Severus – el verdadero héroe de la saga Harry Potter –, y los demás personajes de los libros aparecen por cortesía de su creadora, J. K. Rowling. El resto de personajes y la historia en sí, son sólo culpa mía :)
Muchísimas gracias a Sayuri Hasekura, Sely Cat, minerva91, GiotMalfoy, MoonyMarauderGirl, LilaSnape y dazedme por sus comentarios.
Capítulo 11 - El lago negro
A la mañana siguiente me levanté muy temprano para poder ver a Severus antes del desayuno, pero empecé a dar vueltas tontamente sin saber hacia dónde dirigirme, porque no sabía dónde estaba su despacho, ya que ni él me lo había dicho ni yo se lo había preguntado. Para mi disgusto, al girar por uno de los pasillos me tropecé con Filch, y mi repulsión por el conserje fue fulminante. Tengo que reconocer que el hecho de que fuera un squib ya le había indispuesto ante mis ojos incluso antes de conocerle, pero nuestra primera conversación no hizo nada para mejorar la opinión que tenía sobre él. Antes incluso de que yo pudiera abrir la boca ya estaba acusándome de tramar alguna fechoría y me amenazó con llevarme ante el director, pero a mí ese viejo squib no me intimidaba en absoluto. Le dije que tenía que hablar con el profesor Snape y, por algún motivo, esto pareció alegrarle sobremanera.
-Con Snape, ¿eh? Muy bien, te llevaré con él a ver qué opina de que andes por los pasillos a estas horas tan tempranas.
-No está prohibido caminar por los pasillos del colegio a primera hora de la mañana – repliqué, obstinada.
El hombre gruñó, entrecerró los ojos, irritado, y me condujo al despacho del profesor, mascullando entre dientes durante todo el camino que era una descarada y que pronto me iba a enterar yo de lo que era el respeto. A pesar de la rabia que me producía el tener que soportar a ese hombre tan desagradable, tuve que agradecer en silencio el habérmelo encontrado, porque de no ser así, estúpida de mí, no habría sabido encontrar el despacho de Severus.
El conserje llamó a la puerta con tres golpes secos, pero nadie abrió. Tras unos segundos volvió a intentarlo, obteniendo idéntico resultado.
-Pues parece que el profesor Snape no está en su despacho – dijo.
-Eso ya lo veo – contesté con insolencia.
Me sentía frustrada porque no estuviera allí. A la molestia de aguantar a Filch, le tenía que añadir ahora la de no encontrar a Severus cuando pensaba que por fin podría hablar con él.
-Tienes muy poco respeto por la autoridad, jovencita, y te voy a tener que meter en cintura – ladró el hombre, escupiendo saliva con cada palabra a causa de la indignación.
Se empezó a acercar a mí amenazadoramente con los puños apretados y los ojos entrecerrados, pero entonces una figura negra apareció por el pasillo, con la larga túnica agitándose al ritmo de sus pasos. Mi salvador.
-¿Qué ocurre aquí?
El corazón casi se me sale del pecho al escuchar la conocida voz, y tuve que contenerme con todas mis fuerzas para no lanzarme a sus brazos.
-Se… profesor Snape, venía a hablar con usted.
Severus nos observó ceñudo, primero a mí y después a Filch, que empezó a mascullar de nuevo.
-He encontrado a esta alumna merodeando por los pasillos quién sabe con qué oscuras intenciones – dijo apuntándome con un seco y arrugado dedo de uña ennegrecida –, ¡y a estas horas! Dice que quiere hablar con usted, profesor, pero yo creo que…
-Muy bien, Filch, puede retirarse.
-Sí, profesor.
Antes de irse, el conserje me dirigió una sonrisa satisfecha, seguro de que el profesor me tendría reservado el castigo que merecía.
Severus no dijo nada, abrió su despacho y me invitó a entrar con un ademán. Cuando cerró la puerta tras de sí me abracé a él con emoción.
-¡Cuántas ganas tenía de verte! – Susurré, casi sin aliento.
-Me viste anoche en la cena – rezongó.
-Sí, pero no pude hablar contigo.
-No, y tampoco te vi hablar con nadie más – dijo con lo que me pareció un ligero tono de reproche, ¿me iba a empezar a recriminar no haber hecho amigos tan pronto?
