CAPÍTULO 09
CASTILLO de Chestergrand dos días después del ataque al castillo de Andrewhouse
Aunque durante la última semana los fuertes vientos y las nubes oscuras no mostraron ningún indicio de dispersarse, aquella mañana de otoño el cielo amaneció soleado, preludio de los alegres festejos que estaban por acontecer. El pueblo de Berwick estaba lleno a rebosar desde hacía varios días, pues a esa boda había sido invitada la mitad de la nobleza de Inglaterra.
Habían limpiado el castillo de arriba abajo, poniendo especial énfasis en el acabado del gran salón; los blasones y tapices que colgaban de las paredes habían sido bajados, a fin de sacudirlos para eliminar cualquier resquicio de polvo y suciedad. Se habían extendido gran cantidad de alfombras sobre el suelo, casi todas recientemente tejidas, para dar más calidez a la sala principal. Para perfumar agradablemente el ambiente, también se habían colocado numerosos ramilletes de lavanda en varios puntos estratégicos. Y había flores por doquier; los jarrones repletos de rosas, margaritas y cualquier otra flor silvestre que pudiera encontrarse por los alrededores se contaban a pares en cada rincón de todas las estancias.
El patio de armas fue engalanado con multitud de estandartes y guirnaldas; más que un campo de entrenamiento parecía un jardín de recreo, pero ese día a nadie le importaba. A la entrada de la capilla, situada en la parte posterior del castillo, se habían construido unas arcadas de madera, que habían sido decoradas con infinidad de madreselvas recogidas de unos parterres cercanos. Por debajo de ellas pasarían los novios para, posteriormente, salir de la iglesia convertidos en marido y mujer.
Las cocinas llevaban funcionando día y noche desde hacía dos días, preparando el banquete de bodas; ya no quedaba sitio para acumular la ingente cantidad de viandas que habían sido elaboradas para tan dichosa celebración. Se mataron decenas de lechones y corderos, y un fragante olor a carne asada circulaba por todo el castillo. El horno de pan estaba lleno a rebosar de hogazas de centeno, así como la gran mesa de madera que coronaba la cocina, repleta de todo tipo de verduras y hortalizas con las que preparar caldos y guarniciones. Pero, con diferencia, lo que más llamaba la atención era el postre nupcial: una majestuosa tarta de bizcocho con merengue que medía más de metro y medio de altura. El pastel estaba constantemente custodiado por Betsy, la cocinera principal que, cucharón en mano, alejaba de allí a todo el que se acercaba para evitar que nadie estropeara su maravillosa obra de arte.
Todos los toneles de vino acopiados en la bodega habían sido sacados para la ocasión, y durante las últimas semanas se había estado fabricando tanta cerveza como para surtir a un regimiento entero. Lord Richard no había reparado en gastos a fin de que esa boda fuera especial, y realmente se estaría hablando de ella durante meses en todo el reino. Hasta había contratado a varios músicos y cómicos para que amenizasen la sobremesa, que se preveía durara hasta altas horas de la madrugada.
Desde que se hizo público el compromiso, dos costureras habían estado trabajando sin descanso en el vestido de novia. Era una gloriosa creación de seda salvaje color crudo, a primera vista muy sencillo, carente de bordados y brocados. Sin embargo, esa impresión quedó en nada cuando Candy se lo puso en su primera prueba. El talle del vestido era ajustado hasta debajo del pecho y, a partir de ahí, la falda caía graciosamente en cascada. Una sobrefalda de organza, de un tono un poco más oscuro, montaba la tela de seda salvaje; se abría en un corte por delante desde la zona inferior central del pecho y después se extendía por detrás en una larga cola de tres metros de longitud. Las mangas de satén, muy ajustadas hasta el codo, también se abrían en varios cortes, entremezclando tiras de la misma tela con organza. El escote era cuadrado, bastante profundo, y tanto éste como el ruedo de la falda estaban ribeteados en terciopelo color crema.
Horas antes de la boda, los aposentos de Candy se habían convertido en un hervidero de gente. Una decena de ojos femeninos observaban embelesados la figura que permanecía de pie, sin moverse, en el centro de la estancia.
—Mi señora, estáis bellísima —dijo Gretchen.
—Sois la novia más hermosa que se ha visto jamás —añadió Jane.
—Parecéis la reina de Inglaterra —aventuró la pequeña Christine, a sabiendas de que jamás en su vida había estado presente frente a ningún miembro de la casa real.
Candy estaba como en una nube. Desde el comienzo de los preparativos nupciales la habían relegado a un segundo plano, así que ella se había desentendido de todo. Pero ahora, al verse vestida con aquel traje tan extraordinario, la embargó un temor irracional.
