Cuando Isabella le dice a su compañero de instituto Edward Cullen que tiene poderes mágicos como ella, Edward piensa que está tan loca como su abuela, la "bruja" Marie.
Sin embargo, muy pronto se descubre que Edward tiene mucho más que ver con la magia de lo que a él le gustaría. Su familia está marcada por un terrible hechizo y para acabar con él, los dos amigos deben viajar al pasado e intentar contactar con los antepasados de Edward. Así que, con la ayuda de Edward, se trasladan a la Edad Media en un viaje durante el cual, además de vivir grandes aventuras y enfrentarse a enormes peligros, nacerá algo más que una simple amistad.
Nada me pertenece, los personajes son de Sthephenie Meyer y la historia de Marianne Curley, yo solo me limito a jugar con los personajes de sthep y la narración de marianne creando de esa manera esta extraña combinación.
Edward
No puedo creer que haya accedido. ¡Sangre de cabra! ¡Por Dios santo! ¿En qué estaría pensando? Debo de haberme vuelto loco, loco de remate.
Bueno, pero como ya me he vuelto loco, supongo que no tengo nada que perder. Excepto lo poco que me queda de cordura.
La casa está silenciosa, ya casi es hora de marcharme. Voy a tener que salir por la ventana para no despertar a mis padres. Con un poco de suerte estarán profundamente dormidos. No se puede decir que hayan descansado mucho estos días.
Paso una pierna por encima del alfeizar, me araño en el brazo con una astilla y salto. Aterrizo con un sordo golpe sobre un montón de hojas muertas y me froto la herida. Me alegro de que vivamos en una casa de una sola planta. No se encienden luces, y no creo que me haya roto nada.
Hace un frío que pela. Son solo las once y veinte. Creo que tengo tiempo para ir con la bici hasta casa de Bella y, desde allí, por el sendero, hasta el arroyo, donde se supone que nos tenemos que encontrar. Me dijo que no encendiera una linterna si no era imprescindible, que con la luz de la luna bastaría, y que usara mis sentidos. «Fíate de ellos», fueron sus palabras.
¡Debe de estar bromeando! Mis sentidos están en alerta roja, pero nada funciona excepto el miedo y la adrenalina. Además, la supuesta luna llena parece que ha decidido no salir esta noche. ¿Quién podría reprochárselo? No es idiota.
No debería estar haciendo esto.
Noto el frasco lleno de sangre de cabra en el bolsillo de la camisa, bajo el grueso jersey negro. Lanzo un gruñido, pero es de alivio porque esta intacto. Menos mal. Después de lo que me ha costado conseguirlo... Primero, el veterinario me dio una lista de las granjas que crían cabras, pero me aseguró que me resultaría mucho más fácil obtener leche que sangre y me miro con extrañeza. No se equivocaba. Los propietarios de los animales se dieron un hartón de reír a mi costa. Al final, acabe en el matadero y no me fue fácil convencer al encargado de que necesitaba sangre de cabra.,y no el habitual cerebro o los ojos de cerdo, para un experimento del colegio. Insistió en que estaba equivocado y que me había hecho un lío con el encargo, pero, como estaba al corriente del accidente de Emmett, se apiado de mi salud mental.
Solo de recordarlo pedaleo con más fuerza. Por lo menos es algo que sé hacer sin darme de bruces. Además, necesito todo el impulso que pueda para remontar la empinada cuesta que conduce a la casa de Bella. Las calles están silenciosas, y no hay un solo automóvil a la vista. Eso esta bien. Nadie me vera pasar vestido con este ridículo atuendo: negro de pies a cabeza, como Bella ordeno, excepto por el pequeño emblema de los Chicago Bulls de la gorra de Emmett, pero la noche es tan fría que me la he tenido que poner.
