Capitulo 11
Cambios
Era noche cerrada y estaban en un risco dentro de una pequeña cueva. Rin observó la hoguera y suspiró, el pequeño yokai giró la cabeza y la fulminó con la mirada mientras comprobaba como iba el pescado que estaba asando al fuego.
Sesshomaru había conservado un viejo hábito que Rin parecía haber olvidado desde que la dejó en la aldea; sus ausencias durante la noche. Sabía que lo que su compañero hacía era recorrer el perímetro para detectar cualquier peligro, la novedad era que, a diferencia de cuando era niña que se pasaba toda la noche fuera, ahora regresaba a cada rato en intervalos regulares. Rin sospechaba que era para observarla; o para crisparle los nervios, una de dos. Y es que estaba extrañamente inquieto desde que se había producido el cambio. Rin pensaba en secreto que era por su reciente debilidad y es que aquella titánica fuerza había ido abandonándola poco a poco, y no era lo único. Palpó su muslo y clavó el dedo en su carne, esta cedía un poco bajo la presión.
Aprovechó y bajó la mano para rascarse una costra de barro que tenía en el tobillo. Necesitaba urgentemente un buen baño, tenía la piel llena de tierra y polvo, y no podía soportar esa sensación.
Cerca de su lugar temporal de acampada había escuchado el rumor del agua y tras avisar a su niñero de sus intenciones y escuchar e ignorar las quejas de este, se escabulló para darse un chapuzón.
Se desnudó completamente aprovechando la oscuridad y se metió en el agua midiendo sus pasos, una vez dentro caminó despacio hasta la pequeña cascada. El suave arrullo del torrente en su espalda despertaba unos deliciosos escalofríos que recorrían su cuerpo. Disfrutó de aquella delicia hasta que una voz profunda amortiguada por el sonido del agua la hizo reaccionar.
― He vuelto ― Anunció con voz solemne mientras se aproximaba a la orilla de la pequeña laguna.
Rin salió de debajo de la cascada y saludó a su compañero con un gesto y una pequeña sonrisa. La había visto desnuda tantas veces que ya le parecía natural estar así delante de él, por lo que se acercó a la orilla sin pensar en cubrirse. Al sentir sobre su piel la intensidad de su mirada y su gran mosqueo, se lo pensó mejor y se sumergió en el agua hasta el cuello.
El Daiyokai le dio la espalda, se acercó con paso lento pero seguro hasta el montículo de piedras donde ella había dejado su ropa y tomó asiento en ellas de forma despreocupada. Sus ojos penetrantes no dejaban de mirar a Rin. La niña, cohibida, se hundió en el agua hasta los ojos y resopló generando un montón de burbujas de fastidio.
― ¿Se va a quedar ahí? ― preguntó conociendo la respuesta de antemano.
El Daiyokai asintió, pero apartó la vista, concediéndole algo de intimidad a su compañera.
La verdad es que desde aquel día se había puesto muy pesado, pero no era para menos, porque todo aquello era de lo más extraño.
Rin se sumergió en el agua por completo y afinó el oído. Oculto entre las burbujas, la respiración de los peces y el rumor del agua entre las rocas, volvió a distinguir ese sonido; era parecido a un golpeteo, como el tic-tac del reloj de Kagome solo que un poco más lento. Era el sonido de un pequeño corazón y provenía de ella, más concretamente del interior de su vientre. Sacó la cabeza para tomar aire, una de las novedades que había ido notando conforme pasaba el tiempo. Su cachorro, a diferencia de su madre, necesitaba respirar, por lo tanto ella tenía que hacerlo.
Le echó un vistazo a su señor que la miraba fijamente con sus ojos dorados mientras se frotaba el cuerpo para sacar la tierra; en ellos había deseo.
― ¿Señor Sesshomaru, por qué no se baña usted también y… esto… me monta?
El Daiyokai apartó la vista de ella y compuso un gesto de disgusto.
― En serio, señor. No creo que le pase nada. El cachorro estará bien. Usted no le hará daño.
