CAPÍTULO 11
Richard metió la caja de cartón que había servido de urna para el sorteo en su chimenea encendida. No le convenía que vieran que el nombre de Candy había sido escrito en al menos cien papeles antes de que los demás metieran sus nombres. Al momento de elegir, sólo había tenido que meter la mano bien en el fondo y elegir un papel. Y bingo. Su teléfono sonó. Era su mujer.
—¿Qué tal ha ido? —le preguntó. Ella había sido la arquitecta de este plan. Adoraba a su mujer.
—Perfecto.
—¿Te aseguraste de que no sospechara que Terry tiene que ir?
—Claro que sí. Tendrá que saberlo, pero para entonces ya estará en el avión y no habrá modo de arrepentirse—. Ellynor se echó a reír.
—Amor, ¿no estamos siendo muy retorcidos?
—Sí. Pero no me importa.
—Ah… debería ahora inventarme algo para que también los abuelos tuvieran que viajar… y así, el niño lo cuidaríamos nosotros, ¿no te parece?
—Eso ya es muy rebuscado.
—¡Pero quiero verlo!
—Ya llegará el momento. ¿Has visto a Terry?
—No.
—Tiene la cara golpeada.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado ahora?
—Le pregunté. Me dijo que después me lo contaría.
—¿Se metió en una pelea?
—No lo sé. Ah, aquí está. Luego te llamo—. Richard cortó la llamada y miró a su hijo, que miró con sospecha el cartón ardiendo en la chimenea—. ¿Ahora sí me contarás qué fue lo que te ha pasado? —Terry olvidó preguntar qué pasaba con la urna en el fuego e hizo una mueca.
—El hermano de Candy estuvo por aquí anoche. —¿Anoche? Vaya. ¿Él te hizo eso? —Terry asintió—. Pero no debe ser más grande que tú, por qué…
—¿De verdad querías que le devolviera los golpes? —Richard hizo una mueca.
—No… ¿conseguiste algo con eso, al menos?
—No lo sé—. Terry señaló al fin la chimenea—. ¿Escondes algo?
—¿Yo? Nada. Tu madre manda preguntar si cenarás en casa esta noche.
—Tenía planeado ir a ver a Viviana.
—Sí, ya es hora. Debe estar furiosa contigo. Bien, le diré que trasladaremos la cena a casa de tu hermana—. Terry sonrió y salió de la oficina de su padre, que hizo una mueca agradecido porque su hijo no hizo más preguntas acerca del viaje y el sorteo.
—¿Verdad que ganaste el sorteo de un viaje a Brasil? —le preguntó Telma a Candy por teléfono.
—¿Qué? —exclamó ella sorprendida—. ¿Cómo te has enterado?
—Adrián me lo dijo —sonrió Telma.
—¿Intercambiaste números con Adrián?
—Claro que sí.
--¿Cuando?
--Eso no importa.
—Tú sí que eres rápida —rio Candy.
—No, cariño. Eres tú que eres muy lenta. ¡Lenta! ¿Por qué me tuve que enterar por boca de Adrián? ¿Por qué no me lo contaste tú?
—¡Acaba de pasar! Soy yo la que debe reclamar, ¿por qué te lo contó él y no esperó que fuera yo quien te lo dijera?
—Ay, ya no importa. ¿Te lo ganaste entonces? ¿Nos vamos para Brasil? —Candy se echó a reír. —Sí. Me voy a Brasilia, más concretamente.
—¡Qué emoción! Espera —dijo de inmediato con un tono de voz diferente—, no va él, ¿verdad?
—Sólo iremos cinco personas, y no, él no está entre ellos.
—Mejor. ¡Tal vez conozcas a un brasileiro! —Candy se echó a reír sintiéndose emocionada también. Era increíble. Nunca había ganado nada en ningún sorteo, y se sentía afortunada. Cortó la llamada con Telma y llamó a su madre. Aurora también se pondría contenta. Pero al llegar a su cubículo su sonrisa se borró. Allí, en un solitario de cristal, había una rosa. Una rosa de verdad, no dibujada.
—¿Hija? —saludó Aurora por teléfono.
—Ah, mamá. Tengo una buena noticia que darte —contestó Candy sacando la rosa de su solitario y encaminándose a la oficina de Terry con ella.
—Dime.
—Gané un sorteo de un viaje a Brasil. Viajo el próximo fin de semana.
—¿De verdad? ¿De verdad? Vaya, qué sorpresa. ¡Qué bien!
—Sí —sonrió Candy. A través de los cristales vio que Terry tenía gente en su oficina, pero no le importó y entró de todos modos. Al verla, las tres personas allí reunidas levantaron sus cabezas de los papeles que revisaban y la vieron encaminarse al escritorio de Terry. Éste la miró boquiabierto, pero al ver la rosa en su mano, se imaginó qué era lo que pretendía—. Sí, viajaré a Brasilia con otros cuatro compañeros —siguió Candy como si no hubiese irrumpido de pronto en una oficina donde había gente trabajando. Levantó del suelo la papelera como para que todos la vieran, y dejó en ella, boca abajo, la triste rosa—. Creo que tendré que pedirte que cuides a Santiago, mamá —siguió diciendo Candy por teléfono y volvió a salir de la oficina. Laura y Frank miraron a Terry bastante sorprendidos, pero él sólo sonreía.
Candy había caído en la trampa. Si pensaba que le dolía que tirara las rosas, era porque no lo conocía. El que ella viniera a su oficina expresamente a tirarla, sólo lo alentaba para llenarle el cubículo de rosas.
—Estás horrible —le dijo Viviana a su hermano al verlo esa noche. Le puso suavemente los dedos sobre las heridas, y le pidió a Roberto, su marido, que le trajera el botiquín.
