River Flows in You (Yiruma)
Enero de 1788
Mientras Oscar esperaba pacientemente que la audiencia pública que los reyes daban cada primero de enero finalizara, no pudo evitar detenerse en el semblante alicaído y triste de la soberana. La delicada rubia escuchaba, y contestaba, los buenos deseos para el nuevo año con total apatía y de una forma que se alejaba completamente de la habitual dulzura que había mostrado durante los años anteriores en la misma fecha. Ella la conocía y no le hacía falta una explicación para ese comportamiento. La monarca aún no se reponía del fallecimiento de su pequeña hija seis meses atrás. Miró el reloj por enésima vez, aún faltaba más de una hora para que finalizara la recepción y ella pudiera por fin reunirse con María Antonieta en la entrevista que había solicitado hace semanas.
Cansada de escuchar los superficiales, y cínicos, parabienes de los asistentes decidió salir un rato y observar cómo se desarrollaba el cambio de turno de la Guardia Imperial, pese al tiempo transcurrido no podía alejarse por completo de la institución que durante tanto tiempo había dirigido y que le había ayudado a aprender mucho de lo que aplicaba a diario en la Guardia del Ejercito.
Mientras observaba el movimiento militar, perfectamente sincronizado a pesar de la inclemente lluvia que caía en esos momentos, reparó por unos instantes en que a algunos metros de distancia el Conde sueco Hans Axel Von Fersen estaba igual que ella, observando a los guardias desde una de las terrazas techadas, aunque su vista, en lugar de estar atenta al movimiento de los militares, mas bien parecía completamente perdida. Pensó en acercarse a saludarlo, ya que la última vez que lo había visto fue cuando la ayudó en Saint Antoine, pero, al recordar la conversación anterior a ese evento, y sobre todo su descabellada propuesta de matrimonio, cambió rápidamente de parecer y dio media vuelta para alejarse antes de que él la viera. Comenzó a caminar en dirección al salón, pensando en que era increíble cómo no lograba sentirse cómoda en ningún lugar del palacio que años atrás era prácticamente su segundo hogar.
-¡Brigadier Jarjayes!
Se detuvo y maldijo en voz baja cuando escuchó la elegante voz de Víctor acompañada de sus rápidas pisadas.
-Comandante Girodelle- dijo Oscar mientras volteaba –Lo felicito por el excelente desempeño de sus hombres- habló con seriedad y marcando notoriamente la distancia que quería mantener al no tutearlo.
-Gracias, hemos aprendido de la mejor- Víctor sonrió de forma encantadora mientras batía sus largas pestañas –Debo confesar que es una agradable sorpresa encontrarla aquí, no la veía desde hace mucho.
-Vine a una audiencia privada con su majestad- la rubia contestó de forma seca. Durante un segundo desvió la mirada y vio que Fersen la miraba fijamente. Nerviosa, volvió a concentrarse en Girodelle –¿Cómo ha estado todo en Versalles?... ¿Siguen las revueltas en las afuera de palacio?
-La verdad es que sí- contestó apesadumbrado el hombre de ojos felinos –Cada vez es más difícil ingresar a palacio… de hecho, se le ha aconsejado a sus majestades no abandonar este lugar bajo ninguna circunstancia- suspiró apesadumbrado –Y bueno… no es que las cosas estén mejor aquí que afuera.
-La aristocracia sigue en contra de lo propuesto por Calonne y Loménie de Brienne- sentenció Oscar, que pese a mantenerse alejada de Versalles, se esforzaba en estar al tanto de todo lo que acontecía en materias políticas.
-La crisis financiera no da tregua y muchos de los aristócratas que no viven en Versalles no están dispuestos a ceder los beneficios que tienen, de hecho, no me extrañaría en como parte de los saludos de año nuevo más de alguno "solicite" que se destituya a Calonne y regrese Necker… es algo de lo que se habla en cada rincón de Versalles- murmuró Girodelle en voz baja.
-Quizás sería bueno que abordara este tema con su majestad la Reina- pensó Oscar en voz alta –Si hay alguien a quien su excelencia escucha es a ella…
-Su majestad ya no es la misma- murmuró apesadumbrado Girodelle –Pese a que paso mucho tiempo cerca de ella debido a mis funciones… ya no puedo recordar la última vez que la oí reír…
Oscar lo miró seria y tratando de disimular la tristeza que le habían provocado las palabras del Comandante de la Guardia Imperial -Conde de Girodelle… limite esos comentarios, el ser escoltas de su majestad nos obliga a resguardar no solo su integridad física.
-Lo lamento… tiene usted razón- Víctor la miró embobado –Es sólo que extraño mucho hablar con alguien que no tenga veneno destilando en la sangre… durante estos últimos meses he añorado la época en que usted era mi Comandante- la miró con los ojos húmedos.
-Así que proponen a Necker nuevamente…- Oscar trató de cambiar el tema –Eso sin duda sería algo que a no todos les gustaría…
-A propósito de Necker… ¿Quién diría que lo mejor que le pudo pasar un amigo nuestro sería no concretar su compromiso con esa familia?- Girodelle entrecerró los párpados y miró en dirección al Conde sueco que no dejaba de observarlos.
-¿Fersen?- Oscar lo miró sin entender.
-Es un secreto a voces que el único escollo en el compromiso de Fersen y Mademoiselle Germaine fue su majestad, es más, ella fue quien concertó el matrimonio de tan encantadora damisela con el Barón De Staël librando así de su compromiso a Fersen.
-¿Cuándo ocurrió eso?- lo interrogó casi con violencia.
-¿El matrimonio?... todos lo saben…
-El compromiso con Fersen- lo apuró –¿Cuándo pasó eso?- insistió Oscar.
-Hace un par de años… creo- la miró curioso –Siendo tan cercana a Fersen pensé que lo sabía.
-No… no lo sabía- murmuró ella –Fue un gusto verte…- se despidió -Tengo algunos minutos antes de mi audiencia y deseo saludar a un amigo- habló mientras caminaba en dirección a donde estaba Fersen, por fin sabía que lo había llevado a proponerle matrimonio de una forma tan precipitada. Su familia lo estaba presionando al punto de comprometerlo en contra de su voluntad con la hija del importante político. Apenas llegó frente al Conde extranjero le dijo a modo de saludo -¿Por qué no me dijiste que te estaban obligando a contraer matrimonio?
-¿El saberlo habría cambiado en algo tu respuesta?- le contestó él de forma directa, si bien no se veían hace mucho, la confianza que el sueco sentía por la militar no había disminuido ni un ápice.
-No… No habría cambiado mi respuesta- lo miró altiva –Pero habría entendido que te llevó a hacerme semejante propuesta.
-Ya no importa- Fersen dio media vuelta y apoyó los antebrazos en el barandal que había junto a él –No me casé… ella logró salvarme de haber hecho infeliz a Germaine- finalizó con acritud.
-¿Y pensabas hacerme infeliz a mí?- preguntó molesta -¿Qué me hace diferente?... ¿Acaso yo no merezco la misma deferencia?
-Eres mi amiga…- suspiró cansado –Contigo no finjo… y tú sí eres diferente…
-Es porque soy un militar- lo miró herida. Ahora que vivía junto a André y se sentía mujer en sus brazos, le lastimó que su amigo la siguiera viendo como un congénere.
-No es por eso... Tú eres buena, eres honesta, eres sincera… tú sacas lo mejor de los demás- la miró a los ojos –Por eso eres diferente… tú me haces bien- retiró una copa de brandy de la bandeja que un lacayo le acercó –En quince minutos tráigame otra por favor- le pidió al sirviente.
-Es muy temprano para que estés bebiendo de esa forma- lo miró preocupada -¿Cuántas copas llevas?
-Cuatro o cinco- el sueco encogió los hombros –No lo sé, ni importa.