Cuando por fin llego a la tienda de Marie, estoy molido. He tenido que empujar la bici durante el último trecho. La dejo en la entrada y me dirijo al camino del bosque por el que me llevó Bella. Como era de esperar, está oscuro como boca de lobo y tengo que recurrir a mi linterna para dar con él. La verdad es que apenas es un sendero, y al cabo de unos minutos el corazón me martillea en el pecho. Si el ruido que hago al pisar las hojas muertas del suelo no despierta a toda la fauna de los alrededores, entonces serán mis latidos los que romperán la armonía del bosque y la luna o de que sé yo.
Mis peores enemigos son las telas de araña recién tejidas, cuyas gruesas propietarias esperan en el centro a que caiga en ellas una presa fácil como yo. No tengo más remedio que caminar con la cabeza gacha, apartándolas con las manos, una tras otra. A cada paso, la adrenalina me corre mas deprisa y el pulso se me acelera. A pesar de que la temperatura sigue bajando, no dejo de sudar y, de repente, me pregunto si estaré yendo en la dirección correcta. Ni siquiera un excursionista experimentado se adentraría en el bosque de noche sin una brújula.
Todos estos pensamientos empiezan a ponerme nervioso y hacen que respire entrecortadamente, exhalando nubecillas de vaho en el aire helado ¿Qué pasaría si me perdiera y no llegara al riachuelo? ¿Y si me caigo por un barranco? Hipotermia, seguro. Me congelaría antes de que alguien me encontrase.
El pánico se apodera de mí y me corroe los nervios como el ácido ataca el azúcar. Al final, torno una decisión: no puedo seguir. Doy media vuelta a toda velocidad, demasiado deprisa. y me pierdo por completo. ¿Hacia donde tengo que ir? Me he perdido. Entonces veo un débil resplandor en la distancia. Al principio creo que se trata de un fuego, pero carece del típico brillo anaranjado. Sea lo que sea, mi respiración se tranquiliza. Tiene que ser Bella. Nadie más vagaría por el bosque en plena noche, salvo, quizá, uno de esos psicópatas de hacha en ristre.
Me abro paso hacia la luz, serenándome con cada paso. Así que, cuando liego al lugar, parece que tengo pleno control de mis movimientos.
-¡Lo has conseguido! -exclama Bella, como si hubiera albergado más de una duda de que lo lograse.
-Yo me encojo de hombros, aparentando indiferencia. Si hay algo de ella que me puede es su falta de confianza en mi. Cree que soy un pelele sin agallas, y no me refiero a lo de los accidentes. Hablo de que va más allá y que ve en mi interior, en el fondo de mi alma.
-Claro. ¿Qué pensabas? Te dije que vendría.
Tiene en la mano una varita y con ella describe un amplio arco.
-Ya he establecido el circulo. Las velas del suelo marcan el perímetro. Sólo puedes entrar si lo haces yendo detrás de mí.
A pesar de que sus palabras me producen escalofríos, la sigo y hago lo que me dice hasta que nos encontrarnos sentados con las piernas cruzadas, el uno delante del otro. Sólo entonces empiezo a tomar conciencia de lo que me rodea. El arroyo esta ahí, muy cerca. Si me inclinara lo suficiente, incluso podría tocar sus cristalinas aguas. Una neblina flota sobre la superficie y le confiere un aspecto tenebroso e irreal, corno si hubiera salido de alguna película de misterio. Estoy rodeado de un montón de velas encendidas, cuyas llamas delimitan el círculo donde nos sentarnos y que, curiosamente, no parecen agotarse. Bella tiene a su derecha una caja dorada con aspecto de joyero. La tapa está abierta y en el interior distingo un cristal rosa, un cubilete de plata, unas tijeras, un trozo de cinta azul y otras cosas raras. Los ojos se me van a salir de las orbitas, así que decido que es mejor apartar la mirada.
De alguna parte emana un olor pútrido, pero tampoco quiero saber la causa. Sin embargo, lo más extraño de todo es la luz. No hay otra fuente que la de las velas, pero, aun así, a nuestro alrededor, como una bóveda, hay un resplandor, como el mismísimo aire refulgiera.
Bella se da cuenta de que estoy alucinado.
-Es sólo un poco de magia que Marie me enseñó -me dice en tono tranquilizador.