—No me digas que no sabes cómo me gané esos golpes —dijo Terry sentándose en uno de los sofás de la hermosa sala de la casa de su hermana—. Papá debió contárselo a mamá en cuanto se enteró, y mamá debió contártelo a ti —Al ver la sonrisita de su hermana, Terry agitó su cabeza—. No tengo vida privada.
Por las escaleras bajó Pablo, ya en pijama, y como siempre, se subió encima de su tío para saludarlo.
—¿Qué te ha pasado en la cara? —preguntó al verlo con cara de circunstancias. Terry le sonrió para que no se preocupara.
—Me di contra la puerta.
—Qué torpe —rio Pablo, y Terry lo miró ceñudo. —¿Y tú por qué no estás durmiendo ya? Mañana tienes escuela, ¿no?
—Ahora.
—Ven aquí —le pidió Viviana sentándose a su lado con algodones untados de un líquido sospechoso.
—¿Va a doler?
—No tanto como cuando… te diste contra la puerta.
—Vale—. Mientras Viviana le aplicaba el algodón en los golpes, llegaron Ellynor y Richard. Pablo se levantó del regazo de su tío para ir a saludar a sus abuelos y hubo un poco de alboroto por un rato. Viviana no perdió la concentración mientras aplicaba los algodones sobre el rostro magullado de su hermano.
—Esto va a tardar un poco en desaparecer —le dijo, refiriéndose al golpe en el pómulo, que estaba morado. Terry hizo una mueca y miró a su sobrino hablar y hablar con sus abuelos contándoles de los pormenores del día. Pablo y Santiago se parecían, aunque Pablo era de piel más trigueña, como su padre.
Minutos después Pablo se fue al fin a la cama y los adultos se sentaron a cenar. Terry conoció al fin a Perla, su pequeña sobrina, y estuvieron hablando mucho rato.
—Tienes que conocer a Santiago —le dijo Ellynor a Viviana al ver a Terry tomar en brazos a la recién nacida. Ya no le daba tanto miedo; había practicado bastante con Pablo—. ¡Es tan guapo! Ah, quiero que él y Pablo se conozcan… ¡quiero que lo conozcan todos!
—Ya llegará el momento, mamá —dijo Viviana tomando el brazo de su madre, que necesitaba un poco de consuelo.
Ellynor era tan apegada a sus nietos que no podía concebir que por allí hubiese uno al que ella no podía acceder, comprarle regalos y malcriar. Para eso estaban los abuelos, ¿no? Terry miró a su madre sin dejar de arrullar a Perla. Esperaba poder darle esa alegría algún día, pero primero debía sobrepasar varias barreras.
Cuando la velada hubo concluido, Terry le dio un beso a su hermana y ésta lo retuvo otro rato en su abrazo.
—¿Qué pasa? —sonrió Terry en su oído.
—Que te quiero.
—Ah… yo también te quiero.
—A veces me pongo triste por ti, porque sé que en este momento te están pasando muchas cosas feas… pero te quiero. Mamá, papá y yo estamos haciendo todo lo posible por… porque tus cargas se alivien un poco—. Terry miró a su hermana sin borrar su sonrisa. La vida al menos le había dado una familia unida y amorosa. De no tenerlos, seguro que habría enloquecido con todo lo que le estaba sucediendo.
—Gracias, hermana fea —ella lo miró ceñuda.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? Qué poco romántico —Terry volvió a reír y a abrazarla.
—Gracias por tu apoyo, significa mucho para mí.
—La conquistarás —le aseguró ella—. No hay mujer en el mundo que no pueda ser conquistada—. Terry suspiró. Pero seguro que había niveles de dificultad, y Candy estaba en un nivel Dios, o algo así.
Candy llegó al día siguiente a su cubículo, como siempre, y encontró dos rosas en el mismo solitario. Las tomó ambas por el tallo y se encaminó a la oficina de Terry. Suerte que no había muchos todavía en este piso, porque tal vez gritara un poco.
—Para de hacer esto —le advirtió Candy al entrar con voz dura. Él elevó su mirada de su portátil, y Candy tuvo que detenerse. Él llevaba una sencilla camisa gris debajo de una americana azul petróleo, sin corbata, y tal vez fue la luz, o la manera en que él elevó la cabeza, o que las muñecas le quedaban un poco descubiertas, pero su corazón latió duro, y casi duele. Su pómulo seguía morado, aunque el labio ya no estaba hinchado, y aun así…
—¿Qué exactamente? —preguntó él con tono inocente.
—¡Esto! —Exclamó ella señalando las rosas—. ¡No quiero tus rosas!
—Qué triste, porque ellas sí te quieren a ti —contestó él recostándose en su sillón.
—Terry, deja ya el…
—Has dicho mi nombre —sonrió él, y Candy tragó saliva mirando a otro lado. Debía ser algo que comió, no era posible que se sintiera así por… él. Respiró profundo, tragó saliva y volvió a mirarlo—. Nunca lo habías dicho —siguió Terry, y Candy odió la alegría que se escuchaba en su voz. Apretó sus dientes, y Terry se levantó de su asiento y caminó despacio hacia ella. Cuando estuvo a sólo unos pasos de distancia tendió su mano, Candy tomó aire dando un paso atrás y él se detuvo. Tal vez creyó que la había asustado, y sí, sí lo había hecho… pero no por los motivos que él creía. Se miraron a los ojos varios segundos, él pidiéndole que no le tuviera miedo, y ella tratando de controlarse. Olía tan bien, maldición. Olía como aquella vez… y a su recuerdo llegó aquella desagradable fragancia nocturna. Los ojos se le humedecieron, pero ya no sabía por qué. Por un lado, sentía ansiedad, su cuerpo estaba pidiendo algo, y por el otro… quería echar a correr, ir a un lugar donde no llegara ese aroma, el aroma del momento de su impotencia y el dolor. Él notó su expresión, la humedad en sus ojos, y despacio, muy despacio, le quitó las rosas de las manos. Ella tardó en soltarlas, y cuando al fin comprendió su intención, intentó relajarse. Soltó las rosas y las miró en su mano izquierda, notando ahora que había una cicatriz en el dorso de su pulgar.
