11

Watson emitió un suave gemido. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Empezaba a sentir que toda la vida. En ese lugar no había sentido real del tiempo. La venda en los ojos lo mantenía en una oscuridad constante. No había manera de saber si era de día o de noche, o cuántos días y noches habían pasado. Los únicos sonidos eran el demencial coro de los pájaros y el ocasional y vaguísimo silbido del tren, que parecían burlarse de él.

El hombro izquierdo le ardía como si le hubiesen echado vitriolo encima. Watson estaba seguro que la herida se había infectado. Se estremeció al intentar acercar las rodillas al pecho. El hombro era la única parte de su cuerpo en la que sentía cierta calidez. El resto de su persona estaba helado, casi entumecido.

Le dolía el estómago a causa del hambre. Después de que su captor dijera que lo privaría de agua y comida, Watson había esperado que lo dejase en paz durante un largo periodo de tiempo. Se equivocaba. Su captor aparecía con regularidad y, aunque Watson no conocía su nombre, acabó haciéndosele muy familiar.

Siempre se trataba de la misma persona, con esa voz suave y sedosa que podía volverse fría y dura cuando se enfadaba. También olía a una extraña mezcla de animal y tabaco barato. Tenía la costumbre de situarse frente a la cara de Watson cuando le hablaba, y Watson sentía su cálido aliento en la piel. Sus manos eran grandes y ásperas, con las uñas algo largas. A menudo recorría el pelo de Watson con los dedos, acariciándolo como si fuera un gato. Había algo que siempre llevaba consigo: un cuchillo.

En un momento dado, durante una de sus "visitas", Watson se había visto en un problema. Su vejiga parecía estar a punto de estallar, y no sabía qué era peor: pedirle permiso a su captor para aliviarse o hacérselo en los pantalones. Al final no tuvo elección. Al parecer, su captor reparó en su malestar, así que lo cogió de un brazo y lo hizo ponerse en pie. Watson se vio casi arrastrado hasta el otro extremo de su prisión, que no era muy grande.

—Supongo que ya tenía ganas, ¿verdad? —dijo la voz sedosa.

Hubo un ruido de cadenas cuando las manos de Watson fueron liberadas. Antes de que tuviera oportunidad de reaccionar, una mano lo sujetó por la nuca y una fría hoja de acero se apoyó en su mejilla.

—Lo sé, lo sé, desea privacidad para tal acto, pero no puedo arriesgarme a que se quite la venda —dijo su captor. Su aliento le hacía cosquillas en la oreja—. Lo comprende, ¿verdad? Créame, sería mucho peor que lo dejara hacérselo en los pantalones.

Watson nunca se había sentido tan humillado en toda su vida, pero, ¿qué otra opción tenía?

Cuando acabó, volvió a encadenarle las manos a la espalda y lo arrojó nuevamente a su rincón en el suelo. Aterrizó sobre el hombro herido.

Esta experiencia volvió a repetirse al menos dos veces más. La última, Watson se encontró casi suplicando que le adaptara los grilletes de las muñecas.

—Seguro que puede arreglarlos para que no pueda alcanzarme la cara con las manos. Así no podría quitarme la venda.

Su captor dijo que lo pensaría si Watson recordaba comportarse como un buen "invitado". Pero hasta la fecha, sus grilletes seguían igual.

Watson intentaba aferrarse a los recuerdos felices, porque tal vez ése fuera el único modo de mantener intacta su cordura. Pensaba en su difunta esposa Mary, en su cálida risa y sus ojos chispeantes. Si se concentraba lo suficiente, casi podía imaginarse en Baker Street, con Holmes sentado en su butaca junto a la chimenea, tocando una hermosa melodía con su violín.

¿Dónde estaría Holmes ahora? ¿Seguiría buscando a Watson? Seguro. Probablemente estaba poniendo todo Londres patas arriba buscándolo. La incapacidad de medir el paso del tiempo hacía que le resultara difícil saber cuánto duraba ya su búsqueda. Watson casi esperaba oír la voz de Holmes en cualquier momento, pero nunca llegaba.

Un rápido golpe en el estómago lo devolvió al presente. Intentó hacerse un ovillo, pero unas manos lo agarraron por los tobillos y lo arrastraron lejos de la pared. Luego sintió el peso de su captor al tumbarse sobre él, inmovilizándolo en el suelo. Watson sintió cómo el cuchillo recorría suavemente su clavícula.

—Las reglas existen por una razón, ¿no está de acuerdo, doctor?

Watson no sabía si debía responder o si la pregunta era retórica y debía guardar silencio. Optó por lo segundo, pero resultó ser un error. La hoja se hundió en su piel, arrancándole un grito de dolor.

—¡Le he hecho una pregunta! —escupió su captor, retirando momentáneamente el cuchillo.

Watson lanzó un siseo a través de los dientes mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de dolor.

—Sí —respondió con voz ahogada. No lloraría. No le daría a esa criatura la satisfacción de quebrantarlo.

—Y cuando las reglas se rompen, hay consecuencias, ¿verdad? —continuó la voz como si nada hubiera ocurrido.

Watson asintió rápidamente. Obediencia no era rendición, sino supervivencia. La amenaza de coserle la boca seguía presente en su mente. Debía procurar hacer todo lo que ese monstruo quisiera.

—Bien —ronroneó la voz mientras el cuchillo se deslizaba por la frente de Watson, siguiendo la línea del pelo.

Lenta y metódicamente, trazó una línea alrededor de su cara, deslizándose hacia la venda. Watson intentó apartarse, pero su cabeza estaba firmemente sujeta y no podía moverla. ¿De qué estaba hablando ese hombre? Él no había roto ninguna regla, ¿verdad? ¿Qué había hecho mal?

—Me alegra que estemos de acuerdo. Si no le importa que se lo diga —dijo su captor, cambiando de tema sin dejar de cortar—, no se parece a las ilustraciones de la Strand Magazine. ¿El señor Paget lo ha visto alguna vez? Sólo acertó en el bigote.

La hoja se detuvo al fin a la altura de la venda, y se apartó.

Su captor se levantó y volvió a arrastrar a Watson hasta su rincón. Acarició ligeramente su cabello, levantando unos mechones y retorciéndolos entre sus dedos.

—Si alguna vez sale de aquí, debe enviarle una foto suya al señor Paget para que la próxima vez pueda dibujarlo correctamente. —Lanzó una carcajada—. La palabra clave, por supuesto, es "si".