EL CALLEJON DIAGON parte 1
Todo el texto en negrita pertenece a J.K Rowling, la paja salió de mi cabeza.
Después de un copioso y animado desayuno, Harry subió en compañía de Sirius y Remus a vestirse, ya que tras los apuros de su padrino por desayunar aún estaba en pijama, para reanudar la lectura.
Ya en el dormitorio Harry fue a revolver en su baul en busca de una túnica limpia, pero su baúl no estaba a los pies de su cama como siempre.
Se giró para mirar a su padrino y a su tío con los ojos abiertos como platos.
- M-mi b-baul.. No... N-no está... - tartamudeó el niño.
- ¿Ah no? - preguntó Sirius con cara inocente y un brillo sospechoso en los ojos.
- ¡Qué cosa más curiosa! - exclamó Remus aguantando la risa.
Harry había recibido demasiadas bromas pasadas en su vida como para no reconocer los síntomas.
- ¿Me habéis gastado una broma? ¿A mí? ¿Ahora soy la nueva víctima de los merodeadores? - preguntó triste.
- ¿Qué? ¡Noooo! - se horrorizó Sirius.
- Esto no está saliendo como debería - intervino Remus rascándose la cabeza.
- ¿Y cómo querías que fuera? ¿Qué me riera mientras me quitabais mi ropa? ¿Qué me riera mientras me humillabais delante todo Hogwarts? - gritó el ojiverde furioso.
Sirius no le contestó, lo cargó en su hombro como había hecho hacia una hora, pero esta vez su ahijado pataleó rabioso.
Fueron entre gritos y pataleos hasta la habitación que compartían Sirius y Remus.
Allí lo puso en el suelo, frente a su baúl perdido.
- ¿Por qué? - les preguntó con los ojos fijos en el baúl pero sin tocarlo - Por qué a mí?
- Harry... - intentó decir Remus.
- Ábrelo - pidió serio Sirius.
Harry lo miró, nunca había visto esa expresión en la cara de su padrino, había dolor y algo más que el niño no sabía descifrar.
Abrió el baúl y se sorprendió al ver que estaba lleno de ropa muggle y ésta a diferencia de su vieja ropa era de su talla.
Se sintió tan mal, tan ruin... que no su garganta se secó y su lengua se puso en huelga impidiéndole disculparse.
- Siéntate, Harry - le dijo Sirius empujándolo suavemente para sentarlo en su cama - Sé que no nos conoces, que tu vida no ha sido fácil y eso te hace desconfiado...
- L-lo s-siento - se disculpó el niño con las lágrimas bajando por sus mejillas.
- Lo entendemos - lo consoló Remus pasándole un brazo por el hombro y limpiándole las lágrimas con la mano libre.
- Es cierto que hicimos bromas pesadas, algunas incluso crueles, en el pasado - confesó Sirius sentándose a su lado y poniendo una mano sobre su rodilla.
- Es cierto que humillamos a alguien en el pasado - siguió Lupin bajando la cabeza avergonzado.
- No podemos cambiar eso, lo único que podemos hacer es prometerte que ya no somos los mismos -
- Y que jamás te humillaremos ni permitiremos que lo hagan - prometió Remus.
- Y si alguien se atreve aunque sólo sea a intentarlo, lo pagará caro, muy caro - juró Sirius con una sonrisa perruna.
- Os creo, no sé como pude pensar algo así de vosotros, habéis sido tan buenos conmigo... - murmuró el niño sin atreverse a mirarlos a la cara.
- Deja de preocuparte tanto...
- Si lo dice Lunático, que es el eterno preocupado... vas a tener que hacerle caso a no ser que le quieras quitar el puesto - se burló el animago haciéndole cosquillas a Harry.
- ¿Por qué no te pruebas la ropa que hemos transformado para ti? - sugirió el castaño.
- Si, estamos cansados de verte con la túnica o con el pijama - apoyó el ojigris quitándole la parte de arriba del pijama.