-Quiero agradecerte el haber salvado a André de la turba- murmuró mirándolo a los ojos -Y también agradezco tu discreción en cuanto a mi relación con él.
-¿Eres feliz?- él preguntó mirándola también a los ojos.
-Sí- contestó sin dudar -Soy feliz con él.
-Al menos uno de los dos no vive un amor lleno de angustia- el sueco repitió las palabras que le había dicho años atrás -Me alegro por ti- fijó la vista en el liquido ambarino de su copa.
-Fersen…- lo miró con lástima –¿Por qué estás actuando así?- se acercó un paso –A ella no le gustará verte así de consumido…- miró en todas direcciones, cuando se aseguró de que no había nadie cerca continuó –Su majestad está lidiando con suficiente dolor como para que tú le des más preocupaciones.
-¿Y qué pasa con lo que estoy lidiando yo?- el sueco la miró con los ojos húmedos –Ella me alejó, no quiere verme desde que la pequeña Sofía falleció…. Dime... ¿Qué pasa con lo que yo siento?- bebió de un sorbo todo el contenido de la copa que tenía en la mano.
-Lo lamento…- Oscar habló en un triste murmullo, nunca lo había visto tan destrozado –Pero tienes que entenderla… perdió a una hija y eso no es fácil- se esforzó en que su voz no se quebrara "No estoy hablando de mí" se repitió mentalmente –Para una madre debe ser espantoso sostener a un hijo y luego asistir a su sepelio- habló con la garganta apretada.
-Acaso todas las mujeres creen que son las únicas que lamentan las muertes de sus hijos- murmuró el Conde con amargura.
-No, es obvio que su majestad también está sufriendo por ello- habló Oscar –Los padres sufren igual con la pérdida de un hijo- pensó en André y en como él, durante meses, estuvo con la mirada perdida. Él nunca se lo había dicho, pero ella notó cada vez que se esforzaba en sonreír para no preocuparla.
-Sí… sin duda nuestro venerado Rey también está sufriendo con la pérdida de su hija… fue un gusto verte querida amiga- Fersen se despidió realizando una leve inclinación de cabeza y caminó hacia el lacayo que se acercaba con una nueva copa.
Oscar lamentó profundamente ver como el gallardo Conde estaba sumido en una amargura que jamás había visto, ni siquiera cuando se había marchado a América. Mientras veía como él se alejaba, un pensamiento cruzó por su mente "No… no se pueden haber atrevido a hacer algo así" pensó asustada ante la remota posibilidad de que la infanta fallecida no fuese fruto del lecho real. Sus pensamientos fueron interrumpidos por las campanas que anunciaban el mediodía, giró sobre sus talones y caminó rápido hacia la sala privada de la Reina.
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-Su majestad… Agradezco profundamente que me hayáis recibido- Oscar levantó la vista cuando vio que la soberana no le contestaba. Estaban solas en la sala –Su majestad…- repitió. La mujer estaba sentada en un canapé ubicado junto a una ventana y con la mirada completamente perdida –Si gusta puedo venir en otro momento- murmuró.
-Acercaos querida amiga- María Antonieta giró la cabeza en dirección a su antigua escolta y trató de sonreír aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas –Si no os importuna verme llorar, quisiera que compartierais unos minutos conmigo- se cubrió el rostro con la manos y sollozó.
-Por supuesto que no me importuna su excelencia- Oscar se acercó rápido y se sentó junto a ella en silencio. Cuando la reina le tomó una mano sintió que su corazón se rompía al ver tanta aflicción en su actuar –Su majestad…- susurró -¿Qué puedo hacer por usted?
-Acompañarme- murmuró ella entre suaves hipidos –Ya no resistía oír a esa tropa de infames que hablan a nuestra espalda deseándonos buena fortuna… estoy tan cansada de que me consideren una estúpida- sollozó –Sé muy bien lo que hablan de mí y de mi querido esposo- se secó las lágrimas con rabia –Ni siquiera han respetado mi duelo- movió la cabeza con pesar.
-Su majestad…- Oscar apretó la mano que sostenía entre las suyas –Lamento mucho veros tan triste…- la miró con cariño –Y lamento mucho no haber asistido al funeral de la infanta Sofía…
-Recibí vuestra nota- susurró la monarca –Y la atesoro como una de las pocas muestras de sincero afecto y preocupación- se secó las lágrimas y miró a los ojos a su querida amiga –Ella… ella habría sido mía- sollozó –Luis Joseph y Luis Charles pertenecen a la nación… y Marie Therese es devota a su padre- nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas –Mi pequeña… estoy tan sola- se lanzó contra el pecho de la militar que la miraba completamente conmovida.
Oscar la abrazó con dulzura y esperó con paciencia a que la monarca dejara de llorar. Cuando la mujer se separó de ella habló nuevamente –Su majestad… no es mi intención contrariaros- habló despacio –Pero quisiera exponerle mi preocupación cerca del curso que está tomando nuestra nación… he visto mucha violencia y disconformidad en la ciudad.
-Mi querida amiga- la reina sonrió con dulzura –Siempre tan preocupada de todo- la tomó de las manos –Su majestad está rodeado de ministros que se preocupan de lo que tanto os aflige, no debemos preocuparnos de eso- trató de sonreír –Contadme… ¿Es de vuestro gusto el destacamento que comandáis o desearíais regresar a Versalles?- la miró esperanzada –Sólo tenéis que decirlo y haré lo que sea necesario para cumplir vuestros deseos.
-Estoy muy a gusto en mi puesto su majestad- Oscar sonrió con dulzura –No es esa la razón de mi visita… sólo quería saludaros y acompañaros unos momentos…
-Vuestra presencia es un soplo de sinceridad- la reina sonrió –Debéis prometerme que me visitaréis más seguido- le apretó las manos que aún mantenía entre las suyas –Prometedlo.
-Cada vez que mis funciones así lo permitan, vendré a visitaros- la Comandante sonrió –Os lo prometo.
María Antonieta asintió sonriendo y, pese a que estaban completamente solas, miró a su alrededor en un gesto receloso –Me dijeron que estuvisteis hablando con él- susurró -¿Cómo está?
Oscar se sorprendió, no esperaba que las noticias de su conversación con Fersen llegara tan rápido a oídos de la monarca –No está muy bien- no quiso mentirle.
-Mi pobre Axel- María Antonieta suspiró apesadumbrada –Hay días en los que me arrepiento tanto de haber intervenido en su compromiso… él necesita ser feliz y yo no puedo ayudarlo con eso, yo... sólo le causo aflicción- sus claros ojos azules se humedecieron –Hablad con él por favor…- miró a su amiga ansiosa –Sé que os oirá, pedidle que regrese a su patria… Aquí no hay nada para él más que sufrimiento.
-Él es devoto a usted su majestad- murmuró Oscar conmovida.
-Y yo a él- María Antonieta comenzó a llorar nuevamente –Pero ya no podemos seguir así… vivo aterrada de que alguien lo vea demasiado cerca de mí o de mis hijos… y si alguien se da cuenta- sacudió la cabeza completamente turbada -Y ya ni siquiera puedo salir de palacio sin una multitudinaria escolta- sollozó –Le he rogado que se vaya y él no atiende a mis ruegos…
-Su majestad…- Oscar la miró contrariada, por primera vez en su vida no sabía que decir –Trataré de hablar con él- dijo finalmente.
-Gracias- la reina sonrió.
Cuando ambas escucharon los golpes en la puerta que anunciaban que una nueva visita había llegado, María Antonieta secó sus lágrimas y se pellizcó las mejillas tratando de recuperar la compostura, estiró la falda de su vestido y acomodó los rizos de su peluca –Decidme querida amiga- la miró con los ojos vidriosos y una falsa sonrisa –¿Luzco como la soberana de la nación más importante de Europa?
