

Un tercero se acercó a ella, con una azada en la mano. Colocó las piernas, repartió el peso. Se apartó de la dirección de la herramienta metiendo el cuerpo a dos palmos del hombre. Agarró el brazo, lo retorció. No lo partió, lo decidió de forma inconsciente en el último momento, lo obligó a darle la espalda y lo empujó de una patada. Esquivó a un cuarto, y a un quinto. Y los movimientos con los que se deshizo después de ellos fueron tan diestros que apenas se percataron de ellos antes de reunirse en el suelo con el resto. Al siguiente lo paró el filo de una espada.

-Basta ya- dijo Harry con dureza y seriedad pero con voz neutra.

El héroe se interpuso entre la cazadora y su atacante, con el cuerpo completamente recto y el brazo rígido, sin perder en ningún momento el porte erguido y la elegancia natural que le acompañaba en todo momento. Cosas de héroes, pensó la mujer, alzando una ceja casi con disgusto. Por un momento pensó en ello. En la pose, en la tranquilidad de su gesto, en la dureza de su ceño y de su voz, potente, firme y penetrante, en la fuerza que demostraba sin proponérselo y en la armadura que brillaba al sol. Casi podía ver el efecto de sus hermosos ojos esmeralda bajo los despeinados mechones de su cabello azabache, dándole un aspecto deseable a la vez que protector. Era el perfecto caballero de brillante armadura. Y lo peor era que tenía que admitir que se le daba muy bien al cabrón.

Y entonces apareció la figura del barón. Seguido por todo el cuerpo de la guardia, poniendo fin a la revuelta.

-¡Detengan esto inmediatamente!- bramó Ron, alargando las sílabas de manera furiosa.

Las gentes se callaron. Bajaron las improvisadas armas.

-Señor…- comenzó Euan Abercrombie con tono dubitativo.

-¡No! ¡Tamaña estupidez la vuestra! ¡Tamaño egoísmo y tan grande malicia! ¿Han quedado satisfechos? Hoy han muerto siete personas inocentes a manos de sus amigos y convecinos. Gentes en las que confiaban.

-¡Era necesario! ¡Nos ponían a todos en peligro!

-¡Lo mismo hubieran hecho ellos!

-¡Era justo! ¡Lo justo!

-¿Lo justo?-gritó el barón anteponiendo su voz a todas a aquellas que comenzaban a alzarse -Cinco de esos hombres eran guardias de esta villa, hombres que resultaron heridos por procurar que no le pasara a otro. Hombres que estaban en las calles cuando ustedes se ocultaban en sus casas. ¿Era eso lo justo?

-En el caso que nos ocupa un herido no mutará en licántropo- habló Hermione-. Entiendo que es lo que os inquieta. Entiendo el medo que se pueda sentir. Pero este lobo no transmite la malignidad si no es con la muerte.

Lo vio en ellos, en sus ojos y en sus miradas iracundas. La duda y la desconfianza que impregnaba los pensamientos de todos ellos. No solamente porque tuvieran miedo por lo que pudiera pasar incluso cuando las posibilidades fueran mínimas, sino porque ella era quien era, una temida e insensible cazadora de bestias.

-¿Quién puede asegurar con todas que nada pasará, que no se levantarán? ¿Por qué fueron encarcelados entonces? Tengo niñas, ¡preciosas! y haría cualquier cosa porque nada las pusiera en peligro.

-Encarcelar a los heridos era sólo precaución- contestó Ron.

-Entonces no hicimos mal. ¡Podían ser peligrosos!

-Nada es imposible cuando se trata de la magia, pero sí altamente improbable- explicó la cazadora con paciencia-. Entiendo lo que sentís pero…

-¡Y habla la matadora! ¿Qué vas a saber tú lo que es sentir?- escupió adolorido Flint agarrándose las costillas- Por todos es sabido que las criaturas como tú no sienten, ¿Qué iba a importarte a ti? ¡Asesina!

La bofetada estalló de pronto, con una fuerza tal que su chasquido hizo callar a la maraña de comentarios que había vuelto a alzarse para dar lugar a un silencio sepulcral.

-¿Asesina? ¿Es acaso ella a quién podemos llamar asesina hoy?- saltó Ginny, aún con la mano alzada.

Los ojos de la muchacha brillaron con furia, con ese fuego azul que tanto le gustaba, pero sorprendiéndola enormemente. La capa roja como la sangre bailó cuando esta se colocó delante de la cazadora en ademán protector, aunque de forma inconsciente. Y, por una vez, Hermione no supo que pensar.