― ¿Cómo estas tan segura?
Otra de las novedades, ésta no tan llevadera. Sesshomaru no había vuelto a tocarla. Bueno, la tocaba; más bien la mordía, pero solo eran caricias esporádicas que nada tenían que ver con la monta. Aunque ese gesto en alguien como él ya era toda una hazaña que extrañaba a más de uno; solo había que ver la cara del señor Inuyasha cuando era testigo ocasional y totalmente fortuito, de los arranques que su medio hermano tenía con su compañera. Y es que se había vuelto un sobre protector pesado hasta el hartazgo.
El señor Jaken compartió un día con ella que el amo le recordaba a un perrito guardián y cuando Rin le había mencionado al susodicho que estaba de acuerdo con Jaken mientras le recriminaba por su comportamiento; al pobre yokai le habían llovido los palos, los propios y los que debían haber sido para ella.
Desde entonces su niñero llevaba muy mal lo del embarazo, tanto que Rin estaba empezando a temer por su vida, porque se había vuelto un deslenguado y uno con una lengua viperina de cuidado.
Más de una vez Rin le había preguntado si es que se había cansado de vivir y él, indignado, se limitaba a responderle con los apelativos hirientes que solía usar en el pasado para referirse a ella. La llamaba niña tonta, pequeñaja, mocosa insufrible, y…
― Oye, ama molesta, ¿Cuánto tiempo piensas seguir así?
― ¿Así como, Jaken?
― ¿¡Cómo va a ser!? ¡Preñada! A ver si lo sueltas ya o se va a secar. Aunque igual ya lo ha hecho.
― ¡Señor Jaken! ¡Mi cachorro no esta muerto! ― gemía llevándose las manos a la barriga.
― Silencio ― intervino tajante su señor, ante sus miradas de desconcierto ― Su corazón late ― y ahí se acabó la discusión.
En el fondo la pequeña Rin, la mala malísima; se alegraba de las pedradas y los malos tratos que le dispensaba su compañero, porque había sido por culpa de uno de sus comentarios que Sesshomaru había decidido dejar de intimar con ella.
Jaken comentó, en uno de sus arrebatos anti-feto, que seguramente el cachorro era pequeño y frágil y por eso ella no engordaba. Incluso lo comparó con un grano de arroz.
Rin se acarició el vientre sopesando la nueva, aunque casi inapreciable, curvatura del mismo. Su cachorrito si que estaba creciendo y no era nada frágil. Bufó de fastidio y las burbujas apoyaron su pensamiento. El tiempo tampoco ayudaba ya que habían pasado once meses desde que escuchó los latidos por primera vez. Aunque en realidad no fue ella quien los escuchó.
Por aquel entonces si que estaban activos y como nunca se cansaban no le veían final a sus sesiones de destrucción masiva.
Estaban sobre un risco porque el aire allí arriba era más puro y a Sesshomaru le gustaba. Él nunca se lo había dicho, por supuesto, pero ella lo sabía, solo había que observarle detenidamente para percatarse de ello; olisqueaba el aire con los ojos cerrados, suspiraba y a veces hasta sonreía. Cuando le veía hacer ese gesto le venía a la mente el recuerdo del olor del cocido de la abuela Kaede, antes su comida favorita. De pronto había girado la cabeza en su dirección mientras el viento jugaba con sus blancos cabellos y la había mirado fijamente, pero no a ella si no a su cuerpo.
― ¿Qué es eso? ― preguntó extrañado ladeando ligeramente la cabeza para afinar el oído.
― ¿El qué? ― se medio interesó ella, amodorrada como estaba. El hecho de no poder dormir no significa que no intentes hacerlo o lo finjas.
Ante la atónita mirada de su compañera el Daiyokai reposó la cabeza sobre su vientre.
Rin no pudo evitar sonreír ante la intrínseca ternura del gesto, pero la expresión de su rostro era de preocupación.
― ¿Qué ocurre, señor?
