Respuestas a reviews:

mina-sama12: Jajaja.. tendremos lemmon más largo en el último capítulo creo.. XDD Y pues, en este capítulo te prometo resolverás bastante del misterio sobre qué sucedió con Alois.. XDD Gracias por el review! :DD

Katha phantomhive: Hola! :DD Gracias por leer y que bueno que te gustó.. XDD Ciel tiene unos gustos algo masoquistas, ¿no? jajaja y pues es un detective un poco silencioso.. ;) pero, no es tan malo.. XDD Gracias por el review! :DD

plop: Tus sentidos arácnidos siempre tienen razón.. O.o ¿cómo lo haces? jajaja.. Y pues, aún no sabrás que le pidió Sebastián a Ciel.. hasta el siguiente capítulo.. XDD Gracias por el review! :DD

Bakaa-chan: Sí, es extraño lo sé. XDD Cuando lo hice pensé que sería interesante poner a un Ciel un poco traumatizado por todo lo que le ha sucedido. Tiende como a querer escapar de la realidad a veces.. XDD y ya verás.. ;) Gracias por el review! :DD


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Ciel dedicó una mirada de reprobación al detective y éste simplemente miró hacia abajo como si fuera un niño regañado. Los días que había pasado trabajando para el ojiazul le habían hecho comprender que no debía hablar de más ni meterse en los asuntos del Conde.

-Entonces, siempre no sabe nada. – Masculló Ciel. - ¿Es eso lo qué ha venido a decirme, señor Jenkins?

-No, Conde. De hecho, sí tengo datos importantes que podrían serle de ayuda y…

-¡Y nada! – El ojiazul se puso de pie y proporcionó un golpe seco al escritorio. – Creí que usted era un mejor detective honestamente.

-Conde Phantomhive, déjeme explicarme, por favor. – Christopher subió la vista, el menor estaba hecho una furia y más le valía decir algo útil en ese momento. – Si existe un sospechoso.

-¿Quién? – El ojiazul guardó un segundo de silencio, esperando una respuesta y dejando que su agitada respiración fuera el único sonido en la habitación. -¡Hable!

-Claude Faustus. El mayordomo del conde Trancy. – Respondió Jenkins, secamente. Ciel le miró sorprendido y de inmediato volvió a tomar asiento. El detective suspiró, agradeciendo que su declaración fuera de alguna ayuda al defender su trabajo. – He… investigado a éste hombre. Actualmente es uno de los mozos de la Casa de Ópera. El condeTrancy le despojó de su empleo del día a la noche, le dejó en la calle y sin un centavo.

-¿Y usted considera que eso es suficiente motivo para matar a alguien, señor Jenkins? – El ojiazul rió entre dientes. – A veces pareciera que usted es un novato. Aunque, si puede poner un nombre al asesino de Trancy, sea cual sea, estaré complacido con sus servicios.

-Respondiendo a su pregunta, conde… – Musitó el hombre, intentando mantener la paciencia. – Creía que los motivos del señor Faustus no eran suficientes ni de peso. Aún así, le seguí y cuando se hubo marchado de la pequeña habitación que ocupa en una casa de huéspedes; decidí entrar y hurgar un poco en sus pertenencias.

-Muy poco ético.

-Pero demasiado útil, conde Phantomhive. – Afirmó el hombre con una sonrisa ladeada. – El hombre no parecía tener nada que le pudiera marcar como sospechoso y, estaba a punto de darme por vencido cuando encontré esto. – Sacó un trozo de papel café en el que envolvía un objeto. Lo retiró y mostró a Ciel un abrecartas de plata. – ¿Cómo explica que un hombre que está en la pobreza tenga un objeto como ése?

-Lo robó, obviamente. Pero, eso no significa que él sea el asesino. – Respondió Ciel, acariciando el parche sobre su ojo inconscientemente.

Christopher se detuvó, frunció el ceño y permaneció en silencio. – Tal pareciera que no desea que investigue al señor Faustus.

-¡Investíguelo cuánto quiera! – Exclamó el ojiazul. – Yo, simplemente no le veo objeto. Mi problema es muy grave pues, recuerde que ni siquiera existe un cadáver para examinar.

-Entiendo su punto, señor conde. Sin embargo, existe otra cosa que descubrí. -Sacó unas hojas de papel y las mostró al Conde. Ciel las vio, extrañado. - Estos documentos están firmados por el señor Sebastián Michaelis. Son acciones para una financiera fanstasma. El señor Faustus no tenía demasiados motivos para asesinar al conde Trancy pero, el señor Michaelis sí que los tiene para deshacerese de este hombre. Le dejó en la ruina.