—No sé si estaré haciendo lo correcto. Esta boda es muy precipitada.
—Niña, ya sé lo que os pasa. Ahora mismo estáis sintiendo el típico miedo de toda doncella antes de contraer matrimonio. No sabéis lo que os espera después de intercambiar los votos con vuestro futuro esposo, ¿verdad? —La sonrisa de Pony se ensanchó al tiempo que le hacía un guiño de complicidad—. Lo comprendo perfectamente, pero no debéis temer nada. Yo misma os explicaré qué es lo que os vais a encontrar en vuestro lecho nupcial.
—Yo... creo que no va a ser necesario.
—¿Ah, no? —Pony enarcó una ceja, sorprendida—. ¿Debo entender que el joven Darryl y vos...?
—¡No! —Candy la interrumpió al instante. ¿Cómo decirle que ella estaba al tanto de lo que ocurría entre un hombre y una mujer, pero no sabía por qué razón? Intuía que aquella explicación no iba a convencerla, y tampoco quería que hiciera falsas suposiciones, así que...—. No es lo que tú te crees. He oído muchos comentarios por los pasillos. De las sirvientas. Ya sabes...
—¡Ah! —se limitó a responder la anciana—. Esas muchachas descocadas...
Tras pensarlo un momento, Pony dio por finalizada la conversación. El tiempo corría muy rápido y, si no se daba prisa, esa muchacha llegaría tarde a su propia boda. Ayudándola con el vestido, la obligó a sentarse en un taburete y después cogió entre sus manos un peine de carey. Candy bufó por lo bajo y después le dijo:
—Pony, no me harás uno de esos peinados tan complicados, ¿verdad? Tengo que confesarte que, aunque son preciosos, me terminan produciendo dolor de cabeza.
—No os preocupéis, muchacha, que por hoy os libraréis de llevarlo. Es tradición que las novias lleguen al altar con la melena suelta, símbolo de su inocencia. —Candy sintió un absurdo cosquilleo en el estómago al escuchar aquellas palabras—. Lo que sí os digo es que, de aquí en adelante, raro será el día que podréis mostraros en público con el cabello sin recoger. No está bien visto que una mujer casada salga de sus habitaciones de ese modo.
Candy arrugó la nariz en señal de desagrado.
—¿Y por qué?
—Porque es una tradición y una norma establecida.
—Pues creo que, a partir de ahora, tendremos que modificar esa tradición —le respondió con convicción.
—¡No os atreveréis! —Pony, escandalizada, se apartó un momento de Candy para mirarla.
—Por supuesto que me atreveré. Hay ciertas cosas que, cuanto antes queden aclaradas, mejor que mejor. Me peinaré como a mí me plazca, porque no pienso aguantar de continuo un eterno dolor de cabeza.
—Ya veremos, jovencita...—gruñó la mujer mayor.
—Efectivamente, Pony. Ya veremos.
La pequeña capilla no albergaba espacio suficiente para acomodar a todos los asistentes, por lo que hubo que improvisar unos bancos en el exterior, reservando los del interior para los invitados más ilustres. Aun así, mucha gente se encontraba de pie, puesto que la totalidad del pueblo de Berwick había querido estar presente en la ceremonia.
Con nerviosismo, Darryl aguardaba frente al altar la llegada de la novia. No hacía más que atusarse los faldones del lujoso jubón con brocado granate que vestía sobre unas calzas color crema, mientras sus ojos no se apartaban de la entrada de la capilla. Se había afeitado a conciencia, dejándose una escueta perilla al estilo que, según su hermano, se había puesto tan en boga en la corte, y llevaba el cabello negro peinado escrupulosamente hacia atrás. A pesar de todo, un rebelde mechón le caía sobre el ojo derecho, dándole una apariencia informal. Damian se encontraba ubicado a su derecha, lanzándole maliciosas miradas de burla por su actitud tan infantil.
—¿Estás seguro de que vendrá? —preguntó jocoso—. Quizá se haya arrepentido y esté ya camino de Londres, huyendo de ti.
—¿Cómo puedes ser tan cretino? —lo censuró Darryl—. Sé que vendrá.
En aquel preciso instante, se empezó a oír un murmullo de voces provenientes del exterior que, poco a poco, fue incrementándose hasta convertirse en una algarabía.
—¡Ya viene la novia! —gritó alguien.
—¡Oh, qué hermosa está! —comentaron varias personas.