-Sí, su majestad- contestó la militar –Luce perfecta- se puso de pie y besó la mano que la monarca extendía –Ha sido un verdadero placer verla- hizo una reverencia y salió de la habitación con el pecho tan apretado que apenas podía respirar.
Agosto de 1788
El verano se hizo presente en París de forma abrumadora y calurosa. Un día en particular, y después de revisar en forma personal la entrega del nuevo armamento para el regimiento que dirigía, Oscar, acalorada y con ganas de refrescarse, fue rápidamente a su despacho. Apenas entró notó que alguien estaba en la recamará adjunta.
-¿Quién anda ahí?- preguntó con voz firme mientras llevaba la mano a la empuñadura de su arma.
-Soy yo- André se asomó a la puerta sonriendo -Quería sorprenderte.
-¿Qué haces aquí?- corrió a su encuentro, se abrazaron -Personalmente me encargué de que tuvieras algunos días libres- susurró mientras se aferraba a sus hombros.
-Son mis días libres y yo elijo como pasarlos- la levantó del piso unos centímetros haciéndola reír -Fui a ver a mi abuela y regresé- la soltó y le puso una mano sobre los ojos -Ven... te tengo una sorpresa- la guió hacia el interior de la recamara.
Cuando Oscar abrió los párpados vio una colcha en el piso y sobre esta varios tipos de tarta, queso, vino y frutas. -¿De dónde lo sacaste? ¿Cómo lo hiciste?- preguntó sonriendo, era un perfecto día de campo en su habitación.
-La abuela me ayudó... está un poco molesta porque no has ido en meses a verla, pero le expliqué que no has querido abandonar el regimiento- la empujó suavemente sobre la cama hasta que la rubia se sentó, le quitó las botas y medias. Él ya estaba descalzo -Ambos sabemos lo que te gustan los días de campo... y... eso es todo- la miró sonriendo
-Gracias- murmuró ella sin dejar de sonreír -De verdad, gracias- se sentó en el piso y bebió el exquisito vino que André le servia. Cerro los ojos y respiró profundo, eso era justo lo que necesitaba en esos momentos.
Ambos comieron, bebieron y rieron recordado algunas anécdotas de su juventud y niñez. Hace meses no se sentían tan felices y relajados. Se recostaron en el piso, uno al lado del otro, y disfrutaron estar en silencio durante largos minutos.
-¿Irás a la casa de mi familia los días que te quedan de asueto?- preguntó Oscar después de un rato.
-Pensaba quedarme aquí- contestó André mientras la tomaba de la mano.
-Pero no podrán verte... prácticamente tendrías que estar encerrado- lo miró apenada.
-Pero cuando estés aquí te puedo ayudar con los documentos, revisar tus uniformes, tus armas... preocuparme de que comas y que duermas... no sé, ser tu valet nuevamente por unos días- sonrió -Prefiero estar contigo que en cualquier otra parte- la besó en la punta de la nariz -Además está el gran aliciente de poder dormir contigo en la noche.
-La cama es muy pequeña- contestó Oscar sonriendo.
-No importa... así dormiremos más cerca- la abrazó por la espalda mientras ella sonreía como no lo había hecho en meses.
-¿Qué piensas de que Necker nuevamente sea Ministro de Estado?- preguntó Oscar después de unos minutos.
-Pienso...- André suspiró fuerte -Creo que todo está cambiando.
Noviembre de 1788
Once meses habían transcurrido desde que Oscar había visto a su querida soberana, once meses en los que ella y su regimiento habían trabajado sin cesar tratando de mantener las revueltas publicas bajo control dejando todo de lado en pos de conservar la tranquilidad en la ciudad. Mientras firmaba el último reporte del día, escuchó golpes en la puerta de su despacho -Adelante- habló con voz firme.
-¿Me mandaste llamar?- André preguntó apenas entró al despacho de su Comandante -¿Cómo te sientes?- se acercó preocupado al verla más pálida de lo habitual.
-Bien, no te preocupes- Oscar sonrió y lo besó suavemente en los labios -Sólo estoy un poco cansada- se sentó tras su escritorio para seguir trabajando.
-Hemos trabajado sin descanso- se colocó tras ella –Déjame ayudarte- comenzó a darle un suave masaje en los hombros -Deberías tomarte unos días, el Regimiento puede sobrevivir perfectamente en manos del Coronel Dagout- se inclinó y la besó en la coronilla.
–A pesar de que llevamos tanto tiempo acuartelados, creo que la situación sólo empeora- Oscar se puso de pie nuevamente y lo abrazó –A veces siento que un manto de desgracia se extiende inevitablemente sobre nosotros y no quiero alejarme de ti… no puedo dejar el cuartel sabiendo que tú permaneces aquí expuesto a tantos peligros- terminó de hablar hundiendo el rostro en la curva del cuello del soldado. Respiró profundo tratando de llenar sus pulmones del aroma del hombre que adoraba.
-Deja de preocuparte por mí- André sonrió pícaro mientras le guiñaba un ojo -Si tú estás bien, yo también lo estoy- la besó suavemente en los labios.
Oscar caminó hacia la puerta y la cerró con llave -¿Cuánto ha pasado desde la ultima vez que estuvimos juntos?- lo miró sonriendo -¿Dos o tres meses?
-Dos meses y cinco días- contestó André con la voz ronca y la mirada brillante -Si quieres también te puedo decir los minutos...
–Hablando de eso- la rubia llevó sus manos al cuello de su guerrera -Creo que podemos pasar desapercibidos unos minutos- sonrió mientras se desabotonaba la chaqueta.
André, sin esperar una invitación, la atrapó contra la pared con la fuerza de un huracán. Prácticamente se arrancaron la ropa.
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Oscar apoyó la cabeza contra el pecho de André, ambos estaban recostados en la pequeña cama de su habitación en el cuartel. Se sentía agotada y por fin había conseguido tener la mente en blanco. Cerró los ojos y se concentró en el latido del corazón del soldado permitiendo que ese suave golpeteo la arrullara.
-Quiero que me hagas una promesa- André habló rompiendo el silencio.
-¿Qué cosa?- preguntó ella negándose a abrir los ojos.
-Si algo me ocurre, prométeme que te irás de París.
-¿Qué quieres decir?– Oscar se irguió y lo miró sin entender.
-Debes prometerme que te pondrás a salvo.
-André... ¿Qué estás diciendo?– se sentó en la cama alarmada.
El soldado la tomó del cuello, obligándola a mirarlo –Promételo– insistió..
–Nada nos ocurrirá, no lo permitiré... soy Comandante de un Regimiento- Oscar trató de tranquilizarlo al ver en su mirada cargada de miedo.
-No es eso a lo que temo. Si el pueblo se levanta en armas tu cargo no importará– le acarició una mejilla -Eres Noble, una destacada General del Ejército, parte de una de las familias más importantes del país y además eres conocida por tu cercanía con la Reina- la besó en la frente –Si yo no estoy, debes ponerte a salvo... si la monarquía cae, también lo harán todos sus cercanos.
Oscar se estremeció, no había pensado en eso.
-Prométeme que si algo me pasa te pondrás a salvo- insistió André –Debes prometérmelo.
-No, no puedo hacer eso.
-Sí, sí puedes… Si me amas, puedes hacerlo- la hizo rodar en la cama, ella trató de empujarlo para liberarse de sus brazos. Él la abrazó más fuerte mientras utilizaba su peso para inmovilizarla.
-Suéltame... Estás hablando cosas sin sentido- insistió ella tratando de salir de la cama.
-Oscar mírame- la forzó a mirarlo –Debes prometerme que si algo me pasa te irás de París- la besó nuevamente –Si no lo haces, me volveré loco- la miró con los ojos cargados de desesperación.
-Está bien… te lo prometo- Oscar sintió miedo al pronunciar esas palabras.
-¡Comandante! ¡Comandante!- escucharon gritos que acompañaban los insistentes golpes en la puerta de su oficina.