- ¡Eh! - se quejó el ojiverde - ¡Puedo hacerlo solo!
Y así, entre risas, cosquillas y anécdotas del pasado, Harry pudo vestirse con unos vaqueros de su talla y una camiseta blanca con detalles en verde que hacían juego con sus ojos y unas deportivas blancas.
Bajaron para leer un nuevo capítulo, haciendo planes para una visita por lugares prohibidos del castillo por la tarde.
Entraron en el comedor, dónde el director ya había transformado las mesas y la sillas, se sentaron con Ron y Hermione que le habían guardado sitio y cerca de los Weasley, sus compañeros de cuarto, y sus nuevos amigos serpientes.
- ¿Quién quiere leer el siguiente capítulo? - preguntó el anciano cuando se sentaron.
- Y-yo - levantó la mano con timidez Draco.
- ¡Estupendo señor Malfoy! - celebró Dumbledore mientras levitaba el libro hacia el rubio.
- El callejón Diagon -leyó Draco.
- ¡Oh! James y yo teníamos planeado esa visita contigo, íbamos a llevarte a los mejores lugares... - dijo Sirius con tristeza.
- Lily y yo planeamos llevarte también, pero a otros lugares más instructivos - confesó Remus con nostalgia.
- Aún podéis hacerlo... - intentó animarlos el ojiverde - Sirius podría llevarme a los lugares divertidos y Remus a los instructivos...
- Lo haremos - prometió el ojigris.
- Este verano - aseguró el hombre lobo.
Harry se despertó temprano aquella mañana. Aunque sabía que ya era de día,mantenía los ojos muy cerrados.
«Ha sido un sueño -se dijo con firmeza-. Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirme que voy a ir a un colegio de magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena.»
- Yo tampoco me lo creía al día siguiente cuando me desperté - confesó Dean.
- Ni yo - concordó Hermione.
Se produjo un súbito golpeteo.
«Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta», pensó Harry con el corazón abrumado.
- Tranquilo, amigo, eres un mago y vendrás a Hogwarts - le sonrió su mejor amigo apretando su hombre.
Pero todavía no abrió los ojos. Había sido un sueño tan bonito...Toc. Toc. Toc.
-Está bien -rezongó Harry-. Ya me levanto.
- ¡Tan perezoso como James! - rió Sirius.
- ¡Cómo si fuese tan fácil despertarte a ti! - se burló Remus.
Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid.
La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había pasado, Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechuza golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.
- Todavía recuerdo lo confuso que estaba - recordó el niño con nostalgia.
- Normal que lo estuvieras, acababas de descubrir muchas cosas y y todavía no habías tenido tiempo de asimilar todo - le dijo Remus con cariño.
Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior.
- ¿Un globo Potty? - sonrió Draco recibiendo como respuesta un encogimiento de hombros del azabache.
Fue directamente a la ventana y la abrió. La lechuza bajó en picado y dejó el periódico sobre Hagrid, que no se despertó. Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.
-No hagas eso.
Harry trató de apartar a la lechuza, pero ésta cerró el pico amenazadoramente y continuó atacando el abrigo.
-¡Hagrid! -dijo Harry en voz alta-. Aquí hay una lechuza...
- Que quiere que pagues el periódico - rió Bill.
-Págala -gruñó Hagrid desde el sofá.
-¿Qué?
-Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.
- Podrías haberlo hecho tú, Harry aún no sabe manejar las monedas mágicas - le reprendió Charlie.
El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos, con contenidos de todo tipo:manojos de llaves, proyectiles de metal, bombones de menta, saquitos de té...
- ¿Para qué llevas todas esas cosas? - preguntó Neville.
- No sé, las meto en el bolsillo y luego olvido que están allí - respondió el semigigante encogiéndose de hombros.
Finalmente Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.
-Dale cinco knuts -dijo soñoliento Hagrid.
-¿Knuts?
- No sabe lo que son, Hagrid - le reprochó Hermione.