Volvió a mirarlo al rostro. Él, hace tiempo, también había sentido dolor… y aún ahora lo sentía, pero tal vez no físicamente, sino… en su alma. Tragó saliva.
—¿Pararás de enviarlas?
—No, Candy.
—¿Por qué? —preguntó ella como si de repente estuviera muy cansada.
—Porque te quiero.
—No me quieras. No quiero que me quieras.
—Recibiste seis de mis dibujos —siguió él con voz suave—. Te vi sonreír cuando recibiste el sexto… Te gustaban mis rosas. Si hubiese podido llegar hasta el final de mi plan, Candy, ¿cuál habría sido tu respuesta?
—¿Y eso qué importa ahora?
—¿Habrías dicho que sí?
—¿Es eso lo que quieres? ¿Tomarlo allí donde lo dejaste? No es posible, Terry. No es posible.
—No, no puedo tomarlo allí donde lo dejé, por eso he vuelto a empezar… Y ahora las rosas son reales, y tú sabes quién te las da.
—¿Y de verdad crees que yo podré…?
—Tal vez no ahora, tal vez no mañana… tal vez me tome años… pero sí… Te quiero—. Candy cerró sus ojos con fuerza. Volvió a mirarlo y murmuró:
—No eres tan paciente —él sonrió, y Candy tuvo que reconocer que la sonrisa era magnífica.
—Ponme a prueba —le dijo, y ella lo miró a los ojos mucho rato. Allí estuvieron por lo que pareció una eternidad, y Candy jamás habría admitido que aquello era una auténtica contemplación. Al final, fue ella la que rompió la conexión. Volvió a mirar las rosas en la mano remendada de Terry y se dio la media vuelta volviendo a su cubículo, pero en todo el camino pudo sentir la mirada de él, y cuando llegó a su asiento, sentía que hervía. Ayer había sido una. Hoy dos. Cuando llegara a diez, ¿qué pasaría? Cerró sus ojos con fuerza. ¿De verdad él creía que podía borrar el pasado y volver a empezar? ¿De verdad creía que tenían una oportunidad?
—Candy, nos necesitan —dijo Melissa otra empleada, pasando por su cubículo.
—¿Qué?
—Que nos necesitan. Andas en la luna.
—Para… ¿Para qué?
—Ha de ser algo del viaje. Vamos—. Candy se puso en pie ajustándose su ropa y su cabello. Mientras se encaminaba a la oficina de Richard, no pudo evitar echarle un vistazo a la de Terry, pero él estaba de nuevo ocupado en su portátil. Debía concentrarse, había venido aquí para algo y debía conseguirlo, y este viaje a Brasil era lo mejor.
Domingo, se dijo Candy recostándose en el sofá de su pequeña sala mirando la televisión, en pijama, con su hijo en su regazo y que también estaba en pijama. Que vivan los domingos, la quietud, el permiso para levantarse tarde y no hacer nada en todo el día. Hasta Aurora tenía vacaciones hoy, pues el almuerzo se pedía a domicilio en algún restaurante y los platos usados eran desechables. ¡Que vivan los domingos! Y entonces sonó el timbre del intercomunicador del edificio. Miró a su hermano, que leía de nuevo sus libros de medicina preparándose para su reingreso haciéndole ojitos para que se levantara él, y Felipe fue bueno y atendió.
—Candy —dijo él al cabo de unos segundos—. Un envío para ti.
—¿Un envío?
—Sí, eso dijo —aclaró Felipe señalando el auricular por el que hablaba con el conserje.
—Que lo suba —pidió Candy, y Felipe meneó la cabeza.
—Te mata la pereza.
—¡Hoy es domingo! —Felipe siguió negando y volvió a hablar por el intercomunicador. Un par de minutos después llamaron a la puerta y Santiago corrió a abrir—. ¡Espera! —lo regañó Candy, pero el niño ya había abierto. Candy quedó de una pieza al ver de qué se trataba el paquete. Eran rosas. Cinco. Ayer él había mandado cuatro, y otra vez, no fue a su oficina a tirarlas ni reclamarle. Estaba visto que no se daría por vencido.
—Son para usted, señorita —dijo el conserje entregándoselas.
—Gracias, —suspiró Candy recibiéndolas.
—¡Mamá, son rosas! —exclamó el niño, por si ella no las había visto.
—Sí. Son rosas.
—¿Las vas a poner en un jarrón?
—No, en la basura estarían mejor, pensó ella, pero el niño había ido a la cocina y trasteaba buscando un lugar donde meterlas. Al fin encontró un viejo jarrón que Aurora tenía guardado y lo puso bajo el grifo del agua muy emocionado—. Las flores deben ponerse en agua —dijo Santiago con aire de suficiencia—. Si no, se marchitan. —Vaya, qué astuto
—Santiago sonrió.
—¿Quién era? —preguntó Aurora entrando.
—Le trajeron rosas a mamá, abuela —informó el niño poniendo el jarrón con exceso de agua sobre la encimera. Candy tuvo que ayudarlo cuando lo vio tambalear.
—¿Rosas? ¿Quién?
—Un admirador —dijo Candy sin saber qué responderle a su madre. Ese tonto la estaba metiendo en un apuro.
—¿Tienes un admirador? —Sonrió Aurora, dispuesta a congraciarse con cualquiera que encontrara guapa a su hija—. ¿Quién es? ¿Alguien del trabajo?
—Ajá. —¡No me lo habías dicho!
—No tiene mucha importancia —desde la sala sintió la mirada de Felipe, y se giró para comprobar que efectivamente le tenía los ojos puestos encima. Seguro sospechaba quién era el de las rosas. ¿Y cómo no? Si ese idiota había dicho delante de él que la quería y eso.
—¿Vas a tener novio de nuevo? —preguntó Santiago ya no tan emocionado.