Darryl fijó la vista en las puertas abiertas de par en par y al poco vio aparecer una visión hecha mujer cogida del brazo de su padre. Candy caminaba erguida, con un velo de tul sujeto por una corona de flores silvestres que le cubría todo el rostro. Estaba deslumbrante. Darryl sonrió complacido; si aquel día fuera el último de su vida, moriría tranquilo, ya que su sueño se había hecho realidad. En breves momentos, Candy se convertiría en su esposa.
Poco a poco, la novia y el padrino fueron acercándose hasta el altar. Darryl sólo tenía ojos para ella, pero en una mirada fugaz a su progenitor apreció un gesto de orgullo paterno en su semblante. Cuando lord Richard llegó a la altura de sus hijos, hizo entrega al novio del brazo de la muchacha y sonrió con una expresión de júbilo. Darryl tomó a Candy de las manos y sólo pudo articular:
—Candy, mi amor...
Cogidos de la mano, Darryl y Candy caminaron juntos, ya como marido y mujer, hasta llegar a la entrada del castillo, seguidos por los clamores de júbilo de los asistentes. La fiesta acababa de empezar.
El convite duró horas. Fueron repetidas las ocasiones en las que se brindó por la salud de los esposos, tantas que llegó un momento en el que Candy comenzó a sentirse mareada. Darryl se percató de la situación y le propuso una alternativa.
—Mi amor, ¿querrías dar un paseo conmigo por el bosque? Aquí hace demasiado calor, y la brisa de la tarde nos refrescará.
—Es una buena idea —contestó ella, un tanto achispada por la bebida—. Si continúo aquí un minuto más, me desmayaré. Salgamos ya.
La pareja tuvo que atravesar el salón a base de empellones. Algunas personas los miraron con expresión pícara, preguntándose adónde irían en realidad los tortolitos, pero nadie lo comentó abiertamente ni se atrevió a seguirlos. Cuando los protagonistas se hubieron marchado, todos continuaron con la diversión como si tal cosa. Todos, excepto una persona.
Un hombre permanecía oculto tras uno de los contrafuertes, con la mirada fija en Darryl y Candy. Al ver el camino que tomaban, se quedó pensativo durante unos instantes y después enfiló la marcha hacia la parte trasera de los establos. Se perdió entre las sombras que provocaba el techo de cañizo contra el almacén para el grano, pero al momento volvió a aparecer y movió de un lado a otro la cabeza con el nerviosismo de quien busca algo. Ya se estaba dando la vuelta, con el semblante contrariado y la intención de regresar al castillo, cuando sintió que una mano se posaba sobre su hombro izquierdo. Dio un salto por la sorpresa y acto seguido desenvainó su espada a modo de defensa.
—Calma, hombre. Soy yo.
—¿Dónde te habías metido? Creí que ya no vendrías.
—Como ya me hiciste entender en nuestro anterior encuentro, en ningún caso debía ser visto aquí. ¿O acaso lo has olvidado?
—Claro que no. No te habrá seguido nadie, ¿verdad?
—Me he cuidado mucho de que no lo hicieran.
A pesar de todo y ante la duda, ambos hombres escudriñaron los alrededores. Sería demasiado arriesgado que alguien los descubriera juntos. Tras confirmar que estaban solos y que nadie podía verlos a cierta distancia, se relajaron y continuaron con la conversación de modo sigiloso.
Darryl y Candy se internaron en el bosque cogidos de la mano y no pararon de caminar hasta llegar a una parte despoblada. El sol, una esfera perfecta de fuego anaranjado, brillaba con intensidad en su descenso hacia el horizonte, aunque su estela se recortaba ya en las copas más altas de los árboles. La luz otoñal que se filtraba oblicua entre las ramas más bajas producía un efecto de ilusión en las hojas de color ocre, haciéndolas parecer oro bruñido. Era un lugar idílico; se respiraba paz y tranquilidad, algo que la pareja llevaba echando en falta durante todo el día. Darryl guió a su esposa hasta unas rocas enormes situadas en el centro del claro y, solícito, la ayudó a sentarse.
—¿Cómo te encuentras?
—Mucho mejor. El aire fresco me ha despejado bastante—comentó Candy al tiempo que se cruzaba de brazos.
—¿Tienes frío? —preguntó Darryl al percatarse de su gesto.
—No. Es sólo que aquí corre la brisa, pero lo agradezco. Allí dentro casi no se podía ni respirar.
—Candy, yo... —de repente, su timbre de voz adquirió un tono indeciso, pero aun así, la miró a los ojos— no sabes el regalo tan grande que me has concedido al aceptar convertirte en mi esposa.