-Sí que hablé con alguien – repliqué, separándome de él para mirarle –, pero fue antes de la selección y le enviaron a… a otra casa que no es la mía.
Hizo una pequeña mueca imprecisa.
-No estoy en Slytherin – dije con pesar.
-Lo sé.
-¿Estás enfadado conmigo?
-¿Por qué iba a estarlo? Eso no es algo que escoja uno mismo, sino que el sombrero lo decide por ti – contestó.
El tono de su voz era neutro, pero Severus apartó la vista de mí con rapidez, se deshizo de mi abrazo y se dirigió a su silla detrás de la mesa del despacho, como si interpusiera una barrera entre los dos. Me sentí algo afligida.
-Siéntate, todavía tenemos unos minutos para hablar antes del desayuno.
Me senté en la silla al otro lado de la mesa, cabizbaja. No podía quitarme de encima la desagradable sensación de que, a pesar de sus palabras, sí que estaba enojado porque no había sido seleccionada para su casa.
-¿Estás seguro de que no te molesta que esté en Ravenclaw? – Dije con voz débil.
-En absoluto – contestó, pero no añadió nada más.
Se produjo un momento de silencio que me pareció un poco tenso, pero Severus lo rompió de repente con su profunda voz.
-¿Para qué querías verme? – Preguntó, apoyando los codos sobre la mesa y juntando las yemas de sus largos dedos.
Le miré asombrada.
-¿Cómo que para qué? – Contesté, confusa – Pues, simplemente para estar contigo, te echaba de menos.
Se removió un poco en su asiento, incómodo.
-No seas absurda, Julia, no has estado más que una semana sola ¿cómo me vas a estar echando de menos tan pronto? Otras veces has pasado meses sin verme porque tenía que venir a trabajar.
-Pero es que cuando he estado meses sin verte también te he echado mucho de menos.
Frunció los labios levemente.
-De todos modos, aquí nos vamos a ver a diario, así que no vas a tener tiempo de añorarme.
Me encogí de hombros.
-No tengo clase contigo hasta el miércoles – protesté –, si te veo a diario será sólo unos segundos por los pasillos entre clase y clase.
-Vas a estar demasiado ocupada con tus estudios y con tus amigos como para querer perder el tiempo conmigo. O, al menos, así debería ser.
-¡Pero estar contigo no es perder el tiempo! ¿Por qué dices eso? – Repliqué, sin entender su actitud.
Que Dumbledore creyera que debía hacer amigos no quería decir que no pudiera pasar tiempo con él, ¿no? ¿O es que me estaba castigando por haber sido seleccionada para Ravenclaw? Severus no contestó, de modo que insistí con tozudez:
-Yo quiero verte cada día, ahora que estamos en el mismo sitio y no separados por kilómetros y kilómetros de distancia.
Él suspiró y habló al fin.
-Sabes que puedes venir a verme siempre que quieras – dijo con un tono que sonaba ligeramente resignado.
-Pues por eso estoy aquí – repliqué con una enorme sonrisa.
Mi entusiasmo pareció fastidiarle, porque frunció el ceño, torció los labios, y nos quedamos otra vez en silencio.
-¿Dónde estabas? Pensaba que ya estarías en tu despacho – pregunté al cabo, cambiando de tema.
-¿Hace un momento? Venía de cambiarme después de nadar un rato en el lago.
-¿En el lago? ¿Te vas a nadar al lago?
-Sí. Cada mañana antes de las clases me doy un chapuzón en él mientras dura el buen tiempo.
Me quedé pensando en esto durante unos segundos.
-Yo no sé nadar – comenté al fin.
-¿Ah, no? – Dijo alzando una ceja.
-No, los Collins nunca me enseñaron.
-Los Collins, ¿eh? – Al oírme mencionarles de esa manera su otra ceja también se disparó.
-Sí. He decidido llamarles así, ya que de hecho nunca ejercieron de padres conmigo.
-Mmmmm.
-¿Podrías enseñarme?
-¿A nadar?
-Ajá.
-Sí, podría… si quisiera.
Resoplé con impaciencia.
-¿Y lo harás?
-Julia, se supone que debes aprender a relacionarte con la gente de tu clase, ¿cómo vas a hacerlo si pasas todo el tiempo conmigo?
-Oh, vamos, esto sería antes del desayuno, no es que vaya a pasar tiempo con ninguno de mis compañeros a estas horas…
Hizo una mueca.