-Maldito. - Murmuró Ciel con rabia.

-¿Decía señor Conde?

-Nada. - Aventó los documentos sobre el escritorio.

El detective fingió comprender y de inmediato cambio la conversación. – Es muy grande su fábrica. – Dijo, dando un vistazo a la oficina de Funtom que ocupaba Ciel.

-Lo es. Aquí contamos con los últimos desarrollos para la fabricación de juguetes. – Puntualizó el menor. – Ciento cinco personas trabajan cada día. Dependiendo del área que tengan asignada; pintan, martillan, cortan y confeccionan. Cada juguete de Funtom está hecho para ser poseído tanto por un niño de clase baja como por el hijo de un noble. – Y dicho esto, Ciel sacó de la gaveta de su escritorio un ejemplar del "Bitter Rabbit" (Conejo amargado). – Éste es el juguete más vendido por Funtom. Ha llegado incluso a América. – Sonrió, triunfal.

Jenkins tomó el conejo y sonrió al observar el detalle del parche. – Tiene un parche como el suyo. – Agregó. Ciel asintió de mala gana. - ¿Y qué hace con los juguetes defectuosos? ¿Los dona a la caridad?

-Algunos. – Musitó el conde, repentinamente distraído e intentando disimularlo al acariciar la pata del conejo. – Otros se van al horno incinerador.

-¿Posee uno de esos también?

El ojiazul se encogió de hombros. – Seguro. Se lo dije, mi compañía es una de las mejores de toda Inglaterra.

El detective alzó una ceja y volvió a sonreír. – Se nota a primera vista, conde Phantomhive. Bien, me voy. Continuaré trabajando en su caso.

Ciel asintió. – Espero tener noticias de usted pronto, señor Jenkins.


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Sebastián sirvió agua caliente en la tetera, tomó las hojas de té y las colocó en un filtro metálico que luego dejó descansar entre una fina taza de porcelana. Era la octava vez en el día que preparaba el té. Últimamente la reina recibía muchas visitas y aunque ella no bebiera nada, debía ofrecer algo a sus invitados.

-¡Apúrate, Michaelis! – Gritó Ash detrás suyo. – ¡Estás volviéndote cada día más holgazán! – Lo tomó del brazo y le obligó a girarse. El moreno solo contuvo los deseos de asestarle un buen golpe. - ¿Has olvidado que ahora eres un simple criado que trabaja para la Reina? ¡Respóndeme!

-No, señor. – Y entonces, recordaba que bajo ninguna circunstancia podía faltarle al respeto al hombre por ser su superior. – Le prometo que seré más rápido.

-Y no solo más rápido. Deja de andar pintando muñequitas durante la noche, es por eso que luego no te concentras. – Farfulló Ash. Sebastián apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza. Un día no podría contenerse más. – Perdone, señor.

El pintor tomó la charola con los trastos y se encaminó escaleras arriba, hacia la sala donde la Reina recibía a sus invitados de mayor confianza. En donde recibía a "su" Ciel. Hacía casi una semana desde que le había visto. El ojiazul le había dicho que pasaría unos días en la pequeña estancia que tenía en su fábrica. Le había dicho que era por trabajo aunque el moreno creía que lo hacía por escapar de la realidad.

Cada día que pasaba, Sebastián sabía que estaban un paso más cerca de morir; porque era imposible que Ciel pudiera probar la culpabilidad de alguien más sin siquiera saber dónde se hallaba el cadáver de Alois. Sin embargo, estar con él no podía ser más sublime. El momento en que sus labios, sus cuerpos y sus almas se encontraban.

-Su Majestad. – El moreno hizo una reverencia antes de entrar. La dama asintió y, entonces pudo entrar para servir el té. Alzó la vista ligeramente para ver el rostro del invitado. Era el conde Hemingway. Lo conocía porque visitaba a la Reina muy seguido pero, era muy poco el tiempo que permanecía en el palacio. El hombre parecía creer que alguien le perseguía para matarle o algo así.