—Claro que no.
—¿Y entonces?
—Es sólo que me gustan las rosas —mintió Candy—. Por eso me las dan.
—Ah—. Observó a su hijo manipular las rosas con cuidado y ponerlas en el jarrón. Recordó que la mano izquierda de Terry estaba herida porque esa era la mano con que dibujaba, y su hijo había salido zurdo a él. Aurora vació un poco el exceso de agua en el jarrón y lo puso en una mesa auxiliar donde no daba demasiada luz que dañara las rosas, y Candy no pudo evitar hacer una mueca. Esta vez Terry la había hecho grande. Podía conseguir su número y llamarlo para reclamarle, pero entonces estaría haciendo exactamente lo que él quería, y no le iba a dar ese gusto.
Terry, de todos modos, no esperaba la llamada de Candy. Ella no se rebajaría, su orgullo podía con esto, y no pudo evitar sonreír todo el día. Así que volvió a dejarle sus rosas en su cubículo. Ahora era más fácil hacérselas llegar, y ya no tenía que esconderse tanto. Ahora el propósito era que se enterara, que se diera cuenta, que no olvidara que la quería. De vez en cuando a su mente asomaban las palabras de Felipe; tal vez ella no pudiera olvidar esa noche. Ya que él no recordaba nada, no podía ni imaginar qué tan horrible podía haber sido para ella. Pero de algo estaba seguro, y era que su amor podría curar cualquier herida; porque era verdadero. Nada había podido acabarlo, nada lo había secado. Por el contrario, había seguido como un río que fluía y fluía muy vivo. Estuvo pendiente de ella, de su llegada, pero pasó la hora de entrada y no la vio. Llegó la media mañana y estuvo por ir a preguntar si era que había pedido permiso para ausentarse, si estaba enferma o si algo le había pasado. Pero entonces notó que tampoco Adrián estaba. ¿Estarían juntos? Muchas veces tenían que estar fuera supervisando obras, mirando terrenos y mil cosas más, tal vez era eso; dado que Candy trabajaba con Adrián en gran parte de los proyectos, seguro que estaba con él. Esperaba que no le estuviera haciendo ojitos bonitos, sonriéndole… sólo imaginarlo le provocó la fea punzada de celos.
Llegaron después del mediodía, y entonces la vio tomar las rosas. Viene hacia aquí, se dijo internándose en su oficina como si se estuviera escondiendo. Pero ella nunca llegó. Al rato, volvió a asomarse. Seis mujeres en ese piso, incluyendo a secretarias y otras más, tenían rosas en sus cubículos. Las había repartido. Hizo una mueca de resignación. Nadie había dicho que fuera a ser sencillo. Mañana serían siete rosas.
—¿Qué haces aquí? —le dijo por la noche, deteniéndose en su coche cuando la vio de pie en la parada de autobuses. Ella lo miró y frunció el ceño.
—¿No es obvio? Espero mi transporte para ir a casa.
—Ah —dijo él, y abrió la puerta del coche para bajar.. —¿Qué haces?
—Te haré compañía.
—¿Qué? ¿Para qué?
—Saliste tarde, estás aquí sola. No quiero que te pase nada. Como estoy más que seguro de que no aceptarás que te lleve, prefiero quedarme aquí a tu lado.
—No me pasará nada.
—Es tarde; alguien podría considerar que tu bolso es muy bonito, y como te conozco, seguro que te pondrás a pelear con el ladrón. Santiago se preocupará mucho si algo te pasa—. Ella quedó en silencio por un momento aceptando a regañadientes esa verdad y lo miró de reojo por mencionar a Santiago. Suspiró. Seguro que quería verlo, seguro que quería saber de él, estar en su vida. ¿Sería él un buen padre? No tenía modo de saberlo. No sabía nada de él, de su vida. No conocía su temperamento, ni su manera de reaccionar ante las cosas que lo enfadaban, o lo molestaban. Realmente, sólo lo conocía desde hacía casi tres semanas y todo lo que habían hecho era discutir, además del antecedente que tenía, lo pasado hacía cinco años. ¿Cómo introducirlo en la vida de su hijo? ¿Cómo confiar en que él de verdad no se lo fuera a quitar después? Nunca se lo quitaría, había prometido él en la sala de audiencia esa vez. Nunca haría nada que le causase daño. Pero ya lo había hecho una vez. Bajo el efecto de las drogas, dijo una vocecita más sosegada, una que no hablaba desde hacía mucho tiempo, y que por lo general veía las cosas desde varios ángulos antes de tomar decisiones. Volvió a mirarlo. Él estaba a un lado, a casi un metro, con las manos en el bolsillo y mirando la calle. Respiró profundamente y volvió a mirar en la dirección en la que seguro vendría su autobús.
—Mañana te será consignado el dinero —dijo él de repente, en voz baja—. Podrías comprarte un coche. No es recomendable que estés de un lado a otro en transporte público.
—La gran mayoría de personas se mueven en autobuses y servicio público.
—Sólo me preocupo por ti.
—No lo hagas. No ganas nada con eso.
—No creo que alguien se preocupe por otro para ganar algo —dijo él—. Y preocuparme por ti me sale natural.
—Ah, ¿sí? —él sonrió mirándola. —Me preocupo por ti. Todo el tiempo. Es algo que ya me había pasado antes—. Candy se mordió el labio.
—Pudiste haber escogido a cualquier mujer en el mundo… Yo nunca fui dada al romance, nunca me llamó la atención… Elegiste muy mal. —Díselo a mi corazón —siguió él con su sonrisa. En el momento se detuvo el autobús que Candy esperaba, y ella subió a él mirando de reojo a Terry, que permaneció allí hasta rato después de que ella se hubiera ido. Sentía que no se acercaba a ella, pero por lo menos, ya no sentía que se alejaba, y cada minuto cerca de ella era agua fresca para su alma. Le hacía bien.