-Además – proseguí –, ya me relaciono… anoche quedé con una compañera en que me sentaría con ella en todas las clases.
Alzó de nuevo las cejas, impresionado.
-¿De verdad?
-Sí, no está mal para ser la primera noche, ¿no? Primero hablo con ese pelirrojo y después consigo una compañera con quién sentarme en clase…
-¿Pelirrojo?
-Sí, ese con el que hablé antes de la selección. Charlie, creo que su apellido es Weasley.
-Weasley… – gruñó – un Gryffindor.
-¿Le conoces?
-Conozco a su padre, trabaja en el Ministerio. Y a su hermano mayor, que empieza tercero este año.
-Me pareció simpático.
-No deja de ser un Gryffindor.
Se me escapó una risa que pareció un resoplido.
-¿Me vas a apoyar en esto de hacer amigos o sólo si son Slytherin? – Me mofé.
-Me lo tendré que pensar un poco – dijo con aire circunspecto, pero enseguida me mostró una sonrisita burlesca –. Pero por ahora será mejor que vayamos al Gran Comedor, ya es la hora del desayuno.
Y así lo hicimos. Me senté sola en una punta de la mesa de mi casa, y al poco rato llegó Evelyn y se sentó a mi lado.
-Pensaba que bajaríamos juntas a desayunar, pero cuando me he despertado, ya no estabas.
-Eh… suelo levantarme muy temprano.
-¿Estás nerviosa por las clases?
-Sí, mucho, ¿y tú?
-También.
-Me gustaría que ya fuera miércoles… – dije con aire soñador.
Evelyn me miró con gesto de profunda extrañeza.
-¿Miércoles? ¿Por qué lo dices?
-Nada, cosas mías – contesté, haciendo un ademán con mi mano para quitarle importancia.
Desayunamos con poca hambre, porque los nervios nos habían cerrado el estómago, y nos encaminamos juntas al aula de la profesora McGonagall.
Las primeras clases me resultaron muy interesantes, no porque explicaran cosas que no supiera ya – las lecciones particulares de Severus me habían puesto en antecedentes de todo lo que nos enseñaron ese día, y durante todo el primer trimestre y parte del segundo, de hecho –, sino porque, por fin, podría llevar la teoría que había aprendido a la práctica.
No puedo explicar la inmensa satisfacción que sentí cuando logré hacer levitar la pluma en la clase del profesor Flitwick -me sentí tan feliz que estuve a punto de levantarme y darle un beso en la frente al hombrecillo-, o cuando monté en escoba en la de la profesora Hooch. Por primera vez, hacía magia de manera voluntaria y controlada, y no hay nada en el mundo que se pueda comparar a eso.
-Ha sido fantástico elevarse en el aire, ¿verdad? – Me dijo Evelyn tras la clase de vuelo.
-Sí, realmente increíble, la sensación de estar sobre una escoba en pleno vuelo es maravillosa.
Llamarle "vuelo" a lo que hicimos durante la primera clase fue un eufemismo bastante optimista. En realidad, lo único que logramos fue mantenernos a duras penas flotando sobre el palo, pero así y todo, enseguida me di cuenta de que esa sería una de mis asignaturas favoritas durante ese curso.
Sin embargo, no todo fue bueno ese primer día. Evelyn se había pegado a mí como una lapa, al acabar de cenar tuve la sensación de no haber pasado ni un solo minuto sin ella desde que me encontró en el desayuno, y me empezaba a sentir agobiada.
-¿Vamos a la sala común a jugar una partida de ajedrez mágico? – Propuso.
-Eh… no, había pensado ir a la biblioteca.
-Ah, pues te acompaño.
Maldije en silencio, no había manera de librarme de ella. Hubiera deseado ir a ver a Severus para quedar para nuestra clase de natación del día siguiente. No es que él hubiera accedido a hacerlo, por supuesto, pero decidí tomar su silencio por un sí. Sin embargo, con ella a mi lado todo el rato no pude escaparme ni un momento para hablar con él, así que a la mañana siguiente me levanté mucho más temprano aún, cogí un conjunto de ropa interior, lo metí en una bolsa de mano junto con una toalla y salí de mi habitación. Pero en cuanto llegué a la sala común de mi casa me quedé inmóvil, pensando en lo idiota que era. Otra vez me veía con el mismo problema: no sabía dónde estaban las estancias personales de Severus, ¿cómo iba a encontrarle en un castillo tan grande?