Candy sonrió de medio lado, descruzó sus brazos y lo tomó de las manos.
—De todos modos, hubiera dado igual, ¿verdad? —replicó con un cierto toque de reproche—. Tras la trampa que me tendisteis, no me quedaba más opción que casarme contigo.
—Eso es cierto —confesó Darryl—. Sin embargo, jamás te habría obligado a esto si no hubieras accedido por voluntad propia. Aunque también te digo que, tarde o temprano, habría conseguido que comprendieses tu error. Al final, hubieras sido mía de un modo u otro.
—¿Ah, sí? —preguntó ella con ironía—. Y si puede saberse, ¿cómo lo habrías conseguido?
—Ven aquí...
Candy comenzó a reír cuando Darryl se abalanzó sobre ella. Sin darle tiempo a componer una réplica, la tomó de la nuca y posó sus labios sobre los de ella con implacable resolución. Poco a poco, se fundieron en un tierno beso cargado de promesas, sobre todo para Darryl. Desde el principio, fue él quien llevó la voz cantante, mientras que Candy simplemente se dedicó a responder a sus ardientes caricias. Ella sentía que debía hacerlo, aunque la sensación de que aquel beso no la llenaba tanto como debería era demasiado poderosa. Faltaba algo, lo intuía, pero en aquel momento hizo oídos sordos a la señal que su cuerpo le mandaba, indicándole que aquello podía ser mucho mejor. Decidida a vencer la pasividad con la que su mente reaccionaba, pasó los brazos alrededor del cuello de su marido y lo atrajo hacia ella, profundizando el beso hasta que ambos perdieron la noción del tiempo y del espacio.
Del día sólo quedaba ya una tenue luz que iba desapareciendo en el horizonte cuando la pareja fue consciente de que se les había hecho muy tarde. Debían regresar de inmediato al castillo, pues pronto comenzarían a echarlos de menos. Darryl ayudó a Candy a levantarse del peñasco donde habían pasado toda la tarde besándose como una pareja de adolescentes y, al tiempo que deslizaba una mano por su cintura para acercarla a él, le susurró al oído:
—Estoy deseando llegar a nuestros aposentos para...
Un ruido de pisadas a sus espaldas interrumpió lo que estaba a punto de decir. Ambos se giraron al unísono y descubrieron que media docena de hombres enmascarados, todos ellos vestidos con ropas harapientas pero armados hasta los dientes, los tenían rodeados por varios flancos. Al parecer, sus intenciones no eran nada amistosas, pues en unos segundos habían cerrado un círculo a su alrededor. Darryl reaccionó de inmediato, echando mano a su estoque. Horas atrás había pensado que sería un estorbo llevarlo el día de su boda, pero ahora no se arrepentía en absoluto.
—¿Quiénes sois y qué queréis de nosotros?
—La queremos a ella —señaló uno de ellos.
Durante un breve instante, las miradas de Darryl y Candy se cruzaron. La de ella, incrédula, y la de él, preocupada. ¿Por qué querrían esos hombres a Candy? Darryl no estaba interesado en descubrirlo. En aquel instante, la seguridad de su esposa era lo primero.
—No permitiré siquiera que le toquéis un pelo de la cabeza —les respondió al tiempo que se desplazaba un paso por delante de Candy, protegiéndola así con su cuerpo—. Antes deberéis matarme.
—Como gustéis —rió el más obeso.
Los seis enmascarados se miraron entre sí y, a una señal del más alto, comenzaron a avanzar en dirección a su presa. Darryl, en guardia, se anticipó a sus movimientos, lanzándose con fiereza hacia el primero de los atacantes, el que tenía más cerca. Lo hirió en el costado de una estocada y, sin molestarse en comprobar si lo había matado o no, blandió su espada sobre el siguiente. Candy, petrificada unos metros atrás, lo observaba todo con el rostro ensombrecido por el terror.
Darryl se movía muy rápido, cubriendo el mayor espacio posible para evitar que ninguno de los asaltantes se acercase demasiado a su mujer. Consiguió desarmar a dos de ellos y herir a otros tantos, pero cuando se dirigía hacia el más alto con intención de asestarle un golpe mortal, uno de los que estaba en el suelo sacó algo de su bota y se lo lanzó con extrema puntería.
Darryl sintió un fuerte impacto en la espalda y después se desplomó. Canfy dio un grito al tiempo que corría hacia Darryl. Se arrodilló junto a él y acercó sus temblorosas manos a su espalda para evaluar el alcance de la herida. La daga estaba profundamente incrustada entre los omóplatos. Sus dedos vagaron alrededor de la empuñadura, sopesando si sería conveniente o no extraer el arma.