-Esta mujer se enfrentó a la bestia, la derrotó por su propia cuenta, sin más ayuda que su espada. Por esta mujer podemos salir ahora a las calles en la noche. Y cuando llegue el plenilunio. Cuando aparezca el… licántropo- se atragantó la niña mirando todos y cada uno de los rostros de los hombres antes de continuar-. El verdadero lobo. Será ella y no ninguno de ustedes quien se enfrente a él. Y todo el mundo estará contento y nadie la llamará asesina sino salvadora. Hasta que se vaya y se enfríe el recuerdo del miedo. Entonces los cazadores de bestias volverán a ser asesinos cuando aquí no habrán hecho más que bien. Y ustedes, hombres cobardes que han dado cuenta de siete amigos que estaban atrapados y desarmados contarán este acto atroz como la hazaña de haber hecho lo correcto para el pueblo. Salvadores. Pero no ha sido más que cobardía.

Por un momento, unos instantes, pensó en agarrar su brazo, tirar de ella y besarla con fuerza. Justo después se quedó helada en el sitio, preguntándose de dónde había venido aquel pensamiento. Agradecimiento, supuso. Y debía admitir que la chiquilla presentaba un porte terriblemente sensual y apasionado cuando sacaba a relucir los arrebatos de poder y orgullo tan propios de la nobleza. Pero cierto es que, esta vez, lo que hacía que su pecho cosquilleara no tenía nada de sexual, no era parte de ese instinto humano de sexualidad que ni tan siquiera los tónicos habían sabido reprimir, era porque la muchacha la estaba protegiendo. Solamente Harry y su mentora había hecho eso alguna vez, pero debía admitir que ninguno de ellos lo había hecho de esa forma tan ardorosa y pasionaria.

No la besó. Pero se preocupó por acordarse de hacerlo más tarde.

-Nadie volverá a insultar a la dama Hermione. Si ha de reportarse a los guardias así se hará- habló Ron al cabo, rompiendo el silencio, con la voz solemne de su título-. Seamus Finnigan dice no haber sido mordido por el lobo. Yo creo en su palabra. Pero siendo que no podremos demostrar su completa inocencia será puesto bajo arresto, y viendo que la prisión no es un lugar seguro será encerrado en las mazmorras de mi castillo hasta la próxima luna llena. Tal día comprobaremos quién tiene la razón. En cuanto a lo hoy acontecido- hizo una breve pausa, tomando aire-. La guardia realizará la investigación oportuna, pero si tal cosa vuelve a repetirse todo aquel que haya participado será ahorcado en la plaza mayor. No somos un pueblo de bestias. Y si resultamos serlo me encargaré personalmente de enmendar tal cosa. ¡Y ahora cada uno a sus quehaceres! No quiero a nadie aquí ¡Largo! ¡McManus!

-¡Sí, mi señor!- dijo el capitán de la guardia, llegando a la puerta del cazador.

El gesto de Ginny parecía de pronto cansado y apesadumbrado. Hermione recordó cuanto afectaba el dolor ajeno a la pequeña y el gran debate interno que siempre estallaba cuando comenzaba a pensar en las pérdidas que implicaba la presencia del lobo en la villa. Muchos la considerarían una líder entregada y respetada en un futuro. Si su título no perteneciera a la baja nobleza hubiera sido una consorte perfecta para cualquiera de los reyes de Tromania.

Colocó una mano sobre su hombro una vez se hubo dispersado la muchedumbre y el tal Seamus hacía su primera aparición desde el otro lado de la puerta.

-Vamos a buscar los caballos.

No tardaron en llegar a ellos, o eso les pareció dentro del acuciante silencio. Hermione se dispuso a tomar rumbo hacia el castillo los Aell de Vellach, pero al parecer Ginny tenía otras intenciones. No subió a su yegua y cuando comenzó a hablar lo hizo mirando al suelo.

-Podrías… puedes… ¿Podemos no volver al castillo?- dijo entonces y alzó la vista, demostrando esos ojos cansados que Hermione ya sabía que estaban ahí- Acompáñame al claro. Por favor. Quiero pensar, sólo necesito un lugar tranquilo. Pero… ahora mismo no quiero estar sola.

Por toda respuesta la abrazó.


Vale, bien, odiaba cuando la niña empezaba a farfullar de aquí para allá incansablemente hasta que su cabeza ni tan siquiera podía perderse en otra cosa con tal murmullo taladrándole las sienes. Y es que cuando la baronesa comenzaba a hablar no paraba de hacerlo. Los dioses sabían hasta cuándo. Pero en este momento llevaban sumergidas en el silencio todo el camino hacia el pequeño claro que tanto le gustaba a la pelirroja. Y sus monturas se habían empeñado en avanzar a paso lento. De tal forma que ahora, llegando casi a dicho lugar, se habían limitado a bajar de la silla y guiarlos por las riendas en un ritmo demasiado calmo para el gusto de la mujer.

Jamás admitiría tal cosa, y se encontraba a gusto en el mutismo roto por los sonidos del bosque, pero en estos momentos, observando el rostro aún pesado de la muchacha, no podía más que desear que comenzara a hablar, que dijera cualquier cosa con tal de que volviera ese gesto vivaracho que tan bien la caracterizaba.