Esperar a tropezarme de nuevo con Filch no era una opción, así que decidí preguntar a los cuadros animados, quizá ellos podrían indicarme el camino. Salí al pasillo y me dirigí a un cuadro que reflejaba un festín medieval. Todos los ocupantes estaban esparcidos por la sala, durmiendo apoyados sobre la mesa entre la comida y las copas de vino, o recostados contra sus sillas, e incluso había un par de hombres tirados por el suelo, roncando a pierna suelta. Por suerte, aunque se mostraron bastante irritados por haberles despertado tan temprano, accedieron a ayudarme, y me indicaron hacia dónde tenía que dirigirme, así que bajé a las mazmorras y me encaminé hacia la puerta que me habían indicado, que resultó estar bastante cerca de su despacho, y justo cuando iba a llamar, la puerta se abrió y un sorprendido Severus me miró de arriba abajo.
-¿Qué haces aquí?
-¿Cómo que qué hago? Vengo a mi clase de natación.
-Puede que la memoria me falle, pero no recuerdo haberte dicho que te enseñaría.
Sonreí.
-¿Acaso dijiste que no?
Suspiró ruidosamente mientras se cruzaba de brazos.
-Está bien… ¿tienes bañador?
-Eh… no, pero he pensado que podrías convertir mi ropa interior en un bikini – dije, sacando las dos prendas de la bolsa de mano que llevaba.
Severus abrió los ojos desmesuradamente y miró a ambos lados del pasillo.
-¿Te has vuelto loca? – Susurró – Guarda eso inmediatamente, ¿quieres que piensen que soy un pervertido o algo así? ¡Sólo me faltaría eso! ¡Pasa! – Me apremió, abriendo la puerta de su habitación.
-Pensaba que habías dicho que no te importaba lo que pensaran de ti – me burlé entre risitas divertidas.
Cerró la puerta, irritado, pero no replicó.
-¿Y ahora que lo mencionas, cómo te va con el resto de profesores últimamente? – Me interesé.
-Algo mejor – contestó en tono cortante, todavía molesto –. Pero si me pillaran con la ropa interior de una alumna de once años ni siquiera Dumbledore me libraría de Azkaban.
Se me escapó otra pequeña risita, pero intenté ponerme seria y le pedí perdón.
-A ver, saca eso – masculló.
Saqué las prendas, todavía divertida por su incomodidad, y casi sin mirarlas les lanzó un hechizo que las convirtió en un bikini de color negro.
-Muy alegre, gracias.
Severus resopló.
-Venga, ve al baño a ponértelo, listilla.
Me puse el bikini, me volví a vestir y nos dirigimos a la que sería la primera clase de natación de mi vida. Nos fuimos a la parte del lago que quedaba más alejada del castillo, nos quitamos la ropa y caminamos hasta la orilla, pero una vez allí me entró miedo de meterme en el agua porque podía ver infinidad de criaturas moviéndose en el fondo.
-Vamos, tonta – dijo él –, no tienes nada que temer, estas criaturas son inofensivas. Las que sí podrían hacerte daño no se aventuran jamás hasta la orilla.
-Gracias, eso me da mucha seguridad – ironicé.
Intenté vencer mi temor a aquellas criaturas, si él llevaba dos años bañándose allí y no le había pasado nada, no tenía por qué pasarme a mí, ¿no?
A pesar de que estábamos en verano, la temperatura del agua era bastante baja y en cuanto metí un pie en ella sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda. Me quedé allí sin decidirme a avanzar, con un pie dentro y otro fuera. Había un gran desnivel en el fondo con sólo adentrarse un metro y medio en el agua, y Severus ya se había lanzado de cabeza y estaba nadando como un pez. Cuando se giró y me vio allí parada se acercó de nuevo a mí y me tendió una goteante y fría mano para ayudarme a entrar. Fue estirándome hacia dentro poco a poco, pero cuando llegué al borde del desnivel me detuve de nuevo, asustada, y entonces me alargó también la otra mano.
-Mira, aquí no te hundes, estoy tocando fondo, ¿ves?
El agua le llegaba hasta la mitad del pecho, eso quería decir que a mí me llegaría hasta el cuello, pero al menos estaría de pie, con lo cual resultaría bastante complicado que me ahogase. Aún así, no me atrevía a seguir adelante.