Su voz es suave, melodiosa, como si lo tuviera todo bajo control. Yo envidio su calma, me hace sentir más cobarde que nunca.
-¿Te gusta?
No sé que espera que le conteste.
-Yo... Si... -balbuceo-. ¿Cómo lo...?
-Es complicado -responde con una sonrisa-. No sé si estás preparado para la respuesta, pero estoy segura de que a Einstein le encantaría.
Aunque me gustaría preguntar más cosas, tengo que contentarme con eso. Poco a poco, empiezo a relajarme ante la evidencia de su magia y comienzo a abrigar esperanzas. Si Bella puede hacer esto con la luz, y si de verdad pesa un hechizo sobre mi familia, entonces quizá pueda resolver mis problemas.
-¿Estás listo, Edward? Es casi medianoche.
-Sí. Al menos, eso creo.
Me sonríe, y yo me relajo. Por fin mi pulso recobra su ritmo normal. Bella está en su elemento y domina la situación.
-Tendrás que quitarte la gorra y la ropa, salvo los vaqueros.
Se me ponen unos ojos como platos.
-¿Desnudarme?
-No del todo -se ríe-. Solo de cintura para arriba.
No puedo evitar una mueca.
-No me refería a «eso». Es solo que... Bueno, no creo que haga mas de dos grados de...
Me mira extrañada.
-¿Tienes frío?
Su pregunta, planteada como un desafío, tiene la virtud de hacerme recapacitar. Entonces compruebo que ya no echamos vaho y que mis dedos no están entumecidos, ni siquiera los de los pies. Me palpo la cara y noto que tengo la piel tibia y no helada, como hace un momento. Le lanzo a Bella una mirada perpleja.
-¿Cómo lo has conseguido?
-La verdad es que no he hecho nada. No sé manipular el clima, aunque no será porque no lo haya intentado. Es la luz la que genera calor, al menos el suficiente para que el aire no sea tan frío.
-¡Guau!
Eso es todo lo que soy capaz de articular. Tengo la boca más seca que un desierto.
-¿Has traído la sangre?
La pregunta me devuelve a la realidad. Meto la mano en el bolsillo de la camisa con una sonrisa de satisfacción, recordando lo que me ha costado encontrarla, y saco el frasco medio lleno. El encargado no quiso darme más. Espero que sea suficiente.
-Estupendo. –contesta Bella, quitándome un peso de encima.
-¿Qué vas a hacer con ella?
Rebusca a sus espaldas y pone ante mí la fuente del mal olor: un pequeño cuenco lleno de algo marrón y viscoso. Luego, v con mucho cuidado, vierte la sangre encima y remueve con un palito.
-La visión que tuvo Marie de aquellas serpientes que te rodeaban significa que hay espíritus malignos a tu alrededor. -Probablemente -añade con la mayor naturalidad-, te acompañan a todas partes adonde vas. Las serpientes son sólo su apariencia material.
Vaya, justo lo que deseaba oír.
-Se supone que el olor producido por las tripas del sapo mezcladas con el corazón del pez y la sangre de la cabra -se inclina hacia mí- los ahuyentará. O así debería ser durante un rato, el suficiente para que la magia actúe. Es una táctica temporal, pero, si el conjuro surte efecto, puede que nos ayude a eliminarlas de forma permanente.
-¿De veras?
Eso es todo lo que puedo decir, porque unas vívidas imágenes de serpientes reptando por todo mi cuerpo me ponen la carne de gallina. Hace seis años me toco vivir en una granja donde antes se criaban caballos y que mi padre intentó reconvertir. Eran ochenta hectáreas de terreno pantanoso. El mismo día en que nos trasladamos, vimos la primera serpiente. Una semana más tarde ya pensábamos en hacer las maletas. Llegaban del río como atraídas por un imán. Los vecinos nos dijeron que podía deberse a la sequía. Mi padre perdió mucho dinero con aquel negocio y le costo mucho venderlo. No tuvo mas remedio. Sobre todo desde que un buen día me desperté con tres de esos bichos entre las sábanas y amenacé con no volver a dormir en mi vida. Sólo de recordarlo aún me asusto. El impulso de empezar a correr se apodera de mí otra vez.