- Lo siento, estaba demasiado dormido para pensar - se disculpó.
-Esas pequeñas de bronce.
Harry contó las cinco monedas y la lechuza extendió la pata, para que Harry pudiera meter las monedas en una bolsita de cuero que llevaba atada.
- Es muy interesante la paciencia de esa lechuza - comentó con aire misterioso el director.
- ¿Por qué? - preguntó el azabache.
- Creo que todos hemos descubierto tu palabra favorita - rió el anciano cambiando de tema intencionadamente.
Y salió volando por la ventana abierta.
Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.
-Es mejor que nos demos prisa, Harry. Tenemos muchas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.
- Me gustaría haber visto tu cara cuando entraste al callejón Diagon - deseó Seamus.
Harry estaba dando la vuelta a las monedas mágicas y observándolas.
Acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de pincharse.
- ¿Quién pinchó tu globo cachorro? - preguntó Sirius amenazante.
- Yo lo sé - respondió Hermione.
- Yo también - se sumó Ron.
- ¿Y quién fue? - preguntó Remus dejando ver un atisbo de su lobo interior.
- No quien, si no qué - contestó la niña.
- Y el qué es alguna idea pesimista de mi amigo - reveló Ron con un suspiro cansado.
Harry los miró mal y ellos le sonrieron.
-Mm... ¿Hagrid?
-¿Sí? -dijo Hagrid, que se estaba calzando sus colosales botas.
-Yo no tengo dinero y ya oíste a tío Vernon anoche, no va a pagar para que vaya a aprender magia.
- Lily preparó una cámara para tus años en Hogwarts antes de que nacieses - informó el castaño.
- Así era la pelirroja, siempre previsora - añadió Sirius con cariño.
-No te preocupes por eso -dijo Hagrid, poniéndose de pie y golpeándosela cabeza-. ¿No creerás que tus padres no te dejaron nada?
-Pero si su casa fue destruida...
-¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada para nosotros es Gringotts. El banco de los magos. Come una salchicha, frías no están mal, y no me negaré a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.
-¿Los magos tienen bancos?
-Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.
- Nunca te fíes de los gnomos, Harry - le advirtió Bill.
- ¿Por qué? - preguntó extrañado el ojiverde, no le habían gustado muchos los gnomos, pero lo había achacado a su nerviosismo por la reciente revelación de su condición de mago.
- Porque los magos no le gustamos - le contestó el mayor de los Weasley con amargura.
Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.
-¿Gnomos?
-Ajá... Así uno tendría que estar loco para intentar robarlos, puedo decírtelo. Nunca te metas con los gnomos,Harry. Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts.
Harry, Ron y Hermione no pudieron evitar estallar en carcajadas al mirarse y recordar su reciente aventura.
Todos los miraban sin entender de que se reían, esos tres siempre parecían tener un lenguaje secreto que sólo ellos entendían.
Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts. -Hagrid se irguió con orgullo-. En general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de Gringotts... él sabe que puede confiar en mí. ¿Lo tienes todo?
- No deberías haber dicho eso, ahora la curiosidad de nuestro pequeño buscador entrará en acción - rió Angelina.
Pues vamos.
Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.
-¿Cómo llegaste aquí? -preguntó Harry; mirando alrededor, buscando otro bote.
- Eso Hagrid, ¿cómo llegaste? - interrogó Fred
- Volando -
- ¿Volando? - preguntó George.
- Si - contestó el gigante nervioso.
- ¿En escoba? - insistió Fred.
- No.
- ¿En un auto volador? - probó suerte Ron.
- No.
- ¿En una de los carros que nos traen a Hogwarts? - se sumó Sean.
- No.
- ¿En thresthal? - preguntó Sirius.
- No.
- ¿Entonces? - preguntaron los gemelos muertos de curiosidad.
- No importa ahora... - intentó desviar el tema Hagrid.
- Pero queremos saber... - protestaron varios Gryffindor.
