–Capítulo 11–
El señor Corazón
El profesor Lockheart entró en la clase. Era un hombre alto y corpulento. Era muy atractivo, aunque lo hubiera sido más sin era mirada afeminada y esa sonrisa subnormal. Con los ojos azules muy claros y el pelo rubio ondulado graciosamente y con una túnica azul cielo, más claro aún que sus ojos. Hermione les contó una vez que trató de hacerles olvidar todo a Harry y a Ron cuando secuestraron a su hermana mientras ella estaba en la enfermería convertida en piedra por mirar a un basilisco. Nunca les cayó bien, pero…, ¡era el subdirector!
– ¡Señor Lockheart! –exclamaron los alumnos a la vez levantándose de la silla haciendo una pequeña reverencia. Las dos chicas lo hicieron con asco. ¡Que horrible persona! No lo soportaban.
Recordaban aún cómo en segundo las había castigado y en el castigo se había puesto violento. Pero ellas se defendieron y por mera casualidad, pasó Hagrid por ahí. Aún se lo agradecían a Hagrid y odiaban a Lockheart, Sachel aún tenía una pequeña cicatriz en el antebrazo.
El profesor las miró a ellas y dibujó una sonrisa. Si las miradas mataran, éste ya estaría carbonizado. El profesor Romeo ni se percató de ello.
–Les vengo a informar –empezó el subdirector– de que el director Malfoy quiere que los prefectos, hoy, a las ocho de la noche sepan realizar con éxito el «patronus». Es consciente de que la señorita Malfoy hizo clases intensivas con el director y ahora se encuentra enferma. –Sachel maldijo bajo su aliento. Jewel la cogió del brazo para calmarla. No se cambiaron ninguna mirada por si acaso– Lord Voldemort les evaluará.
– ¿¡C"MO!? –exclamaron los cuatro ocupantes de la sala con los ojos desorbitados de sorpresa.
El profesor Lockheart rió.
– ¡Era una broma! ¡Una broma! –dijo mostrando su blanca dentadura– Simplemente me siento de gusto de evaluar. Yo mismo entrenaré a las señoritas de Doringriff, para que esta noche sean ya capaces de realizar el patronus. Profesor Romeo, haga el favor de "entrenar" a Weedson. Cardridge, Dunaway, vengan conmigo.
Las dos chicas se miraron con los ojos desorbitadamente abiertos por la sorpresa. ¿¡Qué!?
–Venga, chicas, rápido –dijo Romeo con voz aburrida.
Ellas se levantaron de mala gana, con las manos agarrando la varita con mucha fuerza y manos sudorosas. Estaban muy nerviosas. Mucho. Jewel vio como, inconscientemente, Sachel se pasaba la mano por el antebrazo. ¿Qué estaba pasando?
Ya había empezado diciembre, y tenían la impresión de que no sería un buen mes. No sabían que estaban más en lo cierto de lo que jamás hubieran deseado nunca.
Anduvieron por un oscuro pasillo. Sus pasos resonaban por todos los lados. Las chicas se iban mirando de vez en cuando, aunque apartaban la visa muy rápidamente. Las dos estaban inquietas. Algo les daba mala espina. ¿Por qué…?
Después de un largo rato, llegaron a su oficina. Era una habitación enorme, sólo habían estanterías en las paredes (todas con el nombre «Gilderoy Lockheart» en oro y muy grande) y fotos de sí mismo sonriéndose al pasar. En el centro, había una silla parecida a un trono y una mesa enorme con los bordes llenos de libros también escritos por sí mismo.
Lockheart les pidió que se sentaran e hizo aparecer dos taburetes. Ellas hicieron lo pedido. Nerviosas. Muy nerviosas.
–El Patronus –empezó el profesor. Ellas evitaron mirarle–. Un conjuro que representa los deseos felices de las personas. No es fácil realizar uno. Y si lo conseguís hoy, estaré sumamente sorprendido. Pero bueno, creo que tendríamos que discutir algo… de hace tres años, ¿no creéis? Hagrid está vez no… estáis solas ante el Señor Corazón y… como comprenderéis… aún quiero acabar lo que empecé hace tres años.
Las chicas se miraron palideciendo rápidamente y apartándose. Fueron hacia las puerta mirando fijamente al profesor pero estaba cerrada.
–No… –murmuró Sachel.
– ¡IMPEDIMENTA! –gritó Lockheart apuntando a Jewel.
Jewel golpeó una estantería de libros con la espalda, y algunos de los libros (la mayoría titulados «Lockhart recomienda…») acabaron en el suelo con ella. Trató de levantarse, pero notó que le dolía el dedo de la mano derecha (donde había golpeado el borde del mueble). Cogió de nuevo su varita, pero el dolor de su mano aumentó.
– ¡JEWEL! –gritó Sachel corriendo hacia ella. Tenía la varita en mano y apuntó a su profesor– maldito… ¡IMPEDI–!
Jewel no puso evitar oírlo, y desde entonces, no solamente odió a Lockhart, sino lo despreció, cada cosa que tenía algo que ver no podía soportarlo. Cerró los ojos con la mano cerrando el puño en la varita, ignorando el dolor. Lockhart había usado la maldición «Cruciatus» contra su amiga (tajantemente prohibido).
Cuando los gritos de Sachel cesaron, todo quedó en silencio, menos el sonido seco de su cuerpo chocando contra el suelo. Ella había quedado inconsciente.
–Sachel… –dijo Jewel jadeando.
–Es tu turno… es mi turno de venganza –decía Lockhart con los ojos desorbitados– ¡¡CRUCIATUS!!
– ¡¡EXPELIARMUS!! –gritó Jewel a la misma vez. Pero ella no fue la única que gritó. Se giró hacía Sachel ¿era ella? No, seguía inconsciente. Entonces…
–Un minuto más y… –dijo Viktor. En efecto. Viktor había aparecido de golpe, estaba en la puerta, jadeando y nervioso. Todo su cuerpo estaba tenso, con la varita apuntando al cuerpo inerte de su profesor.
– ¡Viktor! –exclamó Jewel sorprendida. Seguía jadeando, aún tenía la adrenalina por todo su cuerpo –Ah… –dejó ir la varita, el dedo cada vez le hacía más daño. Viktor se acercó a ella y le tomó la mano– Viktor…
–Tienes el dedo roto. Tendríamos que ir a ver a Mao Teng. ¡No me pongas esa cara! He enviado a Javier a buscar a Hermione. ¿Cómo está ella? –preguntó mirando de reojo a Sachel.
–Usó el «cruciatus»… –dijo Jewel. Trató de ir hacia ella, pero Viktor no le soltaba la mano.
–Javier me matará por esto –se dijo Viktor para sí mismo.