—¿Y cuándo vienes? —le preguntó Santiago a Candy por enésima vez mientras la miraba hacer su maleta.
—El domingo por la tarde —contestó Candy con tono paciente.
—Pero es mucho.
—Sólo son tres días. ¿Mamá, las blusas se han secado? —le preguntó a Aurora, que las trajo colgadas en sus perchas.
—Sí, afortunadamente. ¿No hace frío en Brasilia?
—Leí que la temperatura es más bien cálida. Más calor que aquí sí debe hacer. No tengo mucha ropa para un clima así.
—Debiste ir de compras —Candy elevó la cabeza mirando a su madre y sonrió. Había olvidado hacía tiempo lo que era ir de compras por placer, a buscar ropa que se pondría sólo en un par de ocasiones. La última vez había sido en su adolescencia.
—Sí, tienes razón… pero no hubo tiempo de nada.
—¿No puedo ir contigo? —volvió a preguntar Santiago.
—Amor, ya hablamos de eso.
—Pero, ¿qué voy a hacer sin ti? —Candy se echó a reír.
—Jugar, como lo haces siempre. Obedece a la abuela y haz tus deberes, cómete la verdura y acuéstate temprano, ¿vale? —el niño se cruzó de brazos enfurruñado, y Candy sólo le pasó la mano por el cabello, le hubiese prestado más atención, pero estaba ocupada ahora con mil cosas por preparar. Mañana antes de que amaneciera debía estar en el aeropuerto para tomar el primer vuelo a Brasilia, y había sido una semana llena de trabajo, tuvo que estar por fuera la mayor parte del tiempo, de un lado a otro y casi siempre llegó tarde a casa. Ya el dinero de la indemnización estaba en una cuenta a su nombre, su padre estaba mirando en las oficinas inmobiliarias una casa que fuera adecuada, Felipe se había matriculado de nuevo, y ya había recibido diez rosas de Terry. Diez rosas. En el pasado, él había dibujado diez rosas, al cabo de las cuales, al parecer, pensaba declararse, y ahora le había enviado diez rosas reales. Pero ella se iba lejos y no tendría ocasión de saber qué planeaba. Sin embargo, no dudaba ni por un momento que se enteraría el lunes cuando estuviera de vuelta. Sonrió. De alguna manera, él era predecible en ciertas cosas. Y no estaba mal. Miró a su hijo, que seguía con los brazos cruzados mirando mal la maleta, y lo acercó para besarlo.
—No será mucho tiempo, cuando menos lo pienses, ya estaré de vuelta. —
Te voy a extrañar mucho —dijo él con voz sentida. A Candy se le arrugó inmediatamente el corazón.
—Y yo a ti, mi amor —le dio un beso en la frente, lo abrazó fuerte, y acto seguido se puso en pie para buscar en su armario las cosas que le faltaban por empaquetar. Minutos después su hijo se quedó dormido en la cama y ella terminó de meter todo. Dejó su equipaje listo en el salón para no hacer ruido por la mañana y movió el niño a su cama. Todo listo. Mañana a esta hora estaría en Brasilia, comiendo algún plato típico de nombre raro y paseando por las espaciosas calles de la ciudad. Todo un deleite. Se acostó y suspiró. Su primera vez fuera del país y sería un sueño. Estaba ansiosa como una niña el día de navidad, y con una sonrisa se durmió.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó Terry a su padre.
—Qué tú también vas a Brasil.
—Pero… pero… fue un sorteo, ¿no? Para los empleados. Yo no soy un candidato aceptable para eso… además…
—Candy va a ir, ¿vas a dejar ir esta oportunidad? —Terry se detuvo en seco al oír esas palabras—. Piensa en este fin de semana con Candy cerca... tal vez tengas suerte y la ciudad obre su magia.—Papá…
—Tú pagarás tus gastos, así nadie podrá hablar de conflicto de intereses. Vamos, te la estoy poniendo en bandeja de plata—. Terry se echó a reír.
—Agradezco que me ayudes, pero…
—Pero… ¿Es que por ti mismo estás consiguiendo grandes logros?
—No, se contestó Terry. Hoy le había enviado a Candy diez rosas, y tampoco se apareció por su oficina para tirarlas ni decirle que dejara de enviarlas.
—Está bien. Iré.
—Muy bien. Tu pasaje ya está comprado.
—¿Qué?
—No quería arriesgarme a que no consiguieras vuelo en el mismo avión. Es el primer vuelo de mañana, así que duerme bien y madruga—. Su padre cortó la llamada y Terry miró su teléfono por unos instantes más un poco boquiabierto, completamente asombrado por las estratagemas de sus padres. Ah, sí. Esto tenía el sello de Ellynor, indudablemente; ella estaba metida hasta las cejas. Se metió a su habitación abriendo de par en par las puertas de su armario. Ahora tenía una maleta que hacer.
A primera hora estuvieron los cinco en el aeropuerto, y Candy llegó a tiempo. Le había dado un beso a su hijo aun estando dormido, se despidió de sus padres y salió. Telma le había hecho el favor de traerla a pesar de que había tenido que madrugar mucho. Llamaron a su vuelo y abordaron el avión. Le había tocado en el asiento del medio, al lado de un desconocido que la saludó en portugués y Candy se dio cuenta de que si bien el idioma era fácil cuando lo leías, no lo era tanto cuando lo escuchabas. Ay madre, ¿y si se perdía? ¿Qué haría si tenía que preguntar una dirección?
—Discúlpeme, señorita —la llamó una auxiliar de vuelo acercándose a ella—. Hay un error en su asiento.
—¿Qué? —preguntó Candy confundida.
—Este no es su asiento.
—Ah, ¿no?. Lo siento.