-¿Sobre el conde Phantomhive? – Preguntó el conde Hemingway. Al parecer la Reina le había hablado acerca de su acuerdo con Ciel. Sebastián dejó las hojas de té caer lentamente, tratando de ganar algo más de tiempo. – Es mejor que se prepare para buscar un nuevo músico entre los nobles, su Majestad. No hay forma que él logre cumplir su cometido. Quizás el culpable debería aceptar su condena y dejar al joven marchar. – Masculló esa última frase, aludiendo al moreno. El pintor continuó con su trabajo y se preparó para marcharse.

-Creo que es mejor que continuemos con nuestra charla en otra ocasión, Conde. – Respondió la Reina, arreglando su falda con delicadeza.

-Sí, su Majestad. – El hombre se levantó con fingida cortesía y reverenció a la dama antes de partir.

-Sebastián. – Le llamó la reina Victoria al mayordomo. El moreno se enderezó y miró hacia las enaguas de la mujer. No creía estar autorizado para verle al rostro. – Mírame, Sebastián.

Su mirada se encontró con la de la, ya anciana, mandataria. – Dígame, su Majestad.

-¿Le quieres? – El pintor pasó saliva ante la pregunta. No sabía qué responder. – He visto la pintura que estás haciendo en tu habitación. Mi niño, Ciel, él trajo todos los utensilios. Así que, respóndeme, Sebastián. ¿Le quieres?

-Lo quiero, su Majestad. Puedo jurárselo. – El moreno apoyó una rodilla en el suelo frente a la Reina. – Y por eso le suplico que le haga cambiar de parecer. Yo no asesiné al conde Trancy pero, si debo admitir la culpa, lo haré en orden de salvarlo. – Sabía que no tendría otra oportunidad de hablar así con la dama y, su corazón le decía que no dejará morir al ojiazul.

-Levántate. – Ordenó la dama y, el moreno obedeció. – No puedo romper mi palabra. Ciel lo quiso así. Él quiere morir contigo y, aunque sea un gran dolor para mí, tendrá que ser así si no cambia él mismo de parecer y te deja ir a la horca solo. – Sebastián asintió en silencio. – Ahora ve, y continúa con esa obra que deseo verla concluida.

Cerró las manos en puños mientras caminaba hasta su habitación. Obedeciendo como un perro cualquiera. Cada día que pasaba llegaba al mismo punto. Él había sido demasiado blando durante toda su vida. Siempre haciendo lo que los demás le decían. Siempre obedeciendo. Pero, esta noche eso se terminaría.

Llegó a su habitación y rebuscó unos cuchillos que había robado de la cocina y escondido debajo del colchón de su cama. Los guardó entre sus ropas y continuó como si nada sucediera. Esa noche escaparía de ahí e iría a buscar a Ciel. Si de todos modos iba a morir, por lo menos intentaría convencer al menor que escapara de Inglaterra. Ahora cuando todavía quedaban un par de semanas para que se cumpliera el


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La fábrica ya había cerrado sus labores por el día. Ciel la recorrió una vez más. Todo estaba en silencio. No le gustaba estar así de solo y, a la vez él mismo había buscado estarlo. Quería alejarse de Sebastián tanto como le fuera posible pues, sabía que iba a fallarle. Y conocía exactamente el motivo por el que le fallaría.

Anduvo hasta su pequeña estancia en la fábrica. No había mucho en ella pero, tenía una cama suave, una chimenea, una butaca y una mesita. Tanaka se había marchado hacía solo unos minutos, junto con el resto de los trabajadores. Había dejado bocadillos, diversos platillos para que el Conde cenara, una botella de coñac, una jarra de agua fresca y otra con agua caliente para el té. También había tendido la cama y colocado la camisa de dormir de Ciel sobre ella.

El ojiazul se desplomó en la butaca. Solo quería descansar un poco. Ya después comería y se cambiaría.

Cerró los ojos. Sus párpados estaban pesados y sabía que se quedaría dormido en unos cuantos minutos. Había leído en un libro que tomaba solo siete minutos el quedarse dormido cuando se estaba verdaderamente cansado; y, él lo estaba. Suspiró.

Ciel escuchó unos pasos detrás suyo pero, pensó que se trataba de un juego de su imaginación y lo dejó pasar. Esas eran del tipo de cosas que le sucedían desde aquella noche en que su orgullo había sido arrebatado. Entrecerró la mano y un detalle que aún permanecía en su memoria se hizo presente. El anillo que tenía uno de sus agresores. Creía que tendría una "V" o una "A" grabada por lo que había palpado. ¡Y es que había tratado tanto de pensar en cualquien cosa en esos momentos! Aferrarse a cualquier hilo que se le ofreciera con tal de mantener la cordura.