- Dejadle en paz, tiene razón, no es relevante en la historia - lo defendió Harry.
- Está bieeen - concedieron los chicos.
- Estoy orgulloso de ti cachorro, sé que con tu conocida curiosidad te habrá costado mucho renunciar a saber... - le murmuró Sirius.
- ¡Oh! Es que ya yo sé como llegó volando... - le susurró el ojiverde divertido.
- ¿Cómo? - preguntó sorprendido.
- Ummmm... No sé si deba decírtelo... Es un secreto de Hagrid... - dudó con una mirada traviesa que le recordó a James.
Sirius puso esa cara de perrito mojado que sólo él podía poner y a la que su ahijado no se pudo resistir.
- Su paraguas - le susurró al oido.
A Sirius se le iluminó la cara y empezó a reírse con sonoras carcajadas que tuvieron que ser detenidas por fuertes codazos de su viejo amigo, ya que las miradas severas de Minerva no surtían efecto alguno en él.
-Volando -dijo Hagrid.
-¿Volando?
-Sí... pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya te encontré.
Subieron al bote. Harry todavía miraba a Hagrid, tratando de imaginárselo volando.
- Ahí es dónde lo descubrí, lo del paraguas... - susurró al oido de su padrino.
- Eres más inteligente que un Ravenclaw - lo alabó Sirius besando su pelo.
-Sin embargo, me parece una lástima tener que remar -dijo Hagrid,dirigiendo a Harry una mirada de soslayo-. Si yo... apresuro las cosas un poquito, ¿te importaría no mencionarlo en Hogwarts?
- ¿Preguntarle a un niño que acaba de descubrir la magia si le importa que hagan magia delante de él? - rodó los ojos la subdirectora.
-Por supuesto que no -respondió Harry, deseoso de ver más magia.
Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.
- ¡Hagrid convertiste la barca en una lancha motora! ¡Eres genial! - lo vitoreó Dean admirado.
- ¿Qué es una lancha motota? - preguntó Ron.
- Motora - corrigió Hermione - Es una especia de barca que no necesita remos.
-¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar robar en Gringotts? -preguntó Harry.
- ¡Quítate esa idea de la cabeza ya! ¡No vas a robar en Gringotts! - le prohibió Sirius apuntándole con un dedo.
- ¿Qué? No estaba pensando en eso! Sólo preguntaba... - se defendió el ojiverde.
Remus y Severus se habían caído al suelo por un ataque de risa producido por el comentario y la cara que había puesto Sirius.
- Jamás pensé escuchar a Black poniendo límites... - se burló Severus muerto de la risa.
- Eso no es una travesura... ¡Es un suicidio! - se quejó Sirius.
- Tranquilo padrino, nunca haré ninguna locura de ese tipo... - le aseguró Harry.
-Hechizos... encantamientos -dijo Hagrid, desdoblando su periódico mientras hablaba-... Dicen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad.
- ¿Dragones? ¡Eso es ilegal! ¡Y cruel! - gritó indignado Charlie.
- Sólo es un rumor... Nadie ha visto ninguno - comentó Arthur intentando calmar a su hijo.
- ¿Hay dragones en Gringotts? - le preguntó el amante de los dragones a su hermano mayor.
- No, no hay dragones - dijo Bill nervioso mientras pensaba "No hay dragones, hay un dragón"
Y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por debajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras podido robar algo.
- Harry no necesita robar - intervino Remus.
- Y aunque lo necesitara, no lo haría - aseguró Ron.
- ¡Claro que no! Es demasiado noble para hacer algo así - apoyó Hermione.
- Gracias chicos - agradeció el niño enrojeciendo de manera notable.
Harry permaneció sentado pensando en aquello, mientras Hagrid leía su periódico, El Profeta. Harry había aprendido de su tío Vernon que a las personas les gustaba que las dejaran tranquilas cuando hacían eso, pero era muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas que hacer en su vida.