—No. Nosotros lo sentimos. Acompáñeme—. Siguió a la azafata, y Candy se puso en pie, cogió su bolso de mano y siguió a la mujer. Luisa la miró desde su asiento interrogante, y Candy sólo hizo una mueca encogiéndose de hombros. La llevó a lo largo del pasillo hasta llegar a la cabina de primera clase. Candy frunció el ceño. Algo debía ir mal, dudaba que a ella la pusieran aquí mientras que a sus compañeros los dejaban en clase turista.
—Disculpa… —empezó a decir Candy—. Este vuelo lo paga la empresa en la que trabajo, dudo que me paguen primera clase. Debe haber un error.
—¿Candy? —la llamó una voz que ella conocía muy bien, y de inmediato se puso toda tensa. Se giró a mirarlo, y justamente, a su lado había un asiento desocupado, un asiento que la auxiliar de vuelo le estaba señalando.
—No puede ser —murmuró Candy.
—Parece que iremos juntos —sonrió Terry, vistiendo, como siempre, ropa casual y con una sonrisa más casual aún.
—Lo planeaste tú, ¿verdad?
—Claro que no… Fue mi madre.
—¿Qué?
—Tome asiento, por favor —le pidió la auxiliar—. Despegaremos en pocos minutos, tenga la bondad y…
—Quiero bajarme.
—Sí, claro —rezongó Terry—. ¿Sabes cuánto tiempo tomará bajar a un solo pasajero? —la azafata lo miró suplicante para que lograra convencerla.
—No me importa. ¡Jamás viajaré contigo! —Terry respiró profundo y se puso los auriculares acomodándose mejor en su asiento. Cerró sus ojos y se cruzó de brazos como si se fuera a echar a dormir, pero antes dijo:
—Qué lástima. La catedral de Brasilia, el museo de arte contemporáneo de Niterói, el palacio de Planalto te los perderás todos—. Candy apretó los dientes, miró a la auxiliar de vuelo, pero ella había escapado. Estaba aquí, con un abrigo en la mano, y su bolso de mano en la otra. Su equipaje ya debía estar en algún rincón del maletero del avión. Si se bajaba ahora, haría bastante estropicio. Y lo que él decía… Ahh, había soñado toda la semana con ir. No era justo que tuviera que bajarse.
—Entonces, vete tú —le dijo. Él se echó a reír.
—Ni loco, Candy.
—Te estás imponiendo. ¡Esto es pasarse de la raya! —en el momento se escuchó una voz que recomendaba a los pasajeros tomar sus asientos y abrocharse los cinturones. Candy quiso echarse a llorar. Esto había sido una trampa, ¡una trampa! Sólo una persona podía haber manipulado tanto las cosas para tenerla justo aquí. Con ganas de echarse a llorar, se sentó al lado de Terry. Habían jugado con sus sueños. Estas personas se creían todopoderosas y le habían arruinado el viaje. ¿Cuánto costaría el tiquete de vuelta? ¿Y qué importaba cuánto costara? Ahora tenía dinero. Miró a su compañero de asiento, que ya no simulaba dormir, y la miraba atento.
—Candy, no llores.
—Me volveré en cuanto llegue.
— ¿Tanto odias que esté aquí?
—¿De verdad tienes que hacer esa pregunta? ¡Te odio! ¡Y esta clase de jugarretas sólo consiguen que te odie más! —él pestañeó un par de veces y bajó la mirada.
—Pensé que… Pensé que tus ganas de conocer la ciudad ganarían sobre tu odio hacia mí. Está bien —suspiró él—. Tomaremos el vuelo de regreso en cuanto lleguemos.
—¿"Tomaremos"? —Sin ti este viaje no tendrá sentido. Me volveré también. No te preocupes, no iremos el uno al lado del otro, me aseguraré de eso. Además —dijo, volviendo a acomodarse en su asiento—, tengo cosas que hacer, mucho trabajo. Tú también podrás adelantar trabajo, o quién sabe. Brasilia, en otra ocasión—. Lo vio de nuevo cruzarse de brazos y cerrar sus ojos. Candy hizo caso de las indicaciones que daban en el momento y se abrochó el cinturón. Miró de nuevo a Terry.
—¿No fuiste tú quien lo planeó?
—No —contestó él sin abrir los ojos.
—¿Por qué harían tus padres algo así?
—Porque te quieren…
—¡Qué me van a querer! ¡Ni me conocen! Cómo van a querer…
—Te quieren en la familia. Saben que te quiero desde hace mucho tiempo y sólo desean lo mejor para mí.
—¿Lo mejor para ti? ¿Estás delirando? ¡Yo te envenenaría en el primer desayuno! —él se echó a reír—. ¡No te burles de mí! Hablo muy en serio.
—Seguro que sí —dijo él abriendo los ojos por fin.
—Dile esto a tus padres: no formaré parte nunca de esa familia tan…
—¿Loca? Sí, lo estamos, un poco. Mamá es la loca mayor, pero yo la adoro. No te metas con ella.
—Mira que hablarme así de tu propia madre, y luego reclamarme.
—Lo que dicen los locos no tiene sentido. Te amo. Ah, perdona, eso es una locura. No me prestes atención.
—¡Cállate ya! —Por otro lado, creo que más loca estás tú. Te regalan un viaje soñado a otro país, pero sólo sabes protestar.
—Eso es para que sepas que el mismo cielo se convertiría en un infierno sólo si tú estás allí—. Eso dejó en silencio a Terry, y Candy lo miró. Al parecer, le había dolido, tenía sus labios apretados y la mirada fija al frente. Lo siento, quiso decir, pero se contuvo. El propósito había sido herirlo, sólo que lo había conseguido, y ahora no sabía qué hacer.