De repente, una mano se estrechó contra su cuello, tomándolo por sorpresa. - Veo que por fin nos volvemos a encontrar conde Phantomhive.

El menor pasó saliva y de inmediato reconoció esa voz. - Claude Faustus.

-El mismo, Conde. ¿O debería llamarte simplemente Ciel por ser mi cómplice? - Susurró el hombre en el oído del menor, haciendo que éste se estremeciera.

-¿Qué quieres de mí? - Preguntó el ojiazul intentando ocultar el temor que sentía.

-Un detective me ha estado molestando. - Apretó la mano contra el cuello de Ciel, dejando que las yemas de sus dedos formaran marcas rojas en éste. - ¡Y dijo que iba en nombre tuyo! - Vociferó. Su mano estrangulando al menor.

-¡Yo no le dije que fuera contigo! - Chilló Ciel, luchando con ambas manos por retirar la del mayordomo. - Además, si me matas, sabrán de inmediato que has sido tú. - Tosió. El aire pasaba con demasiada dificultad por su garganta. - Cla-Claude... - El hombre sonrío al ver como Ciel se retorcía y su rostro se iba tornando violáceo.

-¡Muérete, maldito niño! De cualquier forma tú y ese asqueroso pintor morirán así. Ahorcados.

El ojiazul tosió mientras agitaba sus piernas, aún luchando.- Jen-Jenkins en-contrará a otro cul-pable. Lo sé.

-¡Más te vale! - Farfulló el hombre, lanzándolo al piso. Ciel cayó con un golpe seco y empezó a toser con más fuerza mientras sus pulmones conseguían volver a llenarse de oxígeno. - Pero mientras tanto, quiero que me concedas algo de ayuda.

-¡Te he dado mucho dinero! ¡Sin contar con lo que sé le hiciste a Sebastián! Lo utilizaste como chivo expiatorio y ya le habías robado todo lo que tenía. Yo me hundiré, Claude; pero, tú no serás quien me sobreviva por mucho tiempo. - El hombre se puso de pie frente a él y le propinó un puntapié en el rostro, haciéndolo caer. - Tienes miedo. - Musitó el ojiazul, sin moverse de la posición a la que el golpe le había enviado. Río entre dientes. - ¿Qué quieres?

-Dinero. - Masculló el adulto. Al ver la sonrisa del menor decidió pedir algo más. - Y una cosa que tuve hace más de un año y, me muero por volver a tener.

Aquel comentario hizo que Ciel vlviera a incorporarse y le mirara fríamente. - ¿Qué es?

-A ti. A ti y a tu delicioso cuerpo Ciel. - Susurró Claude mientras se acercaba más al niño, hasta arrodillarse frente a él.

-¡Mientes! - Gritó Ciel, arrastrándose hasta chocar con la pared.

-¡No! - El hombre le acorraló y tomó la mano del ojiazul, quien cerró los ojos. - Toca esto. Eres tan inteligente que sé lo reconocerás.

Al ojiazul solo le basto un instante para reconocer la pieza. Era el anilo de su captor. Apretó los ojos, ahogando las lágrimas que amenazaban por salírsele. - No te atrevas a tocarme. - Su voz cargada de terror y de rabia.

-Esta vez perderás en el juego, Ciel. - Claude ardía en lujuria y deseo. - Purga con tu cuerpo la culpa de saber que llevarás a un inocente a la muerte. - Obligó al menor a recostarse y desabotonó su chaleco y camisa.

-¡Ah!

Sebastián llegó en ese momento y escuchó el grito ahogado de Ciel. Sabía que al fondo de la fábrica estaba esas habitaciones que él ocupaba y corrió hacia ellas.

-Finges ser la víctima pero, tú fuiste quien asesinó a Trancy, quien supo que Michaelis iría a la cárcel y lo dejó. - Los labios del de cabellos azabaches tocaron los pezones de Ciel, sus manos sostenían las del Conde a los lados de su cabeza. - Y ahora, sientes tanta culpa que prefieres morir a su lado si en caso no logras comprar un idiota que cargue con la culpa. Eres patético.

El menor le había dejado seguir al sentir que merecía ser castigado en la forma que le resultaba más dolorosa. Entonces, llegó a su mente las veces que había hecho el amor con Sebastián. Así fuera lo peor del mundo, no quería pertenecer a nadie más que a él. -¡Suéltame, Claude! - Las fuerzas volvieron a su cuerpo y empezó a forcejear con el mayor. - ¡Déjame ir!