― ¿No lo oyes?
Claro que lo oía, un sonido hueco y constante. Pero el corazón de un bebé normal no iba tan despacio, por eso lo había descartado achacándolo a cualquier otro fenómeno de su extraño cuerpo.
Desde entonces la asaltaron toda clase de dudas y miedos. Se pasaba el día de pie, porque la intranquilidad no le permitía estar sentada; escuchando aquel lento pum pum proveniente de su interior. Le sorprendía la cantidad de cosas con las que podía llegar a acompasar aquel sonido; el canto de algún pájaro, el rumor de un riachuelo, la caída de las hojas; en aquel momento era la respiración de su compañero. Aunque, durante un instante loco, se le paso por la mente que tal vez él lo hacía apropósito; sincronizar su respiración con el latido de su cachorro.
Luego estaban todos aquellos cambios, como si no hubiera sufrido ya bastantes, y aún se estaba acostumbrando a ellos. La imperiosa sed, el hambre, los cambios de humor, la necesidad de él; por ejemplo, en ese momento en concreto deseaba que la abrazara, idea loca donde las haya, ya que el Señor del Oeste no era famoso precisamente por ser cariñoso. El ser plenamente consciente de aquel imposible la llevaba a otra cosa que ya no podía hacer, llorar; en su lugar hacía pucheros y quedaba bastante ridículo, la verdad. Jaken lo llamaba llorar con lágrimas de cocodrilo y se reía de ella cuando lo hacía. ¿Por qué ese hombrecillo se metía tanto con ella?
Definitivamente no se lo estaban poniendo fácil, ninguno de los dos.
Salió del agua y su gélido compañero tuvo un pequeño gesto con ella; le tendió sus ropas sujetándolas entre la punta de las garras, como si quemaran.
Mientras se recolocaba el kimono sobre los hombros un repentino dolor la hizo jadear y se llevó automáticamente la mano al abdomen. Sesshomaru se posicionó en el acto a su espalda y colocó la mano sobre la suya.
― Solo ha sido una patada, señor.
Si ya lo decía ella, su cachorrito era fuerte.
― Cuando salga voy a tener que castigarle ― musitó junto a su oído sorprendiendo a Rin, que volvió la cabeza para mirarle. La madre se aprestó a defender a su cría.
― Solo es un bebé. No sabe lo que hace, señor Sesshomaru.
― Bobadas.
Rin puso los ojos en blanco. ¿Cómo podía ser… como era? Tan incomprensible.
Era incapaz de entender que se trataba de un ser pequeño que necesitaría aprender desde lo más básico. Para él el cachorro era un adulto que saldría de ella con las garras preparadas para una buena disputa con su padre. Y lo peor de todo es que no parecía ser una broma. No pensaba darle tregua. Por más que ella tratara de hacerle entender que todo tiene un proceso, él seguía en sus trece. Así de cabezota era.
Aunque había veces que lo que decía no se correspondía con sus actos, como aquella manía persecutoria que le había entrado y su preocupación desmesurada por su seguridad; amén de aquella afición de voayer que había ido perfeccionando con el paso del tiempo. Se pasaba horas mirándola fijamente, siguiéndola con los ojos allá donde fuera, por más mínimo que fuera el desplazamiento. Tras un par de horas así, Rin ponía los ojos en blanco y suspiraba.
Pero ahí estaban, en ese momento y la mano de su señor subía despacio por su brazo sacándola de sus cavilaciones. Aprovechó que le tenía cerca y retrocedió un paso para sentir aquel cuerpo poderoso contra el suyo.
En medio de un rugido gutural él se lazó a por su cuello cubriéndolo de mordiscos y ella jadeó sorprendida a la par que encantada. Disfrutó de aquel arrebato hasta que sus manos desparecieron y las caricias terminaron tan abruptamente como habían empezado.
Se giró ansiosa, buscándole, y le encontró de espaldas a ella.