Bella termina de remover y deja el palito al lado del cuenco que ha depositado lejos, pero dentro del círculo. Por lo menos, así se soporta un poco mejor.
-Relájate -me dice en voz baja-. No voy a hacerte daño. -Sus ojos, brillantes como dos zafiros, se posan en los míos como una promesa cuando añade-: Nunca.
Me alegra saberlo.
-Y ahora... ¿qué?
-Ahora voy a limpiarte.
Sus palabras me sobresaltan y recuerdo que me ha dicho que me desvistiera.
-¿Perdón...?
-De todo mal.
¡Claro, el hechizo! ¿Acaso pensaba que me iba a frotar con una esponja? Por muy estupenda que esa idea pudiera resultar en un ambiente más acogedor, aquí fuera, en mitad de la noche, resulta muy poco atractiva.
-¿De qué modo? -pregunto para disimular la vergüenza.
-Con la ayuda de los cuatro elementos: agua. tierra, aire y fuego.
-¿Lo dirá en serio? Parece el diálogo de una película de terror de serie B.
-Creo que has visto demasiada tele.
Su respuesta es fulminante:
-No tenemos.
-Vale. Entonces, dime: ¿cómo vas a lograr que esos cuatro elementos te ayuden? ¿Pidiéndoselo amablemente?
Me lanza una mirada asesina. Esta hecha una furia, y no tengo más remedio que bajar la vista.
-Lo siento -murmuró.
-Escucha. Esto no funcionará si no pones de tu parte. El sarcasmo y la ironía sólo servirán para bloquearlo. Un conjuro de purificación no es cosa fácil, ¿sabes?
-Te he dicho que lo siento.
-Esta bien. Intenta no poner en duda todo lo que digo. Limítate a seguirme. Déjate llevar, ¿vale?
Salta a la vista que se ha enfadado, y la verdad es que lo lamento, porque todo esto lo hace por mí. Arrepentido, asiento con la cabeza y ella añade:
-Ahora quítate la gorra, el jersey y lo que lleves debajo.
No es que no me dé apuro, pero obedezco; dejo la ropa a un lado y me ruborizo cuando noto su mirada sobre mi. Aunque no estoy desnudo me siento como si lo estuviera y tengo la impresión de que no soy más que un saco de huesos. Intento no mirar a Bella, pero me parece ver que mueve las manos, y se me hace un nudo en la garganta cuando me percato de que está rezando. También murmura unas palabras, pero no habla conmigo; tiene la cabeza echada hacia atrás y no entiendo lo que dice. Al cabo de unos segundos, se arrodilla, toma las tijeras y me las acerca a la cabeza.
-¡Eh, espera un momento! ¿Que pretendes hacer con eso?
Me responde con gran calma, en un tono monocorde, como si estuviera en trance:
-Necesito tu pelo.
-¿Mi pelo? -exclamo al tiempo que me levanto, listo para salir corriendo en la dirección que haga falta. Esta broma está yendo demasiado lejos.
-Si, pero no todo -añade con dulzura y sonríe-. Solo un mechón, eso es todo.
Lo corta rápidamente, no sea que se me ocurra cambiar de opinión, y lo ata con un trozo de cinta azul.
-Esto va a oler un mal -me dice al tiempo que lleva el mechón hasta la llama de una vela y empieza a recitar unas palabras, como una letanía.
No creo que nada pueda oler tan mal como esa horrible mezcla del cuenco. El cabello se retuerce y desintegra al contacto con el fuego. Cuando ha desaparecido, miró a Bella. Tiene un aspecto etéreo por el modo en que sus ojos reflejan el brillo de las velas y el viento juguetea con la punta de su lacio pelo. En estos momentos realmente parece una bruja, a pesar de esos ojos claros y rasgados. Solo le falta la escoba.
Vuelve a mirarme.