-Vamos, aunque no confíes en mí ya ves que aquí no te puedes ahogar – murmuró.
-¿Qué? – Dije, asombrada.
-Bueno, es evidente que no confías en mí, porque sino no dudarías tanto – repuso con las cejas arqueadas –, aunque ya deberías saber que no voy a pedirte que hagas nada que pueda ponerte en peligro.
-¿Qué tontería es esa? ¡Claro que confío en ti! – Protesté, y para corroborarlo tomé su otra mano y avancé un paso más, dejándome caer en el abismo en miniatura que había de ponerme con el agua al cuello.
Cuando me sentí caer solté un pequeño grito asustado y enseguida me mordí el labio, avergonzada. Severus se acercó un poco más a mí, con una sonrisa ladina que me hizo darme cuenta de que había caído en su trampa.
-¿Ves? Ya estás dentro del agua.
Sí, lo estaba, el agua me llegaba justo a la barbilla, pero yo no podía moverme, y temblaba, no estaba segura de si por el frío del agua, el miedo, o el sentir que alrededor nuestro había todo tipo de criaturas a las que ahora no veía, porque no quería mirar hacia abajo, pero que sabía que se deslizaban silenciosamente bajo la superficie. Cuando vio que tenía la piel de gallina, Severus me frotó los brazos para quitarme un poco el frío.
-En cuanto empieces con los ejercicios entrarás en calor – me aseguró.
Al principio, él no sabía muy bien cómo enseñarme a nadar, pero poco a poco fue indicándome lo que tenía que hacer.
-Lo que tienes que recordar es esto: mientras tengas aire en tus pulmones flotarás sin problemas. Aunque no hicieras nada más que mantenerte quieta sin mover brazos ni piernas, empezarías a flotar, y el agua nunca te cubriría la cara, por lo tanto, no te hundirías y podrías respirar. ¿Quieres probarlo?
No, no quería probarlo, de hecho, me parecía que había tenido una idea terrible pidiéndole que me enseñase a nadar, pero ya no podía echarme atrás.
-S… sí – musité sintiendo la boca seca y áspera.
Severus me puso una mano en la espalda y me dijo que cogiera aire y me echara hacia atrás, y me recordó que no debía temer nada porque él me tendría sujeta todo el rato. Le miré asustada, pero obedecí, cogí aire y me eché atrás, pero cuando levanté los pies del suelo me puse nerviosa y expulsé todo el aire que había cogido. Severus me incorporó, empujándome la espalda con suavidad y me dijo que volviera a intentarlo. Repetí la operación y esta vez logré quedar unos segundos a flote antes de que el pánico me hiciera fracasar de nuevo. Volví a intentarlo varias veces hasta que él se dio por satisfecho y dijo:
-Bueno, ahora ya has comprobado que lo que te he dicho es cierto. Si crees que te vas a hundir, toma aire y no lo sueltes, ¿comprendes?
Asentí.
-Venga, una vez más – dijo.
Volví a inclinarme en el agua con los pulmones llenos y su mano en la espalda, y cuando estuve flotando, Severus murmuró:
-Ahora no te asustes, recuerda lo que te he dicho, no te puedes ahogar.
Y dicho esto, retiró su mano de mi espalda y yo me hundí más en el agua. Le miré con ojos desorbitados y a punto de ponerme de pie porque no podía soportar la sensación, pero él me miraba muy tranquilo, y de pronto noté que había dejado de hundirme y mi rostro todavía permanecía fuera del agua. Sentí un tremendo alivio y empecé a sonreír aún con los carrillos llenos de aire. Debía tener un aspecto muy cómico, porque él frunció los labios intentando contener una carcajada. Me volvió a poner la mano en la espalda y me ayudó a incorporarme de nuevo.
-Ya debes sentirte un poco más segura – se burló, divertido –, me ha parecido que entre esos dos mofletes hinchados se asomaba una sonrisa.
Me sonrojé levemente y me puse a reír, nerviosa.
Severus siguió dándome instrucciones y haciéndome poner en práctica lo que me iba diciendo. Más adelante me enseñó a dar brazadas, combinar los movimientos de brazos y piernas, y todo lo demás, y es que desde ese día, cada mañana a la misma hora, los dos teníamos una cita ineludible en el lago negro.