Aunque intentaba disimularlo con todas sus fuerzas para mantener intacto su porte distinguido y su descomunal orgullo, su respiración era trabajosa. Su pecho, cubierto por la armadura, subía y bajaba más rápido de lo normal.
Se le encogió el corazón, no se había percatado hasta ese momento de que aquello debía de ser muy difícil para él.
Ignoró aquella necesidad que palpitaba en su vientre al ritmo del latido de aquel pequeño corazón, para prestarle a su compañero la atención que merecía, pero él se adelantó con una pregunta curiosa.
― ¿Cuándo? ― dijo en un susurro, para disimular la falta de aliento.
― Ya sabe que no lo sé, señor, pero… ― se acercó a él midiendo sus pasos y trabó la mano en las cuerdas que sujetaban su coraza ― No pasará nada. Estaremos bien. No hay necesidad de esperar hasta que salga.
― No ― atajó en tono seco, poniendo su mano sobre la suya para detenerla ― No quiero perturbarlo.
La niña sonrió a sus espaldas. Sabía que le había supuesto un esfuerzo titánico el decir esas tres simples palabras, porque significaban mucho más.
Era tierno. Fuerte, orgulloso, letal, terrorífico y aún así tan tierno con su pequeño cachorro. Rin le rodeó con los brazos y apoyó la cabeza en su espalda, disfrutando de su permisividad un poco más antes de jugar sus cartas, ya que no llevaba una buena mano. Él tenía una escalera de sobre protector y futuro padre preocupado y ella trío de reinas embarazadas de pequeño cachorro frágil. Frunció el ceño ante la palabra, como la odiaba.
Se puso de puntillas y se mordió cómicamente la lengua al tratar de alcanzar el nudo del Obi. En cuanto lo deshizo las espadas cayeron al suelo en medio de un estrépito que se hizo eco por todo el valle. Rin se mordió el labio cuando le oyó chistar, molesto.
Escondió la cabeza entre su melena plateada, arrepentida y muerta de vergüenza por la blasfemia que acababa de cometer.
― Lo lamento mucho, señor. Enseguida las recojo.
― Del suelo no van a pasar ― comentó el Daiyokai con indiferencia sujetando sus manos para impedir que se agachara. Rin miró su espalda con una mueca sorprendida. ― Pero procura no pisarlas o te… ― la expresión en el rostro de Rin ganó varios grados de desconcierto al ver que no había acabado la frase.
― ¿Por qué no sigue? Me matará si las piso, ¿no? ― le dijo con una sonrisa divertida.
Él guardó silencio unos segundos y luego chistó.
― Bobadas.
― De un tiempo a esta parte, esa se ha convertido en su palabra favorita. ― comentó sonriendo mientras se encargaba de un par de nudos más empleando su tan útil, aunque algo menguada, velocidad sobrehumana.
― Basta, Rin ― ya era demasiado tarde para la armadura, que desarmada, descansaba en el suelo a sus pies, pero no pensaba permitir que le quitara nada más.
― Bobadas. ― replicó ella a su vez con una sonrisa abrazándose a su cintura. ― ¿Sabe qué? El otro día me di cuenta de que tengo un hueco intacto entre el omoplato y la columna. Sus colmillos encajarían a la perfección. ― comentó divertida ladeando la cabeza y apoyándola en su espalda.
El cuerpo del Daiyokai se tensó.
― Basta. No lo diré más.
Rin sonrió y bufó ― Bobadas. ― añadió riéndose. ¿A qué también se convertía en su palabra favorita?
― ¿Acaso quieres que te mate? ― dijo en tono amenazador.
― No creo que sea necesario, porque como no me montes aquí y ahora voy a salir ardiendo yo sola.
Sesshomaru le lanzó una mirada envenenada por encima del hombro.
Rin elevó hacia él su rostro sonriente.
― Soy una embarazada, señor. Tengo antojos.