Oscar se levantó de un salto y se vistió lo más rápido posible. Después de un par de minutos abrió la puerta.
-Alain ¿Qué ocurre?- preguntó tratando de parecer tranquila.
-Comandante…- la miró y sonrió burlesco.
-¿Qué pasa Soissons?, dime de una vez- preguntó exasperada.
-¿Se encuentra bien?
-¿Por qué preguntas eso?- abrió sus grandes ojos azules.
-Está un poco… desarreglada- miró su cabello despeinado.
-Estaba descansando- Oscar se pasó rápidamente las manos sobre la cabeza tratando de ordenar su cabello. –Dime a qué viniste de una vez- insistió molesta.
-El Rey adelantó la convocatoria a los Estados Generales y se duplicó la representación del Tercer Estado.
-Entiendo- la rubia se alejó de él y se sentó tras su escritorio, sabía que eso significaba que el Rey aceptaba una restricción al poder y dictadura que ejercía sobre Francia. –Gracias por informarme.
-Permiso para retirarme Comandante.
-Concedido.
-Ah!... Dígale a André que en una hora habrá cambio de guardia- Alain sonrió burlón mientras le guiñaba un ojo.
Apenas Soissons salió de la oficina André se asomó desde la recamara mientras se terminaba de abotonar la camisa -Oscar...- murmuró mirándola.
-Lo sé...- levantó la vista de su escritorio y lo miró nerviosa -Todo está cambiando...
Abril 1789
Mientras el Regimiento B de la Guardia del Ejército vigilaba que no se produjeran desmanes en uno de los Mercados principales de París, Oscar analizó todos los cambios políticos que se estaban viviendo desde que Necker se había convertido en uno de los principales consejeros de su Majestad Luis XVI.
Junto con el férreo apoyo del ministro a que el Tercer Estado tuviera más participación en la próxima convocatoria de Estados Generales, gracias a lo cual se ganó el apodo de "Ministro Patriota", Necker también tomó varias medidas liberales. Frente a una importante escasez de trigo, el Ministro propuso una medida tomada por Loménie de Brienne en materia de comercio de grano: prohibió la exportación de cereales (7 de septiembre de 1788), así como también la compra de grano fuera de los mercados (23 de noviembre de 1788); ordenó comprar grano en el extranjero, otorgó primas a los importadores y dio a las autoridades de policía el poder necesario para aprovisionar los mercados (22 de abril de 1789). Además, en materia financiera, Necker revocó la suspensión de pagos decretada por Brienne y utilizó expedientes para reunir los 70 millones necesarios para asegurar los pagos hasta la reunión de los Estados Generales.
-Comandante, ya llegó nuestro relevo- murmuró Alain a su izquierda.
Oscar tiró de las riendas de César para voltearlo y observó como la armada que los relevaría asumía la vigilancia con más violencia de la necesaria. Estaban haciendo retroceder a las personas que se acercaban a mendigar en el sector, intimidándolos con las armas -Quizás debiéramos quedarnos un poco más- murmuró preocupada.
Alain se acercó a ella -Comandante, mientras más torturen o restrinjan al pueblo, éste se volverá más agresivo– se acomodó la gorra –Aunque ustedes, los nobles, no entienden nada... ni siquiera cuando la verdad está frente a sus narices.
Oscar fue incapaz de contestar, sabía que Alain tenía razón. Apesadumbrada dio la orden de retirarse y regresar a las barracas. Mientras cabalgaban con paso tranquilo André ubicó su caballo junto al de la rubia y murmuró -Hoy salgo de franco...
Ella asintió -Lo sé... organicé con Dagout el calendario- lo miró de soslayo -Dejaré la puerta del despacho abierta- cuando vio que André asentía sonriendo, espoleó su caballo y se colocó al frente del destacamento tratando de disimular.
Mayo de 1789
Llovía intensamente en París y, una vez más, Oscar junto a su destacamento estaban haciendo guardia en el Edificio del Parlamento. Habían transcurrido algunos días desde su apertura. Tratando de disimular el cansancio que sentía, la Comandante del Regimiento B apoyó una de sus manos en uno de los pilares del edificio para evitar caer al suelo.
-Francia está naciendo otra vez por medio de la Asamblea– suspiró hablando consigo misma –Es mi responsabilidad vigilar que los miembros del Parlamento y la Asamblea arreglen todo, Oscar debes aguantar, es por tu país- se infundió ánimo.
-Comandante...
-¿Si Alain?- dio vuelta mientras se quitaba con la mano el agua que corría por su rostro.
-¿Se encuentra bien? Está un poco pálida- la miró preocupado.
-Sólo estoy cansada. Iré al cuartel por unas horas… ¿Podrías quedarte al cargo?- la rubia trató de controlar el temblor de su voz, se sentía agotada y a punto de desmayarse.
-A sus órdenes Comandante- Alain se llevó la mano a la visera de su gorra.
Apenas llegó a su oficina, se acostó tratando de desestimar los escalofríos que recorrían su cansado cuerpo.
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-Oscar, ¿Me llamaste?- preguntó André apenas entró a la oficina -Alain me dijo que te viniste antes porque te sentías mal...- la miró preocupado.
-Sí, cierra a puerta por favor- lo miró seria -Acabo de recibir esto- levantó un documento.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué tienes esa cara?- se acercó alarmado.
-Nos acaban de informar que fue cerrada la entrada para la Asamblea por órdenes del Rey.
-¿Qué dices?, sólo han transcurrido días desde su apertura- comentó perplejo.
-El Rey dio orden de cerrar el Parlamento. Se nos ha ordenado bloquear el ingreso de cualquier representante a partir de mañana en la mañana- Oscar se puso de pie y comenzó a caminar por la oficina -Esto será tomado como un insulto, son representantes elegidos por el pueblo- se tocó la frente, estaba con un persistente dolor de cabeza –Las ordenes son claras, debemos impedir la entrada a la Asamblea a partir de mañana.
Fallen (Sarah McLachlan)
Heaven bend to take my hand and lead me through the fire
Be the long awaited answer to a long and painful fight
Truth be told I tried my best
But somewhere long the way, I got caught up in all there was to offer
But the cost was so much more than I could bear
Though I've tried, I've fallenI have sunk so low
I messed up
Better I should know
So don't come 'round here and
Tell me I told you so
We all begin with good intent
When love was raw and young
We believe that we can change ourselves
The past can be undone
But we carry on our back the burdens time always reveals
In the lonely light of morning
In the wound that would not heal
It's the bitter taste of losing everything
I've held so dear
Though I've tried, I've fallen
I have sunk so low
I messed up
Better I should know
So don't come 'round here and
Tell me I told you so
Ohh
Heaven bend to take my hand
I've nowhere left to turn
I'm lost to those I thought were friends
To everyone I know
Oh they turn their heads, embarrassed
Pretend that they don't see
That it's one miss step, one slip, before you know it
And there doesn't seem a way to be redeemed
Though I've tried, I've fallen
I have sunk so lowI messed up
Better I should know
So don't come 'round here and
Tell me I told you so
Al los pocos días, un enviado del General Bouillé se apersonó en su oficina una fría noche de lluvia.
—Buenas noches Comandante Jarjayes, soy el Coronel Jossie Le Boune, tomaré a partir de este momento el liderazgo del ingreso a la Asamblea General según las instrucciones de la autoridad máxima de nuestra armada.
—Entiendo— lo miró intranquila —Me gustaría acompañarlo— se puso de pie con esfuerzo y tomó sus armas para seguir al presuntuoso militar que se pavoneaba ante ella.
Al llegar a destino, y mientras observaba como solo abrían una puerta del Edificio de Parlamento para que ingresaran exclusivamente los Obispos y representantes de la aristocracia, preguntó molesta —Coronel dígame… ¿Por qué deja afuera a los representantes del pueblo?— miró a los hombres de levita negra que esperaban bajo la lluvia, eran 578 personas para ser exactos, bajo la inclemente lluvia de mayo.