—¡Oh, Darryl! ¿Qué puedo hacer?
Con el rostro crispado por el dolor, Darryl levantó su brazo hasta posar la mano sobre la mejilla de Candy, para después acariciarla con infinita ternura.
—Lo... lo siento, mi amor. Yo... te he... te he fallado...
—¡Dios mío, Darryl! ¡No! —chilló ella.
—Candy... Vete de aquí..., huye...
—¡No! ¡No pienso dejarte aquí!
—Mi amor, esta herida... esta herida es... mortal... Vete...
—Por favor, Darryl. No te mueras. ¡No te mueras!
Candy comenzó a zarandearlo, implorándole una y otra vez que no la dejara mientras giraba la cabeza a un lado y otro del claro en busca de ayuda. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Cuando fijó de nuevo la vista en Darryl, descubrió que sus ojos la miraban vacíos de vida.
—¡No! —gritó con un lamento desgarrado—. ¡Darryl, no!
Candy se abrazó al cuerpo de su esposo con todas sus fuerzas y rompió a llorar. Aquello no podía estar pasando, Darryl muerto... Ni siquiera le había dado tiempo a decirle que ella también lo quería... Porque lo quería. Quizá no del modo que él hubiera deseado, no con la pasión e intensidad con la que él la amaba a ella, pero al fin y al cabo lo quería. Y ahora se había ido para siempre. Lo habían matado.
Una furia incontrolada nacida de lo más hondo de su ser surgió al exterior, tan violenta que todo su cuerpo se convulsionó. Candy no pensó, simplemente aferró la espada que Darryl había soltado al caer y, apoyándose en ella, se incorporó para enfrentarse a los asesinos de su esposo.
—Desgraciados... Pagaréis por lo que habéis hecho, bastardos.
Candy intentó lanzarse con rabia contra sus atacantes, pero no calculó la intensidad de su ataque y tropezó. Ése fue el momento en el que los dos maleantes que quedaban indemnes aprovecharon para echársele encima como aves de rapiña, aunque ella no se dejó capturar así como así. Golpeó con los puños, arañó, mordió e hizo todo lo que estaba en su mano para que no la tocaran.
—Maldita zorra... ¡Lucha como un perro rabioso!
Uno de los asaltantes aulló de dolor cuando recibió de Candy un mordisco en la oreja. Se llevó la mano al oído y, al ver que sangraba, le asestó una brutal bofetada.
—Ahora sabrás lo que es bueno...
El hombre agarró a Candy del cabello y tiró hacia atrás, mientras le colocaba un puñal en el cuello. Cuando ella vio el arma tan cerca de su rostro, se quedó paralizada. Pensó que había llegado su fin y cerró los ojos, aceptando su derrota. Al sentir el frío metal sobre su garganta, tragó saliva e inspiró profundamente. Su último aliento de vida. Grabó en su mente la imagen de Darryl, pues quería que él fuera lo último que ocupase sus pensamientos antes de morir, pero en vez de aquello, apareció la imagen de otro rostro desconocido para ella. Aunque podría no ser tan desconocido... El brillo de aquellos ojos azules, del mismo color que los de Darryl pero tan diferentes, le provocó un vuelco en el corazón y la extraña sensación de que era alguien muy importante en su vida.
El desgastado filo de la hoja arañó la tersa piel de su cuello y Candy se olvidó de todo. Sin embargo, en aquel preciso instante otro hombre surgió de la espesura e impidió el mortal desenlace con una orden seca.
—Tenemos órdenes de mantenerla con vida, pedazo de mentecato. Ni se te ocurra matarla.
—Pero ¿no has visto lo que me ha hecho esta bruja? —le increpó el aludido—. Debe pagar por esto.
—Dejadme a mí, inútiles.
El hombre se acercó por un lateral y, tras un rápido y certero golpe en la sien, dejó a Candy inconsciente.
—Ahora no os quedéis parados. Tenemos que alejarnos de aquí lo más rápido posible, antes de que los invitados se den cuenta de su prolongada ausencia y salgan a buscar a estos dos. Atad y amordazad a la mujer, no sea que se despierte y no podáis controlarla, como ya os ha sucedido hace unos momentos. Después coged a los heridos y vayámonos de inmediato.
—¿Y qué hacemos con el otro? —preguntó uno de ellos.
—Ése ya no nos ocasionará ningún problema. No obstante y como precaución, ocultadlo tras aquellos arbustos. Tardarán bastante tiempo en encontrarlo y, cuando lo hagan, ya estaremos muy lejos. Andando.
Continuara...