El arrullo del agua meciendo los guijarros del fondo del río las despertó del ensueño una vez llegaron al dulce claro que brillaba con la luz del mediodía. Dejando a las yeguas a un lado vio a Ginny detenerse y algo en su fuero interno la instaba a decir algo, cualquier cosa, para aliviar un poco de la carga que parecía cernirse pesadamente sobre la muchacha.

Pero antes de que ella pudiera decir nada la baronesa habló.

-Lo siento.

Y la cazadora calló.

-No debí pedirte fidelidad. No tenía derecho ninguno a ello.

'No lo tienes', pensó Hermione. Pero no dijo nada. Se acercó a ella, pero la baronesa levantó la mirada un momento y después se apartó.

-Sigues sin confiar en mí- dijo la cazadora. Y fue una aceptación tácita.

Su mano derecha la atrapó por la muñeca, tiró con suavidad y le dio la vuelta con delicadeza. Le colocó el índice de su mano izquierda bajo el mentón para que alzara la cabeza y acarició su mandíbula con el pulgar. La niña se dejó llevar dubitativa, pero sin oponer resistencia alguna. Hermione sonrió apenas un palmo sobre ella, y se quedó quieta a esa distancia un tiempo prudencial y acortó el recorrido con la lentitud suficiente como para dejar completamente claras sus intenciones.

Acababa de recordar que le debía un beso.

Y la emoción contenida en el fuego de ese día se desbordó de pronto, justo cuando los labios de Hermione acariciaron los suyos. Aferró entonces con fuerza los hombros de la camisa blanca de lino que Hermione llevaba sobre el jubón y, para cuando se quiso dar cuenta, dos gruesas lágrimas se habían escapado de sus ojos.

Se apartó con la misma prisa con la que se había acercado, sonriendo de nuevo, de la misma forma.

-Esto no es por la exclusividad- entendió Hermione de forma serena.

Y entonces la niña se derrumbó en sus brazos, se aferró a sus hombros con fuerza y hundió la cara en su pecho. En otras circunstancias lo habría tomado por saber aprovecharse de la situación, cosa que habría denotado con el comentario oportuno, pero entonces los sollozos ahogados resonaron con fuerza.

-Lo siento, Hermione. De verdad lo siento.

-¿No confiar en mí?- preguntó respondiendo al abrazo, colocando la barbilla sobre los mechones de fuego.

-No confiar en ti.

-Nadie confía en mí, Ginny estoy acostumbrada a ello. No es algo por lo que debieras preocuparte.

-Me sentí tan sucia, Hermione, tan sucia. Tan vil y mezquina.

-Ginny.

Las uñas se le enterraron en la piel sobre la tela.

-Lo que decían, Hermione, cómo escupían ese veneno asqueroso que rezumaba en cada palabra. Lo que pensaban de ti. Lo que todo el mundo piensa de los que son como tú… Era lo que yo pensaba entonces. Que no eras más que una asesina sin sentimientos.

-Siento cosas, Ginny, entiendo lo que sienten los demás. Pero me han enseñado a no actuar en base a los sentimientos. Por eso se dice que no sentimos.

-Pero eres una persona. Eres justa, sólo haces aquello para lo que te han entrenado, ejerces tu profesión. Y tu profesión existe porque los demás la requieren. Lo que dije es lo que pienso ahora. Que has sido la única persona justa aquí, que arriesgarás tu vida por los demás, aunque la motivación sea económica, eso no lo hace menos válido. Que serás la salvadora aun cuando sabes que nadie sabrá apreciarlo realmente. Aun cuando eso no vaya a cambiar lo que piensan todos. Que serías la única que haría lo que se debe sin importar quién acabe siendo el hombre lobo.

Hermione suspiró y la apartó ligeramente. Posó las palmas sobre sus mejillas y apartó las lágrimas con los pulgares. Y después besó sus labios, una vez y otra vez, aun sintiendo algo de culpabilidad porque toda la conversación sobre los sentimientos le recordaba que el amor no tenía cabida en su vida. En el fondo cualquier intento de hacer que la muchacha se sintiera bien con ella podría confundirse fácilmente con el cinismo.

La culpabilidad también era un sentimiento.

-No confío en ti. No puedo, mis… prejuicios no me dejan.

-Lo sé- respondió la mujer con sencillez-. Lo entiendo.

-No es verdad.

Hermione se apartó extrañada.

No es verdad que nadie confíe en ti- continuó Ginny- Harry sí lo hace.

-Harry es un héroe, su norma moral le dice que debe hacerlo- se burló ella.

Y funcionó, porque la pequeña emitió una pequeña risilla.

-Si no fuéramos tú y yo. Cazadora y doncella. Esto sería tan fácil.

-Las cosas fáciles nunca son tan especiales.

-¿Soy especial, Hermione?- preguntó la doncella.

Y la cazadora la besó.


Chicos, muchas gracias a todos, de verdad. Por seguir y aguantar a pesar de lo pesada que puedo llegar a ser yo misma.

Sé que es una lectura pesada y que yo encima la hago más pesada aun, pero gracias por seguir ahí apoyando.

El próximo es mejor. Lo prometo.