- Lo siento, Harry, yo no soy como tu tío, a mí me puedes hacer preguntas - aseguró el semigigante con esa ternura con la que siempre hablaba al ojiverde.
- Tampoco le abras la veda que ya sabemos todos que su curiosidad llega a límites insospechados - rió Bill.
- Bueno en ese momento, su curiosidad es lógica, acaba de descubrir qué es mago... - lo defendió Charlie.
- Si, y sus preguntas son normales... Aunque sean muchas... - le entendió Percy.
-El Ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre-murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.
-¿Hay un Ministerio de Magia? -preguntó Harry, sin poder contenerse.
-Por supuesto -respondió Hagrid-. Querían que Dumbledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hogwarts, así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el trabajo.
- El mayor chapucero de todos los tiempos - bufó Moody.
Nunca ha existido nadie tan chapucero. Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos.
- Un completo inútil - volvió a despreciar el viejo auror.
- Al menos tiene la inteligencia suficiente para saber a quién pedir consejo - sonrió Kingsley.
-Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?
- Encarcelar a inocentes - siseó Remus mirando a su amigo.
-Bueno, su trabajo principal es impedir que los muggles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.
- Suerte que existe el Obliviatte y el Confundus - rió Tonks.
- Si, de no existir estaríamos en graves problemas... - rió también Kngsley.
-¿Por qué?
- Sabes Harry, a la mayoría la edad de por qué se nos pasa a los seis años... - se burló Blaise.
- ¿Por qué? - le devolvió Harry riendo y sacándole la lengua.
-¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tranquilos.
- En realidad, los magos no se fían de los muggles desde lo que intentaron hacernos en Salem -comentó el pequeño sabio Theo.
En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del dobló su periódico y subieron los escalones de piedra hacia la transeúntes miraban mucho a Hagrid, mientras recorrían el pueblecito camino de la estación,
- Normal que lo miraran, seguramente no habían visto nunca a un gigante... - comentó Dapnhe.
- Ni a un enano... - rieron los gemelos recibiendo un cojinazo del niño.
y Harry no se lo podía reprochar: Hagrid no sólo era el doble de alto que cualquiera, sino que señalaba cosas totalmente corrientes,como los parquímetros, diciendo en voz alta:-¿Ves eso, Harry? Las cosas que esos muggles inventan, ¿verdad?
- La discreción no es lo tuyo, amigo... - rió Sirius.
- Habló el discreto Sirius Black... - rodó los ojos Remus recibiendo una mirada indignada del animago.
-Hagrid -dijo Harry, jadeando un poco mientras correteaba para seguirlo-, ¿no dijiste que había dragones en Gringotts?
- Más les vale que no... - amenazó Charlie.
-Bueno, eso dicen -respondió Hagrid-. Me gustaría tener un dragón.
-¿Te gustaría tener uno?
-Quiero uno desde que era niño... Ya estamos.
- No puedes tener un dragón, Hagrid, es ilegal... - lo reprendió con tono cansado Minerva, como si esa no fuese la primera vez que tenía que decírselo.
Los tres niños se miraron en silencio, intentando disimular una carcajada. Charlie los miró aguantando la risa.
De pronto una idea llegó a la cabeza de Harry haciendo que se pusiera palido. Los dos ninos niños y el cuidador fueron los únicos que se dieron cuenta de la repentina palidez del azabache.
No sabían que hacer, no podían preguntarle sin levantar sospechas.
Entonces Harry se levantó y salió corriendo hacia la puerta del Gran Comedor.
- ¡Harry! ¿Qué te pasa? ¿A dónde vas? - lo llamó Sirius.
- He recordado algo... ¡Necesito un momento! - gritó el niño sin girarse.
Nadie entendía qué había pasado y el niño ya había salido del comedor.
Sirius y Remus se levantaron para ir tras él, pero Ron y Hermione los pararon diciéndoles que ellos se encargaban.