—Tenemos varias horas de viaje por delante —dijo él con voz pétrea—. En cuanto hagamos la primera escala , compraremos el pasaje de vuelta. No te preocupes, tal vez llegues de vuelta a casa hoy mismo. Él volvió a cerrar sus ojos, y Candy sintió lágrimas en los suyos. Pero si le preguntaban por qué lloraba, no sabría qué responder. Acababa de hacer una pataleta, decir algo muy feo, y aunque la persona a la que iba dirigida era su archienemigo, no se sentía nada bien. Un rato después la sintió llorar. El avión había tomado velocidad de crucero y había un relativo silencio entre los demás pasajeros. Terry cerró sus ojos con fuerza. Otra vez la había hecho llorar. Había subestimado el odio de Candy, había pensado que en este tiempo se había ablandado un poco, pero había estado muy equivocado.
—Perdóname —le pidió—. Por favor, no llores—. Pero ella sólo giró su cabeza ignorándolo. Terry se cubrió el rostro con las manos—. Cada vez que te veo llorar se me rompe el corazón y deseo morir.
—Entonces hay justicia en el mundo —murmuró ella con voz gangosa.
—Candy, por favor… yo… Estaba equivocado… Está bien —dijo con otro tono—, no tienes por qué volver, lo haré yo en cuanto hagamos la primera escala. Mientras tanto… —elevó la mano y llamó a la auxiliar de vuelo que antes había traído a Candy hasta aquí.
—¿Señor? —preguntó ella solícita, y miró de reojo a Candy.
—¿Puedo cambiarme de asiento?
—¿Qué? —preguntó Candy. Terry no dijo nada, sólo miró a la azafata esperando respuesta.
—Bueno… Sí. Tenemos otro asiento.
—Excelente. Gracias—. Sin pensarlo mucho, Terry se puso en pie y tomó su abrigo y el bolso de mano. Con la boca abierta de la sorpresa, Csndy lo vio encaminarse al otro asiento que le indicaba la azafata y sentarse. Se recostó de nuevo en su asiento sin podérselo creer. ¡Se había ido! ¡Sólo porque a ella le fastidiaba! Bueno, en primer lugar, él se lo había buscado, ¿no? Miró de nuevo el lugar a donde él se había ido. Iban a ser las horas más largas de su vida en este vuelo.
—¡Mira, es Terry! —Exclamó Melisa al verlo entrar a la sala migración. Casi había gritado, como si en vez de su jefe se tratara de algún famoso—. Ah… —siguió con menos entusiasmo— y Candy. Ella venía tras Terry, con el abrigo plegado en el brazo y su bolso de mano en el hombro. Melissa vio a Terry cederle el turno para que ella fuera delante. Los separaban varios pasajeros en la fila, y después de poner el sello en el pasaporte, se reunieron de nuevo en otro lado del aeropuerto. Estaban justos de tiempo para el siguiente vuelo, así que no podrían salir por ahí a conocer, ni tampoco pasear un poco por el interior del aeropuerto.
—Hola, chicos —saludó Candy con voz un poco cansada al volver a reunirse con sus compañeros.
—¿Qué tal el vuelo? —preguntó Luisa.
—Horrible —contestó Candy. Melisa le miró mal. Esa boba se atrevía a mostrarse aburrida cuando estaba claro que le había tocado un asiento cercano a Terry. De todos modos, se acercó a él ofreciéndole su más amplia y coqueta sonrisa. Él le devolvió la sonrisa, pero no dijo nada y sólo miró hacia el área de registro.
—No sabía que venías con nosotros.
—No voy con ustedes —aclaró él.
—¿Qué quiere decir eso? ¿Me vas a decir que la casualidad más grande del mundo hizo que tuvieras que hacer un recado justo cuando nosotros venimos aquí?
—Tú lo has dicho, la casualidad más grande del mundo.
—Terry —dijo la voz de Candy, y él se movió lentamente para mirarla. Algo que era muy claro era que Candy no le dirigía la palabra y mucho menos lo llamaba por su nombre delante de nadie. Ella hizo un movimiento de cabeza señalando la salida y dijo: —quiero café. Él elevó una ceja. Ella había mirado a Melisa con disgusto, pero sin atreverse a hacer conjeturas de nada, la siguió.
—¿Disculpa? —Exclamó Melisa poniéndose en jarras—. ¿O sea, ella dice: "Quiero café" y él sale tras ella como un corderito? ¿Qué se traen esos dos? ¡Algo está tramando esa Candy!
—¿Y es que ella no tiene derecho a jugar sus propias cartas? —se burló Luisa.
—¿Qué cartas.
—Las mismas que tú, ¿o ese pestañear y sonreír es sólo porque Terry es un simple compañero de trabajo?
—Tú estás loca.
—Sólo digo lo que veo. ¿No te parece a ti, Manuel? —él sólo hizo un sonido de garganta, y Luisa se dio cuenta de que parecía más bien molesto. ¡Oh, oh! se dijo; he aquí un cuadro amoroso.
Candy recibió de manos de Terry un café negro y dulce. Le dio un sorbo como inspeccionándolo, pero el café era bueno, y volvió a beber de él. Miró en alrededor en silencio mientras Terry pedía para sí mismo otra bebida. Había mucho movimiento; gente corriendo y arrastrando su maleta, otros caminando con menos prisa. Algunos se despedían con un abrazo lleno de lágrimas, otros con besos largos y profundos. Suspiró recordando que ni siquiera de adolescente fue dada a las historias románticas. Admitía haber suspirado por algún famoso, pero nunca se enamoró perdidamente de nadie de carne y hueso.
—No tienes que volver —le dijo. Él la miró de reojo, pero no dijo nada. Tampoco se mostró entusiasmado porque ella había dado su brazo a torcer. Le estaba dando lo que él quería, ¿no? Pero no había nada de alegría en su expresión—, y… siento haber dicho algo tan horrible allí—. Ahora él sí se giró a mirarla.
—No pasa nada.
—Es sólo que… —ella cerró sus ojos negando—. Tú… tú quieres moverlo todo, quieres… pretendes cambiar las cosas a la fuerza, y yo… —él no dijo nada y Candy se volvió a mirarlo—. ¿Por qué no dices nada? Por lo general estás diciendo mil cosas, dando mil explicaciones, y… ahora vienes y te quedas callado, justo cuando te estoy diciendo que puedes ir con nosotros—. Él se encogió de hombros.