-Lo que viene a continuación no va a gustarte -me dice suavemente.
El corazón me da un brinco.
Toma el cubilete y con él coge un puñado de tierra oscura y húmeda.
-Ahora respira profundamente desde aquí.
Su mano me toca el vientre, justo por encima del ombligo. Es firme y agradablemente cálida, y debo hacer un esfuerzo de concentración para seguir sus instrucciones. El contacto, la caricia de su voz y su mirada están obrando curiosos efectos en mi estado de ánimo, e intento ocultar mis emociones porque Bella sabe detectarlas. Al final consigo respirar como me ha dicho.
Mantiene la mano sobre mí estomago durante varias inspiraciones; a continuación la retira, esparce tierra sobre mi cabeza y con la otra mano empieza a frotármela por el cráneo, la frente y el pecho mientras no deja de repetir el cántico.
Cierro los párpados en un intento de protegerme de la fina lluvia de tierra y hojas que intenta abrirse paso hacia la boca y los ojos. Ojalá hubiese cogido las gafas.
Cuando los abro de nuevo. Bella me mira sonriendo.
-Lo estas haciendo francamente bien.
Asiento con la cabeza, pero sólo sirve para que me caigan encima más arena y porquerías.
-Lo estás pasando en grande. ¿a qué sí?
Se ríe, y para mí es un alivio comprobar que el velo que hace un momento parecía nublarle los ojos ha desaparecido y vuelve a tener un aspecto normal, o por lo menos todo lo normal que puede esperarse de ella.
-Solo falta una cosa -me dice, mientras se limpia las manos en el arroyo.
A continuación hace un cuenco con ellas, coge un poco de agua y me las acerca al rostro. No tiene que decir nada, sé que debo haber. Sin embargo, sólo de pensarlo siento una extraña sensación. Ese gesto va a cruzar una especie de línea invisible, la que recibe el nombre de "intimidad".
Bella se mira las manos; luego a mí.
-Vamos. ¿A qué esperas?
Contemplo el agua que le gotea entre los dedos y, conteniendo mis emociones, me inclino y empiezo a beber. No me atrevo a mirarla a los ojos porque de lo contrario notaría lo alterado que estoy. Una vez he terminado, inspiro hondo y me reclino sobre los talones; veo que sus labios se mueven silenciosamente y que todo su cuerpo oscila hacia delante y hacia atrás. Una oleada de escalofríos me recorre el cuerpo, y un súbito calor me invade de la cabeza a los pies, dejándome sin aliento.
Bella lanza un suspiro y sonríe.
-¿Te encuentras bien?
-Me siento raro, pero se me está pasando.
-Estupendo. Ya hemos acabado.
Rápidamente recoge todas sus cosas y las guarda en el cofre.
-Debemos salir del círculo como hemos entrado -añade.
Obedezco. Kate apaga las velas y cava un pequeño agujero donde entierra la repulsiva mezcla del cuenco.
-Ya puedes vestirte. No tardara en volver a hacer frío.
Y, mientras pronuncia esas palabras, el halo luminoso que nos rodea empieza a desvanecerse. En cuanto a la luna. la muy cobarde asoma justo en ese momento, cuando ya hemos acabado. La veo a través de las copas de los árboles, y su luz me permite encontrar mis ropas en la penumbra. El aire se torna helado, así que sacudo la cabeza para quitarme los restos de tierra y me visto a toda velocidad, gorra incluida.
-¿Ya hemos terminado? -preguntó mientras me pongo en pie y me limpio la frente.
-Sí. Ya hemos terminado -repite.
Hurgo en los bolsillos del pantalón en busca de la linterna, y es un alivio encontrarla y esconderla.
-¿Y qué pasa ahora?
Empezamos a caminar hacia la carretera; o, por lo menos, eso creo, porque no tengo ni idea de donde estamos, Bella parece que si lo sabe, así que la sigo pegado a sus talones.
-Espera y verás -me contesta.
-¿Cuánto tiempo tardará en producirse?