No fue fácil convencer a los merodeadores, pero tras suplicas y promesas, y a regañadientes, dejaron que los niños se ocuparan.
Los niños fueron en busca de Harry y tras buscarlo durante media hora, lo encontraron en la torre de Astronomía sentado en el suelo, con la cabeza escondida en sus rodillas.
Se sentaron cada uno a un costado,en silencio, esperando a que el ojiverde les contase que le preocupaba.
- ¿Por qué te fuiste así? - preguntó Ron.
- ¿Qué te pasó? - preguntó Hermione al mismo tiempo.
- ¿No os habéis dado cuenta? - dijo Harry sin mirarlos.
- ¿De qué? - preguntó Hermione sin entender a su amigo.
- De que en algunos capítulos más todos sabrán que Hagrid tuvo un dragón en si cabaña... - respondió Charlie entrando en la torre y sentándose en frente de Harry.
- ¡Oh! - exclamó la niña con los ojos muy abiertos.
- Eso no es bueno... - reconoció Ron.
- Tenemos que ayudarlo... No podemos dejar que se lo lleven a Azkaban... - les dijo el azabache levantando la cabeza y mirándolos a los tres con suplica.
- No lo llevarán a Azkaban - le calmó Charlie cogiéndole la mano en gesto de apoyo.
- A mi padrino lo encerraron diez años y ni siquiera había hecho nada - le replicó el ojiverde.
- Pero Hagrid es... No pueden llevárselo... - intervino Hermione que parecía haberse quedado sin palabras por primera vez en su vida.
- Mejor pensemos en algo para ayudarlo - apremió el buscador.
- Y si no leemos ese capítulo - propuso Ron.
- ¿Y cómo lo explicaríamos? - preguntó la niña.
- Destruyamos el capítulo - volvió a proponer el pelirrojo.
- El libro lo guarda Dumbledore - desechó Harry.
- Puedo presentarme voluntario para leer el próximo capitulo y arrancar la página que condene a Hagrid - se le ocurrió a Charlie.
- Él que lee el capítulo es el que tiene la atención de todos - negó Hermione.
- ¿Y qué hacemos entonces? - preguntó Ron que había agotado sus ideas.
- Quizás podrían confiar en que no dejaré que se lleven a mi querido Hagrid a Azkaban... - intervino Dumbledore sorprendiéndolos al entrar a la torre.
- Profesor Dumbledore! - exclamaron todos.
- ¿Ayudará a Hagrid? - preguntó Harry recuperándose de la sorpresa.
- Claro que sí, mi querido muchacho - le prometió el director.
- Gracias, profesor - agradeció el niño abrazándolo por la cintura.
- ¿Por qué no vuelven al comedor? Hemos hecho un alto en la lectura para tomar un aperitivo... - les propuso el anciano dándole unas cariñosas palmaditas en la espalda al ojiverde.
- ¡Genial! - exclamó Ron agarrando a Harry y a Hermione de la mano para llevarlo a rastras hasta el Gran Comedor.
- Has descubierto pronto lo que le pasaba a Harry - comentó el director pensativo - Pareces entenderlo bien...
- Harry es especial - se encogió de hombros el chico.
- No hay duda de eso - sonrió el anciano - Pero la mente de Harry... No es fácil seguirla...
- Por lo que he visto estos días... La mente de Harry siempre está preocupada por alguien, ocupada en proteger a quienes quiere... - respondió Charlie seguro.
- ¿Ves? Tú realmente lo entiendes... Serías excelente profesor en Hogwarts... - dijo el director sorprendiendo al pelirrojo que lo miró como si estuviera loco.
- ¿Yo? ¿Profesor? - rió Charlie sacudiendo la cabeza.
- Ríase por ahora, pero más adelante volveremos hablar del tema y puede que cambie de opinión... - sonrió el anciano que siempre parecía ir un paso por delante.
Y así los dos, amante de los caramelos de limón y amante de los dragones, caminaron hacia el Gran Comedor.