Acto seguido le rodeó sin separarse de su cuerpo agarrándose a su kimono como si su compañero se le fuese a escapar, él era muy capaz de hacerlo. Cuando llegó hasta su pecho se colgó de su cuello y poniéndose de puntillas trató de alcanzar su boca. Él levantó la cara y ella bufó de fastidio.
― No piensa colaborar, ¿no? ― protestó haciendo un mohín ― Bueno, que se le va a hacer.
Enterró la cabeza en el hueco que dejaba el haori en su pecho y pasó la lengua sobre su piel, subiendo por él todo lo que le permitía su pequeño tamaño; luego, componiendo una pequeña sonrisa mordaz, empezó a descender. Si no podía alcanzar su cuello no pasaba nada, había otros puntos sensibles que estimular, y él estaba plagado de ellos; lo había ido descubriendo poco a poco, gracias a la práctica.
― Rin. ― le advirtió, airado mientras entrecerraba los ojos y fruncía el entrecejo de forma casi imperceptible.
Sus manos la detuvieron con contundencia apresando sus hombros y enderezando su cuerpo, ella le miró a los ojos con una súplica en estos, sorprendida al ver que en aquellos ojos que la miraban también había un atisbo de aquel sentimiento.
Rin le bufó a su rostro esquivo.
― Él estará bien. Ambos lo estamos. Deja de preocuparte tanto, Sesshomaru.
El Daiyokai arrugó el entrecejo en una mueca de extrañeza.
― ¿Estas irritada?
Rin parpadeó, confusa.
― ¿Cómo?
Él apartó los ojos de ella, parecía ofendido.
― Me tuteas.
La niña no pudo evitar reír al recordar aquella conversación que habían tenido hacía tanto tiempo. Ya había pasado todo un año.
― Sí, aunque más que irritada estoy molesta.
― ¿Por qué?
― Porque mi compañero no cubre mis necesidades básicas. ― hizo un mohín de desencanto.
― Te procuro alimento y seguridad. ― contestó él de forma automática aunque mordaz.
A Rin se le iluminaron los ojos.
― Hablando de alimento. ― se colgó de su cuello, demandante ― Estoy sedienta. Déjeme beber.
El Daiyokai se tensó en un gesto de rechazo.
― No.
― Necesito alimentarme. ― insistió.
La fulminó con la mirada mientras retrocedía para apartarse de ella.
― ¿Acaso crees que soy imbécil?
― El cachorro tiene hambre, Sesshomaru. ― le suplicó, dedicándole su mejor y más ensayada mirada de cordero degollado.
Vio como su mandíbula se ponía tan tensa que se podría afilar un cuchillo en ella.
― Maldición, Rin ― refunfuñó mirándola entre ojos pero, tal y como era su deber, se inclinó hacia ella exponiendo su cuello y la pequeña Rin aplaudió su triunfo.
Se aferró a sus hombros y colocó los dientes sobre su marca predilecta acariciándole la nuca con la yema de los dedos para retirar algunos cabellos rebeldes.
Aquella arteria era la que más le gustaba y se regodeó paseando los dientes sobre la piel que la cubría antes de morder.
Sesshomaru agradeció secretamente que nadie le viera la cara, pues aquella pequeña caricia era una de sus preferidas y eso era fácilmente identificable por la expresión de su rostro. Aquella niña era un monstruo, perverso, calculador y metódico.
Cuando sus dientes se hundieron en su carne le escuchó gemir tan bajo que solo dos pares de oídos pudieron captarlo. Mientras bebía de él acopló su cuerpo al de su compañero y descubrió complacida que estaba más que preparado para ella.
Cuando ya no pudo beber más se despegó de su cuello, pero no de su piel. Recorrió el camino hasta su boca propinándole pequeños mordisquitos por toda la mandíbula, mientras él permanecía inmóvil; derrotado por lo deseos de su compañera.
― Agradecería un poco de colaboración, Mi Señor. ― dejó caer sobre sus labios componiendo una pequeña sonrisa.