-Si el encantamiento ha surtido efecto, el hechizo debería quedar anulado a partir de este mismo instante..
-¡Que bien! -exclamo de puro contento. Después de todo, quizá esta locura de noche, con el subidón de adrenalina y todo lo demás, haya valido la pena-. Pero ¿cómo lo sabré?
-Será fácil. Dejarás de ser el patoso de siempre, y a tus padres ya no los asediaran las desgracias -contesta.
Llegamos a la carretera y Bella me acompaña hasta mi bici. El cielo se ha despejado y la luna lo ilumina todo. Apago la linterna y reparo en el cofre que lleva debajo del brazo, eso me recuerda lo que acabamos de hacer y, de repente, me siento incómodo: ¿cómo hay que darle las gracias a una bruja que acaba de hacer un conjuro para anular un hechizo milenario?
-Mira... Yo... -No sé como seguir, pero lo intento-. Verás... quería darte las gracias por lo de esta noche... Gracias por tu ayuda.
Sonríe y toda ella parece resplandecer.
-¿Sabes? Puede que no funcione. No soy más que una novata, y seguro que el brujo que realizo el hechizo era un poderoso alquimista. - Durante un instante, desvía la mirada-. Debes recordar que lo mío no ha sido magia de la antigua.
-¿Y?
-Pues que tenemos delante un hechizo fruto de una magia que ha durado cientos de años. En aquel entonces las cosas eran diferentes, había un propósito y una intensidad diferentes. Hoy en día es distinto, todo se comercializa, se hace banal, más débil. Marie puede hacer magia como se hacia entonces, pero no hay muchos como ella. Sólo unos pocos son capaces.
-Bueno. En cualquier caso, lo has intentado y te has tomado un montón de molestias por mí.
-No es nada. -Se encoge de hombros-. Además, no suelo tener la oportunidad de realizar conjuros poderosos. Por aquí no abundan los voluntarios, salvo Angela. Aunque tampoco me gustaría intentarlo con ella. Algunos son demasiado peligrosos para probarlos con los amigos.
Bromea, y lo sé porque veo la risa en sus ojos mientras habla. Sin embargo, sus palabras me revelan lo metida que está en esto de la brujería. Magia. hechicería... Todavía tengo mis dudas, pero debo admitir que Bella tiene extrañas facultades, como las que le permiten iluminar la oscuridad o hacer que las velas ardan sin consumirse. Dado que mi cerebro ha vuelto a la normalidad, me pregunto cómo habrá hecho esos trucos.
Ilumino mi reloj con la linterna, pero no distingo los números.
-Son las cuatro de la madrugada -me dice.
No puede ser. ¿Hemos estado cuatro horas en el bosque?
-Tengo que marcharme. Es muy tarde.
-Sí. Será lo mejor.
Lo ha dicho a regañadientes, lo mismo que yo. Aunque la temperatura debe de ser por lo menos de cinco grados bajo cero, no tengo ninguna prisa por irme. Podría quedarme toda la noche mientras estuviera con Bella. Esa realidad me golpea como un martillazo, pero decido que será mejor que me ponga en marcha antes de que haga el ridículo.
-Bueno. Nos vemos. Y gracias por todo.
Asiente, pero su sonrisa mengua y, por un instante, leo en su mente como en un libro abierto: se está preguntando si el próximo lunes, en el colegio, seguiré fingiendo que no la conozco. Le digo adiós con la mano y me pongo a pedalear mientras me imagino a Heidi y a Chelsea, a Pecs, Felix y Alec. Es una visión que me hace sentir bien por dentro, lo mismo que saber que me han aceptado en su grupo. Si, me atraen mucho.
Ojalá no fuera tan cobarde. Me odio, y se me ocurre que Bella merece alguien mejor que yo. Es fuerte, más fuerte de lo que yo nunca seré. Además, tiene talento y es hermosa, ambas cosas a su manera. Eso la hace distinta y, como ellos van de guays, se dedican a crucificarla o la dejan de lado.
Bueno... No se puede decir que lo haga mucho mejor.