—Son las órdenes— Le Boune la miró con soberbia —Los representantes del pueblo deben entrar por la puerta de atrás.
—La gente está aquí parada y congelándose— apuntó a la multitud.
—Sólo estoy cumpliendo órdenes, igual que usted. ¿O acaso se le olvida que usted misma fue quien cerró la puerta hace unos días?— el Coronel rió cinicamente –Si ellos no quieren ingresar por la puerta de atrás y prefieren quedarse en la lluvia, no es mi responsabilidad.
Oscar furiosa lo tomó de la chaqueta y lo arrojó al suelo mojado.
—¡Atención soldados!. Abran las puertas del frontis y dejen pasar a la Asamblea a los representantes de pueblo— gritó sin despegar la vista del Coronel que la miraba estupefacto.
—¡Comandante Jarjayes, está desobedeciendo las órdenes del General Bouillé!— gritó el hombre desde el piso.
—Sólo es cuestión de sentido común Coronel. ¿O quiere que esto termine en una batalla civil?— lo miró desafiante –Como responsable de la Guardia debo evitar accidentes inesperados. ¡Dígale eso de mi parte al General Bouillé!
Intranquila observó como los hombres del Tercer Estado ingresaban al edificio, sabía que lo que acababa de hacer tendría consecuencias pero no le importó. Su nación la necesitaba y eso era más importante que cualquier otra cosa. Después de un par de horas, cuando vio que un jinete se acercaba a todo galope sus temores fueron confirmados.
—¡Comandante Jarjayes! ¡Comandante Jarjayes!– habló el mensajero con uniforme militar –¡Tiene orden de presentarse ante el General Bouillé, diríjase con sus hombres al palacio de Versalles de inmediato!
Oscar asintió con tranquilidad —Esperaré que llegue nuestro relevo e iremos— contestó con voz firme.
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—Comandante…– Alain la miró preocupado en cuanto ingresaron a uno de los patios de palacio —¿Tiene información del por qué se nos ha citado aquí?
—No, la verdad es que desconozco las razones… Pero imagino que tienen que ver con mi decisión de desobedecer las instrucciones del General Bouillé... Espérenme aquí— se alejó hacia el interior del edificio.
—Tengo un mal presentimiento... André, ¿podrías ir con ella?, yo me quedaré aquí con los demás– Alain habló en apenas un murmullo.
—Sí, tienes razón– el hombre de ojos verdes ajustó su capa y la siguió.
—¿Ahora qué pasa?— preguntó Oscar cuando vio a André a su lado —¿Por qué estás aquí?
—Te acompañaré— contestó él con tranquilidad.
—Como gustes— siguió caminando sin prestarle demasiada atención, su cabeza era un remolino de emociones e ideas y apenas lograba mantenerse en pie de lo fatigada que se sentía. Subió las escaleras y llegó al pasillo de las oficinas que conocía perfectamente.
—Comandante, la están esperando— un par de soldados abrieron la puerta del despacho del General Bouillé –Usted se queda aquí— hicieron a un lado a André empujándolo con un fusil.
Oscar miró a André e hizo un gesto con la cabeza tratando de tranquilizarlo. Él asintió y esperó donde le indicaban.
—o—
—La retiraré del cargo como Comandante en el Regimiento de la Guardia en el Parlamento— formalizó el General Bouillé a la rubia mujer que estaba de pie frente a él.
—Dígame… ¿Cuál es la razón, señor?— Oscar preguntó tranquila.
—¿La razón?... ¿Le parece poco haber abierto las puertas de la Asamblea sin permiso?, desobedeció las órdenes que yo había dado, por su actuar será arrestada e irá a la Corte Marcial.
—Definitivamente no le tengo miedo a la Corte Marcial— lo miró desafiante.
—No puedo creer lo que está diciendo— la autoridad máxima se puso de pie –En vista y considerando que su padre en un viejo, y muy querido amigo mío, le voy a dar una oportunidad. Sus guardias en el servicio del regimiento deben armarse correctamente y regresar al vestíbulo del Parlamento para sacar de ahí a todos los hombres del Tercer Estado de la Asamblea Nacional a como dé lugar. Tome medidas drásticas contra aquellos que traten de oponerse, si es necesario deben disparar a matar.
Oscar lo miró consternada —¿Qué? ¿Disparar a matar?– se acercó a su superior furiosa –¡¿Qué está diciendo, señor?! Son los representantes del pueblo de Francia ¿Y quiere que los matemos?
—¡Ellos no son representantes de nada, sólo son traidores a la Corona y al Rey!. Brigadier Jarjayes, equipe a sus soldados y llévelos al vestíbulo del Parlamento ahora mismo. ¡Es una orden!
—No puedo hacer eso, señor.
—Entonces queda usted arrestada por traición al Rey. Seré yo quien dé las órdenes directas a sus soldados. ¡Manténganla vigilada!— instruyó a los hombres a su cargo salió de su oficina.
Apenas André vio salir al General Bouillé, se acercó a la puerta del despacho tratando de escuchar.
Mientras tanto, en la oficina de la autoridad máxima de las fuerzas armadas, Oscar caminó hacia uno de los ventanales en un intento de observar a los hombres a su cargo.
–¡No se mueva!— le gritó uno de los soldados que la custodiaba.
–Tengo derecho a ver por la ventana— contestó tranquila.
—Entonces levante las manos.
—Está bien— levantó las manos como se lo indicaban, sintió como la despojaron de su arma y sable. –Quiero ver como mis hombres se niegan a obedecer las órdenes del General Bouillé.
Alain vio a Oscar mirándolos desde una ventana y notó que tenía las manos arriba en señal de rendición. Antes de que pudiera reaccionar un vozarrón lo interrumpió.
—¡Atención Regimiento B todos en línea! ¡A partir de ahora yo daré las órdenes! Deben ir por su equipo de batalla de inmediato, irán al Salón del Parlamento del Tercer Estado y desalojarán a toda la gente que ocupe el lugar ilegalmente. ¡Tienen diez minutos!— habló la máxima autoridad de las fuerzas militares de Francia.
Alain no podía creer lo que escuchaba, miró nuevamente a Oscar que observaba desde la ventana.
—¡¿Qué están esperando?!— insistió el General Bouillé.
—Prometimos esperar a la Comandante Oscar aquí y no nos moveremos hasta que la Comandante haya regresado— contestó desafiante el Teniente Soissons.
—¡Soy el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas! ¡¿Acaso no escucharon mis órdenes?!— insistió Bouillé.
—No tengo razón para escucharlo. ¡Nuestra Comandante es Oscar y sólo a ella obedeceremos!— con estas palabras se formó un grupo de doce soldados que se negaron a obedecer –Como podrá ver Alain de Soissons y otros once soldados lo desconocemos como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas.
Oscar se sintió completamente impotente al ver como los doce soldados que estaban a su mando, y que se negaban a obedecer las órdenes del General Bouillé, eran golpeados hasta casi la inconsciencia. Una vez que los fieros hombres fueron sometidos, los arrestaron y trasladaron del lugar. No podía creer lo que estaba pasando. Se abrió nuevamente la puerta del despacho en donde estaba retenida.
—Tal parece que la Comandante y sus soldados fueron entrenados para la traición— habló el General supremo.
—¿Dónde se llevó a mis hombres?... quiero saberlo ¡Dígamelo!— interpeló al General Bouillé.
—A la prisión de L'abbaye, serán fusilados después de haberlos juzgado junto a usted en la Corte Marcial.
—¿Fusilarlos?— los ojos de Oscar se abrieron aterrados.
—Se preocupa más por ellos que por su propia vida. Usted será degradada vergonzosamente y quedará en la prisión militar hasta que su majestad decida qué hacer con usted. ¡Llevensela!