Él alzó los brazos despacio y la rodeó con mesura. Ignoró la boca de su compañera y se sumergió en su cuello buscando el lugar del que ella le había hablado antes. Apartó el kimono para dejar al descubierto su blanca piel repleta de marcas de colmillos. Como agradecía poder volver a hacer eso. Recogió su melena y buscó con la vista hasta hallar el espacio intacto. Estaba justo donde ella había prometido que estaría. La boca se le llenó de veneno por la anticipación tratando de sopesar su estado de ánimo. Disfrutaba más de aquel regalo cuando liberaba su semilla pero, ¿sería capaz de esperar hasta entonces?
― Sesshomaru… ― La escuchó ronronear contra su oído, impaciente. Acariciando su nombre con la lengua.
Agachó la cabeza y mordió su piel, suavemente. Valía la pena esperar y ahora había otros lugares que merecían su poco de su atención. Salió de su cuello y trabó la boca en la suya, cada vez se le daba mejor aquello; aunque le seguía resultando extraña aquella forma tan peculiar de incitar.
Dejó caer a mokomoko y la tumbó sobre el pelaje con cuidado para después arrodillarse sobre ella midiendo con precisión sus movimientos, procurando evitar su vientre. Se inclinó hasta su rostro y volvió a apresar su boca; el roce de su lengua resultaba bastante agradable, pero los esporádicos mordisquitos que ella le propinaba en los labios cuando se separaban para tomar aire, eran electrizantes.
Con los ojos desenfocados se lanzó hacia abajo para prepararla. Le echó un breve vistazo a sus pies desnudos, preguntándose cual utilizaría para incitarle o si en su lugar decidiría usar la boca; sin duda alguna su caricia predilecta.
Mientras bajaba se percató del ligero abultamiento de su vientre y se detuvo para acariciarlo de forma distraída con la garra derecha. Escuchó una pequeña risita y se apresuró a retirarla. Rin puso los ojos en blanco.
― No se va a romper porque lo toques, Sesshomaru.
Él miró el bulto con recelo.
Su cachorro debía de ser muy pequeño para caber ahí dentro, aún tenía que crecer bastante antes de salir…
― ¿Cómo saldrá de ahí?
Si Rin hubiese podido, se habría sonrojado.
― Pues como todos, imagino.
Miró su rostro grave y cuando se percató de la inocencia que entrañaba aquella pequeña pregunta sus labios se separaron debido a la sorpresa.
― ¿No lo sabe, señor?
― Si lo supiera sería una estupidez el preguntarlo.
Él era de razonamiento simple, eso lo había descubierto a base de observación constante. Si desconocía algo, se limitaba a preguntar directamente en vez de dar más vueltas de las necesarias. Cuando preguntaba ella le respondía con gusto y le encantaba explayarse, se podía pasar horas explicándole las cosas más simples mientras él permanecía en silencio. A veces no estaba segura de que le prestara atención, pero ella seguía porque lo disfrutaba. Todas las cuestiones que había tenido que resolver versaban sobre comportamientos humanos. Algunas eran peliagudas y se esforzó en ser lo más concisa posible para ahorrarse problemas luego, pero aquella en concreto la había pillado desprevenida, ya que desconocía la respuesta. Había una pequeña laguna en el basto conocimiento inculcado por Kagome.
Ahora le tocaba a ella soportar su mirada inquisitiva llena de curiosidad. ¿Era aquello una venganza?
― Espero una respuesta. ― demandó con contundencia su impaciente compañero.
Rin se mordió el labio, nerviosa.
― Pues, la verdad, no estoy muy segura.
― ¿Quieres ir a preguntárselo a la sacerdotisa?
― Pues sí. No sería mala idea ― trabó las manos en su kimono cuando vio que se incorporaba para ponerse en pie ― …pero ahora no. Estamos en medio de algo, mi señor.
― Es importante.