—Sólo estoy siendo cauteloso.
—¿Qué? ¿Cauteloso? —Candy sonrió burlona y se terminó el café dejando el vaso de papel vacío en una papelera—. ¿Por qué tendrías que ser tú cauteloso conmigo? ¿Soy yo la que te ha tenido miedo todo este tiempo, sabes? ¡Tu mera estatura me intimida! Conozco de primera mano lo que tu fuerza puede hacer. ¿Por qué tendrías que ser cauteloso conmigo cuando está visto que a duras penas te alcanzo a la cara para abofeteártela?
—Porque hay cosas que duelen más que una bofetada, o un golpe —dijo él, sintiendo en el fondo de su corazón sus palabras. No había pensado en eso, del mismo modo que no había pensado en muchos de sus miedos. Ella le temía a su fuerza y a su estatura… y era comprensible; las había usado para causarle daño en el pasado. Ella lo miró fijamente por un largo tiempo al escuchar eso. Lo había herido, de verdad lo había herido con lo que le había dicho en el avión. Reprimió el impulso de llorar y pedirle perdón. En el momento anunciaron su vuelo, y ella no salió huyendo aprovechando el escape como siempre, sino que se quedó allí, frente a él, mirándolo aún.
—Nos quedaremos si seguimos aquí.
—¿Tendré que ir otra vez en primera clase? —preguntó ella. Él hizo una mueca.
—Muy seguramente.
—¿De verdad tus padres instigaron todo esto? —eso lo hizo sonreír.
—Sí. Lo inventaron todo, desde el viaje, el sorteo… todo.
—Hicieron venir a cinco personas gratis sólo para… ¿qué pretenden ellos?
—Juntarnos.
—¿Es por… Santiago, verdad? La única manera de llegar a él es a través de mí—. Terry hizo una mueca que no negaba ni afirmaba ese hecho.
—Quieren conocerlo —admitió—. Te darían lo que les pidieras por una tarde con él, por una promesa de poder verlo, aunque fuera una vez a la semana. Te darían lo que fuera —repitió—. Pero… lo hacen por mí, porque saben que te quiero—. Los ojos de Candy se humedecieron, algo que sucedía cada vez que él decía que la quería. Pero, aunque las lágrimas de Csndy lo angustiaban, le dolía más el tener esas palabras entre la boca y el corazón, y debía decirlas, muchas veces.
—Yo… tal vez no pueda… Quiero decir… Tú ya no eres el chico de las rosas —la mirada de ella estaba desnuda ahora, revelando quizá mucho, pero decidida a decir también las cosas que la atragantaban—. Quería a ese chico, quería sus sueños, quería su dulzura, de hecho… estuve dispuesta a… ponerle en los lugares más importantes de mi vida, que hasta el momento sólo habían sido estudiar, mi familia y… estudiar más. Pero… ya no eres ese chico… y ya no soy esa chica.
—No lo somos —dijo él extendiendo la mano suavemente a ella, con anhelo de tocarla, de secar sus lágrimas, pero sin atreverse a hacer el contacto—. Somos personas diferentes ahora. Y por mi parte, te volví a conocer, y me volví a enamorar de ti—. Ella se echó a llorar, y volvieron a anunciar el vuelo. Terry cerró sus ojos con fuerza, y echando todo al diablo, pues este era uno de los momentos más importantes de su vida, dio el paso que la separaba de ella y le besó la frente. Ella lo miró sorprendida, pero no lo empujó, y no lo abofeteó, a pesar de que tenía su cara muy cerca a la suya.
—¿Y si me conocieras? —propuso él. Candy lo miró a los ojos sintiéndolos más cristalinos y puros que nunca.
—Ya no será lo mismo —le contest.
—¿Y si fuera así?
—Hay rencor en mi corazón.
—¿Y si yo pudiera borrar tu rencor?
—Quedaría el miedo.
—¿Y si el miedo desapareciera cuando se fuera el rencor?
—¡No quedaría nada!
—Dame ese nada —le pidió él, poniendo sus dedos sobre la mejilla de ella—. Dame tu nada y déjame poner una semilla allí. Te prometo que nacerá algo muy fuerte y eterno. Te he amado casi toda mi vida, Candy; ten por seguro que lucharé hasta el final por ti. Con todo lo que tengo, lucharé por tu nada y por tu todo. Los quiero ambos para mí. Candy cerró sus ojos, y la tentación de besarla fue tan fuerte que Terry tuvo que morderse los labios. No podía equivocarse ahora, la mujer de su vida estaba decidiendo, y él debía respetar su espacio. Respiró profundo y se alejó de ella.
Al no sentir su mano en su rostro, Candy abrió los ojos encontrando que él la miraba fijamente. Y entonces escucharon la última llamada a su vuelo, y, como despertando de un trance, Candy se encaminó a la puerta de embarque. Se detuvo cuando vio que él no la seguía. ¿Se iba a quedar?
—¿No vas a venir? —él sonrió triste.
—Esperaré mi respuesta en la oficina.
—No seas tonto. No te quedes sin conocer Brasil por mi culpa—. Él elevó una ceja. No le dijo que él ya conocía Brasil; había vivido dos años aquí cuando hizo su especialización, pues, era en este país donde estaban las mejores escuelas de arquitectura de Latinoamérica. Apretó los labios y caminó tras ella hacia la puerta de embarque. Abordaron el avión, se sentaron juntos de nuevo en primera clase, y esta vez ella no se echó a llorar ni a maldecir, sólo aceptó su compañía con serenidad.
Esperaba que de verdad estuviera pensando en él, en sus palabras, en su propia respuesta. Si bien pensaba que podía esperarla eternamente, esa eternidad podía convertirse en un infierno y no quería, ya había tenido demasiadas llamas y demonios a su alrededor.
Continuará...