—General Bouillé. Encarcéleme si quiere, pero es un grave error ejecutar a mis soldados, son inocentes— la rubia se resistió a salir de la oficina.
—No, esto será una lección para todos. El ejército no debe insubordinarse, menos ahora que está en peligro el futuro de la Nación. Los Guardias Imperiales se encargarán de desalojar a los traidores— la miró con desprecio antes de salir de la oficina.
En cuanto su superior salió de la oficina Oscar hizo a un lado una de las armas que le apuntaban –Lo siento, déjeme pasar.
—¿Qué está haciendo?— preguntó desconcertado uno de los guardias del General Bouillé. Oscar golpeó su mano haciendo que soltara el arma. Apenas dejaron de apuntarle corrió hacia la puerta para tratar de salir. Antes de llegar fue derribada por dos militares.
—¡André!— gritó pidiendo ayuda.
—o—
Cuando André derribó la puerta vio a Oscar peleando en el suelo mientras trataba de soltarse de los guardias que insistían en detenerla. Desesperado agarró un fusil y los golpeó, la tomó de un brazo para ayudarla a ponerse de pie. Recuperaron las armas que le habían quitado y corrieron juntos hacia los caballos.
—¿Qué pasó?— preguntó sin entender nada.
—Los Guardias Imperiales irán a desalojar la Asamblea, tienen órdenes de disparar a matar. Hay que detenerlos, ¡no importa cómo!— contestó Oscar sin dejar de correr.
Haciendo caso omiso de la persistente lluvia acudieron a todo galope hacia el edificio donde se estaba desarrollando la Asamblea. A lo lejos Oscar vio como un contingente de soldados armados estaba frente a los representantes del Tercer Estado. Mientras se acercaban vio preocupada como un grupo de personas se manifestaba en contra de los militares, si ella no intervenía todo se saldría de control. En primera fila pudo reconocer al otrora caballero negro acompañado de su esposa. Admiró la entereza de aquella jovencita que no se amedrentaba ante la lluvia o ante las armas con tal de apoyar a su marido.
—¡Detente Girodelle!— cruzó su caballo frente al de él y desenvainó su espada –¿Tienes valentía para enfrentarte a mí?. ¡Guardias del palacio! ¿Acaso dispararían a mi pecho con sus armas? ¡Si quieren apuntar sus armas contra los representantes de Tercer Estado primero tendrán que caminar sobre mi cadáver!— abrió los brazos.
Víctor la miró conmocionado. Nuevamente lo sorprendía la mujer que tanto amaba, una vez más demostraba que era más valiente que cien hombres juntos, jamás podría dañarla. Guardó su espada. —Mademoiselle, enfunde su espada por favor… No debemos pelear contra uno de nuestros antiguos Comandantes, tampoco debemos disparar contra gente que está desarmada, sería un acto de cobardía, por favor entienda que sólo obedecíamos órdenes. Si yo pudiera la complacería y tampoco me importaría ser insurgente… Pero debe entender que está en juego mi carrera y eso es lo único que tengo… Usted decidió que no tuviera nada más importante en mi vida— la miró lleno de pasión.
Ella asintió en silencio entendiendo lo que quería decir.
—¡Monten!— ordenó Girodelle a los Guardias Imperiales que estaban dispuestos a atacar. —¡Retirada!— volteó para mirarla mientras se marchaba, sintió que su corazón se rompía al verla desafiante y orgullosa bajo la lluvia protegiendo una vez más sus convicciones.
Apenas Oscar se aseguró de que los representantes del Tercer Estado no serían atacados volvió a su caballo —Vamos a la casa de mi padre— miró a André que no se despegaba de su lado —Debo explicarle personalmente lo que ha pasado.
Ambos se dirigieron al palacete Jarjayes. Como Oscar esperaba, apenas desmontaron se les informó que El patriarca espera a su heredera en su despacho.
—Padre… ¿Me mandaste llamar?— Oscar entró al salón privado de su padre.
—Siéntate...— el anciano le mostró una silla dispuesta al centro de la habitación —Recibirás tu castigo.
—¿De qué castigo hablas?— se sentó donde le indicó.
—Tienes que devolver las medallas que te entregó su majestad y serás degradada vergonzosamente— comenzó a hablar el patriarca con una voz carente de emoción.
—Te pregunto una vez más padre, ¡¿De qué castigo estás hablando?!— Oscar subió la voz.
—¿No conforme con desobedecer órdenes del mismísimo Rey ahora tratas de retar a tu padre? ¡Por tu insurgencia se nos despojará de nuestro título de nobleza y todos nuestros bienes serán confiscados!— desenvainó su espada –Si tienes algo que decir te escucharé, aunque seas una rebelde de todas formas eres mi hija.
—Doce de mis subordinados están encarcelados y pronto serán ejecutados... Si yo fuera ejecutada podría salvar a esos doce hombres y sería un placer ofrecer mi vida a cambio de la de ellos— habló tranquila mientras sostenía su mirada –Pero seguramente no la aceptarían, entonces no tiene caso que yo muera en este momento.
Mientras André se acercaba a la biblioteca, preocupado porque Oscar llevaba demasiado tiempo encerrada ahí, el General continuaba con su terrible plan.
—Aclara tu mente Oscar, hagamos lo que hagamos la presencia de una rebelde en una familia que tradicionalmente ha servicio de la familia Real significaría la muerte. Una vez que estés con Dios descansarás y yo te seguiré… Todo esto ha sido mi culpa por tratar de guiarte por un camino que no te correspondía.— sus ojos se llenaron de lágrimas.
Oscar levantó la mirada para encontrarse con los ojos del patriarca de su familia, eran del mismo color y tan intensos como los de ella. Respiró profundo y habló. —Eso sería peor… No quiero ser la causa de tu muerte padre— sus ojos también se humedecieron.
—Eres muy amable al decir eso, pero todo se ha terminado para mí— Regnier levantó su espada.
—¡General espere!— André se lanzó contra él inmovilizándolo mientras trataba de quitarle la espada. Lo empujó contra una de las grandes ventanas alejándolo desesperado de la mujer que amaba.
—¡Quítame las manos de encima André!
—¡No lo haré! Acaba de intentar asesinar a su hija, no me iré de aquí— lo empujó con ímpetu recurriendo a toda su fuerza. El General era un hombre jovial y fuerte pese a su avanzada edad.
—¡¿Cómo te atreves a hacerme esto André?!— gritó enfurecido cuando su otrora mozo de cuadra lo soltó. –¿Qué estás haciendo…?— vio impactado como el cañón de un arma se apoyaba en su pecho.
—Si intenta hacer algo más en contra de su hija le dispararé, señor, le dispararé y luego me iré con ella— murmuró André con la voz ronca y sosteniendo con firmeza el arma.
—¿Qué? ¿Quieres escapar con Oscar?— habló impactado el General Jarjayes.
—Sí, nos iremos.
—Estúpido, ¿Piensas que las diferencias entre tú y ella desaparecerán sólo porque ustedes lo quieren así?. ¡Ella es de la aristocracia! ¿Acaso no sabes que cuando los nobles se casan tienen que pedir permiso al Rey?
Oscar los miró aterrada, los dos hombres que amaba estaban finalmente enfrentándose, todo había salido a la luz.
—Y cuando el Rey ama a una persona… ¿A quién tiene que pedirle permiso? ¡A nadie, señor! ¡A nadie!— insistió André.
—¡Impertinente! ¡Ahora veo de donde salieron todas las ideas subversivas de mi hija!— lo golpeó en un momento de descuido. André cayó al suelo y Oscar corrió hacia él tratando de protegerlo. El soldado la tomó de un brazo y la puso tras de sí para protegerla con su cuerpo mientras se ponía de pie nuevamente.
La Nana, que estaba observando desde la puerta, lloró amargamente, al ver que todo estaba descubierto.