"Ha encontrado una vía de escape y piensa utilizarla" pensó Rin aferrándose con fuerza al kimono y puso en práctica su mejor arma: la mirada de cordero degollado de nivel dos y tono ligeramente agudo e insistente, alargando lo máximo posible cada palabra, eso sí, sin dejar de lado la sensualidad ― No creo que debamos preocuparnos, hay tiempo suficiente para todo. Señor Sesshomaru. Por favor.
El Daiyokai la miró con un gesto de reprobación. Creía que podía hacer lo que quisiera con él y aquello le cabreaba. Cualquier otro que le irritase ni la décima parte de lo que ella le irritaba, hubiera muerto en el acto; pero ella era su compañera, la madre de su cachorro y su objeto de deseo. Lo único que quería era que la montara, no era difícil de entender; es mas, él también deseaba montarla, el problema era… eso.
Clavó la vista en su vientre y recordó las palabras de Jaken como si el sapo las estuviese diciendo en ese mismo momento.
"Seguro que es tan pequeñajo como un grano de arroz y se desintegrará al mínimo golpe que recibas porque es demasiado frágil".
― Es demasiado pequeño ― musitó, sorprendiendo a Rin que lo contemplaba mientras miraba ofuscado su vientre.
La niña se dejó caer sobre mokomoko y tomó la mano del Daiyokai, sorprendiendo a éste a su vez, y la dejó reposar sobre el bulto.
― Seguro que hasta el momento nunca lo ha tocado como es debido. ― Apretó su mano obligándole a palparlo con firmeza. Sesshomaru torció el gesto y tiró para apartar la mano temiendo en su fuero interno aplastar al pequeño cachorro bajo su palma. Rin suspiró y le sujetó la muñeca con la otra mano.
― No puede hacerle daño, ¿lo nota?
Debajo de la ya no tan dura piel de Rin había otra mucho más dura que tenía forma redondeada.
― Creo que es una especie de saco y el cachorro está dentro de él, protegido y a salvo. ― le explicó su compañera.
Sesshomaru miraba sus manos concentrado en el estudio de aquello que acaba de descubrir. Palpó toda la superficie delineando sus fronteras y viendo que, en efecto, era redondeado. Acercó la cabeza a el y Rin apartó las manos. El Daiyokai olisqueó su piel y la rozó con la punta de la nariz, el cuerpo de la madre se agitó ante la sutil caricia.
Sesshomaru cerró los ojos y lo olisqueó un poco más moviendo la cabeza a su alrededor y dejó descansar la nariz sobre él, justo en el centro. Aquel pequeño saco era como una fortaleza inexpugnable.
― Esta a salvo. ― musitó.
Aún así la tocaba con tiento, como si fuese de cristal, pasando sus garras sobre su piel con la ligereza de una pluma. Con el mismo cuidado entró en ella que, narcotizada por sus insólitas caricias, le seguía el ritmo insegura.
Descendió sobre ella acoplándose a su cuerpo, sin dejar ni un solo espacio entre ambos y apoyó su frente contra la suya. Comenzó a moverse despacio, al ritmo de los latidos de aquel pequeño corazón. Los ojos de su compañera, ahora de un castaño rojizo, trataron de mantenerle la mirada. Se veía claramente que estaba perdiendo el norte, quería devastar la zona; pero aquellos brazos que la rodeaban contuvieron sus impulsos. Su pequeño cuerpo se revolvió impaciente, pidiéndole que fuera rudo, como siempre.
― Sesshomaru…
― No ― musitó con aquella mirada calma ― Quieta.
― ¿Qué haces? ― musitó ella, ansiosa ― Yo quiero…
― Sé muy bien lo que quieres ― susurró severo ― Pero tendrás que conformarte con esto.
― Desátate. Por favor… Quiero sentirse así, te lo suplico... Es tan delicioso.
El Daiyokai le gruñó.
― Por favor… por favor… Sesshomaru… Estamos bien… Te queremos.
Vencido por su insistencia, se afianzó a su cuerpo y obedeció sus deseos.
…
― ¿Seguro que está bien?
― Buf, ¡Ya basta! ¡Es la quinta vez que me lo preguntas! No seas pesado.