-¡Nunca! Eres uno más de esos asquerosos nobles y... ¡Ah! - Un grito ahogado salió de la garganta del mayordomo y líquido viscozo y rojo escurrió sobre Ciel.

Como pudo le empujó para salir de abajo de él. Las lágrimas rodaban por su rostro sin que pudiera controlarlas.

-¿Te ha hecho daño? - La voz y el rostro de Sebastián por encima de todo ese desorden. El moreno le había clavado uno de los cuchillos al hombre, quien se desangraba ahora regalando un espectáculo que llegaba de lo sorprendente a lo ridículo. Se retorcía y gemía en medio del charco de sangre, incapaz de moverse por la velocidad en que perdía el valioso líquido.

-¡Ah! ¡Sebastián! Sebastián... solo merezco tu odio. - Lloraba Ciel. Un Sebastián horrorizado por lo que acababa de hacer le abrazaba y mantenía la mirada perdida en el frente.

-Calla, Ciel. Estamos juntos aquí. - Susurró el moreno. El ojiazul había adoptado una posición fetal entre sus brazos.

Sebastián miró al rostro del hombre y se quedó perplejo. - Es él. - Podría reconocer la cara del estafador donde fuera. - Ciel, explícame. ¿Por qué conoces a este hombre? - Sin embargo, sus palabras fueron interrumpidas por el ruido de voces lejanas.

-Yo... Sebastián... yo. Ah. La policía. - Susurró Ciel entre sollozos, agradeciendo la interrupción. - ¿Te has... te has escapado?

-Sí. De seguro el zorro de Ash me ha visto. - Masculló Sebastián. - Te llevarán a prisión si te encuentran conmigo.

Miro hacía el cuerpo y se llevó una mano a la frente. No podía dejar a Ciel ahí.

El ojiazul se aferró al traje de Sebastián con las manos temblorosas. - ¡No! Te lo ruego, ¡no te vayas! - Ciel estaba fuera de sí. El mayor le rodeó con sus brazos. - No temas. Saldremos de aquí. Solo dejame pensar. - Y el Conde se sentía morir. "¿Cómo te digo que irás a la horca por mi culpa?", pensó.

Sebastián pensó en las posibilidades y tuvo entonces una idea.

-Ciel. ¡Ciel! - Gritó el moreno, sacudiéndole por los hombros. - Dijiste que tenías un horno incinerador, ¿recuerdas? - La adrenalina de sus acciones había calado el interior de Sebastián. El ojiazul asintió. - Necesito que me ayudes.

Las voces se escucharon más cerca.

El Conde asentía para sí, con la mirada desubicada. - Debemos llevar el cuerpo al incinerador.

-¡Eso! Ayúdame a cargarlo. - Ordenó Sebastián. Apenas podía creer la atrocidad de lo que había hecho. El lugar estaba lleno de sangre y no sabía qué harían al respecto. Solo sabía que la policía no estaba lejos pues, ya escuchaba con más claridad el ladrido de los perros.

Sebastián sostenía al muerto por debajo de los brazos y Ciel llevaba los pies. El ojiazul parecía empezar a respirar siquiera con más regularidad y se le veía con más voluntad. - Lánzalo dentro y luego, trae todos los juguetes que puedas. Si lo quemamos solo así, nos arriesgamos a que se den cuenta de los huesos.

El moreno sintió un escalofrío al ver como hablaba su niño. Era como si lo hubiera hecho antes. - Claro. - Respondió, y se lanzó a la búsqueda de los artefactos de madera. "Esos arderan mejor", pensó y se sintió monstruoso.

Ciel corrió hasta su estancia y vio el estado del suelo. Era imposible limpiarlo. - Arderemos en el infierno pero, no nos atraparán esta noche. Que me atrapen los demonios, jamás los humanos. - Susurró el menor, una sonrisa ladeada en su rostro.

Corrió hasta la mesita, tomó la botella de licor y la estrelló contra el suelo, dejando que el líquido se esparciera. Sujetó la lámpara de aceite que iluminaba la habitación y la dejó caer. Las llamas estallaron.

Se arrodilló en medio del círculo, cuyas llamas crecía con rapidez, y apretó los puños. - Corre, Sebastián. - Todo el dolor que había sentido y que ahora merecía sentir por haber traicionado a ese hombre que había matado por él. - Yo prefiero morir antes que enfrentar tu rechazo.