—¡Jamás podré perdonarlos! ¡Oscar, has deshonrado a la familia!— se paró frente a ellos loco de ira —¿Es por él que te rehúsas a contraer matrimonio? ¿Es éste el hombre que ocultabas en la casa que ocupabas en París?
—Sí, así es padre…— la rubia se puso de pie para enfrentarlo –¡Soy la mujer de André y no necesito el permiso de nadie para ser su esposa!— lo miró desafiante.
—¡¿Cómo pudiste hacer algo así?!— la abofeteó haciéndola caer al piso.
André vio como el General empuñaba su espada nuevamente y se colocó delante de Oscar una vez más —¡Es una aberración atentar en contra de su hija!
—¡¿Quién te crees para hablarme así?— el General apretó la empuñadura de su espada -¡La aberración es que un sirviente seduzca a mi hija!
—¡Abra la puerta Conde Jarjayes, abra la puerta! ¡Soy un mensajero del Rey!— los gritos desde la entrada principal alertaron a todos los habitantes del palacete.
La Nana corrió a abrir para que el mensajero entrara. Lo guió de prisa al despacho del General.
—"Por orden de su Majestad María Antonieta no se llevará a cabo ningún juicio en contra del Brigadier Oscar François de Jarjayes y tampoco en contra de su familia. De ahora en adelante esperamos más lealtad de la familia Jarjayes con la familia Real. Firma, María Antonieta"— terminó de leer con solemnidad el emisario.
El General Jarjayes acompañó al lacayo hasta la puerta. Al regresar al recibidor vio a Oscar y André de pie al final de la escalera. —¿Has escuchado Oscar?, gracias a la generosidad de nuestra Reina has escapado de la muerte hija mía— sus ojos se llenaron de lágrimas —Niña inconsciente…— enderezó los hombros y secándose los ojos gritó –¡Retírense los dos! No puedo mirarlos siquiera, han traicionado mi confianza y me han deshonrado. ¡André no quiero volver a verte en esta casa y a ti Oscar, te ordeno retirarte del ejército, me obedecerás y te casaras con quien yo decida!. ¡¿Me has escuchado?!, ¡No permitiré que arrastres nuevamente nuestro nombre por el fango!— sin esperar respuesta se retiró a sus aposentos.
Oscar miró a André —Debemos irnos…— murmuró.
André asintió y tomó una de sus manos –Ve por tus cosas. Prepararé los caballos.
Llegaron al cuartel de madrugada. Oscar comenzó a caminar de un lado a otro completamente inquieta, André se acercó a ella. —Habla conmigo— le pidió.
Sin contestar, la comandante se lanzó a sus brazos. Finalmente todo había salido a la luz, las injusticias que había presenciado, el tener que dejar definitivamente a su familia y la actitud de su padre la habían herido profundamente. —André… debemos salvar a Alain y los demás... No puedo permitir que los ejecuten por mi responsabilidad— dijo concentrándose en respirar profundo, recordó al hombre que había visto hace unas horas bajo la lluvia –Necesito hablar con Bernard, tengo una idea y creo que él podría ayudarnos.
—Descansa un poco e iremos a hablar con él en cuanto amanezca, mientras tanto buscaré algo para comer— el soldado la besó en la frente y salió del despacho rápidamente.
Mientras caminaba hacia la pequeña habitación sintió un repentino mareo, se afirmó en una de las paredes para no caer. Se llevó las manos a la boca –No, no puede ser…— dijo en voz alta.
Intentó recordar la última vez que había tenido una menstruación y no pudo hacerlo, preocupada comenzó a revisar sus síntomas. Durante los últimos días prácticamente no había comido, no sentía apetito. Consideró su repentino mareo, estaba más pálida de lo habitual y muy cansada. Viviendo en el cuartel no había tenido contacto con Gabrielle, y las hierbas que ella le había proporcionado se le habían acabado hace un tiempo y había transcurrido más de un mes desde la última vez que había hecho el amor con André. Asumió la verdad como un golpe en el estómago, estaba embarazada.
André regresó con hogazas de pan y cerveza –¿Qué te pasa?— dejó las cosas sobre el escritorio y se acercó a Oscar alarmado al verla apoyada en la pared con la mirada perdida.
—Creo que estoy embarazada nuevamente…— lo miró, comenzó a deslizarse hasta quedar sentada en el suelo, apoyó la cabeza en sus rodillas tratando de controlar las náuseas que sentía. Transcurrieron interminables minutos en silencio hasta que sintió que André la tomaba de la mano para ayudarla a ponerse de pie.
—Tranquila— la abrazó –Esta vez todo saldrá bien...
—No es el mejor momento— se soltó de su abrazo.
—Oscar… nunca habrá un buen momento— él contestó tranquilo.
—Está a punto de estallar una revolución, cualquier cosa puede pasar— se llevó la mano al vientre –¿Qué clase de madre seré... si apenas sé cómo ser una mujer común y corriente…?— se llevó las manos al rostro y las restregó contra sus mejillas tratando de calmarse.
—Mírame— André la tomó de los hombros –Lo haremos juntos... sé que juntos lo lograremos— la besó dulcemente en la frente.
Oscar no fue capaz de continuar hablando y solo se limitó a abrazarlo con fuerza. Después de unos minutos ambos se sentaron en la cama, dado que para los dos fue imposible dormir o descansar, esperaron que el amanecer irrumpiera firmemente tomados de la mano. Apenas despuntó el alba, salieron del cuartel. Llegaron a casa de Bernard cerca de las ocho de la mañana, pues no querían importunarlos apareciendo tan temprano.
-Rosalie, perdónanos por haber venido sin aviso- se disculpó André en cuanto una joven rubia y delicada abrió la puerta aún en ropa de dormir.
-No es ninguna molestia André, pasen por favor- sonrió invitándolos a la casa.
-Ella es mi esposa, Oscar- el soldado presentó a la rubia y espigada mujer que lo acompañaba -Oscar, ella es Rosalie, la esposa de Bernard.
-Mucho gusto- dijeron ambas mujeres al unísono.
-Supongo que necesitan hablar con mi marido- preguntó sonriendo Rosalie, cuando Oscar asintió con vehemencia los invitó a sentarse -Les serviré un té mientras él está listo.
A los minutos apareció el periodista, después de los saludos correspondientes todos se sentaron frente a la mesa del comedor.
-Ustedes dirán...- Bernard inició la conversación.
-Es preciso que me escuches cuidadosamente- Oscar lo miró seria -Necesito de tu ayuda en algo muy delicado.
-Haré cualquier cosa que ustedes me pidan, siempre y cuando no se trate de un favor para a familia Real ni para los nobles.
-Es referente a mis doce soldados, todos ellos son plebeyos y están privados de libertad en L'abbaye- continuó Oscar esforzándose en pasar por alto las palabras de Bernard en contra de sus monarcas.
-Entiendo... pero están en una fortaleza real...
-Sí, pero creo que tú tienes la capacidad suficiente para movilizar ciudadanos. Aunque sean sólo mil personas... si logras efectuar una manifestación a favor de mis soldados podemos ayudarlos- Oscar insistió.
-No digo que no sea posible pero… ¿De verdad crees que eso servirá para ayudar a tus soldados?- la miró lleno de dudas.
-Como Comandante de la Guardia sé muy bien lo peligroso que es para las autoridades una aglomeración de ese tipo, ejerciendo la debida presión es posible que cedan y liberen a mis hombres.
-Ya veo, es una idea muy inteligente… Lástima que no estés de nuestro lado- el periodista la miró fríamente –Pero dime… ¿Qué pasará si se arma un alboroto? ¿Qué debemos hacer?
-Yo misma vigilaré la manifestación, prometo que no habrá personas muertas entre tus amigos o la gente de París, si fallo en mi promesa dejaré el ejército y me uniré a tu causa- Oscar sostuvo tranquilamente su mirada.