Sesshomaru giro la cabeza para rugirle.
Rin lo ignoró y continuó atándose el Obi.
― Estamos bien, ¿No oyes eso? Es su corazón y eso otro es su risa. Se esta riendo de lo tonto que se pone su padre. ¿Verdad que sí, Tsuyoi?
El Daiyokai la miró enarcando una ceja con más énfasis de lo acostumbrado.
― ¿Tsuyoi?
― Sí, porque contrariamente a lo que todos pensáis, es fuerte. ― explicó tajante rematando el nudo del Obi. Se quedó inmóvil con un mohín de disgusto congelado en su rostro y tras unos segundos volvió la cabeza hacía Sesshomaru.
― Te… Esto ― tragó saliva y se recolocó el kimono sobre las piernas de forma distraída ― ¿Te gusta?
El Daiyokai miró hacia el pequeño lago sin expresión alguna en su rostro hierático.
― Pasas demasiado tiempo con Jaken ― atajó mientras se alejaba en dirección al campamento, donde hacía más de media noche que les esperaba el susodicho.
Rin aceleró sus pasos para alcanzarle, curiosa ante la extraña respuesta.
― ¿Qué quiere decir eso?
Él la ignoró dejándola sola con sus conjeturas. Ella se empeñó, lo que duró el trayecto, en tratar de sacar una conclusión satisfactoria. Jaken les esperaba sentado en una roca. Se había despertado en el acto al percibir la cercanía de su señor y su esto…ama.
― ¿Qué tiene de malo el nombre de Tsuyoi? ― preguntó por fin dándose por vencida.
― ¿Tsuyoi? ― exclamó el sapo, sorprendido ― ¿Ese no era el nombre que había escogido para su cachorra, amo?
Rin los miró a los dos con dos rápidos giros de cabeza. Aquello era demasiada información de golpe.
― ¿¡Es una niña!? ― preguntó a voz en cuello mirando a Jaken ― ¿¡Habías escogido ese nombre!? ― añadió mirando a Sesshomaru que continuó andando ignorándola de forma completamente premeditada.
― ¿¡Qué dices, ama tonta!? El amo bonito no sabe si el cachorro es macho o hembra, es demasiado pronto; pero él quiere que sea hembra, así que ya sabes.
Rin estaba tan anonadada que fue incapaz de interceptar la piedra, que pasó por su lado e impactó justo en la frente de Jaken, derribándolo contra el suelo. Ni de detener a su compañero, que había vuelto sobre sus pasos, pasó por su lado en dirección al yokai derribado, y le dio una patada mandando su pequeño cuerpo considerablemente lejos.
…
No vayáis por delante… No vayáis por delante… Todo tiene una explicación y sé que este capitulo habrá despertado un montón de dudas, pero, por favor o ruego que tengáis paciencia y sigáis leyéndolo. ¡Qué difícil me resulta ver vuestras preguntas y no poder contestarlas! Solo os pido que sigáis conmigo y me digáis…
¿Qué os ha parecido este capitulo? ¿Merecía la pena seguir leyendo?
¡Agradecimientos a todas las que me seguís desde el principio y a las que habéis ido subiendo al carro por el camino!
Serena tsukino chiba*, KeyTen*, Black urora*, nagisa-chan*, angel-demoniaca*, Silk Maid*, Sayuri08*, Khadija Da Silva*, y AHRG*, Hoshi no Negai*, Lady Indomitus*, patito*, Akari hana* y Guest*!
¡Gracias por estar ahí!
Volved en el siguiente, ¿eh?
En el último capitulo estaréis todas aquí, pero ahora quiero publicar y terminar de hacer otras cosillas.
Ya os aviso que para el siguiente tendréis que esperar un tiempo, lo tengo perfilado y guionizado, pero tengo que madurarlo, embellecerlo y pulirlo; y eso lleva tiempo. ¿Pongamos tres días? Ah! Y el examen que tengo…
Seguid ahí! Os quiero!