-Entiendo, debo intentarlo. Veré cuanta gente puedo reunir- Bernard se puso de pie -Te haré llegar mi respuesta después del mediodía.
-Gracias por tu ayuda- André estrechó la mano de su amigo.
Después de despedirse Oscar y André salieron de la casa. Mientras caminaban en busca de sus caballos, la rubia corrió a un rincón y vomitó todo el té que había bebido en casa de Rosalie.
-Oscar...- André se acercó preocupado, le afirmó el cabello mientras ella continuaba con violentas arcadas -¿Quieres que te lleve donde el Doctor Lassone?- preguntó angustiado.
-No... no es necesario- murmuró ella apenas se sintió un poco mejor -Mejor acostúmbrate a este panorama...- trató de sonreír, pero no consiguió mas que hacer una mueca.
-Lo lograremos... te lo prometo- murmuró André abrazándola -Mientras descansas en el cuartel conseguiré algo para que comas- la tomó de la mano tratando de ocultar las contradictorias emociones que estaba sintiendo. Estaba exultante ante la posibilidad de ser padre pero al mismo tiempo aterrado, ella tenía razón, no era el mejor momento para traer un niño al mundo.
Al día siguiente, Oscar esperó tener la atención total de todos los soldados a su cargo y habló con energía al pelotón que estaba en medio del patio principal del cuartel.
-¡Se nos ha encomendado una misión muy especial, debemos vigilar en la ciudad de París. Los últimos informes nos dicen que habrá una revuelta en los alrededores de la prisión de L'abbaye. Nuestra misión es solo vigilar, les ordeno expresamente no disparar ni agredir de ninguna forma a la gente que estará ahí, aunque exista provocación les ordeno no contestar! ¡¿Entendido?!
-¡Sí, Comandante!- contestaron los militares.
Oscar espoleó su corcel y dirigió a sus hombres hasta la prisión en donde Alain y sus otros subalternos permanecían.
-¡Su majestad! ¡Su majestad! ¡Información importante!- ingresó un mensajero a la oficina en donde estaba reunido Luis XVI y sus ministros -Informa el Comandante de la Guardia Imperial que alrededor de treinta mil personas están frente a la Prisión de L'abbaye exigiendo la liberación de los doce soldados condenados a muerte.
-¡Su majestad no podemos ceder! Si lo hacemos esa gente se volverá más arrogante– intervino el General Bouillé.
-¡¿Que ocurre aquí?!- ingresó la Reina a la sala de consejo, pese a que permanecía día y noche junto al lecho de su hijo mayor, que estaba gravemente enfermo, se esforzaba en estar al pendiente de lo que aconteciera –¿Por qué su majestad titubea? ¿Por qué todos titubean?. ¡Liberen a esos hombres de inmediato, no podemos permitir que nuestra hermosa ciudad de París se tiña de sangre por sólo doce hombres!- habló con energía y sorprendiendo a todos los hombres que estaban reunidos.
-Sí... ¡sí!- repitió el monarca -Su majestad tiene razón... no podemos permitir que nuestra ciudad se tiña de sangre- Luis XVI se puso de pie -¡Liberen a esos militares!- ordenó.
Oscar aferró firmemente las riendas de su caballo mientras veía como sus soldados eran liberados. Esperó pacientemente que cruzaran el tumulto de gente que quería saludarlos. Finalmente el Teniente Soissons llegó a su lado.
-Alain, esto no es obra de la palabra de Bernard ni es obra mía. Esto es gracias al poder de la gente- la rubia habló mirando los castaños ojos del militar.
-Comandante, creo empieza a entender cómo debe funcionar este mundo- Alain extendió su mano. Oscar aceptó su agradecimiento, no pudo evitar sorprenderse cuando, sin previo aviso, su subordinado depositó un suave beso en el dorso de su mano mientras sonreía y le guiñaba un ojo –Muchas gracias por la ayuda Comandante, le debo una... y es una grande- murmuró el Teniente.
Los Estados generales en la Francia del antiguo régimen eran asambleas convocadas por el Rey de manera excepcional y a la que acudían representantes de cada estamento: la nobleza (primer estado), el clero (segundo estado) y los representantes de las ciudades que disponían de consistorio (Tercer Estado). Fueron creados en 1302 por Felipe IV, el Hermoso, luego que el papa Bonifacio VIII convocó al rey Felipe IV y al clero francés a un sínodo a celebrar en Roma, el 1 de noviembre de 1302, para definir de manera definitiva la relación entre el poder temporal y la Iglesia; y también para juzgar al rey, bajo la acusación de abusos inauditos contra la iglesia, por lo que el rey Felipe IV respondió inmediatamente. El rey Felipe IV procedió a acusar de herejía al papa Bonifacio VIII, ante la reunión de los representantes del clero, y de la nobleza, y por primera vez, representantes de la ciudad de París, y constituyó el nacimiento de los Estados generales de Francia, además de convocar a un concilio general para juzgar al papa Bonifacio VIII, así como prohibir al clero francés, a asistir al sínodo convocado por el papa Bonifacio VIII.
Los penúltimos Estados generales de Francia fueron convocados por Luis XIII en 1614, y convocados de nuevo por Luis XVI en 1789, habiéndose reunido un total de 21 veces en 487 años. Eran una asamblea excepcional, y su reunión solía significar la respuesta a una crisis política o financiera, que obligaba a conocer la opinión de los representantes de los principales poderes del país para confirmar una decisión real, particularmente en materia fiscal.
Estaban compuestos por diputados elegidos con un mandato de sus electores, y la orden del día se redactaba con base en los cuadernos de quejas (en francés, cahiers de doléances), establecidos por los notables provinciales de los tres órdenes o estamentos. Dichos estamentos se reunían por separado y contaban cada uno con un número igual de representantes. El sistema de voto utilizado era estamental: un voto contaba para cada una de las cámaras, con lo que el clero y la nobleza, tradicionalmente aliados, no dejaban opción al Tercer Estado para que se oyese su voz. En su última reunión, en mayo de 1789, el Tercer Estado pidió sin éxito el voto por cabeza. Estas disputas fueron reflejadas en la aparición de una gran cantidad de panfletos que recorrieron todas las ciudades y poblados de Francia, en los cuales se ponía de manifiesto el descontento popular. El 17 de junio de 1789, el Tercer estado y el bajo clero presentes en los Estados generales se constituyeron en Asamblea Nacional y prometieron no separarse hasta haber redactado una Constitución para Francia, dando así comienzo a la Revolución francesa.
En 1789, la monarquía francesa, al borde de la bancarrota y arrinconada por la aristocracia regionalista, pensaba encontrar un medio de salvación convocando los Estados generales.
El 27 de diciembre de 1788, el Consejo de Estado decidió doblar el número de diputados del tercer estado, elegidos por varones mayores de 25 años que pagaban impuestos. El Rey convocó los Estados generales para el 5 mayo de 1789 en Versalles, una asamblea que no se libró de controversias, dado que los representantes de los estamentos privilegiados se opusieron al nuevo sistema representativo que doblaba el número de diputados del Tercer Estado. Formalmente, el enfrentamiento se manifestó en el terreno de los votos. El rey era partidario del voto tradicionalista por órdenes. Sin embargo, los representantes del Tercer estado eran partidarios del voto individual. Fue así como los privilegiados rechazaron inmediatamente la nueva propuesta, ya que la diferencia de número se haría notar (el Tercer estado tenía más número que los estamentos de la cúspide de la pirámide estamental) y así podrían llegar a alcanzar la mayoría en los Estados generales.
La asamblea estaba compuesta por 1139 diputados: 291 pertenecían al clero, 270 a la nobleza y 578 al Tercer Estado. La apertura de los Estados generales del 5 de mayo 1789 marca el inicio de la Revolución.
